Fui emigrante y me acogisteis
jueves, 18 de junio de 2026
León XIV: Fui emigrante o estuve encarcelado o tengo discapacidad...
jueves, 4 de junio de 2026
2026: los chicos de los "italianos" vuelven al colegio
Calor agobiante y fotos de grandes nevadas
Bajo un sol
implacable en Aguilar de Campoo, se celebró el pasado 30 de mayo el encuentro
anual de los ex alumnos del Colegio San José, los “italianos”. Al comenzar el
encuentro, en la pantalla pudimos ver viejas fotos de aquellas grandes nevadas,
donde los chicos, con aire de fiesta, se deslizaban por la ladera de Peña
Aguilón o se tiraban bolas de nieve, mitad en broma, mitad en serio. Todos
recordamos la dura climatología aguilarense, ese frío intenso cuando salíamos
al patio, las abundantes nevadas, las heladas que se prolongaban semanas, el
cierzo cortante de cada tarde, y ese aire desapacible en las mismas noches de
junio o septiembre. ¿Será el cambio climático?
El calor ambiental
tal vez sólo fue una metáfora del calor del encuentro. Entre calurosas acogidas
y calurosas despedidas transcurrió un sábado muy especial. No solamente el
cálido recuerdo y la dulce añoranza: las travesuras, las marchas a las Tuerces,
el pollo de los domingos y los macarrones, las olimpiadas, los concursos
culturales, las clases de guitarra y teatro, el deporte a todas horas, los
vinilos y las canciones inolvidables, los campamentos… También el cálido
recuerdo de los valores que fueron inculcados con paciencia por frailes y
maestros. Valores a los que, como buenos adolescentes, a veces nos resistíamos tercamente,
y otras veces acepábamos de buen talante. Pero siempre con el convencimiento de
que esos valores estaban sembrándose en nuestra piel, y que la vida se
encargaría de hacerlos brotar. La experiencia y las décadas transcurridas desde
entonces así nos lo han confirmado.
'Caramelos' para los chicos rumanos
El encuentro no es sólo una celebración del pasado, un recuerdo constante de tiempos pretéritos y, ¿mejores? El encuentro de antiguos alumnos tiene también su lado solidario y su vertiente generosa. Aquellos valores vividos en Campañas contra el Hambre, domingos del Domund y Festivales de Navidad, continúan vivos en el “Proyecto Caramelos”, en recuerdo del Hno. Juan. La ongd Puentes trabaja desde 1998 por los misioneros guanelianos en África y Latinoamérica, e incluso en Europa. Cada año se elige un proyecto y se abre a la solidaridad de los antiguos alumnos. En nombre de Puentes, Bautista habló del proyecto para 2026, a favor de los chicos con discapacidad de Bucarest-Rumanía. Un proyecto dirigido en este momento por el misionero Francisco Javier Altuna, el Ringo Star de la batería en el Colegio San José. Un proyecto humilde para costear sábanas y mantas, empapadores, pañales, material de fisioterapia, etc. Todo lo aprendido en este colegio guaneliano sigue encontrando su traducción anual en este proyecto. La cercanía hacia los que lo pasan mal es la marca de la casa (aún puedes colaborar en el BIZUM: 10009 y en el IBAN: ES46 0030 6018 1700 0105 1272).
Ronda de gratitud
En la
tradicional ronda del encuentro, cuando cada uno coge el micrófono, dice su
nombre y los años que permaneció en el colegio, los mensajes más repetidos
fueron: la gratitud por lo recibido, el valor de las enseñanzas, agradecimiento
por lo vivido, confirmación de que, sin esos años de internado, seríamos
diferentes y, probablemente, peores personas. El internado nos inculcó y marcó
a fuego algunos valores: el esfuerzo, el sentido del sacrificio, la
perseverancia, el compañerismo, la sensibilidad hacia los que lo pasan mal, ya
fuese un compañero torpe, ya fuese un niño de Biafra. Incluso valores muy
actuales: compartir las tareas domésticas (desde lavar los platos a poner la
mesa, desde limpiar los aseos a fregar los suelos). El cuidado de la
naturaleza: se plantaron y se regaron chopos, pinos, frutales, creando un muro
verde alrededor del colegio de ladrillo rojo y persianas azules. Los trabajos
comunitarios: ponerse manos a la obra para hacer una nueva cancha de baloncesto
o una pista de tenis. Uno de los alumnos resumió perfectamente lo aprendido y
lo vivido: “los educadores nos enseñaron
a distinguir perfectamente el bien del mal. Y esta claridad nos ha ayudado toda
la vida”. En una sociedad líquida, de cimientos movedizos, arquitecturas
efímeras y fuegos artificiales, la solidez de aquella educación recibida es un
asidero humano muy importante y para toda la vida.
La autoridad del cariño y el servicio
El edificio
que hasta 1991 ocupó el Colegio San José es desde hace un cuarto de siglo una
residencia para la tercera edad. Pero amablemente, sus actuales dueños nos
reservan el espacio que ocupó la capilla, para que celebremos nuestra reunión
anual. P. José Ángel presidió la eucaristía, flanqueado por otros dos curas, P.
Teo y P. Fernando. Los tres fueron también “chicos de los italianos”. Y como no
hay misa sin sermón, José Ángel nos recordó, que “siempre seríamos, no obstante las canas y las calvas, aquellos niños
que correteaban por patios y pasillos”. Y sirviéndose del evangelio del
día, se preguntó con qué autoridad nos enseñaban en ese colegio los frailes de
don Guanella y los maestros. Para responder que “la autoridad de los guanelianos era la del servicio y la del cariño” Y
que, un día y otro, nos repitieron que “Dios
es un padre que nos quiere a todos y que tiene un cariño especial por los que
el mundo olvida: ancianos, huérfanos, chicos con discapacidad. Esta es la
autoridad del carisma guaneliano que se nos quedó grabada en el alma cuando
éramos pequeños. Y este mensaje podemos comunicarlo en nuestras oficinas, en
nuestras casas, en nuestros barrios, para arrancar a los que lo están pasando
mal de la soledad o del desánimo”.
Almuerzo entre amigos y banda sonora
Después de las
dos fotografías de rigor, la segunda parte de la jornada transcurrió en otro
escenario: una comida fraterna en el restaurante Dolce Vita. Fue el momento
para compartir recuerdos de los tiempos de internado, y también para ponernos
al día de la situación de cada uno. O para preguntar por aquel compañero que
era de tu pueblo, o aquel que solía venir todos los años. Muchos de los
reunidos ya están jubilados; otros, a punto de estarlo. Otros tantos desempeñan los más diversos oficios y en
distintos lugares. Gente que buscó el pan en la ciudad y gente que permaneció
en el pueblo, cultivando la tierra. Para muchos, los años de internado fueron
el trampolín para acceder a estudios superiores e incluso para aficiones
duraderas (música o deporte). En torno a los manteles la conversación se vuelve
sonrisa, ternura, chispa, gracia, ironía, tomadura de pelo y abrazo. En estos
encuentros hay cabida también para los familiares y las mujeres o compañeras de los antiguos
alumnos. Una de ellas resumió: “Yo siempre he oído decir a mi marido que los años de Aguilar fueron
sus años más felices”. Y no quiero olvidarme de Ana, viuda de un antiguo alumno, Jesús, que
nos volvió a regalar su presencia. O de Germán y Feliciano, que se unen año
tras año al grupo en honor del hermano y amigo ya difunto, Amable, antiguo colegial. Y por supuesto, a nuestro amigo querido que 'preside' cada año este encuentro: José Antonio, de la Villa. La
vida es así. Y tiene estas complicidades y estos guiños. Y así este caluroso día
de mayo llegó a su fin. No faltó la banda musical: Oh, bella ciao, Viva la gente, Somos una familia, Saber que vendrás,
Pescador de hombres y Hoy, Señor, te damos gracias… Esa música nos ha
acompañado desde niños y aún nos acompañará muchos más días…
Recibir al otro como un sacramento
Esta crónica no estaría completa sin recordar el minuto de oro de esta jornada, como se dice ahora en el lenguaje televisivo. Poco antes de iniciar la misa, Toni Fuente comunicó que un antiguo alumno, Juan José Merino, se encontraba, por sus circunstancias de salud, de usuario en esta residencia. E invitaba a los compañeros de curso a hacerle una visita al acabar la misa. P. José Ángel fue más allá: “¿Por qué no le invitáis a unirse a esta celebración, si le apetece?”. La misa ya había empezado, cuando vimos entrar a nuestro antiguo compañero, pero el cura interrumpió la eucaristía para que todos pudiésemos darle la bienvenida. Juan José cruzó el pasillo de la antigua capilla, justo por el medio de sus compañeros que le tendían la mano o le ofrecían muestras de cariñoso afecto. Cruzó con toda su fragilidad hasta situarse al lado del altar. Y allí permaneció durante unos minutos en silenciosa y sagrada presencia. El sacerdote hizo bien en interrumpir la liturgia de la misa para ofrecer el cálido respeto y deferencia al compañero de pupitre y patio, aquel niño pelirrojo al que todos recordábamos. Cuando se acoge a quien lo está pasando mal, sea por el motivo que sea, se acoge el misterio de la vida. El afecto hacia un ser humano en su momento de fragilidad es también un sacramento.
¡Nos vemos el año que viene! ¡Salud y paz a todos!
domingo, 23 de noviembre de 2025
El cura Antonio Ronchi: el 'patagón' de Dios
Parece ser que Magallanes y sus
compañeros fueron los que dieron a los habitantes de la región más austral de
Sudamérica, los tehuelches, el nombre de patagones, por su elevada estatura, y
en alusión al gigante Pataghón que aparece en la novela de caballerías
Primaleón.
El pasado verano, en el momento del café, mi amigo y misionero en Chile, P. Alfonso Martínez, sacó de su mochila un libro y me lo entregó: El cura Ronchi, de Roberto Gómez Suárez. En una heladora mañana de noviembre, con un café en la mano, al agrego de solillo invernal, he concluido esta biografía. Primera impresión: cuesta entender que hayan existido hombres así, verdaderos gigantes, 'patagones', al servicio de los más abandonados y aislados, precisamente en la Patagonia de Chile.
Antonio Ronchi nació en 1930, en un
pueblo de la provincia de Milán, de una madre muy religiosa y de un padre que
pisaba la iglesia justo cuando no quedaba más remedio y que creía que los curas
eran todos unos holgazanes. El padre, emprendedor y dinámico, tenía grandes
planes comerciales para su primogénito varón, Antonio. Pero éste, poco a poco,
empezó a frecuentar la iglesia y el oratorio, y manifestó su voluntad de entrar
en el seminario de los padres guanelianos. El enfado se apoderó del padre y con una
cierta ira le espetó: “¡Anda a hacerte
cura que no servís pa’ na’!”
Una
noche, su madre, Agnese Berra, tuvo un sueño: “Vi un lugar lleno de gente que tenía hambre. No sé qué sitio era. Esta
gente esperaba algo… De repente tú, Antonio, aparecías con una cesta grande de
pequeños panes. La gente se sintió feliz de lo que tú llevabas y empezaron a
saciarse. Tú te veías muy pequeño y muy pobre; más pobre incluso que ellos”.
Ordenado
sacerdote, manifestó su deseo de ir a tierra de misiones. “al lugar más difícil que exista, donde todo esté por hacerse”. A
veces Dios acepta a la primera nuestras oraciones. En agosto de 1960, en el
puerto de Génova, comienza la aventura misionera de Antonio Ronchi. La Patagonia chilena será su destino. Y
concretamente la región de Aysén, allí donde el diablo perdió el poncho o donde
Cristo perdió el zapato.
La Patagonia: Un lugar extremo, donde el salvajismo
de las olas y de los vientos, y la intensidad de frío empequeñece y enloquece a
cualquiera. Apunta el explorador Roquefere: “El
metabolismo patagónico es de continuo cambio geológico, telúrico y espacial. Todos los días ocurre un cataclismo:
un río cambia bruscamente su curso, un lago desaparece, un glaciar se desborda,
una etnia se extingue, una montaña se hunde y las piedras ‘caminan’ de un lugar
a otro”. Glaciares, fiordos, selva fría, campos de hielo, lagos, ríos y
pampa y una extensión inabarcable, donde malviven hombres y mujeres perdidos y
aislados en esa inmensidad, abandonados a su suerte por el Estado y ¿tal vez
dejados de la manos de Dios?.
La
climatología es extrema. Y la pobreza también. La falta de alimentos es endémica,
el aislamiento del resto de la civilización es insalvable. Las condiciones
educativas y sanitarias son deplorables. Al aventurero Ronchi no le arredra la
climatología extrema. Y la pobreza le estimula, desafía, aguijonea y arrastra a
un despliegue de actividad y de servicio tan extremos como el clima austral.
Y
este misionero guaneliano se dedicó durante 30 años a recorrer el ‘planeta
Patagonia’, a pie, en barca, a caballo, en solitario. Jornadas extenuantes de
viaje, dormir a la intemperie, helarse de frío, perderse en los bosques, embarcarse
en el mar proceloso, para encontrarse con unos seres humanos que peleaban con
el mar y con la tierra, ver con sus propios ojos las necesidades y poner
remedio, llevar esperanza, consuelo y también una pequeña candela de fe que
asegurara a los patagones que Dios no
les abandonaría.
Y
así emprendió su obra titánica de caridad entre los patagones. Con su sotana
sucia de barro, con sus dotes de persuasión, con su argumentario incontestable,
con su pesada insistencia, con sus botas empapadas, con su vozarrón que
competía con el viento, recorrió leguas y leguas, aguas y aguas, pero también
despachos gubernamentales, para exponer las urgentes necesidades de esa tierra
perdida. Y no sólo en Chile, también en su tierra natal, Italia, en Francia en
Estados Unidos, en las sedes de la por entonces Comunidad Económica Europea. Lo
más urgente eran los alimentos. Los alimentos escaseaban. Nada se podía comprar
porque nada había para comprar. A través de una asociación francesa Aide au Tiers Monde que enviaba
alimentos a África que le proporcionaba la CEE, consiguió que esos alimentos se
enviasen también a la Patagonia. Fue una proeza. Toneladas y más toneladas de
alimentos llegaron a este extremo del mundo. Una nota de la aduana con
fecha 21 de febrero de 1984 señala que
se recibieron de la CEE con destino a las actividades caritativas de P. Ronchi:
80 000 kg de leche en polvo, 1500 cajas de mantequilla y 30 toneladas de
aceite. Y así sucesivamente.
Pero
Antonio Ronchi no quería que los patagones se sintieran mendigos que reciben leche
en polvo, aceite o carne enlatada, sino protagonistas de su progreso. Y así
ideó lo que él llamaba “trabajo por
alimentos”. Los alimentos eran repartidos, pero los hombres y mujeres se
comprometían a realizar trabajos en beneficio de la comunidad. Surgieron
escuelas, pequeños puertos, postas, cabañas, talleres, caminos, pasarelas, puentes,
almacenes, capillas, aserraderos…
Pero
a La Patagonia, no sólo llegaron alimentos, también toda clase de maquinaria y
herramientas: tractores, segadores, secadoras de madera, máquinas de coser,
motores fuera borda, motosierras, palas mecánicas y todo lo necesario para
instalar una producción maderera. Él mismo aprendió a manejar toda esta
maquinaria, para enseñar a otros.
Antonio
Ronchi pertenecía a los guanelianos, pero era un tipo que iba a su aire y a su
bola. Se “sentía guaneliano hasta la
médula y hasta la muerte , pero era incapaz de atenerse a los tiempos y a
los ritmos de una comunidad guaneliana. Entraba, salía, corría. No tenía
horarios, no tenía reglas, no pedía permiso. Un viento tan impetuoso como el de
la climatología austral, le empujaba siempre más allá. Permaneció guaneliano
hasta el final de su vida, pero un guaneliano sui géneris. Algunos le admiraban; otros no lo comprendían o lo
juzgaban con severidad. Algunos, a su muerte, reconocieron su humanidad y su
santidad. Probablemente sentirse incomprendido o juzgado severamente por
algunos de sus hermanos guanelianos o por otros sacerdotes y algún obispo fue
la única cruz que sintió sobre sus fuertes espaldas de patagón.
De don Guanella había aprendido
dos cosas. Mantuvo una fe sin fisuras en
la Divina Providencia a la que ‘culpaba’ de todo el bien que había hecho en
La Patagonia. Y memorizó una frase (no sé si la única), que la cumplió al pie
de la letra hasta el último aliento: “No
podemos cruzarnos de brazos mientras haya pobres que socorrer”. Esta máxima
era su razón de ser, su excusa perfecta para no pararse nunca quieto y la
gasolina para su actividad desbocada.
Capítulo
aparte merece el tema de las estaciones
de radio y televisión que instaló en decenas de territorios. Si los
alimentos eran su lucha contra el hambre. Si la maquinaria era su lucha contra
el atraso económico. La radio y la televisión fueron su lucha contra el
aislamiento secular de la Patagonia. Después de muchos tiras y aflojas, el
ministerio chileno tuvo que otorgar los permisos necesarios para la instalación
de estaciones de radio y televisión. Las parabólicas intentaban captar las
señales, pero desde las estaciones también se retransmitía producción propia:
avisos útiles para la población, música, eucaristías, formación. Fue una
verdadera promoción humana y social. En este campo, sobre todo, se manifestó
como un hombre adelantado a su tiempo. Por primera vez los habitantes de estas
regiones aisladas empezaron a conocer lo que sucedía en otros lugares, ver cine
televisado, recibir información y formación, misas, catequesis y rezos
retransmitidos, y mostrar al resto de los chilenos su forma de vida, sus
costumbres, sus pequeños progresos, sus rostros, incluso. Estos canales de
radio y televisión fueron bautizados con el nombre de MADIPRO (Madre de la Divina Providencia).
Su fe en la Divina Providencia, que asiste, protege, consuela y otorga a cada
uno de sus hijos, era una fe sin fallas. Cuando recibía aplausos y elogios,
siempre decía que todo era mérito de la Divina Providencia. Muchos le tildaron
de preocuparse únicamente por el progreso humano. Pero este libro de Roberto
Gómez Suárez nos da mil razones para entender que los bienes materiales que el
cura Ronchi donaba no eran “más que el
anzuelo para llevar a todos los patagones a Dios”. Cuando llegaba a un
sitio, lo primero que hacía era celebrar la misa, rezar el rosario, bautizar,
casar, visitar a los enfermos y bendecirlos. Dios estaba en sus labios y en su
corazón. Pero su fe no era teórica ni abstracta ni descarnada. Su fe iba
directamente a la carne llagada de Cristo. Unas llagas de hambre, de atraso
económico y de incomunicación.
Cura
extravagante, revolucionario, cura marxista y también fascista (porque defendía
a los pobres o se inmiscuía en temas que competían al Estado), bulldozer de la
Patagonia, el padre Hurtado de Aysén, activista radical, hombre ejemplar, El
cura ‘rasca’, gran promotor social, religioso ‘desobediente’, gigante de la
caridad, emprendedor, cristiano cabal que entregaba alimentos, construía casas,
abría caminos y ponía en comunicación a los villorrios aislados.
El
paso de Antonio Ronchi por estas
latitudes, mejoró las condiciones de vida de muchos patagones. Cuando el 17 de
diciembre de 1997 murió en Santiago de Chile, las gentes sencillas de la
Patagonia, que no sabían de teologías, lo lloraron como a un padre y lo “canonizaron”
como a un santo. Calles, plazas, escuelas, puertos, barcazas, estaciones de
radio y televisión, monumentos, un museo, una isla y una fundación llevan su
nombre.
Desde
todos los poblados por donde el cura Ronchi
había pasado llegaron peticiones para que sus restos mortales descansasen en
esa tierra que él había amado y servido hasta el último día. Finalmente se
decidió que fuese enterrado en Puerto Aysén, en un sepulcro en forma de barca.
Miles de personas lo acompañaron; cada uno tenía un motivo y una anécdota para
ese homenaje. El féretro fue depositado en el sepulcro y fue cubierto con
saquitos de tierra de islas, poblados, villorrios, puertos y territorios que habían
sido pisados por las botas embarradas de P. Antonio Ronchi, mientras que un
coro de miles de personas rezaban, lloraban y cantaban a la vez un canto a él
tan querido: Santa María del Camino: “Aunque te digan algunos que
nada puede cambiar, lucha por un mundo nuevo, lucha por la verdad”.
A
las generaciones venideras probablemente les será difícil creer que un solo hombre
pudo llevar a cabo tantas empresas en favor de los hombres y mujeres de Puerto
Aysén, de Puerto Marín Balmaceda, de Puyuhuapi, de Lago Verde, de La Tapera, de
Villa Amengual, de Caleta Tortel, de Villa O’Higgins, de Puerto Ibáñez, Cerro
Castillo, Levicán, Murta, Río Tranquilo, Machinal, Mallín Grande, Guadal,
Bertrand, El Plomo, Cochrane, Los Ñadis, Ruta San Carlos, Lago Vargas,
Chacabuco, Puerto Cisnes, Mañihuales, Villa Orteg, Ñireguao, Río Negro, Chulín,
Chaulinec, Chadno Central, la Junta, Villa la Tapera, Puerto Aguirre, Caleta
Andrade, Melinka, Puerto Yungay, Puerto Sánchez, Puerto Cristal, Isla Toto,
Puerto Gaviota, El Toqui, Río Tranquilo, Coyhaique…
Viejas crónicas que hablan de la Tierra de los patagones
Exposición temporal en el Museo Regional de Aysén
Una Fundación continúa la obra del cura Ronchi
domingo, 22 de junio de 2025
Mario Bellarini, 30 años después.
Un
accidente en Medina del Campo
La tarde anterior Mario
había acudido a bendecir la bodega de un amigo, en las cercanías de Madrid.
Regresó tarde a casa porque la tormenta había provocado un monumental atasco a
la entrada de la capital. Apenas descansó esa noche. El 25 de junio de 1995 cayó en domingo. Dijo misa a las monjas
guanelianas que le notaron muy cansado y que le aconsejaron que no viajara a
Palencia, como era su propósito. Pero a él le habían regalado una lavadora
nueva para el piso tutelado de sus “chavalines”,
como él llamaba cariñosamente a los chicos con discapacidad de Villa San
José, y tenía que llevársela, porque lo prometido es deuda. Les pidió que le
esperasen a comer. Y así lo hicieron. Esperaron y esperaron. Una llamada
telefónica rompió el angustioso retraso: Mario
Bellarini había sufrido un accidente mortal de tráfico a la altura de
Medina del Campo.
A 1700 kilómetros, en
Pianello Lario, una mujer, María Fontana,
amiga e hija espiritual, siega con el dalle la hierba de la pequeña ladera
detrás de su casa. Una música conocida llega a sus oídos, Jesús, alegría de los hombres, de Johann Sebastian Bach. No sabe de
dónde viene esa música, pero ella la oye. Unos minutos más tarde, escucha el
chirrido estridente de unos frenos y el golpetazo de un coche, y el inequívoco ¡crash!
de la carrocería al chocar. María baja aprisa hasta la carretera para auxiliar
o pedir auxilio, pero en el asfalto no ve ningún coche accidentado, tampoco la
marca de la frenada en la carretera. Desconcertada, retoma la tarea en el
prado. Ya no suena la melodía de Bach en el aire. Una hora más tarde, ve venir
a su hermano, cariacontecido: “Han llamado
de España”. No le deja acabar la frase. Y se atreve a balbucir entre
sollozos: “Ha muerto Mario en un
accidente, ¿verdad?”
Se cumple ahora el treinta aniversario de su fallecimiento. Pero como ocurre siempre a los muertos que, mientras vivían, fueron fuego que encendió fuego, su recuerdo aún no se ha apagado. Desde los primeros homínidos de Atapuerca hasta hoy mismo, la ‘primera resurrección’ responde a una necesidad imperiosa del corazón humano que se niega a que sus seres queridos mueran para siempre.
Primera evocación de Mario Bellarini
En mi biblioteca aún
conservo algunos libros de arte que me fueron regalados tras su fallecimiento.
Y también su breviario. Unos días después lo abrí y me encontré con una
fotografía mía, en blanco y negro, tamaño carnet. Había sido tomada en 1971,
justo al llegar yo al Colegio San José de Aguilar de Campoo. Tenía por entonces
12 años. Se me heló la sangre.
P. Mario Bellarini
había sido mi profesor de francés en tercero y quinto de bachillerato, en
Aguilar de Campoo. Hablaba perfectamente el francés, ya que había estado
viviendo en Francia varios años, pues sus padres eran emigrantes italianos. En
un momento en que los profesores de idiomas en España tenían un nivel bastante
bajo -cuando no francamente pésimo- Mario Bellarini brillaba con luz propia
hablando de Montaigne, Victor Hugo, Stendhal o François Mauriac. Mi devoción a
la cultura francesa viene de esas primeras lecciones de bachillerato. Cuando en
1975, nos examinamos de 5º de bachillerato, por libre, en el instituto Alonso
Berruguete de Palencia, el nivel demostrado era tan poco común, que la
profesora de francés no dudó en marcar el número del colegio y felicitar
vivamente al profesor Bellarini. Fue un momento feliz para él.
Mario, preparado y
exigente profesor de francés, empezaba sus clases abriendo las ventanas, lo
mismo en el buen tiempo que en pleno invierno aguilarense, para que el aula se
ventilase y, de paso, los alumnos nos espabilásemos. Al mismo tiempo nos
invitaba a hacer algunos ejercicios de gimnasia, al ritmo de “un, deux,
trois, ¡forza!”. Una expresión que se convertiría en risueña coletilla
de todo el colegio. En algunas ocasiones, las clases acababan con una breve
audición de música clásica, una exquisitez extraña a nuestros oídos rurales,
más habituados a Manolo Escobar, Formula V o Los Brincos. Bajaba las persianas,
nos pedía silencio, y el tocadiscos empezaba a girar mientras el Ave María, de Franz Schubert, o el Agnus Dei de la Misa de la
Coronación de Mozart, o uno de los movimientos de la Novena de
Beethoven, llenaban el aula del internado. Teníamos oídos duros casi todos.
Nuestra cultura de música clásica era nula. Y necesitábamos, por tanto, las
explicaciones apasionadas y descriptivas de este profesor melómano que poseía
una colección magnífica de música clásica, toda ella de Deutsche Gramophon, como no puede ser de otra manera.
Siempre me he sentido
agradecido a los profesores que abrieron la mollera de este pobre hombre y le
metieron algunas ideas ‘insanas’ sobre arte, música, literatura,
cine, idiomas, religión, solidaridad, paisajes y gentes de otras tierras y de
otros colores. Nunca se lo podré agradecer lo suficiente. Mi arquitectura
espiritual, aunque pequeña y endeble, se la debo, además de a mi familia, a esos
primeros maestros italianos, excelentes pedagogos, alegres creyentes y hombres
de notable rectitud moral. Ahora que está de moda echar la culpa de los propios
fracasos e incompetencia manifiesta a los padres, los maestros, los curas y la
sociedad, no está de más reconocer humildemente que sin las influencias
bienhechoras de la escuela y de la familia, seríamos aún mucho más
desgraciados. Y además: es infantiloide culpar a los demás de todas nuestras
penas, desdichas y limitaciones.
Hasta el final de la
vida de P. Mario, y mucho después, seguimos siendo amigos. Nos veíamos con
frecuencia. Y a su lado siempre experimenté una compañía agradable y serena.
Cuando él se instaló en Madrid, en la Pía Unión, siempre tuve la casa abierta y
la mesa puesta. Nunca faltaba una larga tertulia acompañada de un buen café y
una onza de chocolate que sus muchos amigos italianos, franceses o suizos le
enviaban. Durante mi estancia en Francia, nos carteamos con frecuencia. Él era
el orgulloso maestro. Yo, el agradecido alumno. Y cuando en 1991 escribí un breve
libro sobre Luis Guanella, Mario Bellarini me regaló –y expandió- elogios y
parabienes que enrojecerían al más templado.
Un día me comentó que, trasteando en la biblioteca de Aguilar de Campoo, había caído de un libro una pequeña foto mía, a la que he aludido más arriba: “La he recogido y la he guardado en mi breviario. Así todos los días me acordaré de rezar por ti”. Pocas veces me he sentido tan querido y tan bien querido.
De soñar con ser futbolista a sacerdote guaneliano
Mario
Bellarini nació el 11 de noviembre de 1923 en la provincia de Verona, Italia,
en el seno de una familia de humilde procedencia. Muy pronto sus padres
hicieron el equipaje, subieron al tren y probaron el amargo pan de la
emigración. Se asentaron en la Alsacia francesa y comenzaron a trabajar en una
fábrica textil.
Sensible y muy apegado
a la madre, Zita, Mario encontró pronto una pasión en tierra francesa: jugar a
fútbol. Soñaba con ser una estrella en el Paris Saint-Germain o en la Juventus.
El padre, Sereno, no veía con buenos ojos esta afición a dar patadas a un
balón. Por otro lado, el clima alsaciano le daba constantes sustos de salud, probablemente
asma. Sus padres decidieron enviarlo a Italia con la tía Albina, a la que
siempre considerará su segunda madre. El futbol callejero seguía llenando sus
días. Y lo demás le interesaba bastante poco, estudios incluidos. Para poner
fin a esta situación anómala, se le convenció para que entrase en un internado,
concretamente en el colegio de Fara Novarese
de los padres guanelianos. Tenía trece años. Los compañeros se reían de él
porque apenas sabía hablar italiano. Acabado el bachillerato, ingresó como
novicio. En 1939, los superiores decidieron premiar a Mario con un mes de
vacaciones para que regresare a Francia. Pero estalló la II Guerra Mundial y
todos los planes se rompieron. Solo al acabar la contienda, pudo visitar a sus
padres y hermanas. Habían pasado 12 largos años desde que había visto por
última vez a su familia: “salió de
Francia en pantalón corto y volvió con sotana”, decía su madre. ¡Se dice pronto y bien! Fue ordenado
sacerdote en 1949, en el santuario del Corazón de Jesús de la ciudad de Como, donde está el sepulcro del fundador, Luis Guanella.
La obediencia le llevó a Suiza (años 1950-1960), concretamente a un colegio de Roveredo, como educador. Siempre recordó con nostalgia ese espíritu disciplinado, ordenado, respetuoso y silencioso de los alumnos suizos. Una vez me contó que en muchas ocasiones los adolescentes se acusaban en el confesionario de “perder el tiempo, de malgastarlo”, algo inaudito en las confesiones de los adolescentes del sur de Europa. De 1960 a 1968 lo encontramos, también como educador, en Fara Novarese, el colegio donde había estudiado de adolescente.
Al hablar de esta larga estancia de Mario en Fara, no puedo pasar por alto una propuesta quijotesca que defendió con auténtica
pasión. En Fara daba clases de matemáticas Giovanni Forzani, cuyo padre era un
escultor muy reconocido en los ambientes artísticos del Norte de Italia, Carlo
Forzani. Mario se empeñó en que fuera este escultor el que hiciese una estatua
que inmortalizase un episodio que él admiraba muchísimo en la biografía de Luis
Guanella: la noche en la que se hizo cargo de tres huérfanos cuya madre acababa de
expirar, llevándolos en sus brazos desde la cabaña que ocupaba la pobre familia
hasta el orfanato que él mismo había fundado. La estatua original, en bronce,
se encuentra en Milán. Y otras muchas copias, de menor tamaño, están por todo
el mundo, también en el salón de mi casa.
En 1968, el destino le condujo a Nápoles, a un colegio donde la mayoría de los alumnos eran huérfanos que la camorra napolitana había ido dejando aquí y allá. Se vivía en un ambiente social opresivo, de violencia y silencio culpable. No fiarse de nadie era algo muy interiorizado ya desde niños. El carácter de Mario, dado a la confiabilidad y a la espontaneidad, no podía encajar en el ambiente y mentalidad de Nápoles, aunque nunca se permitió hacer comentarios hirientes o despectivos de su paso por la ciudad.
Un curriculum con muchos detalles de corazón
En 1972 llegó al
colegio de Aguilar de Campoo, con un mandato: abrir una casa para chicos con
discapacidad en España. Los tiempos eran lentos, y mientras tanto, entre
papeleo interminable, tiras y aflojas, ensayos y errores en el nuevo proyecto, Mario
Bellarini se hizo cargo de las clases de francés del internado aguilarense.
En 1976 pudo recibir a
los primeros niños con discapacidad en una finca agrícola a las afueras de
Palencia, Villa San José. Tuvo que llamar a puertas y más puertas, para poder
salir adelante en esos primeros difíciles años. Pero poco a poco los palentinos
empezaron a quererlo . Mario sabía llegar al corazón del otro con una escucha
atenta, un consejo acertado, una empatía generosa, y unos detalles capaces de acariciar
el alma. Acogía a las personas y las depositaba para siempre en su corazón y en
sus labios de orante. En Palencia se hizo maestro de la política del corazón.
Sólo con el corazón se puede llegar al corazón del otro y tocarlo y conmoverlo.
Y esto valía tanto para los primeros “chavalines”
de Villa San José, como para los trabajadores y voluntarios o los grises funcionarios
a los que tenía que dirigirse con harta frecuencia. En Palencia todo el mundo
lo conocía. Tal vez por eso, los municipales hacían la vista gorda cuando la
furgoneta ‘irregular’ de color de
naranja con matrícula italiana daba una y otra vuelta por la ciudad.
Los últimos años de su
vida (de 1988 a 1995) los pasó en Madrid, como responsable de la Pía Unión de San José. Había
aprendido el noble oficio de la guía de almas. Monjas clarisas de Aguilar,
padres de familia o amigos demandaban dirección espiritual y consejo. A medida
que sus años aumentaban, su sapientia
cordis crecía. En Madrid, la escucha y el acompañamiento espiritual se hicieron
norma en la madrileña Avda. del Recuerdo donde transcurrió sus últimos años. Recibía
llamadas y más llamadas, cartas y más cartas, visitas y más visitas. Confesor,
padre espiritual, acompañante, amigo consejero. Al final de su vida, se gastó y
desgastó, privándose incluso del sueño y del descanso para atender a unos y a
otros. Aprendió a multiplicarse. Cuando murió encontraron miles de cartas de
amigos, conocidos, simples lectores de la revista Servir o inscritos de la Pía
Unión de San José que le ponían cuatros letras y le abrían el corazón, en busca
de una palabra de aliento. Hay una foto que lo refleja muy bien: Mario pegado
al teléfono para atender una llamada tras otra.
Tras un funeral de
lágrimas y de aplausos en Palencia (conmovedor el canto de Resucitó con el que
finalizó la misa), sus restos mortales fueron trasladados a Italia, respetando
la voluntad de sus tres hermanas, Rosa, Olga e Inés. Desde entonces descansa para
siempre en el panteón de los religiosos guanelianos en el cementerio de la
ciudad italiana de Como. Pero en España, entrre 1972 y 1995 dejó lo mejor de sí, una siembra a manos llenas y una huella imborrable. Y por ello, su recuerdo aún perdura en muchos de sus amigos.
Segunda evocación de Mario Bellarini
Después de su
fallecimiento, y antes de obtener los permisos para el funeral en Palencia y la
repatriación a Italia, su cadáver permaneció durante un par de días en el
tanatorio de Medina del Campo. Me acerqué a despedirlo. Era una calurosa tarde
de junio. En el tanatorio, el empleado accedió a que pudiese ver el cuerpo sin
vida del respetado maestro. No había aún nadie en el velatorio. Su rostro
desfigurado acusaba el brutal impacto del accidente de tráfico, pero yo
reconocí en esos rasgos devastados al amigo bueno y generoso. Me senté ante él
y le leí algunos poemas religiosos de un libro que llevaba conmigo “Dios en la poesía actual” (edición de
la Bac). Y también le recité el poema de Charles Péguy dedicado a la catedral
de Chartres y que él nos había hecho aprender de memoria en 1975:
Depuis le ras du sol
jusqu’au pied de la croix,
Plus haut que tous les
saints, plus haut que tous les rois,
La flèche irreprochable
et qui ne peut faillir
Una vez Mario me confió que, cuando viajaba y entraba en una iglesia a rezar, sacaba la agenda de los contactos y leía los nombres de sus amigos a Dios. Y, al pronunciar cada nombre, pedía un deseo o una gracia. Estoy seguro de que aún conservará esa agenda en el cielo. Cada atardecer, seguirá recordando a Dios mi nombre y el de otros muchos que tuvimos la suerte –la gracia- de conocerlo y de sentirnos cuidados con su palabra, su abrazo y su sabiduría del corazón. Por cierto, Mario había escrito en la portada de la "agenda de contactos" una frase de Luis Guanella: "La satisfacción más grande que Dios concede a sus hijos es pasar por la vida haciendo el bien".
En una ocasión, María
Fontana le preguntó cómo podía llevar a tantas personas en su alma. Esta fue la
respuesta: “Mi corazón se ensancha, según
las necesidades, y así logro que todos los amigos estén y quepan dentro”.
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