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miércoles, 6 de mayo de 2026

ETA: tibia la sociedad, tibia la Iglesia

     


    Durante la presentación del libro de Jaime Mayor Oreja "Una verdad incómoda" en la ciudad de Alicante, Mons. Munilla ha reflexionado en voz alta sobre la tibieza de la sociedad vasca y de la propia Iglesia vasca frente al terror de ETA. No es nada nuevo ni nada que no se sepa: la anbigüedad en la que se movió buena parte del pueblo vasco y buena parte de la jerarquía eclesiástica de aquellos años de plomo del terrorismo. Pero está bien que un obispo así lo reconozca: "Lo peor del terrorismo no es que mata, es que llevó a la sociedad a la tibieza, a la medianía, a la cobardía, a hacer un pacto con el mal. El terrorismo mata el alma, no sólo el cuerpo".

    En el País Vasco, la pseudorreligión de la autodeterminación, unida a la mística de la violencia, dividió a la sociedad en buenos y malos y cosificó a las personas que no comulgaban con la violencia etarra. Y todos sabemos que cuando a las personas se las convierte en cosas, todo es posible. Por ejemplo, apretar el gatillo o colocar una bomba lapa en los fondos del coche, provocar la muerte y no sentir nada, porque los muertos (militares, políticos de partidos nacionales, niños o ciudadanos anónimos, carecen de valor, no son nada, son cosas, objetos a destruir en nombre de unos grandes ideales: la patria vasca, la liberación, la autodeterminación, la ikurriña, el euskera...

    Frente a una mayoría ambigua, tibia, indiferente, cuando no abiertamente proetarra, hubo una minoría de vascos verdaderamente valientes, que no tuvieron miedo, que no se dejaron vencer por la ideología del odio y la violencia. Ciudadanos que se manifestaban en silencio después de cada atentado, a pesar de las presiones de los energúmenos que tenían a unos metros y que no paraban de insultarlos. Empresarios que no sucumbieron al chantaje. Miembros de partidos que aceptaron ir en las listas electorales, con el riesgo que eso suponía, jueces que hacían su trabajo, fuerzas de seguridad que mantuvieron el tipo y la dignidad. Cristianos que no se dejaron ganar por el incienso nacionalista de las sacristías. 

    ¿Hay que pasar página? ¿Hay que olvidarlo todo? Sería lo deseable. Pero hay dos condiciones que necesariamente deben cumplirse: Una: los violentos deben pedir perdón  a las víctimas y a toda la sociedad que sufrió por esta causa. Dos: Los terroristas deben colaborar en esclarecer los casos terroristas aún no resueltos.

        Pero justo se está dando lo contrario. Los pactos entre el Gobierno de Pedro Sánchez y Bildu han servido para el blanqueamiento de los actos terroristas. Los partidos que sostuvieron el entramado de ETA y que la jalearon campan a sus anchas, mientras que las víctimas se están convirtiendo en invisibles. Sin cumplir las penas de cárcel establecidas, los terroristas salen de los centros penitenciarios. Mientras que el relato de que los chico violentos tenían sus razones y de que las víctimas de ETA lo fueron por su falta de entusiasmo nacionalista, va ganando terreno. Es el relato triunfador. No está de más recordar un hecho: cada dos por tres, los antiguos etarras reciben homenajes en el País Vasco, mientras que los restos mortales de Miguel Ángel Blanco (¡Miguel Ángel Blanco!) debieron ser trasladados a la aldea gallega de Faramontaos, porque la tumba de Emua, la localidad donde vivió y donde fue concejal, aparecía un día sí y otro también con pintadas insultantes,  y destrozos las flores pisoteadas. Buena parte de la sociedad vasca fue tibia. ¿Lo sigue siendo todavía?

   






Tumba de Miguel A. Blanco en Faramontaos (A Merca)

miércoles, 15 de abril de 2026

Siempre nos quedará el Papa

 


                Un día sí y otro también escuchamos una frase, tal vez muy manida: “Otro mundo es posible”. Está claro que ese otro mundo posible que sueñan Donald Trump y León XIV es bastante diferente, diríamos incluso que opuesto. Los ataques groseros y mendaces del Presidente de Estados Unidos hacia el Papa no han hecho sino confirmar a muchos que la Iglesia Católica está en buenas manos y que Estados Unidos, primera potencia mundial,  no  sabe hacia dónde va en el proceloso mar que nos ha tocado vivir. La reacción de muchos votantes católicos -y no sólo católicos- de Trump, no se ha hecho esperar, y han mostrado su malestar por los ataques de Trump, y su apoyo sin fisuras a León XIV

                Donald Trump, sin saberlo, sin sospecharlo siquiera, ha hecho un gran favor a la Iglesia Católica, aupándola un peldaño más, en ese pódium ético en el que está situado el Papa, y que hoy día constituye la única referencia válida para un mundo de líderes ególatras y psicópatas, desnortados y corruptos.  

                El Vaticano, por su propia naturaleza o tal vez porque tiene dos mil años de historia, tiende a la diplomacia y a la prudencia. La Santa Sede suele otorgar poca importancia a las críticas y a las polémicas. Todos los días hay deslenguados en contra de la Iglesia que faltan a la verdad. Y esto sucede por parte de políticos, periodistas y el propio clero. Otra cosa bien distinta, son las críticas razonadas y argumentadas que ayudan siempre a la transparencia y a la verdad. Lo propio del Pontífice romano, como su nombre indica, es construir puentes, tejer acuerdos, concitar concordancias y suscitar puntos en común. Pero la Iglesia no va a faltar a la verdad ni a su búsqueda de paz en el mundo, porque eso está en el Evangelio, y forma parte de su misión. El nacimiento de Jesús se anuncia con un mensaje de paz a los hombres de buena voluntad. Cristo Resucitado se aparece a sus discípulos con un saludo de paz.

                Los ataques al Papa han retratado a Trump. Esperar que el Papa apoyase sus desvaríos internos y su dislocada política internacional, no amparada por el derecho internacional, es pedir cotufas en el golfo, como solía decir nuestro Sancho Panza. Tachar al Papa de que le gustan las armas nucleares iraníes o el tráfico de drogas en Venezuela es, aparte de una grosería hacia otro Jefe de Estado y representante de 1500 millones de católicos, una gran mentira.  La respuesta serena del Papa ha retratado al Papa. Él no es un político ni hace política. Pedir diálogo, cese de las hostilidades, búsqueda de la paz y del entendimiento, defensa de las vidas inocentes que arrastra cualquier guerra… es simplemente traducir el mensaje evangélico en este momento concreto de la Historia. Y por supuesto, al Papa no le da ningún miedo la administración Trump. Problablemente Trump y sus numerosos medios informativos intentarán desacreditar al Papa y a la Iglesia. Otros muchos lo han intentado antes que él con escaso éxito. El tiempo pone a cada uno en su sitio.

                    En estos tiempos recios, el Papa recuerda que existe el camino de la verdad que conduce a la dignidad de cada persona, a la convivencia pacífica entre los pueblos, a la justicia y a la defensa de las personas inocentes. La verdad suele incomodar y molestar. Unas veces molesta a unos. Otras veces, a otros. Ese es el precio que hay que pagar. En tiempos confusos y revueltos, siempre nos quedará el Papa.






lunes, 13 de abril de 2026

Trump: una impostura en nombre de Dios

                Coincidiendo con la guerra contra Irán, y con el momento más bajo de la popularidad del presidente de Estados Unidos, numerosos y significativos pastores cristianos, de signo evangelista, llegaron a la Casa Blanca para implorar la bendición de Dios sobre Donald Trump. La imagen resultó, como poco, bizarra y patética. Entronizado en el Despacho Oval de la Casa Blanca, Trump recibía a izquierda y derecha bendición tras bendición, mientras se imploraba el don divino sobre el excéntrico presidente. El predicador encargado de la oración (sería mejor calificarla de performance) afirmó: “Oramos para que continúes dando a nuestro presidente la fortaleza que necesita para dirigir a nuestra gran nación, mientras volvemos a ser una nación bajo Dios”.

                Nunca de forma tan clara se había visto en el último siglo esa simbiosis entre “trono y altar” que huele indudablemente a ancien régime y a medievalismo anacrónico. ¿Cómo habrán visto los sinceros fieles evangélicos esta bendición? Puedo imaginarme cómo me habría sentido si, en lugar de pastores evangélicos, hubiera habido obispos católicos. Desde siempre se ha rezado por los gobernantes del mundo, para que el Señor inspire sus decisiones y obren con rectitud. Cosa muy distinta es bendecir sus actos, especialmente en este calamitoso momento, con una guerra por medio, y una amenaza completamente vergonzante: “No quedará nada de la civilización iraní”. En la oración evangélica se metió en el mismo cajón a Estados Unidos, las fuerzas armadas y el presidente Trump. Y en verdad son cosas bien distintas.

                El nacionalismo religioso supone una gran manipulación por parte de la clase política de los sentimientos religiosos de un pueblo. Las iglesias de cualquier tipo no deben permitir una manipulación tan grosera, aunque haya por medio ventajas económicas o ideológicas. Los líderes evangélicos pasaron por alto el perfil de moralidad dudosa del presidente, tal vez porque piensan que esta alianza dará ventajas e influencia a sus iglesias. Por su lado, al poder político poco o nada le interesa la religión y su forma de entender la moral personal, pero le interesan sus votos y su voz en los púlpitos dominicales.

                El Evangelio es mucho más grande que cualquier opción política de izquierda o de derecha, más grande que el liberalismo económico a ultranza y el trasnochado odio de clases del comunismo. Y por lo tanto, la identificación con una opción política concreta es siempre nefasta para unos y para otros.

                Esta especie de consagración por imposición de manos que unos cuantos pastores evangélicos han efectuado sobre Trump en la Casa Blanca es un acto más de este esperpento en el que se ha convertido una buena parte de la sociedad estadounidense. Un espectáculo de mal gusto que nos habla de la impostura religiosa de algunas iglesias y de algunos mandatarios.

                 No olvidemos que el segundo mandamiento de la Ley de Dios dice “No tomarás el nombre de Dios en vano”, lo que equivale a “respetar el nombre del Señor, honrándolo y prohibiendo usarlo de manera frívola, falsa, blasfema o sin el debido respeto”.

 





viernes, 6 de marzo de 2026

No a la guerra (¿Y sí a las fragatas?)

     

    Es muy bonito decir y cantar, proclamar y llevar escrito en la chapa "No a la guerra". Es muy bonito, queda muy bien. A muchos les hace sentir pacifistas e identificados con los grandes ideales. Incluso puede dar muchos votos a determinados partidos y ganar muchos adeptos para las manifestaciones. 

    Es fácil y bonito decir "No a la guerra". Y acto seguido enviar la fragata Cristóbal Colón al área en conflicto. La fragata Cristóbal Colón no es un barco velero de una competición deportiva de Mallorca. Es una fragata de guerra, equipada con el más sofisticado armamento (¿mortífero también?). No hemos visto los rostros de los soldados embarcados en la fragata. ¿Tienen familias, tienen miedo, saben a qué van? Lo que sí es seguro es que en la fragata no van quienes han ordenado el envío.

        Es fácil y bonito decir "No a la guerra", y afirmar que no se va a cooperar de ninguna manera con ella, cuando previamente se ha pactado con Estados Unidos el envío de la fragata en cuestión y de todo el material que sea necesario. ¿Se puede estar en la Otan a ratos, cuando apetece, por ejemplo tan solo para mostrar a los mandatarios de la Otan las Meninas del Prado o llevarles de tapas por Madrid?

    Es fácil y bonito decir que no se ha autorizado a las bases de Rota y Morón para que desde ellas despeguen los aviones que bombardearán Irán. Pero al mismo tiempo cualquiera puede constatar que los aviones salen y entran de continuo en las bases. ¿Van únicamente a hacer piruetas deportivas por los cielos? ¿Cómo podemos saberlo?

     Es fácil y bonito decir que el Gobierno no va a aumentar el presupuesto en armamento, cuando con anterioridad ya se ha estampado la firma, al igual que todos los mandatarios occidentales, de una subida de hasta el 5% del presupuesto nacional para las cuestiones de Defensa.

    Es fácil y bonito despotricar de Trump que la ha tomado con España (¿ o con el presidente del Gobierno? Ya sabemos que lo propio de un cretino (Y Trump lo es) es decir cretinadas y lanzar amenazas a diestro y siniestro. Pero tal vez el problema no es que se caiga mal a Trump, tal vez se empieza a caer mal a otros muchos países, porque en los años en que todos consideraban a Venezuela como una dictadura, el Gobierno de España la defendía y danzaba a su son. Y cuando Irán se aliaba con grupos terroristas y financiaba partidos políticos (¿os suena de algo?) que tendían a la desestabilización de países democrátivos, y cuando, igualmente, Irán masacraba -y aún masacra- a los iraníes, especialmente a sus propias ciudadanas, aquí, desde las alturas de la Moncloa, se miraba a otro lado. 

    Repicar y oír misa no se puede al mismo tiempo. Tampoco nadar y guardar la ropa, como todo el mundo sabe. Salvo, salvo que los ciudadanos prefieran que les mientan en su propia cara. Y además, aplaudir y sentirse muy felices por ello.

    Sólo los pacíficos (¿hay políticos pacíficos o sólo 'pacifistas' de boquilla delante de un micro?) dirán de corazón no a la guerra. Los pacíficos serán constructores de paz allá donde vayan y allá donde estén. Los pacíficos, por su carácter y su entraña personal, crearán la paz en su interior, en su casa, en su trabajo, en su responsabilidad en instituciones políticas o asociaciones civiles. Pero también -y lo sabemos- hay pacifistas de ocasión y de oportunismo. Pacifistas de redes sociales y manifestación. Pacifistas ideológicos y pacifistas muy obedientes a los dictados de sus amos, que no siempre son pacíficos, sino muy beligerantes, aunque con sudadera y capucha de cordero.  

    


 



 

    

Gisèle Pelicot: para que la vergüenza cambie de bando

    


    Gisèle Pelicot pasó por España para presentar su libro de memorias en español: Un himno a la vida. El caso Pelicot ocupó miles de páginas en el país vecino. Durante varios años su marido la drogó para que él y otros hombres la violasen, mientras ella estaba inconsciente. Todas las violaciones fueron grabadas para alimentar el morbo. 

    Aparentemente era un matrimonio normal, sin sobresaltos y sin grandes desaveniencias. Una mañana la policía llamó a la puerta de Gisèle, para comunicarle que su marido había sido conducido a comisaría porque en el supermercado había sido descubierto mientras grababa a unas clientas por debajo de la falda. Gisèle no daba crédito y trató de defender a su marido, porque en él jamás había descubierto una mirada inapropiada, un gesto que pudiera delatar su comportamiento. Pero los policías habían llegado con la intención de acceder al ordenador del marido, y entraron en casa. Fue en ese momento, cuando la propia Gisèle descubrió su pasado de abusos y violaciones. Las pruebas eran devastadoras. A lo largo de los últimos 10 años, unos 70 hombres habían pasado por el domicilio familiar para violar a Gisèle, invitados por su propio marido, mientras él disfrutaba de esas vejaciones y grababa las escenas. 

    La sociedad francesa entró en shock. Y todas las alarmas sociales saltaron. Gisèle se hundió en la más profunda depresión y en la más desoladora vergüenza. Una bajada en toda regla a los infiernos. Su nombre y el de su familia estaban en boca de todos. El morbo, el chismorreo, las dudas sobre el consentimiento o no y la banalidad de muchos medios ocupaban el mismo espacio que la denuncia, el rigor periodístico, los análisis sesudos y los juicios morales. Un tiempo después, comenzó el juicio contra el marido y los 50 hombres. Y ahí, justo en ese momento, después de pensárselo mucho y darle mil vueltas, Gisèle comenzó su rehabilitación como persona y su dignidad como mujer cuando, sorpendiendo a todos, renunció al anonimato en el jucio, al que le amparaba la ley, y decidió: "Quiero que este proceso sea público para que la vergüenza cambie de bando". 

    Su decisión asombró a todos. Gisèle y su familia tuvieron que hacer un esfuerzo titánico para aguantar la presión de los medios de comunicación y de los ciudadanos comunes siempre ávidos de escándalos, de fotos y de declaraciones. Pero, sí, efectivamente, la vergüenza cambió de bando. Y Gisèle, la víctima, tuvo que ser reconocida. La culpa y la vergüenza no podían posarse sobre la mujer drogada, abusada, vejada y violada, sino sobre los abusadores y los violadores, sobre quien la había drogado y sometido a vejaciones continuadas.

    Más allá del escándalo, más allá del jucio, más allá de la valentía de una mujer, que anima a la valentía de tantas mujeres, quedan las preguntas a las que este caso y otros muchos debería obligarnos a hacernos. ¿Por qué sucedió lo que sucedió? ¿En qué nido de víboras puede convertirse la pareja y la familia? ¿De qué barro estamos constituidos? ¿Son compatibles el placer de uno y el sufrimiento del otro? ¿En el menú sexual, todas las prácticas son admisibles? ¿Existen las aberraciones, palabra antigua y denostada, relacionadas con la enfermedad mental? ¿Es posible que hombres 'normales', de conducta intachable, hagan lo que hagan? ¿Qué demonios interiores nos habitan y pueden despertar en cualquier momento? ¿Qué educación reciben los varones y qué mensajes les llegan en esta sociedad de pansexualimo descontrolado?

    Justo cuando el caso Pelicot estaba en la mente de todos, era el tema de todas las conversaciones en Francia, abría los telediarios y las portadas de periódicos y revistas, unos periodistas simularon y publicaron en una página de contactos una anuncio sexual: la posibilidad de violar a una mujer drogada en su propio domicilio. Es decir, una oferta muy similar a la que en su día había anunciado el marido de Gisèle Pelicot. En pocas horas, decenas de hombres (de diferentes edades y diferentes estatus sociales) se apuntaron como candidatos para el abuso, la violación, la vejación, la explotación sexual, más la correspondiente grabación de la escena. 

    Nada que añadir a lo dicho. O sí: ¡Que Dios nos libre del monstruo que podríamos llevar dentro y del que ni siquiera sospechamos! Gisèle Pelicot recordaba últimamente que "durante mucho tiempo fui una ruina, pero ahora he tomado las riendas de mi vida, y ya no quiero cargar con esa condición de víctima, porque es una carga muy pesada", y que ahora tenía una misión: "ser despertadora de conciencias". Y además: "me siento feliz porque he podido confiar en un hombre, después de todo lo que me pasó con los hombres". Esta valentía y esta esperanza ante el futuro, tal vez sean lo que realmente cuenta en la existencia humana. Tal vez por ello, el libro de Gisèle Pelicot se titula, con toda razón: Un himno a la vida.












sábado, 6 de diciembre de 2025

¿Safaris humanos en Sarajevo?


Si verdaderamente se confirma que hubo safaris humanos en Sarajevo, tendremos que admitir que el ser humano ha descendido un peldaño en lo que entendemos por humanidad.

En este momento la fiscalía de Milán ha abierto una investigación al respecto, después de recibir denuncias verosímiles que hablan del asunto. Al parecer durante el cerco a la ciudad bosnia de Sarajevo, durante la guerra de los Balcanes, entre 1991 y 1994, se celebraron safaris humanos. Turistas ricos pagaban cantidades exorbitantes al ejército serbio para situarse como francotiradores en las montañas que rodean la ciudad de Sarajevo, disparar contra cualquier ciudadano que atravesase una calle o una plaza, y "cobrar una pieza humana” . Según las denuncias, los turistas francotiradores partían de la ciudad italiana de Triste y llegaban a Sarajevo a pasar el fin de semana, con la misma tranquilidad y adrenalina que el que se marcha a cazar un oso en Rumanía o una cabra hispánica en Las Batuecas salmantinas.

            Y lo mismo que en una cacería de animales no se paga lo mismo por todas las piezas, también existían diferentes precios, dependiendo del ser humano abatido. Los más cotizados, los niños; luego, las mujeres; después lo soldados y, por último, los ancianos. A veces se producía un tiroteo en una plaza. Los vecinos acudían a socorrer a los heridos y entonces esos mismos vecinos compasivos se convertían en un blanco fácil para los tiradores apostados en sus puestos de tiro, con un doble whisky y una lata de caviar al lado.

            Los rumores sobre este tipo de prácticas circulaban cada poco tiempo. La exalcaldesa de Sarajevo, Benjamina Karic, presentó una denuncia en este sentido en 2022, pero parece ser que fue papel mojado. En el mismo año, se presentó el documental ‘Sarajevo safari’, dirigido por Miran Zupanic, en el que varios testimonios hablaban abiertamente de esto. A las montañas de Sarajevo, habrían acudido ‘cazadores de humanos’ canadienses, estadounidenses, italianos, rusos y de algún otro país.

            Ahora se sabe también que esta práctica de caza se llevó también a cabo en la guerra del Líbano y en otras guerras africanas. Que en las guerras se cometen todo tipo de atrocidades por parte de los combatientes es algo sabido. Con razón se dice que “en las guerras se abre la veda”, es decir se suspenden las normas y se da permiso para matar, y no solamente por ideas gloriosas de defensa de la patria, la revolución, los ideales y los valores, sino que en las guerras se abre la veda para las venganzas, los inconfesables motivos y todas las aberraciones posibles.

            Pero lo de ‘cacerías humanas” para turistas adinerados, no entraba hasta ahora en el vocabulario bélico. En un artículo de Conversation, firmado por Fernando Díez Ruiz, de la Universidad de Deusto, se habla de la ‘anatomía psicológica de los cazadores de Sarajevo”. Según este profesor, el perfil de estos turistas es el de personas aparentemente normales en su vida familiar o laboral, pero con pasión por las armas y la caza, necesitadas de dosis extremas de adrenalina, capaces de deshumanizar a un ser humano que cruza una calle, proclives al sadismo que ellos revisten de aventura, rebosantes de un narcisismo psicópata y que identifica, sin problema, placer y poder.

            Hanna Arendt ya habló hace tiempo de la ‘banalidad del mal’. Cuando la conciencia, la ética y la espiritualidad desaparecen de nuestras vidas, basta el anonimato y la sensación de impunidad, para devolvernos a la selva y, como el lobo, matar por el placer de la sangre, y no por la necesidad de alimentarse o defender las crías.

            De momento no se ha puesto nombre y apellidos a los ‘cazadores’, tal vez nunca se les ponga. Tal vez no se encuentren pruebas contundentes. Tal vez haya intereses en no remover el fango de aquella guerra. Los familiares de los muchos hombres y mujeres que murieron en el cerco de Sarajevo a manos de los tristemente famosos francotiradores, ahora saben, o mañana sabrán, que no se trataba de odiosos soldados enemigos, sino de unos 'simples' turistas que, al volver de la cacería, dieron un beso a su mujer, cenaron tranquilamente con música de fondo de Mozart, y entregaron algún souvenir del duty free del aeropuerto a sus hijos. ¡La banalidad del mal!









jueves, 20 de noviembre de 2025

Bandos, banderas, banderías y bandidos

 



Según cuenta la revista Vida Nueva, y luego he podido ver en otros medios, la iglesia sevillana de Santa María la Real, dependiente del convento dominico de esa ciudad, ha sido noticia en los últimos días por dos altercados sonados. Hace apenas una semana un joven católico tradicionalista –y según su perfil en redes también falangista- irrumpió durante una celebración religiosa, presidida por un sacerdote dominico, en la que participaban miembros del colectivo cristiano Icthys que acoge a cristianos LGTBI+. El joven increpó al sacerdote al que calificó de traidor y le recriminó que aceptase de buen grado las conductas pecaminosas del colectivo. El grupo tradicionalista católico Orate, al que pertenece el joven, ha denunciado estas celebraciones ‘gays’ en una iglesia católica y ha presentado la queja ante el arzobispado de Sevilla y el dicasterio vaticano.

Se da la casualidad de que esta misma iglesia se había negado una semana antes a decir una misa de difuntos por cristianos falangistas asesinados durante la guerra civil. Ante esta negativa, un grupo de falangistas se manifestó con sus cantos y sus banderas a las puertas de la iglesia.

No sé si estos hechos son una mera anécdota o un signo más de la polarización y la ideologización que afectan a nuestra sociedad y que afectan también a la propia Iglesia en España. Tampoco sé si la Iglesia empieza a moverse por la consigna de lo políticamente correcto. Hace décadas, lo políticamente correcto y oportuno era decir misas por los falangistas muertos y despotricar desde el púlpito y la sacristía contra los sodomitas, o por lo menos, señalarlos con acusaciones groseras. ¿Es hoy políticamente correcto hacer una celebración con el colectivo gay, bandera arcoíris como sabanilla de altar incluida, y al mismo tiempo negar una misa de difuntos por cristianos falangistas asesinados por el bando republicano? ¿Se hubiera denegado la misa de difuntos si los asesinados lo hubiesen sido por el bando franquista? 

¿Pero no deberíamos caber todos en la iglesia de Dios? ¿No cabían los publicanos, recaudadores de impuestos, los ricos como Zaqueo, las prostitutas, la mujer adúltera, el centurión romano, la pobre viuda de Naín, José de Arimatea y Nicodemo, miembros del Sanedrín, los rudos pescadores, los novios sin vino, los tullidos y los malditos leprosos en el corazón de Cristo? Únicamente Cristo no soportó a los que utilizaban la religión para condenar y amargar la vida de los demás o se servían de la ella  para hacer lucrativos negocios. Y así Jesús arremetió contra los hipócritas fariseos o los mercaderes del templo.

Llama la atención que a estas horas unos gays causen escándalo porque asistan a una eucaristía o se reúnan en una iglesia para comentar el evangelio o los problemas que tienen cada día, como personas o como colectivo. Y llama la atención que unos sacerdotes se nieguen a celebrar una misa de difuntos por unos cristianos. Pero veo que las etiquetas nos matan. Para unos, “aquellos son unos maricones”. Para los otros “aquellos son unos falangistas”. ¿Pero no somos todos, acaso, hijos de Dios?

¿No deberíamos, tal vez, dejar ‘nuestra bandera’ fuera de la iglesia? ¿No sobran las banderas cuando entramos en una iglesia y nos arrodillamos en un banco para hablar de Dios o de las cosas de nuestro corazón, para rezar por los vivos o por los difuntos o  “mirar al que traspasaron”? Las banderas separan. Tanto la bandera negra y roja del falangista como la bandera arcoíris del gay. Las banderas dividen y condenan. Si con respeto y afecto queremos dar la mano al cristiano que está al lado cuando decimos “Padre nuestro”, la bandera es un estorbo y un impedimento.

Demasiados bandos, banderas, banderías y bandidos tenemos ya por las calles de la ciudad, como para llevar estas divisiones hasta el lugar donde Jesús espera para comprender y perdonar, sin preguntarnos nada más: ni nuestro partido ni nuestra orientación.






lunes, 27 de octubre de 2025

Los recados de la Dana

 


Hace un año España vivió una de sus peores catástrofes naturales. Las lluvias torrenciales se desataron y, en cuestión de pocas horas, el agua arrolló con violenta velocidad todo lo que encontró a su paso. Con el paso de las horas, la tragedia alcanzó cifras escalofriantes: 224 muertos, centenares de heridos, casas y negocios destrozados, coches arruinados, tierras anegadas. Las crónicas de aquellos días nos dejaron nombres de localidades que pertenecen ya a la memoria colectiva, angustiada y desesperanzada, de este país: Paiporta, Catarroja, Algemesí, Torrent, Cheste, Utiel… Sin agua, sin electricidad, sin alimentos, sin casa, sin trabajo… miles de personas sintieron el peso insoportable de la adversidad. Me temo que no hay ni maestros buenos ni lecciones buenas para quien no quiere aprender. Pero la Dana, hace doce meses, nos dejó algunos recados, nos transmitió algunos mensajes.


1.- La irrupción de lo imprevisto.

Nadie nos prepara para las desgracias. Bien cierto es. En nuestras vidas planificadas al milímetro no hay espacio para lo imprevisto. Y menos para que lo imprevisto irrumpa de forma violenta y nos lleve todas nuestras seguridades, todo nuestro confort, todas esas pequeñas e importantes cosas. Sabemos el restaurante en el que comeremos dentro de dos meses, la isla a la que nos marcharemos de vacaciones. La tienda donde compraremos la ropa de invierno, el gimnasio al que nos apuntaremos, cuánto nos quedará de jubilación. Conocemos los muebles que pondremos en la cocina reformada o tenemos en el móvil las entradas del concierto del próximo verano. Todo previsto y planificado. Todo agendado. Sabemos lo que haremos, mañana, el verano siguiente, las navidades próximas, los viajes una vez que nos jubilemos… Tenemos el seguro de la casa, el del coche, el de vacaciones y el del avión. Nada puede salir mal. Nuestra vida está programada, casi casi hasta el día que entremos en la residencia de ancianos. Tal vez pensemos que nuestras vidas son perfectas. Pero no lo son. Nuestras vidas son frágiles. Increíblemente vulnerables. Y mira por dónde una nube puso patas arriba las vidas, nuestras o de nuestros seres queridos, las casas, los coches, las tierras, hasta las fotografías amadas de nuestros abuelos y el recuerdo del viaje de novios. En nuestras vidas diseñadas, en nuestras vidas perfectamente perfectas no hay ni un solo resquicio por donde podamos ver que el ser humano siempre vivirá a la intemperie, aunque se crea a salvo en su búnker de confort y bienestar. Aprender que la fragilidad nos conforma como seres humanos, aceptar que la irrupción de lo imprevisto puede ocurrir en nuestras previsibles vidas, es también una enseñanza.


2.- Políticos a la greña y tareas no hechas

Y mientras el pueblo lloraba sus muertos y sus casas perdidas y sus futuros golpeados de repente, ¿a qué se dedicaron los políticos y los partidos? Básicamente a lo de siempre: a insultarse y a echarse la culpa unos a otros. El indecoroso juego de ganar votos o no perderlos en el río revuelto, nunca mejor dicho, de la catástrofe. Mintieron desde el primer momento los responsables autonómicos, Mazón a la cabeza, en un relato de lo que sucedió en las primeras horas y de porqué fallaron tantas cosas. Se equivocó o mintió la Agencia Estatal de Meteorología. La Confederación Hidrográfica del Júcar pecó por omisión, al no haber llevado a cabo los muchos planes de obras que en su día debieron ejecutarse para minimizar el impacto de una riada. El Gobierno de España hizo dejación de funciones, con Sánchez a la cabeza, diciendo aquella estolidez de “si necesitan algo, que lo pidan”. Una vez más comprobamos que el Gobierno utiliza varas de medir muy diferentes si se trata de autonomías de mi color o de un color distinto. ¿Cómo hubiera actuado el Presidente del Gobierno si la catástrofe hubiese ocurrido en Cataluña? Pero la culpa no sólo fue de los políticos: Los bosques estaban llenos de árboles caídos que arrastrados por la tormenta taponaron los puentes, tal vez porque hay mil impedimentos para cortar un árbol enfermo. Los barrancos estaban llenos de escombros ilegales que las constructoras habían abandonado, para ahorrarse las tasas, y que aumentaron significativamente la capacidad destructora del agua. Los ecologistas con sus continuas trabas a cualquier modificación del ecosistema impidieron varias obras. Los periodistas, no todos, se dedicaron a encender aún más los ánimos, defendiendo a capa y a espada a los amos que cada día les pagan la cuota de su fidelidad perruna. Hay una culpa política y una culpa de una sociedad entera que prefiere que los gobiernos gasten el dinero en festejos populares, bonos de renfe y bus gratis, y subvenciones inservibles. Y también eso es preciso reconocerlo. Luego, cuando llega la riada o el fuego, todos lamentamos no dedicar más recursos a cosas serias y necesarias.


3.- El pueblo salvó al pueblo

Los vecinos de la casa de al lado. Y los vecinos de mil kilómetros más allá no fallaron. El pueblo no falló. Los voluntarios llegaron en oleadas a las estaciones de trenes y autobuses, con su esterilla, su saco de dormir, sus botas y su escoba. No pocos agricultores abandonaron sus cultivos y se presentaron con sus tractores y palas en el lugar de la tragedia. Los restaurantes guisotearon durante semanas en perolas comunales para repartir un plato caliente. De todos los rincones de España llegaron donativos. Muchos empresarios, medianos o fuertes, ayudaron desde el primer momento. Policías, bomberos, cuerpos del ejército estuvieron donde tuvieron que estar, con el pueblo de donde proceden. Con espíritu de sacrificio y oficio, se los vio por todas partes solucionando con eficacia, tantos destrozos. Médicos, psicólogos, cuidadores de ancianos, trabajadores sociales llegaron sin cobrar un duro. Universitarios y asociaciones culturales y deportivas estuvieron en los lugares del fango y del dolor. Las calles y las plazas embarradas se convirtieron en calles y plazas de la solidaridad. La gente abrió sus casas para acoger a los que se habían quedado sin ella. Acercaron mantas, ropa de abrigo o bocadillos a los polideportivos donde muchos encontraron un techo provisional, tanto damnificados como voluntarios.

Hubo también mucha desfachatez y muchas ganas de acaparar protagonismo y votos. Hubo ayuntamientos y diputaciones que solicitaron a los ciudadanos que depositaran alimentos en sus instituciones. ¿Pero en qué cabeza cabe que los ayuntamientos pidan a los ciudadanos kilos de arroz y galletas? ¿Es que una ciudad no tiene doscientos mil euros para donar a otra ciudad hermana? ¿No existen acaso la Cruz Roja, Cáritas o el Banco de Alimentos que son las instituciones expertas en estas tareas, que tienen miles de voluntarios, que saben cómo llegar a los sitios, que tienen entidades abiertas en cualquier punto de España? Hacerse el bueno con el paquete de galletas que una humilde vecina de un barrio llevó hasta el ayuntamiento me parece el colmo de la desfachatez. A veces me sorprende que los ciudadanos sigan fiándose.


4.- Los hábitos embarrados

Los vimos por todas las partes. Desde el obispo, los sacerdotes, los diáconos, las religiosas y religiosos, los catequistas y las sociedades de Iglesia. Salieron al barro de la vida, al fango de la tragedia, desde el primer momento y todavía continúan. Salieron con sus hábitos, sus sotanas, su camisa negra y su alzacuello blanco, sus tocas y sus crucifijos sobre el pecho. Estuvieron donde tenían que estar: quitando el barro de los comercios, de las aceras, de las casas, de las iglesias. Consolando a los inconsolables, repartiendo pan y esperanza, rezando cuando la noche caía en las tiendas de campaña, abrazando otros cuerpos embarrados y otros corazones llenos de desolación. Repartiendo agua y bocadillos, llevando velas para las casas sin luz, limpiando comedores, iglesias y residencias de ancianos. Los cristianos supieron y quisieron estar donde se los necesitaba y donde les urgía el amor de Cristo. Sólo tuvieron que calzarse las botas de agua, a veces ni siquiera eso, porque no había para todos. Dejaron conventos, colegios, monasterios, palacios, oficinas, parroquias, comunidades y ermitas y se arremangaron, sin miedo a que el barro y el fango manchase sus cuidados hábitos.


5.- El examen de Paiporta

Y ya para finalizar, me gustaría hablar de algo que a mí me llamó poderosamente la atención. A los pocos días de la tragedia, los Reyes se presentaron en el epicentro de la tragedia. Hasta entonces el presidente del Gobierno no había hecho acto de presencia, tal vez porque los votos de aquella tierra no le servían para su permanencia en la Moncloa. Pero también él acompañó a los Reyes. En Paiporta, como todos sabemos, la rabia y la ira, largamente contenidas en los días previos, estalló contra la comitiva. Hubo gritos e insultos. Voces y barro arrojado con rabia y puntería. Pero Felipe y Leticia permanecieron en su sitio, con su pueblo, escuchando su ira y su desconsuelo. Tal vez no habían ido a Paiporta para recibir aplausos, sino para tratar de entender y llevar el calor de toda España. Dieron la cara. Aguantaron los gritos y los barros. Lograron sosegar los ánimos y pudieron escuchar de primera mano sus quejas, su dolor y sus historias de desconsuelo. Antes de que la visita finalizase, recibieron el abrazo de muchos ciudadanos de a pie. También una excusa: “No es contra vosotros”. Por tres veces el Jefe de Seguridad de la Casa Real pidió al Rey que abandonara el escenario, pero con la valentía de un soldado, permaneció en su sitio, en el vendaval. La ira también explotó contra el presidente del Gobierno. Un individuo golpeó con una pala el coche de Pedro Sánchez, que abandonó rápidamente el escenario de barro y lodo. Es fácil hablar en las ruedas de prensa de la Moncloa, donde se prohíben las preguntas incómodas. Es fácil hablar en los polideportivos, donde los aplaudidores están garantizados. Permanecer en el fango de la vida real no es fácil. El pueblo contrastó el coraje de su rey y la cobardía del presidente del Gobierno. Las encuestas al día siguiente daban un 7 a los Reyes y un 2 a Sánchez. Al finalizar la visita, el rey quiso hablar en una improvisada rueda de prensa. Fue algo insólito. Pedro Sánchez permaneció durante la misma con cara de póker. La actitud  valiente de rey fue para él una humillación y una bofetada. Un fotógrafo hizo la foto del día durante la rueda de prensa. Las botas de Felipe VI,  manchadas de barro. Los zapatos de Pedro Sánchez, impolutos. Paiporta hizo un examen. Y cada uno obtuvo la nota que se merecía.

***

Hace un año la Dana nos dejó algunos recados, nos transmitió algunos mensajes. ¿Habremos aprendido algo? Sobre todo, ¿habrá aprendido algo la clase política con su obstinada negativa a hacer autocrítica y a reconocer los propios errores? Y también como sociedad civil, como pueblo, ¿hemos sacado alguna lección de esa catástrofe?

















domingo, 26 de octubre de 2025

A propósito del caso Charles Kirk

     


        No sé cuántos españoles sabían algo de Charles James Kirk, hasta el momento en que una bala asesina acabó con su vida el pasado 10 de septiembre, mientras daba una conferencia en el campus universitario de Utah. La muerte a tiros de Kirk, activista conservador, cercano a Trump, ha sido una de esas muertes que mejor refleja el mundo polarizado en el que vivimos, así cómo la incapacidad para diferenciar el mundo de las ideas del mundo de las personas. En este mundo de polarización la primera víctima es siempre la verdad. La segunda, el valor sagrado de la vida. Tanto los políticos, como los medios de comunicación afines, los influencers como los activistas quieren a toda costa que pensemos como ellos, dividiendo el mundo entre los míos y los contrarios, entre mis amigos y mis enemigos. Y si a eso añadimos el escaso nivel de formación y los bajos niveles de autocrítica, el resultado es verdaderamente espeluznante. 

    Con solo 18 años, Charles Kirk, evangélico de religión, había fundado la asociación estudiantil conservadora Turning Point USA, que  buscaba una mayor presencia del cristianismo en la vida pública y una vuelta a los valores tradicionales de la familia. Kirk estaba casado y era padre de dos hijos de corta edad: 3 años y 15 meses. 

    En los días siguientes a su asesinato, algunas cosas me han llamado poderosamente la atención

    1.- El perdón de su viuda hacia el asesino. En el homenaje funeral celebrado en un estadio, Erika Kirk, refiriéndose al asesino de su marido, aseguró: "Perdono porque eso es lo que hizo Cristo. La respuesta al odio es no odiar". Subrayó, asimismo, que la misión de su marido había sido "salvar a hombres jóvenes, justo como el que le quitó la vida. La respuesta que sabemos del Evangelio es amor y más amor. Amor para nuestros enemigos. Amor para aquellos que nos persiguen". Las más de setenta y tres mil personas que abarrotaban el estadio rubricaron con su cerrado aplauso su decisión cristiana y valiente de perdonar. 

    2.- El discurso del presidente Trump. El discurso del presidente de Estados Unidos calificó a Charles Kirk de 'mártir', habló de sus virtudes cívicas y prometió honrar su memoria, pero en seguida desvió su discurso a su propia agenda política. Arremetió contra los críticos, "agitadores a sueldo" y afirmó que el Departamento de Justicia estaba investigando "a las redes de maníacos de izquierda radical que financian, organizan, alimentan y perpetran la violencia política", para terminar con una frase que, pronunciada en un homenaje a un cristiano, como poco helaba la sangre: "Odio a mi oponente y no quiero lo mejor para él". Antes el sentimiento de odio era algo que se ocultaba, porque se entendía que se rozaba una línea roja que nos separaba del civismo y de la simple humanidad. Ahora el odio se exhibe, se muestra sin tapujo, proponiéndose a sí mismo como modelo de 'odiador'.

    3.- La reacción de odio en las redes. Me ha llamado mucho la atención los mensajes de odio dirigidos contra Charles Kirk. Mensajes de odio basados en sus ideas políticas conservadoras. Alguno llegó a escribir: "Te lo tenías bien merecido" ¿Se puede desear mal a un hombre joven de 31 años que acaba de ser asesinado? ¿No es valiosa la vida de los que piensan de forma diferente, de los que ven la política de otra manera, de los que creen en cosas distintas? Hoy en día, son tantos los que se sienten ofendidos y odiados por las opiniones ajenas, que va a llegar un momento en que no podamos abrir la boca. Estar en contra del aborto no es un discurso de odio. Estar en contra del matrimonio homosexual no es un discurso de odio. Estar a favor de los refugiados no es un discurso de odio. Estar en contra de cualquier genocidio no es un discurso de odio. Son opiniones, por lo menos tan respetables como las que se muestran en sentido contrario. 

    4. Despidos por comentarios ofensivos contra Kirk. En Estados Unidos se han producido los primeros despidos a trabajadores que habían mostrado en las redes mensajes ofensivos o hirientes contra Charles Kirk. Universidades públicas, alguna cadena de televisión y algún departamento ministerial han anunciado sanciones y despidos a trabajadores por sus comentarios incívicos e inhumanos contra Charles Kirk, "incompatibles con los valores constitucionales". Independientemente del mal gusto y la escasa sensibilidad de algunos comentarios, no parece nada sano para la libertad estas sanciones. Tocará a los jueces determinar si ha habido un delito o no, pero dejar en las manos de las empresas determinar qué es o no es delito de odio es el principio de nuevas aberraciones. 

    ***

    ¿Por qué hemos llegado a esto? Básicamente por el desprecio a la verdad. La verdad no depende de la opinión de la mayoría o del poder político en cada momento. Buscar la verdad no es tarea fácil, pero el hecho de desear encontrarla y ponerse en camino nos ayuda ciertamente a cometer menos errores. Quien busca la verdad difícilmente se deja manipular por el que más vocea o por el que ocupa el sillón más importante en la mesa presidencial. 

    La verdad nos hace libres. La mentira nos hace esclavos. Buscar la verdad requiere humildad, conocimiento, sabiduría del corazón y escucha del otro, opine lo que opine. Quien busca la verdad necesita de los demás, porque juntos todo es más fácil. Quien proclama la mentira, sólo necesita súbditos, subordinados, analfabetos gritones, paniaguados, aplaudidores profesionales.

    Nos dicen que estamos es la época de postverdad. La postverdad no existe. Existe la mentira. El pensamiento único es una dictadura. Lo políticamente correcto es el nombre nuevo de la inquisición.  Si dejamos que sean los políticos o los medios de comunicación o los grupos de presión los que determinen qué es lo bueno y lo malo, lo correcto y lo incorrecto, dónde está el bien y el mal, estaremos abriendo la caja de los truenos y transformando en demagogia la democracia y en moral de esclavos la grandeza de los hombres libres. 









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