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viernes, 4 de abril de 2025

Niño quemado, de Stig Dagerman

 


Mientras paseaba una tarde entre las estanterías y mostradores de la librería Oletum, cogiendo y dejando libros, curioseando carátulas y solapas, un dependiente apuntó a un libro y me dijo: “ese”. Lo tomé en mis manos. Llevaba por título Niño quemado, escrito en 1948 por un jovencísimo escritor sueco, Stig Dagerman. Anoté el libro en mi cabeza, pero salí de la librería con Stoner, de John Willians, que era el libro que venía buscando.

         Un tiempo después, ese libro apareció entre los libros recomendados de la Biblioteca. No sucede a menudo encontrarse con un autor al que no conoces de nada y que te cautiva a la primera. Es como el inicio de una amistad. De hecho, otro libro suyo ya está esperándome.

         Stig Dagerman tenía sólo 23 años cuando el periódico sueco Expressen lo envió a Alemania en 1946, para que escribiera algo sobre una nación en ruinas que por entonces concentraba el odio del mundo entero en cada metro cuadrado de su territorio. Fruto de este viaje surgió Otoño alemán, una crónica bien distinta a lo que se esperaba de un reportero sobre la vencida Alemania. Una frase define su punto de vista: “Los aliados analizan las posiciones políticas de los hambrientos alemanes. Deberían analizar únicamente el hambre”. En su deambular por las ciudades destruidas de Alemania, verdadero “cementerio bombardeado”, la oscuridad y la desdicha se apoderaron de Dagerman para siempre. La alegría lo abandonó.

         En solo seis semanas, en un estado febril, pero con la precisión de un frío cirujano, escribió Niño quemado. Apenas dedicó tres años de su existencia a la escritura. Después entraría en un desierto estéril que le impidió acercarse al folio en blanco. El 4 de noviembre de 1954, a tan solo 31 años, a las afueras de Estocolmo, entró en el garaje, cerró la puerta, arrancó el coche y en pocos minutos los gases acabaron con él.

         Niño quemado no habla de un niño, ¿o sí?, sino de un joven de 20 años, Bengt, que acaba de perder a su madre, lo más querido para él. La novela arranca con el entierro de una mujer que no era amada ni por su marido ni por los asistentes al entierro. Un funeral en el que apenas se llora. Un frío glacial acompaña el momento de la despedida. Poco después Bengt se entera de que su padre llevaba una doble vida al lado de una mujer más joven. La rabia y el odio entran en él. También el cinismo y el amargor. Se cree puro frente a un padre impuro. Y lo que sucede con los que se creen puros es que juzgan sin piedad a los impuros. Apenas cuatro personajes llevan el peso de toda la novela, Bengt, Berit, su novia, Knut, el padre, y Gun, la amante del padre.

         Es una novela dura y cortante. Todos los personajes se sienten incomprendidos y, por lo tanto, dramáticamente solos. Tal vez, únicamente un vaso de alcohol puede encender sus mejillas y su escasa alegría. Si en la primera parte de la novela asistimos al duelo de Bengt por la muerte de su madre y a la explosión de su rabia contra su padre y su amante, en la segunda parte de la novela, entra el juego la potencia tumultuosa del deseo, que rompe todos los principios, echa por tierra las normas y nos enfrenta a nuestras contradicciones. Es un deseo impetuoso y atormentado, sazonado por la culpa y el remordimiento de Bengt y de Gun. Pero hay destellos de luz y de felicidad en el lecho de los amantes que se encuentran por primera vez. Se vive, por breves momentos, en la eternidad de un paraíso, aunque temerosos de que esa eternidad del amor será efímera e ilusoria: “Nada es tan bonito como los primeros minutos a solas con alguien que podría amarnos y a quien nosotros también podríamos amar. Es por esos escasos minutos por los que uno ama, no por los muchos que vienen después”.

         Los dilemas éticos se suceden: la culpa y la dicha, el bien y el mal, el rencor y la reconciliación, la ternura y la ira, el adulterio y la pureza. Pero la novela no es inolvidable por el argumento, sino por la potencia del ritmo, por la atmósfera que el lenguaje recrea, por las reflexiones que Bengt deja en las cartas escritas para sí mismo, por esa capacidad para poner palabras a los sentimientos tan contradictorios que anidan en cada ser humano, capaz de masticar el odio o de paladear el deseo, capaz de justificar el propio cinismo, la hipocresía y la infidelidad.

 Y al lado del ímpetu amoroso de los amantes, se desarrolla la vida de Berit, la novia de Bengt, una joven desvalida, pura y llorosa, acongojada por un mundo que no comprende, temerosa de perder su única referencia en este mundo. En un momento de tristeza, pregunta a Bengt: “Entonces, ¿por qué la amas?”. Es la pregunta de quien se siente traicionada y malquerida. La cadena se rompe siempre por sus eslabones más frágiles.  

         La novela -y en concreto un capítulo- en cierto modo adelanta el final trágico del escritor. Una sentencia devastadora lo confirma: “vivir no significa otra cosa que prorrogar, día tras día, el propio suicidio”. Dentro de sí se alojaba su peor enemigo: “Dos cosas me llenan de espanto. Dentro de mí, el verdugo, y sobre mí, el hacha”.


















martes, 25 de marzo de 2025

El niño que se enfadó con la muerte, de Enric Benito

 


Cuando su abuelo Sebastián, albañil, un hombre hecho a sí mismo, murió en medio de dolores devastadores, Enric Benito tenía 10 años. Sus padres estaban volcados en su hermano, Tito, con una discapacidad severa, y el abuelo era el único que le hacía caso, así que cuando la muerte se lo arrebató, sintió una tristeza inmensa. Y se enfadó. La muerte se llevaba a quien más quería y él se quedaba ahí, rumiando esa manera tan dolorosa de morir.  

Creyó que hacerse médico sería una forma de vengar la muerte de su abuelo, porque él se dedicaría a curar a los enfermos. Se decidió por la oncología que era la enfermedad que había acabado con su abuelo. Enric tuvo que aplicarse y estudiar como un loco para seguir manteniendo la beca, gracias a la cual estudiaba. El trato asiduo con pacientes con cáncer le enseñó muy pronto que las derrotas eran su pan de cada día (por entonces el cáncer era una auténtica guadaña que, imparable, segaba las vidas de los pacientes). Tuvo que aprender a lidiar con más fracasos que éxitos. Y aprendió que lo peor no era la enfermedad; lo peor era enfrentarse a la muerte. A los enfermos les dolía el cuerpo, la carne y los huesos, perdían facultades físicas, no podían caminar o hacer la digestión, perdían la visión. Pero era su alma y su mente las que sufrían atrozmente, llenos de miedo y angustia. El cuerpo dolía; el corazón sufría. Y esto era increíblemente más angustioso. Enric extrajo una moraleja: había enfermedades que no se dejaban curar, pero que podían paliarse, cuidarse, ‘sanarse’.

Al llegar a los cuarenta y tantos años, los nervios de Enric se rompieron. Sintió que su vida no tenía sentido y que había tocado fondo. Depresión por estrés, le dijeron. Como tantos de su generación empezó a practicar yoga. Hizo un viaje a la India, en busca de un nirvana que le aportara serenidad. Un día con todo el grupo con el que viajaba fue a conocer a un maestro hinduista, para una audiencia exclusiva. Pero el maestro les descolocó. Les preguntó de dónde eran. Y al saber que eran españoles, les dijo: “¿Qué hacen aquí? ¿Por qué no escuchan a sus maestros, Teresa de Jesús, Juan de la Cruz, Ignacio de Loyola. Vayan a su tierra, busquen los lugares sagrados, en lugar de venir a una tierra extraña buscando dioses desconocidos en una lengua que no es la suya”.  Esto fue una lección para Enric. De vuelta a España, pasado un tiempo, se atrevió –por vez primera en los últimos 30 años- a recitar el Padre Nuestro. Unos meses después, y ante la incomprensión de sus colegas de hospital, Enric abandonaba el departamento de oncología y se ponía a trabajar con los enfermos terminales. Había oído que en Inglaterra habían surgido “unidades de cuidados paliativos”. Cuando la enfermedad era incurable, había que cuidar y ‘sanar humanamente’ a los enfermos que iban a enfrentarse a la muerte, y también a las familias que, en la mayoría de los casos, se sentían perdidas.

El libro de Enric es una lección sobre la muerte y el morir, en definitiva sobre la vida. No está escrito desde la pena o el desgarro, sino desde la compasión, el respeto a la dignidad de cada ser humano, para que el moriturus, afronte el “morimiento”, con la misma naturalidad con la que el nasciturus afronta el nacimiento.

Enric nos cuenta historias hermosas de hombres y mujeres que han sabido afrontar este viaje con paz y serenidad. Historias de sanación espiritual y humana, cuando ya el cuerpo era un guiñapo. Historias de perdón y de consuelo, de agradecimiento y de celebración. Juan, al que su mujer había llevado de aquí para allá, de consulta en consulta y de hospital en hospital. Solamente cuando los dos aceptaron lo inevitable, pudo irse en paz. Francisca que solamente cuando supo el poco tiempo que le quedaba de vida, quiso irse a su casa, ordenar sus cosas, despedirse de los seres queridos y preparar el funeral. Pablo, 24 años, que decidió vivir sus últimas semanas recibiendo en la terraza del hospital a sus amigos, y al que sus familiares, después de tantas resistencias para aceptar lo inevitable, le dieron ‘permiso para irse’. O Roy, que pidió a los de cuidados paliativos cómo era eso de morirse, qué tenía que hacer, cómo iba a apagarse su cuerpo. Y que al final recordó cómo en el servicio militar había ido un día a hacer limpieza en una ermita abandonada y que allí había encontrado una paz que nunca volvió experimentar: “Cuando acabe esto de la enfermedad, voy a ir allí. Estoy seguro”. O Miguel, enfermo terminal de sida, maltratado y apaleado por la familia y la vida, con un rencor y un odio que le salía por los poros y por la garganta. Y que solamente, cuando notó que el personal de cuidados paliativos le trataba humanamente: “tú eres una buena persona”, pudo llorar durante horas, perdonar y perdonarse, antes de partir en paz. En 1992, se creó Asociación Española de Cuidados Paliativos (SECPAL), a la que Enric ha dedicado lo mejor de su inteligencia y su corazón, pues “el enfermo terminal o que entra en paliativos pasa desde el caos interior y la negación que hace sufrir a la aceptación y el abandono de esa realidad que produce paz y otorga trascendencia”.

La resistencia a aceptar la realidad, aumenta el sufrimiento. La mayoría de los enfermos terminales tienen alguna cosa por lo que quisieran pedir perdón y alguna persona a la que les gustaría dar las gracias. A veces lloran por un dolor antiguo, por una incomprensión, por una herida de décadas. La cercanía de la muerte, les ayuda a sanar estas heridas y a enfrentarse con una mayor dignidad y elegancia al viaje definitivo.  

En estos tiempos en que la muerte ha dejado de ser un hecho natural, para convertirse en un tabú, probablemente el único tabú que queda, podemos caer en la cuenta de que el “morimiento” es consustancial a nuestra naturaleza, y que, si bien no podemos evitar el dolor, podemos evitar o atenuar el sufrimiento. Prepararnos para morir ‘sanos y sanados”, es un reto y a la vez un consuelo. Cuando se logra alejar el miedo a la muerte, se entra en otro estado de conciencia. Todos tenemos experiencia de haber acompañado una agonía, y sentirnos tristes y a la vez llenos de paz y de gozo, agradecidos a la vida por haber dado la mano hasta el último momento, por haber ayudado a pasar al otro lado a un ser querido: “La compasión es el nombre que toma el amor cuando se encuentra con el sufrimiento”.

Enric Benito escribió este libro en 2024, cuando ya contaba 75 años, y había dedicado los últimos treinta años a cuidar enfermos terminales, a dar conferencias, a programar audios y vídeos, a encontrarse con auditorios ansiosos de saber cómo es esto del morir, cómo comportarnos cuando sabemos que el ‘morimiento’ nos está pisando los talones, cómo actuar cuando debemos acompañar a un ser humano y cómo debemos dejarle partir hacia otro lugar. Enric dice que la muerte es mucho más llevadera cuando una persona ha vivido para el ser, en lugar de hacerlo para el tener. Lo que se tiene (propiedades, honores, amigos, familia, fama) da miedo perderlo, en cambio lo que se es (el buen corazón, los valores, la interioridad), uno puede llevárselo allá donde vaya. El cuerpo del ser humano acaba como acaba, como una planta, como una animal, pero el bagaje de humanidad, espiritualidad y transcendencia no desaparecen, se sea creyente o no, se pertenezca a una religión o a otra.

En muchas ocasiones le han preguntado cómo se puede morir bien y he aquí su respuesta: “Teniendo la confianza de que el universo está bien organizado y de que la muerte no es un fracaso, es un traspaso. Y en armonía y en paz con la vida vivida”. Y resume en unas pocas lecciones el morir: “Morir es normal y además es seguro. Morir nos abre a la verdad. Morir no duele. ¿Qué necesitamos saber para morir bien? Haber vivido bien. El sentido nos abre el camino. Podemos morir sanos. Acompañar y estar ahí tiene premio”. 

            El libro empieza citando la famosa frase de Martin Heidegger: “el hombre es un ser para la muerte”. La muerte segura y certera acecha al ser humano desde que nace. Y acaba con una frase luminosa de Rabindranath Tagore: “La muerte no es la oscuridad, simplemente es apagar la linterna, porque ha llegado el amanecer”.

Portada del libro de Enric Benito





Enric Benito con la cómica Paz Padilla, con la que ha colaborado en muchas ocasiones







viernes, 21 de marzo de 2025

Pablo d’Ors: profeta del silencio

  

         Ethic es una revista de pensamiento que “analiza las tendencias y desafíos globales a través de una mirada humanista y liberal”. De vez en cuando la hojeo e imprimo algunos artículos que en varias ocasiones me han acompañado en mis viajes en tren o en bus. Hace unos días descubrí que el artículo publicado en Ethic más leído de 2024 había sido la entrevista que hizo Esther Peñas a Pablo d’Ors, escritor, sacerdote, fundador de Amigos del Desierto y, sobre todo, un profeta del silencio en estos tiempos de descomunal ruido. La entrevista lleva un significativo título: “El éxito es el reflejo de la soledad”.

¿Y de qué habla Pablo d’Ors en esta entrevista? Define la meditación como “la contemplación de nuestra interioridad, que presupone una mirada amorosa sobre nosotros mismos y sobre el mundo”.  Cree que somos víctimas de una accionismo perturbador: “Hemos hecho un mito del pensamiento y de la acción y somos víctimas del espejismo prometeico de creer que somos nosotros los que vamos a cambiar el mundo. Si dejásemos que las cosas siguieran su curso, descubriríamos que muchas veces su deriva es mucho mejor que cuando nosotros intervenimos”. Habla de sus autores preferidos: Stefan Zweig, Hesse, Kafka y de algunos libros sobre los que vuelve a menudo: Ejercicios de Contemplación (Jalics), Stoner (John Willian), El peregrino ruso… D’Ors coincide con San Agustín en que la libertad no es hacer lo que te da la gana, sino elegir el bien, porque esto te hace verdaderamente libre. Afirma que cuando alguien necesita, consciente o inconscientemente, la aprobación y el reconocimiento de los demás, es que se siente muy solo. En más de una ocasión ha dicho que en este siglo XXI falta una literatura de la luz: “La literatura, como decía  Kafka ha de ser un puñetazo en la cara, pero yo añado que también una caricia; la literatura ha de interpelarnos, provocarnos, cuestionarnos, pero también consolarnos, estimularnos y acompañarnos”.  “La buena literatura te ayuda a ser persona. El Quijote nos ayuda a comprender mejor la condición humana y a vivirla con más intensidad y dignidad”

Pablo d’Ors nació en Madrid en 1963 en el seno de una familia de humanistas e intelectuales, en la cual se respiraba una atmósfera de cultura germánica. A los 29 años fue ordenado sacerdote claretiano. Realizó estudios en Nueva York, Roma, Praga y Viena. Estuvo de misionero en Honduras, y de vuelta a España fue capellán universitario, donde tuvo más de un encontronazo con las autoridades eclesiásticas de la época. Entró en contacto con la enfermedad y el final de la vida, cuando empezó a trabajar como capellán en el hospital Ramón y Cajal. Allí conocería a la doctora África Sendino que le abrió su corazón en sus últimas semanas de vida. Fruto de estas conversaciones, surgió “Sendino se muere”.

Un buen día le regalaron un libro “Ejercicios de contemplación”, del jesuita húngaro Franz Jalics. La lectura de este libro le cambió la vida y le hizo comprender, ya sin dudas, su misión y su lugar en el mundo. Marchó a Baviera, Alemania, para conocer y escuchar a este contemplativo para quien el secreto de una vida espiritual consiste no en obrar, sino en ser. Durante 12 días, Pablo d’Ors se sintió escuchado y amado por este venerable anciano que había alcanzado la luz y la irradiaba.

En 2012 Pablo d’Ors publicó un libro breve titulado “Biografía del silencio”. Obtuvo un éxito clamoroso. Un ensayo sobre el silencio se convirtió en best-seller como si fuera una novela policiaca. En 2014, funda la asociación Amigos del Desierto, una red abierta de meditadores que muy pronto se extendió por muchas provincias españolas (creo que en este momento ya hay 60 grupos) y que ha sobrepasado las fronteras, y se encuentra ya en Italia, Portugal, Argentina, Chile, Colombia, Venezuela, Uruguay, México, Ecuador, Perú y Estados Unidos. El Papa Francisco nombró a Pablo d’Ors miembro del Consejo Pontificio de la Cultura.

Amigos del Desierto tiene un fundador: Pablo d’Ors, un padre: Charles de Foucauld (La biografía de Pablo sobre este hermano universal y morabito del desierto, titulada “El olvido de sí”, es para mí su mejor obra), un maestro: Franz Jalics, y una tradición: el hesicasmo (los hesicastas del siglo V buscaban la paz a través de la quietud y constituye algo así como la contrapartida cristiana del yoga). Y a este carisma de los Amigos del Desierto, hay que añadir el icono de la Trinidad del maestro ruso Rublev, ante cuya imagen se reúnen los meditadores en silencio y quietud absolutas.

Pablo d’Ors parte de que el mal de nuestra sociedad está en la dispersión de la atención y en el ruido, verdadero terrorismo que condiciona y empeora nuestras vidas. Se necesita por tanto la meditación, para volver al centro de uno mismo. La meditación sólo requiere silencio y quietud. Y no es reflexión, porque esta activa la inteligencia, mientras que la meditación activa la percepción que es escucha y sentimiento.

He escuchado a Pablo en conferencias y en presentaciones de libros. Y en un par de ocasiones he compartido mesa y sobremesa con él. Y creo que el éxito de sus libros y el éxito de Amigos del Desierto radica en su propuesta de una vida meditativa en la que el silencio, la quietud y la lentitud sean ingredientes necesarios para una existencia transformadora. El silencio da la espalda a la presión productiva, a la agitación interior, al no saber estar quietos y al necesitar continuamente hacer cosas, realizar experiencias y tener sensaciones estimulantes. Y precisamente en esta sociedad occidental en que nos movemos y en que todo se quiere consumir y vomitar inmediatamente para devorar de nuevo, su propuesta de silencio, su modelo de meditación, su búsqueda de la unicidad y su anhelo de mirada amorosa a la interioridad es una propuesta a contracorriente y, por ello, oportuna y necesaria.

Confieso que no soy nada objetivo al hablar de Pablo d’Ors al que descubrí hace algunos años y al que sigo con admiración, no sólo por su literatura, sino también por su personalidad luminosa. No me extraña, por lo tanto, que sus libros sean tan leídos, sus conferencias tan escuchadas y su red de meditadores crezca en tantas partes. La semilla de trigo necesita el silencio absoluto de la tierra en invierno para germinar en primavera y dar fruto. Probablemente, el alma humana necesita idéntico silencio para brotar y dar fruto.  


Un fundador: Pablo d'Ors

Un padre: Charles de Foucauld

Un maestro: Franz Jalics

Una tradición: hesicasmo

Un icono: La Trinidad, de Rublev


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https://adanbreca.blogspot.com/2023/08/add-silencio-y-quietud-frente-un-icono.html

https://adanbreca.blogspot.com/2022/02/franz-jalics-una-presencia-de-silencio.html

https://adanbreca.blogspot.com/2019/05/el-olvido-de-si-de-pablo-dors-es-la.html


Entrevista en Ethic a Pablo d'Ors

https://ethic.es/entrevistas/pablo-dors-el-exito-es-el-reflejo-de-la-soledad/





jueves, 20 de marzo de 2025

Días de lluvia y lluvia

 


Llueve casi a diario desde hace un par de meses, aunque es una lluvia lenta, que no causa estropicios y desastres, muy al contrario de lo que está pasando en otras regiones de España. En días de lluvia persistente, la línea del cerro san Cristóbal se borra y se funde con el horizonte, formando un cuadro abstracto de todas las tonalidades del gris. Por aquello de la memoria involuntaria, que diría Marcel Proust, me he acordado de la novela de Camilo José Cela ‘Mazurca para dos muertos’, en la cual la lluvia es una de las protagonistas. Llueve y llueve en esa novela, y a medida que pasan las hojas, las gotas de lluvia entran en los ojos y en el alma del lector, creando una atmósfera de humedad invasiva, inverniza, monótona y gris. Y probablemente nunca un escritor ha sabido reflejar mejor esa cadencia lenta, insistente, contumaz del orvallo galaico.

"Llueve mansamente y sin parar, llueve sin ganas pero con una infinita paciencia, como toda la vida, llueve sobre la tierra que es del mismo color que el cielo, entre blando verde y blando gris ceniciento, y la raya del monte lleva ya mucho tiempo borrada. Llueve con tanta monotonía como aplicación desde el día de San Ramón Nonato, a lo mejor desde antes aun, y hoy es San Macario, que trae suerte a los naipes y a las papeletas de la rifa. Orvalla despacio y sin parar desde hace más de nueve meses sobre la yerba del campo y los cristales de mi ventana, orvalla pero no hace frío, quiero decir mucho frío”.

miércoles, 22 de enero de 2025

Quintanilla de Arriba, según Jesús Martínez



Desde hacía años Jesús Martínez Herguedas andaba garabateando, como un alumno aplicado, cientos de hojas, buscando información en los lugares más variopintos, y recopilando datos para escribir un libro sobre su pueblo, que es también el mío: Quintanilla de Arriba.

En el otoño de 2024, el libro vio la luz. Un libro con una edición muy digna, con centenares de ilustraciones, y una cuidada edición  en papel y en tipo de letra. Y yo diría que, además de libro, es diccionario, enciclopedia, ensayo, cancionero, etc. Hay muchos libros en este libro. Y es justo reconocer y valorar el tesón y la ilusión por recopilar muchos saberes dispersos que atañen a la geografía, la historia, el lenguaje, el folclore, la gastronomía, la forma de ganarse la vida de un pueblo de Castilla donde el autor nació y al que sigue apegado, unido y encariñado. El título del libro: Quintanilla de Arriba – Cultura y tradiciones de mi pueblo.

                Como nos dice el autor, lo más probable es que ‘Quintanilla’ signifique “granjilla, aldeahuela”, y su etimología sería de origen romano. Tal vez por ese motivo Quintanilla da nombre a muchos pueblos de España. Encontramos Quintanilla de Abajo, del Agua, del Molar, de Somoza, de Trigueros, de Urz, etc.

El primer nombre del pueblo fue Quintanilla de Albar Sacho; después, Quintanilla de Suso y, finalmente, Quintanilla de Arriba. Hay que remontarse al siglo XI para hablar de los inicios de esta población. Estaríamos hablando de mil años seguidos de gente viviendo en este terruño, lamido por el Duero, y limitado a levante y a poniente por las típicas cuestas que conforman un valle.

                El libro está dividido en 17 capítulos. Y para mí uno de los más interesantes es el que dedica al vocabulario quintanillero (o ruchel, según la tradición o la leyenda de la que también se habla). Hay palabras que uno sólo usa cuando está en el pueblo o se encuentra con paisanos. Aquetón, amos, amurriarse, cachupiar, marrotar, estorrundir, dalequetepego, guarradilla, gurriato, santanilla, sansironé, jopelines, arrejincles, botagueño, canguingos, cinielgo, coscorón, hocicón, mormeras, morroña, mataduras, pingoleta, ringurrangos, zanguango… y así hasta 2050 palabras y expresiones. No me cabe duda de que si comprendes estos vocablos o los utilizas es que más de una vez has ido de la Turruntera al Gollón, de Samasín a Valdemuertos, de la las Santanillas al Cabañón, de la Cotarras a las Peñas de Rondán.

                Hace no mucho, en una reunión en la que participaban varios expertos en la obra de Miguel Delibes, se dijo que, dentro de no mucho, las novelas rurales de este escritor vallisoletano se tendrán que leer con diccionario en la mano, para entender el argumento del libro. Jesús Martínez dedica un largo capítulo a los aperos de la labranza, de los animales, los utensilios y enseres. Y el autor se ha tomado la molestia de fotografiar in situ todos estos aperos, de manera que fácilmente podamos identificar la palabra con el objeto: fardel,  colodra, zoqueta, bieldo, hemina, garia, camizadera, estrinque, celemín, colleras, artesa, cinchos de queso y un larguísimo etcétera. Palabras hermosas sin las cuales no se puede nombrar el mundo rural como fue y existió hasta ayer mismo.

                Probablemente, la mía fue la última generación que vivió a caballo entre ‘el tiempo siempre, de siglos y siglos’ en que las costumbres apenas variaron, y el vertiginoso cambio que llamamos progreso. Hemos conocido el trabajo de la siega a mano, del trillo en las eras y las cosechadoras mecanizadas. Hemos conocido el arado romano y el tractor, el lavadero comunal y el agua corriente en las casas, el corral y el aseo, la cocina de leña y la de gas butano, la compra de todos los electrodomésticos, uno tras otro, en el giro de pocos años. La  llegada de la televisión que revolucionó tantas cosas; por ejemplo, aprendimos a ver el mundo que se colaba día y noche por la pequeña pantalla. Hasta ese momento, los juegos tradicionales ocupaban todos los recreos, todas las veladas, toda la vida de la infancia. En un mundo sin juguetes, los juegos rústicos y baratos, llenos de imaginación y fantasía, llenaban todas las horas del día: el hinque,  el marro, las trancas, el pañuelo, el perdigallo, zorro, pico, tallo, zaina, la comba, la goma, la peonza, las tabas, las chapas, el corro las patatas, pase misí, pase misá…

Decía, al inicio de este artículo, que esto era más que un libro, y lo demuestra bien el cancionero que ocupa todo el capítulo VI, dedicado a las canciones infantiles. Una verdadera recopilación. Uno creía que había olvidado letras y músicas, pero es suficiente ver impresas las palabras para saber que nada de la infancia se pierde del todo: El jardín de la alegría, A mí me gusta lo blanco, Caracol col col, Aserrín, aserrán, Dónde están las llaves, La tarara, Tengo una muñeca vestida de azul, Ya se murió el burro…

En verdad es un libro completo. El autor nos habla de las fiestas más populares de Quintanilla, como la Función, los Quintos, La matanza del cerdo,  la chocolatada compartida en las cuestas para ver salir el sol cada 24 de junio, el pelele. El libro habla también de los platos tradicionales, de los cultivos, de las bodegas, de la resina de los pinares, del tren de Ariza y su melancólica estación que estuvo en funcionamiento hasta mediados de los años ochenta del siglo pasado, de la acequia de riego, de la variante de la carretera y de decenas de cosas más.

                Pero Jesús Martínez, fiel a su vocación de investigador, también nos ofrece en este libro el Interrogatorio que se hizo a la Villa de Quintanilla en 1751 con motivo del conocido como Catastro del Marqués de la Ensenada, así sabemos que Quintanilla fue villa de señorío y que perteneció a la Casa de Osuna y a la Diócesis de Palencia. Sabemos que había una taberna donde se vendía vino y también un mesón propio de Atanasia García, viuda. Y que el cirujano respondía al nombre de Raimundo Cerezo y el maestro de niños era Francisco García Sacristán. Saberes que pueden ser inútiles, pero hermosos, como un recuerdo familiar o un santo en madera tosca en la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción.

                El libro nos enseña que en el año 1900 Quintanilla de Arriba tenía 854 habitantes; en 1970 la población había mermado hasta los 496. Y en 2022, tan solo 158 personas vivían en el pueblo. También sabemos que el pueblo está situado a 741 m de altitud y que su término municipal se extiende por 28,4 kilómetros cuadrados, un territorio 60 veces  más grande que el Vaticano (aunque quizá no alberga tantas obras de arte en sus edificios, bromas aparte)

                Y la investigación de Jesús Martínez nos ofrece una notable documentación sobre las relaciones, a veces complejas y tirantes, entre la Granja Monviedro, en el término municipal de Quintanilla de Arriba, y el poderoso Monasterio de Santa María de Valbuena, de los monjes cistercienses.  

                El libro no podía dejar de mencionar al  hermano Diego, cuya sombra cruza una y otra vez el río Duero, entre Quintanilla de Arriba y el Monasterio de Valbuena. Un hermoso crucero situado en las eras del pueblo es testigo de la increíble, romántica, caballeresca y pecadora y arrepentida vida del hermano Diego, cuya leyenda ha llegado hasta nuestros días

                El último capítulo del libro es una transcripción de un documento de 1505, cuyo original se encuentra en el Archivo de Quintanilla de Arriba y en el que se detalla que Quintanilla de Suso y Manzanillo arriendan unas dehesas a la Villa de Cuéllar para pastar con rebaños durante un número de años. No había pasado mucho tiempo cuando los cuellaranos quisieron arrebatar estos terrenos de pasto. Tuvo que intervenir la justicia, para dar finalmente razón a los quintanilleros y manzanilleros y sancionar al Concejo de Cuéllar. Un documento muy valioso, en un delicioso español antiguo, que nos hace entender algo de la historia pretérita del pueblo.

                Creo que es de justicia agradecer públicamente a Jesús, el de la Clara y el del Luis, por este impagable trabajo. Me ratifico en lo que decía al principio este libro es diccionario, cancionero, crónica histórica, estadística, investigación judicial, fotografía, leyenda, antropología, etnografía... y mucho más.

                Un pueblo no es la suma de tierras de labrantío, monumentos, casas, riberas y cañadas… Es sobre todo el recuerdo de las personas que lo habitaron y de cuyas vidas aún están impregnadas las paredes de adobe o de piedra. Y es también la suma de los hombres y las mujeres que lo engrandecieron con su trabajo, con su bondad y con su sabiduría. En fin, esto es Quintanilla de Alvar Sancho, de Suso y de Arriba.











 


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Jon Fosse: aceptar la penumbra

   


  Me llega un artículo de Rafael Narbona que escribió con motivo de la concesión del Premio Nobel de Literatura a Jon Fosse en 2023. Dice cosas así:  "Para Fosse, lo esencial no es narrar una peripecia, sino crear una atmósfera que propicie una revelación. El mundo exterior solo es un camino hacia el mundo interior. Describir un paisaje es un ejercicio de introspección, no una mera recreación. Cuando se describe algo, por mucha nitidez que se logre, siempre hay algo que se escapa y eso es lo esencial. Más allá de lo que ven los ojos o reproducen las palabras, hay algo irrepresentable, pero que es lo auténticamente real. Fosse no escribe para apropiarse de la realidad, sino para señalar los límites de la comprensión humana. La razón no puede proporcionar el sentido del mundo. Solo la experiencia mística puede crear una apertura que nos ayude a vislumbrarlo, pero de una forma incompleta. Fosse es un visionario que ha aceptado la penumbra del no saber, un asceta que utiliza la palabra para propagar el silencio, un escritor del límite". 

    Creo que es exacto lo que dice Rafael Narbona. Hay algo que se nos escapa, y eso es lo más real. Lo misterioso no es lo fantástico o lo policiaco. Lo misterioso apunta a lo que no es comunicable, y sin embargo es lo esencial. Esto que describe Narbona es lo que he experimentado al leer las novelas de Fosse. 

martes, 21 de enero de 2025

El café de Qúshtumar, de Naguib Mahfuz

 


Primero en las calles o en el chumberal, y luego ya definitivamente en el café de Qúshtumar, situado en el barrio cariota de Alabasía, cuatro amigos comparten durante décadas un café y una larga conversación. Se conocen desde la infancia y su amistad se prolongará hasta el final de sus días. Cambia Egipto, cambian los dirigentes y los gobiernos. Cambian los amores, las mujeres, los trabajos y su estatus económico. Cambian sus gustos y sus preferencias políticas, pero permanecen fieles y leales a la amistad, que es siempre otra clase de amor, tal vez la más pura. Táher, Sádiq, Ismael y Hamada pasan de la infancia a la adolescencia, de la juventud a la madurez y de esta a la senectud. La vida les mima o les maltrata. Y en los amigos encuentran el desahogo, el consuelo, las ganas de vivir, el consejo y el abrazo, cuando todo se desploma a su alrededor. Pierden la fe en Dios y en la política, en el sexo o en el dinero, pero nunca la fe en la amistad. Por ello, el autor Naguib Mahfuz, el más conocido escritor egipcio, puede escribir al acabar la novela: “La verdad es que nos hemos convertido en augustos esqueletos, y el más infeliz de nosotros será el que siga viviendo después de que los demás hayan partido...”

 

sábado, 18 de enero de 2025

Una copa de agustinismo

     


    En estos tiempos de buenismo reinante, de vivir la vida en clave positiva, de ese pensamiento de "puedes alcanzar todos tus sueños". En esta sociedad que con ahínco intenta construir a todo trance un mundo Disney indoloro, nos vendría muy bien tomar una copa de  'agustinismo'. 

    La continua negación del mal, probablemente nos mete de hoz y coz en el mal mismo Conocer un poco el corazón humano, con su bondad, pero también con su ira, su lujuria, su codicia y su envidia, nos ayudaría a comprender mejor nuestra naturaleza y la del resto, a no juzgar tan a la ligera y a no escandalizarnos cada mañana al abrir el periódico. Agustín nos recuerda la naturaleza caída del ser humano, y la importancia de la gracia para no terminar en el fango. Y Simone Weil nos dice que la gravedad, esa ley inexorable por la que todos los cuerpos tienden a caer, funciona también con el espíritu y el corazón del ser humano. 

    En el padrenuestro, repetimos "no nos dejes caer en la tentación". Y es una petición realista, porque el ser humano es capaz de todo todo. Cambian las condiciones, y cualquiera puede matar a un semejante, traicionar a un amigo, robar una cartera o meterse en un prostíbulo. ¡No estamos muy lejos del historial de los encarcelados!   

    En uno de los diarios, José Jiménez Lozano anotó la siguiente confesión de todo un caballero: "La guerra civil sirvió, sobre todo, para que nos conociésemos todos, porque cada cual se portó como lo que era en realidad y no como lo aparentaba ser, o él mismo creía ser. Lo más terrible es que uno se percata de que tirar a matar o hundir un cuchillo en el vientre de otro hombre puede hacerse con placer. Y que al pensarlo después de la guerra muchos se han suicidado, y los que no nos hemos atrevido, no nos atrevemos a rezar un padrenuestro o mirar a un niño a la cara". 

    

domingo, 29 de diciembre de 2024

Lecturas de 2024

 

Los libros que nos hacen libres. O eso creemos. Y los libros que nos libran, un poco al menos, de la chabacanería y el garrulismo reinante de los medios de comunicación que se deben a su dueño o a su gobierno de turno. No hay nada nuevo bajo el sol. Pero siempre existe la oportunidad de escoger un libro, retirarte a tu cámara silenciosa, y que sean las páginas de una novela o un ensayo las que te abran una brecha en el compacto muro del pensamiento único reinante y aplastante. Buenas y hermosas lecturas en 2024. También inspiradoras. Además de los 10 libros elegidos (difícil resumir en diez), han estado Ismail Kadaré, Carson Mc Cullers, Alexandre Solzhenitsin, José Jiménez Lozano, Stefan Zweig, Manuel Jabois, Alice Munro, Colm Toibín, Orhan Pamuk, Fernando Aramburu, Paco Roca, Álvaro Pombo y algunos más… No parece mala cosecha. Muy al contrario…  

 Maestros de la felicidad, de Rafael Narbona

Desde hacía tiempo venía leyendo con fruición los artículos de Rafael Narbona, cargados de sensatez y compasión, también de melancólica evocación. Este año el antiguo profesor de filosofía en un instituto madrileño ha publicado “Maestros de la felicidad”. No es un manual de filosofía, sino un libro de hermosos perfiles sobre los grandes pensadores de la Historia que han observado el mundo, y han sacado inteligentes conclusiones.  Después, las han plasmado en sus escritos, que han marcado, aunque no lo sepamos, nuestra forma de pensar y de sentir.  Platón, Aristóteles, Marco Aurelio o Séneca, Jesús, Pablo de Tarso o Agustín de Hipona, Erasmo o Montaigne, Pascal o Spinoza, Albert Camus, Hanna Arendt o Viktor Frankl han abierto resquicios en nuestras mentes graníticas. El mérito de Narbona es la sencillez, el arte de un profesor experimentado en hacer clases amenas un lunes por la mañana. Rafael Narbona nos asegura, y lo sabe por experiencia, que el pensamiento, la filosofía, los libros son medicina y terapia y que funcionan mucho mejor que los medicamentos antidepresivos.

 El misterio de Vega Sicilia, de Alfonso Armada y Luis Alas

El título es exacto, porque siempre el misterio ha acompañado a esta finca vinícola situada en el término municipal de un pequeño pueblo vallisoletano, Valbuena de Duero, y muy cerca del mío, y en cuyos viñedos han trabajado y trabajan gentes de mi pueblo. Un vino que ha alcanzado el rango de mítico, por su calidad secular, su escasez y su presencia en las más afamadas mesas, aquí y allende de nuestras fronteras. Una bodega de renombre internacional, una marca considerada como uno de los 10 mejores vinos del mundo… El pasado mes de febrero viví con mucho interés la visita a esta bodega y pude entender un poco la filosofía que hay por debajo de una excelencia reconocida: el amor a esa tierra bañada por el Duero y el control de todo el proceso vinícola: desde la poda, la vendimia, el laboratorio, el conocimiento de cada de cada metro del terruño, la tonelería y sus tostados, los corchos, el reposo de los vinos, la ausencia de prisas y una limpieza digna de un quirófano. Alfonso Armada recorrió los viñedos, conoció cada rincón de la bodega y entrevistó a los trabajadores. Luis Alas fotografió las manos agrícolas, los rostros surcados de los operarios, y cada etapa del proceso de producción. El resultado: un libro hermoso sobre la finca de Santa Cecilia (nombre original) que desde hace siglos ama el vino con pasión de otros tiempos.

El cero y el infinito, de Arthur Koestler

Es la novela más conocida del escritor húngaro. A lo largo de sus páginas, asistimos a los interrogatorios a Rubachof, por parte de sabuesos inquisidores, acusado de haber abandonado la línea ortodoxa del partido comunista y considerarlo un desviacionista. Tamaño crimen para el Partido era castigado con la cárcel, la tortura, la expulsión, el destierro y, en demasiadas ocasiones, la muerte. Primero, Rubachof era un ortodoxo y era él quien hacía las preguntas a los ‘desviados’. Ahora, está en el otro lado de la mesa. No es una novela que abunda en episodios morbosos y truculentos, sino que nos dice cómo se construye el pensamiento único de una dictadura que no admite ninguna desviación ni pensamiento individual. Las purgas estalinistas fueron muchas, con diversos matices en cada nación de la órbita soviética, pero todas ellas responden al mismo patrón: la línea del partido sólo puede mantenerse a sangre y fuego. Los ciudadanos son así sujetos que no se pertenecen a sí mismos; pertenecen al Estado, señor de vidas y haciendas. Desasosegante novela que no ha perdido su actualidad.

 

El siglo de la soledad, Norena Hertz

Durante varios jueves, tuve la suerte de hablar y debatir sobre este libro de Norena Hertz,  Con contertulios que aportaban variados y ricos puntos de vista al problema de la soledad. El pensamiento de la escritora americana habla de una sociedad cada vez más conectada a través de las nuevas tecnologías y las redes sociales, pero con un creciente y dramático sentido de soledad. Las personas se sienten cada vez menos acompañadas y más solas. Y en la raíz de esta soledad está la creciente incapacidad para crear vínculos fuertes y serenos con la familia, los amigos y los compañeros de trabajo. En el mundo occidental (con mucha mayor incidencia en el ámbito anglosajón), millones de personas viven y se sienten solas, a veces únicamente acompañadas por una mascota o por un robot que les habla o pregunta algo. El hecho de que un buen porcentaje de jóvenes en Japón, por ejemplo, rechace el contacto físico y viva su sexualidad virtualmente, o el hecho de que muchas personas mueren solas sin que nadie se entere y nadie pregunte por ellas, son simplemente dos metáforas de una sociedad que vive la soledad no deseada como una enfermedad verdaderamente letal.

 El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes, de Tatiana Tibuleac

Una tarde curioseando en la biblioteca, me encontré con este libro y con su primera línea, casi como una bofetada: "Aquella mañana en que la odiaba más que nunca, mi madre cumplió treinta y nueve años. Era bajita y gorda, tonta y fea. Era la madre más inútil que haya existido jamás. Yo la miraba desde la ventana mientras ella esperaba junto a la puerta de la escuela como una pordiosera. La habría matado con medio pensamiento".  El resto de la novela de esta prometedora autora rumana resume los tres últimos meses que vivieron madre e hijo juntos de vacaciones en un pueblo francés. Muchos años después, el pintor Aleksey, el hijo de la mujer de ojos verdes, evoca ese periodo de rencor y odio, del doloroso recuerdo de la hermana desaparecida y de la madre que culpa y rechaza al hijo. Y de la enfermedad mortal de la madre, ese tiempo que nos pone contra las cuerdas y nos impone el entendimiento y la concordia, el reencuentro y el perdón, porque todos, en fin, caminamos dando tumbos con nuestras propias heridas.  

 Ante todo no hagas daño, de Henry Mash

Mi amiga Lucía, lúcida lectora, me lo aconsejó. Se trata de las memorias profesionales de brillante neurocirujano inglés Henry Mash. Lo vemos en su época de estudiante y luego ya en el quirófano del hospital. Cada mañana tiene que abrir el cerebro de dos o tres pacientes y enfrentarse a lo desconocido en esa zona del cuerpo humano tan inexplorada y misteriosa aún. Con prodigiosa memoria evoca a los pacientes que pasaron por la mesa de operaciones y nos habla de los tumores que albergaba su cerebro. Y lo hace con una claridad tan inequívoca que cualquier lector pagano puede hacerse una idea de la enfermedad que padecen. Henry Mash se enfrenta a muchos dilemas morales cada mañana, a muchas decisiones que tiene que tomar en cuestión de segundos y a muchos contratiempos que le ponen al borde del abismo. Admite, cosa bastante poco habitual, algunos errores garrafales que dejaron secuelas en los pacientes. Pero Henry Mash perteneció a la vieja escuela de médicos humanistas para los cuales salvar vidas era un imperativo que no era posible dejar de cumplir. Mash nos habla de la necesidad de compasión y de empatía, tan importantes como la destreza en el manejo del bisturí. Leí el libro con avidez y extraje enseñanzas: un médico sin valores éticos no debería pasar consulta. Al acabar la lectura, se lo aconsejé vivamente a mi sobrina, María, una joven estudiante de medicina.

Koba el terrible, Martin Amis

    Iosif Stalin se hacía llamar Koba, nombre de un montañés legendario de Georgia. Y este libro recorre la vida del zar ruso y responsable de la muerte de más de veinte millones de ciudadanos soviéticos. Al leerlo uno se siente abrumado por un espectáculo de horror: hambrunas programadas, exterminio de los propietarios de tierras, purgas, delaciones, campos de concentración, personas desaparecidas, esclavismo... en fin el experimento humano para crear “un hombre nuevo y asaltar los cielos”, máxima aspiración del politburó comunista. La pretendida dictadura del proletariado se convirtió en la más despiadada dictadura contra los proletarios. Pero lo que más llama la atención en el libro no es el horror ni el salvajismo contra la misma idea de humanidad (al fin y al cabo lo mismo se hizo en dictaduras de signo contrario), Martin Amis subraya un hecho vergonzoso que llega hasta nuestros días: los intelectuales progresistas europeos coquetearon, justificaron, alabaron el régimen comunista, cuando ya había información suficiente para denunciar la barbarie contra la población civil que se estaba llevando a cabo, una verdadera carnicería. Lo mejor del libro: la denuncia de la gran élite progresista europea que miró para otro lado porque, así lo justificaban, "la dictadura del proletariado" bien valía la pena, aunque rodasen unas cuantas cabezas... ¡veinte millones!

Sin miedo. Sin esperanza, Gabriel Albiac

Desde hace cien años, las terceras de ABC son las páginas literarias por excelencia del periodismo español y también las que guardan memoria de todos los debates culturales, sociales y políticos de ese territorio que aún llamamos España. Gabriel Albiac, que fue ardiente defensor del comunismo y después abjuró y renegó de él, ha recopilado en este libro algunas de las mejores ‘terceras’ publicadas desde 2009. Muy pocos escritores tan lúcidos, tan francotiradores y enemigos acérrimos de lo políticamente correcto como Gabriel Albiac. Iluminadoras resultan, por citar algunas: por citar algunas: Jerusalén, y su defensa de la gran cultura judía; La Tour en el Prado, sobre la exposición del pintor francés; Las Ramblas, a lo lejos, acerca de los atentados de Barcelona; El hombre que siempre miente, demoledor perfil del presidente Sánchez, Muerte de un maestro, evocación del filósofo Gustavo Bueno; Europa o el ocaso, sobre la decadencia espiritual del Viejo Continente. Los artículos de Albiac son una llamada a la inteligencia y a la razón, y por lo tanto muy necesarios en un momento de mamporreros y buenistas.

Septología, de Jon Fosse

El premio Nobel de 2023 nos hizo descubrir a muchos la obra del noruego Jon Fosse. Desde el primer libro supe que iba a ser uno de los míos. En este año he leído su Septología, compuesta por varios volúmenes que llevan por título El otro nombre, Un nuevo nombre y Yo soy otro (pueden leerse como un todo, o por separado) nos cuenta la historia simple y rutinaria de un pintor ya mayor. Un largo monólogo de Asle, lleno de evocaciones y recuerdos, de lo acontecido y lo soñado. El lector tiene que situarse como en una playa a la que va llegando el oleaje del mar. Una canción eterna de sonido y de belleza. La vida del Asle pintor tiene mucho de la vida del Fosse escritor, sobre todo el alcoholismo superado y la conversión al catolicismo. El libro está escrito en un tono melancólico y poético, como una concatenación de días y noches, como las pinceladas sueltas de una pintura. Y también en un tono de repetición como la salmodia de un rosario: Ave María gratia plena Dominus tecum… De hecho cada uno de los libros acaba siempre con las palabras del avemaría en latín.

 Valentino, de Natalia Ginzburg

Hay autores de los que te gusta todo “hasta la lista de la compra”. A mí me pasa con Natalia Ginzburg, una escritora italiana que me ha dado horas dulces de lectura. Me seduce la aparente sencillez de sus relatos, la capacidad para dejar caer pequeños detalles que, al final nos darán el puzzle completo. Valentino es el protagonista, el varón de una humilde familia en el que ha puesto expectativas muy altas que poco a poco serán defraudadas. Es un vividor y tiene madera de parásito. Se casa con una mujer mayor que él, escasa de atractivo físico, pero de posibles económicos. Quien nos relata la historia familiar es la hermana de Valentino que nos va ofreciendo pormenores de cada uno de los miembros de la familia. Se defraudan unos a otros, porque todos tenemos expectativas muy altas frente a los demás, sin contar con que lo que vemos de cualquier ser humano es su fachada de cartón piedra que, cuando cae, produce frustración y rabia. Todos tenemos, en fin, secretos inconfesables y mezquindades para dar y tomar.



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