martes, 1 de abril de 2025

¿Habría que cerrar escuelas?

 


    La semana pasada en un instituto de Cantabria cuatro menores agredieron con gestos amenazantes e insultos a un compañero con parálisis cerebral en silla de ruedas. La primera reacción cuando se ven las imágenes es de “no puede ser; no puede ser”. Y sin embargo es. Además, la vejación fue grabada y difundida en redes, para que todos puedan ver y conocer la proeza. A los mozalbetes sólo les han puesto una sanción de expulsión de cinco días. Es decir, ¿les han premiado con cinco días de vacaciones? Si nadie lo remedia, el chico con parálisis tendrá que soportar a sus agresores todos los días en el mismo colegio. La  fiscalía pide más duras sanciones. Parece ser que casi todos los escolares con algún tipo de minusvalía son objeto de burlas, bromas pesadas, insultos y agresiones. La sociedad se ha llevado las manos a la cabeza, horrorizada ante esta brutalidad y crueldad en el ámbito escolar, en el que debería predominar el respeto más alto a quien de por sí vive en la vulnerabilidad física o mental. Pero no es suficiente con llevarse las manos a la cabeza, sino preguntarse qué educación reciben a diario los menores en sus casas, qué formación reciben a diario en las escuelas y qué contravalores están recibiendo de las redes sociales, que hoy en día tanto influyen en la personalidad de los menores. ¿Son estos escolares los frutos amargos de una educación basada en la fuerza bruta, en la insensibilidad, en la falta de respeto y en la ausencia de empatía y compasión hacia los compañeros más frágiles y más necesitados? Si es así, tal vez habría que cerrar no pocas escuelas y no pocas familias.

martes, 25 de marzo de 2025

El niño que se enfadó con la muerte, de Enric Benito

 


Cuando su abuelo Sebastián, albañil, un hombre hecho a sí mismo, murió en medio de dolores devastadores, Enric Benito tenía 10 años. Sus padres estaban volcados en su hermano, Tito, con una discapacidad severa, y el abuelo era el único que le hacía caso, así que cuando la muerte se lo arrebató, sintió una tristeza inmensa. Y se enfadó. La muerte se llevaba a quien más quería y él se quedaba ahí, rumiando esa manera tan dolorosa de morir.  

Creyó que hacerse médico sería una forma de vengar la muerte de su abuelo, porque él se dedicaría a curar a los enfermos. Se decidió por la oncología que era la enfermedad que había acabado con su abuelo. Enric tuvo que aplicarse y estudiar como un loco para seguir manteniendo la beca, gracias a la cual estudiaba. El trato asiduo con pacientes con cáncer le enseñó muy pronto que las derrotas eran su pan de cada día (por entonces el cáncer era una auténtica guadaña que, imparable, segaba las vidas de los pacientes). Tuvo que aprender a lidiar con más fracasos que éxitos. Y aprendió que lo peor no era la enfermedad; lo peor era enfrentarse a la muerte. A los enfermos les dolía el cuerpo, la carne y los huesos, perdían facultades físicas, no podían caminar o hacer la digestión, perdían la visión. Pero era su alma y su mente las que sufrían atrozmente, llenos de miedo y angustia. El cuerpo dolía; el corazón sufría. Y esto era increíblemente más angustioso. Enric extrajo una moraleja: había enfermedades que no se dejaban curar, pero que podían paliarse, cuidarse, ‘sanarse’.

Al llegar a los cuarenta y tantos años, los nervios de Enric se rompieron. Sintió que su vida no tenía sentido y que había tocado fondo. Depresión por estrés, le dijeron. Como tantos de su generación empezó a practicar yoga. Hizo un viaje a la India, en busca de un nirvana que le aportara serenidad. Un día con todo el grupo con el que viajaba fue a conocer a un maestro hinduista, para una audiencia exclusiva. Pero el maestro les descolocó. Les preguntó de dónde eran. Y al saber que eran españoles, les dijo: “¿Qué hacen aquí? ¿Por qué no escuchan a sus maestros, Teresa de Jesús, Juan de la Cruz, Ignacio de Loyola. Vayan a su tierra, busquen los lugares sagrados, en lugar de venir a una tierra extraña buscando dioses desconocidos en una lengua que no es la suya”.  Esto fue una lección para Enric. De vuelta a España, pasado un tiempo, se atrevió –por vez primera en los últimos 30 años- a recitar el Padre Nuestro. Unos meses después, y ante la incomprensión de sus colegas de hospital, Enric abandonaba el departamento de oncología y se ponía a trabajar con los enfermos terminales. Había oído que en Inglaterra habían surgido “unidades de cuidados paliativos”. Cuando la enfermedad era incurable, había que cuidar y ‘sanar humanamente’ a los enfermos que iban a enfrentarse a la muerte, y también a las familias que, en la mayoría de los casos, se sentían perdidas.

El libro de Enric es una lección sobre la muerte y el morir, en definitiva sobre la vida. No está escrito desde la pena o el desgarro, sino desde la compasión, el respeto a la dignidad de cada ser humano, para que el moriturus, afronte el “morimiento”, con la misma naturalidad con la que el nasciturus afronta el nacimiento.

Enric nos cuenta historias hermosas de hombres y mujeres que han sabido afrontar este viaje con paz y serenidad. Historias de sanación espiritual y humana, cuando ya el cuerpo era un guiñapo. Historias de perdón y de consuelo, de agradecimiento y de celebración. Juan, al que su mujer había llevado de aquí para allá, de consulta en consulta y de hospital en hospital. Solamente cuando los dos aceptaron lo inevitable, pudo irse en paz. Francisca que solamente cuando supo el poco tiempo que le quedaba de vida, quiso irse a su casa, ordenar sus cosas, despedirse de los seres queridos y preparar el funeral. Pablo, 24 años, que decidió vivir sus últimas semanas recibiendo en la terraza del hospital a sus amigos, y al que sus familiares, después de tantas resistencias para aceptar lo inevitable, le dieron ‘permiso para irse’. O Roy, que pidió a los de cuidados paliativos cómo era eso de morirse, qué tenía que hacer, cómo iba a apagarse su cuerpo. Y que al final recordó cómo en el servicio militar había ido un día a hacer limpieza en una ermita abandonada y que allí había encontrado una paz que nunca volvió experimentar: “Cuando acabe esto de la enfermedad, voy a ir allí. Estoy seguro”. O Miguel, enfermo terminal de sida, maltratado y apaleado por la familia y la vida, con un rencor y un odio que le salía por los poros y por la garganta. Y que solamente, cuando notó que el personal de cuidados paliativos le trataba humanamente: “tú eres una buena persona”, pudo llorar durante horas, perdonar y perdonarse, antes de partir en paz. En 1992, se creó Asociación Española de Cuidados Paliativos (SECPAL), a la que Enric ha dedicado lo mejor de su inteligencia y su corazón, pues “el enfermo terminal o que entra en paliativos pasa desde el caos interior y la negación que hace sufrir a la aceptación y el abandono de esa realidad que produce paz y otorga trascendencia”.

La resistencia a aceptar la realidad, aumenta el sufrimiento. La mayoría de los enfermos terminales tienen alguna cosa por lo que quisieran pedir perdón y alguna persona a la que les gustaría dar las gracias. A veces lloran por un dolor antiguo, por una incomprensión, por una herida de décadas. La cercanía de la muerte, les ayuda a sanar estas heridas y a enfrentarse con una mayor dignidad y elegancia al viaje definitivo.  

En estos tiempos en que la muerte ha dejado de ser un hecho natural, para convertirse en un tabú, probablemente el único tabú que queda, podemos caer en la cuenta de que el “morimiento” es consustancial a nuestra naturaleza, y que, si bien no podemos evitar el dolor, podemos evitar o atenuar el sufrimiento. Prepararnos para morir ‘sanos y sanados”, es un reto y a la vez un consuelo. Cuando se logra alejar el miedo a la muerte, se entra en otro estado de conciencia. Todos tenemos experiencia de haber acompañado una agonía, y sentirnos tristes y a la vez llenos de paz y de gozo, agradecidos a la vida por haber dado la mano hasta el último momento, por haber ayudado a pasar al otro lado a un ser querido: “La compasión es el nombre que toma el amor cuando se encuentra con el sufrimiento”.

Enric Benito escribió este libro en 2024, cuando ya contaba 75 años, y había dedicado los últimos treinta años a cuidar enfermos terminales, a dar conferencias, a programar audios y vídeos, a encontrarse con auditorios ansiosos de saber cómo es esto del morir, cómo comportarnos cuando sabemos que el ‘morimiento’ nos está pisando los talones, cómo actuar cuando debemos acompañar a un ser humano y cómo debemos dejarle partir hacia otro lugar. Enric dice que la muerte es mucho más llevadera cuando una persona ha vivido para el ser, en lugar de hacerlo para el tener. Lo que se tiene (propiedades, honores, amigos, familia, fama) da miedo perderlo, en cambio lo que se es (el buen corazón, los valores, la interioridad), uno puede llevárselo allá donde vaya. El cuerpo del ser humano acaba como acaba, como una planta, como una animal, pero el bagaje de humanidad, espiritualidad y transcendencia no desaparecen, se sea creyente o no, se pertenezca a una religión o a otra.

En muchas ocasiones le han preguntado cómo se puede morir bien y he aquí su respuesta: “Teniendo la confianza de que el universo está bien organizado y de que la muerte no es un fracaso, es un traspaso. Y en armonía y en paz con la vida vivida”. Y resume en unas pocas lecciones el morir: “Morir es normal y además es seguro. Morir nos abre a la verdad. Morir no duele. ¿Qué necesitamos saber para morir bien? Haber vivido bien. El sentido nos abre el camino. Podemos morir sanos. Acompañar y estar ahí tiene premio”. 

            El libro empieza citando la famosa frase de Martin Heidegger: “el hombre es un ser para la muerte”. La muerte segura y certera acecha al ser humano desde que nace. Y acaba con una frase luminosa de Rabindranath Tagore: “La muerte no es la oscuridad, simplemente es apagar la linterna, porque ha llegado el amanecer”.

Portada del libro de Enric Benito





Enric Benito con la cómica Paz Padilla, con la que ha colaborado en muchas ocasiones







lunes, 24 de marzo de 2025

Jesús es consolado en la Calle de la Amargura


        El pintor filipino Joey Velasco murió a tan solo 43 años de edad, después de una larga enfermedad renal. En 2005 pintó su obra más famosa Hapag ng Pag-asa, la mesa de la esperanza, una interpretación muy personal de la Última Cena, para la cual eligió como apóstoles a los niños de calle de Manila. La enfermedad, se ha escrito, fue su maestra, y su fe le hizo mover los pinceles y mezclar los óleos. Y aunque nunca había asistido a una academia de pintura, hoy es un artista reconocido. Dejó apenas 30 obras, entre ellas Jesús es consolado en la Calle de la Amargura. No es la Virgen María, ni el Cireneo, ni las piadosas mujeres de Jerusalén las que confortan a un Jesús atribulado en una de sus caídas. Tres niños con discapacidad intelectual bien visible -buonifigli en el argot guaneliano- le rodean, le  consuelan, le dan ánimos, para seguir adelante, para recorrer los últimos metros antes de alcanzar el Gólgota. Los tres niños lo abrazan y sostienen su cabeza a puntos de desplomarse, pero no miran directamente a Jesús. Los tres buonifigli miran, incrédulos, a la masa que grita enloquecida, a los sayones que insultan, a los soldados que amenazan. Sus ojos no dan crédito a tanta rabia y a tanta crueldad. Los inocentes, ya se saben, nunca comprenden del todo lo que pasa, porque el odio y sus mil expresiones superan sus entendederas. Atónitos, desangelados contemplan la ira que crece por momentos. Mientras un globo, expresión de alegría infantil, está ahí, inútil en una calle, donde ha desaparecido la sonrisa y sólo queda la mueca caricaturesca de una carcajada humillante. 

***

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          https://draft.blogger.com/blog/post/edit/5489823907377920168/7923621862290449285

viernes, 21 de marzo de 2025

Pablo d’Ors: profeta del silencio

  

         Ethic es una revista de pensamiento que “analiza las tendencias y desafíos globales a través de una mirada humanista y liberal”. De vez en cuando la hojeo e imprimo algunos artículos que en varias ocasiones me han acompañado en mis viajes en tren o en bus. Hace unos días descubrí que el artículo publicado en Ethic más leído de 2024 había sido la entrevista que hizo Esther Peñas a Pablo d’Ors, escritor, sacerdote, fundador de Amigos del Desierto y, sobre todo, un profeta del silencio en estos tiempos de descomunal ruido. La entrevista lleva un significativo título: “El éxito es el reflejo de la soledad”.

¿Y de qué habla Pablo d’Ors en esta entrevista? Define la meditación como “la contemplación de nuestra interioridad, que presupone una mirada amorosa sobre nosotros mismos y sobre el mundo”.  Cree que somos víctimas de una accionismo perturbador: “Hemos hecho un mito del pensamiento y de la acción y somos víctimas del espejismo prometeico de creer que somos nosotros los que vamos a cambiar el mundo. Si dejásemos que las cosas siguieran su curso, descubriríamos que muchas veces su deriva es mucho mejor que cuando nosotros intervenimos”. Habla de sus autores preferidos: Stefan Zweig, Hesse, Kafka y de algunos libros sobre los que vuelve a menudo: Ejercicios de Contemplación (Jalics), Stoner (John Willian), El peregrino ruso… D’Ors coincide con San Agustín en que la libertad no es hacer lo que te da la gana, sino elegir el bien, porque esto te hace verdaderamente libre. Afirma que cuando alguien necesita, consciente o inconscientemente, la aprobación y el reconocimiento de los demás, es que se siente muy solo. En más de una ocasión ha dicho que en este siglo XXI falta una literatura de la luz: “La literatura, como decía  Kafka ha de ser un puñetazo en la cara, pero yo añado que también una caricia; la literatura ha de interpelarnos, provocarnos, cuestionarnos, pero también consolarnos, estimularnos y acompañarnos”.  “La buena literatura te ayuda a ser persona. El Quijote nos ayuda a comprender mejor la condición humana y a vivirla con más intensidad y dignidad”

Pablo d’Ors nació en Madrid en 1963 en el seno de una familia de humanistas e intelectuales, en la cual se respiraba una atmósfera de cultura germánica. A los 29 años fue ordenado sacerdote claretiano. Realizó estudios en Nueva York, Roma, Praga y Viena. Estuvo de misionero en Honduras, y de vuelta a España fue capellán universitario, donde tuvo más de un encontronazo con las autoridades eclesiásticas de la época. Entró en contacto con la enfermedad y el final de la vida, cuando empezó a trabajar como capellán en el hospital Ramón y Cajal. Allí conocería a la doctora África Sendino que le abrió su corazón en sus últimas semanas de vida. Fruto de estas conversaciones, surgió “Sendino se muere”.

Un buen día le regalaron un libro “Ejercicios de contemplación”, del jesuita húngaro Franz Jalics. La lectura de este libro le cambió la vida y le hizo comprender, ya sin dudas, su misión y su lugar en el mundo. Marchó a Baviera, Alemania, para conocer y escuchar a este contemplativo para quien el secreto de una vida espiritual consiste no en obrar, sino en ser. Durante 12 días, Pablo d’Ors se sintió escuchado y amado por este venerable anciano que había alcanzado la luz y la irradiaba.

En 2012 Pablo d’Ors publicó un libro breve titulado “Biografía del silencio”. Obtuvo un éxito clamoroso. Un ensayo sobre el silencio se convirtió en best-seller como si fuera una novela policiaca. En 2014, funda la asociación Amigos del Desierto, una red abierta de meditadores que muy pronto se extendió por muchas provincias españolas (creo que en este momento ya hay 60 grupos) y que ha sobrepasado las fronteras, y se encuentra ya en Italia, Portugal, Argentina, Chile, Colombia, Venezuela, Uruguay, México, Ecuador, Perú y Estados Unidos. El Papa Francisco nombró a Pablo d’Ors miembro del Consejo Pontificio de la Cultura.

Amigos del Desierto tiene un fundador: Pablo d’Ors, un padre: Charles de Foucauld (La biografía de Pablo sobre este hermano universal y morabito del desierto, titulada “El olvido de sí”, es para mí su mejor obra), un maestro: Franz Jalics, y una tradición: el hesicasmo (los hesicastas del siglo V buscaban la paz a través de la quietud y constituye algo así como la contrapartida cristiana del yoga). Y a este carisma de los Amigos del Desierto, hay que añadir el icono de la Trinidad del maestro ruso Rublev, ante cuya imagen se reúnen los meditadores en silencio y quietud absolutas.

Pablo d’Ors parte de que el mal de nuestra sociedad está en la dispersión de la atención y en el ruido, verdadero terrorismo que condiciona y empeora nuestras vidas. Se necesita por tanto la meditación, para volver al centro de uno mismo. La meditación sólo requiere silencio y quietud. Y no es reflexión, porque esta activa la inteligencia, mientras que la meditación activa la percepción que es escucha y sentimiento.

He escuchado a Pablo en conferencias y en presentaciones de libros. Y en un par de ocasiones he compartido mesa y sobremesa con él. Y creo que el éxito de sus libros y el éxito de Amigos del Desierto radica en su propuesta de una vida meditativa en la que el silencio, la quietud y la lentitud sean ingredientes necesarios para una existencia transformadora. El silencio da la espalda a la presión productiva, a la agitación interior, al no saber estar quietos y al necesitar continuamente hacer cosas, realizar experiencias y tener sensaciones estimulantes. Y precisamente en esta sociedad occidental en que nos movemos y en que todo se quiere consumir y vomitar inmediatamente para devorar de nuevo, su propuesta de silencio, su modelo de meditación, su búsqueda de la unicidad y su anhelo de mirada amorosa a la interioridad es una propuesta a contracorriente y, por ello, oportuna y necesaria.

Confieso que no soy nada objetivo al hablar de Pablo d’Ors al que descubrí hace algunos años y al que sigo con admiración, no sólo por su literatura, sino también por su personalidad luminosa. No me extraña, por lo tanto, que sus libros sean tan leídos, sus conferencias tan escuchadas y su red de meditadores crezca en tantas partes. La semilla de trigo necesita el silencio absoluto de la tierra en invierno para germinar en primavera y dar fruto. Probablemente, el alma humana necesita idéntico silencio para brotar y dar fruto.  


Un fundador: Pablo d'Ors

Un padre: Charles de Foucauld

Un maestro: Franz Jalics

Una tradición: hesicasmo

Un icono: La Trinidad, de Rublev


Artículos relacionados: 

https://adanbreca.blogspot.com/2023/08/add-silencio-y-quietud-frente-un-icono.html

https://adanbreca.blogspot.com/2022/02/franz-jalics-una-presencia-de-silencio.html

https://adanbreca.blogspot.com/2019/05/el-olvido-de-si-de-pablo-dors-es-la.html


Entrevista en Ethic a Pablo d'Ors

https://ethic.es/entrevistas/pablo-dors-el-exito-es-el-reflejo-de-la-soledad/





jueves, 20 de marzo de 2025

Días de lluvia y lluvia

 


Llueve casi a diario desde hace un par de meses, aunque es una lluvia lenta, que no causa estropicios y desastres, muy al contrario de lo que está pasando en otras regiones de España. En días de lluvia persistente, la línea del cerro san Cristóbal se borra y se funde con el horizonte, formando un cuadro abstracto de todas las tonalidades del gris. Por aquello de la memoria involuntaria, que diría Marcel Proust, me he acordado de la novela de Camilo José Cela ‘Mazurca para dos muertos’, en la cual la lluvia es una de las protagonistas. Llueve y llueve en esa novela, y a medida que pasan las hojas, las gotas de lluvia entran en los ojos y en el alma del lector, creando una atmósfera de humedad invasiva, inverniza, monótona y gris. Y probablemente nunca un escritor ha sabido reflejar mejor esa cadencia lenta, insistente, contumaz del orvallo galaico.

"Llueve mansamente y sin parar, llueve sin ganas pero con una infinita paciencia, como toda la vida, llueve sobre la tierra que es del mismo color que el cielo, entre blando verde y blando gris ceniciento, y la raya del monte lleva ya mucho tiempo borrada. Llueve con tanta monotonía como aplicación desde el día de San Ramón Nonato, a lo mejor desde antes aun, y hoy es San Macario, que trae suerte a los naipes y a las papeletas de la rifa. Orvalla despacio y sin parar desde hace más de nueve meses sobre la yerba del campo y los cristales de mi ventana, orvalla pero no hace frío, quiero decir mucho frío”.

lunes, 17 de marzo de 2025

'Escort' con tarjeta oficial

 


No hay nada nuevo bajo el sol. Mientras el Partido Socialista insistía una y otra vez en que era su intención prohibir la prostitución, el ministro Ábalos buscaba en un catálogo de alta gama una o varias escort, como se dice ahora, y que en romance paladino, se ha dicho siempre prostituta o cualquiera de las 200 palabras que la rica lengua de Cervantes tiene para nombrar a las mujeres del llamado oficio más viejo de del mundo.

Y es que mientras un ciudadano corriente y moliente, cuando acude a un prostíbulo o requiere la presencia de una escort en su domicilio, saca su billetera y paga de su bolsillo, parece que algunos políticos pagan con la tarjeta black a cuenta del erario público y, además, agasajan a la ‘acompañante’ con un despacho en el Ministerio o con un piso en una zona bien de la capital.

Se ve que proclamarse feminista o decir ante los micrófonos que uno es el más feminista de todos y todas, sale gratis. Y nunca mejor dicho: sale gratis al político que elige en el catálogo a la escort de turno. Otra cosa es lo que cueste a la caja común de todos.

Y, según se ha sabido, el ministro trató con tanta galanura y prodigalidad a las escorts que una agencia de publicidad del sector ha utilizado la foto del Sr. Ábalos para hacer campaña y lanzar eslogan: “Aquí encuentras las escorts favoritas de los ministros”. ¡Caramba. A modernidad no hay quien nos gane!  

 

sábado, 15 de marzo de 2025

El príncipe de Ghana, de Gustav Klimt

         


        Una de las noticias de la reciente feria de arte TEFAF ha sido la venta por 15 millones de euros de un retrato de Gustav Klimt, cuya pista se había perdido hace muchas décadas. Lo que tiene de particular este cuadro de Klimt es el retratado: un joven africano, visto de perfil.

William Nii Nortey Dowuona era un joven príncipe de la tribu Osu, actual Ghana. Había llegado con su familia a Viena y encontró trabajo en el Parque de Atracciones de Viena, concretamente en el área del zoológico. Ahora nos parece una monstruosidad, pero a finales del siglo XIX, era bastante frecuente que en estos parques de atracciones expusieran públicamente a gentes de diversas latitudes, razas y colores, en medio de decorados que indicaban su procedencia. Acudir a los zoos para ver expuestos aborígenes, como objetos exóticos, constituía una de las actividades divertidas y modernas de la buena sociedad vienesa, después de tomarse un café en  el Sacher o dejarse ver por la Ópera.

Allí en el Prater de Viena, el más antiguo parque de atracciones del mundo, los pintores austriacos Gustav Klimt y Frantz Matsch vieron expuesto, como un objeto decorativo o como un animal hermoso, al joven príncipe ghanés. Y  ambos pintores decidieron retratarlo, tal vez por su belleza, tal vez por su exotismo.  El cuadro de Frantz Matsch se encuentra en el Museo Nacional de Luxemburgo. Muy pronto la obra de Klimt fue adquirida por Ernestine Klein que la mantuvo en su casa hasta 1938, cuando salió huyendo a Mónaco, para evitar las redadas nazis contra los judíos. El cuadro tal vez fue subastado forzosamente por sus propietarios para poder salir del país, o tal vez fue abandonado en casa, después de la huida precipitada camino del exilio. Desde entonces andaba perdido.

Hace un par de año, una pareja llevó el cuadro a una sala de subastas de la ciudad holandesa de Maastricht. Después de la limpieza de los barnices oxidados, no cupo duda a nadie de que se trataba del cuadro del príncipe ghanés de Klimt. Pero los herederos de Ernestine Klein interpusieron una demanda judicial que les fue favorable, lo que les ha permitido embolsarse los 15 millones de euros por los que fue vendido en la reciente feria de arte TEFAF de Maastricht.

¿Qué fue de la vida del príncipe ghanés? Google no devuelve ni una sola línea cuando se le pregunta sobre la existencia de William Nii Nortey Dowuona. ¿Volvería alguna vez a su tierra, a su tribu, a su lengua y a sus cantos en Ghana? ¿Murió de viejo y fue enterrado en cualquier cementerio para pobres de la capital austriaca? Tampoco sabemos si Klimt y su amigo pintor Matsch pagaron algún dinero al modelo del cuadro, lo que le hubiera permitido, al menos, acudir por una vez a un baile de valses de Strauss o tomarse un café con tarta en el café Sacher. Nada sabemos.

Prater de Viena: exhibición de africanos

El príncipe ghanés, según Gustav Klimt

El príncipe ghanés, según Frantz Matsch

El príncipe ghanés, según la IA 








Semana Santa: flores y caridades

 


        En una entrevista reciente el obispo de Granada, Gil Tamayo, ha hablado sobre las hermandades de Semana Santa y sobre algunos cambios o modificaciones que deberían hacerse en su interior si quieren aún seguirse llamando hermandades cristianas. El obispo pide más sensibilidad social, más cercanía a los pobres, más vida interior. Las procesiones de Semana Santa no son desfiles cívicos o militares, cabalgatas o paradas competitivas para ver quién impresiona más con la forma de llevar el paso, las bandas musicales o las flores que adornan la imagen titular. Y una frase resume todo este tirón de orejas a las hermandades: “no se puede gastar más dinero en flores que en actos de caridad”. No voy a negar la belleza de las tallas procesionales ni esa puesta en escena que sobrecoge, pues la fe y la religiosidad también necesitan lo sensible y lo emocional. Pero se echan en falta a las hermandades y sus miles y miles de cofrades en las obras de caridad de cada ciudad, más allá del domingo de Resurrección,

lunes, 10 de marzo de 2025

La hora de Europa

 


Al día siguiente de la victoria de Donald Trump un analista político escribía algo así como que la razón de la contundente victoria de Trump se debía a que los políticos demócratas habían hablado a los votantes de cosas que interesaban sólo a minorías o sobre temas que les tocaban tangencialmente (cambio climático, agenda 2030, derechos LGTBI, cultura woke). Durante la campaña electoral, se habría dado una disociación entre los discursos políticos y las necesidades elementales de los votantes (trabajo, sanidad pública para todos, derechos laborales, vivienda, etc.).

Trump era un conocido candidato para todos, precisamente porque había gobernado en Estados Unidos durante cuatro años, y porque su vida política o privada había acabado en muchas ocasiones en los tribunales. En su campaña no había engañado a nadie sobre sus intenciones y sobre sus formas, ni diplomáticas ni corteses. ¿Qué soñaba el ciudadano medio americano para votar a Trump? Probablemente había millones de pequeños Trump entre los votantes norteamericanos: desprecio hacia el adversario, rudeza en las formas y un insatisfecho  deseo de prosperidad personal, importándoles un rábano lo que sucede más allá de las fronteras del país de Tío Sam (tal vez por esa razón, muchos de los migrantes residentes en territorio estadounidense le votaron, sin preocuparse de la suerte de los que deseaban cruzar la frontera). Quien deseaba de nuevo una América Great, en el fondo deseaba engrandecerse él mismo, prosperar él mismo, y el resto del mundo le daba igual.

Han bastado escasas semanas desde la toma de posesión de Donald Trump para que nos diésemos cuenta de que las baladronadas del inquilino de la Casa Blanca iban en serio, aranceles a otros países, políticas migratorias restrictivas y, sobre todo, tal vez por lo que nos afecta, guerra de Ucrania.

Y la guerra de Ucrania nos afecta por el destino y la suerte de millones de ucranianos, pero de una manera especial porque la traición de EEUU a Europa ha dado pie a un discurso armamentista en todos los líderes europeos, la presidenta de la Comisión Europea, Ursula vor der Leyen, a la cabeza. En pocos días ha ido calando en la población europea, de norte a sur y de este a oeste, la necesidad de contar con un ejército fuerte, lo que significa aumentar el gasto militar a cifras estratosféricas. Las empresas de armas -y los gobiernos que están tras ellas- se frotan las manos. Nunca sabremos si la guerra necesita armas o si son las armas las que necesitan las guerras. Y aumentar el gasto militar significará, aunque no se dice, disminuir el gasto social en sanidad y educación, las políticas igualitarias, las ayudas a los más vulnerables que ya dábamos por hecho. Si las cosas van a mayores, probablemente las tropas europeas volverán a los frentes y a los campos de batalla, y los frentes nos devolverán los muertos y los mutilados. En fin, el retroceso del Viejo Continente a los años ’40 del pasado siglo.

No es la primera vez que ocurre en suelo europeo que dos potencias se ponen de acuerdo y se anexionan territorios, sin que la opinión de la población anexionada cuente para nada. Esta entente Rusia-Estados Unidos, viejos y nuevos imperialistas, da mala espina y es de mal agüero. ¿Por cuánto tiempo Europa podrá o querrá sostener a Zelensky? ¿No se convertirán los territorios ucranianos, sus recursos naturales, las ‘tierras raras’, en objeto de codicia o en el pago del préstamo de guerra, que habíamos pensado que era puro altruismo, generosidad y solidaridad internacionales hacia Zelensky y sus sufridos conciudadanos?

Vivimos tiempos ásperos. Rudos tiempos. Ya ni siquiera se envuelve en un envoltorio de cortesía y de civilidad la cruda realidad del imperio de los fuertes sobre los débiles. Siempre se dijo que, “cuando no se podían salvar los principios, había que salvar al menos las formas”. Todo esto parece una antigualla. Volvemos o nos acercamos peligrosamente a la selva: ¿Acaso pide permiso el león para pegar un par de bocados a la gacela? ¿Fue la entrevista Trump-Zelensky el modelo presente y vigente de una diplomacia descarnada y humillante?

Esperemos que ante este panorama general de hienas (Rusia, Estados Unidos, China y algún otro), Europa reaccione, sacando de sí misma, de su historia milenaria y de sus valores humanos, la grandeza y la magnanimidad de los grandes hombres y mujeres que la construyeron a lo largo de los siglos: la verdad racional que nos dejó en herencia el mundo helénico, el respeto al derecho civil y al principio de ciudadanía, que es el legado de Roma, y la dignidad humana y el sentido de compasión, que es la aportación específica del mundo judeocristiano. Si Europa quiere seguir siendo Europa –y todo lo que esta palabra significa- ha de volver sus ojos a Grecia, a Roma y a Jerusalén.   












 

domingo, 9 de marzo de 2025

¿La muerte de las catedrales?

 


En 1904 en el periódico Le Figaro apareció un largo artículo de Marcel Proust con el título La mort des cathédrales. Era su réplica a otro artículo de Aristide Briand, primer ministro francés de la época, en el que proponía que las catedrales de Francia fuesen secularizadas y convertidas en museos. Marcel Proust, uno de los escritores más influyentes de toda la literatura francesa, y nada sospechoso de clerical, escribió, entre otras cosas: “La vida de las catedrales, la más noble y sin duda la más original expresión del genio de Francia, depende del culto y de la liturgia que en ellas se desarrolla. Impedir el culto sería como convertir a Francia en una playa de la que el mar se ha retirado, dejándola sembrada de gigantescas conchas talladas, carentes de la vida que antes se guarecía en ellas”.

Y evidentemente Proust no está haciendo una defensa de los derechos eclesiásticos o de los propietarios de estos edificios singulares, sino simplemente un ejercicio a favor de la belleza suprema que representan las catedrales europeas, aún hoy el estandarte monumental de casi todas las ciudades de este Viejo Continente, en cuanto construcciones únicas que aúnan culto y cultura.

Estos monumentos siguen siendo los edificios más visitados de la mayoría de las ciudades. Basta con tomar un simple folleto turístico, tipo “10 cosas que no puedes perderte en tal ciudad”, la catedral siempre ocupa uno de los primeros puestos, casi siempre el primer lugar. Pero estos edificios, además de constituir el orgullo y el atractivo de cada urbe, son los espacios sagrados que acogen las grandes celebraciones litúrgicas, Navidad, Pascua, Corpus Christi, la Inmaculada o del patrón local, pero también sus muros han acogido ceremonias solemnes y acontecimientos históricos: coronaciones de reyes, entierros de cardenales, proclamaciones de dogmas, funerales de estado, acciones de gracia por el fin de una guerra o de una peste, consagraciones de obispos, bodas regias, así como acontecimientos civiles que han encontrado,en sus espaciosos recintos, cabida y solemnidad. Para Gabriel Marcel, autor de En busca del tiempo pedido, “una representación de Wagner en Beyreuth es un acontecimiento banal comparado con la celebración de una misa solemne en la catedral de Chartres”. 

En la retina y en la memoria todos tenemos el recuerdo reciente de alguna celebración religiosa, presencialmente vivida o vista por televisión, que nos impactó por la suprema belleza del espacio donde tenía lugar: la dedicación de la Sagrada Familia de Barcelona por Benedicto XVI o la reconsagración de Notre Dame de Paris, después del incendio y de su reconstrucción. Pero también una Misa de Nochebuena o una vigilia de Pascua en San Pedro de Roma. O la celebración de la Misa por el rito mozárabe en la catedral de Toledo que antecede a la procesión del Corpus. O la coronación del rey de Inglaterra en la Abadía de Westminster.

Tal vez el europeo medio cuando piensa en una catedral piensa en una catedral gótica.  Hubo unos siglos, los que van del XII al XV, en que miles de europeos, arquitectos, vidrieros, albañiles, canteros, acarreadores de agua, piedras, argamasa o maderas, orfebres, herreros, carpinteros, pintores, techadores, bordadores, escultores, escritores y músicos supieron dar vida a unos edificios que siglos después causan nuestro asombro, como la máxima expresión del genio europeo. Las catedrales y las grandes iglesias conservan la memoria de una Europa puesta en pie para elevar hasta el cielo, en suprema armonía y majestuosa arquitectura,  las piedras que hábiles canteros tallaron a mayor gloria de Dios. Miles de trabajadores se desplazaban de ciudad en ciudad cuando los obispos o los reyes anunciaban el inicio de una nueva catedral. Y hoy es sabido que también miles de mujeres participaron en la construcción de estas ‘sacras moles’

También hoy en día se corre el riesgo de secularizar las catedrales y convertirlas en esplendidos museos donde la arquitectura, la escultura, la pintura y la orfebrería deslumbran a las masas de turistas que pagan su entrada y se lanzan, móvil en mano, a fotografiar cada rincón. Y hoy el riesgo no está en un decreto gubernamental, como pretendía Aristide Briand a primeros del siglo XX, sino a otras causas, entre ellas: la necesidad de hacer caja para afrontar los numerosos gastos de estas fábricas catedralicias, y la servidumbre a las masas de turistas que pasan de una visita a una bodega a una catedral, de una cata de queso a un paseo en barco, de un palacio regio a un museo de aperos de labranza con la misma presencia de ánimo e idéntica trivialidad.

Pero tal vez hay otras causas aún más graves: la pérdida o grave disminución de la belleza litúrgica y del misterio del rito sacramental, sin relación alguna con las vidas y las almas de los que pasan por las catedrales. La vida litúrgica de las seos languidece de día en día en las catedrales.  Los tiempos no corren a favor de la solemnidad de las grandes celebraciones religiosas, que en los siglos pasados llenaban de admiración y consuelo a los humildes devotos. Los turistas prevalecen sobre los creyentes.  

Y en esta época de creciente vulgaridad y de prisas, de pérdida del sentido del valor de los  ritos y rituales pausados y sosegados, con un clero envejecido que ya no está para estas fiestas, o con un clero joven, más dado a la informalidad, a las prisas, a las dos guitarritas, a las palmadas y aplausos…, la celebración solemne de una misa o de cualquier acto litúrgico serán cada vez más raros en las catedrales, y más extraños a nuestro siglo. Este espíritu del tiempo que todo lo invade irá reduciendo las catedrales a monumentos espectaculares pero muertos, lugares de cultura pero sin culto, para gloria de las ciudades y pasatiempo de los turistas.





 





















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