Mientras paseaba una tarde entre las estanterías y mostradores de
la librería Oletum, cogiendo y dejando libros, curioseando carátulas y solapas,
un dependiente apuntó a un libro y me dijo: “ese”. Lo tomé en mis manos.
Llevaba por título Niño quemado, escrito en 1948 por un
jovencísimo escritor sueco, Stig Dagerman. Anoté el libro en mi cabeza,
pero salí de la librería con Stoner, de John Willians, que era el libro que
venía buscando.
Un tiempo después, ese libro apareció
entre los libros recomendados de la Biblioteca. No sucede a menudo encontrarse
con un autor al que no conoces de nada y que te cautiva a la primera. Es como
el inicio de una amistad. De hecho, otro libro suyo ya está esperándome.
Stig Dagerman tenía sólo 23 años
cuando el periódico sueco Expressen lo envió a Alemania en 1946, para que
escribiera algo sobre una nación en ruinas que por entonces concentraba el odio
del mundo entero en cada metro cuadrado de su territorio. Fruto de este viaje surgió
Otoño alemán, una crónica bien distinta a lo que se esperaba de un
reportero sobre la vencida Alemania. Una frase define su punto de vista: “Los
aliados analizan las posiciones políticas de los hambrientos alemanes. Deberían
analizar únicamente el hambre”. En su deambular por las ciudades destruidas
de Alemania, verdadero “cementerio
bombardeado”, la oscuridad y la desdicha se apoderaron de Dagerman para
siempre. La alegría lo abandonó.
En solo seis semanas, en un estado
febril, pero con la precisión de un frío cirujano, escribió Niño quemado.
Apenas dedicó tres años de su existencia a la escritura. Después entraría en un
desierto estéril que le impidió acercarse al folio en blanco. El 4 de noviembre
de 1954, a tan solo 31 años, a las afueras de Estocolmo, entró en el garaje, cerró
la puerta, arrancó el coche y en pocos minutos los gases acabaron con él.
Niño quemado no habla de un
niño, ¿o sí?, sino de un joven de 20 años, Bengt, que acaba de perder a su
madre, lo más querido para él. La novela arranca con el entierro de una mujer
que no era amada ni por su marido ni por los asistentes al entierro. Un funeral
en el que apenas se llora. Un frío glacial acompaña el momento de la despedida.
Poco después Bengt se entera de que su padre llevaba una doble vida al lado de
una mujer más joven. La rabia y el odio entran en él. También el cinismo y el
amargor. Se cree puro frente a un padre impuro. Y lo que sucede con los que se
creen puros es que juzgan sin piedad a los impuros. Apenas cuatro personajes
llevan el peso de toda la novela, Bengt, Berit, su novia, Knut,
el padre, y Gun, la amante del padre.
Es una novela dura y cortante. Todos
los personajes se sienten incomprendidos y, por lo tanto, dramáticamente solos.
Tal vez, únicamente un vaso de alcohol puede encender sus mejillas y su escasa
alegría. Si en la primera parte de la novela asistimos al duelo de Bengt por la
muerte de su madre y a la explosión de su rabia contra su padre y su amante, en
la segunda parte de la novela, entra el juego la potencia tumultuosa del deseo,
que rompe todos los principios, echa por tierra las normas y nos enfrenta a
nuestras contradicciones. Es un deseo impetuoso y atormentado, sazonado por la
culpa y el remordimiento de Bengt y de Gun. Pero hay destellos de luz y de
felicidad en el lecho de los amantes que se encuentran por primera vez. Se vive,
por breves momentos, en la eternidad de un paraíso, aunque temerosos de que esa
eternidad del amor será efímera e ilusoria: “Nada es tan bonito como los
primeros minutos a solas con alguien que podría amarnos y a quien nosotros
también podríamos amar. Es por esos escasos minutos por los que uno ama, no por
los muchos que vienen después”.
Los dilemas éticos se suceden: la culpa
y la dicha, el bien y el mal, el rencor y la reconciliación, la ternura y la
ira, el adulterio y la pureza. Pero la novela no es inolvidable por el
argumento, sino por la potencia del ritmo, por la atmósfera que el lenguaje
recrea, por las reflexiones que Bengt deja en las cartas escritas para sí
mismo, por esa capacidad para poner palabras a los sentimientos tan
contradictorios que anidan en cada ser humano, capaz de masticar el odio o de paladear
el deseo, capaz de justificar el propio cinismo, la hipocresía y la infidelidad.
Y al lado del ímpetu
amoroso de los amantes, se desarrolla la vida de Berit, la novia de Bengt, una
joven desvalida, pura y llorosa, acongojada por un mundo que no comprende,
temerosa de perder su única referencia en este mundo. En un momento de
tristeza, pregunta a Bengt: “Entonces, ¿por qué la amas?”. Es la
pregunta de quien se siente traicionada y malquerida. La cadena se rompe
siempre por sus eslabones más frágiles.
La novela -y en concreto un capítulo- en
cierto modo adelanta el final trágico del escritor. Una sentencia devastadora
lo confirma: “vivir no significa otra cosa que prorrogar, día tras día, el
propio suicidio”. Dentro de sí se alojaba su peor enemigo: “Dos cosas me
llenan de espanto. Dentro de mí, el verdugo, y sobre mí, el hacha”.