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miércoles, 19 de agosto de 2026

Hélène Carrère d’Encausse según Koljós

  

Koljós es el título de la última novela de Emmanuel Carrère. El escritor francés, que ha encontrado en su propia biografía uno de los filones de su escritura, habla en esta ocasión  de su madre y de sus antepasados georgianos, rusos, alemanes. Hélène Carrère d’Encausse (París,1929-2023, de soltera Hélène Zourabichvili, pues al casarse adoptó el apellido de su marido) llegó a lo más alto de la sociedad intelectual e institucional francesas. Profesora, escritora, especialista en la historia de Rusia y, nada menos, Secretaria a perpetuidad de la Academia Francesa. Uno de los puestos más prestigiosos de Francia, un país que honra, como ninguno, su propia lengua y que tiene en la más alta consideración a sus escritores y a los ‘inmortales’, los miembros de la Académie Française.

Toda su familia llegó a Francia con lo puesto, después de que la Revolución Rusa de 1917 ocupara Georgia y la despojara de todo, incluido el status social de alta aristocracia, de sus casas y tierras. Llegaron como apátridas a Francia. Eran pobres de solemnidad, pero también con una preparación cultural impresionante. “Se sabe que los príncipes rusos tuvieron que ejercer de taxistas y las princesas de planchadoras a domicilio”. Pero todos ellos habían estudiado filosofía, literatura, y dominaban seis idiomas. Vivieron en buhardillas para criadas y no todas las noches podían llevarse algo a la boca. Una numerosa comunidad rusa se instaló en París. Maldecían a los líderes soviéticos, se ayudaban mutuamente y tenían en la catedral ortodoxa de Saint Alexandre-Nevski su lugar de encuentro y de reunión.

Intelectualmente muy dotada, Hélène, con un sentido de la disciplina y del esfuerzo personal a prueba de bomba, fue abriéndose paso poco a poco. Estudiante destacada, profesora brillante en la Sorbonne, profesora invitada por diversas universidades, diputada en el Parlamento Europeo, más francesa que cualquier ciudadano francés, obtuvo la nacionalidad francesa (un verdadero acontecimiento para ella). Sus ensayos sobre Rusia le abrieron todas las puertas, y todavía hoy se consideran 'monumentales'. Varios años antes de 1989, predijo el hundimiento de la Unión Soviética, porque “era un gigante con los pies de barro”. Murió en 2023. Y Francia quiso para ella un homenaje de Estado en el patio de honor de Los Inválidos de París, con discurso incluido del presidente Macron.

El escritor Emmanuel Carrère es uno de los tres hijos de Hélène. Cuando Emmanuel, que no tiene ningún sentido del pudor o de la intimidad personal o familiar, escribió su libro titulado Una novela rusa, el choque con su madre fue inevitable. Durante dos años no se cruzaron la palabra. Hélène había prohibido a su hijo la publicación de este libro. Para el escritor una prohibición es un estímulo y un aguijón. En el libro, entre otras cosas, Enmanuel Carrère hablaba del abuelo Georges, padre de Heléne, que había trabajado como traductor de alemán para las autoridades nazis en el París ocupado. Al final de la guerra, fue tachado de colaboracionista, una sentencia de muerte en la Francia gaullista de resistentes heroicos. Georges fue arrestado y ejecutado, al igual que tantos franceses, por bandas de “resistentes”, sin que nunca se haya conocido el lugar de su enterramiento. El caso Georges se convirtió en un secreto para toda la familia. Hélène vivió toda la vida con esta espada de Damocles sobre su cabeza. Al final, la publicación del libro no tuvo ninguna repercusión seria ni nadie dejó de hablar a Hélène por este hecho. Ya había pasado el tiempo de dividir a los franceses entre resistentes y colaboracionistas.

No sabemos si a Helene le hubiera gustado Koljós. En general se sentía poco atraída por los libros de su hijo, escritos en primera persona y con una abundancia de vivencias autobiográficas. Probablemente la idea de escribir sobre su madre, ya le rondaba la cabeza a Emmanuel desde hacía tiempo. Encontró la excusa perfecta cuando, al desmantelar el piso de sus padres, encontró varias carpetas que contenían numerosas investigaciones, documentos, fotografías y datos sobre los antepasados de Hélène, y que habían sido recogidos por el marido de esta, Louis Carrère d’Encausse, que sentía una admiración casi obsesiva por los antepasados rusos y georgianos de su mujer. El escritor encontró en ellos un material precioso para hablar de su madre y de su genealogía que incluía, príncipes, intelectuales, un regicida, una dama de compañía de la última zarina, empresarios, políticos y propietarios de palacios, fincas y obras de arte…

            La palabra que da título al libro, koljós, significa granja agrícola en los tiempos de la colectivización bolchevique. Pero en la familia Carrère “hacer un koljós” significaba que los niños pequeños podían compartir la cama o la habitación de la madre, cuando el padre andaba de viaje de trabajo, fuera de París. Ese doble sentido de la palabra es una metáfora idónea para hablar de lo familiar y a la vez de la gran historia del mundo en esas décadas.

            La dictadura bolchevique, Lenin, Georgia, Ucrania, la gran literatura, como Sastre o Camus, Dostoiesvski o Tólstoi, están también presentes en este libro que aúna novela, memorias, historia, ensayo, recuerdos familiares, periodismo y un sin fin de apuntes y notas. Emmanuel Carrère se luce a la hora de clasificar los apartados para que el lector, a lo largo de las 450 páginas, vaya componiendo el puzzle de la Familia Carrère y el puzzle del mundo en esas décadas. El libro comienza con el funeral de estado en los Inválidos y termina con los tres hermanos, Emmanuel, Natalie y Marina, “haciendo koljós” en la habitación donde agoniza y muere esta gran dama de origen georgiano, orgullosa de su nacionalidad francesa, y que hizo suyo el lema de Disraeli “never complaint, never explain” (nunca quejarse de nada, nunca explicar nada).

            Carrère rinde homenaje de devoción filial a Hélène Carrère D’Encausse, pero no cae en el sentimentalismo ni pasa por alto las zonas grises y sombrías de una existencia que fue ascendiendo socialmente desde lo más bajo de una niña apátrida a lo más alto de las instituciones de la República Francesa. Homenaje a la madre, pero también repaso sin concesiones a las grandezas y a las miserias de una vida, incluyendo asuntos íntimos y el desdén con el que Hélène trató durante tantos años a su marido. Trabajadora incondicional, disciplinada, puntillosa en sus estudios, conocedora sin parangón de la historia rusa, amorosa a su manera con sus hijos y nietos, mantuvo una relación distante con su hermano Nicolás, y no desapareció jamás el dolor inmenso por la suerte final que corrió su padre, simplemente porque había servido de traductor a los alemanes. Su vida de éxito en la Francia fue tal vez la forma de vengar a su padre, ‘desaparecido’ en los primeros días de la victoria de Francia sobre los alemanes.

            Hélène, fiel a su estilo de una dignidad que no se rinde, y de un sentido de la educación que no se rebaja a dar molestias, no aceptó ningún tratamiento contra el cáncer. Solo al último momento comunicó a su hijo Emmanuel que le quedaba muy poco de vida, porque la metástasis ya había invadido todo el cuerpo. Organizó todo. Quiso morir en una residencia de cuidados paliativos. Hasta ese momento continuó su ritmo de trabajo, como si no pasase nada. Al salir de casa con su maleta en la mano, camino de la residencia de paliativos, hizo la señal de la cruz. Sabía que no cruzaría nunca esa puerta en sentido contrario. Maquillada, bien peinada y bien vestida se enfrentó a la muerte con suma dignidad. Aunque de religión ortodoxa, quiso recibir  la unción de enfermos de las manos de su amigo sacerdote católico, Benoist, al que ella iba a escuchar de buena gana en la iglesia de Saint Germain des Prés. Y le pidió que fuese él quien hiciese el elogio fúnebre, y ninguna otra autoridad eclesiástica. Reposa para siempre en el cementerio de Montparnasse de París.

            Con su grandilocuencia habitual, Macron la despidió en los Inválides como “a la mujer por la que corría sangre de todos los ríos de Europa entre el Volga y el Rhin, como a hija de las estepas, con tantos antepasados ilustres, pero que representaba, como nadie, el espíritu de la República Francesa”. Hasta justo 30 días antes de morir, Hélène estuvo trabajando en la finalización del nuevo diccionario de la Académie. La última palabra que pudo definir para el Diccionario fue ‘zygomatique’. Macron añadió “que uno bien puede morirse en paz después de definir con suma precisión la palabra ‘zygomatique’.

            A la sombra de Hélène siempre estuvo su marido Louis, acompañante discreto  en cenas y recepciones en palacios, embajadas y centros culturales. La devoción por su mujer le hizo emprender una investigación rigurosa sobre sus antepasados. El libro de Enmanuel Carrère es también un homenaje al padre, por su lealtad y su admiración indeclinables hacia la mujer con la que convivió durante más de setenta años. Ambos siempre se trataron de usted. Nobleza obliga. Apenas pocos meses después de la muerte de Hélène, Louis Carrère d’Encausse murió, como muere uno de cada cuatro ancianos cuando su pareja de toda la vida deja este mundo, y le deja a él o a ella, no en una viudedad inconsolable, sino en una orfandad desoladora.

Hélène y Emmanuel Carère 

Koljós, la última novela de Carrère

Hélène en la Biblioteca de la Academia Francesa




Vestida con el traje de época para su ingreso en la Academia

Funeral de Estado en Los Inválidos de París

Carrère con algunas de sus más conocidas novelas

El matrinonio Hélène y Louis Carrère d'Encausse




Panteón familiar en el Cementerio de Montparnasse








lunes, 10 de agosto de 2026

Marjane Satrapi: morir de pena y tristeza



La caída del sha y la dictadura de los ayatolás

Marjane Satrapi tenía apenas 10 años cuando Irán vivió jornadas históricas: la caída del sah de Persia y el advenimiento de ayatolá Jomeini para regir los destinos de un país que los griegos llamaban Persia, y los propios habitantes de ese territorio Irán. Era el año 1979. Marjane había nacido en noviembre de 1969 en la ciudad de Rasht, la de las lluvias plateadas, en la región de Guilán, en las  orillas del mar Caspio,  donde lo musulmán se une a lo zoroastra y la influencia azerí a la turkmena. Una región de bosques frondosos y pluviosidad frecuente. Los Satrapi eran una familia acomodada y liberal que quería una educación europea y cosmopolita para su hija, a la que desde pequeña habían matriculado en el liceo francés de la ciudad. Los Satrapi vieron con buenos ojos la caída de Reza Pahlavi, sostenido por Estados Unidos, y que reinaba sobre un país con profundas desigualdades sociales y con una corrupción generalizada. Pero esta alegría duraría muy poco: la revolución de Jomeini se convirtió rápidamente en una dictadura. Pronto el país se vio en medio de una guerra contra Irak, que fue la excusa perfecta de los ayatolás para imponer una dictadura teocrática islámica, cuyo rasgo más visible fue la imposición del velo negro a las mujeres.

Soledad en Viena, desolación en Irán

                Marjane Satrapi abandonó Irán a los 14 años, para proseguir en Viena sus estudios de bachillerato en el Liceo Francés. En la capital austriaca tuvo que enfrentarse a un choque cultural, para el que no estaba preparada. Llegada de un país donde un abrazo en público de una mujer a un hombre era considerado como un acto sexual y, por lo tanto castigado, se sintió confundida por la liberación sexual que se vivía en Europa, así como el acceso fácil al alcohol y a las drogas. Sola y perdida, extranjera y sin familia en Austria, inició una relación amorosa con el joven Markus que resultó desastrosa. Durante tres meses vivió en la calle como una vagabunda. Reclamada por sus padres y harta de tanta soledad, volvió a Irán, y se encontró con un país desconocido que había pasado por una guerra que había dejado más de un millón de muertos. Un país con las cárceles llenas de opositores. Y con una dictadura que vigilaba la moral pública y cuyos guardianes de la revolución detenían y propinaban latigazos a la gente por cualquier motivo: el velo incorrectamente colocado, las uñas pintadas, los calcetines de colores, escuchar música occidental, acercarse más de lo debido al sexo contrario o expresar una idea leve en contra del régimen. Un país donde el Corán prohibía ejecutar a una muchacha virgen. Para cumplir el mandato coránico, la muchacha era violada y, a continuación, podía ser ejecutada sin ningún sentimiento de culpa. Para añadir más horror al horror, el violador era matrimoniado con la violada, y podía reclamar legalmente la dote a la familia de la muchacha violada y ejecutada.

La historietista que conquistó Francia

Marjane Satrapi aguantó poco tiempo en Irán. Abandonó el país de nacimiento y se instaló definitivamente en Francia, donde dio comienzo a su carrera creadora, como historietista, pintora y directora de cine.  Ser mujer y ser artista, tener ideas democráticas era incompatible con vivir en la tierra donde había nacido. En París, toma contacto con el mundo del cómic. Entra en el conocido Taller de los Vosgos, donde trabaja un grupo de historietistas. Un amigo dibujante le invita a contar su infancia y los recuerdos de su país en viñetas. Así surgió Persépolis, un libro que conocería un éxito fulgurante en Francia, y que fue premiado en el festival más importante del cómic de Angulema. Persépolis, editado en cuatro tomos, puso en el foco del mundo cultural la historia de las mujeres iraníes. Hasta ese momento la izquierda cultural europea había mirado a otra parte. La caída del sah había sido saludada con extremo alborozo. Y nadie había querido ver que la revolución de Jomeini había traído una dictadura mucho más cruel. La cultura imperante en Occidente no había querido ver que las mujeres iraníes, que hasta 1978 gozaban de mucha libertad, vestían minifaldas, escuchaban rock y hablaban idiomas, habían vuelto a las cavernas. La vestimenta y el velo negros eran sólo la punta del iceberg de una violencia ejercida contra las mujeres en nombre del Corán, interpretado según los ayatolás y su régimen de terror.

Persépolis: memoria y denuncia

                Persépolis es una novela autobiográfica en viñetas pintadas únicamente en blanco y negro. Pero no es una historia contada desde el resentimiento y el odio, tampoco desde la ideología o del activismo político, que diríamos hoy. Es la historia de una niña rebelde, curiosa e inquieta, muy madura para su edad, pero en la que no falta, la sonrisa, el humor, la ironía. No es un ensayo, sino la experiencia de una joven que conoció los estertores del régimen del sah, los comienzos esperanzados de la política de Jomeini, la transformación en una dictadura teocrática, el autoexilio en Austria, el choque cultural europeo, el regreso a un Irán exhausto por la guerra contra Irak, y el abandono del propio país para regresar a Europa y poder expresarse con libertad.

               La vida de Marjane Satrapi fue breve pero intensa. Conoció el amor, pero también el éxito profesional. La película basada en su libro Persépolis, y que ella misma dirigió obtuvo numerosos premios y fue candidata al Óscar. Diseñó el tapiz oficial de los Juegos Olímpicos de París. Fue doctora honoris causa por las universidades de Lovaina y Buenos Aires. Y en 2024 recibió el premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades, su más alto reconocimiento internacional. Deja una obra que es un estímulo para los artistas del cómic, para los cineastas y los dibujantes, pero también para los que luchan por la igualdad de hombres y mujeres y por las libertades democráticas en los países del mundo afectados por el integrismo musulmán.

Morir de pena y tristeza

                Marjane Satrapi ha muerto en un momento en que su país había vuelto a las primeras páginas de los periódicos: el ataque de Trump a Irán y la batalla por el control del estrecho de Ormuz, paso obligado de los petroleros. Ha muerto en medio de un mundo dividido entre los que clamaban contra Trump y su imperialismo, y los que clamaban contra los ayatolás de Teherán y la violencia ejercida contra su propio pueblo. Un mundo dividido entre los que defendían el derecho internacional y los que defendían el derecho a ser libres en Irán. Las manifestaciones de signo distinto en varias ciudades europeas: unos en contra de la guerra emprendida por la administración estadounidense; otros en contra de la persistencia de la dictadura teocrática en la antigua Persia.

                Pero Marjane Satrapi, muy probablemente, ya no pensaba ni en unos ni en otros. En el fondo, a nadie le interesaban los derechos de las mujeres. Cada uno miraba para su propio interés y para su propia ideología. “El ser humano tiene que ir por delante de las ideologías”, había escrito Satrapi. La autora de Persépolis se fue hundiendo en la tristeza desde que en abril de 2025 había muerto el amor de su vida, su marido Carl Mattias Ripa, el sueco con eterno aire adolescente con el que había compartido su vida, y que le aportaba alegría y ligereza, a ella, que tenía alma y rostro de tragedia griega. Renunció a todos sus proyectos cuando supo que el cáncer había atacado para vencer cruelmente a Mattias Ripa. El pasado 4 de junio de 2026, su familia comunicaba que Marjane Satrapi “había muerto de pena y tristeza a los 56 años”. La mujer valiente que se había metido en mil batallas, que había luchado, desde el conocimiento de la realidad iraní, en contra de un régimen criminal que condenaba a todos, pero especialmente a las mujeres, a ser sombras andantes, cuerpos sin alma, dirigidos con mano de hierro por los enviados y los profetas de Allah, o más bien directamente por el Maligno. Marjane, arrastrada por la tristeza ha entrado finalmente en la nada. O tal vez se ha presentado de nuevo ante el amor de su vida. No sólo se muere de amor en la literatura o en las canciones melódicas. Dicen los expertos que el “síndrome de corazón roto”, técnicamente conocido como cardiomiopatía por estrés o cardiomiopatía Takotsubo, suele acaecer cuando el dolor intenso por el que se pasa tras la pérdida de un ser querido provoca una cardiomiopatía por estrés. La muerte de un ser querido, por ejemplo la pareja con la que hemos sido dichosos, es un acontecimiento traumático que puede llevar a la muerte, por un súbito desgaste del corazón. O puede arrastrar al suicido, por esa sensación de falta de sentido de la vida y un sufrimiento insoportable al constatar que se ha perdido todo lo que se poseía, y sentirse totalmente abandonado y sin horizonte.

Melena al viento y labios pintados

Su melena azabache larga y al viento y sus labios pintados de rojo pasión fueron su manera de presentarse ante el mundo. Una protesta silenciosa pero clara contra los que impusieron el velo para tapar el cabello y para tapar los labios de las mujeres, los labios que hablan y los labios que besan, con libertad y con pasión.

Carl Mattias Ripa y Marjane Satrapi

Portada de Persépolis
Una viñeta de Persépolis


Ruinas de los palacios de Persépolis

Tapiz de los Juegos Olímpicos de París



Entrega del Premio Princesa de Asturias





Funeral en París

Panteón de Marjane Satrapi y Carl Mattias Ripa










miércoles, 29 de julio de 2026

Misa de Réquiem en la Trapa

 

  

La música callada del órgano

El órgano de la iglesia de la Trapa de San Isidro de Dueñas enmudeció durante la misa de réquiem. Nadie acarició el teclado del órgano. El monje organista acababa de fallecer. Los cantos se sucedieron a lo largo de toda la ceremonia. Pero el órgano guardó silencio. No sé si fue necesidad. No sé si fue homenaje. En todo caso, una sencilla metáfora de esa certeza que nos dice que, cuando la muerte cierra nuestros ojos, la música de nuestro cuerpo calla para siempre: cesa ese sonido único e insustituible que emitía nuestra forma de ser y de estar en el mundo. No es verdad que somos piezas sustituibles y equivalentes de un engranaje mecánico carente de sentido. Algo de extraordinario y de único encierra el esqueleto y el pellejo y el aliento de cada ser humano. En la tarde del 24 de julio, en medio de un calor apabullante y de una España ardiendo por los cuatro costados, se celebró la misa de réquiem por el descanso eterno de Joaquín López Serra, monje trapense. En el funeral: los hermanos de la comunidad de San Isidro de Dueñas, los familiares, los amigos, los sacerdotes llegados para la concelebración, los fieles. Revestido con mitra y báculo, el abad preside la ceremonia.

 Los oficios y los días

Joaquín López Serra llevaba 51 años formando parte de este monasterio trapense. Había nacido en 1952 en Mataró y a los 23 años ingresó como novicio. Pronto se manifestó su temperamento artístico que se concretó en la música. Organista y compositor, formó parte de la Comisión de Música de la Región Española Cisterciense. Algunas de sus melodías y textos litúrgicos, al día de hoy, embellecen y otorgan espiritualidad a la liturgia de diversos monasterios de la Orden. "Para ti es mi música, Señor, ¿cuándo vendrás a mí" (Salmo 100).

También fue el encargado del Archivo del monasterio. Su afán investigador le llevó a moverse con soltura entre papeles y legajos, para conocer mejor la historia, no sólo del monasterio de San Isidro de Dueñas, sino también de la Orden Cisterciense.  

El estudio de la vida y la espiritualidad del hermano Rafael Arnáiz (canonizado en 2009) fue una constante para este monje trapense que acaba de llegar al final de su camino. En 2015 publicó un libro, titulado Haciendo Camino. Fue el fruto de su búsqueda en los papeles del Archivo de San Isidro de Dueñas: una recopilación de datos de las crónicas del monasterio para saber cómo fue percibido, tratado, sentido y ‘leído’ el hermano Rafael durante su breve pero fundamental estancia en el monasterio, y también después de su muerte. Un trabajo esmerado de investigación. El hermano Joaquín era el responsable del Secretariado de San Rafael Arnáiz.

 A cara descubierta hacia la Casa del Padre        

                En un momento de gran fecundidad intelectual y espiritual, el cáncer llamó bruscamente a la puerta del monje Joaquín. Dolorosa enfermedad que postró y rompió su cuerpo. Murió en la enfermería conventual el pasado 23 de julio, a los 73 años de edad. Como es tradición trapense, el féretro fue velado por sus hermanos en la Sala Capitular y en la iglesia. La cara descubierta, la capucha enmarcando su rostro que la enfermedad había vuelto enjuto y afilado, la barba luenga y apostólica. Tal vez sea pedagógico mostrar  el rostro de los muertos, costumbre tan alejada del sentir actual, que esconde la muerte y la torna invisible. Dejamos esta vida con las marcas y las huellas del tiempo, de los años, de la enfermedad y del sufrimiento. Y sin embargo, generalmente, el rostro del difunto aún conserva una dulzura y una serenidad propias de quien, después de un duro bregar con la enfermedad, ha encontrado finalmente el descanso, el alivio y el sueño reparador.

 El salmo 117 en la procesión hacia el cementerio          

                La campana suena convocando a preces y sufragios. Los sacerdotes revestidos de morado. El incienso es perfume, sumo respeto y recordatorio de la presencia de un alma que permanece cuando el cuerpo se deshace y descompone. El agua bendita es rito, bendición, memoria de una filiación divina: “Porque la vida de los que en Ti creemos, Señor, no termina, se transforma. Y al deshacerse nuestra morada terrenal, adquirimos una mansión eterna en el Cielo”.

Ya el féretro, todavía descubierto, abandona el templo. Avanza por el claustro la procesión camino del cementerio conventual. Abad, sacerdotes, deudos, amigos, devotos del monasterio trapense, acompañan al hermano Joaquín  en esos primeros momentos del viaje hacia la Casa del Padre. El salmo 117 resuena por el claustro, con toda su carga de victoria y alabanza.

Alrededor de la cripta funeraria enclavada en el claustro se sitúan los asistentes a esta misa de réquiem. Dos monjes jóvenes descienden el féretro por las escaleras que llevan a la cripta. El abad asperja e inciensa por última vez el cuerpo sin vida de un monje que hizo de este monasterio, y durante medio siglo, celda, casa y huerto, biblioteca y archivo, refectorio, sala capitular, claustro y capilla, lugar de fraternidad, campo de batalla, encuentros de amistad, espacio de creatividad musical, ascenso y caída, salud y enfermedad, y, finalmente, cementerio. Y esperanza de Cielo.

Bajo un calor abrasador los monjes abandonan el cementerio conventual, y poco después lo hace el resto de congregados. En el claustro, presidido por una cruz, refulgente de luz a esa hora, aún resuena como un eco lejano y melancólico el salmo 117:

 “No he de morir, viviré

Para contar las hazañas del Señor…

Este es el día en que actuó el Señor

Sea nuestra alegría y nuestro gozo...

El Señor está conmigo, no temo;

¿Qué podrá hacerme el hombre…

En el peligro grité al Señor,

Y me escuchó, poniéndome a salvo…

Abridme las puertas del triunfo

Y entraré para dar gracias al Señor…

Dad gracias al Señor porque es bueno,

Porque es eterna su misericordia…”

 La herencia sobre las espaldas

                Abrazos y saludos de despedida. Palabras de reconocimiento y de homenaje para el monje trapense Joaquín, susurradas al oído de su hermana, o del abad o de cualquier otro monje. Unos minutos después, varios de los asistentes prolongan su presencia en el monasterio trapense asistiendo a la hora litúrgica de vísperas. Son las primeras vísperas solemnes del Apóstol  Santiago. La vida continúa. La liturgia se reanuda. La alabanza del rezo prosigue. Los monjes ocupan sus sitiales y el órgano vuelve a sonar de nuevo con un sonido algo ronco, algo triste todavía. La vida sigue después de cada Misa de Réquiem. Pero sigue y prosigue con la herencia, preciosa o desgraciada, bienhechora o maldita, sabia o necia, bondadosa o ruin, de cada muerto, de todos los muertos. El mundo es la suma de los que vivieron, y cuya herencia, de opresión o de consuelo, carga sobre las espaldas y sobre el alma de los que aún viven en esta tierra, tan dramática como magnífica.  

                 "Requiem aeternam dona eis, Domine, et lux perpetua luceat eis". Dale, Señor, el descanso eterno y brille sobre él la luz eterna.

 









El canto del salmo 117 por los monjes trapenses de San Isidro de Dueñas

https://www.youtube.com/watch?v=R_bYcrCbDCw

También sobre La Trapa en este Blog:

https://adanbreca.blogspot.com/2025/02/la-trapa-en-seis-pinceladas.html



lunes, 25 de mayo de 2026

Josef Beran: el inquebrantable arzobispo de Praga


El cardenal Beran junto a Pablo VI

                Cuando el cardenal Josef Beran falleció en Roma el 17 de mayo de 1969, el Papa Pablo VI ordenó algo bastante insólito: enterrarlo en las criptas vaticanas, es decir, en el lugar habitual donde se entierra a los papas.  Allí vi su sepulcro en 1977 cuando entré por primera vez en el Vaticano. Y ciertamente llamaba la atención, al lado de Juan XXIII y otros muchos pontífices.

                Josef Beran había nacido en 1888 en Pilsen, por entonces parte del Imperio Austrohúngaro. Era el hijo mayor de un maestro de escuela. Muy joven entró en el seminario para cursar sus estudios teológicos. A los 23 años fue ordenado sacerdote. Poco después lo vemos como profesor de teología y rector del seminario de Praga.

                Pero Praga es ocupada por los nazis. Y en 1942 la Gestapo considera al sacerdote Beran como un elemento subversivo. Es arrestado y enviado, primero, al campo de concentración de Theresienstadt y, posteriormente, a Dachau. Compartió trabajos forzados, hambre y penalidades como el resto de prisioneros, hasta que las tropas aliadas liberaron el campo en 1945. El superviviente Beran regresó a Praga. Apenas un año después, es nombrado arzobispo de la diócesis praguense, en cierta forma enviado a un peligroso campo de batalla, como se vería muy pronto. En 1947, Praga conmemoraba el noveno centenario de la muerte de San Adalberto de Praga, mártir, guía, modelo de cristiano, protector y patrón de Bohemia, Polonia, Hungría y Prusia. Josef Beran hizo vibrantes llamamientos a los católicos praguenses para que, superados los dramáticos años bajo la bota del nazismo, volviesen sus ojos a sus raíces cristianas y a los valores de sus antepasados en la fe. Los fieles católicos de Praga, después de la persecución nazi, encontraron en su arzobispo un líder seguro y un guía humano.

                Pero en 1948, un golpe de estado en Checoslovaquia, llevó a los comunistas al poder, bajo la atenta mirada y la dirección férrea de la Unión Soviética. Para los católicos el horizonte empezó a nublarse. Al arzobispo Béran le ofrecieron la impunidad si se ponía bajo el paraguas de las autoridades comunistas y abandonaba su fidelidad a un país extranjero. El país extranjero no era otro que la Iglesia de Roma.  Pero Beran se mostró inflexible. La persecución de la Iglesia no se hizo esperar: cierre de las escuelas y de los periódicos católicos, disolución de la bien organizada Acción Católica, trabas burocráticas, cortapisas y obstáculos. La respuesta del arzobispo tampoco se hizo esperar: ordenó que su carta “No calles, obispo”, fuese leída en todas las parroquias. En la festividad del Corpus Christi de 1949, con la catedral repleta de fieles, pero también de oficiales del régimen travestidos de devotos, gritó alto y claro contra la restricción de las libertades de creyentes y no creyentes y contra la imposición de un pensamiento único, el marxismo. Fue arrestado de inmediato, se le interrogó, se le prohibió el ejercicio de su ministerio y se le impuso un arresto domiciliario, sin contacto con el mundo exterior: ni prensa, ni radio ni televisión.

                Pero el arresto incomunicado no doblegó a este arzobispo de hierro. Por ello, las autoridades comunistas subieron el tono de la condena y lo trasladaron a la cárcel de Roslov. En ella permaneció 12 años. En el Tesoro de la Basílica de San Pedro, en medio de cálices maravillosos de todos los siglos, talleres y metales nobles, el visitante puede ver una lata (de sardinas). Esa lata sirvió al arzobispo Beran de cáliz para celebrar la eucaristía en su celda, cuando a escondidas podían pasarle, tal vez con la ayuda de algún carcelero compasivo, un poco de vino. Esa lata es testigo de esa iglesia perseguida, de catacumbas y cárceles, muy abundantes en todos los países comunistas del Este.

                En 1963, las autoridades checoslovacas se manifestaron dispuestas a liberar a este ilustre e insobornable prisionero, pero con una condición: no podría, en manera alguna, permanecer en territorio checoslovaco. El Vaticano lo acogió. Fue una decisión polémica. Para algunos, una claudicación de la Santa Sede; para otros, la única manera de llegar a pequeños acuerdos con la iglesia silenciada que vivía tras el Telón de Acero. El arzobispo Beran lo vivió con un inmenso sufrimiento, pues creía que era imperdonable alejarse de sus fieles perseguidos. Aceptó, con lágrimas en los ojos, la salida de la cárcel y el viaje a Roma. Por obediencia al Papa y por el bien de la Iglesia.

                Al llegar a Roma, pudo unirse a los obispos de todo el mundo que por aquellos días celebraban el Concilio Vaticano II. Este “testarudo que ni cedió ni traicionó” fue creado cardenal en 1965 por Pablo VI.  En ese mismo año, se discutió en el aula conciliar  la declaración sobre la libertad religiosa. Josef Beran pronunció un discurso memorable que recibió una larga ovación: “Desde el día en que la libertad de conciencia ha sido restringida radicalmente en mi país, se ha podido observar, entre los fieles, graves tentaciones de mentira, de hipocresía y otros grandes vicios. Y estos efectos deplorables son los mismos cuando la opresión pretende ejercerse en favor de la religión. Se puede decir que en Bohemia, la Iglesia expía hoy violaciones de la libertad religiosa en el siglo XV y la conversión forzada de una gran parte del pueblo en el siglo XVIII. La experiencia actual y la historia piden, por lo tanto, que el concilio proclame el principio de la libertad religiosa claramente y sin restricción…”.

                En enero de 1969, el joven universitario Jan Palach se prendió fuego en la plaza de San Wenceslao de Praga, para llamar la atención sobre la situación de opresión que se vivía en su nación. Su sacrificio despertó las conciencias de los checoslovacos y provocó numerosas protestas y enfrentamientos que fueron sofocados por el régimen, poniendo fin a la llamada Primavera de Praga. Y sin embargo, Jan Pallach, inmolándose a lo bonzo, prendió la mecha de la dignidad de un pueblo, que dos décadas más tarde acabaría con el régimen comunista. Justo después de la muerte de Jan Palach, Josef Béran dirigió desde Roma un mensaje de reconciliación a su pueblo, prestando así un último servicio como arzobispo: “No consumamos en el odio nuestras energías espirituales, invirtámoslas en la concordia, en el trabajo, en el servicio a nuestros hermanos, en una nueva prosperidad para Checoslovaquia”.

                Pocos meses después, el cardenal Josef Béran murió en su doloroso exilio romano, después de haber pasado por el campo de concentración nazi y por la cárcel comunista. Pablo VI reconoció su excepcional figura con el privilegio de darle sepultura entre Papas: “por su invicta fortaleza y su incansable fidelidad, acompañados de un carácter siempre manso a pesar de tantas pruebas”.

                Y allí en las grutas vaticanas, lo pudieron ver todos los turistas del mundo, pero también los creyentes que, arrodillados, expresaban la admiración por este cardenal indoblegable. Y esto fue así hasta el año 2018, cuando el Papa Francisco autorizó que los restos mortales abandonasen suelo vaticano camino de su tierra checa, tal era el sentido de su testamento: volver entre los suyos. Fue enterrado definitivamente en la catedral de San Vito de Praga, donde permanece como memoria y recordatorio de un tiempo de horror y violencia, pero también un tiempo en que algunos hombres de Iglesia defendieron la libertad innegociable y guiaron a su pueblo en esa larga noche oscura que atravesó Europa. 





Tumba del cardenal Beran en las criptas vaticanas

2018: Los restos del cardenal Beran vuelven a Praga

Catedral de San Vito: sepultura del cardenal Beran


Lata de sardinas utilizada por Josef Beran como cáliz (Tesoro de San Pedro)

sábado, 31 de enero de 2026

Pilar Cuesta: el discurso de una Chief Happiness Officer


     En la oficina pasamos muchas horas. Hay un mínimo que es y debería ser exigible: el compañerismo. Esa actitud que está hecha de cortesía, respeto, colaboración, trabajo en equipo, y eso que denominamos "hoy por ti, mañana por mí". Cuando no se llega a ese mínimo, el trabajo se hace cuesta arriba, la penosidad aflora, se corta la espontaneidad y el resultado es un montón de islas flotando a la deriva en el ancho océano de siete y media de la mañana a tres de la tarde.

    Pero a veces sucede que la gente va más allá del mero civismo, y los compañeros de trabajo se esfuerzan en ponerlo fácil, en no chismorrear, en echar una mano antes de que se solicite, en enseñar todo lo que uno sabe, en crear un ambiente de naturalidad donde nadie se sienta juzgado por su forma de ser, de trabajar, de vestir o de hablar. Esa atmósfera es posible porque hay personas que, con su bondad o su sabiduría, mejoran el territorio del trabajo.  

    La despedida de Pilar Cuesta Cosías, el pasado 28 de enero de 2026, se convirtió en un recordatorio de todo esto: la Administración funciona o no funciona dependiendo de la calidad humana de los que en ella trabajan: 

    "He estado en esta oficina casi veintidós años. Y cuando digo que para mí ha sido mi casa, no lo digo por las paredes ni por los pasillos. Lo digo porque aquí he estado a gusto: por el buen ambiente, por ese sentimiento de pertenecer, por haberme sentido valorada y, sobre todo, por la tranquilidad íntima de saber que mi trabajo era útil".

     Algunas empresas, sobre todo en el sector de las tecnológicas, se han dado cuenta de que, en lo que que se refiere a productividad, resolución de conflictos y creatividad laboral, funciona mejor la sonrisa que el látigo, mejor la empatía que la cara avinagrada, mejor la invitación que la orden tajante. Surge así el Jefe de la Felicidad (en inglés CHO, Chief Happyness Officer), una figura laboral que, por su carácter y su competencia profesional, es capaz de disolver tensiones, estimular al equipo, animar y cuidar a las personas.

  "Si me hubieran dejado inventar un cargo —con una sonrisa y sin grandilocuencias— os confieso que a mí me habría gustado ser una buena CHO, la “jefa de la felicidad”. No como título, sino como intención: cuidar el clima, aliviar tensiones, poner un poco de luz en lo cotidiano y recordar que aquí, antes que expedientes y plazos, hay personas".

    A esto hizo referencia en su discurso de agradecimiento nuestra compañera y amiga entrañable Pilar Cuesta Cosías, durante la comida-homenaje por su jubilación, en el restaurante Matamales de la ciudad de Valladolid. El discurso en cuestión vino a subrayar uno de los secretos de ese 'espíritu otetero', al que yo también pertenecí durante varios años.

    "He sido secretaria técnica, sí. Pero, si lo pienso con cariño, mi oficio —como algunos me habéis hecho ver— ha sido el de facilitar: allanar el camino para que el trabajo de los demás saliera adelante y para que, dentro de lo posible, la vida no se quedara fuera de la oficina. Siempre he pensado que lo principal es el personal, que una administración no funciona solo por los procedimientos, sino por las personas. Por eso he cuidado tanto el ambiente, la conciliación, la flexibilidad, el trato: porque cuando la gente está a gusto, todo lo demás funciona mejor.

    En el discurso de Pilar hay palabras que se repiten: personas, corazón, luz, aprendizaje, humanidad, convivencia, compañía, cuidado, amistad, confianza, respaldo, bienestar, amigos, y sobre todo gratitud...

    "Agradezco a todos, sin excepción, porque casi todo el colectivo habéis sido de una entrega ejemplar: siempre dispuestos a colaborar, a cubrir donde hiciera falta, a enseñar a los nuevos y con buena cara. Eso también construye oficina. Eso también construye casa"

    Mientras Pilar leía sus cuartillas se me vino a la cabeza un verso de la canción Viva la gente. Los educadores de mi internado querían que lo aprendiésemos de memoria y lo grabásemos en nuestras molleras infantiles. Cuando cantábamos esa frase de la canción duplicábamos el tono y la energía para subrayar la importancia: "Las cosas son importantes / pero la gente lo es más", mientras balanceábamos cuerpo y brazos, como era habitual en la época.

    Pilar ha pasado media vida laboral en la Oficina Territorial de Trabajo, marcando un estilo ("el estilo es el hombre"), toda una época, especialmente en los durísimos tiempos del Covid, como ella misma nos recordó:

    "Si tuviera que quedarme con un capítulo que nos cambió a todos, hablaría de la pandemia. El Covid supuso muchísimo trabajo: éramos servicios esenciales y todo se volvió enorme y urgente. Pero ocurrió algo que yo no olvido: nos unimos más. Nos organizamos, nos cubrimos, nos cuidamos. Fue duro, sí, pero también enriquecedor, porque me confirmó que cuando un equipo se reconoce, puede con lo imposible".

         Aquella chica rubia, con su melena Bardot o su melena escarolada, según días de sol o de lluvia, que llegó a la OTT hace 22 años, acaba de jubilarse. Las celebraciones de despedida son una especie de termómetro que mide el 'calor humano" que el homenajeado ha sabido crear a su alrededor. En la larga mesa de 36 cubiertos nos juntamos compañeros de varias hornadas, de escasos o múltiples trienios, jubilados novatos o experimentados, servidores públicos adscritos en este momento a la OTT, y también muchos 'ex alumnos' de la Calle Santuario, nº 6. Cada uno tenía un motivo y una razón para estar en esa mesa y  sobremesa. Y también tenía un gracias en el bolsillo de su corazón que, verbalizado o no, era el motivo principal para arropar a Pilar, vestida para la ocasión de verde esperanza o verde futuro, yo no los distingo. Pilar supo crear buen ambiente, facilitar muchas gestiones, servirse del cargo de secrearia técnica para prestar un servicio que facilitase un poco esas horas, semanas y años de trabajo.

  "Hoy cierro una etapa con una mezcla de sentimientos. Estoy feliz, porque por fin voy a poder entregarme a otras partes de mi vida. Y estoy triste, porque despedirse no es un trámite: es un duelo". 

    Las palabras acarician como lo hacen las yemas de los dedos. Las palabras abrazan con la misma intensidad que un fuerte abrazo con palmadita final. Las palabras sanan y curan, como lo hacen las medicinas. Gracias, Pilar, por tus palabras de despedida, no sólo porque fueron hermosas, que también, sino porque te fotografíaron y te reflejaron. Nos fotografiaron y nos reflejaron. La celebración del pasado 28 de enero fue, además de un homenaje y una celebración de despedida, también una reivindicación de la bondad, esa bondad que  mejora y nos mejora.   

          Por todo ello, una súplica a todos los que nos hallamos presentes en el homenaje: no echemos en saco rato el último consejo que Pilar nos regaló en su discurso: 

    "Solo me queda pediros una cosa, como despedida: que os cuidéis, que os tratéis bien y que sigáis eligiendo trabajar en equipo. Que no perdáis esa forma de estar que hace que una oficina pueda sentirse como casa: buen ambiente, pertenencia, reconocimiento, utilidad.

    A Pilar le esperan muchas cosas buenas, porque mantiene intacta la ilusión de una universitaria de Hispánicas por cada mañana, por cada día siguiente. Le esperan los cafés con los compañeros, los muchos abrazos aún por repartir a los amigos, las flores y las macetas en Sahagún, las sentadas en el ordenador para seguir aprendiendo con la IA, sus complicidades y 'cameos' en las recetas que elabora su hijo, Alberto, cocinero e influencer (para mí la fotografía más hermosa de Pilar es la que aparece en su perfil al lado de su niño del alma), sus libros y sus audiolibros, sus cuadernos de dibujos de acuarela y apuntes, sus tablas de gimnasia, su afición a los viajes y, de vez en cuando, unos minutos, micrófono en mano, en una velada de karaoke.

    Gracias, Pilar, por tu presencia en la vida cotidiana de la OTT, por tu atención a las personas, que son siempre el expediente más difícil, pero también el más satisfactorio. Después de la celebración de despedida, volvimos a casa con un montón de imágenes: reencuentros, abrazos, brindis, fotos de grupo, ricas viandas, gintonic en la mano, conversaciones, bromas, alguna tomadura de pelo, puestas al día y un montón de buenos deseos de amistad... Y también con un puñadito de caramelos de violeta, con dedicatoria de puño y letra: "Gracias por hacer el día a día más amable y más bonito". Esos caramelos de esencia de violeta de la Plaza Canalejas de Madrid, que han conquistado a reinas y amantes de reyes, a chulapos y forasteros, y también a funcionarios de la OTT rendidos a la amistad.

    "Como aves precursoras de primavera / En Madrid aparecen las violeteras / Que pregonando parecen golondrinas / Que van piando, que van piando".

       Y acabo con las últimas palabras del discurso de nuestra Chief Happiness Officer. Gracias, Pilar, por tanto. Y de parte de tantos, los mejores deseos de salud y felicidad: 

    "Gracias de corazón por estos años, por el cariño y por la compañía. Ha sido un privilegio. Y, aunque hoy me despida de mi vida laboral, no me despido de vosotros. Muchas gracias a todos y hasta siempre".
























A destacar

84, Charing Cross Road, de Helene Hanff

                          En una de las cartas del libro, Helene aclara al librero Doel que evidentemente sólo compra libros de segunda mano...

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