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lunes, 11 de mayo de 2026

Indestructibles, de Xavier Aldekoa

                


         El escritor barcelonés (nacido en 1981) viajó a África apenados hubo concluido sus estudios de periodismo. Desde entonces, el continente africano es una pasión y la razón de su escritura. Viajar por África, a muchos les ha hecho escritores. Actualmente el autor ejerce como corresponsal de La Vanguardia para asuntos africanos. Acabo de leer su libro Indestructibles, en el que recoge un buen ramillete de historias concretas, con nombres y rostros, de hombres y mujeres indestructibles en sus deseos de superación e indestructibles en su esperanza. La esperanza, no por mucho repetido es menos cierto, es el motor de África.

                De Madagascar a Etiopía, de Cabo Verde a Mozambique, Xavier Aldekoa nos cuenta vidas venturosas y desventuradas, pero todas ellas valiosas e instructivas. Marceline tiene un sueño: ser profesora. Vive en Madagascar tiene que trabajar y trabajar para ganar unas monedas y pagar sus estudios. Tiene que quitar horas al sueño para aplicarse con los libros y los cuadernos. Ella es la primera ‘indestructible’ que conocemos en las páginas de este libro, pero hay muchas más. El bebé Ibrahim, con 18 meses sobrevivió a la más mortal de las epidemias, el ébola, en un país como Sierra Leona, donde los contagiados fueron abandonados internacionalmente a su suerte, pero también donde un grupo de médicos y voluntarios, sin capa y sin espada, fueron héroes en los hospitales y en las calles. Así conocemos a Abi, una chica a la que el ébola se llevó por delante a su familia y que tuvo que empezar de cero, como tantos, ante esa plaga universal.

                Probablemente el capítulo más desolador, y también el más lúcido, es el que nos habla de la travesía de tantos africanos para alcanzar las costas europeas. Conocemos cifras de los que mueren ahogados en el mar persiguiendo su sueño. Pero hay otros regueros de muerte en tierra firme, especialmente por las rutas del desierto para alcanzar Libia, un trampolín para entrar en Europa. Las mafias campan a sus anchas. Las tarifas para cruzar el desierto en todoterrenos son cada vez más altas. La impiedad de los ‘coyotes del desierto’ hacia los jóvenes que desean emigrar es cada vez más cruenta. Muertos de miedo, helados de frío en las noches y sudorosos en las horas de sol, grupos de jóvenes están a merced de las mafias, inflexibles con las cuotas y las condiciones del viaje. Las arenas del desierto cubren a diario cuerpos, muertos de hipotermia, enfermos de malaria, caídos al suelo por la velocidad y los vaivenes de los vehículos que huyen como bandidos para esquivar los controles. Y en este escenario de terror, el humilde Charif se atrevió a enfrentarse al conductor mafioso, que se negaba a detener la marcha, aunque dos mujeres se habían caído del todoterreno.     

                Aldekoa nos habla también del próspero negocio de la venta de esclavos en Libia, un país que se sumergió en el caos legal después de la caída de Gadafi. Los libios atrapan a los subsaharianos en su camino a Europa, para venderlos como esclavos para trabajar en las minas a ellos, y como prostitutas a ellas. Y también nos cuenta la frustración y la amargura de los que intentaron salir de África y, por muchos motivos, no lo consiguieron. Unos por un miedo insuperable ante un horizonte de penalidades, otros porque fueron atacados y perdieron el dinero que su familia había ahorrado para este incierto viaje. En fin, una suma de infortunios es el pan de los fracasados. Todos ellos sienten vergüenza de volver a sus casas como perdedores, y se quedan malviviendo durante años en otros países, haciendo trabajos que nadie haría. Se sienten atrapados, como Alex Jallah, perdido en Níger, ejerciendo de peluquero, para ganar 1,5 euros al día. Un joven atrapado.

                La historia de Margaret, apenas una niña de once años, casada con un hombre que le triplica la edad, en un país, Uganda, donde la costumbre, la tradición, la pobreza, lleva a muchas familias a establecer estos matrimonios infantiles. Margaret se sienta también atrapada entre la costumbre, la añoranza por los juegos infantiles, las obligaciones de una mujer casada y la promesa de que ella no obligará a sus hijas a casarse de niñas.

                La violencia que en las primeras décadas del siglo XXI han desatado los radicales musulmanes, han provocado el caos y la muerte de tantos inocentes. La irrupción asesina del yihadismo ha causado más de cincuenta mil muertos entre los habitantes de Camerún, Nigeria, Níger y Chad. Boko Haram es el grupo terrorista más conocido, pero hay muchos más. Especialmente dramático fue el caso de las niñas bomba. Jóvenes muchachas medio drogadas, con cinturones explosivos bajos sus ropas holgadas, fueron enviadas a hacerse explotar en medio de los mercados o en lugares de reunión. Se habla de que, al menos, 450 niñas se inmolaron. Las inmolaron. Miles de personas abandonaron apresuradamente el sus aldeas y en su desesperada huida, sin alimentos y sin recursos, muchos murieron. Daniel Jacobs podría servir de ejemplo de los condenados al exilio. Hasan podría servir de ejemplo de los que lograron sobrevivir al infierno, simplemente porque se hicieron el muerto bajo los cuerpos de los que verdaderamente habían sido asesinados. Por otro lado, el ejército, en su lucha contra el yihadismo, sembró un terror paralelo, cargándose a cualquier sospechoso de colaboracionista con el terrorismo.

                Leyendo el libro de Aldekoa me he encontrado con historias, que con otros nombres y en otros países, he conocido en mis viajes a África. Por ejemplo, la historia de Enmanuel, un niño togolés acusado de brujería y, por lo tanto, arrojado a la calle y estigmatizado para siempre. Muchos de los niños de la calle son el fruto maldito de un fenómeno irracional pero real: los llamados brujos, injustamente acusados de provocar la desgracia a su alrededor. Otro ejemplo podría ser la historia de José Albino Luis, otro menino da rua, en las calles de Mozambique, al que la pobreza extrema y el maltrato familiar arrojaron a la calle, como un trasto inservible. La extracción del cobalto o del coltán en las minas de la república democrática del Congo es una de las metáforas de la situación en la que viven y malviven tantos adolescentes y jóvenes, obligados a jornadas extenuantes para extraer minerales que sirven para nuestros aparatos tecnológicos. ¡Hay mucha sangre en el interior de nuestros teléfonos móviles!

                La sabiduría africana nos recuerda que los árboles secos también tienen un valor, aunque ya no den frutos y no tengan hojas, pues sirven para que los pájaros duerman en sus ramas.

                Tienen valor las vidas de los pobres. Tienen valor las vidas de las mujeres casadas en su infancia. Tienen valor las vidas de los niños de la calle. Tienen valor las vidas de los migrantres que cruzan el desierto libio. Y las de los que yacen bajo las arenas. Y las que se perdieron en un mercado por las bombas del yihadismo. Tienen valor las vidas de los que sueñan grandes sueños o sueños pequeñitos. Tienen valor las vidas grávidas de esperanza. Todas esas vidas tienen o tuvieron una semilla de esperanza en sus entrañas. Y por ello, en cierto sentido, fueron indestructibles.





miércoles, 29 de abril de 2026

Enfermos crónicos; niños normales

     


    "Aunque sólo soy una niña, hace ya tiempo que lo acepté. Que siempre seré bajita. O zurda... ¡O futbolista! Y lo que siempre seré, seguro, es enferma crónica. Me ha costado un poco, pero he aprendido que hay cosas que van a estar ahí, conmigo, toda la vida. Y si forman parte de mí, no pueden ser tan malas, ¿verdad?"

    Unos breves y eficaces textos de Aida Acitores son el esqueleto que sostiene las hermosas ilustraciones de Laura R. Lázaro de un libro muy singular y muy bello "Cosas que soy y siempre seré". 

    El libro o cuento infantil nos habla de una niña que es todas los niños y niñas que conviven día a día, incluso desde su nacimiento, con una enfermedad crónica.

    La niña protagonista del libro tiene el pelo castaño oscuro y los ojos negros. Es bajita y lleva gafas por su miopía. Es zurda. Es futbolista y también algo torpe con los patines. Le gusta asomarse en la noche por la ventana para mirar su 'lucerito' en el cielo. Y, además, una cosa más, es enferma crónica. En este caso, fibrosis quística.

    Cuando un pequeño convive con una enfermedad crónica sabe que tiene que tomar unas medicinas, mantener algunos hábitos de ejercicio, comer o no comer determinados alimentos. Y por ello, cree que eso es lo normal, que eso mismo e lo que hacen todos los niños.

    ¿Qué es lo normal, qué es la normalidad? Para alguien que es zurdo, eso es lo normal. Para alguien que es un enfermo crónico, eso es lo normal. Esta podría ser la primera enseñanza de este hermoso libro. Hay muchas 'normalidades'. De hecho, hay tantas normalidades como individuos hay en el mundo.

    La segunda moraleja del libro podría ser esta: muchas veces tener una enfermedad crónica no significa estar "malito", no significa estar impedido o limitado o condicionado. Ser enfermo crónico puede significar únicamente que tienes que tomar unas pastillas, alimentarse de una determinada manera, realizar determinados ejercicios. Por lo demás, cualquier menor con una enfermedad crónica puede ser, como la protagonista, valiente, divertida, deportista, saludable, curiosa y feliz...

    Esta mirada diferente sobre la "normalidad" y sobre la "enfermedad crónica" es el valor y la fortaleza de este oportuno libro. Un mensaje de resiliencia y luz. Un mensaje de la normalidad y naturalidad que hay en la diversidad. Ha sido editado por la Asociación de Fibrosis Quística de Castilla y León, con la colaboración de Federación Española de Enfermedades Raras. Y se ha publicado de manera solidaria, a beneficio (el libro cuesta 18€) del hospital de Cruces de Baracaldo que sigue investigando parar poder detectar de forma temprana infecciones fúngicas en Fibrosis Quística. 

    Como se dice en los créditos de las películas, este libro está basado en una historia real. A la niña palentina real que ha inspirado esta historia, perfectamente retratada por la ilustradora, la he visto jugar en el parque con su amiga querida, tocar una sencilla melodía en un teclado, escuchar atentamente las explicaciones en un centro de restauración de órganos de iglesia, dibujar bonitas tarjetas en un fiesta solidaria, comer su postre preferido en un restarurante y sonreír por cualquier motivo. Como cualquier niño normal y feliz del mundo.

    






Autora: Aida Acítores. Ilustradora: Laura R. Lázaro

    Puedes encargarlo directamente en el WhatsApp de la

Asociación Española de Fibrosis Quística: 680 60 02 43







    

martes, 28 de abril de 2026

Zorba el griego, de Nikos Kazantzakis

 

 

Muchos años después, Alexis Zorba recordaría a su abuelo en un párrafo memorable que resumen bien el espíritu de la novela: la curiosidad por el otro y el deseo de celebrar cada encuentro son las cosas que hacen que la vida tenga sentido y horizonte:

“Mi abuelo materno vivía en una aldea de Creta. Cada anochecer tomaba la linterna y se iba a dar una vuelta por el pueblo, para ver si acaso algún forastero había llegado; si así era, lo llevaba consigo a su casa, le servía abundante comida y buena bebida, y, luego, acomodándose en el diván, encendía el largo chibuquí, y se dirigía a su huésped, diciéndole imperiosamente: “Cuéntame. Cuéntame de otros lugares de otras personas, de otras miradas”

Basil, un joven inglés, culto, amante de los libros, tímido, racional, con la Divina Comedia en su bolsa de viaje, llega a Grecia para explotar una mina de lignito en la isla de Creta. Mientras espera en una taberna del puerto del Pireo el barco que le ha de llevar a Creta, coincide con Alexis Zorba, en la sesentena, vitalista, un rostro surcado de arrugas que ha conocido los soles, las lluvias, y también la bebida y los besos. Con todo el desparpajo del mundo, Zorba se ofrece para acompañarle en su aventura minera, y Basil, sin pensárselo, le acepta como compañero: "Me encontré con él por vez primera en El Pireo. Había bajado yo al puerto para embarcarme con destino a Creta. Era un amanecer lluvioso. Soplaba fuertemente el viento".  El joven serio y reservado, está a punto de leer, en la vitalidad, en la forma de entender el mundo, en el corazón de Zorba, el libro más importante de su vida. 

            Nikos Kazantzakis escribió esta novela en 1946, apenas acabada la Segunda Guerra Mundial. La novela de Zorba el griego, vida y andanzas de Alexis Zorba está inspirada en un personaje de carne y hueso llamado George que el autor conoció en una isla del Peloponeso. Kazantzakis quiso compartir con todos sus lectores la personalidad volcánica, espontánea y auténtica de aquel hombre cuya filosofía de vida marcó su existencia.

            Kazantzakis había nacido en Creta en 1883, cuando Grecia era un territorio otomano. Estudio Derecho en Atenas y Filosofía en París. Tuvo simpatías por el movimiento nacionalista griego, por el comunismo y por el movimiento universalista. Pero siempre fue un hombre libre. Tal vez por eso, fue duramente criticado por partidos conservadores y progresistas del país heleno. Unos y otros maniobraron para que Suecia no le concediese el Nobel. Vivió en muchas ciudades europeas. Asceta durante un breve tiempo entre los monjes del monte Athos, poeta, traductor, novelista y ensayista, entre sus obras más conocidas se cuentan El pobre de Asís y La última tentación. Pero sin duda, este libro que comento es su obra más universal. A la fama de esta novela contribuyó también la película, protagonizada por Anthony Quin, y con banda sonora memorable de Mikis Theodorakis. ¿Quién no recuerda el baile del sirtaki mano a mano entre Anthony Quinn y Alan Bates? En 1955 la Iglesia Ortodoxa le excomulgó por sus ataques a los popes ortodoxos: "Me habéis dado una maldición, Santos Padres, yo os doy una bendición: que vuestras consciencias sean tan claras como la mía y que seáis tan morales y religiosos como yo". En 1957 murió de leucemia en Friburgo. No se permitió que sus restos descansasen en un cementerio ortodoxo. Fue enterrado junto a las murallas de Heraklión (Creta). En su epitafio puede leerse: «No espero nada. No temo nada. Soy libre» (en griego: Δεν ελπίζω τίποτα. Δε φοβούμαι τίποτα. Είμαι λέφτερος).

            La novela es un canto a la vida, al hoy y al momento presente. Zorba es un disfrutón que aún a sus más de sesenta años no deja de maravillarse ante un amanecer, unas flores, la belleza de las mujeres, la dulzura del vino, los platos de comida compartidos y la música de su santuri, que lo acompaña de principio a fin de su vida.

              La temporada que ambos protagonistas pasan en Creta es un viaje al pasado de Alexis Zorba. Zorba nos descubre su vida. Ha conocido la guerra y la paz, ha conocido todos los placeres, ha trabajado como un mulo de carga en muchos oficios, ha ido de ciudad en ciudad. Es un hombre sin casa, sin propiedades, sin dinero. Su única riqueza es encontrarse con los demás, conocer sus vidas, aprender, y a la vez mostrarse totalmente espontáneo y alegre, tal como es.

    Zorba ha conocido la guerra: "¿De dónde surgirá ese impulso que nos lleva a arrojarnos contra otro hombre, que no nos causó daño alguno, para morderlo, cortarle la nariz, arrancarle la oreja y destriparlo, al mismo tiempo que invocamos la ayuda de Dios?". Sabe distinguir lo esencial de lo accesorio: Las necesidades fundamentales del hombre, alimento, bebida, mujer, danza, vivían todavía frescas e inagotables en su cuerpo ávido y robusto”. No ha perdido su capacidad para el asombro y la maravilla: “En mi opinión, todas las cosas dan lo mismo: que tenga mujer, o que no la tenga, que sea honrado  o que no lo sea; que sea bajá o mozo de cuerda. Sólo hay diferencia entre estar vivo y estar muerto”. Entre el abismo que precede al nacimiento y el precipicio que sigue a la muerte, está la vida, dulce como unos labios y fuerte como un vino: “Mar, mujer, vino, trabajo afanoso, sin temor de Dios ni del diablo”

            Madame Hortense es una prostituta arruinada y decrépita, hundida en el recuerdo de un tiempo en que los hombres se la rifaban y los marineros la buscaban y agasajaban con perfumes y telas. Pero Zorba, con su caballerosidad y su instinto seductor, la revive de su mortecina vida y la devuelve a su juventud y a su belleza. Las palabras también rejuvenecen y la carne tiembla al escucharlas.

Pero a veces los recuerdos de la vida son muy amargos. El sabio extrae de ellos lecciones importantes para una vida sabia y armoniosa. Zorba había participado en la guerra contra los búlgaros. Había degollado a un pope búlgaro que de día iba a celebrar en la iglesia y de noche colgaba la sotana y salía armado y vestido de pastor y hacía incursiones en las aldeas griegas. Pero al día siguiente de cargarse al pope, va a una aldea y allí se encuentra a cinco chiquillos descalzos, vestidos de negro, que iban mendigando un poco de pan. Les preguntó de quién eran hijos y le contestaron del pope que unos días antes había aparecido degollado. Zorba les dio todo lo que llevaba en ese momento, y se alejó de la guerra: “Degollé, robé, incendié pueblos, violé mujeres, exterminé familias. ¿Por qué motivo? Por la sencilla razón de que eran búlgaros o turcos. ¡Qué asco! Ahora en cambio sólo digo: “Este es buena persona; el de más allá, un sinvergüenza, Sea búlgaro o griego, tanto me da”. Dejó de ser un patriota.

A quien decide vivir la vida con altura de miras y pasaporte universal, no le faltarán ni afrentas ni ofensas. Uno de los momentos más desoladores del libro lo constituye un episodio de violencia y venganza. En la isla, culpan a una viuda, joven, hermosa y libre, del suicido de un hombre de la aldea por ella despechado. Y los familiares reclaman venganza y sólo esperan el día en que esta pueda llevarse a término. La isla es la propia cárcel en la que viven los cretenses, encerrados en sus medievales reglas del honor. Hombres y mujeres a la vez rezadores y blasfemos, rodeados de iconos y vacíos de compasión. Esa joven viuda es acorralada a la puerta de iglesia, mientras que los grupos de mujeres atizan el fuego de la venganza hasta la muerte de la mujer. Zorba y Basil tratan inútilmente de impedirlo. Es una derrota más de la vida. Nadie sale indemne de la existencia, ni siquiera aquellos que tratan de transformar la materia en alegría.

Zorba pregunta a su compañero, al que siempre trata de patrón: “Lo que yo quiero es que me digas de dónde venimos y adónde vamos. Tantos años consumidos en la lectura de mamotretos. ¿Qué has sacado de ellos?” ¿Qué puede responderle el joven muchacho que nada sabe de la vida?

Hay personajes que te esperan pacientemente hasta que un día te decides a abrir un libro y la personalidad de Zorba se aparece con todo su poder seductor: llamar a las cosas por su nombre, abandonar las ideologías, clasificar a los hombre únicamente por su bondad, arrojar lejos los grandes ideales de dios, familia y patria, para bendecir olas del mar, la existencia de las mulas, los atardeceres, la sonrisa coqueta de una mujer, el trabajo fatigoso con los obreros de la mina. Saber encajar los fracasos con hombría, sentir un poco de piedad por los huérfanos, interceder por los que van a ser degollados, celebrar el vino, saborear una sopa de pescado, vibrar con la danza y el canto, y el sonido de un santuri. Vivir la vida a grandes bocados que no caben en las mandíbulas y a grandes tragos que no caben en la garganta

El libro va de eso: la diferencia entre los que teorizan y hablan en abstracto y los que sólo hablan de lo que han vivido, bueno y malo, sin callarse los errores. Zorba es el analfabeto que se convierte en maestro, mientras que el joven inglés, intelectual y rata de biblioteca se ve obligado, gustoso, a ejercer de discípulo. Aprender a vivir lo que la vida ofrece cada día, cuando sol, sol; cuando lluvia, lluvia.

Zorba, pícaro, bondadoso, artero, buscavidas, bon vivant, juguetón, infantil, irascible, dulce, seductor, misógino, grandilocuente, superviviente, truhán, despilfarrador, histriónico, creyente y descreído. En Creta Basil y Zorba no consiguen ningún éxito material. La mina se agota. El sueño de un teleférico para transportar la leña resulta un fracaso. Pero aquella temporada que los dos amigos han compartido deja una huella indeleble, esa huella que sólo la muerte borra.

Cuando la mina se troca en negocio inútil, los amigos que han compartido un tiempo en Creta se separan con mayor tristeza de lo que ellos mismos pueden confesarse. Zorba sigue su vagabundeo y recala en Serbia, donde se casará y donde morirá. Pero ni en esos momentos previos a la muerte se olvida del amigo que conoció en el Pireo y con el compartió amaneceres, horas en la mina, sueños de un teleférico, comidas, bebidas, y la danza de un sirtaki, y con el que, cansado y agotado, durmió junto al mar, padre de Grecia, de donde sigue partiendo y regresando por los siglos de los siglos Ulises.

La novela es un viaje iniciático. Un sendero que recorren durante un tramo dos hombres tan diferentes, por edad, por formación y por ideales. Como el amor, también la amistad es complementaria y maravillosa. Una novela de aprendizaje. Ulises vuelve a Creta y enseña a un joven serio y melancólico lo que es la vida, el amor, el dolor, las mujeres, el vino o las ideas. Y también ese baile de la amistad que se llama sirtaki: los brazos enlazados, los pies en la misma dirección, la mirada hacia el horizonte y la alegría en el corazón: “Alargó un pie, rozó ligeramente el suelo, alargó el otro, los pasos se entrelazaron salvajes, alegres, la tierra retumbó”.

Nikos Kazantzakis

Anthony Quin y Allan Bates danzan el sirtaki

Tumba junto a las muros de Heraclión


Moneda de 2 euros con imagen de Kazantzakis


Epitafio: No espero nada. No temo nada. Soy libre

Cartel de la película Zorba el Griego





martes, 14 de abril de 2026

Byung-Chul Han y Simone Weil hablan de Dios

 


Byung-Chul Han nace en Seúl (Corea del Sur) en 1959. Realiza estudios de metalurgia en su propio país, aunque a él le hubiese gustado estudiar literatura. A los 22 años, sin saber ni una palabra de alemán, llega a Alemania y se inscribe como alumno de filosofía, materia de la que desconoce absolutamente todo.

Hoy en día es uno de los filósofos más conocidos en Europa. Escribe habitualmente en alemán. Es uno de los pensadores más críticos con la sociedad actual. Para él, una sociedad cansada y agotada, por culpa de un sentido productivo de la vida. Una sociedad con un exceso de comunicación, una hipertransparencia o pérdida del sentido del pudor y el misterio. Una sociedad abocada a un igualitarismo que descarta lo distinto y lo diferente. Una sociedad donde reina el 'positivismo' que culpabiliza al individuo de su soledad o de su desdicha. El tratamiento de todos estos temas de actualidad ha convertido a Byung-Chul en un escritor muy leído y muy reclamado en todos los foros. En 2025, obtuvo el premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades.

                El último libro de Byung-Chuel lleva por título “Sobre Dios: pensar con Simone Weil”. En la introducción se puede leer: “Hace ya algún tiempo que Simone Weil se coló en mi interior. Se instaló en mi alma. Y hoy en día sigue viviendo y hablando dentro de mí. Siento una profunda amistad, una amistad del alma por Simone Weil”. A mí me pasó algo parecido con esta autora francesa, desde que empecé a leer sus libros, después de haberme encontrado repetidas veces su nombre en los diarios de José Jiménez Lozano. Es difícil olvidarla cuando se han leído sus escritos. Para Albert Camus, Simone Weil fue el espíritu más interesante del siglo XX. El propósito de este libro es, en palabras del autor coreano, “mostrar que, más allá de la inmanencia de la información y de la comunicación, existe otra realidad más elevada, existe una trascendencia que puede sacarnos de una vida completamente desprovista de sentido, de una mera superviviencia, de la mortificante falta de ser, y brindarnos la gozosa plenitud del ser”.

                 Partiendo de la obra y la vida de la escritora y mística francesa, Byung Chul habla de siete virtudes o actitudes principales para hablar de Dios: atención, descreación, vacío, silencio, belleza, dolor e inactividad.

                  Para el filósofo afincado en Alemania la crisis actual de la religión tiene mucho que ver con el declive de la atención. La constante distracción del hombre contemporáneo ha bastado para que Dios nos haya abandonado o, mejor dicho, para que le sea imposible revelarse al ser humano.

La descreación es la renuncia al yo y la búsqueda de la nada. El enorme fortalecimiento del yo en nuestros días hace imposible la descreación. Solo la renuncia al yo nos hace humanos atentos a otros humanos. El yo mancha toda la creación.

                El Dios de los cristianos no es un dios natural que ejerce todo el poder de que dispone. Es un Dios sobrenatural. Cuando un ser humano no ejerce el poder del que dispone puede soportar el vacío. Esto va en contra de la naturaleza. Sólo la gracia lo puede conseguir. Quienes renuncian a expandirse y ocupar el espacio de los demás, alcanzan la santidad. Cuando logramos vaciarnos estamos aprendiendo a morir.

El mundo entero se está convirtiendo en un ruidoso mercado. En la sociedad actual, el torrente de informaciones es invasivo y estruendoso. La sobreinformación nos impide oír las cosas pudorosas, que son las que deberían contar. Allí donde reina el silencio, toda voluntad se retira y el yo muere.

Lo bello ha perdido la sacralidad para convertirse en objeto de consumo. El arte, todo verdadero arte, remite a la trascendencia. La belleza debe ser salvada de la obligación consumista. La visión y el contacto con las cosas bellas nos proporcionan la certeza de que Dios existe. La naturaleza y el arte constituyen la prueba de la existencia de Dios. Ante la belleza sólo puede darse la contemplación. Un like, un me gusta, mancha la belleza.

El dolor ancla el bien en el cuerpo. La ética de la misericordia se basa en el dolor que experimentamos a ver el sufrimiento del otro. El dolor encarna la ética del otro. Hoy en día somos hostiles al dolor (algofobia). Nada debe doler, nos dicen. Todo debe ser light, banal, ligero, superficial. Es la sociedad paliativa. El consumo y el placer anestesian a los seres humanos.

Vivimos en una sociedad del rendimiento y de la producción. La aceleración destruye el pensamiento. El delirio del rendimiento nos impele a mostrarnos continuamente en actividad, esclavos de la producción y el consumo, las dos caras de la misma moneda. En nuestro cercado digital, somos igual que los asnos en un prado. Solo la inactividad nos empuja al pensamiento y al saber vacilante. Sólo la inactividad contemplativa, que no produce ni trabaja, nos permite acceder al mundo de la belleza y de la verdad.

Byung-Chul Han es sin duda un pensador poco complaciente con el mundo presente, anestesiado por los tres monstruos que, según el autor, nos devoran: “el capital, la digitalización y la inteligencia artificial. Los tres rebajan al ser humano hasta transformarlo en esclavo de la cuantía y la eficiencia”. “El espíritu enmudece y se embota cuando deja de habitar en una trascendencia”. Al inicio del libro el autor recuerda una frase de Simone Weil: “Dos compañeros alados, dos pájaros, están posados en la rama de un árbol. Uno come los frutos, el otro los mira”. Y la misma autora reflexiona: “Mirar y comer son dos cosas diferentes. Hay que optar por la una o por la otra. Sólo hay alguna esperanza de salvación para quienes consigan permanecer un tiempo mirando en lugar de comiendo”. Y Byung-Chul Han, por su parte, concluye: “Comer sirve exclusivamente para saciar una necesidad. Mirar es lo único que nos redime de la inmanencia del consumo, desprovista de sentido”.





Lectura y café. Monasterio de la Conversión 


domingo, 12 de abril de 2026

Tempestades de acero, de Ernst Jünger

 


Aunque ahora los historiadores la denominan Primera Guerra Mundial, el nombre originario fue el de la Gran Guerra. Tuvo lugar entre los años 1914-1918. Y hasta ese momento la humanidad no había conocido una guerra tan sangrienta. El móvil inmediato del comienzo de la Gran Guerra fue el asesinato en Sarajevo del archiduque Francisco Fernando, heredero al trono imperial de Austria-Hungría. Era el 28 de junio de 1914.

Un ambiente de patriotismo y de euforia reinaba en toda Europa, más aún en Alemania. Ernst Jünger, joven alemán con el bachillerato recién acabado, escucha desde su casa el grito del cartero: “¡Orden de movilización!”. Fue suficiente ese grito para que él y millares de jóvenes de todos los rincones corrieran, alegres y confiados, a alistarse como voluntarios: “pues también nosotros queríamos oír el silbido de las balas y vivir esos instantes que cabe calificar como el bautismo propiamente dicho del varón”. La generación de ese momento, aunque cueste creerlo hoy en día, fue una generación a la que acunaba una frase de Ariosto, que unos y otros les habían metido en la cabeza: “A un corazón grande no le horroriza la muerte, llegue cuando llegue, con tal de que sea gloriosa”.

En la pesada mochila militar, Jünger introdujo un delgado cuaderno que le serviría para escribir su diario. El resultado de esas minuciosas anotaciones fue el libro de memorias “Tempestades de acero”.  Él fue uno de los soldados supervivientes que se convirtió en portavoz de los cerca de 70 millones de soldados movilizados y de los entre 15 y 22 millones de muertos (militares y civiles).

“Habíamos abandonado las aulas de las universidades, los pupitres de las escuelas, los tableros de los talleres, y en unas breves semanas de instrucción nos había fusionado hasta hacer de nosotros un único cuerpo, grande y henchido de entusiasmo”. Pero muy pronto esa euforia cesó, justo en el momento en que la muerte apareció y las penalidades de la trinchera se hicieron difíciles de soportar: “aquella guerra iba a significar más que una aventura”.

Se dice que la Gran Guerra fue la última de las guerras tradicionales y la primera de las guerras tecnológicas. De 1914 a 1918, la guerra pasó de ser una cuestión de heroísmo personal a una cuestión de supremacía armamentista.

         Jünger luchó en el frente francés, en la mítica batalla del Somme, donde durante meses y meses el avance fue mínimo (apenas unos kilómetros), pero las pérdidas en vidas humanas, abrumadoras (millón y medio de bajas). Conocida como la batalla de las trincheras, soldados franceses, alemanes e ingleses se batieron enconadamente en medio del barro. De todo esto, con precisión milimétrica, da cuenta este autor alemán. El lector, oye el silbido de las balas, la explosión de las granadas, las ráfagas de metralletas. El lector ve las trincheras de fango y de lluvia donde se desarrolla la vida diaria de una guerra interminable. El lector siente cómo saltan las tapas de los sesos de los soldados, el olor de la carne quemada, la sangre que se mezcla con el fango, los aullidos de los heridos, el valor personal que no decae, la fiereza de la lucha, los villorrios que se desploman por las bombas, la abnegación para cargar con un compañero herido, los hospitales de campaña, el rancho de colinabos, el alcohol que corre a raudales en las noches de descanso, el placer de un baño en un lago, la cálida camaradería de la tropa, la compasión de algunos aldeanos hacia los jóvenes soldados, no obstante pertenecieran a una nación enemiga, el compañero que suplica al amigo que le dispare para poner fin a sus sufrimientos de herido, los cuerpos insepultos que los roedores hacía desaparecer, el recuento dramático de las bajas cuando la balacera cesa, los soldados hechos prisioneros que suplican con ojos atemorizados un poco de piedad, el moribundo que pide a la enfermera que le lea su capítulo preferido de la Biblia y que se disculpa por haber molestado el reposo nocturno con sus accesos de tos, la muerte que acecha cada hora a cada soldado en el fragor de la batalla: “En medio de aquel tiroteo abandoné toda esperanza de regresar sano y salvo. A cada momento aguardaba mi subconsciente que una bala me alcanzase. La Muerte estaba de cacería.”

Herido en múltiples ocasiones de bala, el alférez Ernst Jünger fue uno de los supervivientes a los que la suerte acompañó en todos esos años. Para él, personalmente, la guerra no fue una desdicha sino el campo de aprendizaje, mejor “que todas las universidades y todos los libros”, y lo que le convirtió en el futuro y afamado escritor. También la enciclopedia donde aprendió todo sobre la grandeza y la miseria del alma humana, con su heroísmo y su mezquindad.

            Para Ernst Jünger -y para todos sus compatriotas- llegó un momento en que fue consciente de que Alemania podía perder la guerra. El alférez-escritor no se rindió hasta el final, aunque todos a su alrededor sabían que los alemanes ya no podrían vencer. Mientras que los ingleses hacían prisioneros a la mayoría de sus compañeros, una bala se hundió en su pecho. Pensó que era su final. Se asombró de que allí y en ese momento fuera a morir, sin dolor y con una extraña alegría, sin guerra y sin enemistad. Pero un compañero lo arrastró como pudo hasta el puesto de socorro alemán. Pocos días después llegaría a un hospital de Hannover. Aún convaleciente de las heridas, le comunicaron (septiembre de 1918) la concesión de la Orden del Mérito. Unas semanas más tarde, el 11 de noviembre de 1918, en un vagón de tren detenido en el bosque de Compiégne se selló la capitulación de Alemania. Era el final de la Gran Guerra.

En Tempestades de acero nada se ahorra al lector de las interminables batallas del Somme o de Cambrai en las que Ernst Jünger tomó parte. Pero el autor francés es poco dado a juicios morales sobre la bondad o la perversidad de la guerra. Probablemente está mística de la guerra, esta exaltación de la lucha, esta glorificación del valor y del heroísmo, ¿no  prepararían la conciencia colectiva alemana que desembocaría en la Segunda Guerra Mundial?:

“En estos hombres está viva una fuerza elemental que subraya, pero a la vez espiritualiza, la ferocidad de la guerra: el gusto por el peligro en sí mismo, el caballeresco afán de salir airoso de un combate. En el transcurso de cuatro años el fuego fue fundiendo una estirpe de guerreros cada vez más pura, cada vez más intrépida”.

Conocemos la carnicería que supone una guerra. Y también el desolador paisaje que dejan las batallas, como acertadamente escribió Jünger. Se ve que quien declara la guerra y quien lanza a sus jóvenes a las trincheras, no es capaz de entenderlo:

“… Todas las aldeas eran un montón de ruinas; todos los árboles estaba talados; todas las carreteras, minadas; todos los pozos, envenenados; todos los cursos de agua, represados con diques; todos los sótanos, volados con explosivos o convertidos en lugares peligrosos merced a las bombas allí escondidas; todas las vías férreas desmontadas; todos los cables telefónicos, arrancados; todo lo que podía arder, quemado. En suma, transformamos en un yermo la tierra que aguardaría al enemigo…”

Ernst Jünger en uniforme

Atentado en Sarajevo











El escritor en su biblioteca



viernes, 27 de marzo de 2026

Las gratitudes, de Delphine de Vigan

         


        La autora, al comienzo del libro, se pregunta: “¿Os habéis preguntado alguna vez cuántas veces al día dais las gracias? ¿Os habéis preguntado alguna vez cuántas veces en la vida habéis dado realmente las gracias? Unas gracias sinceras. La expresión de vuestra gratitud, de vuestro agradecimiento, de vuestra deuda”

Después de leer Las lealtades, esperaba este último libro de Delphine de Vigan: Las gratitudes. Una novela corta. Michka, una mujer mayor sin familia, comienza un proceso degenerativo de afasia. Su ingreso en una residencia se impone. Con frecuencia la visita Marie, su única allegada que, de niña fue objeto de múltiples cuidados por parte de Michka, vecina suya. Al llegar a la residencia entra en escena Jérme, un pedagogo que, con devoción, intenta atajar o atrasar el proceso de afasia. Pero Michka tiene pendiente una deuda. Cuando era niña, durante la persecución alemana en Francia, un matrimonio la escondió en su casa, para librarla del campo de concentración. Esa deuda de gratitud –todas las deudas de gratitud- necesitan ser pagadas, porque no podemos abandonar este mundo sin haber dicho gracias a quien nos hizo tanto bien. El tema, la gratitud, es el verdadero argumento de esta breve novela. Los personajes son meros andamiajes para sostener su tesis de que el sabor de la vida consiste en mostrarse agradecidos. Una novela para degustarla en una tarde  de paz. Unas páginas que nos invitan a reconocer las deudas de gratitud que cada uno haya contraído, porque solamente nos iremos en paz cuando hayamos expresado un gracias fuerte y sincero desde el corazón. ¡Somos tan deudores de tantos!

El proceso de afasia de Michka es uno de los grandes logros de esta novela. Un logro que hay que atribuir también al traductor, Pablo Martín Sánchez, que ha conseguido pasar los matices del original en francés a la lengua de Cervantes.

Otro de los aciertos de la novela es sintetizar con breves pinceladas ese deterioro cognitivo de tantas personas mayores y ese sufrimiento que acompaña su pérdida de facultades y el pleno de convencimiento de que todo irá a peor cada día. Jérôme, pedagogo, ante un paciente intenta imaginar cómo era esa persona antes de esa vejez y ese deterioro. Cada rostro surcado de arrugas, impedido en sus movimientos o con la memoria perdida, tuvo un pasado. “Él también, ella también amó, gritó, gozó, nadó, corrió hasta perder el aliento, cogió trenes, metros, paseó por el campo, por la montaña, bebió vino, se levantó tarde, discutió sobre el sexo de los ángeles” No han sido siempre viejos, como los conoce el personal de las residencias. Detrás de cada rostro hay una historia de sacrificio, pasión, trabajo, dudas, culpas, ilusiones, traumas, penas, frustraciones y pequeñas alegrías que lo sostuvieron en los días desdichados. 

Conviene seguir leyendo a Delphine de Vigan, porque, de forma breve, trata temas en sus novelas que nos invitan a la reflexión, que nos interrogan acerca de nuestra actitud, en este caso nuestra actitud ante las deudas de gratitud y el trato hacia las personas mayores.




viernes, 6 de marzo de 2026

Gisèle Pelicot: para que la vergüenza cambie de bando

    


    Gisèle Pelicot pasó por España para presentar su libro de memorias en español: Un himno a la vida. El caso Pelicot ocupó miles de páginas en el país vecino. Durante varios años su marido la drogó para que él y otros hombres la violasen, mientras ella estaba inconsciente. Todas las violaciones fueron grabadas para alimentar el morbo. 

    Aparentemente era un matrimonio normal, sin sobresaltos y sin grandes desaveniencias. Una mañana la policía llamó a la puerta de Gisèle, para comunicarle que su marido había sido conducido a comisaría porque en el supermercado había sido descubierto mientras grababa a unas clientas por debajo de la falda. Gisèle no daba crédito y trató de defender a su marido, porque en él jamás había descubierto una mirada inapropiada, un gesto que pudiera delatar su comportamiento. Pero los policías habían llegado con la intención de acceder al ordenador del marido, y entraron en casa. Fue en ese momento, cuando la propia Gisèle descubrió su pasado de abusos y violaciones. Las pruebas eran devastadoras. A lo largo de los últimos 10 años, unos 70 hombres habían pasado por el domicilio familiar para violar a Gisèle, invitados por su propio marido, mientras él disfrutaba de esas vejaciones y grababa las escenas. 

    La sociedad francesa entró en shock. Y todas las alarmas sociales saltaron. Gisèle se hundió en la más profunda depresión y en la más desoladora vergüenza. Una bajada en toda regla a los infiernos. Su nombre y el de su familia estaban en boca de todos. El morbo, el chismorreo, las dudas sobre el consentimiento o no y la banalidad de muchos medios ocupaban el mismo espacio que la denuncia, el rigor periodístico, los análisis sesudos y los juicios morales. Un tiempo después, comenzó el juicio contra el marido y los 50 hombres. Y ahí, justo en ese momento, después de pensárselo mucho y darle mil vueltas, Gisèle comenzó su rehabilitación como persona y su dignidad como mujer cuando, sorpendiendo a todos, renunció al anonimato en el jucio, al que le amparaba la ley, y decidió: "Quiero que este proceso sea público para que la vergüenza cambie de bando". 

    Su decisión asombró a todos. Gisèle y su familia tuvieron que hacer un esfuerzo titánico para aguantar la presión de los medios de comunicación y de los ciudadanos comunes siempre ávidos de escándalos, de fotos y de declaraciones. Pero, sí, efectivamente, la vergüenza cambió de bando. Y Gisèle, la víctima, tuvo que ser reconocida. La culpa y la vergüenza no podían posarse sobre la mujer drogada, abusada, vejada y violada, sino sobre los abusadores y los violadores, sobre quien la había drogado y sometido a vejaciones continuadas.

    Más allá del escándalo, más allá del jucio, más allá de la valentía de una mujer, que anima a la valentía de tantas mujeres, quedan las preguntas a las que este caso y otros muchos debería obligarnos a hacernos. ¿Por qué sucedió lo que sucedió? ¿En qué nido de víboras puede convertirse la pareja y la familia? ¿De qué barro estamos constituidos? ¿Son compatibles el placer de uno y el sufrimiento del otro? ¿En el menú sexual, todas las prácticas son admisibles? ¿Existen las aberraciones, palabra antigua y denostada, relacionadas con la enfermedad mental? ¿Es posible que hombres 'normales', de conducta intachable, hagan lo que hagan? ¿Qué demonios interiores nos habitan y pueden despertar en cualquier momento? ¿Qué educación reciben los varones y qué mensajes les llegan en esta sociedad de pansexualimo descontrolado?

    Justo cuando el caso Pelicot estaba en la mente de todos, era el tema de todas las conversaciones en Francia, abría los telediarios y las portadas de periódicos y revistas, unos periodistas simularon y publicaron en una página de contactos una anuncio sexual: la posibilidad de violar a una mujer drogada en su propio domicilio. Es decir, una oferta muy similar a la que en su día había anunciado el marido de Gisèle Pelicot. En pocas horas, decenas de hombres (de diferentes edades y diferentes estatus sociales) se apuntaron como candidatos para el abuso, la violación, la vejación, la explotación sexual, más la correspondiente grabación de la escena. 

    Nada que añadir a lo dicho. O sí: ¡Que Dios nos libre del monstruo que podríamos llevar dentro y del que ni siquiera sospechamos! Gisèle Pelicot recordaba últimamente que "durante mucho tiempo fui una ruina, pero ahora he tomado las riendas de mi vida, y ya no quiero cargar con esa condición de víctima, porque es una carga muy pesada", y que ahora tenía una misión: "ser despertadora de conciencias". Y además: "me siento feliz porque he podido confiar en un hombre, después de todo lo que me pasó con los hombres". Esta valentía y esta esperanza ante el futuro, tal vez sean lo que realmente cuenta en la existencia humana. Tal vez por ello, el libro de Gisèle Pelicot se titula, con toda razón: Un himno a la vida.












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