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lunes, 10 de agosto de 2026

Marjane Satrappi: morir de pena y tristeza



La caída del sha y la dictadura de los ayatolás

Marjane Satrapi tenía apenas 10 años cuando Irán vivió jornadas históricas: la caída del sha de Persia y el advenimiento de ayatolá Jomeini para regir los destinos de un país que los griegos llamaban Persia, y los propios habitantes de ese territorio Irán. Era el año 1979. Marjane había nacido en noviembre de 1969 en la ciudad de Rasht, la de las lluvias plateadas, en la región de Guilán, en las  orillas del mar Caspio,  donde lo musulmán se une a lo zoroastra y la influencia azerí a la turkmena. Una región de bosques frondosos y pluviosidad frecuente. Los Satrapi eran una familia acomodada y liberal que quería una educación europea y cosmopolita para su hija, a la que desde pequeña habían matriculado en el liceo francés de la ciudad. Los Satrapi vieron con buenos ojos la caída de Reza Pahlavi, sostenido por Estados Unidos, y que reinaba sobre un país con profundas desigualdades sociales y con una corrupción generalizada. Pero esta alegría duraría muy poco: la revolución de Jomeini se convirtió rápidamente en una dictadura. Pronto el país se vio en medio de una guerra contra Irak, que fue la excusa perfecta de los ayatolás para imponer una dictadura teocrática islámica, cuyo rasgo más visible fue la imposición del velo negro a las mujeres.

Soledad en Viena, desolación en Irán

                Marjane Satrapi abandonó Irán a los 14 años, para proseguir en Viena sus estudios de bachillerato en el Liceo Francés. En la capital austriaca tuvo que enfrentarse a un choque cultural, para el que no estaba preparada. Llegada de un país donde un abrazo en público de una mujer a un hombre era considerado como un acto sexual y, por lo tanto castigado, se sintió confundida por la liberación sexual que se vivía en Europa, así como el acceso fácil al alcohol y a las drogas. Sola y perdida, extranjera y sin familia en Austria, inició una relación amorosa con el joven Markus que resultó desastrosa. Durante tres meses vivió en la calle como una vagabunda. Reclamada por sus padres y harta de tanta soledad, volvió a Irán, y se encontró con un país desconocido que había pasado por una guerra que había dejado más de un millón de muertos. Un país con las cárceles llenas de opositores. Y con una dictadura que vigilaba la moral pública y cuyos guardianes de la revolución detenían y propinaban latigazos a la gente por cualquier motivo: el velo incorrectamente colocado, las uñas pintadas, los calcetines de colores, escuchar música occidental, acercarse más de lo debido al sexo contrario o expresar una idea leve en contra del régimen. Un país donde el Corán prohibía ejecutar a una muchacha virgen. Para cumplir el mandato coránico, la muchacha era violada y, a continuación, podía ser ejecutada sin ningún sentimiento de culpa. Para añadir más horror al horror, el violador era matrimoniado con la violada, y podía reclamar legalmente la dote a la familia de la muchacha violada y ejecutada.

La historietista que conquistó Francia

Marjane Satrapi aguantó poco tiempo en Irán. Abandonó el país de nacimiento y se instaló definitivamente en Francia, donde dio comienzo a su carrera creadora, como historietista, pintora y directora de cine.  Ser mujer y ser artista, tener ideas democráticas era incompatible con vivir en la tierra donde había nacido. En París, toma contacto con el mundo del cómic. Entra en el conocido Taller de los Vosgos, donde trabaja un grupo de historietistas. Un amigo dibujante le invita a contar su infancia y los recuerdos de su país en viñetas. Así surgió Persépolis, un libro que conocería un éxito fulgurante en Francia, y que fue premiado en el festival más importante del cómic de Angulema. Persépolis, editado en cuatro tomos, puso en el foco del mundo cultural la historia de las mujeres iraníes. Hasta ese momento la izquierda cultural europea había mirado a otra parte. La caída del Sha había sido saludada con extremo alborozo. Y nadie había querido ver que la revolución de Jomeini había traído una dictadura mucho más cruel. La cultura imperante en Occidente no había querido ver que las mujeres iraníes, que hasta 1978 gozaban de mucha libertad, vestían minifaldas, escuchaban rock y hablaban idiomas, habían vuelto a las cavernas. La vestimenta y el velo negros eran sólo la punta del iceberg de una violencia ejercida contra las mujeres en nombre del Corán, interpretado según los ayatolás y su régimen de terror.

Persépolis: memoria y denuncia

                Persépolis es una novela autobiográfica en viñetas pintadas únicamente en blanco y negro. Pero no es una historia contada desde el resentimiento y el odio, tampoco desde la ideología o del activismo político, que diríamos hoy. Es la historia de una niña rebelde, curiosa e inquieta, muy madura para su edad, pero en la que no falta, la sonrisa, el humor, la ironía. No es un ensayo, sino la experiencia de una joven que conoció los estertores del régimen del sha, los comienzos esperanzados de la política de Jomeini, la transformación en una dictadura teocrática, el autoexilio en Austria, el choque cultural europeo, el regreso a un Irán exhausto por la guerra contra Irak, y el abandono del propio país para regresar a Europa y poder expresarse con libertad.

               La vida de Marjane Satrapi fue breve pero intensa. Conoció el amor, pero también el éxito profesional. La película basada en su libro Persépolis, y que ella misma dirigió obtuvo numerosos premios y fue candidata al Óscar. Diseñó el tapiz oficial de los Juegos Olímpicos de París. Fue doctora honoris causa por las universidades de Lovaina y Buenos Aires. Y en 2024 recibió el premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades, su más alto reconocimiento internacional. Deja una obra que es un estímulo para los artistas del cómic, para los cineastas y los dibujantes, pero también para los que luchan por la igualdad de hombres y mujeres y por las libertades democráticas en los países del mundo afectados por el integrismo musulmán.

Morir de pena y tristeza

                Marjane Satrapi ha muerto en un momento en que su país había vuelto a las primeras páginas de los periódicos: el ataque de Trump a Irán y la batalla por el control del estrecho de Ormuz, paso obligado de los petroleros. Ha muerto en medio de un mundo dividido entre los que clamaban contra Trump y su imperialismo, y los que clamaban contra los ayatolás de Teherán y la violencia ejercida contra su propio pueblo. Un mundo dividido entre los que defendían el derecho internacional y los que defendían el derecho a ser libres en Irán. Las manifestaciones de signo distinto en varias ciudades europeas: unos en contra de la guerra emprendida por la administración estadounidense; otros en contra de la persistencia de la dictadura teocrática en la antigua Persia.

                Pero Marjane Satrapi, muy probablemente, ya no pensaba ni en unos ni en otros. En el fondo, a nadie le interesaban los derechos de las mujeres. Cada uno miraba para su propio interés y para su propia ideología. “El ser humano tiene que ir por delante de las ideologías”, había escrito Satrapi. La autora de Persépolis se fue hundiendo en la tristeza desde que en abril de 2025 había muerto el amor de su vida, su marido Carl Mattias Ripa, el sueco con eterno aire adolescente con el que había compartido su vida, y que le aportaba alegría y ligereza, a ella, que tenía alma y rostro de tragedia griega. Renunció a todos sus proyectos cuando supo que el cáncer había atacado para vencer cruelmente a Mattias Ripa. El pasado 4 de junio de 2026, su familia comunicaba que Marjane Satrapi “había muerto de pena y tristeza a los 56 años”. La mujer valiente que se había metido en mil batallas, que había luchado, desde el conocimiento de la realidad iraní, en contra de un régimen criminal que condenaba a todos, pero especialmente a las mujeres, a ser sombras andantes, cuerpos sin alma, dirigidos con mano de hierro por los enviados y los profetas de Allah, o más bien directamente por el Maligno. Marjane, arrastrada por la tristeza ha entrado finalmente en la nada. O tal vez se ha presentado de nuevo ante el amor de su vida. No sólo se muere de amor en la literatura o en las canciones melódicas. Dicen los expertos que el “síndrome de corazón roto”, técnicamente conocido como cardiomiopatía por estrés o cardiomiopatía Takotsubo, suele acaecer cuando el dolor intenso por el que se pasa tras la pérdida de un ser querido provoca una cardiomiopatía por estrés. La muerte de un ser querido, por ejemplo la pareja con la que hemos sido dichosos, es un acontecimiento traumático que puede llevar a la muerte, por un súbito desgaste del corazón. O puede arrastrar al suicido, por esa sensación de falta de sentido de la vida y un sufrimiento insoportable al constatar que se ha perdido todo lo que se poseía, y sentirse totalmente abandonado y sin horizonte.

Melena al viento y labios pintados

Su melena azabache larga y al viento y sus labios pintados de rojo pasión fueron su manera de presentarse ante el mundo. Una protesta silenciosa pero clara contra los que impusieron el velo para tapar el cabello y para tapar los labios de las mujeres, los labios que hablan y los labios que besan, con libertad y con pasión.

Carl Mattias Ripa y Marjane Satrapi

Portada de Persépolis
Una viñeta de Persépolis


Ruinas de los palacios de Persépolis

Tapiz de los Juegos Olímpicos de París



Entrega del Premio Princesa de Asturias





Funeral en París

Panteón de Marjane Satrapi y Carl Mattias Ripa










miércoles, 29 de julio de 2026

Misa de Réquiem en la Trapa

 

  

La música callada del órgano

El órgano de la iglesia de la Trapa de San Isidro de Dueñas enmudeció durante la misa de réquiem. Nadie acarició el teclado del órgano. El monje organista acababa de fallecer. Los cantos se sucedieron a lo largo de toda la ceremonia. Pero el órgano guardó silencio. No sé si fue necesidad. No sé si fue homenaje. En todo caso, una sencilla metáfora de esa certeza que nos dice que, cuando la muerte cierra nuestros ojos, la música de nuestro cuerpo calla para siempre: cesa ese sonido único e insustituible que emitía nuestra forma de ser y de estar en el mundo. No es verdad que somos piezas sustituibles y equivalentes de un engranaje mecánico carente de sentido. Algo de extraordinario y de único encierra el esqueleto y el pellejo y el aliento de cada ser humano. En la tarde del 24 de julio, en medio de un calor apabullante y de una España ardiendo por los cuatro costados, se celebró la misa de réquiem por el descanso eterno de Joaquín López Serra, monje trapense. En el funeral: los hermanos de la comunidad de San Isidro de Dueñas, los familiares, los amigos, los sacerdotes llegados para la concelebración, los fieles. Revestido con mitra y báculo, el abad preside la ceremonia.

 Los oficios y los días

Joaquín López Serra llevaba 51 años formando parte de este monasterio trapense. Había nacido en 1952 en Mataró y a los 23 años ingresó como novicio. Pronto se manifestó su temperamento artístico que se concretó en la música. Organista y compositor, formó parte de la Comisión de Música de la Región Española Cisterciense. Algunas de sus melodías y textos litúrgicos, al día de hoy, embellecen y otorgan espiritualidad a la liturgia de diversos monasterios de la Orden. "Para ti es mi música, Señor, ¿cuándo vendrás a mí" (Salmo 100).

También fue el encargado del Archivo del monasterio. Su afán investigador le llevó a moverse con soltura entre papeles y legajos, para conocer mejor la historia, no sólo del monasterio de San Isidro de Dueñas, sino también de la Orden Cisterciense.  

El estudio de la vida y la espiritualidad del hermano Rafael Arnáiz (canonizado en 2009) fue una constante para este monje trapense que acaba de llegar al final de su camino. En 2015 publicó un libro, titulado Haciendo Camino. Fue el fruto de su búsqueda en los papeles del Archivo de San Isidro de Dueñas: una recopilación de datos de las crónicas del monasterio para saber cómo fue percibido, tratado, sentido y ‘leído’ el hermano Rafael durante su breve pero fundamental estancia en el monasterio, y también después de su muerte. Un trabajo esmerado de investigación. El hermano Joaquín era el responsable del Secretariado de San Rafael Arnáiz.

 A cara descubierta hacia la Casa del Padre        

                En un momento de gran fecundidad intelectual y espiritual, el cáncer llamó bruscamente a la puerta del monje Joaquín. Dolorosa enfermedad que postró y rompió su cuerpo. Murió en la enfermería conventual el pasado 23 de julio, a los 73 años de edad. Como es tradición trapense, el féretro fue velado por sus hermanos en la Sala Capitular y en la Iglesia. La cara descubierta, la capucha enmarcando su rostro que la enfermedad había vuelto enjuto y afilado, la barba luenga y apostólica. Tal vez sea pedagógico mostrar  el rostro de los muertos, costumbre tan alejada del sentir actual, que esconde la muerte y la torna invisible. Dejamos esta vida con las marcas y las huellas del tiempo, de los años, de la enfermedad y del sufrimiento. Y sin embargo, generalmente, el rostro del difunto aún conserva una dulzura y una serenidad propias de quien, después de un duro bregar con la enfermedad, ha encontrado finalmente el descanso, el alivio y el sueño reparador.

 El salmo 117 en la procesión hacia el cementerio          

                La campana suena convocando a preces y sufragios. Los sacerdotes revestidos de morado. El incienso es perfume, sumo respeto y recordatorio de la presencia de un alma que permanece cuando el cuerpo se deshace y descompone. El agua bendita es rito, bendición, memoria de una filiación divina: “Porque la vida de los que en Ti creemos, Señor, no termina, se transforma. Y al deshacerse nuestra morada terrenal, adquirimos una mansión eterna en el Cielo”.

Ya el féretro, todavía descubierto, abandona la iglesia. Avanza por el claustro la procesión camino del cementerio conventual. Abad, sacerdotes, deudos, amigos, devotos del monasterio trapense, acompañan al hermano Joaquín  en esos primeros momentos del viaje hacia la Casa del Padre. El salmo 117 resuena por el claustro, con toda su carga de victoria y alabanza.

Alrededor de la cripta funeraria enclavada en el claustro se sitúan los asistentes a esta misa de réquiem. Dos monjes jóvenes descienden el féretro por las escaleras que llevan a la cripta. El abad asperja e inciensa por última vez el cuerpo sin vida de un monje que hizo de este monasterio, y durante medio siglo, celda, casa y huerto, biblioteca y archivo, refectorio, sala capitular, claustro y capilla, lugar de fraternidad, campo de batalla, encuentros de amistad, espacio de creatividad musical, ascenso y caída, salud y enfermedad, y, finalmente, cementerio. Y esperanza de Cielo.

Bajo un calor abrasador los monjes abandonan el cementerio conventual, y poco después lo hace el resto de congregados. En el claustro, presidido por una cruz, refulgente de luz a esa hora, aún resuena como un eco lejano y melancólico el salmo 117:

 “No he de morir, viviré

Para contar las hazañas del Señor…

Este es el día en que actuó el Señor

Sea nuestra alegría y nuestro gozo...

El Señor está conmigo, no temo;

¿Qué podrá hacerme el hombre…

En el peligro grité al Señor,

Y me escuchó, poniéndome a salvo…

Abridme las puertas del triunfo

Y entraré para dar gracias al Señor…

Dad gracias al Señor porque es bueno,

Porque es eterna su misericordia…”

 La herencia sobre las espaldas

                Abrazos y saludos de despedida. Palabras de reconocimiento y de homenaje para el monje trapense Joaquín, susurrados al oído de su hermana, o del abad o de cualquier otro monje. Unos minutos después, varios de los asistentes prolongan su presencia en el monasterio trapense asistiendo a la hora litúrgica de vísperas. Son las primeras vísperas solemnes del Apóstol  Santiago. La vida continúa. La liturgia se reanuda. La alabanza del rezo prosigue. Los monjes ocupan sus sitiales y el órgano vuelve a sonar de nuevo con un sonido algo ronco, algo triste todavía. La vida sigue después de cada Misa de Réquiem. Pero sigue y prosigue con la herencia, preciosa o desgraciada, bienhechora o maldita, sabia o necia, bondadosa o ruin, de cada muerto, de todos los muertos. El mundo es la suma de los que vivieron, y cuya herencia, de opresión o de consuelo, carga sobre las espaldas y sobre el alma de los que aún viven en esta tierra, tan dramática como magnífica.  

                 "Requiem aeternam dona eis, Domine, et lux perpetua luceat eis". Dale, Señor, el descanso eterno y brille sobre él la luz eterna.

 









El canto del salmo 117 por los monjes trapenses de San Isidro de Dueñas

https://www.youtube.com/watch?v=R_bYcrCbDCw

También sobre La Trapa en este Blog:

https://adanbreca.blogspot.com/2025/02/la-trapa-en-seis-pinceladas.html



lunes, 25 de mayo de 2026

Josef Beran: el inquebrantable arzobispo de Praga


El cardenal Beran junto a Pablo VI

                Cuando el cardenal Josef Beran falleció en Roma el 17 de mayo de 1969, el Papa Pablo VI ordenó algo bastante insólito: enterrarlo en las criptas vaticanas, es decir, en el lugar habitual donde se entierra a los papas.  Allí vi su sepulcro en 1977 cuando entré por primera vez en el Vaticano. Y ciertamente llamaba la atención, al lado de Juan XXIII y otros muchos pontífices.

                Josef Beran había nacido en 1888 en Pilsen, por entonces parte del Imperio Austrohúngaro. Era el hijo mayor de un maestro de escuela. Muy joven entró en el seminario para cursar sus estudios teológicos. A los 23 años fue ordenado sacerdote. Poco después lo vemos como profesor de teología y rector del seminario de Praga.

                Pero Praga es ocupada por los nazis. Y en 1942 la Gestapo considera al sacerdote Beran como un elemento subversivo. Es arrestado y enviado, primero, al campo de concentración de Theresienstadt y, posteriormente, a Dachau. Compartió trabajos forzados, hambre y penalidades como el resto de prisioneros, hasta que las tropas aliadas liberaron el campo en 1945. El superviviente Beran regresó a Praga. Apenas un año después, es nombrado arzobispo de la diócesis praguense, en cierta forma enviado a un peligroso campo de batalla, como se vería muy pronto. En 1947, Praga conmemoraba el noveno centenario de la muerte de San Adalberto de Praga, mártir, guía, modelo de cristiano, protector y patrón de Bohemia, Polonia, Hungría y Prusia. Josef Beran hizo vibrantes llamamientos a los católicos praguenses para que, superados los dramáticos años bajo la bota del nazismo, volviesen sus ojos a sus raíces cristianas y a los valores de sus antepasados en la fe. Los fieles católicos de Praga, después de la persecución nazi, encontraron en su arzobispo un líder seguro y un guía humano.

                Pero en 1948, un golpe de estado en Checoslovaquia, llevó a los comunistas al poder, bajo la atenta mirada y la dirección férrea de la Unión Soviética. Para los católicos el horizonte empezó a nublarse. Al arzobispo Béran le ofrecieron la impunidad si se ponía bajo el paraguas de las autoridades comunistas y abandonaba su fidelidad a un país extranjero. El país extranjero no era otro que la Iglesia de Roma.  Pero Beran se mostró inflexible. La persecución de la Iglesia no se hizo esperar: cierre de las escuelas y de los periódicos católicos, disolución de la bien organizada Acción Católica, trabas burocráticas, cortapisas y obstáculos. La respuesta del arzobispo tampoco se hizo esperar: ordenó que su carta “No calles, obispo”, fuese leída en todas las parroquias. En la festividad del Corpus Christi de 1949, con la catedral repleta de fieles, pero también de oficiales del régimen travestidos de devotos, gritó alto y claro contra la restricción de las libertades de creyentes y no creyentes y contra la imposición de un pensamiento único, el marxismo. Fue arrestado de inmediato, se le interrogó, se le prohibió el ejercicio de su ministerio y se le impuso un arresto domiciliario, sin contacto con el mundo exterior: ni prensa, ni radio ni televisión.

                Pero el arresto incomunicado no doblegó a este arzobispo de hierro. Por ello, las autoridades comunistas subieron el tono de la condena y lo trasladaron a la cárcel de Roslov. En ella permaneció 12 años. En el Tesoro de la Basílica de San Pedro, en medio de cálices maravillosos de todos los siglos, talleres y metales nobles, el visitante puede ver una lata (de sardinas). Esa lata sirvió al arzobispo Beran de cáliz para celebrar la eucaristía en su celda, cuando a escondidas podían pasarle, tal vez con la ayuda de algún carcelero compasivo, un poco de vino. Esa lata es testigo de esa iglesia perseguida, de catacumbas y cárceles, muy abundantes en todos los países comunistas del Este.

                En 1963, las autoridades checoslovacas se manifestaron dispuestas a liberar a este ilustre e insobornable prisionero, pero con una condición: no podría, en manera alguna, permanecer en territorio checoslovaco. El Vaticano lo acogió. Fue una decisión polémica. Para algunos, una claudicación de la Santa Sede; para otros, la única manera de llegar a pequeños acuerdos con la iglesia silenciada que vivía tras el Telón de Acero. El arzobispo Beran lo vivió con un inmenso sufrimiento, pues creía que era imperdonable alejarse de sus fieles perseguidos. Aceptó, con lágrimas en los ojos, la salida de la cárcel y el viaje a Roma. Por obediencia al Papa y por el bien de la Iglesia.

                Al llegar a Roma, pudo unirse a los obispos de todo el mundo que por aquellos días celebraban el Concilio Vaticano II. Este “testarudo que ni cedió ni traicionó” fue creado cardenal en 1965 por Pablo VI.  En ese mismo año, se discutió en el aula conciliar  la declaración sobre la libertad religiosa. Josef Beran pronunció un discurso memorable que recibió una larga ovación: “Desde el día en que la libertad de conciencia ha sido restringida radicalmente en mi país, se ha podido observar, entre los fieles, graves tentaciones de mentira, de hipocresía y otros grandes vicios. Y estos efectos deplorables son los mismos cuando la opresión pretende ejercerse en favor de la religión. Se puede decir que en Bohemia, la Iglesia expía hoy violaciones de la libertad religiosa en el siglo XV y la conversión forzada de una gran parte del pueblo en el siglo XVIII. La experiencia actual y la historia piden, por lo tanto, que el concilio proclame el principio de la libertad religiosa claramente y sin restricción…”.

                En enero de 1969, el joven universitario Jan Palach se prendió fuego en la plaza de San Wenceslao de Praga, para llamar la atención sobre la situación de opresión que se vivía en su nación. Su sacrificio despertó las conciencias de los checoslovacos y provocó numerosas protestas y enfrentamientos que fueron sofocados por el régimen, poniendo fin a la llamada Primavera de Praga. Y sin embargo, Jan Pallach, inmolándose a lo bonzo, prendió la mecha de la dignidad de un pueblo, que dos décadas más tarde acabaría con el régimen comunista. Justo después de la muerte de Jan Palach, Josef Béran dirigió desde Roma un mensaje de reconciliación a su pueblo, prestando así un último servicio como arzobispo: “No consumamos en el odio nuestras energías espirituales, invirtámoslas en la concordia, en el trabajo, en el servicio a nuestros hermanos, en una nueva prosperidad para Checoslovaquia”.

                Pocos meses después, el cardenal Josef Béran murió en su doloroso exilio romano, después de haber pasado por el campo de concentración nazi y por la cárcel comunista. Pablo VI reconoció su excepcional figura con el privilegio de darle sepultura entre Papas: “por su invicta fortaleza y su incansable fidelidad, acompañados de un carácter siempre manso a pesar de tantas pruebas”.

                Y allí en las grutas vaticanas, lo pudieron ver todos los turistas del mundo, pero también los creyentes que, arrodillados, expresaban la admiración por este cardenal indoblegable. Y esto fue así hasta el año 2018, cuando el Papa Francisco autorizó que los restos mortales abandonasen suelo vaticano camino de su tierra checa, tal era el sentido de su testamento: volver entre los suyos. Fue enterrado definitivamente en la catedral de San Vito de Praga, donde permanece como memoria y recordatorio de un tiempo de horror y violencia, pero también un tiempo en que algunos hombres de Iglesia defendieron la libertad innegociable y guiaron a su pueblo en esa larga noche oscura que atravesó Europa. 





Tumba del cardenal Beran en las criptas vaticanas

2018: Los restos del cardenal Beran vuelven a Praga

Catedral de San Vito: sepultura del cardenal Beran


Lata de sardinas utilizada por Josef Beran como cáliz (Tesoro de San Pedro)

sábado, 31 de enero de 2026

Pilar Cuesta: el discurso de una Chief Happiness Officer


     En la oficina pasamos muchas horas. Hay un mínimo que es y debería ser exigible: el compañerismo. Esa actitud que está hecha de cortesía, respeto, colaboración, trabajo en equipo, y eso que denominamos "hoy por ti, mañana por mí". Cuando no se llega a ese mínimo, el trabajo se hace cuesta arriba, la penosidad aflora, se corta la espontaneidad y el resultado es un montón de islas flotando a la deriva en el ancho océano de siete y media de la mañana a tres de la tarde.

    Pero a veces sucede que la gente va más allá del mero civismo, y los compañeros de trabajo se esfuerzan en ponerlo fácil, en no chismorrear, en echar una mano antes de que se solicite, en enseñar todo lo que uno sabe, en crear un ambiente de naturalidad donde nadie se sienta juzgado por su forma de ser, de trabajar, de vestir o de hablar. Esa atmósfera es posible porque hay personas que, con su bondad o su sabiduría, mejoran el territorio del trabajo.  

    La despedida de Pilar Cuesta Cosías, el pasado 28 de enero de 2026, se convirtió en un recordatorio de todo esto: la Administración funciona o no funciona dependiendo de la calidad humana de los que en ella trabajan: 

    "He estado en esta oficina casi veintidós años. Y cuando digo que para mí ha sido mi casa, no lo digo por las paredes ni por los pasillos. Lo digo porque aquí he estado a gusto: por el buen ambiente, por ese sentimiento de pertenecer, por haberme sentido valorada y, sobre todo, por la tranquilidad íntima de saber que mi trabajo era útil".

     Algunas empresas, sobre todo en el sector de las tecnológicas, se han dado cuenta de que, en lo que que se refiere a productividad, resolución de conflictos y creatividad laboral, funciona mejor la sonrisa que el látigo, mejor la empatía que la cara avinagrada, mejor la invitación que la orden tajante. Surge así el Jefe de la Felicidad (en inglés CHO, Chief Happyness Officer), una figura laboral que, por su carácter y su competencia profesional, es capaz de disolver tensiones, estimular al equipo, animar y cuidar a las personas.

  "Si me hubieran dejado inventar un cargo —con una sonrisa y sin grandilocuencias— os confieso que a mí me habría gustado ser una buena CHO, la “jefa de la felicidad”. No como título, sino como intención: cuidar el clima, aliviar tensiones, poner un poco de luz en lo cotidiano y recordar que aquí, antes que expedientes y plazos, hay personas".

    A esto hizo referencia en su discurso de agradecimiento nuestra compañera y amiga entrañable Pilar Cuesta Cosías, durante la comida-homenaje por su jubilación, en el restaurante Matamales de la ciudad de Valladolid. El discurso en cuestión vino a subrayar uno de los secretos de ese 'espíritu otetero', al que yo también pertenecí durante varios años.

    "He sido secretaria técnica, sí. Pero, si lo pienso con cariño, mi oficio —como algunos me habéis hecho ver— ha sido el de facilitar: allanar el camino para que el trabajo de los demás saliera adelante y para que, dentro de lo posible, la vida no se quedara fuera de la oficina. Siempre he pensado que lo principal es el personal, que una administración no funciona solo por los procedimientos, sino por las personas. Por eso he cuidado tanto el ambiente, la conciliación, la flexibilidad, el trato: porque cuando la gente está a gusto, todo lo demás funciona mejor.

    En el discurso de Pilar hay palabras que se repiten: personas, corazón, luz, aprendizaje, humanidad, convivencia, compañía, cuidado, amistad, confianza, respaldo, bienestar, amigos, y sobre todo gratitud...

    "Agradezco a todos, sin excepción, porque casi todo el colectivo habéis sido de una entrega ejemplar: siempre dispuestos a colaborar, a cubrir donde hiciera falta, a enseñar a los nuevos y con buena cara. Eso también construye oficina. Eso también construye casa"

    Mientras Pilar leía sus cuartillas se me vino a la cabeza un verso de la canción Viva la gente. Los educadores de mi internado querían que lo aprendiésemos de memoria y lo grabásemos en nuestras molleras infantiles. Cuando cantábamos esa frase de la canción duplicábamos el tono y la energía para subrayar la importancia: "Las cosas son importantes / pero la gente lo es más", mientras balanceábamos cuerpo y brazos, como era habitual en la época.

    Pilar ha pasado media vida laboral en la Oficina Territorial de Trabajo, marcando un estilo ("el estilo es el hombre"), toda una época, especialmente en los durísimos tiempos del Covid, como ella misma nos recordó:

    "Si tuviera que quedarme con un capítulo que nos cambió a todos, hablaría de la pandemia. El Covid supuso muchísimo trabajo: éramos servicios esenciales y todo se volvió enorme y urgente. Pero ocurrió algo que yo no olvido: nos unimos más. Nos organizamos, nos cubrimos, nos cuidamos. Fue duro, sí, pero también enriquecedor, porque me confirmó que cuando un equipo se reconoce, puede con lo imposible".

         Aquella chica rubia, con su melena Bardot o su melena escarolada, según días de sol o de lluvia, que llegó a la OTT hace 22 años, acaba de jubilarse. Las celebraciones de despedida son una especie de termómetro que mide el 'calor humano" que el homenajeado ha sabido crear a su alrededor. En la larga mesa de 36 cubiertos nos juntamos compañeros de varias hornadas, de escasos o múltiples trienios, jubilados novatos o experimentados, servidores públicos adscritos en este momento a la OTT, y también muchos 'ex alumnos' de la Calle Santuario, nº 6. Cada uno tenía un motivo y una razón para estar en esa mesa y  sobremesa. Y también tenía un gracias en el bolsillo de su corazón que, verbalizado o no, era el motivo principal para arropar a Pilar, vestida para la ocasión de verde esperanza o verde futuro, yo no los distingo. Pilar supo crear buen ambiente, facilitar muchas gestiones, servirse del cargo de secrearia técnica para prestar un servicio que facilitase un poco esas horas, semanas y años de trabajo.

  "Hoy cierro una etapa con una mezcla de sentimientos. Estoy feliz, porque por fin voy a poder entregarme a otras partes de mi vida. Y estoy triste, porque despedirse no es un trámite: es un duelo". 

    Las palabras acarician como lo hacen las yemas de los dedos. Las palabras abrazan con la misma intensidad que un fuerte abrazo con palmadita final. Las palabras sanan y curan, como lo hacen las medicinas. Gracias, Pilar, por tus palabras de despedida, no sólo porque fueron hermosas, que también, sino porque te fotografíaron y te reflejaron. Nos fotografiaron y nos reflejaron. La celebración del pasado 28 de enero fue, además de un homenaje y una celebración de despedida, también una reivindicación de la bondad, esa bondad que  mejora y nos mejora.   

          Por todo ello, una súplica a todos los que nos hallamos presentes en el homenaje: no echemos en saco rato el último consejo que Pilar nos regaló en su discurso: 

    "Solo me queda pediros una cosa, como despedida: que os cuidéis, que os tratéis bien y que sigáis eligiendo trabajar en equipo. Que no perdáis esa forma de estar que hace que una oficina pueda sentirse como casa: buen ambiente, pertenencia, reconocimiento, utilidad.

    A Pilar le esperan muchas cosas buenas, porque mantiene intacta la ilusión de una universitaria de Hispánicas por cada mañana, por cada día siguiente. Le esperan los cafés con los compañeros, los muchos abrazos aún por repartir a los amigos, las flores y las macetas en Sahagún, las sentadas en el ordenador para seguir aprendiendo con la IA, sus complicidades y 'cameos' en las recetas que elabora su hijo, Alberto, cocinero e influencer (para mí la fotografía más hermosa de Pilar es la que aparece en su perfil al lado de su niño del alma), sus libros y sus audiolibros, sus cuadernos de dibujos de acuarela y apuntes, sus tablas de gimnasia, su afición a los viajes y, de vez en cuando, unos minutos, micrófono en mano, en una velada de karaoke.

    Gracias, Pilar, por tu presencia en la vida cotidiana de la OTT, por tu atención a las personas, que son siempre el expediente más difícil, pero también el más satisfactorio. Después de la celebración de despedida, volvimos a casa con un montón de imágenes: reencuentros, abrazos, brindis, fotos de grupo, ricas viandas, gintonic en la mano, conversaciones, bromas, alguna tomadura de pelo, puestas al día y un montón de buenos deseos de amistad... Y también con un puñadito de caramelos de violeta, con dedicatoria de puño y letra: "Gracias por hacer el día a día más amable y más bonito". Esos caramelos de esencia de violeta de la Plaza Canalejas de Madrid, que han conquistado a reinas y amantes de reyes, a chulapos y forasteros, y también a funcionarios de la OTT rendidos a la amistad.

    "Como aves precursoras de primavera / En Madrid aparecen las violeteras / Que pregonando parecen golondrinas / Que van piando, que van piando".

       Y acabo con las últimas palabras del discurso de nuestra Chief Happiness Officer. Gracias, Pilar, por tanto. Y de parte de tantos, los mejores deseos de salud y felicidad: 

    "Gracias de corazón por estos años, por el cariño y por la compañía. Ha sido un privilegio. Y, aunque hoy me despida de mi vida laboral, no me despido de vosotros. Muchas gracias a todos y hasta siempre".
























domingo, 23 de noviembre de 2025

El cura Antonio Ronchi: el 'patagón' de Dios

 


            Parece ser que Magallanes y sus compañeros fueron los que dieron a los habitantes de la región más austral de Sudamérica, los tehuelches, el nombre de patagones, por su elevada estatura, y en alusión al gigante Pataghón que aparece en la novela de caballerías Primaleón.

          El pasado verano, en el momento del café, mi amigo y misionero en Chile, P. Alfonso Martínez, sacó de su mochila un libro y me lo entregó: El cura Ronchi, de Roberto Gómez Suárez. En una heladora mañana de noviembre, con un café en la mano, al agrego de solillo invernal, he concluido esta biografía. Primera impresión: cuesta entender que hayan existido hombres así, verdaderos gigantes, 'patagones', al servicio de los más abandonados y aislados, precisamente en la Patagonia de Chile.

            Antonio Ronchi nació en 1930, en un pueblo de la provincia de Milán, de una madre muy religiosa y de un padre que pisaba la iglesia justo cuando no quedaba más remedio y que creía que los curas eran todos unos holgazanes. El padre, emprendedor y dinámico, tenía grandes planes comerciales para su primogénito varón, Antonio. Pero éste, poco a poco, empezó a frecuentar la iglesia y el oratorio, y manifestó su voluntad de entrar en el seminario de los padres guanelianos. El enfado se apoderó del padre y con una cierta ira le espetó: “¡Anda a hacerte cura que no servís pa’ na’!”

            Una noche, su madre, Agnese Berra, tuvo un sueño: “Vi un lugar lleno de gente que tenía hambre. No sé qué sitio era. Esta gente esperaba algo… De repente tú, Antonio, aparecías con una cesta grande de pequeños panes. La gente se sintió feliz de lo que tú llevabas y empezaron a saciarse. Tú te veías muy pequeño y muy pobre; más pobre incluso que ellos”.

            Ordenado sacerdote, manifestó su deseo de ir a tierra de misiones. “al lugar más difícil que exista, donde todo esté por hacerse”. A veces Dios acepta a la primera nuestras oraciones. En agosto de 1960, en el puerto de Génova, comienza la aventura misionera de Antonio Ronchi. La Patagonia chilena será su destino. Y concretamente la región de Aysén, allí donde el diablo perdió el poncho o donde Cristo perdió el zapato.

La Patagonia: Un lugar extremo, donde el salvajismo de las olas y de los vientos, y la intensidad de frío empequeñece y enloquece a cualquiera. Apunta el explorador Roquefere: “El metabolismo patagónico es de continuo cambio geológico, telúrico y  espacial. Todos los días ocurre un cataclismo: un río cambia bruscamente su curso, un lago desaparece, un glaciar se desborda, una etnia se extingue, una montaña se hunde y las piedras ‘caminan’ de un lugar a otro”. Glaciares, fiordos, selva fría, campos de hielo, lagos, ríos y pampa y una extensión inabarcable, donde malviven hombres y mujeres perdidos y aislados en esa inmensidad, abandonados a su suerte por el Estado y ¿tal vez dejados de la manos de Dios?.

            La climatología es extrema. Y la pobreza también. La falta de alimentos es endémica, el aislamiento del resto de la civilización es insalvable. Las condiciones educativas y sanitarias son deplorables. Al aventurero Ronchi no le arredra la climatología extrema. Y la pobreza le estimula, desafía, aguijonea y arrastra a un despliegue de actividad y de servicio tan extremos como el clima austral.

            Y este misionero guaneliano se dedicó durante 30 años a recorrer el ‘planeta Patagonia’, a pie, en barca, a caballo, en solitario. Jornadas extenuantes de viaje, dormir a la intemperie, helarse de frío, perderse en los bosques, embarcarse en el mar proceloso, para encontrarse con unos seres humanos que peleaban con el mar y con la tierra, ver con sus propios ojos las necesidades y poner remedio, llevar esperanza, consuelo y también una pequeña candela de fe que asegurara a los patagones que Dios  no les abandonaría.      

            Y así emprendió su obra titánica de caridad entre los patagones. Con su sotana sucia de barro, con sus dotes de persuasión, con su argumentario incontestable, con su pesada insistencia, con sus botas empapadas, con su vozarrón que competía con el viento, recorrió leguas y leguas, aguas y aguas, pero también despachos gubernamentales, para exponer las urgentes necesidades de esa tierra perdida. Y no sólo en Chile, también en su tierra natal, Italia, en Francia en Estados Unidos, en las sedes de la por entonces Comunidad Económica Europea. Lo más urgente eran los alimentos. Los alimentos escaseaban. Nada se podía comprar porque nada había para comprar. A través de una asociación francesa Aide au Tiers Monde que enviaba alimentos a África que le proporcionaba la CEE, consiguió que esos alimentos se enviasen también a la Patagonia. Fue una proeza. Toneladas y más toneladas de alimentos llegaron a este extremo del mundo. Una nota de la aduana con fecha  21 de febrero de 1984 señala que se recibieron de la CEE con destino a las actividades caritativas de P. Ronchi: 80 000 kg de leche en polvo, 1500 cajas de mantequilla y 30 toneladas de aceite. Y así sucesivamente.

            Pero Antonio Ronchi no quería que los patagones se sintieran mendigos que reciben leche en polvo, aceite o carne enlatada, sino protagonistas de su progreso. Y así ideó lo que él llamaba “trabajo por alimentos”. Los alimentos eran repartidos, pero los hombres y mujeres se comprometían a realizar trabajos en beneficio de la comunidad. Surgieron escuelas, pequeños puertos, postas, cabañas, talleres, caminos, pasarelas, puentes, almacenes, capillas, aserraderos…

            Pero a La Patagonia, no sólo llegaron alimentos, también toda clase de maquinaria y herramientas: tractores, segadores, secadoras de madera, máquinas de coser, motores fuera borda, motosierras, palas mecánicas y todo lo necesario para instalar una producción maderera. Él mismo aprendió a manejar toda esta maquinaria, para enseñar a otros.

            Antonio Ronchi pertenecía a los guanelianos, pero era un tipo que iba a su aire y a su bola. Se “sentía guaneliano hasta la médula y hasta la muerte , pero era incapaz de atenerse a los tiempos y a los ritmos de una comunidad guaneliana. Entraba, salía, corría. No tenía horarios, no tenía reglas, no pedía permiso. Un viento tan impetuoso como el de la climatología austral, le empujaba siempre más allá. Permaneció guaneliano hasta el final de su vida, pero un guaneliano sui géneris. Algunos le admiraban; otros no lo comprendían o lo juzgaban con severidad. Algunos, a su muerte, reconocieron su humanidad y su santidad. Probablemente sentirse incomprendido o juzgado severamente por algunos de sus hermanos guanelianos o por otros sacerdotes y algún obispo fue la única cruz que sintió sobre sus fuertes espaldas de patagón.

De don Guanella había aprendido dos cosas. Mantuvo una fe sin fisuras en la Divina Providencia a la que ‘culpaba’ de todo el bien que había hecho en La Patagonia. Y memorizó una frase (no sé si la única), que la cumplió al pie de la letra hasta el último aliento: “No podemos cruzarnos de brazos mientras haya pobres que socorrer”. Esta máxima era su razón de ser, su excusa perfecta para no pararse nunca quieto y la gasolina para su actividad desbocada.

            Capítulo aparte merece el tema de las estaciones de radio y televisión que instaló en decenas de territorios. Si los alimentos eran su lucha contra el hambre. Si la maquinaria era su lucha contra el atraso económico. La radio y la televisión fueron su lucha contra el aislamiento secular de la Patagonia. Después de muchos tiras y aflojas, el ministerio chileno tuvo que otorgar los permisos necesarios para la instalación de estaciones de radio y televisión. Las parabólicas intentaban captar las señales, pero desde las estaciones también se retransmitía producción propia: avisos útiles para la población, música, eucaristías, formación. Fue una verdadera promoción humana y social. En este campo, sobre todo, se manifestó como un hombre adelantado a su tiempo. Por primera vez los habitantes de estas regiones aisladas empezaron a conocer lo que sucedía en otros lugares, ver cine televisado, recibir información y formación, misas, catequesis y rezos retransmitidos, y mostrar al resto de los chilenos su forma de vida, sus costumbres, sus pequeños progresos, sus rostros, incluso. Estos canales de radio y televisión fueron bautizados con el nombre de MADIPRO (Madre de la Divina Providencia).

             Su fe en la Divina Providencia, que asiste, protege, consuela y otorga a cada uno de sus hijos, era una fe sin fallas. Cuando recibía aplausos y elogios, siempre decía que todo era mérito de la Divina Providencia. Muchos le tildaron de preocuparse únicamente por el progreso humano. Pero este libro de Roberto Gómez Suárez nos da mil razones para entender que los bienes materiales que el cura Ronchi donaba no eran “más que el anzuelo para llevar a todos los patagones a Dios”. Cuando llegaba a un sitio, lo primero que hacía era celebrar la misa, rezar el rosario, bautizar, casar, visitar a los enfermos y bendecirlos. Dios estaba en sus labios y en su corazón. Pero su fe no era teórica ni abstracta ni descarnada. Su fe iba directamente a la carne llagada de Cristo. Unas llagas de hambre, de atraso económico y de incomunicación.

            Cura extravagante, revolucionario, cura marxista y también fascista (porque defendía a los pobres o se inmiscuía en temas que competían al Estado), bulldozer de la Patagonia, el padre Hurtado de Aysén, activista radical, hombre ejemplar, El cura ‘rasca’, gran promotor social, religioso ‘desobediente’, gigante de la caridad, emprendedor, cristiano cabal que entregaba alimentos, construía casas, abría caminos y ponía en comunicación a los villorrios aislados.

            El paso de Antonio Ronchi por estas latitudes, mejoró las condiciones de vida de muchos patagones. Cuando el 17 de diciembre de 1997 murió en Santiago de Chile, las gentes sencillas de la Patagonia, que no sabían de teologías, lo lloraron como a un padre y lo “canonizaron” como a un santo. Calles, plazas, escuelas, puertos, barcazas, estaciones de radio y televisión, monumentos, un museo, una isla y una fundación llevan su nombre.

            Desde todos los poblados por donde el cura Ronchi había pasado llegaron peticiones para que sus restos mortales descansasen en esa tierra que él había amado y servido hasta el último día. Finalmente se decidió que fuese enterrado en Puerto Aysén, en un sepulcro en forma de barca. Miles de personas lo acompañaron; cada uno tenía un motivo y una anécdota para ese homenaje. El féretro fue depositado en el sepulcro y fue cubierto con saquitos de tierra de islas, poblados, villorrios, puertos y territorios que habían sido pisados por las botas embarradas de P. Antonio Ronchi, mientras que un coro de miles de personas rezaban, lloraban y cantaban a la vez un canto a él tan querido: Santa María del Camino: “Aunque te digan algunos que nada puede cambiar, lucha por un mundo nuevo, lucha por la verdad”.

            A las generaciones venideras probablemente les será difícil creer que un solo hombre pudo llevar a cabo tantas empresas en favor de los hombres y mujeres de Puerto Aysén, de Puerto Marín Balmaceda, de Puyuhuapi, de Lago Verde, de La Tapera, de Villa Amengual, de Caleta Tortel, de Villa O’Higgins, de Puerto Ibáñez, Cerro Castillo, Levicán, Murta, Río Tranquilo, Machinal, Mallín Grande, Guadal, Bertrand, El Plomo, Cochrane, Los Ñadis, Ruta San Carlos, Lago Vargas, Chacabuco, Puerto Cisnes, Mañihuales, Villa Orteg, Ñireguao, Río Negro, Chulín, Chaulinec, Chadno Central, la Junta, Villa la Tapera, Puerto Aguirre, Caleta Andrade, Melinka, Puerto Yungay, Puerto Sánchez, Puerto Cristal, Isla Toto, Puerto Gaviota, El Toqui, Río Tranquilo, Coyhaique…

                              Viejas crónicas que hablan de la Tierra de los patagones                  


Portada del libro "El cura Ronchi"




Documental sobre la vida del misionero de La Patagonia

Museo Antonio Ronchi en Villa O'Higgins

Escultura del cura Ronchi en el corazón de La Patagonia

Exposición temporal en el Museo Regional de Aysén

Una Fundación continúa la obra del cura Ronchi






Parabólica en una de las muchas estaciones de radio y televisión







Celebración de la eucaristía de un grupo de peregrinos





Mausoleo de Antonio Ronchi en Puerto Aysén (Patagonia)


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