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lunes, 13 de abril de 2026

Trump: una impostura en nombre de Dios

                Coincidiendo con la guerra contra Irán, y con el momento más bajo de la popularidad del presidente de Estados Unidos, numerosos y significativos pastores cristianos, de signo evangelista, llegaron a la Casa Blanca para implorar la bendición de Dios sobre Donald Trump. La imagen resultó, como poco, bizarra y patética. Entronizado en el Despacho Oval de la Casa Blanca, Trump recibía a izquierda y derecha bendición tras bendición, mientras se imploraba el don divino sobre el excéntrico presidente. El predicador encargado de la oración (sería mejor calificarla de performance) afirmó: “Oramos para que continúes dando a nuestro presidente la fortaleza que necesita para dirigir a nuestra gran nación, mientras volvemos a ser una nación bajo Dios”.

                Nunca de forma tan clara se había visto en el último siglo esa simbiosis entre “trono y altar” que huele indudablemente a ancien régime y a medievalismo anacrónico. ¿Cómo habrán visto los sinceros fieles evangélicos esta bendición? Puedo imaginarme cómo me habría sentido si, en lugar de pastores evangélicos, hubiera habido obispos católicos. Desde siempre se ha rezado por los gobernantes del mundo, para que el Señor inspire sus decisiones y obren con rectitud. Cosa muy distinta es bendecir sus actos, especialmente en este calamitoso momento, con una guerra por medio, y una amenaza completamente vergonzante: “No quedará nada de la civilización iraní”. En la oración evangélica se metió en el mismo cajón a Estados Unidos, las fuerzas armadas y el presidente Trump. Y en verdad son cosas bien distintas.

                El nacionalismo religioso supone una gran manipulación por parte de la clase política de los sentimientos religiosos de un pueblo. Las iglesias de cualquier tipo no deben permitir una manipulación tan grosera, aunque haya por medio ventajas económicas o ideológicas. Los líderes evangélicos pasaron por alto el perfil de moralidad dudosa del presidente, tal vez porque piensan que esta alianza dará ventajas e influencia a sus iglesias. Por su lado, al poder político poco o nada le interesa la religión y su forma de entender la moral personal, pero le interesan sus votos y su voz en los púlpitos dominicales.

                El Evangelio es mucho más grande que cualquier opción política de izquierda o de derecha, más grande que el liberalismo económico a ultranza y el trasnochado odio de clases del comunismo. Y por lo tanto, la identificación con una opción política concreta es siempre nefasta para unos y para otros.

                Esta especie de consagración por imposición de manos que unos cuantos pastores evangélicos han efectuado sobre Trump en la Casa Blanca es un acto más de este esperpento en el que se ha convertido una buena parte de la sociedad estadounidense. Un espectáculo de mal gusto que nos habla de la impostura religiosa de algunas iglesias y de algunos mandatarios.

                 No olvidemos que el segundo mandamiento de la Ley de Dios dice “No tomarás el nombre de Dios en vano”, lo que equivale a “respetar el nombre del Señor, honrándolo y prohibiendo usarlo de manera frívola, falsa, blasfema o sin el debido respeto”.

 





domingo, 12 de abril de 2026

Tempestades de acero, de Ernst Jünger

 


Aunque ahora los historiadores la denominan Primera Guerra Mundial, el nombre originario fue el de la Gran Guerra. Tuvo lugar entre los años 1914-1918. Y hasta ese momento la humanidad no había conocido una guerra tan sangrienta. El móvil inmediato del comienzo de la Gran Guerra fue el asesinato en Sarajevo del archiduque Francisco Fernando, heredero al trono imperial de Austria-Hungría. Era el 28 de junio de 1914.

Un ambiente de patriotismo y de euforia reinaba en toda Europa, más aún en Alemania. Ernst Jünger, joven alemán con el bachillerato recién acabado, escucha desde su casa el grito del cartero: “¡Orden de movilización!”. Fue suficiente ese grito para que él y millares de jóvenes de todos los rincones corrieran, alegres y confiados, a alistarse como voluntarios: “pues también nosotros queríamos oír el silbido de las balas y vivir esos instantes que cabe calificar como el bautismo propiamente dicho del varón”. La generación de ese momento, aunque cueste creerlo hoy en día, fue una generación a la que acunaba una frase de Ariosto, que unos y otros les habían metido en la cabeza: “A un corazón grande no le horroriza la muerte, llegue cuando llegue, con tal de que sea gloriosa”.

En la pesada mochila militar, Jünger introdujo un delgado cuaderno que le serviría para escribir su diario. El resultado de esas minuciosas anotaciones fue el libro de memorias “Tempestades de acero”.  Él fue uno de los soldados supervivientes que se convirtió en portavoz de los cerca de 70 millones de soldados movilizados y de los entre 15 y 22 millones de muertos (militares y civiles).

“Habíamos abandonado las aulas de las universidades, los pupitres de las escuelas, los tableros de los talleres, y en unas breves semanas de instrucción nos había fusionado hasta hacer de nosotros un único cuerpo, grande y henchido de entusiasmo”. Pero muy pronto esa euforia cesó, justo en el momento en que la muerte apareció y las penalidades de la trinchera se hicieron difíciles de soportar: “aquella guerra iba a significar más que una aventura”.

Se dice que la Gran Guerra fue la última de las guerras tradicionales y la primera de las guerras tecnológicas. De 1914 a 1918, la guerra pasó de ser una cuestión de heroísmo personal a una cuestión de supremacía armamentista.

         Jünger luchó en el frente francés, en la mítica batalla del Somme, donde durante meses y meses el avance fue mínimo (apenas unos kilómetros), pero las pérdidas en vidas humanas, abrumadoras (millón y medio de bajas). Conocida como la batalla de las trincheras, soldados franceses, alemanes e ingleses se batieron enconadamente en medio del barro. De todo esto, con precisión milimétrica, da cuenta este autor alemán. El lector, oye el silbido de las balas, la explosión de las granadas, las ráfagas de metralletas. El lector ve las trincheras de fango y de lluvia donde se desarrolla la vida diaria de una guerra interminable. El lector siente cómo saltan las tapas de los sesos de los soldados, el olor de la carne quemada, la sangre que se mezcla con el fango, los aullidos de los heridos, el valor personal que no decae, la fiereza de la lucha, los villorrios que se desploman por las bombas, la abnegación para cargar con un compañero herido, los hospitales de campaña, el rancho de colinabos, el alcohol que corre a raudales en las noches de descanso, el placer de un baño en un lago, la cálida camaradería de la tropa, la compasión de algunos aldeanos hacia los jóvenes soldados, no obstante pertenecieran a una nación enemiga, el compañero que suplica al amigo que le dispare para poner fin a sus sufrimientos de herido, los cuerpos insepultos que los roedores hacía desaparecer, el recuento dramático de las bajas cuando la balacera cesa, los soldados hechos prisioneros que suplican con ojos atemorizados un poco de piedad, el moribundo que pide a la enfermera que le lea su capítulo preferido de la Biblia y que se disculpa por haber molestado el reposo nocturno con sus accesos de tos, la muerte que acecha cada hora a cada soldado en el fragor de la batalla: “En medio de aquel tiroteo abandoné toda esperanza de regresar sano y salvo. A cada momento aguardaba mi subconsciente que una bala me alcanzase. La Muerte estaba de cacería.”

Herido en múltiples ocasiones de bala, el alférez Ernst Jünger fue uno de los supervivientes a los que la suerte acompañó en todos esos años. Para él, personalmente, la guerra no fue una desdicha sino el campo de aprendizaje, mejor “que todas las universidades y todos los libros”, y lo que le convirtió en el futuro y afamado escritor. También la enciclopedia donde aprendió todo sobre la grandeza y la miseria del alma humana, con su heroísmo y su mezquindad.

            Para Ernst Jünger -y para todos sus compatriotas- llegó un momento en que fue consciente de que Alemania podía perder la guerra. El alférez-escritor no se rindió hasta el final, aunque todos a su alrededor sabían que los alemanes ya no podrían vencer. Mientras que los ingleses hacían prisioneros a la mayoría de sus compañeros, una bala se hundió en su pecho. Pensó que era su final. Se asombró de que allí y en ese momento fuera a morir, sin dolor y con una extraña alegría, sin guerra y sin enemistad. Pero un compañero lo arrastró como pudo hasta el puesto de socorro alemán. Pocos días después llegaría a un hospital de Hannover. Aún convaleciente de las heridas, le comunicaron (septiembre de 1918) la concesión de la Orden del Mérito. Unas semanas más tarde, el 11 de noviembre de 1918, en un vagón de tren detenido en el bosque de Compiégne se selló la capitulación de Alemania. Era el final de la Gran Guerra.

En Tempestades de acero nada se ahorra al lector de las interminables batallas del Somme o de Cambrai en las que Ernst Jünger tomó parte. Pero el autor francés es poco dado a juicios morales sobre la bondad o la perversidad de la guerra. Probablemente está mística de la guerra, esta exaltación de la lucha, esta glorificación del valor y del heroísmo, ¿no  prepararían la conciencia colectiva alemana que desembocaría en la Segunda Guerra Mundial?:

“En estos hombres está viva una fuerza elemental que subraya, pero a la vez espiritualiza, la ferocidad de la guerra: el gusto por el peligro en sí mismo, el caballeresco afán de salir airoso de un combate. En el transcurso de cuatro años el fuego fue fundiendo una estirpe de guerreros cada vez más pura, cada vez más intrépida”.

Conocemos la carnicería que supone una guerra. Y también el desolador paisaje que dejan las batallas, como acertadamente escribió Jünger. Se ve que quien declara la guerra y quien lanza a sus jóvenes a las trincheras, no es capaz de entenderlo:

“… Todas las aldeas eran un montón de ruinas; todos los árboles estaba talados; todas las carreteras, minadas; todos los pozos, envenenados; todos los cursos de agua, represados con diques; todos los sótanos, volados con explosivos o convertidos en lugares peligrosos merced a las bombas allí escondidas; todas las vías férreas desmontadas; todos los cables telefónicos, arrancados; todo lo que podía arder, quemado. En suma, transformamos en un yermo la tierra que aguardaría al enemigo…”

Ernst Jünger en uniforme

Atentado en Sarajevo











El escritor en su biblioteca



sábado, 6 de diciembre de 2025

¿Safaris humanos en Sarajevo?


Si verdaderamente se confirma que hubo safaris humanos en Sarajevo, tendremos que admitir que el ser humano ha descendido un peldaño en lo que entendemos por humanidad.

En este momento la fiscalía de Milán ha abierto una investigación al respecto, después de recibir denuncias verosímiles que hablan del asunto. Al parecer durante el cerco a la ciudad bosnia de Sarajevo, durante la guerra de los Balcanes, entre 1991 y 1994, se celebraron safaris humanos. Turistas ricos pagaban cantidades exorbitantes al ejército serbio para situarse como francotiradores en las montañas que rodean la ciudad de Sarajevo, disparar contra cualquier ciudadano que atravesase una calle o una plaza, y "cobrar una pieza humana” . Según las denuncias, los turistas francotiradores partían de la ciudad italiana de Triste y llegaban a Sarajevo a pasar el fin de semana, con la misma tranquilidad y adrenalina que el que se marcha a cazar un oso en Rumanía o una cabra hispánica en Las Batuecas salmantinas.

            Y lo mismo que en una cacería de animales no se paga lo mismo por todas las piezas, también existían diferentes precios, dependiendo del ser humano abatido. Los más cotizados, los niños; luego, las mujeres; después lo soldados y, por último, los ancianos. A veces se producía un tiroteo en una plaza. Los vecinos acudían a socorrer a los heridos y entonces esos mismos vecinos compasivos se convertían en un blanco fácil para los tiradores apostados en sus puestos de tiro, con un doble whisky y una lata de caviar al lado.

            Los rumores sobre este tipo de prácticas circulaban cada poco tiempo. La exalcaldesa de Sarajevo, Benjamina Karic, presentó una denuncia en este sentido en 2022, pero parece ser que fue papel mojado. En el mismo año, se presentó el documental ‘Sarajevo safari’, dirigido por Miran Zupanic, en el que varios testimonios hablaban abiertamente de esto. A las montañas de Sarajevo, habrían acudido ‘cazadores de humanos’ canadienses, estadounidenses, italianos, rusos y de algún otro país.

            Ahora se sabe también que esta práctica de caza se llevó también a cabo en la guerra del Líbano y en otras guerras africanas. Que en las guerras se cometen todo tipo de atrocidades por parte de los combatientes es algo sabido. Con razón se dice que “en las guerras se abre la veda”, es decir se suspenden las normas y se da permiso para matar, y no solamente por ideas gloriosas de defensa de la patria, la revolución, los ideales y los valores, sino que en las guerras se abre la veda para las venganzas, los inconfesables motivos y todas las aberraciones posibles.

            Pero lo de ‘cacerías humanas” para turistas adinerados, no entraba hasta ahora en el vocabulario bélico. En un artículo de Conversation, firmado por Fernando Díez Ruiz, de la Universidad de Deusto, se habla de la ‘anatomía psicológica de los cazadores de Sarajevo”. Según este profesor, el perfil de estos turistas es el de personas aparentemente normales en su vida familiar o laboral, pero con pasión por las armas y la caza, necesitadas de dosis extremas de adrenalina, capaces de deshumanizar a un ser humano que cruza una calle, proclives al sadismo que ellos revisten de aventura, rebosantes de un narcisismo psicópata y que identifica, sin problema, placer y poder.

            Hanna Arendt ya habló hace tiempo de la ‘banalidad del mal’. Cuando la conciencia, la ética y la espiritualidad desaparecen de nuestras vidas, basta el anonimato y la sensación de impunidad, para devolvernos a la selva y, como el lobo, matar por el placer de la sangre, y no por la necesidad de alimentarse o defender las crías.

            De momento no se ha puesto nombre y apellidos a los ‘cazadores’, tal vez nunca se les ponga. Tal vez no se encuentren pruebas contundentes. Tal vez haya intereses en no remover el fango de aquella guerra. Los familiares de los muchos hombres y mujeres que murieron en el cerco de Sarajevo a manos de los tristemente famosos francotiradores, ahora saben, o mañana sabrán, que no se trataba de odiosos soldados enemigos, sino de unos 'simples' turistas que, al volver de la cacería, dieron un beso a su mujer, cenaron tranquilamente con música de fondo de Mozart, y entregaron algún souvenir del duty free del aeropuerto a sus hijos. ¡La banalidad del mal!









sábado, 28 de junio de 2025

Campaña de embellecimiento en Theresienstadt

 


Austerlitz es la primera novela que leo de S.G Sebald, escritor nacido en Alemania, pero que se afincó finalmente en Reino Unido, donde murió trágicamente en un accidente de carretera a los 66 años. El narrador de la novela se encuentra causalmente en la estación de Amberes con Jacques Austerlitz que poco a poco le va contando su vida, desde que, siendo niño, para salvarlo de la persecución, fui subido a un tren en Praga con destino a Londres, donde fue adoptado por una familia, pasando por el descubrimiento de su propio pasado, hasta su retorno a Praga para encontrarse con su historia familiar, etc..

Entre otras muchas cosas, S.G. Sebald cuenta “la campaña de embellecimiento” que los nazis llevaron a cabo en el campo de Theresienstadt (actual República Checa). Cuando las autoridades nazis aceptaron, después de muchas presiones y tiras y aflojas, la visita al campo de una comisión de la Cruz Roja, pensaron que era una ocasión única para  blanquear su imagen y engañar al mundo sobre el trato dado a los judíos, haciendo creer que los judíos llevaban una vida normal en “aquella ciudad”.

Los responsables –cuenta S. G. Sebald- emprendieron una “campaña de embellecimiento”, en el curso de la cual los habitantes del guetto, bajo la dirección de las SS, realizaron un enorme programa de saneamiento: se instaló césped, senderos para pasear, se pusieron bancos e indicadores que, al estilo alemán, se adornaron con tallas alegres y ornamentaciones floreales, se implantaron más de mil rosales, una casa cuna para niños de pañales y una guardería con cajones de arena, pequeñas piscinas y tiovivos. Y el antiguo cine Oreal, que hasta entonces había servido de alojamiento miserable para los habitantes más ancianos del guetto, se transformó en pocas semanas en sala de conciertos y teatro, mientras que en otras partes, con cosas de los almacenes de las SS, se abrieron tiendas de alimentación y utensilios domésticos, ropa de señora y caballero, zapatos, ropa interior, artículos de viaje y maletas. También había una casa de reposo, una capilla, una biblioteca, un gimnasio, una oficina de correos y un banco. Se instaló una cafetería, ante la cual, con sombrillas y sillas plegables, se creó un ambiente de balneario. Todo fue saneado, pintado y barnizado antes de la visita de la Comisión. Asimismo, se enviaron al Este a siete mil quinientas personas, las menos presentables del campo. Teheresienstadt se convirtió en una ciudad digna, un El Dorado. La comisión, compuesta de dos daneses y un suizo, fue llevada por las calles de acuerdo con un plan elaborado al detalle por la comandancia. Así los comisionados de la Cruz Roja pudieron ver con sus propios ojos qué personas más amables y contentas habitaban esa ‘ciudad, a las que se evitaban los horrores de la guerra, qué atildadamente iban todos vestidos, qué bien estaban atendidos los escasos enfermos, cómo se distribuía una buena comida en platos y se repartía el pan con blancos guantes, cómo en todas las esquinas los carteles anunciaban acontecimientos deportivos, cafés-teatros, representaciones teatrales y conciertos, y cómo los habitantes de la ciudad, al acabar el trabajo, tomaban el aire, casi como pasajeros en un transatlántico, en un espectáculo en definitiva tranquilizador, hasta el punto de que los alemanes, al terminar la visita, con fines de propagada, para  legitimar ante el mundo su manera de proceder, recogieron en una película…

La película está depositada en Praga, y muchos de sus retazos sirven para cortos audiovisuales como los que se pueden ver en youtube. Algunos supervivientes contaron, después, la otra cara de la película y también denunciaron que los integrantes de la Cruz Roja, en ningún momento, se salieron del recorrido oficial, abrieron alguna casa o se acercaron a hablar con esos ‘judíos felices’. Al final de su satisfactoria visita, certificaron que los judíos eran bien tratados y que se mostraban contentos en esa ciudad que Hitler les había regalado.

La historia, más o menos, funciona siempre así.

 https://www.youtube.com/watch?v=4kKc05jlIFg






W. G. Sebald


 






 

miércoles, 25 de junio de 2025

Otoño alemán, de Stig Dagerman

 


“Fue un otoño triste, con lluvia y frío, crisis de hambre en el Ruhr y hambre sin crisis en el resto del antiguo Tercer Reich. Durante todo el otoño llegaron a las zonas occidentales trenes con refugiados del Este. Gente andrajosa, hambrienta y no grata, apretujada en la oscuridad pestilente de las estaciones ferroviarias…” Es el inicio del libro Otoño alemán, del escritor sueco Stig Dagerman.

En el otoño de 1946, un año y medio después del final de la Segunda Guerra Mundial, el rotativo sueco Expressen envió a un jovencísimo escritor de apenas 23 años a emprender un viaje a Alemania y escribir unos cuantos artículos sobre este pueblo derrotado, que en ese momento concitaba todo el desprecio y el odio del mundo. Puede que no faltasen razones para ello. La guerra había terminado, pero los muertos eran llorados en cada rincón de Europa y más allá. Los cuerpos aún conocían las penurias de la posguerra. Y las almas, humilladas y aplastadas por la ideología totalitaria nazi, aún no habían alzado el vuelo. “Alemania” o “alemanes” eran palabras que se pronunciaban aún con rabia y con ira.

         Stig Dagerman había nacido en Suecia en 1923. Niño prodigio de las letras, publicó su primera novela a los 21 años. El periódico sueco que le envió a Alemania como reportero tal vez esperaba de él artículos incendiarios que confirmasen la locura nazi y reafirmasen la tesis de que los alemanes tenían que ser castigados por sus crímenes horrendos en la misma proporción que ellos habían hecho con las naciones subyugadas y los judíos exterminados.

         Pero Stig Dagerman pisa suelo alemán libre de prejuicios y limpio como un folio en blanco. Quiere saber, para entender. Y quiere observar y hablar con la gente para levantar acta de lo visto, oído y sentido. Deambula en medio de las ruinas de varias ciudades alemanas. Se asoma a los sótanos con 10 centímetros de agua donde varias familias se hacinan, muertas de frío y sin una rebanada de pan que llevarse a la boca. Se sube a trenes atestados, con las ventanas tapiadas con tablas, que acogen a 25 personas de pie en un compartimento pensado para ocho. Observa a los refugiados y a los prisioneros que vuelven de cualquier país de Europa a una Alemania donde no son bien recibidos (basta pensar que cinco millones de soldados eran prisioneros de los aliados en todos los países de Europa). Ve a niños que no pueden ir a la escuela porque no tienen zapatos. Asiste a sesiones de desnazificación en las cuales los colaboradores o presuntos colaboradores del régimen de Hitler tienen que demostrar con certificados de buena conducta y testimonios (a veces pagados) que ellos no fueron tan malos. Ve a escritores cambiar su máquina de escribir por unos gramos de mantequilla. Ve a gente hambrienta recorrer kilómetros hasta llegar a un pueblo donde los campesinos venden a precio de oro unos kilos de patatas. Habla con un joven alemán que lo único que desea es huir a América, torturado por un pasado lleno de culpa y por un presente lleno de humillaciones: “Ya no se puede estar en Alemania”. Y cuando Dagerman le invita a cenar en un buen restaurante se encuentra con un cartel: “Prohibido el paso a los alemanes”. Por todas partes se encuentra con gentes indiferentes o desesperadas que sopesan si las razones para seguir viviendo sobrepasan a las razones para morirse de una vez.

         Lo que Dagerman vio es que, tras la victoria de los aliados, Alemania fue repartida y bombardeada sin piedad. Los que de alguna forma habían ejercido una resistencia al nazismo o simplemente habían sufrido la cárcel o el campo de concentración a manos de los nazis, se encontraron con un ejército victorioso que los castigó colectivamente. Aquellos alemanes que habían anhelado el fin del nazismo se encontraron con otro castigo.

         Dagerman observa, escucha, habla y comparte con ciudadanos de todo tipo ese tiempo inmediato a la victoria de los aliados.  En un momento en el que odiar a los alemanes estaba bien visto y en el que el discurso de humillarlos recibía aplausos, un joven escritor sólo ve el hambre y el frío por doquier, la amargura y la desesperanza. Y siente compasión. Y cree que “preguntarse sobre la ideología de los ciudadanos es menos importante que preguntarse por el hambre de sus estómagos”.

El libro provoca algunas preguntas, por ejemplo, ¿fue necesario arrasar ciudades enteras cuando Alemania ya se había rendido? No olvidemos que la tormenta de bombas dejó a Dresde completamente en ruinas y cerca de doscientas mil personas murieron en esa operación bélica. Y el libro suscita una enseñanza: en los momentos convulsos de la historia, cuando las masas imponen su criterio de venganza y odio generalizados, sólo algunas personas, como lo fue el caso de Stig Dagerman, son capaces de mirar limpiamente a los ojos de los que sufren y sentir compasión.

Ochenta años después de estos acontecimientos, sabemos que Dagerman viajó por nosotros y nos muestra que el terror implantado en Alemania y en media Europa por Hitler, no debe hacernos olvidar otros excesos, en este caso de los aliados, que en el fondo fue un castigo ciego a tantos alemanes, muchos de los cuales había sufrido el nazismo y habían sido las primeras víctimas de un régimen que fue la encarnación del Maligno. Al acabar la guerra, muchos gerifaltes nazis consiguieron huir con su buena cartera a países donde vivieron tranquilamente. Pero los alemanes más pobres perdieron todo: los hijos en el frente, la casa, el pan y la dignidad. Sólo les quedó el frío y el hambre.

         Hay una especie de ‘santidad’ en este escritor sueco que fue capaz de sentir piedad en un momento en que lo normal era sentir odio y desprecio. Stig Dagerman en su recorrido por las ciudades en ruinas no vio alemanes, sólo vio personas necesitadas de una hogaza de pan, un abrigo para el crudo invierno, una casa donde cobijarse y un poco de dignidad para sostenerse en pie.

         Tenía apenas 31 años cuando Stig se quitó la vida a las afueras de Estocolmo. Tal vez, como tantos hombres sensibles en aquella dramática hora de Europa, no pudo soportar tanta bruticie. Dos años antes había escrito una especie de testamento titulado “Nuestra necesidad de consuelo es insaciable”.











Stig Dagerman (1923-1954)






















viernes, 24 de noviembre de 2023

Espigas para Holodomor


El cuarto sábado de noviembre, la palabra holodomor está en los labios de los ucranianos, los que viven en el país y los que forman parte de la diáspora. En las iglesias, los fieles musitan oraciones, y los monumentos se llenan de espigas. Es el día conmemorativo del Holodomor.

La palabra ucraniana “holodomor” significa literalmente exterminio por hambre. A partir de los años cincuenta, se empezó a hablar de genocidio, algo que Rusia no ha admitido nunca. Durante el régimen soviético, estaba prohibido hablar de la ‘hambruna ucraniana”. Con la caída de la URSS empezaron a abrirse los archivos y el mundo pudo conocer poco a poco este trágico episodio acaecido entre 1932 y 1934.

El debate sobre si la hambruna fue un genocidio o tan solo el resultado de una política nefasta de colectivización de los campos aún está en el aire. Si bien, muchos estudiosos, universidades y estados reconocen que la hambruna sufrida por el pueblo ucraniano no fue una fatalidad del destino, una pésima estrategia alimentaria o una sequía, sino un plan perfectamente urdido desde el poder para doblegar al pueblo ucraniano y castigar la resistencia a la colectivización por parte de los campesinos.

         La precipitada y terrible colectivización de las tierras organizada por el régimen comunista impuso gravosas condiciones, imposibles de cumplir, a los campesinos ucranianos (y también a todos los demás). Las cuotas de trigo y otros cereales eran tan abusivas que no dejaban margen para la propia alimentación. La policía pasaba una y otra vez por las aldeas para requisar cualquier cosecha y cualquier alimento.

Cuando los graneros se vaciaron, la gente empezó a devorar los animales, también los perros y los gatos, los pájaros del cielo, las ortigas, las cortezas de roble, las hojas de los tilos, incluso las pieles no curtidas de las ovejas y los huesos roídos. Los campesinos empezaron a huir a la ciudad porque no tenían nada que llevarse a la boca, pero eran  detenidos, torturados y devueltos a sus tierras. Muchos morían por el camino. Si la policía hallaba patatas o un poco de trigo escondido, significaba la pena de muerte. Las calles aparecían llenas de cadáveres de gentes que habían salido a buscar algo de comida y habían muerto en el intento.

El escritor Vassily Grossman, testigo de ese momento, anotó: "Al principio el hambre te echa de casa. Primero es un fuego que te quema, te atormenta, te desgarra las tripas y el alma: el hombre huye de casa [...]. Luego llega el día en que el hambriento vuelve atrás, se arrastra hasta casa. Esto significa que el hambre le ha vencido, aquel hombre ya no se salvará. Se mete en la cama y permanece tumbado: ya no quiere vivir…”


            Gracias a la eficiente propaganda comunista y a la complicidad de los intelectuales europeos, el gran crimen apenas fue conocido. El primer ministro francés, Édouard Herriot, visitó en 1933 Ucrania para conocer la situación. Las autoridades soviéticas le llevaron a aldeas donde había comida abundante y todos se mostraban felices. A su vuelta a París declaró: “Puedo decir que he visto al país como un jardín a pleno rendimiento!".

A la eliminación de los intelectuales ucranianos, a la deportación a Siberia de los pequeños propietarios, los kulaks, a la prohibición de hablar la lengua local y mostrar abiertamente las tradiciones, hay que añadir esta batalla programada contra los campesinos que tanta resistencia habían ofrecido a las medidas colectivistas del Kremlin. En el año 1928, las autoridades soviéticas solo pudieron recoger 4,8 millones de toneladas de trigo, de las 6,8 millones de toneladas programadas, lo que encendió la ira comunista contra los campesinos e inició el ‘holodomor’.

Todo el mundo conoce el holocausto judío y cientos de libros y reportajes lo recuerdan cada año, pero las atrocidades cometidas por el régimen soviético son todavía poco conocidas. Holodomor es una de ellas, y es justo que sea dada a conocer.


Una superviviente escribió: “Tenía un padre, una madre y una abuela: en dos semanas murieron los tres. Me quedé sola en casa. Tenía doce años: ¿qué podía hacer? No se encontraba nada de comer en ninguna parte. Por la mañana salía, y hasta el anochecer me arrastraba por los huertos buscando algo que roer, cualquier hierba o grama; encontrarlas no era fácil, porque no era la única que rebuscaba. Mascaba hojas de tilo, son amargas pero a mí me bastaban. Luego me puse enferma. Una vecina me trajo unas cerezas y una cucharada de miel. Me salvó de la muerte. Nunca olvidaré semejante generosidad”.

Pero de todos los testimonios leídos, sin duda este me parece escalofriante: “En 1933, en un pueblo de la región de Járkov, unas mujeres hacíamos lo que podíamos para cuidar a los niños en una especie de orfanato. Los niños tenían los estómagos abultados; estaban cubiertos de heridas y de costras, sus cuerpos parecían a punto de reventar. Un día, los niños se callaron de repente; fuimos a mirar lo que ocurría y vimos que se estaban comiendo a Petrus, el más pequeño. Le arrancaban tiras de carne y se las comían. Y Petrus hacía lo mismo, se arrancaba tiras y se comía todo lo que podía. Los otros niños ponían los labios en las heridas y se bebían la sangre”.

Tal vez sólo una mujer se atrevió a implorar clemencia a Stalin para el pueblo ucraniano. Nadezhda Alilúyeva, segunda esposa de Stalin, había renunciado a la vida palaciega del Kremlin. Ingresó en la Escuela Técnica y allí pudo escuchar los relatos de la gente del pueblo: las torturas y los fusilamientos. Se le abrieron los ojos. Y pidió a Stalin que reconsiderase su política en Ucrania. Pero obtuvo el silencio. Y ella no soportó la realidad, cayó en abatimiento y se disparó un tiro una noche de noviembre de 1932. El parte oficial aseguró que había muerto de apendicitis.

La periodista Anne Applebaum escribió “Hambruna roja” para hablar de todo esto y para explicar que no se trató de una fatal casualidad sino de un verdadero genocidio en aras al “hombre nuevo al que la Dictadura de los Trabajadores quería dar a luz”. Según esta periodista, al menos 5 millones de personas murieron por la hambruna, de los cuales 3,9 millones eran ucranianos.

            Este último sábado de noviembre, las espigas, en Ucrania y en otras partes del mundo, recordarán que es el Día del Holodomor.








miércoles, 13 de abril de 2016

Chernóbil, ¿parábola del futuro?


 

    El documental de Álvaro Dorado sobre Chernóbil resulta demoledor. Hora y media de un recorrido terrorífico por la antigua central nuclear destinada a ser el orgullo de la Unión soviética. Para dar a entender la magnitud de la tragedia, el autor recurre a la imagen del tercer jinete del Apocalipsis, de nombre Ajenjo, que curiosamente es lo que significa la palabra Chernóbil.
    A la 1:23 h del 26 de mayo de 1986, cuando los científicos de la central estaban realizando uno de los controles o test de la central nuclear, el reactor número 4 saltó por los aires liberando millones de partículas radioactivas. El hermetismo soviético de la época logró ocultar el accidente al mundo durante 48 horas. Y fueron los científicos suecos, al comprobar los niveles particularmente altos de la atmósfera, los que dieron la voz de alarma mundial.
    A esas horas, en Chernóbil se libraba una batalla descomunal y caótica por poner bajo control el resto de los reactores. Cuando nada más ocurrir la explosión, el personal avisó a los bomberos del incendio, estos acudieron de inmediato y sofocaron el fuego, pero todos ellos murieron en el trascurso de los días siguientes. Fueron los primeros héroes. La segunda hornada de héroes fueron los dos mil quinientos mineros excavaron apresuradamente una zanja subterránea para enfriar los otros tres reactores. Lo consiguieron. O los 400 pilotos que al mando de otros tantos helicópteros derramaron agua y arena sobre el reactor. Si una explosión en cadena hubiera hecho saltar por los aires el resto de reactores, Europa entera habría desaparecido aquella noche. Ellos salvaron Europa. Y es justo reconocerlo.


        Cuando los robots teledirigidos intentaron limpiar la terraza de la central nuclear de elementos altísimamente contaminados, en cuestión de minutos dejaban de funcionar y se convertían en trastos inútiles. Aún hoy, 30 años después de la tragedia, los robots abandonados tienen unos niveles de radioactividad 625 veces más de lo normal.  Al fallar la técnica, se echó mano de las personas. Seiscientos mil ‘liquidadores’ (este es el nombre que recibieron los que tuvieron que limpiar la zona, especialmente la terraza del reactor) fueron traídos de todas las partes de la Unión Soviética. A los civiles se les quintuplicaba el sueldo y se les prometía una casa y un coche. A los soldados, se les cambiaba tres años de guerra en Afganistán por tres minutos en la terraza de la central nuclear. Los niveles de radioactividad eran millones de veces lo permitido, y los liquidadores sólo podían permanecer tres minutos en la terraza, lo que apenas les permitía arrojar un par de paladas sobre la zona de escombros. En los años siguientes a esta operación más de doscientos mil liquidadores murieron. Probablemente ninguno de ellos sabía exactamente a que se exponía en esos tres minutos.     Otros se resignaron: “Alguien lo tenía que hacer”. Los ‘liquidadores’ llevaban un uniforme de fabricación propia. Iban equipados con máscaras de gas, botas y, aunque no todos, con láminas de plomo que les cubrían el encéfalo, el torso, la médula ósea y los pies.
    También con un cierto retraso empezó la evacuación de los habitantes de Pripiat, la ciudad en la que vivían la mayoría de los trabajadores de Chernóbil. De Moscú llegaron 1000 autobuses y les dijeron que cogiesen la documentación y una pequeña bolsa con sus efectos de aseo, porque estarían de vuelta ‘en tres días’. Nunca más volvieron y Pripiat es hoy una ciudad fantasma, abandonada. Aún permanecen en pie la guardería, en cuya pizarra, todavía puede leerse “un futuro brillante para todos”, o la casa de la cultura, o la noria del Parque de atracciones y cuya inauguración estaba prevista para unos días después de la tragedia. Y sin embargo, amparados por el bosque algunos residentes se escondieron y volvieron a sus casas y allí siguen, desafiando la muerte, y su sinónimo Chernóbil, pero apegados a su terruño y a los muertos de su cementerio. ¿Algo conmovedor, una locura?
Una tragedia como la de Chernóbil era la primera vez que ocurría. Y todo lo que pudo hacerse mal se hizo. Pocos meses después de la explosión, las autoridades soviéticas decidieron enterrar el reactor número cuatro en un sarcófago de cemento. Poco tiempo después aparecieron las primeras grietas, demostrando lo chapucero de la acción. Otro segundo sarcófago estará acabado dentro de poco tiempo, y tendrá una duración no superior a 100. Luego será necesario otro y otro más. ¿Y así hasta cuándo? ¿Qué montaña artificial crearemos si cada 100 años hay que construir un nuevo sarcófago y así hasta que pasen 24.000 años? Los científicos creen – y este es el dato más desolador- que esta zona no estará libre de radioactividad hasta dentro de 24.000 años.
    Los árboles crecen y los pájaros anidan y los perros salvajes y otros animales campan a sus anchas, una vez el hombre abandonó este espacio. Pripiat será el símbolo de una ciudad víctima de la catástrofe nuclear. Y así estaría ahora toda Europa si el resto de reactores hubiera explotado aquella aciaga noche. Una noche larguísima de silencio y de muerte que durará 24.000 años.
    ¿Se puede seguir apostando por la energía nuclear después de Chernóbil?

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