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lunes, 24 de marzo de 2025

Jesús es consolado en la Calle de la Amargura


        El pintor filipino Joey Velasco murió a tan solo 43 años de edad, después de una larga enfermedad renal. En 2005 pintó su obra más famosa Hapag ng Pag-asa, la mesa de la esperanza, una interpretación muy personal de la Última Cena, para la cual eligió como apóstoles a los niños de calle de Manila. La enfermedad, se ha escrito, fue su maestra, y su fe le hizo mover los pinceles y mezclar los óleos. Y aunque nunca había asistido a una academia de pintura, hoy es un artista reconocido. Dejó apenas 30 obras, entre ellas Jesús es consolado en la Calle de la Amargura. No es la Virgen María, ni el Cireneo, ni las piadosas mujeres de Jerusalén las que confortan a un Jesús atribulado en una de sus caídas. Tres niños con discapacidad intelectual bien visible -buonifigli en el argot guaneliano- le rodean, le  consuelan, le dan ánimos, para seguir adelante, para recorrer los últimos metros antes de alcanzar el Gólgota. Los tres niños lo abrazan y sostienen su cabeza a puntos de desplomarse, pero no miran directamente a Jesús. Los tres buonifigli miran, incrédulos, a la masa que grita enloquecida, a los sayones que insultan, a los soldados que amenazan. Sus ojos no dan crédito a tanta rabia y a tanta crueldad. Los inocentes, ya se saben, nunca comprenden del todo lo que pasa, porque el odio y sus mil expresiones superan sus entendederas. Atónitos, desangelados contemplan la ira que crece por momentos. Mientras un globo, expresión de alegría infantil, está ahí, inútil en una calle, donde ha desaparecido la sonrisa y sólo queda la mueca caricaturesca de una carcajada humillante. 

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          https://draft.blogger.com/blog/post/edit/5489823907377920168/7923621862290449285

sábado, 15 de marzo de 2025

El príncipe de Ghana, de Gustav Klimt

         


        Una de las noticias de la reciente feria de arte TEFAF ha sido la venta por 15 millones de euros de un retrato de Gustav Klimt, cuya pista se había perdido hace muchas décadas. Lo que tiene de particular este cuadro de Klimt es el retratado: un joven africano, visto de perfil.

William Nii Nortey Dowuona era un joven príncipe de la tribu Osu, actual Ghana. Había llegado con su familia a Viena y encontró trabajo en el Parque de Atracciones de Viena, concretamente en el área del zoológico. Ahora nos parece una monstruosidad, pero a finales del siglo XIX, era bastante frecuente que en estos parques de atracciones expusieran públicamente a gentes de diversas latitudes, razas y colores, en medio de decorados que indicaban su procedencia. Acudir a los zoos para ver expuestos aborígenes, como objetos exóticos, constituía una de las actividades divertidas y modernas de la buena sociedad vienesa, después de tomarse un café en  el Sacher o dejarse ver por la Ópera.

Allí en el Prater de Viena, el más antiguo parque de atracciones del mundo, los pintores austriacos Gustav Klimt y Frantz Matsch vieron expuesto, como un objeto decorativo o como un animal hermoso, al joven príncipe ghanés. Y  ambos pintores decidieron retratarlo, tal vez por su belleza, tal vez por su exotismo.  El cuadro de Frantz Matsch se encuentra en el Museo Nacional de Luxemburgo. Muy pronto la obra de Klimt fue adquirida por Ernestine Klein que la mantuvo en su casa hasta 1938, cuando salió huyendo a Mónaco, para evitar las redadas nazis contra los judíos. El cuadro tal vez fue subastado forzosamente por sus propietarios para poder salir del país, o tal vez fue abandonado en casa, después de la huida precipitada camino del exilio. Desde entonces andaba perdido.

Hace un par de año, una pareja llevó el cuadro a una sala de subastas de la ciudad holandesa de Maastricht. Después de la limpieza de los barnices oxidados, no cupo duda a nadie de que se trataba del cuadro del príncipe ghanés de Klimt. Pero los herederos de Ernestine Klein interpusieron una demanda judicial que les fue favorable, lo que les ha permitido embolsarse los 15 millones de euros por los que fue vendido en la reciente feria de arte TEFAF de Maastricht.

¿Qué fue de la vida del príncipe ghanés? Google no devuelve ni una sola línea cuando se le pregunta sobre la existencia de William Nii Nortey Dowuona. ¿Volvería alguna vez a su tierra, a su tribu, a su lengua y a sus cantos en Ghana? ¿Murió de viejo y fue enterrado en cualquier cementerio para pobres de la capital austriaca? Tampoco sabemos si Klimt y su amigo pintor Matsch pagaron algún dinero al modelo del cuadro, lo que le hubiera permitido, al menos, acudir por una vez a un baile de valses de Strauss o tomarse un café con tarta en el café Sacher. Nada sabemos.

Prater de Viena: exhibición de africanos

El príncipe ghanés, según Gustav Klimt

El príncipe ghanés, según Frantz Matsch

El príncipe ghanés, según la IA 








domingo, 9 de marzo de 2025

¿La muerte de las catedrales?

 


En 1904 en el periódico Le Figaro apareció un largo artículo de Marcel Proust con el título La mort des cathédrales. Era su réplica a otro artículo de Aristide Briand, primer ministro francés de la época, en el que proponía que las catedrales de Francia fuesen secularizadas y convertidas en museos. Marcel Proust, uno de los escritores más influyentes de toda la literatura francesa, y nada sospechoso de clerical, escribió, entre otras cosas: “La vida de las catedrales, la más noble y sin duda la más original expresión del genio de Francia, depende del culto y de la liturgia que en ellas se desarrolla. Impedir el culto sería como convertir a Francia en una playa de la que el mar se ha retirado, dejándola sembrada de gigantescas conchas talladas, carentes de la vida que antes se guarecía en ellas”.

Y evidentemente Proust no está haciendo una defensa de los derechos eclesiásticos o de los propietarios de estos edificios singulares, sino simplemente un ejercicio a favor de la belleza suprema que representan las catedrales europeas, aún hoy el estandarte monumental de casi todas las ciudades de este Viejo Continente, en cuanto construcciones únicas que aúnan culto y cultura.

Estos monumentos siguen siendo los edificios más visitados de la mayoría de las ciudades. Basta con tomar un simple folleto turístico, tipo “10 cosas que no puedes perderte en tal ciudad”, la catedral siempre ocupa uno de los primeros puestos, casi siempre el primer lugar. Pero estos edificios, además de constituir el orgullo y el atractivo de cada urbe, son los espacios sagrados que acogen las grandes celebraciones litúrgicas, Navidad, Pascua, Corpus Christi, la Inmaculada o del patrón local, pero también sus muros han acogido ceremonias solemnes y acontecimientos históricos: coronaciones de reyes, entierros de cardenales, proclamaciones de dogmas, funerales de estado, acciones de gracia por el fin de una guerra o de una peste, consagraciones de obispos, bodas regias, así como acontecimientos civiles que han encontrado,en sus espaciosos recintos, cabida y solemnidad. Para Gabriel Marcel, autor de En busca del tiempo pedido, “una representación de Wagner en Beyreuth es un acontecimiento banal comparado con la celebración de una misa solemne en la catedral de Chartres”. 

En la retina y en la memoria todos tenemos el recuerdo reciente de alguna celebración religiosa, presencialmente vivida o vista por televisión, que nos impactó por la suprema belleza del espacio donde tenía lugar: la dedicación de la Sagrada Familia de Barcelona por Benedicto XVI o la reconsagración de Notre Dame de Paris, después del incendio y de su reconstrucción. Pero también una Misa de Nochebuena o una vigilia de Pascua en San Pedro de Roma. O la celebración de la Misa por el rito mozárabe en la catedral de Toledo que antecede a la procesión del Corpus. O la coronación del rey de Inglaterra en la Abadía de Westminster.

Tal vez el europeo medio cuando piensa en una catedral piensa en una catedral gótica.  Hubo unos siglos, los que van del XII al XV, en que miles de europeos, arquitectos, vidrieros, albañiles, canteros, acarreadores de agua, piedras, argamasa o maderas, orfebres, herreros, carpinteros, pintores, techadores, bordadores, escultores, escritores y músicos supieron dar vida a unos edificios que siglos después causan nuestro asombro, como la máxima expresión del genio europeo. Las catedrales y las grandes iglesias conservan la memoria de una Europa puesta en pie para elevar hasta el cielo, en suprema armonía y majestuosa arquitectura,  las piedras que hábiles canteros tallaron a mayor gloria de Dios. Miles de trabajadores se desplazaban de ciudad en ciudad cuando los obispos o los reyes anunciaban el inicio de una nueva catedral. Y hoy es sabido que también miles de mujeres participaron en la construcción de estas ‘sacras moles’

También hoy en día se corre el riesgo de secularizar las catedrales y convertirlas en esplendidos museos donde la arquitectura, la escultura, la pintura y la orfebrería deslumbran a las masas de turistas que pagan su entrada y se lanzan, móvil en mano, a fotografiar cada rincón. Y hoy el riesgo no está en un decreto gubernamental, como pretendía Aristide Briand a primeros del siglo XX, sino a otras causas, entre ellas: la necesidad de hacer caja para afrontar los numerosos gastos de estas fábricas catedralicias, y la servidumbre a las masas de turistas que pasan de una visita a una bodega a una catedral, de una cata de queso a un paseo en barco, de un palacio regio a un museo de aperos de labranza con la misma presencia de ánimo e idéntica trivialidad.

Pero tal vez hay otras causas aún más graves: la pérdida o grave disminución de la belleza litúrgica y del misterio del rito sacramental, sin relación alguna con las vidas y las almas de los que pasan por las catedrales. La vida litúrgica de las seos languidece de día en día en las catedrales.  Los tiempos no corren a favor de la solemnidad de las grandes celebraciones religiosas, que en los siglos pasados llenaban de admiración y consuelo a los humildes devotos. Los turistas prevalecen sobre los creyentes.  

Y en esta época de creciente vulgaridad y de prisas, de pérdida del sentido del valor de los  ritos y rituales pausados y sosegados, con un clero envejecido que ya no está para estas fiestas, o con un clero joven, más dado a la informalidad, a las prisas, a las dos guitarritas, a las palmadas y aplausos…, la celebración solemne de una misa o de cualquier acto litúrgico serán cada vez más raros en las catedrales, y más extraños a nuestro siglo. Este espíritu del tiempo que todo lo invade irá reduciendo las catedrales a monumentos espectaculares pero muertos, lugares de cultura pero sin culto, para gloria de las ciudades y pasatiempo de los turistas.





 





















viernes, 28 de febrero de 2025

El Prado busca a Santa Cecilia...

 


            El Museo del Prado es noticia muy a menudo. Las exposiciones temporales, las restauraciones de obras de arte, las adquisiciones, los legados, la reordenación de sus salas ocupan con mucha frecuencia la sección de cultura de los periódicos y de los telediarios de España, e incluso de más allá.

          Pero últimamente, el Prado ha salido en los periódicos por noticias, como poco, curiosas: 

1.- La temporada de otoño traerá al Prado una exposición de Rafael Mengs, para algunos el gran pintor de su época. El propio Prado y las Colecciones Reales poseen una magnífica colección de este pintor alemán (1728-1779) considerado como una figura mayor del panorama pictórico del neoclasicismo. La noticia es que el Prado desea tener para su exposición el cuadro de "Santa Cecilia", pero desconoce su paradero. La última vez que la Santa patrona de la música fue vista con vida ocurrió hace 25 años en una exposición. Su propietario murió y ahora nadie sabe dónde para el lienzo. El Prado ha lanzado una campaña a través de las redes sociales para dar con ella. Así que si alguno la tiene en el salón de casa, o guardada en el trastero, o la ha visto en casa del vecino, por favor que llame al Prado, y todos tan amigos. Santa Cecilia estará encantada de pasear su belleza ante miles de espectadores y de ofrecer un concierto de música sacra en tan singular museo.


2.- Pero el Prado no sólo busca a Santa Cecilia, busca también atraer a los jóvenes para que entablen conversación, o salgan de copas con los señores Goya, Velázquez, Murillo, Alonso Cano, Rafael, Tintoretto, Veronés, Guido Reni, El Greco y otros tropecientos más. Digo yo que alguno de estos artistas caerá bien a los jóvenes y podrán hacerse amigos para siempre. Friends for life. Y al Prado no se le ha ocurrido mejor manera para atraer a los jóvenes a la Pinacoteca que ofrecerles barra libre de birras, poner un DJ y dejarles la Sala de las Musas como discoteca o chiringuito. Y no sé si esto es muy pedagógico o no, que no tengo ni idea. Lo cierto es que a los chavales se les veía encantados y felices con un vaso en la mano y tarareando la música del momento. Lo curioso es que cuando visitas el Prado no puedes entrar con tu botellita de agua, por miedo a que cometas un atentado o dejes de consumir en la cafetería oficial, donde un café te sale por tres euros y pico. 

 

3.- Aunque publicado en 2023 y reimpreso en el 2024, ayer entró en casa (regalo de L. a J,) Los Tesoros del Prado, un hermoso libro con una impecable encuadernación en las que el autor, Javier Sainz de los Terreros, selecciona 25 obras de la Pinacoteca, a partir de los trabajos de difusión en las redes sociales. Me llama la atención que entre las obras seleccionadas aparezca una que durante más de un siglo durmió en los almacenes. Pero como ahora somos modernos, inclusivos y tenemos perspectiva de género, la han colgado con calzador en las paredes del Prado. Para mí es una obra menor de una pintora de animales, Rosa Bonheur. Se trata de El Cid, el retrato de la cabeza de un león del Atlas. ¿Colgaría este cuadro en el Prado si estuviese firmado simplemente por el señor Bonheur? ¿Esta obrita al lado de las Meninas, La laguna Estigia y el Jardín de las Delicias? Hay otras mujeres en esta selección, un soberbio retrato de Isabel de Valois, de Sofonisba Anguissola y un bodegón de Clara Peters, incluidas por méritos propios y sobrados en esta selección. El leoncito de la señora Bonheur estaría mejor de regreso a su territorio del Atlas. 



4.- El afamado crítico de arte, Jerry Saltz, y uno de los que marca tendencia en el New York Magazine, se ha pasado por el Prado, al que califica como el mejor museo del mundo, y para el que no ha ahorrado los elogios más encendidos y los superlativos más elevados. Dice que para ver el Prado con sosiego y disfrute uno necesitaría tres días. El colmo del elogio ha sido esta frase: "Para convertirse en persona hay que venir al Prado". Esta claro que es una boutade o una provocación. Se puede ser gran-persona sin haberse cruzado nunca con las Meninas. Y se puede ser poco-persona visitando a menudo la Galería Central del Prado. Pero hay algo de cierto en la hiperbólica sentencia de Saltz: la belleza de las obras de arte y tantas bellezas creadas por los artistas de todas las épocas... nos aleja unos metros de la selva y de la pocilga, e infunde en nuestras cabezas y corazones un poco de luz y de dicha. Por lo tanto, parece de necios no disfrutar de tanta belleza, teniéndola al alcance de la mano. 




martes, 4 de febrero de 2025

Gregorio Fernández y Martínez Montañés: “La madera se hizo Carne”

  


                Hasta el 2 de marzo seguirá abierta la exposición de arte “Gregorio Fernández-Martínez Montañés, el arte nuevo de hacer imágenes”, en la catedral de Valladolid.

                Para ser precisos, no estamos ante el encuentro de los dos escultores más importantes de las llamadas escuela castellana y escuela andaluza, sino ante los dos más grandes imagineros. Y esta sutileza del lenguaje nos mete de lleno en el corazón y el sentido de la exposición. Los imagineros crean imágenes sagradas que mueven a la devoción.

Tanto uno como otro artista han creado prototipos tan duraderos que al creyente o al cofrade de estas tierras le resulta difícil pensar en Jesús, en María o en los santos más importantes de la Iglesia Católica sin acudir a las imágenes salidas de su gubia.  

                Gregorio Fernández (1576-1636), aunque nacido en Sarria-Lugo, creó su obra en Valladolid; Martínez Montañés (1568-1649), nacido en Alcalá la Real-Jaén, lo hizo en Sevilla. Nunca se conocieron. Probablemente, el uno nunca oyó hablar del otro ni de su trabajo. Y sin embargo, en el universo católico en el que ambos vivieron, llegaron a soluciones artísticas muy parecidas, aun manteniendo su propio estilo y su propia personalidad que los hace únicos.

                La muestra de Valladolid no es un combate de gigantes, sino un diálogo de dos cimas de la escultura. No se trata de comparar, para que el público examine y dictamine quién es el mejor. La muestra es una ocasión única para disfrutar del encuentro de los más señeros artistas de su momento, y cuya obra sigue viva en catedrales, parroquias y museos. Y no solamente sigue viva, sino que sigue inspirando a otros artistas desde hace tres siglos.

                A ambos se les adscribe al llamado “naturalismo barroco” que pretendía copiar el natural, sin idealizaciones exageradas. El naturalismo reproduce el cuerpo humano, sin la complicada red de geometrías y mediciones a las que el renacimiento había sometido a la escultura. Para que las imágenes ganasen en ‘naturalidad’, Gregorio Fernández, por ejemplo, se sirvió de postizos de uñas de asta de toro, dientes de marfil o hueso, ojos de cristal, etcétera. Pero lo que es característico del naturalismo es la distancia frente a la fría perfección renacentista o a las antinaturales posturas manieristas.

                Los imagineros del naturalismo también buscan una cierta idealización en los rostros de las imágenes sagradas, pero les dotan de alma, de bondad, dulzura, compasión, de un sufrimiento o de una bondad que los humaniza. De ahí que quien contempla las imágenes, fácilmente se siente interpelado, conmovido, movido a compasión, animado a la piedad y espoleado a la plegaria. Nadie se arrodilla delante del David o del Moisés de Miguel Ángel, por muy perfectos que sean, pero sí lo hace delante de un Ecce Homo, un  Yacente o una Piedad de Gregorio Fernández.

                San Juan escribió que el “Verbo se hizo se hizo Carne”. Esta exposición de arte nos enseña que “La madera se hizo Carne”. En la humildad de un tronco de árbol, el imaginero con su gubia ha creado un Dios humano, una Virgen María que sufre, unos santos que invitan a la imitación y “a zaga de su huella”. Frente a los materiales nobles, en mármol o bronce, de la escultura grecorromana o renacentista, se levanta humilde, humana, palpitante, la escultura en madera policromada.

                Hablaba al principio que estos dos imagineros llegaron a soluciones parecidas. Esto fue posible porque ambos pertenecieron a un ámbito religioso concreto, a una devoción  compartida,  y dependieron de unos mecenas que demandaron motivos semejantes. Ambos artistas fueron tocados por ese “plus de genialidad que se apodera del artista cuando se enfrenta a una obra sagrada”.

                Para entender todo esto no hay que olvidar un acontecimiento trascendental que había tenido lugar unas décadas antes: la celebración del Concilio de Trento, que tuvo como objetivo la definición de la doctrina Católica frente a la Reforma Protestante. En el campo del arte, el Concilio tridentino tuvo repercusiones transcendentales que se notaron sobre todo en los países católicos del sur de Europa. La Reforma Protestante había negado el papel importante de la Virgen María y la validez de los santos como intercesores ante Dios. Una masacre iconoclasta acabó con las imágenes en los templos reformados. La reacción de Trento y de toda la Europa católica fue justo la contraria: las imágenes eran válidas para acercarnos al misterio sagrado. Se redobló el valor de la Virgen y de los santos. Hubo un momento en que ya no había paredes para colocar tanto santo. Catedrales y  hasta la más pequeña parroquia rural se llenaron de imágenes de madera policromada. Los artistas no daban abasto, y cada ciudad o villa competía para contar con los imagineros más renombrados.

                Un fuego sagrado se apoderó al mismo tiempo de la religiosidad de las gentes del momento. No era suficiente con entrar en una iglesia para arrodillarse delante de un Crucificado o de una Dolorosa: había que sacar las imágenes fuera de los templos, para mover y conmover a quienes las contemplaran a su paso por calles y plazas. Cofradías, asociaciones y fieles parroquianos organizaban procesiones para honrar a patronos o celebrar las fechas más importantes del calendario católico. Un caso único fue el de las procesiones con motivo de la Semana Santa que movilizaban a miles de cofrades y penitentes por toda la ciudad. Hasta el momento actual los grandes grupos escultóricos que Gregorio Fernández creó para Valladolid siguen recorriendo las calles de la ciudad cada Jueves y Viernes Santos.

En la muestra que nos ocupa podemos admirar uno de los pasos más logrados, El Descendimiento de la Cruz. Al creyente, al transeúnte, se le invita a meterse de lleno en esta Pasión. Pasión en su doble sentido de sufrimiento y de amor. Y en este juego del bien y del mal, cada uno debe tomar partido: o bien unirse a los que acompañan a Cristo en su sufrimiento (María, Juan, la Magdalena, Nicodemo, Arimatea…) o bien identificarse con los Judas traidores o los sayones que sin piedad torturan a Jesús.

                La muestra está compuesta por unas setenta piezas. No sólo esculturas, también pinturas, documentos, pila bautismal o lauda sepulcral, etc. Obras llegadas de Valladolid, Sevilla, Jaén, Granada, Santiponce, Alcalá la Real, Medina de Pomar, Alfaro, Cádiz, León, Tudela de Duero, Astorga, Nava del Rey, Jerez de la Frontera, Arévalo,  Palencia, Córdoba, Badajoz. La exposición nos muestra algunas obras maestras que aparecen en cualquier manual de arte barroco. Difícil olvidar algunas de ellas: El Ecce Homo, el San Bruno, el Santo Domingo de Guzmán, las Inmaculadas, El Yacente, el San Jerónimo penitente, los San Josés, los Santos Juanes, el relieve de San Juan en Patmos, el San Cristóbal, los Crucificados, la Lactación de san Bernardo, La Piedad, los Orantes…

                La Fundación Edades del Hombre, que está bien experimentada en estas lides, ha sido la encargada de organizar y montar este encuentro de dos genios. Las naves austeras de la seo vallisoletana y algunas capillas nos van mostrando uno a uno los capítulos de este diálogo: desde los precursores al triunfo del naturalismo; desde la fidelidad a los ideales de Trento y la creación de modelos de María o de los santos, hasta el trabajo conjunto de escultores y policromadores, para terminar con la influencia que algunas imágenes de estos dos imagineros han tenido en sus seguidores.

                Por ello, al final de la visita se tiene la sensación de que no hemos asistido a un capítulo excepcional de arte hispano, sino a una hermosa liturgia del mensaje cristiano: la redención de la humanidad por Jesús, el papel de María en la historia de la salvación, las huellas dejadas por los hombres y mujeres que en cada siglo actualizaron el Evangelio (San José, San Juan el Bautista, San Juan evangelista, San Pedro y San Pablo, San Cristóbal, San Miguel, Bruno de la Cartuja, Teresa de Jesús, Domingo de Guzmán, Francisco de Asís, Ignacio de Loyola… ). El mensaje cristiano se hace presente y actual, real y ‘natural’. Y  no sólo para los creyentes, sino para los amantes de la belleza y la historia que no quieren obviar ni olvidar este hecho cultural europeo.

                Este diálogo entre Gregorio Fernández y Martínez Montañés, dos humildes creyentes, dos maestros de la escultura en madera policromada, se ve de forma clara y hermosa en una capilla de la catedral vallisoletana, lo que demuestra una vez más que la belleza de lo sagrado es también ‘buena noticia’ e invitación a la compasión y a la bondad. En esta capilla, han colocado el Cristo Yacente de Medina de Pomar-Burgos (Gregorio Fernández) y las figuras orantes de Guzmán el Bueno y María Coronel, llegadas del Monasterio de Santiponce-Sevilla y que son obra de Martínez Montañés. Ante un Cristo muerto y piadosamente colocado en el sepulcro, ante el rostro humano de un Dios torturado hasta la muerte, solo cabe el recogimiento, la adoración y la plegaria de los creyentes. Esa es la actitud de los orantes Guzmán el Bueno y María Coronel. Y esa en la actitud de algunos visitantes que en esta capilla –verdadera capilla ardiente- inclinan la cabeza, acercan sus dedos a la carne dolorida de Cristo o hacen la señal de la cruz.






















Nota: El autor de las fotos (salvo la del Yacente) es José del Pozo




sábado, 25 de enero de 2025

La madera más triste


    En 1988, la exposición de las Edades del Hombre echó a andar en la catedral de Valladolid. Se pudo ver casi una antológica de los tesoros depositados en catedrales, monasterios y parroquias de toda Castilla y León. Y sin embargo, fue una pieza discreta, que dormitaba en el Museo catedralicio de León, la que más simpatía causó entre el millón largo de personas que, en medio del invierno castellano, se acercó a ver la muestra. No era ni mucho menos la obra más valiosa. Una escultura anónima. ¿María y Juan abandonan el calvario, una vez que han depositado el cuerpo de Jesús en el sepulcro? ¿María y Juan contemplan el cuerpo sin vida de Jesús sobre la fría losa? En sus rostros está toda la tristeza del mundo. Después de un juicio injusto y una tortura cruel, el hijo querido y el amigo del alma ha muerto. Cabizbajos y cansados, silenciosos y llorosos. Así están y así los vemos. Con una ternura torpe pero sincera, Juan lleva su mano al brazo de María, en un intento de consolar (¡él que esta tan desconsolado!) a una pobre madre. Están tristes, pero no desesperados. En medio de abandonos y traiciones, ellos han permanecido al pie de la cruz, aguantando el chaparrón, los improperios y la sentencia. Y custodian en su encogido corazón una promesa de vida para el tercer día. Tal vez por todo ello, esos leños de tosca labra suscitaron la simpatía, el cariño, la ternura del público. Se parecen a nosotros en los momentos de lacerante sufrimiento. Y se parecen a nosotros cuando perdemos a un ser querido, pero nos negamos a que desaparezca del todo de nuestro corazón.  

sábado, 4 de enero de 2025

Las rosas de Heliogábalo, de Alma-Tadema

 

        Durante unos meses se ha podido disfrutar en Madrid de una selección de obras de arte del coleccionista mejicano Pérez Simón. De entre todas ellas, salí a la calle con el recuerdo de una pintura titulada Las rosas de Heliogábalo. Su autor, el neerlandés Lawrence Alma-Tadema. En 1888, a su taller de Londres llegaron decenas de ramos de rosas francesas que le sirvieron para alumbrar la que todos consideran su obra maestra. Alma-Tadema se sentía horrorizado por la sociedad industrial tan gris de aquel momento y buscó inspiración en el mundo antiguo.

        Las rosas de Heliogábalo hace referencia a un episodio contado en Historia Augusta según el cual en una de las muchas veladas organizadas por el excéntrico emperador Heliogábalo (218-222), este hizo llover sobre los invitados, hermosas mujeres, hermosos hombres, una lluvia de rosas tan inmensa que algunos murieron ahogados. 

        En la pintura, el emperador (tenía 14 años cuando subió al trono y 18 cuando murió asesinado) preside un banquete al lado de un grupo de invitados. Por debajo del estrado, hombres y mujeres asisten atónitos e indolentes a este espectáculo de la lluvia de rosas bajo las cuales al final morirán ahogados. 

        Heliogábalo ha pasado a la historia como un degenerado que consumió su joven vida en medio de todos los vicios y las excentricidades. Cuando se es tan joven y se tiene tanto poder probablemente la tentación de utilizarlo mal es absoluta. El óleo de Alma-Tadema, con su increíble luminosidad, su cromatismo suave, es también un engaño y una burla, y esconde el anuncio de la muerte que puede llegar en medio de un banquete, con el sonido ligero de una doble flauta y miles de pétalos de rosas cayendo sobre las cabezas y ahogando con su perfume embriagador a los ignorantes ciudadanos que se creían honrados por asistir al banquete imperial y en el que, sin embargo, la muerte vino a sepultarlos en medio de un intenso olor a rosas. Con frecuencia los súbditos son solo juguetes en las manos despiadadas de los poderosos que encuentran mayor disfrute en el sufrimiento de sus ciudadanos que en su prosperidad. 

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Niño quemado, de Stig Dagerman

  Mientras paseaba una tarde entre las estanterías y mostradores de la librería Oletum, cogiendo y dejando libros, curioseando carátulas y s...

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