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viernes, 6 de marzo de 2026

Gisèle Pelicot: para que la vergüenza cambie de bando

    


    Gisèle Pelicot pasó por España para presentar su libro de memorias en español: Un himno a la vida. El caso Pelicot ocupó miles de páginas en el país vecino. Durante varios años su marido la drogó para que él y otros hombres la violasen, mientras ella estaba inconsciente. Todas las violaciones fueron grabadas para alimentar el morbo. 

    Aparentemente era un matrimonio normal, sin sobresaltos y sin grandes desaveniencias. Una mañana la policía llamó a la puerta de Gisèle, para comunicarle que su marido había sido conducido a comisaría porque en el supermercado había sido descubierto mientras grababa a unas clientas por debajo de la falda. Gisèle no daba crédito y trató de defender a su marido, porque en él jamás había descubierto una mirada inapropiada, un gesto que pudiera delatar su comportamiento. Pero los policías habían llegado con la intención de acceder al ordenador del marido, y entraron en casa. Fue en ese momento, cuando la propia Gisèle descubrió su pasado de abusos y violaciones. Las pruebas eran devastadoras. A lo largo de los últimos 10 años, unos 70 hombres habían pasado por el domicilio familiar para violar a Gisèle, invitados por su propio marido, mientras él disfrutaba de esas vejaciones y grababa las escenas. 

    La sociedad francesa entró en shock. Y todas las alarmas sociales saltaron. Gisèle se hundió en la más profunda depresión y en la más desoladora vergüenza. Una bajada en toda regla a los infiernos. Su nombre y el de su familia estaban en boca de todos. El morbo, el chismorreo, las dudas sobre el consentimiento o no y la banalidad de muchos medios ocupaban el mismo espacio que la denuncia, el rigor periodístico, los análisis sesudos y los juicios morales. Un tiempo después, comenzó el juicio contra el marido y los 50 hombres. Y ahí, justo en ese momento, después de pensárselo mucho y darle mil vueltas, Gisèle comenzó su rehabilitación como persona y su dignidad como mujer cuando, sorpendiendo a todos, renunció al anonimato en el jucio, al que le amparaba la ley, y decidió: "Quiero que este proceso sea público para que la vergüenza cambie de bando". 

    Su decisión asombró a todos. Gisèle y su familia tuvieron que hacer un esfuerzo titánico para aguantar la presión de los medios de comunicación y de los ciudadanos comunes siempre ávidos de escándalos, de fotos y de declaraciones. Pero, sí, efectivamente, la vergüenza cambió de bando. Y Gisèle, la víctima, tuvo que ser reconocida. La culpa y la vergüenza no podían posarse sobre la mujer drogada, abusada, vejada y violada, sino sobre los abusadores y los violadores, sobre quien la había drogado y sometido a vejaciones continuadas.

    Más allá del escándalo, más allá del jucio, más allá de la valentía de una mujer, que anima a la valentía de tantas mujeres, quedan las preguntas a las que este caso y otros muchos debería obligarnos a hacernos. ¿Por qué sucedió lo que sucedió? ¿En qué nido de víboras puede convertirse la pareja y la familia? ¿De qué barro estamos constituidos? ¿Son compatibles el placer de uno y el sufrimiento del otro? ¿En el menú sexual, todas las prácticas son admisibles? ¿Existen las aberraciones, palabra antigua y denostada, relacionadas con la enfermedad mental? ¿Es posible que hombres 'normales', de conducta intachable, hagan lo que hagan? ¿Qué demonios interiores nos habitan y pueden despertar en cualquier momento? ¿Qué educación reciben los varones y qué mensajes les llegan en esta sociedad de pansexualimo descontrolado?

    Justo cuando el caso Pelicot estaba en la mente de todos, era el tema de todas las conversaciones en Francia, abría los telediarios y las portadas de periódicos y revistas, unos periodistas simularon y publicaron en una página de contactos una anuncio sexual: la posibilidad de violar a una mujer drogada en su propio domicilio. Es decir, una oferta muy similar a la que en su día había anunciado el marido de Gisèle Pelicot. En pocas horas, decenas de hombres (de diferentes edades y diferentes estatus sociales) se apuntaron como candidatos para el abuso, la violación, la vejación, la explotación sexual, más la correspondiente grabación de la escena. 

    Nada que añadir a lo dicho. O sí: ¡Que Dios nos libre del monstruo que podríamos llevar dentro y del que ni siquiera sospechamos! Gisèle Pelicot recordaba últimamente que "durante mucho tiempo fui una ruina, pero ahora he tomado las riendas de mi vida, y ya no quiero cargar con esa condición de víctima, porque es una carga muy pesada", y que ahora tenía una misión: "ser despertadora de conciencias". Y además: "me siento feliz porque he podido confiar en un hombre, después de todo lo que me pasó con los hombres". Esta valentía y esta esperanza ante el futuro, tal vez sean lo que realmente cuenta en la existencia humana. Tal vez por ello, el libro de Gisèle Pelicot se titula, con toda razón: Un himno a la vida.












domingo, 22 de febrero de 2026

Pandillas juveniles: semilleros de violencia

     


    José Esteban Rubio cumplió sus 18 años el martes, 17 de febrero. Tres días después, tres puñaladas acabaron con su existencia en plena calle y a plena luz del día en el barrio vallisoletano de La Rondilla, en Valladolid. Una muerte violenta. Un menor de 13 años acabó con su vida, con la colaboración de otras dos chicas, de 16 y 18 años.  

    Aún es pronto para saber qué es lo que llevó a un niño de 13 años a coger un cuchillo de cocina y atravesar el corazón de José Esteban, estudiante en un instituto y portero de fútbol en el Club Juventud Rondilla. Todos relacionan el crimen con las pandillas sudamericanas. Algunos dicen que el joven muerto había pertenecido en su día a una de esas pandillas, pero la había abandonado para encauzar su vida en el estudio y el deporte. Abandonar estas pandillas, con sus códigos secretos y sus pactos de silencio, es una traición y una sentencia. Muchos opinan que al agresor, por ser menor de edad, se le habría pedido una prueba de máxima lealtad a la 'pandilla': acabar con la vida de otro. 

    José Esteban es ya una vida derramada y desperdiciada para siempre. Una vida ya en el cementerio. Pero también la vida del niño agresor es una vida ya rota a los 13 años. ¿Qué le habían prometido por este asesinato? ¿Qué sentido de identidad o de pertenencia tan fuerte le hizo cometer este hecho tan cruel? ¿Saben los padres lo qué hacen sus hijos, con quién se divierten, qué compañías frecuentan? ¿Tiene algo que decir la comunidad educativa en todos esto? ¿Son conscientes las autoridades de que, si no se cortan de raíz estas semillas de violencia, arrastrarán a muchos inocentes a una muerte segura o a un miedo espantoso?

      Mientras leía la noticia, cabizbajo por esa gratuita violencia que siega vidas, como un dalle siega heno, he pensado en la novela de Fernando Vallejo, colombiano de nacimiento, La Virgen de los sicarios. Los niños sicarios entran y salen de la iglesia de Medellín para pedir a María Auxiliadora, que les salga bien el negocio de matar, que les afine la puntería, que les perdone esas muertes por encargo, esos asesinatos sin motivo y sin culpa. Porque lo mismo se dispara por que el vecino tiene la música muy alta que por unas zapatillas de marca. O sobre todo por un encargo, a un precio irrisorio. Matar es más barato que llamar al fontanero o al repartidor de pizza. Un cóctel explosivo de narcotráfico, sexo a bajo precio, consumo de droga, fascinación por pertenecer a un grupo que crea identidad a niños sin raíces, nacidos ya con la marca de la corrupción, nacidos ya con el ferviente deseo de pasar de amo en amo, hasta que otro sicario mejor pagado acabe con su vida.   



lunes, 16 de febrero de 2026

Una Propuesta de Desarme Mundial

        Dudo mucho que estos tiempos de hierro sean los mejores para dedicarse a la poesía. Pero dudo aún más que la situación mundial (pensemos en Ucrania, Gaza, Sudán, el discurso de Trump desde la Casa Blanca y el de los mandatarios de los países de la OTAN justificando y suplicando más presupuesto armamentístico) sea el momento más idóneo para lanzar una propuesta de desarme mundial. Y sin embargo, mi última lectura lleva por título “Una propuesta de Desarme Mundial”, y la firma Juan Manuel Molino Laguna, nacido en Pinos Puente, Granada, en 1951. 

            Sin embargo, mi admiración sigue intacta hacia los que piden, reclaman, exigen que soñemos a lo grande, porque a veces lo imposible de hoy, puede ser lo posible de mañana. Y la utopía en estos tiempos puede ser la realidad cotidiana de un tiempo venidero. Hace dos mil ochocientos años Isaías entrevió un día en que “de las espadas forjarían arados y de las lanzas, podaderas”. Ese día aún no ha llegado, pero ese sueño del profeta ha sostenido el corazón de tantos hasta ahora. Admiro al vendedor de banderas blancas en medio de la batalla, al padre que alza a su niño para que toque los cuernos de la luna, al que ofrece un vaso de agua al enemigo al que todos apalean.

            Podríamos decir que esta historia parte de lejos. Y que tiene dos inicios. Primer inicio. El autor, cuando era un estudiante en el Colegio de los Pasionistas de Peñafiel, conoció en la asignatura de Declamación la poesía de Moisés Garcés Cortijo. La profundidad humana de sus versos fue una primera semilla de humanismo pacifista, de entendimiento y de fraternidad. Este contacto con la poesía generó una profunda resonancia en su interior. Segundo inicio. En julio de 2014 Juan Manuel asistió al Festival de Canto y Danza en Tallin (Estonia). Miles de voces, músicos y danzantes hacen vibrar a todo un pueblo en un sentimiento indescriptible de armonía y hermandad. Esta energía musical colectiva genera de nuevo una profunda resonancia en sus adentros, y provoca en el autor la idea de que un mundo en paz es posible. Y lo primero para lograrlo es el desarme, y un desarme a nivel mundial. A estas alturas no sabemos si son las guerras las que necesitan armas, ¿o son las armas las que necesitan y requieren guerras?

            En su juventud Juan Manuel Molino siguió estudios de filosofía, teología, geografía e historia y musicología. Finalmente orientó su vida profesional hacia la música, impartiendo clases de musicología e historia de la música en diversas academias y en institutos de Valladolid y Ceuta. Ya se sabe que la música hace girar los astros en una armonía perfecta que ha cautivado al hombre desde sus inicios y ha hecho surgir la primera filosofía y las grandes preguntas. La música es armonía que invita a la armonía. Y la paz no es sino la abundancia de armonía en los corazones de lo hombres y de los pueblos y en el espíritu de las leyes.

            El libro Una propuesta de Desarme Mundial vio la luz en septiembre de 2025 y habla de todo esto: la génesis de esta propuesta de desarme y los acontecimientos culturales que se producen año tras años en algunas ciudades del mundo y que son como muestras, espejos y momentos de inspiración que nos susurran que un desarme es posible, que una paz es posible, porque el entendimiento es posible, como lo demuestran las composiciones y las interpretaciones musicales en un ambiente de respeto y de valoración del otro. El autor habla mucho del Festival de Canto y Danza de Tallin (Estonia), pero también  del sonido y la música como terapias probadas, de las Comunidades de Damanhur que han surgido en diversos lugares del mundo, de los festivales de poesía celebrados en Granada (Nicaragua) o en Medellín (Colombia), del Festival de las Músicas Sagradas y del Festival de Cultura Sufí ambos en la ciudad marroquí de Fez, del Festival Internacional de Cine de Marrakech, de marcado compromiso social, y de tantas manifestaciones artísticas que intentan traducir en armonía y belleza ese anhelo inmarcesible del corazón humano: la paz.

            Estoy seguro de que este libro será un altavoz más para esta  propuesta de desarme mundial. El libro cuenta este largo proceso. Y, además, contiene diversas crónicas sobre los festivales que han inspirado las Propuesta. Entrevistas del autor a diversas personalidades del mundo de la cultura. Entrevistas que diversos medios han hecho al propio autor. Reseñas de periódicos. Recopilación de las mejores poesías de Moisés Garcés. Entradas biográficas de artistas y poetas. Notas explicativas de lugares y acontecimientos. E incluso un excelente guión dramático para explicar la Historia de la Música. El libro acaba con una serie de fotografías que ilustra muy bien toda esta andadura pacifista. Los objetivos de esta propuesta de desarme son pocos y claros: que los países se comprometan a un desarme y a reducir las ingentes cantidades de dinero destinadas a armamento. Y que se dedique todo ese dinero a la salud y a la educación. Además, la Propuesta quiere apoyar a cuantos (iglesias, ongds, asociaciones, foros, instituciones, festivales, debates, medios de comunicación y hombres y mujeres de buena voluntad) apuestan por una cultura de la paz y del desarme. El autor cree que la música puede ser un nexo de unión y el vehículo más privilegiado entre todos los que trabajan por la paz, a tiempo y a destiempo, a veces con escasos recursos, pero con una esperanza y una insistencia verdaderamente proféticas.

 Esta Propuesta de Desarme Mundial, antes y después de la publicación del libro, ha sido presentada ante muchos organismos públicos, instituciones, embajadas, organizaciones de festivales,  personalidades del mundo de la cultura, bibliotecas, eventos culturales, colegios e institutos, conciertos como el de Plácido Domingo en el Bernabéu, foros de poesía, en las páginas de los medios de comunicación, en diversas entrevistas. Cabría destacar la presentación en 2019 en el Espacio Ronda de Madrid, Sede de la Federación por la Paz Universal. Y han sido muchas las autoridades, personalidades del mundo de la cultura, alumnos y periodistas, responsables de asociaciones... en los que esta propuesta ha econtrado resonancia, eco y respuesta. Tal vez sea una mera coincidencia, pero no está de más decir que el 10 de octubre de 2025, día en que el libro que aquí se reseña se presentó en la ciudad de Ceuta, ciudad puente, ciudad donde conviven, con sus lógicas dificultades, etnias religiones, lenguas diferentes, se firmó la paz entre Israel y Hamás. Sabemos que es una paz frágil, débil, tambaleante. Pero la más imperfecta de las paces es preferible a la más perfecta de las guerras. Preparémonos para una cruzada –escribió Moisés Garcés- en la que las liras venzan a los cañones… porque la paz solo puede escribirse con amor” O como tanto había deseado Giovanni Papini “que los cantos de los poetas sean el gozo de los afligidos y la voz de los que no pueden expresarse”

El poeta Moisés Garcés murió en 1972. Unos años después, su viuda, Ana Silva Aramendi, decidió entregar todo el legado poético a Juan Manuel Molino Laguna, para que lo diera a conocer y lo difundiese. Y este legado está en el origen de esta propuesta de Desarme Mundial. Sobre todo, un poema único, porque es bello y porque es necesario. Este poema ha inspirado la vida de Juan Manuel Molino Laguna y ha inspirado su Propuesta de Desarme Mundial. Este poema lleva por título Imprecación a la paz:

“Desde el taller, desde la fábrica / desde mi libro y mi oficina / desde mi escuela abandonada… yo te pido la paz”

“Desde Hiroshima y Nagasaki / aun no lavados todavía / del gran pecado de los siglos … / Desde la mesa que presiden / los vencedores y agiotistas / de la palabra y la soberbia”

“Que cese la carrera de la muerte / y todas las conciencias estén limpias / y la palabra hermano sea un símbolo / y las hambres no existan / y el odio tampoco…

“Que enarbole justicia su bandera / y en compañía de amor, blancos y negros, / comamos y bebamos en el mismo banquete / de la paz… ¡mi Señor!”.

        Hasta que la guerra sea un negocio muy lucrativo para las empresas de armamento, necesitaremos recorrer un largo camino empedrado de dificultades. Hasta que los más dóciles o interesados en la carrera armamentística, sigan ocupando los palacios del poder donde los destinos del mundo se administran, nos espera una larga carrera de fondo y de obstáculos. La paz es cosa de valientes. No sólo de soñadores, no sólo de idealistas. No sólo de utópicos. Nada se pierde con la paz, pero todo se pierde en tiempo de guerra. 

        Mientras tanto el aliento de los poetas nos acompañará como un viático de pan y agua en el ardiente camino que aún habremos de recorrer:

    "... Yo te pido la paz... / Señor, que es demasiado tanta guerra / y tanto dolor en mis hermanos / y tantas fatuas mil conquistas / para ir desnudos a tu reino".







     



domingo, 15 de febrero de 2026

Las lealtades, de Delphine de Vigan


    De vez en cuando los periódicos hablan de niños o adolescentes ingresados en un hospital con un coma etilíco.  Los padres, los profesores y la sociedad se preguntan cómo hemos llegado a esto. De vez en cuando los psicólogos y pedagogos escriben que las separaciones de los padres están dejando a la intemperie a una generación de niños que no entienden ni comprenden ese ir de casa en casa, como maletas a la deriva. De vez en cuando, alguien, lleno de horror, descubre que la persona con la que convive nada tiene que ver con el que surfea por la red donde da rienda suelta a sus psicopatías. Muy a menudo ni los padres quieren ver, ni los profesores quieren ver. Ni nadie quiere ver, aunque todos intuyan anomalías y se extrañen ante comportamientos poco explicables. Y todos, todos, arrastramos heridas, heridas de cicatrices insospechadas o escondidas con multitud de ropajes y complementos. 

    Sobre estas premisas, Delphine de Vigan (1966, Francia) escribió su novela Las lealtades. Leí hace algún tiempo Nada se opone a la noche. La próxima será Las gratitudes. 

    

viernes, 13 de febrero de 2026

Vida y destino, de Vasili Grossman

 

Clasificada como una de las grandes novelas de la literatura del siglo XX, Vida y destino asusta un poco por dos motivos: las más de mil cien páginas de extensión y la interminable lista de protagonistas. La novela llevaba bastante tiempo en la ‘sala de espera’, pero no me decidía a dar el salto. Un amigo se decidió por mí y me la puso en mis manos.

Vasili Grossman murió en 1960 sin ver publicada su novela. Cuando la presentó al equipo censor para su publicación, le contestaron que ese manuscrito nunca vería la luz o que, como mínimo, dentro de doscientos años. Su casa fue registrada. La policía se llevó el manuscrito, los escritos preparatorios, y hasta la cinta de la máquina de escribir. Grossman empezó a engrosar la larga lista de autores prohibidos y condenados al ostracismo. Años después, algunos disidentes soviéticos, entre ellos el científico Sajarov, lograron microfilmar una copia escondida en casa de una amiga de Vasili, y así la sacaron de la Unión Soviética. Fue publicada en Suiza en 1980. En 1988, ya en tiempos de Gorbachov y de la Perestroika, los soviéticos pudieron leer esta novela.

Grossman había nacido en Ucrania en 1905, y fue un ferviente periodista y escritor comunista, también un convencido antifascista. Como periodista pasó más de mil días en diferentes frentes durante la Segunda Guerra Mundial, en especial en la batalla de Stalingrado, la más famosa y encarnizada de la Segunda Guerra Mundial, entre las tropas de la Unión Soviética y Alemania. Esta batalla, la más decisiva de toda la guerra, es el marco de la novela Vida y destino. Grossman pudo conocer de cerca los campos de concentración de los alemanes, pero también los campos de concentración soviéticos. Pudo ver con sus propios ojos la crueldad de los dos ejércitos. Y ahí empezó su desencanto comunista. Cuando se narra lo que se ve, las ideologías caen y sólo queda el horror de las víctimas. Y la obligación de guardar su memoria.

Vida y destino habla de todo ello, sin paños calientes, sin exculpaciones, sin acusaciones infundadas. No es una novela bélica. Es una novela sobre el corazón de tantos hombres y mujeres en la guerra, sean del bando que sean. La batalla de la ciudad de Stalingrado (1941-1943), actualmente Volgogrado, pone el marco en el que vive la familia Shásposhnikov. Toda la familia se ve implicada en la guerra, pero cada uno lo hace a su manera y cada cual libra su propia guerra en casa, en la escasez, en el frío, en la cárcel, en el frente, en la tortura, en la delación, en el enamoramiento prohibido, en el idealismo, en la frustración, en la muerte, en la culpa y el remordimiento, en el miedo a caer en desgracia, en la doblez y en la mentira.

Y alrededor de la familia, a la que la guerra desperdiga por varias ciudades, está la realidad del cerco de Stalingrado, los puestos de combate, los colegas científicos e intelectuales, los prisioneros del campo de concentración alemán, o del campo de trabajo ruso, o de los condenados que se encaminan sin saberlo a la cámara de gas, o luchan contra la tortura en Lubianka, o los que trabajan en la central eléctrica de Stalingrado, o los miembros de un escuadrón aéreo de cazas o de un cuerpo de tanques, los oficiales del ejército Soviético con Yeremenko a la cabeza y del Ejército Alemán con Paulus como comandante en jefe, o los soldados de la Casa 6/I que intentan frenar desesperadamente el avance alemán. Novela coral compuesta por decenas de protagonistas, con varios escenarios, con varios puntos de vista. Todos personajes construidos con tanto verismo que sólo una pluma magistral puede conseguir. Grossman da voz y vida y credibilidad a unos y a otros, para que el lector a lo largo de las mil cien páginas pueda tejer el maravilloso tapiz de Vida y destino. Cada uno vive una vida y tiene un destino. Y sin embargo, hay héroes humanos que aceptan su vida, pero esquivan como pueden el destino al que la Historia les predestinaba.

Desde mi punto de vista, no es el cerco de Stalingrado lo importante de la novela, ni siquiera las vidas apasionadas, mínimas, brillantes, sinuosas, llenas de doblez o bondad, de mezquindad o de altruismo de los muchos protagonistas. Lo que cuenta, el mensaje de Vida y destino es la impiedad del poder, la brutalidad de las ideologías, tanto la del nazismo como la del comunismo. El ser humano, aprisionado por la ferocidad de las ideologías es sólo un ser lleno de miedo, aterrorizado por el poder impúdico del Estado, una marioneta en medio de los vientos huracanados de la Historia, cuyas banderas soviética y alemana causaron increíbles sufrimientos pero también, aunque cueste creerlo, incomprensibles adhesiones y aplausos.

Una sensación de frío recorre toda la novela. No es solo el frío siberiano de la nieve y el hielo. Es el frío que sienten los hombres inocentes en los campos de concentración, el que sienten las familias en sus paupérrimas viviendas, el que sienten los caídos en desgracia cuando son llamados a declarar delante del Partido, el frio de la vida sin libertad, sin alegría, con la desconfianza instalada en las entrañas y el miedo agarrotando los músculos. El bien había dejado de ser el bien para los ciudadanos, para los habitantes de un país. Era el bien del Partido, el bien del líder, Hitler o Stalin, el bien del Comité, el  bien de la Patria. En nombre del bien de los proletarios se cometían las mayores atrocidades. En nombre del bien de la raza aria, todo estaba permitido. “En nombre de una idea abstracta de la humanidad, se sacrificó sin piedad al individuo”.

La derrota alemana en Stalingrado significó la derrota del nazismo. Hitler sacrificó a miles y miles de sus hombres en esa batalla. Otros miles y miles se convirtieron en prisioneros en Rusia durante años. Paulus, el comandante del ejército alemán en Rusia, había solicitado el permiso para una retirada, cuando aún había una salida para hacerlo. Pero ‘rendirse’ no entraba en el vocabulario de Tercer Reich. Stalin demostó al mundo que Hitler no era invencible. Pero, cuando Alemania fue derrotada, Stalin convirtió regiones y naciones enteras en campos de concentración. El comunismo fue otro nazismo durante épocas. Mismos métodos. Mismos objetivos. Mismos partidos. “Estos crímenes sin precedentes, nunca antes vistos en la Tierra ni en el Universo, fueron cometidos en nombre del bien”, como se lee en la novela.

En un momento de la novela, Shtrum, un científico, dice a su colega Chepizhin: “Antes todo me parecía sencillo y claro, pero nosotros hemos tenido el año 1937 y la colectivización forzosa con la deportación de millones de pobres campesinos, el hambre, el canibalismo… Antes todo me parecía sencillo y claro. Pero después de aquellas terribles pérdidas y desgracias, todo se ha vuelto complejo y confuso. El hombre mirará de arriba abajo a Dios, pero ¿acaso no mirará de arriba abajo también al Diablo, no lo superará también a él? Dígame, este hombre del futuro ¿superará en su bondad a Cristo? ¡Eso es lo más importante! ¿No transformará este hombre el mundo entero en un campo de concentración?”

En contra de las ordenanzas de los poderosos, hay gente que seguirá obedeciendo la sagrada conciencia personal. A pesar del terror del Estado y de las consecuencias dramáticas de la desobediencia, a pesar de la tortura, siempre habrá personas dispuestas a salvar su conciencia y a reconocer en el enemigo a un ser humanos. Por eso en el capítulo 16, en las inolvidables páginas escritas por un presidiario en el campo de concentración alemán, Ikónnikon, al que sus compañeros llaman yuródivi, loco santo, podemos leer: “Además de ese bien grande y amenazador del Estado, existe la bondad cotidiana de los hombres. Es la bondad de una viejecita que lleva un mendrugo de pan a un prisionero, la bondad del soldado que da a beber de su cantimplora al enemigo herido, la bondad del campesino que oculta en el pajar a un viejo judío, la bondad del guardia de una prisión que, poniendo en peligro su propia libertad, entrega las cartas de los prisioneros a sus madres y mujeres…”

 Vasili Grossman no logró ver publicada su novela. Una de las grandes novelas del siglo XX tuvo que esperar muchos años escondida en un cuartucho. Y algunos disidentes soviéticos arriesgaron mucho para salvarla y darla a conocer. El ‘bien’ del Estado no suele coincidir con la bondad, sino con todo lo contrario. Hoy en día, cualquier lector puede leer tranquilamente esta novela en su cuarto de estar, pero conviene no olvidar que muchas páginas fueron escritas pagando un alto precio por ello. Fue Vasili Grossman en persona el que vio demasiadas cosas en el cerco de Stalingrado. Se atrevió a contar la verdad y a mantener la memoria de las vidas de tantas víctimas de uno y otro lado. Y lo hizo con una belleza que aún sobrecoge. Y también con una profundidad que estremece, porque el lector, cada lector, se ve reflejado en los comportamientos compasivos, serviles, mezquinos, bondadosos, crueles, entregados, resignados, heroicos de tantos de sus personajes.




















domingo, 25 de enero de 2026

La península de las casas vacías, de David Uclés

     


    En los últimos años, que yo recuerde, ningún libro español ha suscitado tanto interés y ha sido tan aclamado, comprado y leído como "La península de las casas vacías", del jienense David Uclés, un joven escritor. Una novela sobre la Guerra Civil, un tema espinoso y vidrioso en estos tiempos de frentismo e ideologización a flor de piel. Como el propio autor señala en el prólogo, "he aquí pues la historia de la descomposicición total de una familia, de la deshumanización de un pueblo, de la desintegración de un territorio y de una península de casas vacías". Y ese doble vocablo del título "casas vacías" es una imagen potente e inmisericorde de ese paisaje después de la Guerra Civil: la muerte deja las casas vacías, pero también la cárcel, el exilio, la locura dejan las casas vacías...

   David Uclés ha creado un territorio mítico llamado Jándula, trasunto de su verdadero pueblo Quesada, de donde, sin excepción, procede toda su familia. El niño y joven David escuchó muchas historias orales a bisabuelos, abuelos, tíos y padres. Y en Jándula sitúa una gran parte de la historia de la familia de Doristo Arbolento. Al final de libro, con la muerte del último varón Arbolento, desaparece el apellido, otra metáfora potente del cainismo hispano.

    David Uclés es sin duda un escritor curioso y su biografía, aunque breve, es también singular. Nacido en Úbeda en 1990, hijo de un guardia civil, que invitó a su hijo a seguir sus pasos o a hacerse funcionario para asegurarse una vida tranquila y cómoda. Pero las historias y los relatos habían atrapado al joven David, y él, dotado con mucho talento artístico, prefirió conocer mundo, leer libros y emborronar cuartillas. Así que en lugar de preparar el temario para unas oposiciones, tocaba el acordeón para sobrevivir y acumulaba palabras y más palabras en el ordenador.

    Escribir esta novela le llevó más de una década. Recorrió España y todos los escenarios donde se desarrollaron las grandes batallas entre 1936 y 1939. Leyó todos los libros, frecuentó las bibliotecas, fotocopió los periódicos de la época, hasta reunir un material ingente. Inasequible al desaliento, se presentó a todos los premios y concursos. pero su novela no terminaba de gustar a nadie. Con cada fracaso, regresaba a las cuartillas, corregía, modificaba, suprimía, ampliaba páginas, y volvía a la carga ante una editorial o un premio. Finalmente la editorial Siruela aceptó su novela y lo demás ya es historia de un éxito literario desconocido en este país. 

    La familia de Doristo Arbolento podría ser ejemplo de otras muchas familias en aquellos años '30 del siglo pasado, donde cabían tantos caracteres y posiciones diferentes: el indiferente a la política y que sólo piensa en su campo, el acérrimo defensor de una idea política, el que se ve involucrado en la guerra sin comerlo ni beberlo, las mujeres que quedan en la casa, con el hambre y la desesperación a cuestas. Y en todas las familias: la muerte en el campo de batalla o en el paredón de ajusticiamiento, la cárcel, el odio, la injusticia, la entrega, el amor, el sacrificio extremo, la traición...

        La novela recorre los tres años de la eterna Guerra Civil, y los escenarios que han quedado en la memoria dolorosa de tantos españoles que hoy día ya duermen el sueño de los justos o las pesadilla de los injustos, ¿cómo lo sabremos?: Paracuellos, Jarama, Ebro, Badajoz. Una guerra en la que no sólo se mataron a garrotazos los españoles, sino en la que asomaron las narices tantos extranjeros, unos para curiosear, otros por romanticismo bélico, otros para azuzar y sembrar más discordia, otros para ensayar sus armas, otros para robar recursos...

        Pero esta novela no es una historia al uso. Las páginas de La península de las casas vacías están llenas de realismo mágico, costumbrismo mágico, o como se le quiera nombrar. Este realismo mágico causa -al menos a mí- un gran desconcierto al comenzar la lectura. Si alguien va buscando una novela de historia rigurosa, probablemente salga decepcionado o, por lo menos, confundido. En muchas historias narradas, uno se pregunta si eso sucedió o eso que se cuenta es realismo mágico, surrealismo, hipérbole costumbrita, etc. Creo que el principal 'error' de la La península de las casas vacías es la mezcla de una novela histórica y una novela de realismo mágino. Lo mágico en muchos capítulos se come lo histórico.  La gran novela de la Guerra Civil aún no se ha escrito todavía (el terrorismo etarra encontró su gran novela en Patria, de Fernando Aramburu). 

       La península de las casas vacías no es una novela redonda, a mi parecer, pero reconozco la fantasía desbordante, la imaginación arrolladora, la investigación de fondo sobre escenarios, personajes, tipos de la Guerra Civil, el lenguaje rural tan hermoso de algunos capítulos, el manejo de tantas voces diferentes en un gran coro. Y esto, sólo esto, es muchísimo para un escritor de apenas 35 años. Sin duda, David Uclés tiene aún mucho que decir y que escribir. La pasada noche de Reyes, se alzó con el premio Nadal con una novela titulada "La ciudad de las luces muertas". He leído hace poco que todos los suplementos literarios hablan cada fin de semana de obras maestras que se disuelven cuando aparecen otras obras maestras el fin de semana siguiente. No sé si esto sucederá también con esta novela. En ningún momento de la lectura he compartido ese entusiasmo de tantísimos lectores, aún admitiendo una gran frescura en la escritura. ¿Como envejecerá esta novela? El tiempo lo dirá. Por de pronto, este libro nos ha descubierto a un escritor con una voz singular. ¿Es imparcial David Uclés en la forma de tratar a los dos bandos? Creo que no lo consigue, pero también pienso que no se puede exigir a un novelista la imparcialidad, cosa que se le debería exigir al historiador. Y por otro lado, hay que tener en cuenta que cada lector se acerca al libro con sus ideas y sus prejuicios. Es algo inevitable. 

    David Uclés ha elegido para iniciar los capítulos frases de escritores, intelectuales o políticos. Cuando uno acaba la novela, y vuelve sobre esas sentencias introductorias, comprende mejor la tragedia de la Guerra Civil Española, que destrozó España y asombró al mundo por su crueldad cainita.  De botón de muestra: Pío Baroja: "Triste país en donde en la mirada de un hombre que pasa, vemos la mirada de un enemigo". Max Aub: "En España somos grandes cuando somos cien; más, nos entrematamos". Gregorio Marañón: "La multitud ha sido en todas las épocas arrastrada por gestos más que por ideas. La muchedumbre no razona jamás". Ana M. Matute: "Lo peor en este mundo es sobrevivir". Alejo Carpentier: "Vengo de España. Es decir, del infierno. Es cien veces peor de lo que cuentan los periódicos". Saint-Exupéry: "Aquí se fusila como se talan árboles"

    La Guerra Civil debería ser una enseñanza perdurable para todos los que habitamos este pueblo que aún llamamos España. La manipulación de las masas fue una de las claves para que la gente, sin motivo y sin razón, odiese a su vecino, a su compañero de trabajo y a su propio hermano, con el que había convivido hasta el día antes sin mayores problemas. La llama de la concordia tarda mucho en prender. La llama del odio prende a la primera. Durante la Transición, este país hizo un esfuerzo grande para que los hunos y los hotros hablasen de perdón y magnanimidad. En los últimos años, los esfuerzos van en el sentido contrario: subrayar lo que nos separa, atizar los demonios domésticos, encender ideologías caducas y ensuciar la verdad. El sólo recuerdo de lo vivido en aquellos años treinta, debería echarnos a temblar y servir de freno a nuestra lengua y a nuestra pluma. 

        






martes, 13 de enero de 2026

Grand Hotel Europa, de Ilja Leonard Pfeijffer

 


Grand Hotel Europa es una novela de Ilja Leonard Pfeijffer. Pero es también un ensayo. Tal vez sea mejor denominarla ‘novensayo’, esta palabreja que designa a aquellas novelas cuya trama está al servicio de una tesis. La tesis del escritor está clara: Europa se está convirtiendo en un parque temático, en el patio de vacaciones donde todos los turistas del mundo quieren pasar unos días.

Fue en un café con un amigo, guía turístico por Europa y qué sabe de qué va el tema, el que me aconsejó el libro y me lo prestó. La novela del escritor holandés es una denuncia y al mismo tiempo un canto a Europa. Una denuncia porque un turismo bárbaro está asediando hasta la asfixia al Viejo Continente, y Europa, gustosa y loca, se vende a los bárbaros. Un canto a Europa, porque este pequeño continente, insignificante por su extensión geográfica, ha iluminado al mundo con su filosofía, su arte, su fe, su literatura y su historia.

El novensayo tiene una trama endeble. El protagonista, después de poner fin a una relación amorosa vivida en la ciudad más turística del mundo, Venecia, abandona la isla rumbo al Grand Hotel Europa, sin localización concreta en la novela. Un hotel decadente, que ha conocido días dorados, y donde se dan cita personajes estrambóticos o muy interesantes con los que el protagonista entra en contacto, especialmente con Abdul, el botones emigrante ilegal llegado en patera. La novela es, al mismo tiempo, un homenaje, a la gran literatura europea, desde Homero a Dante, desde Virgilio a Thomas Mann y Joseph Conrad. Y también al arte europeo, que se concreta en la búsqueda detectivesca de un cuadro de Caravaggio a lo largo de toda la novela. La gran cultura europea rebosa por doquier en las páginas de este voluminoso libro.

En las líneas siguientes, voy a recordar y copiar algunas de las ideas o constataciones de  Ilja Leonard Pfeijffer que más me gustaron y, sobre todo, las que me invitaron a la reflexión sobre esta Europa que ya percibimos casi como un problema, aunque también como una esperanza frente a un mundo feo, irracional y desbocado.

En 1422, Venecia tenía 199 000 habitantes y era la segunda ciudad más grande de Europa, sólo por detrás de París. En 2008 sólo quedaban 60 720 personas, menos de la tercera parte que en sus días de gloria del siglo XV. Ahora quedan bastante menos. Se cree que en 2030 ya no quedará ninguno. Sólo los turistas y todo un ejército al servicio del turismo: camareros, limpiadores, policías, guías turísticos, vendedores de souvenirs, etc.

Los turistas no quieren ver el Museo del Louvre. Sólo quieren ver la Gioconda. Llegar, hacerse un selfie, casi siempre haciendo el tonto, y enviar inmediatamente a todos los contactos: el certificado moderno del “yo he estado aquí”. El resto de las salas del Louvre están a medio gas, y algunas de ellas, francamente vacías. Lo comprobé en mi última visita al museo: recorrí prácticamente en solitario las salas de arte medieval, de escultura europea, de arte precolombino o de artes decorativas.

Para Steiner, uno de los rasgos distintivos de Europa son sus cafés. Los cafés, que no son simples abrevaderos de bebida, sino el lugar por antonomasia de los encuentros, el lugar de los intelectuales  y de los escritores que han debatido y dado a luz las mejores ideas y a los grandes artistas, el ambiente donde han nacido todos los ismos.

Hay tantos occidentales que desean hacer una experiencia de autenticidad africana en un orfanato en África, que se sabe de una organización que paga a las familias africanas para que manden a sus hijos a un colegio durante el verano, de manera que los europeos con ganas de salvar el mundo puedan pasar unos días con ellos, sintiéndose buenos y satisfechos e íntegros.

Para abrir la mente lo que hay que hacer es pensar. Y viajar a tontas y a locas, compulsivamente, más que estimular el pensamiento, lo entorpece. Quien va a la India y ve ejecutivos en mercedes, en vez de monjes con túnicas de colores y pintorescos mendigos en cada esquina, no saca la conclusión de que la India ya no es lo que era, sino que no para hasta encontrar en la India lo que él cree que es la India: monjes con túnicas de colores, mendigos en cada calle y hombres en taparrabos purificándose en el Ganges.

¿Estamos ante un libro muy triste sobre el final de un mundo, sobre todo el final de un mundo como es Europa?

El turismo es un fenómeno caracterizado por la superficialidad, el hedonismo y la eterna juventud y de un comportamiento que es mezcla de infantilismo y gamberrismo. El turista lo mismo se atiborra de dulces, cervezas, comida basura que tiene comportamientos macarras y groseros en las playas, los hoteles, los museos y las iglesias.

Lo de la oferta de alojamiento a través de Airbnb constituye un problema muy serio, tanto para los residentes de la propia ciudad como para las autoridades. Es una competencia desleal a los hoteles. Los vecinos tienen que soportar ruidos infernales. Las viviendas se encarecen para los verdaderos habitantes de la ciudad. La mayoría de los pisos no son propiedad de pequeños propietarios sino de empresas que acaparan pisos y más pisos. El dinero por el alquiler va directamente a las empresas, muchas veces extranjeras, como es el caso de Airbnb. Es muy romántica la idea de que un ciudadano común se gane un dinerillo extra alojando a unos turistas en su piso. Es totalmente falso, dos tercios de los pisos turísticos son propiedad de empresas que explotan decenas de inmuebles.

Muchas veces las ciudades no se benefician del turismo. Son las empresas las que se benefician de ello. Las ciudades tienen que contratar más limpiadores, más policías, más médicos, servicios extras para atender a los turistas, cuyos beneficios van a las empresas de alojamiento o a las franquicias que se están apoderando de la hostelería. Algunos pueblos o pequeñas ciudades muy turísticas han empezado a evaluar los costes y han caído en la cuenta de que sale muy caro atender a tanto turista.

Los turistas van en busca de autenticidad de una cultura o de una forma de vivir y no se dan cuenta de que esto ya apenas se da. Los niños que danzan en Sudán no son niños que viven en esas chozas de paja. Son niños que se ponen una determinada ropa tradicional de impoluta blancura, acuden a un escenario ‘tradicional’,  bailan en corro para que los turistas les graben o se hagan fotos con ellos, y, cuando los turistas se van, los niños sacan su móvil y se enfundan sus vaqueros y su camiseta del Real Madrid.

Aunque entre los propios europeos, abundan las tribus que no paran de decir disparates contra Europa, maldiciendo su historia, negando sus raíces, abjurando de su alma y de su pasado, Europa sigue siendo ese lugar adonde todos quieren llegar, y no para pasar unos días de vacaciones, sino también para vivir permanentemente. Esa combinación de fe y de razón, de curiosidad innata y de gusto por la belleza, ha sido capaz de crear una atmósfera donde es posible vivir la existencia como un don y una celebración. No obstante el cansancio presente y el envejecimiento de la población, Europa aún puede encontrar en su pasado y en su pensamiento muchas razones para la esperanza.

Por otro lado, a lo largo de su dilatada y turbulenta historia se han probado tantas soluciones que los europeos hemos encontrado el gusto por los problemas. ¡Tanto arte, tanta historia, tanta diversidad, tantas lenguas, tanta literatura, tantas naciones! Cada calle ha parido un santo, un poeta, un guerrero, un inventor. Todo el mundo desea venir a Europa. Actualmente solo el 5% de los chinos viajan al extranjero. ¿Alguien puede imaginarse lo que sucederá el día en que lo haga el 30%? Todos los continentes poseen cultura, arte e historia, pero nada comparable a ese pequeñísimo territorio que llamamos Europa. Puedes desayunar en España, comer en Francia, y cenar en Italia. Y estarás en tres países diferentes, con su gastronomía, sus edificios, sus lenguas y su historia preñada de gestas y de costumbres, de fiestas y de obras de arte.

Hay un símil entre el Grand Hotel Europa, donde se aloja el escritor a reflexionar  sobre su vida, que ha conocido horas de esplendor, fiestas y recepciones, que ha alojado reyes, diplomáticos y artistas, pero que ahora ya está en franca decadencia. Al final el hotel es comprado por un empresario chino. Los turistas chinos llenan el hotel, y el hotel vuelve a estar lleno, pero ahora son simples turistas en bermudas y chanclas, con sus móviles en la mano, sus euros en el bolsillo, y sus ansias infinitas de posar en el Partenón, en la catedral de Toledo, en la Torre de Londres, comer una pizza napolitana, una tarta vienesa, y tomar una copa de Burdeos. Y todo ello en una semana.

            Si Europa vende su alma, su espíritu, su forma de entender la vida, la fraternidad, los derechos humanos, la belleza de su literatura o de sus monumentos por un puñado de dólares, o por desidia o por pereza o por renegar de sí misma, probablemente, entonces, nos habremos merecido la invasión de los bárbaros.

Composición de González Fernández

Venecia, como símbolo del turismo de masas

El selfie certifica el "yo he estado ahí"

Purificación en el río Ganges

Airbnb, símbolo de los pisos turísticos

El autor de la novela ante el Partenón

Notre Dame de París: un legado europeo

Turismo de masa: atiborrarse de comida, bebida y viajes

Caravaggio, muy presente en la novela

Danzas africanas para turistas con ganas de 'autenticidad'

Playas masificadas y...

...Monumentos masificados


lunes, 29 de diciembre de 2025

Las lecturas de 2025

  

 

    Leer, leer, leer la vida / que otros soñaron. / Leer, leer, leer, el alma olvida / las cosas que pasaron. / Se quedan las que quedan, las ficciones, / las flores de la pluma, / las solas, las humanas creaciones, / el poso de la espuma. / Leer, leer, leer, ¿seré lectura / mañana también yo? / ¿Seré mi creador, mi criatura, / seré lo que pasó.

    Es uno de los poemas más conocidos de Miguel de Unamuno. Se lee para aprender de lo que otros soñaron o vivieron. Se lee para saber lo que aconteció en los cuerpos y en las mentes de otros. Se leer para conocer la herencia de dolor y gloria que nos dejaron los escritores. Se lee para espantar el miedo o la muerte. Se lee para entretener la tarde o combatir el insomnio.

        En 2025, estas son las lecturas que dejaron un pequeño poso allá en los adentros.

El niño que se enfadó con la muerte, de Enric Benito

         Cuando su abuelo Sebastián, albañil, un hombre hecho a sí mismo, murió en medio de dolores devastadores, Enric Benito tenía 10 años. Sus padres estaban volcados en su hermano, Tito, con una discapacidad severa, y el abuelo era el único que le hacía caso, así que cuando la muerte se lo arrebató, sintió una tristeza inmensa. Y se enfadó. La muerte se llevaba a quien más quería y él se quedaba ahí, rumiando esa manera tan dolorosa de morir.

      Enric eligió hacer medicina para vengar la muerte del abuelo, y en concreto oncología. Muy pronto aprendió que en los hospitales los cuerpos sufrían, pero sufrían aún mucho más las almas cuando intuían que la muerte estaba en el horizonte.

Después de una crisis existencial y una depresión por estrés, empezó a buscar respuestas a sus angustiosas preguntas. Volvió a la fe de su infancia. Dejó el hospital y decidió dedicar su vida a los enfermos terminales, para ayudar al moriturus a afrontar  el “morimiento”, con la misma naturalidad con la que el nasciturus afronta el nacimiento.

El libro es una hermosa lección de dignidad y de compasión para afrontar el tránsito entre la vida y la muerte. Una lección necesaria en esta sociedad que se niega a admitir lo que nuestros antepasados sabían perfectamente: somos mortales.


La vegetariana, de Han Kang

       La Academia Sueca concedió el Premio Nobel 2024 a la escritora surcoreana Han Kang. No había leído nada de ella, así que decidí empezar con esta novela.

        De la noche a la mañana Yeonghye decide dejar de comer carne. Y no lo hace por dieta o por motivaciones medioambientales. La única razón que nos da es que "tiene sueños" que la inquietan y que sufre por su causa. Pero apenas conocemos el punto de vista de la protagonista. En la primera parte es la voz del marido quien da su versión de los hechos. En la segunda parte es el su cuñado, marido de su hermana, el que nos habla de Yeonghye. En la tercera parte, es la voz de la hermana, sin lugar a dudas la única persona que permanece a su lado en este proceso inexorable de autodestrucción.

       Estamos ante una novela inquietante y desasosegante, pero es una novela que capta la atención y que te sumerge en el cuerpo y el alma atormentados de la protagonista. En la segunda parte hay un momento en que se vislumbra la redención o una posible sanación de Yeonghye, pero es una historia que no podía acabar bien: lanzarse al fuego y creer que este no nos devorará.

El loco de Dios en el fin del mundo, de Javier Cercas

Javier Cercas, ateo practicante y anticlerical convencido, recibió con estupor la llamada de la Editorial Vaticana que le invitaba a acompañar al Papa Francisco en su viaje a Mongolia y escribir un libro. Pensó en su madre, católica sencilla, a la que no asustaba la muerte porque creía sin fisuras en la resurrección y en el reencuentro con su marido al que tanto había amado.

         Javier Cercas se empapó bien sobre Francisco y sobre el Vaticano. Tuvo acceso a todas las personalidades de la Santa Sede con las que quisiera hablar. Y un buen día subió al mismo avión que llevaba a Francisco a ese lugar extremo de Mongolia donde hay tan pocos católicos que todos “caben en un teatro”.

El libro es un fascinante ensayo sobre un minúsculo estado, el Vaticano, probablemente el único ‘estado’ planetario. Es estudio de la Iglesia, el único imperio que lleva dos milenios en activo y con una fuerza inexplicable, a pesar de la crisis de fe que ataca a Europa por los cuatro costados. Es crónica del viaje papal a Mongolia, sucesión de entrevistas, resumen de lecturas sobre el tema, biografía del Papa Francisco... Y todo ello salpimentado con recuerdos y memorias del propio autor. El libro tiene su parte de intriga, de crítica acerba, su mala leche, su elogio y admiración por aspectos luminosos de la Iglesia, como la vida abnegada de los misioneros o el afán de Francisco por poner en el centro de la Iglesia a Cristo y a los pobres.


La buena letra, de Rafael Chibes


    Una pequeña obra maestra cabe en apenas un centenar de páginas. La muerte se llevó muy temprano a su autor, Rafael Chirbes (1949-2015), del que aún esperábamos grandes cosas. Hay autores que ya habían dicho todo cuando Caronte les condujo en su barca por la laguna Estigia. Y hay autores que se llevaron a su tumba grandes libros aún no escritos. Chirbes fue uno de ellos.

    Sobre un fondo de guerra civil y de los llamados años del hambre, se inicia esta novela La buena letra. Con el sonido de los fusilamientos aún cercanos y la miseria en la mesa a todas las horas, Ana es la mujer que escribe o cuenta su vida y la de la familia a un hijo que ya considera perdido para su corazón.

    La frustración de la vida. La decepción que causan las personas a las que entregamos parte de nuestra existencia. Lo poco que fructifica el sacrificio y el esfuerzo sembrados. Las vidas galantes, románticas, heroicas que suceden en la pantalla del cine y que nos hacen soñar durante un par de horas. Los deseos inconfesados a los que no sabemos poner nombre y que ponen en tumulto el corazón durante unos segundos. La culpa por pecados aún no cometidos. La sensación de la inutilidad de la vida. La tristura que se va colando por todas las rendijas de nuestro ser. La irrupción de una mujer en una familia que pone patas arriba la convivencia pacífica. La muerte y el deseo de morir presentes desde el inicio al final de la novela. El dolor de tantas ausencias, de tantas vidas con las que nos encariñamos. 


Niño quemado, de Stig Dagerman

 En solo seis semanas, en un estado febril, pero con la precisión de un frío cirujano, Stig Dagerman escribió Niño quemado. Apenas dedicó tres años de su existencia a la escritura. Después entraría en un desierto estéril que le impidió acercarse al folio en blanco. El 4 de noviembre de 1954, a tan solo 31 años, a las afueras de Estocolmo, entró en el garaje, cerró la puerta, arrancó el coche y en pocos minutos los gases acabaron con él.

Niño quemado no habla de un niño, ¿o sí?, sino de un joven de 20 años, Bengt, que acaba de perder a su madre, lo más querido para él. La novela arranca con el entierro de una mujer que no era amada ni por su marido ni por los asistentes al entierro. Un funeral en el que apenas se llora. Un frío glacial acompaña el momento de la despedida. Poco después Bengt se entera de que su padre llevaba una doble vida al lado de una mujer más joven. La rabia y el odio entran en él. También el cinismo y el amargor. Se cree puro frente a un padre impuro. Y lo que sucede con los que se creen puros es que juzgan sin piedad a los impuros.

Dagerman nos brinda una novela dura y cortante. Todos los personajes se sienten incomprendidos y, por lo tanto, dramáticamente solos. Tal vez, únicamente un vaso de alcohol puede encender sus mejillas y su escasa alegría. 

El lector, de Bernhard Schlink

 La novela El lector fue publicada en 1995. El título original en alemán, Det Volteser, significa el que lee en voz alta, un bonito matiz que no tiene vocablo equivalente en español. Su autor, juez de profesión, es Bernhard Schlink. Desde el principio la novela gozó de una gran acogida, hasta el punto de que su lectura está en el plan alemán de estudios, para que los jóvenes puedan conocer la Alemania de la posguerra, ese momento histórico que conoció el hundimiento de una nación, la división de un país, el sentimiento exacerbado de la culpa en tantos ciudadanos que habían aplaudido el auge del nazismo o simplemente habían mirado a otro lado, aunque todo el mundo sabía, más o menos, lo que estaba sucediendo en los campos de concentración. Pero también la posguerra fue ese momento en que Alemania se armó de valor para levantar una nación en ruinas, físicas y morales Y también fue el periodo en que una juventud avergonzada por el pasado reciente de su propio país, sin explicarse muy bien cómo había podido triunfar el nazismo y sentirse rodeados por padres, abuelos, vecinos o profesores que habían apuntalado una sociedad enferma moralmente.

El Lector nos mete de lleno en el misterio de la iniquidad. El misterio del mal. El misterio del corazón humano, que es capaz de todo, de lo mejor y de lo peor. La culpa enloquece a unos y torna impenetrables y herméticos a otros. 


Conversación en la Catedral, de Mario Vargas Llosa

      La Catedral es el nombre de un bar de Lima donde conversan Zavalita y Ambrosio, después de un encuentro casual en la perrera municipal a la que acude Zavalita para recuperar a su perro y donde Ambrosio, antiguo chófer de la familia, apalea perros sospechosos de haber contraído la rabia. Una larga conversación de horas, una conversación que es como un río donde llegan arroyos claros, turbios, fangosos o cristalinos. Un río que atraviesa Perú durante el ochenio del general Manuel A. Odría (1948-1956).

      Vargas Llosa confesó más de una vez que esta novela es la que salvaría si tuviera que elegir una sola. Es una novela total. Entre trago y trago pasa la vida. Entre trago y trago transcurre la conversación de Zavalita y Ambrosio en ese antro de La Catedral. Caen los dictadores y sus adláteres. Pero el ansia de poder permanece, como permanecen las ganas de corromper y dejarse corromper en el Perú de Odría, y en todos los Perús del mundo. Al final de la novela de Mario Vargas Llosa no nos queda claro en qué momento se jodió el Perú. Ni en qué momento se jodió Santiago Zavalita ni en qué momento se jodió Ambrosio. La catedral sigue siendo una de las grandes novelas del siglo XX.

Los días frágiles, de Philippe Besson

    En 1891, al puerto de Marsella llega un hombre joven, aunque acabado. La infección de su pierna avanza inexorablemente. El cáncer de hueso le roe. En el hospital marsellés, los cirujanos deciden amputarle la pierna. Estamos hablando de Arthur Rimbaud. Niño prodigio de las letras francesas. Enfant terrible de la poesía, cuyos versos dejaron sin palabras a toda la intelectualidad francesa. Bebedor incansable de absenta en los cafés parisinos. Rubio provocador de ojos azules y mirada lánguida de los salones literarios. Joven que se puso el mundo por montera liándose con el afamado poeta casado, Paul Verlaine. Y con el que huyó a Bruselas, provocando un  escándalo monumental en la mojigata sociedad francesa de la época.

     El hijo pródigo de la literatura francesa vuelve a casa, ni arrepentido ni humilde, sino altivo y provocador, fiel a su genio y a su talante. Y en su tierra natal, Las Árdenas, oscura de nieblas y aguas, no le espera ningún padre con los brazos abiertos que le prepare una fiesta de bienvenida, como sucede al hijo pródigo del Evangelio. Una fría y hermética madre le abre la casa familiar, pero no le abre el corazón. El hijo que ha sumido a la familia en una ignominiosa vergüenza, ¿se merece acaso otra cosa? En su orgullo, madre e hijo son iguales. Pero Rimbaud es ahora un guiñapo, un enfermo digno de compasión. Y Philippe Besson reconstruye en Los días frágiles el último tramo de la vida del siempre sorprendente Arthur Rimbaud.


El puente sobre el Drina, de Ivo Andric

    Ivo Andríc escribió esta novela en 1945, en lengua serbocroata y con el alfabeto cirílico (Дрини ћуприја), apenas terminada la II Guerra Mundial, y en ella el protagonista es el puente que cruza el río Drina a su paso por Visegrado, en Bosnia.

    Esta gran novela abarca cuatro siglos, justamente desde que un niño cristiano de apenas 10 años, arrancado de los brazos de su madre, fue llevado, como tantos otros, ante el sultán otomano para formar parte, desde pequeños, del ejército de jenízaros. Era el adzami oglam, o tributo de sangre. Era el peaje que tenían que pagar las familias cristianas en el imperio otomano. Durante horas, tal vez días, los niños empapados hasta los huesos esperaron hasta que un barquero los fue pasando sobre las aguas crecidas y turbulentas del Drina. En las orillas se juntaban todas las pobrezas y las desdichas del mundo. Esa mañana de 1516, ese niño de 10 años vio todo esto mientras los gritos de las madres le desgarraban el alma y un dolor agudo le golpeaba el pecho. Ese dolor se quedaría ahí por muchos años. El niño creció y llegó a ocupar un puesto muy importante en el imperio otomano. Sería mundialmente conocido como el Gran Visir Mehmed Bajá. Entonces se acordó de aquel penoso viaje. Se acordó de que todos los hombres sueñan con una “buena vía, una compañía segura y una posada caliente” y decidió construir un puente que asombrase al mundo: el puente sobre el Drina, para unir Bosnia con Oriente.


Mientras agonizo, de William Faulkner


    William Faulkner escribió Mientras agonizo en 1930. El título (As I lay lying), según he leído, está sacado de un verso de Macbeth de William Shakespeare. La novela está situada en el condado ficticio de Yoknapatawpha, inspirado en la propia tierra natal del escritor. Una tierra dura que crea seres humanos duros, tercos, implacables, adustos, taciturnos. Una tierra tan dura que enloquece. Faulkner recibió el Premio Nobel en 1949.

    La novela transcurre en apenas unos diez días, si bien la escritura tiene sus retrocesos y sus avances. Se trata de una novela coral, dividida en 59 monólogos interiores, y contada por 15 narradores diferentes (el padre, la madre difunta, los cinco hijos, pero también el médico, el pastor de la iglesia, los vecinos y algunos más), lo que nos permite ver la historia desde muy diversos puntos de vista.  Poco a poco, como en un rompecabezas, todo va va encontrando su sitio. Los narradores cuentan lo que recuerdan, temen, esperan, aman u odian. Cada narrador nos ofrece su voz y su sensibilidad, para que el lector, con todos los materiales, pueda comprender la vida de estos personajes atrapados en una tierra y en un viaje en los que la pobreza es visible y la miseria moral también. A la madre sólo le corresponde un monólogo interior, justo a la mitad del libro, pero es un monólogo crucial, como la piedra angular de todo el edificio de la historia contada.


Corazón tan blanco, de Javier Marías

        Javier María nos dejó en 2022, y probablemente aún le quedaban por escribir algunos buenos libros. Novelista, traductor, columnista, ensayista, polemista, en 2012 le fue concedido el Premio Nacional de Literatura, pero rechazó esta distinción: “Estoy siendo coherente con lo que siempre he dicho, que nunca recibiría un premio institucional. He rechazado toda remuneración que procediera del erario público”. Para unos, fue hacer un feo. Para otros, un acto ético.

            Corazón tan blanco tiene uno de los comienzos más deslumbrantes de la novelística en castellano: “No he querido saber, pero he sabido que una de las niñas, cuando ya no era niña y no hacía mucho que había regresado de su viaje de bodas, entró en el cuarto de baño, se puso frente al espejo, se abrió la blusa, se quitó el sostén y se buscó el corazón con la punta de la pistola…”

  Una novela potente y perturbadora. Marías va desgranando aquí y allá semillas que, con el pasar de las páginas, adquieren su sentido. Una novela que se va construyendo como se construye el pasado de una civilización, a través de las distintas capas de una excavación arqueológica.


Obras completas del Hno Rafael


    El 26 de abril de 1938 un joven monje de apenas 27 años murió en la Trapa de Dueñas. Muchas décadas después, su tumba en el monasterio trapense sigue recibiendo miles de visitas y sus escritos siguen deslumbrando y alumbrando por su profundidad, sus altos vuelos y la belleza de sus reflexiones. La fama de santidad se fue extendiendo por doquier desde el momento en que su cuerpo, reducido a un guiñapo por la diabetes, cerró los ojos.

    Hoy aún podemos leer sus escritos. Y lo debemos a dos circunstancias extrañas. En los últimos años de su vida, Rafael se carteó con su tía, la duquesa de Maqueda, su alma gemela. Ambos hicieron un pacto: apenas leídas y contestadas, las cartas debían ser destruidas. Pero su tía, anonadada por la correspondencia de su jovencísimo sobrino, no cumplió el pacto y guardó las cartas como un tesoro. Al día siguiente del hermano Rafael, debían haberse destruido los escritos que tenía en el cajón de su mesa, pero su confesor, que conocía la santidad del alma del joven monje, suplicó de rodillas al abad que no los destruyese.

Hoy día sus escritos son una guía segura para adentrarse, sin perderse, por el camino que lleva al corazón de Dios. Las obras completas del hermano Rafael (santo desde 2009) siguen iluminando a muchos creyentes en sus noches oscuras.


Septología, de Jon Fosse


            Ochocientas páginas que hipnotizan desde el principio hasta el fin. No se trata de un argumento trepidante. Septología hipnotiza como hipnotiza el fuego en un fría noche o el movimiento de las olas desde una playa solitaria. Asle, el protagonista, recuerda fragmentos de su vida de pintor, de esposo, de alcohólico, de creyente. Y el lector contempla embelesado esta continuo oleaje de palabras, de personajes que se desdoblan y duplican, de días de bruma, de nieve que cae, de cercanía hacia otros seres humanos, tan desamparados como el protagonista.

        Jon Fosse, noruego, ganó el premio de literatura en 2023. Para mí fue todo un descubrimiento. Y Septología la considero una obra mayor, difícil de resumir, inclasificable. ¿Pero acaso se puede definir la sensación que nos produce una tarde de lluvia, el interminable sucederse de las olas, el crepitar del fuego o las palabras de una avemaría tras otra.

            Hay que entrar en este libro de Jon Fosse, como quien se sumerge en un bosque de belleza inaudita, o quien se lanza al agua en un día de calor o quien entra en una iglesita de sobrecogedor silencio. El argumento poco importa. O tal vez sí: la aventura interior de un pobre hombre. Nada menos que un hombre.



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Café con poesía de Unamuno

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