Cuando su abuelo Sebastián, albañil, un hombre hecho a sí mismo,
murió en medio de dolores devastadores, Enric Benito tenía 10 años. Sus padres
estaban volcados en su hermano, Tito, con una discapacidad severa, y el abuelo
era el único que le hacía caso, así que cuando la muerte se lo arrebató, sintió
una tristeza inmensa. Y se enfadó. La muerte se llevaba a quien más quería y él
se quedaba ahí, rumiando esa manera tan dolorosa de morir.
Creyó que hacerse médico sería una forma de vengar la muerte de
su abuelo, porque él se dedicaría a curar a los enfermos. Se decidió por la oncología
que era la enfermedad que había acabado con su abuelo. Enric tuvo que aplicarse
y estudiar como un loco para seguir manteniendo la beca, gracias a la cual
estudiaba. El trato asiduo con pacientes con cáncer le enseñó muy pronto que
las derrotas eran su pan de cada día (por entonces el cáncer era una auténtica
guadaña que, imparable, segaba las vidas de los pacientes). Tuvo que aprender a
lidiar con más fracasos que éxitos. Y aprendió que lo peor no era la
enfermedad; lo peor era enfrentarse a la muerte. A los enfermos les dolía el
cuerpo, la carne y los huesos, perdían facultades físicas, no podían caminar o
hacer la digestión, perdían la visión. Pero era su alma y su mente las que
sufrían atrozmente, llenos de miedo y angustia. El cuerpo dolía; el corazón
sufría. Y esto era increíblemente más angustioso. Enric extrajo una moraleja: había
enfermedades que no se dejaban curar, pero que podían paliarse, cuidarse,
‘sanarse’.
Al llegar a los cuarenta y tantos años, los nervios de Enric se
rompieron. Sintió que su vida no tenía sentido y que había tocado fondo. Depresión
por estrés, le dijeron. Como tantos de su generación empezó a practicar yoga.
Hizo un viaje a la India, en busca de un nirvana que le aportara serenidad. Un
día con todo el grupo con el que viajaba fue a conocer a un maestro hinduista, para
una audiencia exclusiva. Pero el maestro les descolocó. Les preguntó de dónde
eran. Y al saber que eran españoles, les dijo: “¿Qué hacen aquí? ¿Por qué no escuchan a sus maestros, Teresa de Jesús,
Juan de la Cruz, Ignacio de Loyola. Vayan a su tierra, busquen los lugares
sagrados, en lugar de venir a una tierra extraña buscando dioses desconocidos
en una lengua que no es la suya”. Esto fue una lección para Enric. De vuelta a
España, pasado un tiempo, se atrevió –por vez primera en los últimos 30 años- a
recitar el Padre Nuestro. Unos meses después, y ante la incomprensión de sus
colegas de hospital, Enric abandonaba el departamento de oncología y se ponía a
trabajar con los enfermos terminales. Había oído que en Inglaterra habían
surgido “unidades de cuidados paliativos”.
Cuando la enfermedad era incurable, había que cuidar y ‘sanar humanamente’ a
los enfermos que iban a enfrentarse a la muerte, y también a las familias que,
en la mayoría de los casos, se sentían perdidas.
El libro de Enric es una lección sobre la muerte y el morir, en
definitiva sobre la vida. No está escrito desde la pena o el desgarro, sino
desde la compasión, el respeto a la dignidad de cada ser humano, para que el moriturus,
afronte el “morimiento”, con la misma naturalidad con la que el nasciturus
afronta el nacimiento.
Enric nos cuenta historias hermosas de hombres y mujeres que han
sabido afrontar este viaje con paz y serenidad. Historias de sanación
espiritual y humana, cuando ya el cuerpo era un guiñapo. Historias de perdón y
de consuelo, de agradecimiento y de celebración. Juan, al que su mujer había llevado de aquí para allá, de consulta
en consulta y de hospital en hospital. Solamente cuando los dos aceptaron lo
inevitable, pudo irse en paz. Francisca
que solamente cuando supo el poco tiempo que le quedaba de vida, quiso irse a
su casa, ordenar sus cosas, despedirse de los seres queridos y preparar el funeral.
Pablo, 24 años, que decidió vivir
sus últimas semanas recibiendo en la terraza del hospital a sus amigos, y al
que sus familiares, después de tantas resistencias para aceptar lo inevitable,
le dieron ‘permiso para irse’. O Roy, que pidió a los de cuidados
paliativos cómo era eso de morirse, qué tenía que hacer, cómo iba a apagarse su
cuerpo. Y que al final recordó cómo en el servicio militar había ido un día a
hacer limpieza en una ermita abandonada y que allí había encontrado una paz que
nunca volvió experimentar: “Cuando acabe
esto de la enfermedad, voy a ir allí. Estoy seguro”. O Miguel,
enfermo terminal de sida, maltratado y apaleado por la familia y la vida, con
un rencor y un odio que le salía por los poros y por la garganta. Y que
solamente, cuando notó que el personal de cuidados paliativos le trataba humanamente:
“tú eres una buena persona”, pudo
llorar durante horas, perdonar y perdonarse, antes de partir en paz. En 1992,
se creó Asociación Española de Cuidados Paliativos (SECPAL), a la que
Enric ha dedicado lo mejor de su inteligencia y su corazón, pues “el enfermo terminal o que entra en
paliativos pasa desde el caos interior y la negación que hace sufrir a la
aceptación y el abandono de esa realidad que produce paz y otorga
trascendencia”.
La resistencia a aceptar la realidad, aumenta el sufrimiento. La
mayoría de los enfermos terminales tienen alguna cosa por lo que quisieran
pedir perdón y alguna persona a la que les gustaría dar las gracias. A veces
lloran por un dolor antiguo, por una incomprensión, por una herida de décadas.
La cercanía de la muerte, les ayuda a sanar estas heridas y a enfrentarse con
una mayor dignidad y elegancia al viaje definitivo.
En estos tiempos en que la muerte ha dejado de ser un hecho
natural, para convertirse en un tabú, probablemente el único tabú que queda, podemos
caer en la cuenta de que el “morimiento” es consustancial a nuestra naturaleza,
y que, si bien no podemos evitar el dolor, podemos evitar o atenuar el
sufrimiento. Prepararnos para morir ‘sanos y sanados”, es un reto y a la vez un
consuelo. Cuando se logra alejar el miedo a la muerte, se entra en otro estado
de conciencia. Todos tenemos experiencia de haber acompañado una agonía, y
sentirnos tristes y a la vez llenos de paz y de gozo, agradecidos a la vida por
haber dado la mano hasta el último momento, por haber ayudado a pasar al otro
lado a un ser querido: “La compasión es
el nombre que toma el amor cuando se encuentra con el sufrimiento”.
Enric Benito escribió este libro en 2024, cuando ya contaba 75
años, y había dedicado los últimos treinta años a cuidar enfermos terminales, a
dar conferencias, a programar audios y vídeos, a encontrarse con auditorios
ansiosos de saber cómo es esto del morir, cómo comportarnos cuando sabemos que
el ‘morimiento’ nos está pisando los
talones, cómo actuar cuando debemos acompañar a un ser humano y cómo debemos dejarle
partir hacia otro lugar. Enric dice que la muerte es mucho más llevadera cuando
una persona ha vivido para el ser, en lugar de hacerlo para el tener. Lo que se
tiene (propiedades, honores, amigos, familia, fama) da miedo perderlo, en
cambio lo que se es (el buen corazón, los valores, la interioridad), uno puede
llevárselo allá donde vaya. El cuerpo del ser humano acaba como acaba, como una
planta, como una animal, pero el bagaje de humanidad, espiritualidad y
transcendencia no desaparecen, se sea creyente o no, se pertenezca a una
religión o a otra.
En muchas ocasiones le han preguntado cómo se puede morir bien y
he aquí su respuesta: “Teniendo la
confianza de que el universo está bien organizado y de que la muerte no es un
fracaso, es un traspaso. Y en armonía y en paz con la vida vivida”. Y
resume en unas pocas lecciones el morir: “Morir
es normal y además es seguro. Morir nos abre a la verdad. Morir no duele. ¿Qué
necesitamos saber para morir bien? Haber vivido bien. El sentido nos abre el
camino. Podemos morir sanos. Acompañar y estar ahí tiene premio”.
El libro empieza citando la famosa frase de Martin Heidegger: “el hombre es un ser para la muerte”. La muerte segura y certera
acecha al ser humano desde que nace. Y acaba con una frase luminosa de Rabindranath Tagore: “La muerte no es la oscuridad, simplemente
es apagar la linterna, porque ha llegado el amanecer”.
Portada del libro de Enric Benito
Enric Benito con la cómica Paz Padilla, con la que ha colaborado en muchas ocasiones