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lunes, 10 de agosto de 2026

Marjane Satrappi: morir de pena y tristeza



La caída del sha y la dictadura de los ayatolás

Marjane Satrapi tenía apenas 10 años cuando Irán vivió jornadas históricas: la caída del sha de Persia y el advenimiento de ayatolá Jomeini para regir los destinos de un país que los griegos llamaban Persia, y los propios habitantes de ese territorio Irán. Era el año 1979. Marjane había nacido en noviembre de 1969 en la ciudad de Rasht, la de las lluvias plateadas, en la región de Guilán, en las  orillas del mar Caspio,  donde lo musulmán se une a lo zoroastra y la influencia azerí a la turkmena. Una región de bosques frondosos y pluviosidad frecuente. Los Satrapi eran una familia acomodada y liberal que quería una educación europea y cosmopolita para su hija, a la que desde pequeña habían matriculado en el liceo francés de la ciudad. Los Satrapi vieron con buenos ojos la caída de Reza Pahlavi, sostenido por Estados Unidos, y que reinaba sobre un país con profundas desigualdades sociales y con una corrupción generalizada. Pero esta alegría duraría muy poco: la revolución de Jomeini se convirtió rápidamente en una dictadura islámica. Pronto el país se vio en medio de una guerra contra Irak, que fue la excusa perfecta de los ayatolás para imponer una dictadura teocrática islámica, cuyo rasgo más visible fue la imposición del velo negro a las mujeres.

Soledad en Viena, desolación en Irán

                Marjane Satrapi abandonó Irán a los 14 años, para proseguir en Viena sus estudios de bachillerato en el Liceo Francés. En la capital austriaca tuvo que enfrentarse a un choque cultural, para el que no estaba preparada. Llegada de un país donde un abrazo en público de una mujer a un hombre era considerado como un acto sexual y, por lo tanto castigado, se sintió confundida por la liberación sexual que se vivía en Europa, así como el acceso fácil al alcohol y a las drogas. Sola y perdida, extranjera y sin familia en Austria, inició una relación amorosa con el joven Markus que resultó desastrosa. Durante tres meses vivió en la calle como una vagabunda. Reclamada por sus padres y harta de tanta soledad, volvió a Irán, y se encontró con un país desconocido que había pasado por una guerra que había dejado más de un millón de muertos. Un país con las cárceles llenas de opositores. Y con una dictadura que vigilaba la moral pública y cuyos guardianes de la revolución detenían y propinaban latigazos a la gente por cualquier motivo: el velo incorrectamente colocado, las uñas pintadas, los calcetines de colores, escuchar música occidental, acercarse más de lo debido al sexo contrario o expresar una idea leve en contra del régimen. Un país donde el Corán prohibía ejecutar a una muchacha virgen. Para cumplir el mandato coránico, la muchacha era violada y, a continuación, podía ser ejecutada sin ningún sentimiento de culpa. Para añadir más horror al horror, el violador era matrimoniado con la violada, y podía reclamar legalmente la dote a la familia de la muchacha violada y ejecutada.

La historietista que conquistó Francia

Marjane Satrapi aguantó poco tiempo en Irán. Abandonó el país de nacimiento y se instaló definitivamente en Francia, donde dio comienzo a su carrera creadora, como historietista, pintora y directora de cine.  Ser mujer y ser artista, tener ideas democráticas era incompatible con vivir en la tierra donde había nacido. En París, toma contacto con el mundo del cómic. Entra en el conocido Taller de los Vosgos, donde trabaja un grupo de historietistas. Un amigo dibujante le invita a contar su infancia y los recuerdos de su país en viñetas. Así surgió Persépolis, un libro que conocería un éxito fulgurante en Francia, y que fue premiado en el festival más importante del cómic de Angulema. Persépolis, editado en cuatro tomos, puso en el foco del mundo cultural la historia de las mujeres iraníes. Hasta ese momento la izquierda cultural europea había mirado a otra parte. La caída del Sha había sido saludada con extremo alborozo. Y nadie había querido ver que la revolución de Jomeini había traído una dictadura mucho más cruel. La cultura imperante en Occidente no había querido ver que las mujeres iraníes, que hasta 1978 gozaban de mucha libertad, vestían minifaldas, escuchaban rock y hablaban idiomas, habían vuelto a las cavernas. La vestimenta y el velo negros eran sólo la punta del iceberg de una violencia ejercida contra las mujeres en nombre del Corán, interpretado según los ayatolás y su régimen de terror.

Persépolis: memoria y denuncia

                Persépolis es una novela autobiográfica en viñetas pintadas únicamente en blanco y negro. Pero no es una historia contada desde el resentimiento y el odio, tampoco desde la ideología o del activismo político, que diríamos hoy. Es la historia de una niña rebelde, curiosa e inquieta, muy madura para su edad, pero en la que no falta, la sonrisa, el humor, la ironía. No es un ensayo, sino la experiencia de una joven que conoció los estertores del régimen del sha, los comienzos esperanzados de la política de Jomeini, la transformación en una dictadura teocrática, el autoexilio en Austria, el choque cultural europeo, el regreso a un Irán exhausto por la guerra contra Irak, y el abandono del propio país para regresar a Europa y poder expresarse con libertad.

               La vida de Marjane Satrapi fue breve pero intensa. Conoció el amor, pero también el éxito profesional. La película basada en su libro Persépolis, y que ella misma dirigió obtuvo numerosos premios y fue candidata al Óscar. Diseñó el tapiz oficial de los Juegos Olímpicos de París. Fue doctora honoris causa por las universidades de Lovaina y Buenos Aires. Y en 2024 recibió el premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades, su más alto reconocimiento internacional. Deja una obra que es un estímulo para los artistas del cómic, para los cineastas y los dibujantes, pero también para los que luchan por la igualdad de hombres y mujeres y por las libertades democráticas en los países del mundo afectados por el integrismo musulmán.

Morir de pena y tristeza

                Marjane Satrapi ha muerto en un momento en que su país había vuelto a las primeras páginas de los periódicos: el ataque de Trump a Irán y la batalla por el control del estrecho de Ormuz, paso obligado de los petroleros. Ha muerto en medio de un mundo dividido entre los que clamaban contra Trump y su imperialismo, y los que clamaban contra los ayatolás de Teherán y la violencia ejercida contra su propio pueblo. Un mundo dividido entre los que defendían el derecho internacional y los que defendían el derecho a ser libres en Irán. Las manifestaciones de signo distinto en varias ciudades europeas: unos en contra de la guerra emprendida por la administración estadounidense; otros en contra de la persistencia de la dictadura teocrática en la antigua Persia.

                Pero Marjane Satrapi, muy probablemente, ya no pensaba ni en unos ni en otros. En el fondo, a nadie le interesaban los derechos de las mujeres. Cada uno miraba para su propio interés y para su propia ideología. “El ser humano tiene que ir por delante de las ideologías”, había escrito Satrapi. La autora de Persépolis se fue hundiendo en la tristeza desde que en abril de 2025 había muerto el amor de su vida, su marido Carl Mattias Ripa, el sueco con eterno aire adolescente con el que había compartido su vida, y que le aportaba alegría y ligereza, a ella, que tenía alma y rostro de tragedia griega. Renunció a todos sus proyectos cuando supo que el cáncer había atacado para vencer cruelmente a Mattias Ripa. El pasado 4 de junio de 2026, su familia comunicaba que Marjane Satrapi “había muerto de pena y tristeza a los 56 años”. La mujer valiente que se había metido en mil batallas, que había luchado, desde el conocimiento de la realidad iraní, en contra de un régimen criminal que condenaba a todos, pero especialmente a las mujeres, a ser sombras andantes, cuerpos sin alma, dirigidos con mano de hierro por los enviados y los profetas de Allah, o más bien directamente por el Maligno. Marjane, arrastrada por la tristeza ha entrado finalmente en la nada. O tal vez se ha presentado de nuevo ante el amor de su vida. No sólo se muere de amor en la literatura o en las canciones melódicas. Dicen los expertos que el “síndrome de corazón roto”, técnicamente conocido como cardiomiopatía por estrés o cardiomiopatía Takotsubo, suele acaecer cuando el dolor intenso por el que se pasa tras la pérdida de un ser querido provoca una cardiomiopatía por estrés. La muerte de un ser querido, por ejemplo la pareja con la que hemos sido dichosos, es un acontecimiento traumático que puede llevar a la muerte, por un súbito desgaste del corazón. O puede arrastrar al suicido, por esa sensación de falta de sentido de la vida y un sufrimiento insoportable al constatar que se ha perdido todo lo que se poseía, y sentirse totalmente abandonado y sin horizonte.

Melena al viento y labios pintados

Su melena azabache larga y al viento y sus labios pintados de rojo pasión fueron su manera de presentarse ante el mundo. Una protesta silenciosa pero clara contra los que impusieron el velo para tapar el cabello y para tapar los labios de las mujeres, los labios que hablan y los labios que besan, con libertad y con pasión.

Carl Mattias Ripa y Marjane Satrapi

Portada de Persépolis
Una viñeta de Persépolis


Ruinas de los palacios de Persépolis

Tapiz de los Juegos Olímpicos de París



Entrega del Premio Princesa de Asturias





Funeral en París

Panteón de Marjane Satrapi y Carl Mattias Ripa










miércoles, 5 de agosto de 2026

Hic sunt leones, de Katerina Poladjian

 


            La frase latina “Hic sunt leones” (aquí hay leones) se utilizaba en los mapas de la Edad Media para indicar que se estaba adentrando en territorios inexplorados y peligrosos. Los leones hacían alusión a lo salvaje, desconocido y peligroso.

            Helene Mazaviàn, alemana de origen armenio y restauradora de libros, obtiene una beca de una institución alemana para trabajar durante un año en el Archivo Central de libros armenios en la ciudad de Ereván, y al mismo tiempo para aprender la técnica del cosido de libros, diferente a la empleada en los países occidentales.

            En sus manos depositan una Biblia para ser restaurada, una Biblia familiar y doméstica. Una de esas biblias que los padres pasaban a los hijos como la herencia más preciada y más preciosa. Y en las páginas de esa Biblia, sus lectores iban haciendo anotaciones a lapicero o colocando estampas, esquelas, invitaciones, hojas secas, cuentas, o lo que fuese.

            Helene, con el libro entre sus manos, tiene ante sí, no sólo una pequeña obra de arte sobre la que debe ejercer una técnica de restauración, sino también la historia de una familia, la historia de un pueblo y de un acontecimiento que marco a sangre y a fuego a los armenios: el genocidio de 1915 al que fueron sometidos por los turcos. Sólo entonces comprende que hay una distancia insalvable entre la profesional en restauración de libros antiguos y la mujer con raíces armenias, un eslabón más de ese pueblo antiguos que “Dios dibujó con mano cansada”.

            A la historia de la restauradora en Armenia, a sus relaciones con los otros restauradores, a su intimidad con Levon, un armenio alistado en el ejército y músico de jazz, a sus noches de copas en un club de música, se añade la historia trágica de un pueblo, personificada en los dos  hermanos Hran y Anahid, a los que su madre entregó esta Biblia, a la vez que les apremiaba a huir  lejos, para que ni ellos ni la Biblia cayeran en manos de los turcos. Los hermanos emprenden una huida desesperada sin más alforjas y más viático que esta pequeña Biblia.

            “Las biblias familiares armenias debían ser pequeñas para poder sujetarlas en cualquier momento bajo el brazo. Y es lo que hacía la gente. Algunos dejaban atrás a su propio hijo, antes que su Biblia. Siempre preparados para tiempos inciertos, siempre listos para huir. En las Biblias familiares la gente hallaba consuelo”. Una Biblia pasaba de padres a hijos, como si les suplicasen: “recordadnos”, porque “este pueblo siempre tuvo miedo de desaparecer”.

La actriz y escritora Katerine Poladjan nació en Moscú en 1971, de orígenes armenios. Creció en Roma y Viena y finalmente se instaló en Alemania. Hic sunt leones tiene mucho de autobiográfico y de su deseo conocer su pasado y los sentimientos y las tensiones entre los armenios que viven en el país y los armenios de una diáspora desperdigada por el mundo, a partir del genocidio.

En la Biblia que Helene Mazaviàn se dispone a restaurar y a coser, encuentra anotado este pensamiento sombrío y a la vez esperanzador: la fe inquebrantable de todo el pueblo armenio:

 "Este libro fue escrito en un tiempo amargo y maligno, pues por todas partes llega amargura, y la aflicción envuelve a nuestro atribulado pueblo, pues cada año caen diferentes castigos sobre él. Hambre, espada, cautiverio, muerte, terremotos, moho, langosta, gusanos, fiebre, ictericia, inundación, plagas que soy incapaz de describir. Todo ello ha caído sobre nosotros porque pecamos, de otro modo, Señor, no cabe comprenderlo, pero te damos las gracias, por esta vida, tenemos a Cristo como refugio de la esperanza y el abrigo”.

         Se dice que un libro no es del todo bueno, si no te lleva a la lectura de otro libro, Hic sunt leones es un aguijón para conocer mucho más sobre la terrible tragedia plaga del genocidio sufrido por los armenios. El lamento más amargo de los que huían, habiéndolo perdido todo era esta escueta expresión: “Ya no hay casa”. Y en este “ya no hay casa”, cabían incluidos los familiares muertos, los campos amados, los cantos cantados, las biblias leídas y releídas, la memoria colectiva y el sonido de la campana de la iglesia de la aldea.














Los pájaros, de Tarjei Vesaas

 

            “Más allá de la cerca se erguían dos álamos marchitos cuyas copas lucían blancas y desnudas entre los verdes abetos. Se erguían el uno junto al otro, y la gente del pueblo los llamaba Mattis-y-Hege, aunque de puertas adentro”.

Tal vez por estar escrita en lenguas poco frecuentadas, o por tener una historia poco conectada con la nuestra, o por la lejanía geográfica, lo que es cierto es que la literatura de los países nórdicos es muy poco conocida en España. Y sin embargo, en los últimos años algunos libros suecos, daneses o noruegos han estado entre las lecturas que más alegrías me han dado.

Tarjei Vesaas (1897-1970) fue uno de los escritores mayores del siglo XX en su país de origen, Noruega. Nacido en una familia de agricultores, conservó siempre una gran sensibilidad hacia la naturaleza y el terruño. Hasta en tres ocasiones fue candidato al premio Nobel. Sus dos obras más conocidas son El palacio de hielo y Los pájaros. Escribió toda su obra en nynorsk, una variante minoritaria del noruego basado en dialectos rurales.

Los pájaros es una novela singular, donde prosa y poesía se funden y se abrazan. Tal vez no es una novela deslumbrante. Ni posee un ritmo frenético, ni una acción desbordante, que son como las señas de la literatura de consumo literario de hoy día. Es una novela pausada, una novela escrita en adagio, con muy poco personajes, sin saltos en el tiempo, casi ‘plana’, podríamos decir. Una meseta que nos permite ver el lejanísimo horizonte y el beso entre cielo y suelo. En una humilde casa en el campo, aislada del resto de casas, vive Hege, de cuarenta años, con su hermano Mattis, tres años más joven que ella. Al otro lado del bosque, está la aldea. Muy cerca, un hermoso lago. Desde las primeras páginas sabemos que Mattis es un chico con retraso intelectual. La novela, con sutileza y finura, nos va introduciendo en la forma de pensar, lenta, diferente, de este joven, torpe para tantas cosas de la vida práctica. El pensamiento de Mattis, su forma de discurrir, nos va ganando pozo a poco, y la novela nos ofrece la profundidad de su forma de razonar. Mattis no piensa como todos. No deduce como los ‘normales’. No trabaja como los demás. Tiene un miedo atroz a las tormentas, pero lo que más le atemoriza y atormenta es la posibilidad de que su hermana se canse de él y lo deje solo. Como una oración suplica una y otra vez: “No me abandones”.

Por todo ello, a Mattis en el pueblo le llaman el Simplón. Los conocidos le tratan con una cierta condescendencia. Mattis mira y observa los fenómenos de la naturaleza, como quien lee un libro en el que están escritas nuestras vidas: el cortejo nupcial de la becada por encima de su casa, las tormentas, el rayo que fulmina uno de los árboles que llevan los nombres de Hege y Mattis.

Mattis es un poco tarugo para las labores agrícolas, como lo vemos en el episodio en que le contratan para escardar nabos. Su hermana lo quiere. Tal vez condescendientemente. Tal vez desde la rutina. Tal vez desde la protección a la que está obligada, porque ambos son huérfanos, y porque Mattis sólo la tiene a ella. Hege trabaja y trabaja haciendo punto. Así se gana la vida y así viven austeramente los dos hermanos. Hege tal vez hubiera soñado otro destino en la vida, pero tiene que ejercer de madre de su hermano Mattis. Hege está en una edad en la que el tedio y la rutina pesan mucho: las esperanzas se han evaporado; los trenes no se han detenido; el futuro tal vez sea no tener futuro. Hege intenta que Mattis entre en razón, que vaya a las granjas para que le den un día de trabajo, pero se rinde pronto a la realidad: su hermano es como es.

A veces únicamente los desconocidos o los que no tienen prejuicios son capaces de comprender a Mattis, de entenderle, de conocer lo que bulle en sus adentros o el hilo que sigue su discurso. Es el caso de las dos bañistas, Inger y Anna, que lo rescatan de su barco que hace aguas, y ante las cuales él exhibe, por una vez en la vida, su destreza con el remo. Verdadero refuerzo y empujón y aliciente para el Simplón de la aldea.

            Mattis no quiere volver a trabajar en el campo, porque se sabe un torparrón, algo que le deja en evidencia. Decide hacerse barquero para cruzar a las gentes de uno al otro lado del lago. Pero nadie cruza ese lago en un bote de madera endeble, cuando ya hay lanchas a motor. Sólo en una ocasión, un forastero, un leñador que viene a trabajar en esa zona, le pide que le cruce el lago. El leñador, invitado por Mattis, termina hospedado en su pobre casa. Y ahí la novela da un giro. Ahí empieza el drama de Mattis. Muy pronto, Jørgen, que así se llama el leñador, y Hege se enamoran. Mattis se siente excluido y amenazado. El miedo es irracional. A partir de entonces, la novela se precipita a un abismo aciago. Y el lector asiste poco a poco al desmoronamiento de la existencia de Mattis, hasta llegar a un final desolador.

             Pocas veces la literatura nos cuenta el modo de pensar, distinto, diferente, por senderos no trillados ni convencionalmente válidos, de una persona con discapacidad intelectual. La escritura de Tarjei Vesaas sugiere, insinúa, da pistas, ofrece detalles y, sobre todo, nos ayuda a bucear en la cabeza de Mattis, en su forma de pensar, sentir y amar.

            Esa comunión de Mattis con la naturaleza, y de manera especial con la becada, tiene una página magistral en los ‘mensajes’ que esta ave deja para Mattis en una superficie de barro junto al riachuelo:

“En la tersa superficie amarronada del cieno, resaltaban las delicadas huellas de las patas de un pájaro, y también había en la ciénaga numerosos agujeritos, redondos y profundos. La becada había pasado por allí. Los profundos agujeros los había producido el pico que la becada había clavado con fuerza en el suelo para desenterrar algo de alimento o, en ocasiones, sólo por picotear y escribir con ello. Mattis se agachó y leyó lo que ahí decía. Contempló sus leves huellas danzarinas. Así de ligero y delicado es el pájaro, pensó. Así de ligero es el caminar de mi pájaro sobre el cieno, cuando está cansado del cielo. Tú eres tú, ponía”

  













lunes, 11 de mayo de 2026

Indestructibles, de Xavier Aldekoa

                


         El escritor barcelonés (nacido en 1981) viajó a África apenados hubo concluido sus estudios de periodismo. Desde entonces, el continente africano es una pasión y la razón de su escritura. Viajar por África, a muchos les ha hecho escritores. Actualmente el autor ejerce como corresponsal de La Vanguardia para asuntos africanos. Acabo de leer su libro Indestructibles, en el que recoge un buen ramillete de historias concretas, con nombres y rostros, de hombres y mujeres indestructibles en sus deseos de superación e indestructibles en su esperanza. La esperanza, no por mucho repetido es menos cierto, es el motor de África.

                De Madagascar a Etiopía, de Cabo Verde a Mozambique, Xavier Aldekoa nos cuenta vidas venturosas y desventuradas, pero todas ellas valiosas e instructivas. Marceline tiene un sueño: ser profesora. Vive en Madagascar tiene que trabajar y trabajar para ganar unas monedas y pagar sus estudios. Tiene que quitar horas al sueño para aplicarse con los libros y los cuadernos. Ella es la primera ‘indestructible’ que conocemos en las páginas de este libro, pero hay muchas más. El bebé Ibrahim, con 18 meses sobrevivió a la más mortal de las epidemias, el ébola, en un país como Sierra Leona, donde los contagiados fueron abandonados internacionalmente a su suerte, pero también donde un grupo de médicos y voluntarios, sin capa y sin espada, fueron héroes en los hospitales y en las calles. Así conocemos a Abi, una chica a la que el ébola se llevó por delante a su familia y que tuvo que empezar de cero, como tantos, ante esa plaga universal.

                Probablemente el capítulo más desolador, y también el más lúcido, es el que nos habla de la travesía de tantos africanos para alcanzar las costas europeas. Conocemos cifras de los que mueren ahogados en el mar persiguiendo su sueño. Pero hay otros regueros de muerte en tierra firme, especialmente por las rutas del desierto para alcanzar Libia, un trampolín para entrar en Europa. Las mafias campan a sus anchas. Las tarifas para cruzar el desierto en todoterrenos son cada vez más altas. La impiedad de los ‘coyotes del desierto’ hacia los jóvenes que desean emigrar es cada vez más cruenta. Muertos de miedo, helados de frío en las noches y sudorosos en las horas de sol, grupos de jóvenes están a merced de las mafias, inflexibles con las cuotas y las condiciones del viaje. Las arenas del desierto cubren a diario cuerpos, muertos de hipotermia, enfermos de malaria, caídos al suelo por la velocidad y los vaivenes de los vehículos que huyen como bandidos para esquivar los controles. Y en este escenario de terror, el humilde Charif se atrevió a enfrentarse al conductor mafioso, que se negaba a detener la marcha, aunque dos mujeres se habían caído del todoterreno.     

                Aldekoa nos habla también del próspero negocio de la venta de esclavos en Libia, un país que se sumergió en el caos legal después de la caída de Gadafi. Los libios atrapan a los subsaharianos en su camino a Europa, para venderlos como esclavos para trabajar en las minas a ellos, y como prostitutas a ellas. Y también nos cuenta la frustración y la amargura de los que intentaron salir de África y, por muchos motivos, no lo consiguieron. Unos por un miedo insuperable ante un horizonte de penalidades, otros porque fueron atacados y perdieron el dinero que su familia había ahorrado para este incierto viaje. En fin, una suma de infortunios es el pan de los fracasados. Todos ellos sienten vergüenza de volver a sus casas como perdedores, y se quedan malviviendo durante años en otros países, haciendo trabajos que nadie haría. Se sienten atrapados, como Alex Jallah, perdido en Níger, ejerciendo de peluquero, para ganar 1,5 euros al día. Un joven atrapado.

                La historia de Margaret, apenas una niña de once años, casada con un hombre que le triplica la edad, en un país, Uganda, donde la costumbre, la tradición, la pobreza, lleva a muchas familias a establecer estos matrimonios infantiles. Margaret se sienta también atrapada entre la costumbre, la añoranza por los juegos infantiles, las obligaciones de una mujer casada y la promesa de que ella no obligará a sus hijas a casarse de niñas.

                La violencia que en las primeras décadas del siglo XXI han desatado los radicales musulmanes, han provocado el caos y la muerte de tantos inocentes. La irrupción asesina del yihadismo ha causado más de cincuenta mil muertos entre los habitantes de Camerún, Nigeria, Níger y Chad. Boko Haram es el grupo terrorista más conocido, pero hay muchos más. Especialmente dramático fue el caso de las niñas bomba. Jóvenes muchachas medio drogadas, con cinturones explosivos bajos sus ropas holgadas, fueron enviadas a hacerse explotar en medio de los mercados o en lugares de reunión. Se habla de que, al menos, 450 niñas se inmolaron. Las inmolaron. Miles de personas abandonaron apresuradamente el sus aldeas y en su desesperada huida, sin alimentos y sin recursos, muchos murieron. Daniel Jacobs podría servir de ejemplo de los condenados al exilio. Hasan podría servir de ejemplo de los que lograron sobrevivir al infierno, simplemente porque se hicieron el muerto bajo los cuerpos de los que verdaderamente habían sido asesinados. Por otro lado, el ejército, en su lucha contra el yihadismo, sembró un terror paralelo, cargándose a cualquier sospechoso de colaboracionista con el terrorismo.

                Leyendo el libro de Aldekoa me he encontrado con historias, que con otros nombres y en otros países, he conocido en mis viajes a África. Por ejemplo, la historia de Enmanuel, un niño togolés acusado de brujería y, por lo tanto, arrojado a la calle y estigmatizado para siempre. Muchos de los niños de la calle son el fruto maldito de un fenómeno irracional pero real: los llamados brujos, injustamente acusados de provocar la desgracia a su alrededor. Otro ejemplo podría ser la historia de José Albino Luis, otro menino da rua, en las calles de Mozambique, al que la pobreza extrema y el maltrato familiar arrojaron a la calle, como un trasto inservible. La extracción del cobalto o del coltán en las minas de la república democrática del Congo es una de las metáforas de la situación en la que viven y malviven tantos adolescentes y jóvenes, obligados a jornadas extenuantes para extraer minerales que sirven para nuestros aparatos tecnológicos. ¡Hay mucha sangre en el interior de nuestros teléfonos móviles!

                La sabiduría africana nos recuerda que los árboles secos también tienen un valor, aunque ya no den frutos y no tengan hojas, pues sirven para que los pájaros duerman en sus ramas.

                Tienen valor las vidas de los pobres. Tienen valor las vidas de las mujeres casadas en su infancia. Tienen valor las vidas de los niños de la calle. Tienen valor las vidas de los migrantres que cruzan el desierto libio. Y las de los que yacen bajo las arenas. Y las que se perdieron en un mercado por las bombas del yihadismo. Tienen valor las vidas de los que sueñan grandes sueños o sueños pequeñitos. Tienen valor las vidas grávidas de esperanza. Todas esas vidas tienen o tuvieron una semilla de esperanza en sus entrañas. Y por ello, en cierto sentido, fueron indestructibles.





miércoles, 29 de abril de 2026

Enfermos crónicos; niños normales

     


    "Aunque sólo soy una niña, hace ya tiempo que lo acepté. Que siempre seré bajita. O zurda... ¡O futbolista! Y lo que siempre seré, seguro, es enferma crónica. Me ha costado un poco, pero he aprendido que hay cosas que van a estar ahí, conmigo, toda la vida. Y si forman parte de mí, no pueden ser tan malas, ¿verdad?"

    Unos breves y eficaces textos de Aida Acitores son el esqueleto que sostiene las hermosas ilustraciones de Laura R. Lázaro de un libro muy singular y muy bello "Cosas que soy y siempre seré". 

    El libro o cuento infantil nos habla de una niña que es todas los niños y niñas que conviven día a día, incluso desde su nacimiento, con una enfermedad crónica.

    La niña protagonista del libro tiene el pelo castaño oscuro y los ojos negros. Es bajita y lleva gafas por su miopía. Es zurda. Es futbolista y también algo torpe con los patines. Le gusta asomarse en la noche por la ventana para mirar su 'lucerito' en el cielo. Y, además, una cosa más, es enferma crónica. En este caso, fibrosis quística.

    Cuando un pequeño convive con una enfermedad crónica sabe que tiene que tomar unas medicinas, mantener algunos hábitos de ejercicio, comer o no comer determinados alimentos. Y por ello, cree que eso es lo normal, que eso mismo e lo que hacen todos los niños.

    ¿Qué es lo normal, qué es la normalidad? Para alguien que es zurdo, eso es lo normal. Para alguien que es un enfermo crónico, eso es lo normal. Esta podría ser la primera enseñanza de este hermoso libro. Hay muchas 'normalidades'. De hecho, hay tantas normalidades como individuos hay en el mundo.

    La segunda moraleja del libro podría ser esta: muchas veces tener una enfermedad crónica no significa estar "malito", no significa estar impedido o limitado o condicionado. Ser enfermo crónico puede significar únicamente que tienes que tomar unas pastillas, alimentarse de una determinada manera, realizar determinados ejercicios. Por lo demás, cualquier menor con una enfermedad crónica puede ser, como la protagonista, valiente, divertida, deportista, saludable, curiosa y feliz...

    Esta mirada diferente sobre la "normalidad" y sobre la "enfermedad crónica" es el valor y la fortaleza de este oportuno libro. Un mensaje de resiliencia y luz. Un mensaje de la normalidad y naturalidad que hay en la diversidad. Ha sido editado por la Asociación de Fibrosis Quística de Castilla y León, con la colaboración de Federación Española de Enfermedades Raras. Y se ha publicado de manera solidaria, a beneficio (el libro cuesta 18€) del hospital de Cruces de Baracaldo que sigue investigando parar poder detectar de forma temprana infecciones fúngicas en Fibrosis Quística. 

    Como se dice en los créditos de las películas, este libro está basado en una historia real. A la niña palentina real que ha inspirado esta historia, perfectamente retratada por la ilustradora, la he visto jugar en el parque con su amiga querida, tocar una sencilla melodía en un teclado, escuchar atentamente las explicaciones en un centro de restauración de órganos de iglesia, dibujar bonitas tarjetas en un fiesta solidaria, comer su postre preferido en un restarurante y sonreír por cualquier motivo. Como cualquier niño normal y feliz del mundo.

    






Autora: Aida Acítores. Ilustradora: Laura R. Lázaro

    Puedes encargarlo directamente en el WhatsApp de la

Asociación Española de Fibrosis Quística: 680 60 02 43







    

martes, 28 de abril de 2026

Zorba el griego, de Nikos Kazantzakis

 

 

Muchos años después, Alexis Zorba recordaría a su abuelo en un párrafo memorable que resume bien el espíritu de la novela: la curiosidad por el otro y el deseo de celebrar cada encuentro son las cosas que hacen que la vida tenga sentido y horizonte:

“Mi abuelo materno vivía en una aldea de Creta. Cada anochecer tomaba la linterna y se iba a dar una vuelta por el pueblo, para ver si acaso algún forastero había llegado; si así era, lo llevaba consigo a su casa, le servía abundante comida y buena bebida, y, luego, acomodándose en el diván, encendía el largo chibuquí, y se dirigía a su huésped, diciéndole imperiosamente: “Cuéntame. Cuéntame de otros lugares de otras personas, de otras miradas”

Basil, un joven inglés, culto, amante de los libros, tímido, racional, con la Divina Comedia en su bolsa de viaje, llega a Grecia para explotar una mina de lignito en la isla de Creta. Mientras espera en una taberna del puerto del Pireo el barco que le ha de llevar a Creta, coincide con Alexis Zorba, en la sesentena, vitalista, un rostro surcado de arrugas que ha conocido los soles, las lluvias, y también la bebida y los besos. Con todo el desparpajo del mundo, Zorba se ofrece para acompañarle en su aventura minera, y Basil, sin pensárselo, le acepta como compañero: "Me encontré con él por vez primera en El Pireo. Había bajado yo al puerto para embarcarme con destino a Creta. Era un amanecer lluvioso. Soplaba fuertemente el viento".  El joven serio y reservado, está a punto de leer, en la vitalidad, en la forma de entender el mundo, en el corazón de Zorba, el libro más importante de su vida. 

            Nikos Kazantzakis escribió esta novela en 1946, apenas acabada la Segunda Guerra Mundial. La novela de Zorba el griego, vida y andanzas de Alexis Zorba está inspirada en un personaje de carne y hueso llamado George que el autor conoció en una isla del Peloponeso. Kazantzakis quiso compartir con todos sus lectores la personalidad volcánica, espontánea y auténtica de aquel hombre cuya filosofía de vida marcó su existencia.

            Kazantzakis había nacido en Creta en 1883, cuando Grecia era un territorio otomano. Estudio Derecho en Atenas y Filosofía en París. Tuvo simpatías por el movimiento nacionalista griego, por el comunismo y por el movimiento universalista. Pero siempre fue un hombre libre. Tal vez por eso, fue duramente criticado por partidos conservadores y progresistas del país heleno. Unos y otros maniobraron para que Suecia no le concediese el Nobel. Vivió en muchas ciudades europeas. Asceta durante un breve tiempo entre los monjes del monte Athos, poeta, traductor, novelista y ensayista, entre sus obras más conocidas se cuentan El pobre de Asís y La última tentación. Pero sin duda, este libro que comento es su obra más universal. A la fama de esta novela contribuyó también la película, protagonizada por Anthony Quin, y con banda sonora memorable de Mikis Theodorakis. ¿Quién no recuerda el baile del sirtaki mano a mano entre Anthony Quinn y Alan Bates? En 1955 la Iglesia Ortodoxa le excomulgó por sus ataques a los popes ortodoxos: "Me habéis dado una maldición, Santos Padres, yo os doy una bendición: que vuestras consciencias sean tan claras como la mía y que seáis tan morales y religiosos como yo". En 1957 murió de leucemia en Friburgo. No se permitió que sus restos descansasen en un cementerio ortodoxo. Fue enterrado junto a las murallas de Heraklión (Creta). En su epitafio puede leerse: «No espero nada. No temo nada. Soy libre» (en griego: Δεν ελπίζω τίποτα. Δε φοβούμαι τίποτα. Είμαι λέφτερος).

            La novela es un canto a la vida, al hoy y al momento presente. Zorba es un disfrutón que aún a sus más de sesenta años no deja de maravillarse ante un amanecer, unas flores, la belleza de las mujeres, la dulzura del vino, los platos de comida compartidos y la música de su santuri, que lo acompaña de principio a fin de su vida.

              La temporada que ambos protagonistas pasan en Creta es un viaje al pasado de Alexis Zorba. Zorba nos descubre su vida. Ha conocido la guerra y la paz, ha conocido todos los placeres, ha trabajado como un mulo de carga en muchos oficios, ha ido de ciudad en ciudad. Es un hombre sin casa, sin propiedades, sin dinero. Su única riqueza es encontrarse con los demás, conocer sus vidas, aprender, y a la vez mostrarse totalmente espontáneo y alegre, tal como es.

    Zorba ha conocido la guerra: "¿De dónde surgirá ese impulso que nos lleva a arrojarnos contra otro hombre, que no nos causó daño alguno, para morderlo, cortarle la nariz, arrancarle la oreja y destriparlo, al mismo tiempo que invocamos la ayuda de Dios?". Sabe distinguir lo esencial de lo accesorio: Las necesidades fundamentales del hombre, alimento, bebida, mujer, danza, vivían todavía frescas e inagotables en su cuerpo ávido y robusto”. No ha perdido su capacidad para el asombro y la maravilla: “En mi opinión, todas las cosas dan lo mismo: que tenga mujer, o que no la tenga, que sea honrado  o que no lo sea; que sea bajá o mozo de cuerda. Sólo hay diferencia entre estar vivo y estar muerto”. Entre el abismo que precede al nacimiento y el precipicio que sigue a la muerte, está la vida, dulce como unos labios y fuerte como un vino: “Mar, mujer, vino, trabajo afanoso, sin temor de Dios ni del diablo”

            Madame Hortense es una prostituta arruinada y decrépita, hundida en el recuerdo de un tiempo en que los hombres se la rifaban y los marineros la buscaban y agasajaban con perfumes y telas. Pero Zorba, con su caballerosidad y su instinto seductor, la revive de su mortecina vida y la devuelve a su juventud y a su belleza. Las palabras también rejuvenecen y la carne tiembla al escucharlas.

Pero a veces los recuerdos de la vida son muy amargos. El sabio extrae de ellos lecciones importantes para una vida sabia y armoniosa. Zorba había participado en la guerra contra los búlgaros. Había degollado a un pope búlgaro que de día iba a celebrar en la iglesia y de noche colgaba la sotana y salía armado y vestido de pastor y hacía incursiones en las aldeas griegas. Pero al día siguiente de cargarse al pope, va a una aldea y allí se encuentra a cinco chiquillos descalzos, vestidos de negro, que iban mendigando un poco de pan. Les preguntó de quién eran hijos y le contestaron del pope que unos días antes había aparecido degollado. Zorba les dio todo lo que llevaba en ese momento, y se alejó de la guerra: “Degollé, robé, incendié pueblos, violé mujeres, exterminé familias. ¿Por qué motivo? Por la sencilla razón de que eran búlgaros o turcos. ¡Qué asco! Ahora en cambio sólo digo: “Este es buena persona; el de más allá, un sinvergüenza, Sea búlgaro o griego, tanto me da”. Dejó de ser un patriota.

A quien decide vivir la vida con altura de miras y pasaporte universal, no le faltarán ni afrentas ni ofensas. Uno de los momentos más desoladores del libro lo constituye un episodio de violencia y venganza. En la isla, culpan a una viuda, joven, hermosa y libre, del suicido de un hombre de la aldea por ella despechado. Y los familiares reclaman venganza y sólo esperan el día en que esta pueda llevarse a término. La isla es la propia cárcel en la que viven los cretenses, encerrados en sus medievales reglas del honor. Hombres y mujeres a la vez rezadores y blasfemos, rodeados de iconos y vacíos de compasión. Esa joven viuda es acorralada a la puerta de iglesia, mientras que los grupos de mujeres atizan el fuego de la venganza hasta la muerte de la mujer. Zorba y Basil tratan inútilmente de impedirlo. Es una derrota más de la vida. Nadie sale indemne de la existencia, ni siquiera aquellos que tratan de transformar la materia en alegría.

Zorba pregunta a su compañero, al que siempre trata de patrón: “Lo que yo quiero es que me digas de dónde venimos y adónde vamos. Tantos años consumidos en la lectura de mamotretos. ¿Qué has sacado de ellos?” ¿Qué puede responderle el joven muchacho que nada sabe de la vida?

Hay personajes que te esperan pacientemente hasta que un día te decides a abrir un libro y la personalidad de Zorba se aparece con todo su poder seductor: llamar a las cosas por su nombre, abandonar las ideologías, clasificar a los hombre únicamente por su bondad, arrojar lejos los grandes ideales de dios, familia y patria, para bendecir olas del mar, la existencia de las mulas, los atardeceres, la sonrisa coqueta de una mujer, el trabajo fatigoso con los obreros de la mina. Saber encajar los fracasos con hombría, sentir un poco de piedad por los huérfanos, interceder por los que van a ser degollados, celebrar el vino, saborear una sopa de pescado, vibrar con la danza y el canto, y el sonido de un santuri. Vivir la vida a grandes bocados que no caben en las mandíbulas y a grandes tragos que no caben en la garganta

El libro va de eso: la diferencia entre los que teorizan y hablan en abstracto y los que sólo hablan de lo que han vivido, bueno y malo, sin callarse los errores. Zorba es el analfabeto que se convierte en maestro, mientras que el joven inglés, intelectual y rata de biblioteca se ve obligado, gustoso, a ejercer de discípulo. Aprender a vivir lo que la vida ofrece cada día, cuando sol, sol; cuando lluvia, lluvia.

Zorba, pícaro, bondadoso, artero, buscavidas, bon vivant, juguetón, infantil, irascible, dulce, seductor, misógino, grandilocuente, superviviente, truhán, despilfarrador, histriónico, creyente y descreído. En Creta Basil y Zorba no consiguen ningún éxito material. La mina se agota. El sueño de un teleférico para transportar la leña resulta un fracaso. Pero aquella temporada que los dos amigos han compartido deja una huella indeleble, esa huella que sólo la muerte borra.

Cuando la mina se troca en negocio inútil, los amigos que han compartido un tiempo en Creta se separan con mayor tristeza de lo que ellos mismos pueden confesarse. Zorba sigue su vagabundeo y recala en Serbia, donde se casará y donde morirá. Pero ni en esos momentos previos a la muerte se olvida del amigo que conoció en el Pireo y con el compartió amaneceres, horas en la mina, sueños de un teleférico, comidas, bebidas, y la danza de un sirtaki, y con el que, cansado y agotado, durmió junto al mar, padre de Grecia, de donde sigue partiendo y regresando por los siglos de los siglos Ulises.

La novela es un viaje iniciático. Un sendero que recorren durante un tramo dos hombres tan diferentes, por edad, por formación y por ideales. Como el amor, también la amistad es complementaria y maravillosa. Una novela de aprendizaje. Ulises vuelve a Creta y enseña a un joven serio y melancólico lo que es la vida, el amor, el dolor, las mujeres, el vino o las ideas. Y también ese baile de la amistad que se llama sirtaki: los brazos enlazados, los pies en la misma dirección, la mirada hacia el horizonte y la alegría en el corazón: “Alargó un pie, rozó ligeramente el suelo, alargó el otro, los pasos se entrelazaron salvajes, alegres, la tierra retumbó”.

Nikos Kazantzakis

Anthony Quin y Allan Bates danzan el sirtaki

Tumba junto a las muros de Heraclión


Moneda de 2 euros con imagen de Kazantzakis


Epitafio: No espero nada. No temo nada. Soy libre

Cartel de la película Zorba el Griego





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