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sábado, 31 de enero de 2026

Pilar Cuesta: el discurso de una Chief Happiness Officer


     En la oficina pasamos muchas horas. Hay un mínimo que es y debería ser exigible: el compañerismo. Esa actitud que está hecha de cortesía, respeto, colaboración, trabajo en equipo, y eso que denominamos "hoy por ti, mañana por mí". Cuando no se llega a ese mínimo, el trabajo se hace cuesta arriba, la penosidad aflora, se corta la espontaneidad y el resultado es un montón de islas flotando a la deriva en el ancho océano de siete y media de la mañana a tres de la tarde.

    Pero a veces sucede que la gente va más allá del mero civismo, y los compañeros de trabajo se esfuerzan en ponerlo fácil, en no chismorrear, en echar una mano antes de que se solicite, en enseñar todo lo que uno sabe, en crear un ambiente de naturalidad donde nadie se sienta juzgado por su forma de ser, de trabajar, de vestir o de hablar. Esa atmósfera es posible porque hay personas que, con su bondad o su sabiduría, mejoran el territorio del trabajo.  

    La despedida de Pilar Cuesta Cosías, el pasado 28 de enero de 2026, se convirtió en un recordatorio de todo esto: la Administración funciona o no funciona dependiendo de la calidad humana de los que en ella trabajan: 

    "He estado en esta oficina casi veintidós años. Y cuando digo que para mí ha sido mi casa, no lo digo por las paredes ni por los pasillos. Lo digo porque aquí he estado a gusto: por el buen ambiente, por ese sentimiento de pertenecer, por haberme sentido valorada y, sobre todo, por la tranquilidad íntima de saber que mi trabajo era útil".

     Algunas empresas, sobre todo en el sector de las tecnológicas, se han dado cuenta de que, en lo que que se refiere a productividad, resolución de conflictos y creatividad laboral, funciona mejor la sonrisa que el látigo, mejor la empatía que la cara avinagrada, mejor la invitación que la orden tajante. Surge así el Jefe de la Felicidad (en inglés CHO, Chief Happyness Officer), una figura laboral que, por su carácter y su competencia profesional, es capaz de disolver tensiones, estimular al equipo, animar y cuidar a las personas.

  "Si me hubieran dejado inventar un cargo —con una sonrisa y sin grandilocuencias— os confieso que a mí me habría gustado ser una buena CHO, la “jefa de la felicidad”. No como título, sino como intención: cuidar el clima, aliviar tensiones, poner un poco de luz en lo cotidiano y recordar que aquí, antes que expedientes y plazos, hay personas".

    A esto hizo referencia en su discurso de agradecimiento nuestra compañera y amiga entrañable Pilar Cuesta Cosías, durante la comida-homenaje por su jubilación, en el restaurante Matamales de la ciudad de Valladolid. El discurso en cuestión vino a subrayar uno de los secretos de ese 'espíritu otetero', al que yo también pertenecí durante varios años.

    "He sido secretaria técnica, sí. Pero, si lo pienso con cariño, mi oficio —como algunos me habéis hecho ver— ha sido el de facilitar: allanar el camino para que el trabajo de los demás saliera adelante y para que, dentro de lo posible, la vida no se quedara fuera de la oficina. Siempre he pensado que lo principal es el personal, que una administración no funciona solo por los procedimientos, sino por las personas. Por eso he cuidado tanto el ambiente, la conciliación, la flexibilidad, el trato: porque cuando la gente está a gusto, todo lo demás funciona mejor.

    En el discurso de Pilar hay palabras que se repiten: personas, corazón, luz, aprendizaje, humanidad, convivencia, compañía, cuidado, amistad, confianza, respaldo, bienestar, amigos, y sobre todo gratitud...

    "Agradezco a todos, sin excepción, porque casi todo el colectivo habéis sido de una entrega ejemplar: siempre dispuestos a colaborar, a cubrir donde hiciera falta, a enseñar a los nuevos y con buena cara. Eso también construye oficina. Eso también construye casa"

    Mientras Pilar leía sus cuartillas se me vino a la cabeza un verso de la canción Viva la gente. Los educadores de mi internado querían que lo aprendiésemos de memoria y lo grabásemos en nuestras molleras infantiles. Cuando cantábamos esa frase de la canción duplicábamos el tono y la energía para subrayar la importancia: "Las cosas son importantes / pero la gente lo es más", mientras balanceábamos cuerpo y brazos, como era habitual en la época.

    Pilar ha pasado media vida laboral en la Oficina Territorial de Trabajo, marcando un estilo ("el estilo es el hombre"), toda una época, especialmente en los durísimos tiempos del Covid, como ella misma nos recordó:

    "Si tuviera que quedarme con un capítulo que nos cambió a todos, hablaría de la pandemia. El Covid supuso muchísimo trabajo: éramos servicios esenciales y todo se volvió enorme y urgente. Pero ocurrió algo que yo no olvido: nos unimos más. Nos organizamos, nos cubrimos, nos cuidamos. Fue duro, sí, pero también enriquecedor, porque me confirmó que cuando un equipo se reconoce, puede con lo imposible".

         Aquella chica rubia, con su melena Bardot o su melena escarolada, según días de sol o de lluvia, que llegó a la OTT hace 22 años, acaba de jubilarse. Las celebraciones de despedida son una especie de termómetro que mide el 'calor humano" que el homenajeado ha sabido crear a su alrededor. En la larga mesa de 36 cubiertos nos juntamos compañeros de varias hornadas, de escasos o múltiples trienios, jubilados novatos o experimentados, servidores públicos adscritos en este momento a la OTT, y también muchos 'ex alumnos' de la Calle Santuario, nº 6. Cada uno tenía un motivo y una razón para estar en esa mesa y  sobremesa. Y también tenía un gracias en el bolsillo de su corazón que, verbalizado o no, era el motivo principal para arropar a Pilar, vestida para la ocasión de verde esperanza o verde futuro, yo no los distingo. Pilar supo crear buen ambiente, facilitar muchas gestiones, servirse del cargo de secrearia técnica para prestar un servicio que facilitase un poco esas horas, semanas y años de trabajo.

  "Hoy cierro una etapa con una mezcla de sentimientos. Estoy feliz, porque por fin voy a poder entregarme a otras partes de mi vida. Y estoy triste, porque despedirse no es un trámite: es un duelo". 

    Las palabras acarician como lo hacen las yemas de los dedos. Las palabras abrazan con la misma intensidad que un fuerte abrazo con palmadita final. Las palabras sanan y curan, como lo hacen las medicinas. Gracias, Pilar, por tus palabras de despedida, no sólo porque fueron hermosas, que también, sino porque te fotografíaron y te reflejaron. Nos fotografiaron y nos reflejaron. La celebración del pasado 28 de enero fue, además de un homenaje y una celebración de despedida, también una reivindicación de la bondad, esa bondad que  mejora y nos mejora.   

          Por todo ello, una súplica a todos los que nos hallamos presentes en el homenaje: no echemos en saco rato el último consejo que Pilar nos regaló en su discurso: 

    "Solo me queda pediros una cosa, como despedida: que os cuidéis, que os tratéis bien y que sigáis eligiendo trabajar en equipo. Que no perdáis esa forma de estar que hace que una oficina pueda sentirse como casa: buen ambiente, pertenencia, reconocimiento, utilidad.

    A Pilar le esperan muchas cosas buenas, porque mantiene intacta la ilusión de una universitaria de Hispánicas por cada mañana, por cada día siguiente. Le esperan los cafés con los compañeros, los muchos abrazos aún por repartir a los amigos, las flores y las macetas en Sahagún, las sentadas en el ordenador para seguir aprendiendo con la IA, sus complicidades y 'cameos' en las recetas que elabora su hijo, Alberto, cocinero e influencer (para mí la fotografía más hermosa de Pilar es la que aparece en su perfil al lado de su niño del alma), sus libros y sus audiolibros, sus cuadernos de dibujos de acuarela y apuntes, sus tablas de gimnasia, su afición a los viajes y, de vez en cuando, unos minutos, micrófono en mano, en una velada de karaoke.

    Gracias, Pilar, por tu presencia en la vida cotidiana de la OTT, por tu atención a las personas, que son siempre el expediente más difícil, pero también el más satisfactorio. Después de la celebración de despedida, volvimos a casa con un montón de imágenes: reencuentros, abrazos, brindis, fotos de grupo, ricas viandas, gintonic en la mano, conversaciones, bromas, alguna tomadura de pelo, puestas al día y un montón de buenos deseos de amistad... Y también con un puñadito de caramelos de violeta, con dedicatoria de puño y letra: "Gracias por hacer el día a día más amable y más bonito". Esos caramelos de esencia de violeta de la Plaza Canalejas de Madrid, que han conquistado a reinas y amantes de reyes, a chulapos y forasteros, y también a funcionarios de la OTT rendidos a la amistad.

    "Como aves precursoras de primavera / En Madrid aparecen las violeteras / Que pregonando parecen golondrinas / Que van piando, que van piando".

       Y acabo con las últimas palabras del discurso de nuestra Chief Happiness Officer. Gracias, Pilar, por tanto. Y de parte de tantos, los mejores deseos de salud y felicidad: 

    "Gracias de corazón por estos años, por el cariño y por la compañía. Ha sido un privilegio. Y, aunque hoy me despida de mi vida laboral, no me despido de vosotros. Muchas gracias a todos y hasta siempre".
























domingo, 23 de noviembre de 2025

El cura Antonio Ronchi: el 'patagón' de Dios

 


            Parece ser que Magallanes y sus compañeros fueron los que dieron a los habitantes de la región más austral de Sudamérica, los tehuelches, el nombre de patagones, por su elevada estatura, y en alusión al gigante Pataghón que aparece en la novela de caballerías Primaleón.

          El pasado verano, en el momento del café, mi amigo y misionero en Chile, P. Alfonso Martínez, sacó de su mochila un libro y me lo entregó: El cura Ronchi, de Roberto Gómez Suárez. En una heladora mañana de noviembre, con un café en la mano, al agrego de solillo invernal, he concluido esta biografía. Primera impresión: cuesta entender que hayan existido hombres así, verdaderos gigantes, 'patagones', al servicio de los más abandonados y aislados, precisamente en la Patagonia de Chile.

            Antonio Ronchi nació en 1930, en un pueblo de la provincia de Milán, de una madre muy religiosa y de un padre que pisaba la iglesia justo cuando no quedaba más remedio y que creía que los curas eran todos unos holgazanes. El padre, emprendedor y dinámico, tenía grandes planes comerciales para su primogénito varón, Antonio. Pero éste, poco a poco, empezó a frecuentar la iglesia y el oratorio, y manifestó su voluntad de entrar en el seminario de los padres guanelianos. El enfado se apoderó del padre y con una cierta ira le espetó: “¡Anda a hacerte cura que no servís pa’ na’!”

            Una noche, su madre, Agnese Berra, tuvo un sueño: “Vi un lugar lleno de gente que tenía hambre. No sé qué sitio era. Esta gente esperaba algo… De repente tú, Antonio, aparecías con una cesta grande de pequeños panes. La gente se sintió feliz de lo que tú llevabas y empezaron a saciarse. Tú te veías muy pequeño y muy pobre; más pobre incluso que ellos”.

            Ordenado sacerdote, manifestó su deseo de ir a tierra de misiones. “al lugar más difícil que exista, donde todo esté por hacerse”. A veces Dios acepta a la primera nuestras oraciones. En agosto de 1960, en el puerto de Génova, comienza la aventura misionera de Antonio Ronchi. La Patagonia chilena será su destino. Y concretamente la región de Aysén, allí donde el diablo perdió el poncho o donde Cristo perdió el zapato.

La Patagonia: Un lugar extremo, donde el salvajismo de las olas y de los vientos, y la intensidad de frío empequeñece y enloquece a cualquiera. Apunta el explorador Roquefere: “El metabolismo patagónico es de continuo cambio geológico, telúrico y  espacial. Todos los días ocurre un cataclismo: un río cambia bruscamente su curso, un lago desaparece, un glaciar se desborda, una etnia se extingue, una montaña se hunde y las piedras ‘caminan’ de un lugar a otro”. Glaciares, fiordos, selva fría, campos de hielo, lagos, ríos y pampa y una extensión inabarcable, donde malviven hombres y mujeres perdidos y aislados en esa inmensidad, abandonados a su suerte por el Estado y ¿tal vez dejados de la manos de Dios?.

            La climatología es extrema. Y la pobreza también. La falta de alimentos es endémica, el aislamiento del resto de la civilización es insalvable. Las condiciones educativas y sanitarias son deplorables. Al aventurero Ronchi no le arredra la climatología extrema. Y la pobreza le estimula, desafía, aguijonea y arrastra a un despliegue de actividad y de servicio tan extremos como el clima austral.

            Y este misionero guaneliano se dedicó durante 30 años a recorrer el ‘planeta Patagonia’, a pie, en barca, a caballo, en solitario. Jornadas extenuantes de viaje, dormir a la intemperie, helarse de frío, perderse en los bosques, embarcarse en el mar proceloso, para encontrarse con unos seres humanos que peleaban con el mar y con la tierra, ver con sus propios ojos las necesidades y poner remedio, llevar esperanza, consuelo y también una pequeña candela de fe que asegurara a los patagones que Dios  no les abandonaría.      

            Y así emprendió su obra titánica de caridad entre los patagones. Con su sotana sucia de barro, con sus dotes de persuasión, con su argumentario incontestable, con su pesada insistencia, con sus botas empapadas, con su vozarrón que competía con el viento, recorrió leguas y leguas, aguas y aguas, pero también despachos gubernamentales, para exponer las urgentes necesidades de esa tierra perdida. Y no sólo en Chile, también en su tierra natal, Italia, en Francia en Estados Unidos, en las sedes de la por entonces Comunidad Económica Europea. Lo más urgente eran los alimentos. Los alimentos escaseaban. Nada se podía comprar porque nada había para comprar. A través de una asociación francesa Aide au Tiers Monde que enviaba alimentos a África que le proporcionaba la CEE, consiguió que esos alimentos se enviasen también a la Patagonia. Fue una proeza. Toneladas y más toneladas de alimentos llegaron a este extremo del mundo. Una nota de la aduana con fecha  21 de febrero de 1984 señala que se recibieron de la CEE con destino a las actividades caritativas de P. Ronchi: 80 000 kg de leche en polvo, 1500 cajas de mantequilla y 30 toneladas de aceite. Y así sucesivamente.

            Pero Antonio Ronchi no quería que los patagones se sintieran mendigos que reciben leche en polvo, aceite o carne enlatada, sino protagonistas de su progreso. Y así ideó lo que él llamaba “trabajo por alimentos”. Los alimentos eran repartidos, pero los hombres y mujeres se comprometían a realizar trabajos en beneficio de la comunidad. Surgieron escuelas, pequeños puertos, postas, cabañas, talleres, caminos, pasarelas, puentes, almacenes, capillas, aserraderos…

            Pero a La Patagonia, no sólo llegaron alimentos, también toda clase de maquinaria y herramientas: tractores, segadores, secadoras de madera, máquinas de coser, motores fuera borda, motosierras, palas mecánicas y todo lo necesario para instalar una producción maderera. Él mismo aprendió a manejar toda esta maquinaria, para enseñar a otros.

            Antonio Ronchi pertenecía a los guanelianos, pero era un tipo que iba a su aire y a su bola. Se “sentía guaneliano hasta la médula y hasta la muerte , pero era incapaz de atenerse a los tiempos y a los ritmos de una comunidad guaneliana. Entraba, salía, corría. No tenía horarios, no tenía reglas, no pedía permiso. Un viento tan impetuoso como el de la climatología austral, le empujaba siempre más allá. Permaneció guaneliano hasta el final de su vida, pero un guaneliano sui géneris. Algunos le admiraban; otros no lo comprendían o lo juzgaban con severidad. Algunos, a su muerte, reconocieron su humanidad y su santidad. Probablemente sentirse incomprendido o juzgado severamente por algunos de sus hermanos guanelianos o por otros sacerdotes y algún obispo fue la única cruz que sintió sobre sus fuertes espaldas de patagón.

De don Guanella había aprendido dos cosas. Mantuvo una fe sin fisuras en la Divina Providencia a la que ‘culpaba’ de todo el bien que había hecho en La Patagonia. Y memorizó una frase (no sé si la única), que la cumplió al pie de la letra hasta el último aliento: “No podemos cruzarnos de brazos mientras haya pobres que socorrer”. Esta máxima era su razón de ser, su excusa perfecta para no pararse nunca quieto y la gasolina para su actividad desbocada.

            Capítulo aparte merece el tema de las estaciones de radio y televisión que instaló en decenas de territorios. Si los alimentos eran su lucha contra el hambre. Si la maquinaria era su lucha contra el atraso económico. La radio y la televisión fueron su lucha contra el aislamiento secular de la Patagonia. Después de muchos tiras y aflojas, el ministerio chileno tuvo que otorgar los permisos necesarios para la instalación de estaciones de radio y televisión. Las parabólicas intentaban captar las señales, pero desde las estaciones también se retransmitía producción propia: avisos útiles para la población, música, eucaristías, formación. Fue una verdadera promoción humana y social. En este campo, sobre todo, se manifestó como un hombre adelantado a su tiempo. Por primera vez los habitantes de estas regiones aisladas empezaron a conocer lo que sucedía en otros lugares, ver cine televisado, recibir información y formación, misas, catequesis y rezos retransmitidos, y mostrar al resto de los chilenos su forma de vida, sus costumbres, sus pequeños progresos, sus rostros, incluso. Estos canales de radio y televisión fueron bautizados con el nombre de MADIPRO (Madre de la Divina Providencia).

             Su fe en la Divina Providencia, que asiste, protege, consuela y otorga a cada uno de sus hijos, era una fe sin fallas. Cuando recibía aplausos y elogios, siempre decía que todo era mérito de la Divina Providencia. Muchos le tildaron de preocuparse únicamente por el progreso humano. Pero este libro de Roberto Gómez Suárez nos da mil razones para entender que los bienes materiales que el cura Ronchi donaba no eran “más que el anzuelo para llevar a todos los patagones a Dios”. Cuando llegaba a un sitio, lo primero que hacía era celebrar la misa, rezar el rosario, bautizar, casar, visitar a los enfermos y bendecirlos. Dios estaba en sus labios y en su corazón. Pero su fe no era teórica ni abstracta ni descarnada. Su fe iba directamente a la carne llagada de Cristo. Unas llagas de hambre, de atraso económico y de incomunicación.

            Cura extravagante, revolucionario, cura marxista y también fascista (porque defendía a los pobres o se inmiscuía en temas que competían al Estado), bulldozer de la Patagonia, el padre Hurtado de Aysén, activista radical, hombre ejemplar, El cura ‘rasca’, gran promotor social, religioso ‘desobediente’, gigante de la caridad, emprendedor, cristiano cabal que entregaba alimentos, construía casas, abría caminos y ponía en comunicación a los villorrios aislados.

            El paso de Antonio Ronchi por estas latitudes, mejoró las condiciones de vida de muchos patagones. Cuando el 17 de diciembre de 1997 murió en Santiago de Chile, las gentes sencillas de la Patagonia, que no sabían de teologías, lo lloraron como a un padre y lo “canonizaron” como a un santo. Calles, plazas, escuelas, puertos, barcazas, estaciones de radio y televisión, monumentos, un museo, una isla y una fundación llevan su nombre.

            Desde todos los poblados por donde el cura Ronchi había pasado llegaron peticiones para que sus restos mortales descansasen en esa tierra que él había amado y servido hasta el último día. Finalmente se decidió que fuese enterrado en Puerto Aysén, en un sepulcro en forma de barca. Miles de personas lo acompañaron; cada uno tenía un motivo y una anécdota para ese homenaje. El féretro fue depositado en el sepulcro y fue cubierto con saquitos de tierra de islas, poblados, villorrios, puertos y territorios que habían sido pisados por las botas embarradas de P. Antonio Ronchi, mientras que un coro de miles de personas rezaban, lloraban y cantaban a la vez un canto a él tan querido: Santa María del Camino: “Aunque te digan algunos que nada puede cambiar, lucha por un mundo nuevo, lucha por la verdad”.

            A las generaciones venideras probablemente les será difícil creer que un solo hombre pudo llevar a cabo tantas empresas en favor de los hombres y mujeres de Puerto Aysén, de Puerto Marín Balmaceda, de Puyuhuapi, de Lago Verde, de La Tapera, de Villa Amengual, de Caleta Tortel, de Villa O’Higgins, de Puerto Ibáñez, Cerro Castillo, Levicán, Murta, Río Tranquilo, Machinal, Mallín Grande, Guadal, Bertrand, El Plomo, Cochrane, Los Ñadis, Ruta San Carlos, Lago Vargas, Chacabuco, Puerto Cisnes, Mañihuales, Villa Orteg, Ñireguao, Río Negro, Chulín, Chaulinec, Chadno Central, la Junta, Villa la Tapera, Puerto Aguirre, Caleta Andrade, Melinka, Puerto Yungay, Puerto Sánchez, Puerto Cristal, Isla Toto, Puerto Gaviota, El Toqui, Río Tranquilo, Coyhaique…

                              Viejas crónicas que hablan de la Tierra de los patagones                  


Portada del libro "El cura Ronchi"




Documental sobre la vida del misionero de La Patagonia

Museo Antonio Ronchi en Villa O'Higgins

Escultura del cura Ronchi en el corazón de La Patagonia

Exposición temporal en el Museo Regional de Aysén

Una Fundación continúa la obra del cura Ronchi






Parabólica en una de las muchas estaciones de radio y televisión







Celebración de la eucaristía de un grupo de peregrinos





Mausoleo de Antonio Ronchi en Puerto Aysén (Patagonia)


sábado, 25 de octubre de 2025

En Amalia Rodrigues el fado encontró su casa


        Su abuela, analfabeta, decía que Amalia Rodrigues había nacido en el tiempo de las cerezas del año 1920. Tampoco sus padres recordaban exactamente la fecha de su nacimiento. Aunque luego, en su partida de nacimiento, hicieron constar el 23 de julio. Amalia Rodrigues llevó el fado portugués a todos los rincones e hizo vibrar a todo un país con su “Casa portuguesa”. Hoy sus restos reposan en el Panteón Nacional de Lisboa, la única mujer entre hombres portugueses de pro.

    Su vida también tuvo mucho de esa tristura y melancolía del fado. Una infancia pobre en una casa de nueve hermanos. Las idas y venidas de su familia entre la aldea sin trabajo y los barrios cochambrosos de Lisboa, también sin trabajo. Amalia, para ganar cuatro cuartos, tuvo que aprender a bordar y hacer pasteles. Difíciles inicios en el mundo de la canción, siempre con la oposición de una familia que no veía con buenos ojos la vida loca de los artistas. Amalia, tímida, romántica, apasionada, religiosa, dramática, temperamental, exitosa y fracasada… En su juventud, se sentía identificada con la Dama de las Camelias. Abría las ventanas de par en par para agarrarse una tuberculosis y morir joven como la heroína de Alejandro Dumas. Se enamoró equivocadamente de un guitarrista, y el matrimonio fracasó estrepitosamente a los dos años. Entró en la desesperación y la culpa.
        Pero poco a poco, su voz inconfundible y una presencia física, siempre vestida de negro, que llenaba el escenario, le consiguieron un lugar en el mundo del fado. Actuaciones, discos, películas, giras… se sucedieron sin parar. Vendió 30 millones de discos solo entre sus compatriotas, es decir tres veces más que la población portuguesa. Le acompañó siempre el misterio. Para unos, fue demasiado amiga del régimen del dictador Salazar. Para otros, la mujer célebre que donaba dinero para los políticos encarcelados por la dictadura, como reveló José Saramago. Luego, pasado algún tiempo, Portugal entero se puso de acuerdo y se rindió a sus pies. En ese Portugal de las tres ‘F’: Fado, Fátima y Fútbol, ella fue la Reina indiscutible del Fado y la mejor embajadora musical de Portugal en el mundo. Murió en 1999.
    La canción Uma casa portuguesa daría la vuelta al mundo. Muchos portugueses la consideran un himno a la acogida y a la hospitalidad, una canción símbolo que los define como pueblo. Y los portugueses, emigrantes repartidos por el mundo o afincados en las colonias africanas, piensan en ella, nostálgicos y llorosos. Este pequeño país, con un pasado lleno de esplendor y con una cultura y un patrimonio impresionantes, golpeado por el final de la dictadura, por la descolonización dramática de África o por la crisis de 2008, siempre encuentra en esta canción, admirablemente interpretada por la gran Amalia Rodrigues, la fuerza para seguir adelante: el hogar que se ofrece al visitante, el pan y el vino, el olor de romero, el sol de primavera, el plato de sopa que se comparte, una rosa en el jardín… En fin esa riqueza de dar y de sentirse feliz, de tener cariño para dar y repartir, de saber que basta muy poco para estar contentos, porque, después del pan y del vino compartidos, hay una promesa de besos y de abrazos.
    Otro mes de julio, recorriendo los arribes del Duero, por la orilla portuguesa, me encontré con un viejecito que golpeaba rítmicamente una lata para espantar los pájaros y evitar así que comiesen las cerezas. Sentado a la sombra de una choza de piedra, en pleno campo, el buen hombre pasaba las horas muertas cuidando sus cuatro cerezos. Cuando pasamos a su lado, nos dijo: “esperad un momento”. Cogió un buen puñado de cerezas y se las dio a la niña de mi amigo que nos acompañaba. Pensé en ese tiempo de cerezas en el que había nacido Amalia. Y pensé en la canción que nos asegura que la alegría de la pobreza consiste en esa gran riqueza de dar y de sentirse feliz.
        Cada uno de nosotros quisiera que su casa y la casa de sus amigos se pareciese siempre a la casa que cantó miles de veces Amalia Rodrigues.

    










domingo, 21 de septiembre de 2025

Dalai Lama: compasión y alegría

       

        El Dalai Lama envejece, al mismo tiempo que envejece la causa del Tíbet. Una noche de 1937 el monje tibetano Yamphel Yeshe Gyaltse tuvo un sueño: un monasterio, una carretera, una casa con tejado azul, un perro y un pórtico con un niño sentado bajo él. Algún tiempo después, unos monjes, disfrazados de mercaderes, fueron enviados para localizar este enclave. En el poblado de Taktser encontraron todas las señales. Y el niño reconoció a los monjes disfrazados y dijo sus nombres. A continuación, los monjes le sometieron a una serie de pruebas, entre ellas el reconocimiento de objetos pertenecientes al anterior Dalai Lama: rosarios, libros, tazas de té. El candidato debe elegir las que pertenecieron al anterior Lama, porque, según sus creencias, se trata de una reencarnación (tulku) y, por lo tanto, el niño debía conservar la memoria de su anterior vida.

        Tenzin Gyatso, a la edad de cuatro años, fue ordenado monje budista y entronizado como XIV Dalai Lama. A los 16 años, asumió todo el poder temporal sobre el Tíbet, una teocracia feudal con capital en Lhasa y con sede administrativa en el Palacio de Potala. Era el año 1950 y China ya estaba pensando y soñando en la anexión de este territorio.

        Las conversaciones, que buscaban algún tipo de entendimiento con Mao Tse Tung, fracasaron. En 1959 hubo una insurrección en Tíbet. Fue aplastada sin miramientos por los soldados chinos. Miles de tibetanos murieron y otros tantos miles emprendieron el camino del exilio. Entre ellos el Dalai Lama. Logró abandonar el Palacio de Potala disfrazado de mendigo. Después de una arriesgada travesía a pie por las montañas del Himalaya, llegó a Dharamsala, en el norte de la India. En la amarga ruta del destierro, le fueron siguiendo miles de sus súbditos. Las autoridades indias le permitieron establecer allí su ‘vaticano’. Y esto ocurrió ante la mirada indiferente del mundo entero, que no levantó un dedo para no molestar a los mandamases comunistas chinos. En este caso, los intelectuales occidentales agacharon la cabeza y comulgaron con ruedas de molino. El comunismo chino, por entonces, encandilaba a muchos intelectuales y medios de comunicación. Los monjes tibetanos no tenían amigos.
        La anexión china no solo supuso la muerte de miles de tibetanos sino también la destrucción de cientos de templos y de miles de obras de arte, manuscritos y libros únicos. Un enorme patrimonio cultural perdido para siempre.
        Curiosamente, el exilio del Dalai Lama supuso la internacionalización del budismo tibetano. Y su figura, marcada por la compasión, ganó la admiración de muchos, lo que le hizo valedor del Nobel de la Paz en 1989.
        El Dalai Lama acaba de cumplir 90 el pasado 6 de julio. Envejece, como envejece el sueño de un Tibet independiente. China sabe que tiene la sartén por el mango. Y sabe también que cuando muera Tenzin Gyatso será un duro golpe para el budismo tibetano. Será elegido otro dalai lama, pero ya nada será igual. El Dalai Lama ha mantenido viva la llama tibetana y ha sido el estandarte de un pueblo y de una cultura y la memoria viva del sufrimiento de los tibetanos en Tibet y en el exilio.
        El Dalai Lama ha preferido la vía pacífica a la lucha. Y la compasión ha sido su bandera, por encima incluso de las reivindicaciones tibetanas. Se ha convertido en un maestro universal, en un referente del pacifismo en todo el mundo. Pero este pacifismo del Dalai ha sido utilizado por China para imponer su fuerza de potencia universal sobre este pequeño rincón en las alturas del mundo y sobre sus 6 millones de habitantes. China, de mil formas diferentes, ha intentado presionar y chantajear a los gobiernos de todo el mundo para que el Dalai Lama no fuese recibido por lo mandatarios ni recibiese homenajes o reconocimientos. Que David venza al gigante Goliat es una anomalía. Lo normal es que los gigantes y los guerreros se impongan sobre los pequeños y los pacíficos.
        China segurá ejerciendo obsesivamente sus presiones políticas y económicas sobre cualquier gobierno que apoye la causa del Tibet, aunque sea tímidamente. La inauguración de los Juegos Olímpicos de Beijing (Pekín) en 2028 lo pudimos ver claramente: numerosos Jefes de Estado del mundo entero acudieron a la inauguración, aunque todos ellos sabían perfectamente que China es un país donde no se respetan los derechos humanos, donde no existe la libertad política, ni la libertad de expresión, ni la libertad religiosa, ni el resto de libertades. La pleitesía rendida por los mandatarios extranjeros indicó, a todas las luces, que el dinero siempre será obedecido. Tristemente, los buenos deseos de paz y de armonía son simples danzas poéticas, para románticos empedernidos y trasnochados soñadores.
        Nos lo recordaba hace un tiempo una canción de Mecano, Aidalai:
    "En nombre del progreso y de la revolución, / quemaron tradiciones y pisaron el honor. / El rey de las montañas tuvo que escapar / vestido de mendigo / y con el alma envuelta en el ombligo.
    A falta de petróleo no hubo amigos en el mar, / dejando las naciones tu barquito naufragar. / Novel en la guerra, / nobel de la paz…"

        El Dalai lama ha sido un elemento importante en la unión de las religiones para buscar la paz en un mundo convulsionado por la violencia. Así lo ha demostrado su participación en eventos ecuménicos, como los de Asís. No ha vuelto a poner nunca los pies en el Tibet, y a estas alturas pocas esperanzas le quedan. Ha intentado vivir el presente sin la amargura de un exiliado y sin la violencia de un insurrecto, invitando a sus files a vivir el presente, sin refugiarse en el ayer o en el mañana: “Sólo hay dos días en el año en que nada se puede hacer. Uno se llama Ayer y el otro se llama Mañana. Hoy es el día adecuado para amar, creer, y sobre todo vivir”
        En 2011, el Dalai renunció a todos sus cargos políticos en el Gobierno Tibetano en el exilio, para permanecer únicamente como un líder espiritual y religioso. La causa del Tíbet envejece y languidece. La existencia del Dalai Lama, sin embargo, permanece aún anclada en la compasión y en la alegría. Suya es una frase para no olvidar nunca: “Un buen corazón es la mejor religión”.









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