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jueves, 18 de junio de 2026

León XIV: Fui emigrante o estuve encarcelado o tengo discapacidad...

 Fui emigrante y me acogisteis


        El puerto de Arguineguín, en Gran Canaria, conoce el dolor y la esperanza a partes iguales. El dolor de los que llegan exhaustos a la isla, tras un largo periplo de desventuras, mafias y abusos. Arribar a una playa y a una ciudad como barcos a la deriva, náufragos de la noche y la injusticia. León XIV quiso cumplir un sueño acariciado por su predecesor, Francisco, al que la enfermedad y la muerte le impidió este viaje a las periferias. En el puerto de Arguineguín hay también esperanza y empatía. Al rechazo de muchos hacia la migración, le antecede y le sigue la compasión, el trabajo, el esfuerzo y el voluntariado de otros tantos. Ofrecen esperanza, en forma de un refugio tranquilo, una taza de café, unas galletas, el papeleo, la escucha y un chute de confianza en una cierta clase de humanidad que triunfa sobre la indiferencia. Testimonios de sufrimiento inenarrable, ligados también a testimonios de nuevas oportunidades, lejos de los días de la miseria y el horror. Salvamento marítimo, cáritas parroquiales, voluntarios de asociaciones conocen las mil caras de la migración, los nombres propios en todas las lenguas, las historias que conmueven hasta las lágrimas o hasta la vergüenza de pertenecer a la especie humana. Y también conocen las historias de superación, éxito, el regreso de la confianza a unas almas golpeadas. 
        Con claridad y belleza literaria, el Papa dijo:

    "Queridos migrantes: antes de decirles cualquier otra palabra, quiero inclinarme ante su dignidad. No son números ni expedientes. Ustedes son personas con una familia y una casa dejada atrás; con sueños que nadie tiene derecho a despreciar"

   "Y que la historia no tenga que acusarnos de haber convertido el dolor de los que sufren en paisaje habitual de nuestras costas. Porque hoy, aquí, junto al mar, cada vida que llega nos pregunta qué queda de nuestra humanidad. Tarde o temprano, se sabrá si supimos custodiarla o si dejamos que la indiferencia hablara por nosotros. Muchas gracias".

Estuve en la cárcel y vinisteis a verme
    
    
            Existen en España 84 centros penitenciarios operativos. En ellos viven 62 522 personas cumpliendo condena de privación de libertad. En su reciente visita a España el Papa quiso visitar una de esas cárceles, concretamente la de Brians 1 en Barcelona. No fue un acto de buenismo al uso, ni de postureo fotográfico. Sino la puesta en práctica del evangelio más puro: "estuve preso y vinisteis a verme". ¿Y quiénes pueblan las cárceles? ¿Están en ellas los 62 522 ciudadanos más malvados de España? No podemos negar que mientras habitaban la ciudad y sus calles cometieron maldades en todas su formas y maneras. Y también que sus actos destruyeron o arruinaron vidas ajenas, o convirtieron las calles en más inhóspitas. También algunos presos pagan sus propias facturas y las ajenas: infancias desdichadas, malas compañías, errores trágicos. También todos sabemos que no son todos los que están ni están todos los que son. Todos en algún momento de nuestra existencia pudimos rozar la delincuencia o coquetear con ella. A veces una línea delgada separa al santo del asesino. Para el cristiano, todas las vidas merecen una segunda oportunidad. Hasta el último instante, la redención es posible. Y también el arrepentimiento. El ladrón se hizo "buen" ladrón, cuando estaba a punto de expirar. En Brians 1 y en todas las cárceles, hay presos que han llorado mil veces su crimen. Y cargan sobre su conciencia una culpa más pesada que cadenas y grilletes. 
        “Queridos amigos y amigas, os invito a seguir soñando el sueño de Dios. A cada uno os digo: ¡Dios te ama como eres, pero te sueña mejor!”, señaló el Pontífice. 
    Y recordó que la vida cristiana no consiste en no equivocarse, sino en aprender a levantarse: “El Señor nos permite a todos empezar siempre de nuevo, pues ser humano y ser cristiano no consiste en no equivocarse sino en crecer en la capacidad de convertirse, arrepentirse, enmendarse y, sobre todo, de reconciliarse y de perdonar”.


Tengo una discapacidad y me abrazaste



    Olga es una joven de 26 años con autismo. De lunes a viernes vive en Casa Santa Teresa (hermanas guanelianas), un centro para personas con discapacidad intelectual en Madrid. El fin de semana y las vacaciones las pasa con sus padres adoptivos. Nació en Rusia de madre soltera que pensó que su pequeña estaría mejor en otras manos.

    Olga es una niña doblemente especial. Su sensibilidad religiosa y su cercanía constante a Dios le otorgan unas características muy especiales. De vez en cuando repite que ella quiere ser santa, porque ser santa significa ser buena. El corazón tiene razones que la razón no entiende. Tampoco sabremos por qué Olga se sintió profundamente unida al Papa Francisco. Una admiración que le llevó a revolver Roma con Santiago hasta que el Vaticano le concedió una primera fila y un momento para abrazar al Papa. La fecha ya estaba fijada, febrero de 2025, pero Jorge María Bergoglio fue ingresado en el hospital y poco después murió. ¿Sueño cancelado? Sueño aplazado, mejor dicho. Cuando supo que el Papa León XIV visitaría Madrid, la rueda volvió a ponerse de nuevo en movimiento.
    Una llamada telefónica desde el arzobispado de Madrid, le comunicó que tenía una entrada para acudir al Centro Cedia de Cáritas, donde el Papa iba a celebrar un acto.  Y el abrazo fuerte, emocionante, tantas veces soñado, se produjo. Olga, con su entusiasmo y admiración hacia el Papa, se llame como se llame, se lanzó a un abrazo que ella recordará por el resto de su vida. León XIV cuando conoció los antecedentes de este abrazo, sin duda pensó como el evangelista Mateo que "Dios ha escondido las verdades de su reino a los sabios y entendidos, y las ha revelado a los niños". Tal vez sólo de los pobres y de los 'insignificantes' pueden esperarse abrazos de corazón y corazones en forma de abrazos.

... Y la bendición a los bebés.

  

  
        Es difícil resumir un viaje de tanto calado. Tantos mensajes. Tangos gestos. Tantas realidades presentadas a la mirada del Papa. Tantos desgarradores testimonios. Para terminar estas notas sobre el viaje de León XIV a Madrid, Barcelona y las Islas Canarias, quiero destacar la bendición a los bebés.
        El Papa quiso detener su coche muchas veces para bendecir a los bebés que le iban presentando a su paso por las calles de las ciudades. Los 'chicos' de seguridad se han convertido en expertos cuidadores de bebés. Los tomaban en sus manos con dulzura y decisión, se los presentaban al Papa, y se los devolvían a sus padres. 
        León XIV bendice la vida que empieza, la vida frágil que requiere total atención y cuidados. Una vida que no podría desarrollarse y sobrevivir sin la dedicación y entrega de padres y familiares. Así de frágil es esta especie humana. Totalmente dependiente y, al mismo tiempo, totalmente única e individual. Se bendice al ser humano, niño o niña. Se bendice el futuro, la esperanza y el mañana. Se bendice a los bebés en una Europa temerosa de traer niños al mundo. Una Europa hedonista donde el nacimiento de un niño puede dar la sensación de cortar la libertad de sus progenitores. Una Europa envejecida por el invierno demográfico. Una Europa donde se reclama la interrupción de la vida como un derecho. Y donde los defensores de la vida desde el mismo momento de su concepción son vistos como radicales, fanáticos y cosas peores.
        Esta bendición a los bebés ha sido el mensaje más silencioso de León XIV. Porque la vida de un bebé no necesita discursos. Sólo cuidados. Sólo requiere una bendición. Sólo exige un poco de fe en un futuro de hombres y mujeres algo más humanos. 

jueves, 4 de junio de 2026

2026: los chicos de los "italianos" vuelven al colegio


Calor agobiante y fotos de grandes nevadas

Bajo un sol implacable en Aguilar de Campoo, se celebró el pasado 30 de mayo el encuentro anual de los ex alumnos del Colegio San José, los “italianos”. Al comenzar el encuentro, en la pantalla pudimos ver viejas fotos de aquellas grandes nevadas, donde los chicos, con aire de fiesta, se deslizaban por la ladera de Peña Aguilón o se tiraban bolas de nieve, mitad en broma, mitad en serio. Todos recordamos la dura climatología aguilarense, ese frío intenso cuando salíamos al patio, las abundantes nevadas, las heladas que se prolongaban semanas, el cierzo cortante de cada tarde, y ese aire desapacible en las mismas noches de junio o septiembre. ¿Será el cambio climático?

El calor ambiental tal vez sólo fue una metáfora del calor del encuentro. Entre calurosas acogidas y calurosas despedidas transcurrió un sábado muy especial. No solamente el cálido recuerdo y la dulce añoranza: las travesuras, las marchas a las Tuerces, el pollo de los domingos y los macarrones, las olimpiadas, los concursos culturales, las clases de guitarra y teatro, el deporte a todas horas, los vinilos y las canciones inolvidables, los campamentos… También el cálido recuerdo de los valores que fueron inculcados con paciencia por frailes y maestros. Valores a los que, como buenos adolescentes, a veces nos resistíamos tercamente, y otras veces acepábamos de buen talante. Pero siempre con el convencimiento de que esos valores estaban sembrándose en nuestra piel, y que la vida se encargaría de hacerlos brotar. La experiencia y las décadas transcurridas desde entonces así nos lo han confirmado.

'Caramelos' para los chicos rumanos

El encuentro no es sólo una celebración del pasado, un recuerdo constante de tiempos pretéritos y, ¿mejores? El encuentro de antiguos alumnos tiene también su lado solidario y su vertiente generosa. Aquellos valores vividos en Campañas contra el Hambre, domingos del Domund y Festivales de Navidad, continúan vivos en el “Proyecto Caramelos”, en recuerdo del Hno. Juan. La ongd Puentes trabaja desde 1998 por los misioneros guanelianos en África y Latinoamérica, e incluso en Europa. Cada año se elige un proyecto y se abre a la solidaridad de los antiguos alumnos. En nombre de Puentes, Bautista habló del proyecto para 2026, a favor de los chicos con discapacidad de Bucarest-Rumanía. Un proyecto dirigido en este momento por el misionero Francisco Javier Altuna, el Ringo Star de la batería en el Colegio San José. Un proyecto humilde para costear sábanas y mantas, empapadores, pañales, material de fisioterapia, etc. Todo lo aprendido en este colegio guaneliano sigue encontrando su traducción anual en este proyecto. La cercanía hacia los que lo pasan mal es la marca de la casa (aún puedes colaborar en el BIZUM: 10009 y en el IBAN: ES46 0030 6018 1700 0105 1272).

Ronda de gratitud

En la tradicional ronda del encuentro, cuando cada uno coge el micrófono, dice su nombre y los años que permaneció en el colegio, los mensajes más repetidos fueron: la gratitud por lo recibido, el valor de las enseñanzas, agradecimiento por lo vivido, confirmación de que, sin esos años de internado, seríamos diferentes y, probablemente, peores personas. El internado nos inculcó y marcó a fuego algunos valores: el esfuerzo, el sentido del sacrificio, la perseverancia, el compañerismo, la sensibilidad hacia los que lo pasan mal, ya fuese un compañero torpe, ya fuese un niño de Biafra. Incluso valores muy actuales: compartir las tareas domésticas (desde lavar los platos a poner la mesa, desde limpiar los aseos a fregar los suelos). El cuidado de la naturaleza: se plantaron y se regaron chopos, pinos, frutales, creando un muro verde alrededor del colegio de ladrillo rojo y persianas azules. Los trabajos comunitarios: ponerse manos a la obra para hacer una nueva cancha de baloncesto o una pista de tenis. Uno de los alumnos resumió perfectamente lo aprendido y lo vivido: “los educadores nos enseñaron a distinguir perfectamente el bien del mal. Y esta claridad nos ha ayudado toda la vida”. En una sociedad líquida, de cimientos movedizos, arquitecturas efímeras y fuegos artificiales, la solidez de aquella educación recibida es un asidero humano muy importante y para toda la vida.

La autoridad del cariño y el servicio

El edificio que hasta 1991 ocupó el Colegio San José es desde hace un cuarto de siglo una residencia para la tercera edad. Pero amablemente, sus actuales dueños nos reservan el espacio que ocupó la capilla, para que celebremos nuestra reunión anual. P. José Ángel presidió la eucaristía, flanqueado por otros dos curas, P. Teo y P. Fernando. Los tres fueron también “chicos de los italianos”. Y como no hay misa sin sermón, José Ángel nos recordó, que “siempre seríamos, no obstante las canas y las calvas, aquellos niños que correteaban por patios y pasillos”. Y sirviéndose del evangelio del día, se preguntó con qué autoridad nos enseñaban en ese colegio los frailes de don Guanella y los maestros. Para responder que “la autoridad de los guanelianos era la del servicio y la del cariño” Y que, un día y otro, nos repitieron que “Dios es un padre que nos quiere a todos y que tiene un cariño especial por los que el mundo olvida: ancianos, huérfanos, chicos con discapacidad. Esta es la autoridad del carisma guaneliano que se nos quedó grabada en el alma cuando éramos pequeños. Y este mensaje podemos comunicarlo en nuestras oficinas, en nuestras casas, en nuestros barrios, para arrancar a los que lo están pasando mal de la soledad o del desánimo”.

Almuerzo entre amigos y banda sonora

Después de las dos fotografías de rigor, la segunda parte de la jornada transcurrió en otro escenario: una comida fraterna en el restaurante Dolce Vita. Fue el momento para compartir recuerdos de los tiempos de internado, y también para ponernos al día de la situación de cada uno. O para preguntar por aquel compañero que era de tu pueblo, o aquel que solía venir todos los años. Muchos de los reunidos ya están jubilados; otros, a punto de estarlo. Otros tantos  desempeñan los más diversos oficios y en distintos lugares. Gente que buscó el pan en la ciudad y gente que permaneció en el pueblo, cultivando la tierra. Para muchos, los años de internado fueron el trampolín para acceder a estudios superiores e incluso para aficiones duraderas (música o deporte). En torno a los manteles la conversación se vuelve sonrisa, ternura, chispa, gracia, ironía, tomadura de pelo y abrazo. En estos encuentros hay cabida también para los familiares y las mujeres o compañeras de los antiguos alumnos. Una de ellas resumió: “Yo siempre he oído decir a mi marido que los años de Aguilar fueron sus años más felices”. Y no quiero olvidarme de Ana, viuda de un antiguo alumno, Jesús, que nos volvió a regalar su presencia. O de Germán y Feliciano, que se unen año tras año al grupo en honor del hermano y amigo ya difunto, Amable, antiguo colegial. Y por supuesto, a nuestro amigo querido que 'preside' cada año este encuentro: José Antonio, de la Villa. La vida es así. Y tiene estas complicidades y estos guiños. Y así este caluroso día de mayo llegó a su fin. No faltó la banda musical: Oh, bella ciao, Viva la gente, Somos una familia, Saber que vendrás, Pescador de hombres y Hoy, Señor, te damos gracias… Esa música nos ha acompañado desde niños y aún nos acompañará muchos más días…

Recibir al  otro como un sacramento

Esta crónica no estaría completa sin recordar el minuto de oro  de esta jornada, como se dice ahora en el lenguaje televisivo. Poco antes de iniciar la misa, Toni Fuente comunicó que un antiguo alumno, Juan José Merino, se encontraba, por sus circunstancias de salud, de usuario en esta residencia. E invitaba a los compañeros de curso a hacerle una visita al acabar la misa. P. José Ángel fue más allá: “¿Por qué no le invitáis a unirse a esta celebración, si le apetece?”. La misa ya había empezado, cuando vimos entrar a nuestro antiguo compañero, pero el cura interrumpió la eucaristía para que todos pudiésemos darle la bienvenida. Juan José cruzó el pasillo de la antigua capilla, justo por el medio de sus compañeros que le tendían la mano o le ofrecían muestras de cariñoso afecto. Cruzó con toda su fragilidad hasta situarse al lado del altar. Y allí permaneció durante unos minutos en silenciosa y sagrada presencia. El sacerdote hizo bien en interrumpir la liturgia de la misa para ofrecer el cálido respeto y deferencia al compañero de pupitre y patio, aquel niño pelirrojo al que todos recordábamos. Cuando se acoge a quien lo está pasando mal, sea por el motivo que sea, se acoge el misterio de la vida. El afecto hacia un ser humano en su momento de fragilidad es también un sacramento. 

¡Nos vemos el año que viene! ¡Salud y paz a todos!















domingo, 23 de noviembre de 2025

El cura Antonio Ronchi: el 'patagón' de Dios

 


            Parece ser que Magallanes y sus compañeros fueron los que dieron a los habitantes de la región más austral de Sudamérica, los tehuelches, el nombre de patagones, por su elevada estatura, y en alusión al gigante Pataghón que aparece en la novela de caballerías Primaleón.

          El pasado verano, en el momento del café, mi amigo y misionero en Chile, P. Alfonso Martínez, sacó de su mochila un libro y me lo entregó: El cura Ronchi, de Roberto Gómez Suárez. En una heladora mañana de noviembre, con un café en la mano, al agrego de solillo invernal, he concluido esta biografía. Primera impresión: cuesta entender que hayan existido hombres así, verdaderos gigantes, 'patagones', al servicio de los más abandonados y aislados, precisamente en la Patagonia de Chile.

            Antonio Ronchi nació en 1930, en un pueblo de la provincia de Milán, de una madre muy religiosa y de un padre que pisaba la iglesia justo cuando no quedaba más remedio y que creía que los curas eran todos unos holgazanes. El padre, emprendedor y dinámico, tenía grandes planes comerciales para su primogénito varón, Antonio. Pero éste, poco a poco, empezó a frecuentar la iglesia y el oratorio, y manifestó su voluntad de entrar en el seminario de los padres guanelianos. El enfado se apoderó del padre y con una cierta ira le espetó: “¡Anda a hacerte cura que no servís pa’ na’!”

            Una noche, su madre, Agnese Berra, tuvo un sueño: “Vi un lugar lleno de gente que tenía hambre. No sé qué sitio era. Esta gente esperaba algo… De repente tú, Antonio, aparecías con una cesta grande de pequeños panes. La gente se sintió feliz de lo que tú llevabas y empezaron a saciarse. Tú te veías muy pequeño y muy pobre; más pobre incluso que ellos”.

            Ordenado sacerdote, manifestó su deseo de ir a tierra de misiones. “al lugar más difícil que exista, donde todo esté por hacerse”. A veces Dios acepta a la primera nuestras oraciones. En agosto de 1960, en el puerto de Génova, comienza la aventura misionera de Antonio Ronchi. La Patagonia chilena será su destino. Y concretamente la región de Aysén, allí donde el diablo perdió el poncho o donde Cristo perdió el zapato.

La Patagonia: Un lugar extremo, donde el salvajismo de las olas y de los vientos, y la intensidad de frío empequeñece y enloquece a cualquiera. Apunta el explorador Roquefere: “El metabolismo patagónico es de continuo cambio geológico, telúrico y  espacial. Todos los días ocurre un cataclismo: un río cambia bruscamente su curso, un lago desaparece, un glaciar se desborda, una etnia se extingue, una montaña se hunde y las piedras ‘caminan’ de un lugar a otro”. Glaciares, fiordos, selva fría, campos de hielo, lagos, ríos y pampa y una extensión inabarcable, donde malviven hombres y mujeres perdidos y aislados en esa inmensidad, abandonados a su suerte por el Estado y ¿tal vez dejados de la manos de Dios?.

            La climatología es extrema. Y la pobreza también. La falta de alimentos es endémica, el aislamiento del resto de la civilización es insalvable. Las condiciones educativas y sanitarias son deplorables. Al aventurero Ronchi no le arredra la climatología extrema. Y la pobreza le estimula, desafía, aguijonea y arrastra a un despliegue de actividad y de servicio tan extremos como el clima austral.

            Y este misionero guaneliano se dedicó durante 30 años a recorrer el ‘planeta Patagonia’, a pie, en barca, a caballo, en solitario. Jornadas extenuantes de viaje, dormir a la intemperie, helarse de frío, perderse en los bosques, embarcarse en el mar proceloso, para encontrarse con unos seres humanos que peleaban con el mar y con la tierra, ver con sus propios ojos las necesidades y poner remedio, llevar esperanza, consuelo y también una pequeña candela de fe que asegurara a los patagones que Dios  no les abandonaría.      

            Y así emprendió su obra titánica de caridad entre los patagones. Con su sotana sucia de barro, con sus dotes de persuasión, con su argumentario incontestable, con su pesada insistencia, con sus botas empapadas, con su vozarrón que competía con el viento, recorrió leguas y leguas, aguas y aguas, pero también despachos gubernamentales, para exponer las urgentes necesidades de esa tierra perdida. Y no sólo en Chile, también en su tierra natal, Italia, en Francia en Estados Unidos, en las sedes de la por entonces Comunidad Económica Europea. Lo más urgente eran los alimentos. Los alimentos escaseaban. Nada se podía comprar porque nada había para comprar. A través de una asociación francesa Aide au Tiers Monde que enviaba alimentos a África que le proporcionaba la CEE, consiguió que esos alimentos se enviasen también a la Patagonia. Fue una proeza. Toneladas y más toneladas de alimentos llegaron a este extremo del mundo. Una nota de la aduana con fecha  21 de febrero de 1984 señala que se recibieron de la CEE con destino a las actividades caritativas de P. Ronchi: 80 000 kg de leche en polvo, 1500 cajas de mantequilla y 30 toneladas de aceite. Y así sucesivamente.

            Pero Antonio Ronchi no quería que los patagones se sintieran mendigos que reciben leche en polvo, aceite o carne enlatada, sino protagonistas de su progreso. Y así ideó lo que él llamaba “trabajo por alimentos”. Los alimentos eran repartidos, pero los hombres y mujeres se comprometían a realizar trabajos en beneficio de la comunidad. Surgieron escuelas, pequeños puertos, postas, cabañas, talleres, caminos, pasarelas, puentes, almacenes, capillas, aserraderos…

            Pero a La Patagonia, no sólo llegaron alimentos, también toda clase de maquinaria y herramientas: tractores, segadores, secadoras de madera, máquinas de coser, motores fuera borda, motosierras, palas mecánicas y todo lo necesario para instalar una producción maderera. Él mismo aprendió a manejar toda esta maquinaria, para enseñar a otros.

            Antonio Ronchi pertenecía a los guanelianos, pero era un tipo que iba a su aire y a su bola. Se “sentía guaneliano hasta la médula y hasta la muerte , pero era incapaz de atenerse a los tiempos y a los ritmos de una comunidad guaneliana. Entraba, salía, corría. No tenía horarios, no tenía reglas, no pedía permiso. Un viento tan impetuoso como el de la climatología austral, le empujaba siempre más allá. Permaneció guaneliano hasta el final de su vida, pero un guaneliano sui géneris. Algunos le admiraban; otros no lo comprendían o lo juzgaban con severidad. Algunos, a su muerte, reconocieron su humanidad y su santidad. Probablemente sentirse incomprendido o juzgado severamente por algunos de sus hermanos guanelianos o por otros sacerdotes y algún obispo fue la única cruz que sintió sobre sus fuertes espaldas de patagón.

De don Guanella había aprendido dos cosas. Mantuvo una fe sin fisuras en la Divina Providencia a la que ‘culpaba’ de todo el bien que había hecho en La Patagonia. Y memorizó una frase (no sé si la única), que la cumplió al pie de la letra hasta el último aliento: “No podemos cruzarnos de brazos mientras haya pobres que socorrer”. Esta máxima era su razón de ser, su excusa perfecta para no pararse nunca quieto y la gasolina para su actividad desbocada.

            Capítulo aparte merece el tema de las estaciones de radio y televisión que instaló en decenas de territorios. Si los alimentos eran su lucha contra el hambre. Si la maquinaria era su lucha contra el atraso económico. La radio y la televisión fueron su lucha contra el aislamiento secular de la Patagonia. Después de muchos tiras y aflojas, el ministerio chileno tuvo que otorgar los permisos necesarios para la instalación de estaciones de radio y televisión. Las parabólicas intentaban captar las señales, pero desde las estaciones también se retransmitía producción propia: avisos útiles para la población, música, eucaristías, formación. Fue una verdadera promoción humana y social. En este campo, sobre todo, se manifestó como un hombre adelantado a su tiempo. Por primera vez los habitantes de estas regiones aisladas empezaron a conocer lo que sucedía en otros lugares, ver cine televisado, recibir información y formación, misas, catequesis y rezos retransmitidos, y mostrar al resto de los chilenos su forma de vida, sus costumbres, sus pequeños progresos, sus rostros, incluso. Estos canales de radio y televisión fueron bautizados con el nombre de MADIPRO (Madre de la Divina Providencia).

             Su fe en la Divina Providencia, que asiste, protege, consuela y otorga a cada uno de sus hijos, era una fe sin fallas. Cuando recibía aplausos y elogios, siempre decía que todo era mérito de la Divina Providencia. Muchos le tildaron de preocuparse únicamente por el progreso humano. Pero este libro de Roberto Gómez Suárez nos da mil razones para entender que los bienes materiales que el cura Ronchi donaba no eran “más que el anzuelo para llevar a todos los patagones a Dios”. Cuando llegaba a un sitio, lo primero que hacía era celebrar la misa, rezar el rosario, bautizar, casar, visitar a los enfermos y bendecirlos. Dios estaba en sus labios y en su corazón. Pero su fe no era teórica ni abstracta ni descarnada. Su fe iba directamente a la carne llagada de Cristo. Unas llagas de hambre, de atraso económico y de incomunicación.

            Cura extravagante, revolucionario, cura marxista y también fascista (porque defendía a los pobres o se inmiscuía en temas que competían al Estado), bulldozer de la Patagonia, el padre Hurtado de Aysén, activista radical, hombre ejemplar, El cura ‘rasca’, gran promotor social, religioso ‘desobediente’, gigante de la caridad, emprendedor, cristiano cabal que entregaba alimentos, construía casas, abría caminos y ponía en comunicación a los villorrios aislados.

            El paso de Antonio Ronchi por estas latitudes, mejoró las condiciones de vida de muchos patagones. Cuando el 17 de diciembre de 1997 murió en Santiago de Chile, las gentes sencillas de la Patagonia, que no sabían de teologías, lo lloraron como a un padre y lo “canonizaron” como a un santo. Calles, plazas, escuelas, puertos, barcazas, estaciones de radio y televisión, monumentos, un museo, una isla y una fundación llevan su nombre.

            Desde todos los poblados por donde el cura Ronchi había pasado llegaron peticiones para que sus restos mortales descansasen en esa tierra que él había amado y servido hasta el último día. Finalmente se decidió que fuese enterrado en Puerto Aysén, en un sepulcro en forma de barca. Miles de personas lo acompañaron; cada uno tenía un motivo y una anécdota para ese homenaje. El féretro fue depositado en el sepulcro y fue cubierto con saquitos de tierra de islas, poblados, villorrios, puertos y territorios que habían sido pisados por las botas embarradas de P. Antonio Ronchi, mientras que un coro de miles de personas rezaban, lloraban y cantaban a la vez un canto a él tan querido: Santa María del Camino: “Aunque te digan algunos que nada puede cambiar, lucha por un mundo nuevo, lucha por la verdad”.

            A las generaciones venideras probablemente les será difícil creer que un solo hombre pudo llevar a cabo tantas empresas en favor de los hombres y mujeres de Puerto Aysén, de Puerto Marín Balmaceda, de Puyuhuapi, de Lago Verde, de La Tapera, de Villa Amengual, de Caleta Tortel, de Villa O’Higgins, de Puerto Ibáñez, Cerro Castillo, Levicán, Murta, Río Tranquilo, Machinal, Mallín Grande, Guadal, Bertrand, El Plomo, Cochrane, Los Ñadis, Ruta San Carlos, Lago Vargas, Chacabuco, Puerto Cisnes, Mañihuales, Villa Orteg, Ñireguao, Río Negro, Chulín, Chaulinec, Chadno Central, la Junta, Villa la Tapera, Puerto Aguirre, Caleta Andrade, Melinka, Puerto Yungay, Puerto Sánchez, Puerto Cristal, Isla Toto, Puerto Gaviota, El Toqui, Río Tranquilo, Coyhaique…

                              Viejas crónicas que hablan de la Tierra de los patagones                  


Portada del libro "El cura Ronchi"




Documental sobre la vida del misionero de La Patagonia

Museo Antonio Ronchi en Villa O'Higgins

Escultura del cura Ronchi en el corazón de La Patagonia

Exposición temporal en el Museo Regional de Aysén

Una Fundación continúa la obra del cura Ronchi






Parabólica en una de las muchas estaciones de radio y televisión







Celebración de la eucaristía de un grupo de peregrinos





Mausoleo de Antonio Ronchi en Puerto Aysén (Patagonia)


domingo, 22 de junio de 2025

Mario Bellarini, 30 años después.

 


Un accidente en Medina del Campo

La tarde anterior Mario había acudido a bendecir la bodega de un amigo, en las cercanías de Madrid. Regresó tarde a casa porque la tormenta había provocado un monumental atasco a la entrada de la capital. Apenas descansó esa noche. El 25 de junio de 1995 cayó en domingo. Dijo misa a las monjas guanelianas que le notaron muy cansado y que le aconsejaron que no viajara a Palencia, como era su propósito. Pero a él le habían regalado una lavadora nueva para el piso tutelado de sus “chavalines”, como él llamaba cariñosamente a los chicos con discapacidad de Villa San José, y tenía que llevársela, porque lo prometido es deuda. Les pidió que le esperasen a comer. Y así lo hicieron. Esperaron y esperaron. Una llamada telefónica rompió el angustioso retraso: Mario Bellarini había sufrido un accidente mortal de tráfico a la altura de Medina del Campo.

A 1700 kilómetros, en Pianello Lario, una mujer, María Fontana, amiga e hija espiritual, siega con el dalle la hierba de la pequeña ladera detrás de su casa. Una música conocida llega a sus oídos, Jesús, alegría de los hombres, de Johann Sebastian Bach. No sabe de dónde viene esa música, pero ella la oye. Unos minutos más tarde, escucha el chirrido estridente de unos frenos y el golpetazo de un coche, y el inequívoco ¡crash! de la carrocería al chocar. María baja aprisa hasta la carretera para auxiliar o pedir auxilio, pero en el asfalto no ve ningún coche accidentado, tampoco la marca de la frenada en la carretera. Desconcertada, retoma la tarea en el prado. Ya no suena la melodía de Bach en el aire. Una hora más tarde, ve venir a su hermano, cariacontecido: “Han llamado de España”. No le deja acabar la frase. Y se atreve a balbucir entre sollozos: “Ha muerto Mario en un accidente, ¿verdad?”

Se cumple ahora el treinta aniversario de su fallecimiento. Pero como ocurre siempre a los muertos que, mientras vivían, fueron fuego que encendió fuego, su recuerdo aún no se ha apagado. Desde los primeros homínidos de Atapuerca hasta hoy mismo, la ‘primera resurrección’ responde a una necesidad imperiosa del corazón humano que se niega a que sus seres queridos mueran para siempre. 

Primera evocación de Mario Bellarini

En mi biblioteca aún conservo algunos libros de arte que me fueron regalados tras su fallecimiento. Y también su breviario. Unos días después lo abrí y me encontré con una fotografía mía, en blanco y negro, tamaño carnet. Había sido tomada en 1971, justo al llegar yo al Colegio San José de Aguilar de Campoo. Tenía por entonces 12 años. Se me heló la sangre.

P. Mario Bellarini había sido mi profesor de francés en tercero y quinto de bachillerato, en Aguilar de Campoo. Hablaba perfectamente el francés, ya que había estado viviendo en Francia varios años, pues sus padres eran emigrantes italianos. En un momento en que los profesores de idiomas en España tenían un nivel bastante bajo -cuando no francamente pésimo- Mario Bellarini brillaba con luz propia hablando de Montaigne, Victor Hugo, Stendhal o François Mauriac. Mi devoción a la cultura francesa viene de esas primeras lecciones de bachillerato. Cuando en 1975, nos examinamos de 5º de bachillerato, por libre, en el instituto Alonso Berruguete de Palencia, el nivel demostrado era tan poco común, que la profesora de francés no dudó en marcar el número del colegio y felicitar vivamente al profesor Bellarini. Fue un momento feliz para él.

Mario, preparado y exigente profesor de francés, empezaba sus clases abriendo las ventanas, lo mismo en el buen tiempo que en pleno invierno aguilarense, para que el aula se ventilase y, de paso, los alumnos nos espabilásemos. Al mismo tiempo nos invitaba a hacer algunos ejercicios de gimnasia, al ritmo de “un, deux, trois, ¡forza!”. Una expresión que se convertiría en risueña coletilla de todo el colegio. En algunas ocasiones, las clases acababan con una breve audición de música clásica, una exquisitez extraña a nuestros oídos rurales, más habituados a Manolo Escobar, Formula V o Los Brincos. Bajaba las persianas, nos pedía silencio, y el tocadiscos empezaba a girar mientras el Ave María, de Franz Schubert, o el Agnus Dei de la Misa de la Coronación de Mozart, o uno de los movimientos de la Novena de Beethoven, llenaban el aula del internado. Teníamos oídos duros casi todos. Nuestra cultura de música clásica era nula. Y necesitábamos, por tanto, las explicaciones apasionadas y descriptivas de este profesor melómano que poseía una colección magnífica de música clásica, toda ella de Deutsche Gramophon, como no puede ser de otra manera.

Siempre me he sentido agradecido a los profesores que abrieron la mollera de este pobre hombre y le metieron algunas ideas ‘insanas’ sobre arte, música, literatura, cine, idiomas, religión, solidaridad, paisajes y gentes de otras tierras y de otros colores. Nunca se lo podré agradecer lo suficiente. Mi arquitectura espiritual, aunque pequeña y endeble, se la debo, además de a mi familia, a esos primeros maestros italianos, excelentes pedagogos, alegres creyentes y hombres de notable rectitud moral. Ahora que está de moda echar la culpa de los propios fracasos e incompetencia manifiesta a los padres, los maestros, los curas y la sociedad, no está de más reconocer humildemente que sin las influencias bienhechoras de la escuela y de la familia, seríamos aún mucho más desgraciados. Y además: es infantiloide culpar a los demás de todas nuestras penas, desdichas y limitaciones.

Hasta el final de la vida de P. Mario, y mucho después, seguimos siendo amigos. Nos veíamos con frecuencia. Y a su lado siempre experimenté una compañía agradable y serena. Cuando él se instaló en Madrid, en la Pía Unión, siempre tuve la casa abierta y la mesa puesta. Nunca faltaba una larga tertulia acompañada de un buen café y una onza de chocolate que sus muchos amigos italianos, franceses o suizos le enviaban. Durante mi estancia en Francia, nos carteamos con frecuencia. Él era el orgulloso maestro. Yo, el agradecido alumno. Y cuando en 1991 escribí un breve libro sobre Luis Guanella, Mario Bellarini me regaló –y expandió- elogios y parabienes que enrojecerían al más templado.

Un día me comentó que, trasteando en la biblioteca de Aguilar de Campoo, había caído de un libro una pequeña foto mía, a la que he aludido más arriba: “La he recogido y la he guardado en mi breviario. Así todos los días me acordaré de rezar por ti”. Pocas veces me he sentido tan querido y tan bien querido. 

De soñar con ser futbolista a sacerdote guaneliano

         Mario Bellarini nació el 11 de noviembre de 1923 en la provincia de Verona, Italia, en el seno de una familia de humilde procedencia. Muy pronto sus padres hicieron el equipaje, subieron al tren y probaron el amargo pan de la emigración. Se asentaron en la Alsacia francesa y comenzaron a trabajar en una fábrica textil.

Sensible y muy apegado a la madre, Zita, Mario encontró pronto una pasión en tierra francesa: jugar a fútbol. Soñaba con ser una estrella en el Paris Saint-Germain o en la Juventus. El padre, Sereno, no veía con buenos ojos esta afición a dar patadas a un balón. Por otro lado, el clima alsaciano le daba constantes sustos de salud, probablemente asma. Sus padres decidieron enviarlo a Italia con la tía Albina, a la que siempre considerará su segunda madre. El futbol callejero seguía llenando sus días. Y lo demás le interesaba bastante poco, estudios incluidos. Para poner fin a esta situación anómala, se le convenció para que entrase en un internado, concretamente en el colegio de Fara Novarese de los padres guanelianos. Tenía trece años. Los compañeros se reían de él porque apenas sabía hablar italiano. Acabado el bachillerato, ingresó como novicio. En 1939, los superiores decidieron premiar a Mario con un mes de vacaciones para que regresare a Francia. Pero estalló la II Guerra Mundial y todos los planes se rompieron. Solo al acabar la contienda, pudo visitar a sus padres y hermanas. Habían pasado 12 largos años desde que había visto por última vez a su familia: “salió de Francia en pantalón corto y volvió con sotana”, decía su madre. ¡Se dice pronto y bien! Fue ordenado sacerdote en 1949, en el santuario del Corazón de Jesús de la ciudad de Como, donde está el sepulcro del fundador, Luis Guanella.

La obediencia le llevó a Suiza (años 1950-1960), concretamente a un colegio de Roveredo, como educador. Siempre recordó con nostalgia ese espíritu disciplinado, ordenado, respetuoso y silencioso de los alumnos suizos. Una vez me contó que en muchas ocasiones los adolescentes se acusaban en el confesionario de “perder el tiempo, de malgastarlo”, algo inaudito en las confesiones de los adolescentes del sur de Europa. De 1960 a 1968 lo encontramos, también como educador, en Fara Novarese, el colegio donde había estudiado de adolescente. 

Al hablar de esta larga estancia de Mario en Fara, no puedo pasar por alto una propuesta quijotesca que defendió con auténtica pasión. En Fara daba clases de matemáticas Giovanni Forzani, cuyo padre era un escultor muy reconocido en los ambientes artísticos del Norte de Italia, Carlo Forzani. Mario se empeñó en que fuera este escultor el que hiciese una estatua que inmortalizase un episodio que él admiraba muchísimo en la biografía de Luis Guanella: la noche en la que se hizo cargo de tres huérfanos cuya madre acababa de expirar, llevándolos en sus brazos desde la cabaña que ocupaba la pobre familia hasta el orfanato que él mismo había fundado. La estatua original, en bronce, se encuentra en Milán. Y otras muchas copias, de menor tamaño, están por todo el mundo, también en el salón de mi casa.

En 1968, el destino le condujo a Nápoles, a un colegio donde la mayoría de los alumnos eran huérfanos que la camorra napolitana había ido dejando aquí y allá. Se vivía en un ambiente social opresivo, de violencia y silencio culpable. No fiarse de nadie era algo muy interiorizado ya desde niños. El carácter de Mario, dado a la confiabilidad y a la espontaneidad, no podía encajar en el ambiente y mentalidad de Nápoles, aunque nunca se permitió hacer comentarios hirientes o despectivos de su paso por la ciudad. 

Un curriculum con muchos detalles de corazón

En 1972 llegó al colegio de Aguilar de Campoo, con un mandato: abrir una casa para chicos con discapacidad en España. Los tiempos eran lentos, y mientras tanto, entre papeleo interminable, tiras y aflojas, ensayos y errores en el nuevo proyecto, Mario Bellarini se hizo cargo de las clases de francés del internado aguilarense.

En 1976 pudo recibir a los primeros niños con discapacidad en una finca agrícola a las afueras de Palencia, Villa San José. Tuvo que llamar a puertas y más puertas, para poder salir adelante en esos primeros difíciles años. Pero poco a poco los palentinos empezaron a quererlo . Mario sabía llegar al corazón del otro con una escucha atenta, un consejo acertado, una empatía generosa, y unos detalles capaces de acariciar el alma. Acogía a las personas y las depositaba para siempre en su corazón y en sus labios de orante. En Palencia se hizo maestro de la política del corazón. Sólo con el corazón se puede llegar al corazón del otro y tocarlo y conmoverlo. Y esto valía tanto para los primeros “chavalines” de Villa San José, como para los trabajadores y voluntarios o los grises funcionarios a los que tenía que dirigirse con harta frecuencia. En Palencia todo el mundo lo conocía. Tal vez por eso, los municipales hacían la vista gorda cuando la furgoneta ‘irregular’ de color de naranja con matrícula italiana daba una y otra vuelta por la ciudad.

Los últimos años de su vida (de 1988 a 1995) los pasó en Madrid, como responsable de la Pía Unión de San José. Había aprendido el noble oficio de la guía de almas. Monjas clarisas de Aguilar, padres de familia o amigos demandaban dirección espiritual y consejo. A medida que sus años aumentaban, su sapientia cordis crecía. En Madrid, la escucha y el acompañamiento espiritual se hicieron norma en la madrileña Avda. del Recuerdo donde transcurrió sus últimos años. Recibía llamadas y más llamadas, cartas y más cartas, visitas y más visitas. Confesor, padre espiritual, acompañante, amigo consejero. Al final de su vida, se gastó y desgastó, privándose incluso del sueño y del descanso para atender a unos y a otros. Aprendió a multiplicarse. Cuando murió encontraron miles de cartas de amigos, conocidos, simples lectores de la revista Servir o inscritos de la Pía Unión de San José que le ponían cuatros letras y le abrían el corazón, en busca de una palabra de aliento. Hay una foto que lo refleja muy bien: Mario pegado al teléfono para atender una llamada tras otra.

Tras un funeral de lágrimas y de aplausos en Palencia (conmovedor el canto de Resucitó con el que finalizó la misa), sus restos mortales fueron trasladados a Italia, respetando la voluntad de sus tres hermanas, Rosa, Olga e Inés. Desde entonces descansa para siempre en el panteón de los religiosos guanelianos en el cementerio de la ciudad italiana de Como. Pero en España, entrre 1972 y 1995 dejó lo mejor de sí, una siembra a manos llenas y una huella imborrable. Y por ello, su recuerdo aún perdura en muchos de sus amigos.

Segunda evocación de Mario Bellarini

Después de su fallecimiento, y antes de obtener los permisos para el funeral en Palencia y la repatriación a Italia, su cadáver permaneció durante un par de días en el tanatorio de Medina del Campo. Me acerqué a despedirlo. Era una calurosa tarde de junio. En el tanatorio, el empleado accedió a que pudiese ver el cuerpo sin vida del respetado maestro. No había aún nadie en el velatorio. Su rostro desfigurado acusaba el brutal impacto del accidente de tráfico, pero yo reconocí en esos rasgos devastados al amigo bueno y generoso. Me senté ante él y le leí algunos poemas religiosos de un libro que llevaba conmigo “Dios en la poesía actual” (edición de la Bac). Y también le recité el poema de Charles Péguy dedicado a la catedral de Chartres y que él nos había hecho aprender de memoria en 1975:

                                         Un homme de chez nous a fait ici jaillir,

Depuis le ras du sol jusqu’au pied de la croix,

Plus haut que tous les saints, plus haut que tous les rois,

La flèche irreprochable et qui ne peut faillir

        Cuando el empleado de la funeraria entró de nuevo en la sala, se encontró con un alumno agradecido que lloraba en silencio a su maestro muerto y que recitaba versos, lo mismo que, de adolescente en el colegio, repetía la lección de francés.

Una vez Mario me confió que, cuando viajaba y entraba en una iglesia a rezar, sacaba la agenda de los contactos y leía los nombres de sus amigos a Dios. Y, al pronunciar cada nombre, pedía un deseo o una gracia. Estoy seguro de que aún conservará esa agenda en el cielo. Cada atardecer, seguirá recordando a Dios mi nombre y el de otros muchos que tuvimos la suerte –la gracia- de conocerlo y de sentirnos cuidados con su palabra, su abrazo y su sabiduría del corazón. Por cierto, Mario había escrito en la portada de la "agenda de contactos" una frase de Luis Guanella: "La satisfacción más grande que Dios concede a sus hijos es pasar por la vida haciendo el bien".

En una ocasión, María Fontana le preguntó cómo podía llevar a tantas personas en su alma. Esta fue la respuesta: “Mi corazón se ensancha, según las necesidades, y así logro que todos los amigos estén y quepan dentro”.

Mario atiende sonriente una llamada telefónica

Junto a la estatua de San José en Aguilar de Campoo

Celebración de la Santa Misa en Madrid

La sonrisa es siempre la primera expresión de la acogida


María Fontana, P. Mario, P. Vicente, P. Alfonso y Juan Carlos

Palencia. Con los religiosos guanelianos españoles.

Su última tarea: difundir la devoción a San José

Homenaje a P. Mario en la Villa San José

Con los primeros "chavalines": Gonzalo, Mariano, Juanjo, Toñín y Luisito

Escultura de Don Guanella de Carlo Forzani


Poema de Charles Péguy: Presentación de la Beauce a Nuestra Señora de Chartres: 
"Un hombre de nuestra tierra ha hecho brotar aquí,
Desde a ras del suelo hasta el pie de la cruz,
Más alta que todos los santos, más alta que todos los reyes,
La flecha perfecta y que no puede fallar" 






 




























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