lunes, 24 de marzo de 2025
Jesús es consolado en la Calle de la Amargura
sábado, 15 de marzo de 2025
El príncipe de Ghana, de Gustav Klimt
Una de las noticias de la reciente feria de arte TEFAF ha sido la venta por 15 millones de euros de un retrato de Gustav Klimt, cuya pista se había perdido hace muchas décadas. Lo que tiene de particular este cuadro de Klimt es el retratado: un joven africano, visto de perfil.
William Nii Nortey Dowuona era un joven príncipe de la tribu Osu,
actual Ghana. Había llegado con su familia a Viena y encontró trabajo en el Parque
de Atracciones de Viena, concretamente en el área del zoológico. Ahora nos parece
una monstruosidad, pero a finales del siglo XIX, era bastante frecuente que en estos parques de atracciones expusieran públicamente a gentes de diversas
latitudes, razas y colores, en medio de decorados que indicaban su procedencia.
Acudir a los zoos para ver expuestos aborígenes, como objetos exóticos,
constituía una de las actividades divertidas y modernas de la buena sociedad
vienesa, después de tomarse un café en el
Sacher o dejarse ver por la Ópera.
Allí en el Prater de Viena, el más antiguo parque de atracciones
del mundo, los pintores austriacos Gustav Klimt y Frantz Matsch vieron
expuesto, como un objeto decorativo o como un animal hermoso, al joven príncipe
ghanés. Y ambos pintores decidieron
retratarlo, tal vez por su belleza, tal vez por su exotismo. El cuadro de Frantz Matsch se encuentra en el
Museo Nacional de Luxemburgo. Muy pronto la obra de Klimt fue adquirida por
Ernestine Klein que la mantuvo en su casa hasta 1938, cuando salió huyendo a Mónaco,
para evitar las redadas nazis contra los judíos. El cuadro tal vez fue
subastado forzosamente por sus propietarios para poder salir del país, o tal
vez fue abandonado en casa, después de la huida precipitada camino del exilio. Desde entonces andaba perdido.
Hace un par de año, una pareja llevó el cuadro a una sala de
subastas de la ciudad holandesa de Maastricht. Después de la limpieza de los
barnices oxidados, no cupo duda a nadie de que se trataba del cuadro del
príncipe ghanés de Klimt. Pero los herederos de Ernestine Klein interpusieron
una demanda judicial que les fue favorable, lo que les ha permitido embolsarse los 15
millones de euros por los que fue vendido en la reciente feria de arte TEFAF de
Maastricht.
¿Qué fue de la vida del príncipe ghanés? Google no devuelve ni una
sola línea cuando se le pregunta sobre la existencia de William Nii Nortey Dowuona.
¿Volvería alguna vez a su tierra, a su tribu, a su lengua y a sus cantos en
Ghana? ¿Murió de viejo y fue enterrado en cualquier cementerio para pobres de
la capital austriaca? Tampoco sabemos si Klimt y su amigo pintor Matsch pagaron
algún dinero al modelo del cuadro, lo que le hubiera permitido, al menos,
acudir por una vez a un baile de valses de Strauss o tomarse un café con tarta
en el café Sacher. Nada sabemos.
domingo, 9 de marzo de 2025
¿La muerte de las catedrales?
En 1904 en el periódico Le
Figaro apareció un largo artículo de Marcel
Proust con el título La mort des
cathédrales. Era su réplica a otro artículo de Aristide Briand, primer
ministro francés de la época, en el que proponía que las catedrales de Francia
fuesen secularizadas y convertidas en museos. Marcel Proust, uno de los
escritores más influyentes de toda la literatura francesa, y nada sospechoso de
clerical, escribió, entre otras cosas: “La
vida de las catedrales, la más noble y sin duda la más original expresión del
genio de Francia, depende del culto y de la liturgia que en ellas se
desarrolla. Impedir el culto sería como convertir a Francia en una playa de la
que el mar se ha retirado, dejándola sembrada de gigantescas conchas talladas,
carentes de la vida que antes se guarecía en ellas”.
Y evidentemente Proust no está
haciendo una defensa de los derechos eclesiásticos o de los propietarios de
estos edificios singulares, sino simplemente un ejercicio a favor de la belleza
suprema que representan las catedrales europeas, aún hoy el estandarte
monumental de casi todas las ciudades de este Viejo Continente, en cuanto construcciones
únicas que aúnan culto y cultura.
Estos monumentos siguen siendo
los edificios más visitados de la mayoría de las ciudades. Basta con tomar un
simple folleto turístico, tipo “10 cosas
que no puedes perderte en tal ciudad”, la catedral siempre ocupa uno de los
primeros puestos, casi siempre el primer lugar. Pero estos edificios, además de
constituir el orgullo y el atractivo de cada urbe, son los espacios sagrados
que acogen las grandes celebraciones litúrgicas, Navidad, Pascua, Corpus
Christi, la Inmaculada o del patrón local, pero también sus muros han acogido
ceremonias solemnes y acontecimientos históricos: coronaciones de reyes, entierros
de cardenales, proclamaciones de dogmas, funerales de estado, acciones de
gracia por el fin de una guerra o de una peste, consagraciones de obispos, bodas
regias, así como acontecimientos civiles que han encontrado,en sus espaciosos
recintos, cabida y solemnidad. Para Gabriel Marcel, autor de En busca del
tiempo pedido, “una representación de
Wagner en Beyreuth es un acontecimiento banal comparado con la celebración de
una misa solemne en la catedral de Chartres”.
En la retina y en la memoria
todos tenemos el recuerdo reciente de alguna celebración religiosa,
presencialmente vivida o vista por televisión, que nos impactó por la suprema
belleza del espacio donde tenía lugar: la dedicación de la Sagrada Familia de
Barcelona por Benedicto XVI o la reconsagración de Notre Dame de Paris, después
del incendio y de su reconstrucción. Pero también una Misa de Nochebuena o una
vigilia de Pascua en San Pedro de Roma. O la celebración de la Misa por el rito
mozárabe en la catedral de Toledo que antecede a la procesión del Corpus. O la
coronación del rey de Inglaterra en la Abadía de Westminster.
Tal vez el europeo medio cuando
piensa en una catedral piensa en una catedral gótica. Hubo unos siglos, los que van del XII al XV,
en que miles de europeos, arquitectos, vidrieros, albañiles, canteros, acarreadores
de agua, piedras, argamasa o maderas, orfebres, herreros, carpinteros,
pintores, techadores, bordadores, escultores, escritores y músicos supieron dar
vida a unos edificios que siglos después causan nuestro asombro, como la máxima
expresión del genio europeo. Las catedrales y las grandes iglesias conservan la
memoria de una Europa puesta en pie para elevar hasta el cielo, en suprema
armonía y majestuosa arquitectura, las
piedras que hábiles canteros tallaron a
mayor gloria de Dios. Miles de trabajadores se desplazaban de ciudad en
ciudad cuando los obispos o los reyes anunciaban el inicio de una nueva
catedral. Y hoy es sabido que también miles de mujeres participaron en la
construcción de estas ‘sacras moles’
También hoy en día se corre el
riesgo de secularizar las catedrales y convertirlas en esplendidos museos donde
la arquitectura, la escultura, la pintura y la orfebrería deslumbran a las
masas de turistas que pagan su entrada y se lanzan, móvil en mano, a
fotografiar cada rincón. Y hoy el riesgo no está en un decreto gubernamental,
como pretendía Aristide Briand a primeros del siglo XX, sino a otras causas,
entre ellas: la necesidad de hacer caja para afrontar los numerosos gastos de
estas fábricas catedralicias, y la servidumbre a las masas de turistas que
pasan de una visita a una bodega a una catedral, de una cata de queso a un
paseo en barco, de un palacio regio a un museo de aperos de labranza con la
misma presencia de ánimo e idéntica trivialidad.
Pero tal vez hay otras causas
aún más graves: la pérdida o grave disminución de la belleza litúrgica y del
misterio del rito sacramental, sin relación alguna con las vidas y las almas de
los que pasan por las catedrales. La vida litúrgica de las seos languidece de
día en día en las catedrales. Los
tiempos no corren a favor de la solemnidad de las grandes celebraciones
religiosas, que en los siglos pasados llenaban de admiración y consuelo a los
humildes devotos. Los turistas prevalecen sobre los creyentes.
Y en esta época de creciente
vulgaridad y de prisas, de pérdida del sentido del valor de los ritos y rituales pausados y sosegados, con un
clero envejecido que ya no está para estas fiestas, o con un clero joven, más dado
a la informalidad, a las prisas, a las dos guitarritas, a las palmadas y
aplausos…, la celebración solemne de una misa o de cualquier acto litúrgico
serán cada vez más raros en las
catedrales, y más extraños a nuestro siglo. Este espíritu del tiempo que todo
lo invade irá reduciendo las catedrales a monumentos espectaculares pero muertos, lugares de cultura pero sin culto, para gloria de las ciudades y pasatiempo de los turistas.
viernes, 28 de febrero de 2025
El Prado busca a Santa Cecilia...
El Museo del Prado es noticia muy a menudo. Las exposiciones temporales, las restauraciones de obras de arte, las adquisiciones, los legados, la reordenación de sus salas ocupan con mucha frecuencia la sección de cultura de los periódicos y de los telediarios de España, e incluso de más allá.
Pero últimamente, el Prado ha salido en los periódicos por noticias, como poco, curiosas:
1.- La temporada de otoño traerá al Prado una exposición de Rafael Mengs, para algunos el gran pintor de su época. El propio Prado y las Colecciones Reales poseen una magnífica colección de este pintor alemán (1728-1779) considerado como una figura mayor del panorama pictórico del neoclasicismo. La noticia es que el Prado desea tener para su exposición el cuadro de "Santa Cecilia", pero desconoce su paradero. La última vez que la Santa patrona de la música fue vista con vida ocurrió hace 25 años en una exposición. Su propietario murió y ahora nadie sabe dónde para el lienzo. El Prado ha lanzado una campaña a través de las redes sociales para dar con ella. Así que si alguno la tiene en el salón de casa, o guardada en el trastero, o la ha visto en casa del vecino, por favor que llame al Prado, y todos tan amigos. Santa Cecilia estará encantada de pasear su belleza ante miles de espectadores y de ofrecer un concierto de música sacra en tan singular museo.
3.- Aunque publicado en 2023 y reimpreso en el 2024, ayer entró en casa (regalo de L. a J,) Los Tesoros del Prado, un hermoso libro con una impecable encuadernación en las que el autor, Javier Sainz de los Terreros, selecciona 25 obras de la Pinacoteca, a partir de los trabajos de difusión en las redes sociales. Me llama la atención que entre las obras seleccionadas aparezca una que durante más de un siglo durmió en los almacenes. Pero como ahora somos modernos, inclusivos y tenemos perspectiva de género, la han colgado con calzador en las paredes del Prado. Para mí es una obra menor de una pintora de animales, Rosa Bonheur. Se trata de El Cid, el retrato de la cabeza de un león del Atlas. ¿Colgaría este cuadro en el Prado si estuviese firmado simplemente por el señor Bonheur? ¿Esta obrita al lado de las Meninas, La laguna Estigia y el Jardín de las Delicias? Hay otras mujeres en esta selección, un soberbio retrato de Isabel de Valois, de Sofonisba Anguissola y un bodegón de Clara Peters, incluidas por méritos propios y sobrados en esta selección. El leoncito de la señora Bonheur estaría mejor de regreso a su territorio del Atlas.
4.- El afamado crítico de arte, Jerry Saltz, y uno de los que marca tendencia en el New York Magazine, se ha pasado por el Prado, al que califica como el mejor museo del mundo, y para el que no ha ahorrado los elogios más encendidos y los superlativos más elevados. Dice que para ver el Prado con sosiego y disfrute uno necesitaría tres días. El colmo del elogio ha sido esta frase: "Para convertirse en persona hay que venir al Prado". Esta claro que es una boutade o una provocación. Se puede ser gran-persona sin haberse cruzado nunca con las Meninas. Y se puede ser poco-persona visitando a menudo la Galería Central del Prado. Pero hay algo de cierto en la hiperbólica sentencia de Saltz: la belleza de las obras de arte y tantas bellezas creadas por los artistas de todas las épocas... nos aleja unos metros de la selva y de la pocilga, e infunde en nuestras cabezas y corazones un poco de luz y de dicha. Por lo tanto, parece de necios no disfrutar de tanta belleza, teniéndola al alcance de la mano.
martes, 4 de febrero de 2025
Gregorio Fernández y Martínez Montañés: “La madera se hizo Carne”
Hasta el 2 de
marzo seguirá abierta la exposición de arte “Gregorio Fernández-Martínez Montañés, el arte nuevo de hacer imágenes”,
en la catedral de Valladolid.
Para ser precisos,
no estamos ante el encuentro de los dos escultores más importantes de las
llamadas escuela castellana y escuela andaluza, sino ante los dos más grandes imagineros. Y esta sutileza del
lenguaje nos mete de lleno en el corazón y el sentido de la exposición. Los
imagineros crean imágenes sagradas que mueven a la devoción.
Tanto uno como otro artista han creado prototipos
tan duraderos que al creyente o al cofrade de estas tierras le resulta difícil
pensar en Jesús, en María o en los santos más importantes de la Iglesia
Católica sin acudir a las imágenes salidas de su gubia.
Gregorio Fernández (1576-1636), aunque
nacido en Sarria-Lugo, creó su obra en Valladolid; Martínez Montañés (1568-1649), nacido en Alcalá la Real-Jaén, lo
hizo en Sevilla. Nunca se conocieron. Probablemente, el uno nunca oyó hablar
del otro ni de su trabajo. Y sin embargo, en el universo católico en el que
ambos vivieron, llegaron a soluciones artísticas muy parecidas, aun manteniendo
su propio estilo y su propia personalidad que los hace únicos.
La muestra de
Valladolid no es un combate de gigantes, sino un diálogo de dos cimas de la escultura. No se trata de comparar, para
que el público examine y dictamine quién es el mejor. La muestra es una ocasión
única para disfrutar del encuentro de los más señeros artistas de su momento, y
cuya obra sigue viva en catedrales, parroquias y museos. Y no solamente sigue
viva, sino que sigue inspirando a otros artistas desde hace tres siglos.
A ambos se les
adscribe al llamado “naturalismo barroco”
que pretendía copiar el natural, sin idealizaciones exageradas. El naturalismo
reproduce el cuerpo humano, sin la complicada red de geometrías y mediciones a
las que el renacimiento había sometido a la escultura. Para que las imágenes
ganasen en ‘naturalidad’, Gregorio Fernández, por ejemplo, se sirvió de postizos
de uñas de asta de toro, dientes de marfil o hueso, ojos de cristal, etcétera. Pero lo que es característico del naturalismo
es la distancia frente a la fría
perfección renacentista o a las antinaturales posturas manieristas.
Los imagineros del
naturalismo también buscan una cierta idealización en los rostros de las
imágenes sagradas, pero les dotan de
alma, de bondad, dulzura, compasión, de un sufrimiento o de una bondad que los
humaniza. De ahí que quien contempla las imágenes, fácilmente se siente
interpelado, conmovido, movido a compasión, animado a la piedad y espoleado a
la plegaria. Nadie se arrodilla delante del David o del Moisés de Miguel Ángel,
por muy perfectos que sean, pero sí lo hace delante de un Ecce Homo, un Yacente o una Piedad de Gregorio Fernández.
San Juan escribió que
el “Verbo se hizo se hizo Carne”. Esta exposición de arte nos enseña que “La
madera se hizo Carne”. En la humildad de un tronco de árbol, el
imaginero con su gubia ha creado un Dios humano, una Virgen María que sufre,
unos santos que invitan a la imitación y “a
zaga de su huella”. Frente a los materiales nobles, en mármol o bronce, de
la escultura grecorromana o renacentista, se levanta humilde, humana,
palpitante, la escultura en madera policromada.
Hablaba al
principio que estos dos imagineros llegaron a soluciones parecidas. Esto fue
posible porque ambos pertenecieron a un ámbito religioso concreto, a una
devoción compartida, y dependieron de unos mecenas que demandaron
motivos semejantes. Ambos artistas fueron tocados por ese “plus de genialidad que se apodera del artista cuando se enfrenta a una
obra sagrada”.
Para entender todo esto no hay que olvidar un acontecimiento trascendental que había tenido lugar unas décadas antes: la celebración del Concilio de Trento, que tuvo como objetivo la definición de la doctrina Católica frente a la Reforma Protestante. En el campo del arte, el Concilio tridentino tuvo repercusiones transcendentales que se notaron sobre todo en los países católicos del sur de Europa. La Reforma Protestante había negado el papel importante de la Virgen María y la validez de los santos como intercesores ante Dios. Una masacre iconoclasta acabó con las imágenes en los templos reformados. La reacción de Trento y de toda la Europa católica fue justo la contraria: las imágenes eran válidas para acercarnos al misterio sagrado. Se redobló el valor de la Virgen y de los santos. Hubo un momento en que ya no había paredes para colocar tanto santo. Catedrales y hasta la más pequeña parroquia rural se llenaron de imágenes de madera policromada. Los artistas no daban abasto, y cada ciudad o villa competía para contar con los imagineros más renombrados.
Un fuego sagrado
se apoderó al mismo tiempo de la religiosidad de las gentes del momento. No era
suficiente con entrar en una iglesia para arrodillarse delante de un Crucificado
o de una Dolorosa: había que sacar las
imágenes fuera de los templos, para mover y conmover a quienes las
contemplaran a su paso por calles y plazas. Cofradías, asociaciones y fieles
parroquianos organizaban procesiones para honrar a patronos o celebrar las
fechas más importantes del calendario católico. Un caso único fue el de las
procesiones con motivo de la Semana
Santa que movilizaban a miles de cofrades y penitentes por toda la ciudad. Hasta
el momento actual los grandes grupos escultóricos que Gregorio Fernández creó
para Valladolid siguen recorriendo las calles de la ciudad cada Jueves y
Viernes Santos.
En la muestra que nos ocupa podemos admirar uno de
los pasos más logrados, El Descendimiento
de la Cruz. Al creyente, al transeúnte, se le invita a meterse de lleno en
esta Pasión. Pasión en su doble sentido de sufrimiento y de amor. Y en este
juego del bien y del mal, cada uno debe tomar partido: o bien unirse a los que
acompañan a Cristo en su sufrimiento (María, Juan, la Magdalena, Nicodemo, Arimatea…)
o bien identificarse con los Judas traidores o los sayones que sin piedad
torturan a Jesús.
La muestra está
compuesta por unas setenta piezas. No sólo esculturas, también pinturas,
documentos, pila bautismal o lauda sepulcral, etc. Obras llegadas de
Valladolid, Sevilla, Jaén, Granada, Santiponce, Alcalá la Real, Medina de
Pomar, Alfaro, Cádiz, León, Tudela de Duero, Astorga, Nava del Rey, Jerez de la
Frontera, Arévalo, Palencia, Córdoba,
Badajoz. La exposición nos muestra algunas obras
maestras que aparecen en cualquier manual de arte barroco. Difícil olvidar
algunas de ellas: El Ecce Homo, el San Bruno, el Santo Domingo de Guzmán, las
Inmaculadas, El Yacente, el San Jerónimo penitente, los San Josés, los Santos
Juanes, el relieve de San Juan en Patmos, el San Cristóbal, los Crucificados,
la Lactación de san Bernardo, La Piedad, los Orantes…
La Fundación Edades del Hombre, que está
bien experimentada en estas lides, ha sido la encargada de organizar y montar
este encuentro de dos genios. Las naves austeras de la seo vallisoletana y algunas
capillas nos van mostrando uno a uno los
capítulos de este diálogo: desde los precursores al triunfo del naturalismo;
desde la fidelidad a los ideales de Trento y la creación de modelos de María o
de los santos, hasta el trabajo conjunto de escultores y policromadores, para
terminar con la influencia que algunas imágenes de estos dos imagineros han
tenido en sus seguidores.
Por ello, al final
de la visita se tiene la sensación de que no hemos asistido a un capítulo
excepcional de arte hispano, sino a una hermosa
liturgia del mensaje cristiano: la redención de la humanidad por Jesús, el
papel de María en la historia de la salvación, las huellas dejadas por los
hombres y mujeres que en cada siglo actualizaron el Evangelio (San José, San
Juan el Bautista, San Juan evangelista, San Pedro y San Pablo, San Cristóbal, San
Miguel, Bruno de la Cartuja, Teresa de Jesús, Domingo de Guzmán, Francisco de
Asís, Ignacio de Loyola… ). El mensaje cristiano se hace presente y actual, real
y ‘natural’. Y no sólo para los
creyentes, sino para los amantes de la belleza y la historia que no quieren
obviar ni olvidar este hecho cultural europeo.
Este diálogo entre
Gregorio Fernández y Martínez Montañés,
dos humildes creyentes, dos maestros de la escultura en madera policromada, se
ve de forma clara y hermosa en una capilla de la catedral vallisoletana, lo que
demuestra una vez más que la belleza de lo sagrado es también ‘buena noticia’ e
invitación a la compasión y a la bondad. En esta capilla, han colocado el Cristo Yacente de Medina de
Pomar-Burgos (Gregorio Fernández) y las figuras orantes de Guzmán el Bueno y María Coronel, llegadas del Monasterio de
Santiponce-Sevilla y que son obra de Martínez Montañés. Ante un Cristo muerto y
piadosamente colocado en el sepulcro, ante el rostro humano de un Dios
torturado hasta la muerte, solo cabe el recogimiento, la adoración y la
plegaria de los creyentes. Esa es la actitud de los orantes Guzmán el Bueno y
María Coronel. Y esa en la actitud de algunos visitantes que en esta capilla
–verdadera capilla ardiente- inclinan la cabeza, acercan sus dedos a la carne
dolorida de Cristo o hacen la señal de la cruz.
sábado, 25 de enero de 2025
La madera más triste
sábado, 4 de enero de 2025
Las rosas de Heliogábalo, de Alma-Tadema
Durante unos meses se ha podido disfrutar en Madrid de una selección de obras de arte del coleccionista mejicano Pérez Simón. De entre todas ellas, salí a la calle con el recuerdo de una pintura titulada Las rosas de Heliogábalo. Su autor, el neerlandés Lawrence Alma-Tadema. En 1888, a su taller de Londres llegaron decenas de ramos de rosas francesas que le sirvieron para alumbrar la que todos consideran su obra maestra. Alma-Tadema se sentía horrorizado por la sociedad industrial tan gris de aquel momento y buscó inspiración en el mundo antiguo.
Las rosas de Heliogábalo hace referencia a un episodio contado en Historia Augusta según el cual en una de las muchas veladas organizadas por el excéntrico emperador Heliogábalo (218-222), este hizo llover sobre los invitados, hermosas mujeres, hermosos hombres, una lluvia de rosas tan inmensa que algunos murieron ahogados.
En la pintura, el emperador (tenía 14 años cuando subió al trono y 18 cuando murió asesinado) preside un banquete al lado de un grupo de invitados. Por debajo del estrado, hombres y mujeres asisten atónitos e indolentes a este espectáculo de la lluvia de rosas bajo las cuales al final morirán ahogados.
Heliogábalo ha pasado a la historia como un degenerado que consumió su joven vida en medio de todos los vicios y las excentricidades. Cuando se es tan joven y se tiene tanto poder probablemente la tentación de utilizarlo mal es absoluta. El óleo de Alma-Tadema, con su increíble luminosidad, su cromatismo suave, es también un engaño y una burla, y esconde el anuncio de la muerte que puede llegar en medio de un banquete, con el sonido ligero de una doble flauta y miles de pétalos de rosas cayendo sobre las cabezas y ahogando con su perfume embriagador a los ignorantes ciudadanos que se creían honrados por asistir al banquete imperial y en el que, sin embargo, la muerte vino a sepultarlos en medio de un intenso olor a rosas. Con frecuencia los súbditos son solo juguetes en las manos despiadadas de los poderosos que encuentran mayor disfrute en el sufrimiento de sus ciudadanos que en su prosperidad.
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