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miércoles, 16 de septiembre de 2026

84, Charing Cross Road, de Helene Hanff

     

    
            En una de las cartas del libro, Helene aclara al librero Doel que evidentemente sólo compra libros de segunda mano que ya ha leído, pero que quiere poseer: "Va contra mis principios comprar un libro que no he leído previamente: es como comprar un vestido sin probárselo". 

        Un sábado de septiembre. Llegué a la cafetería Las 4 calles, en Renedo, después de una caminata. En la mochila llevaba el libro 84, Charing Cross Road, de Helene Hanff. Un brevísimo libro que yo leí como una novela epistolar. Al acabarlo, supe que no se trataba de una novela sino de la recopilación de la correspondencia que Helene Hanff había mantenido durante unos 20 años con la librería Marks & Co, situada en el número 84 de la calle Charing Cross, de Londres.

       Helene Hanff, nacida en Filadelfia en 1916 y muerta en Nueva York, en 1977, se ganaba la vida escribiendo guiones para series de segunda en una cadena de televisión. Recibía un corto salario que ella gastaba en libros. En el año 1949, poco después de la II Guerra Mundial, entra en contacto con una librería londinense de segunda mano. Helene es una lectora empedernida, pero también alguien que ama los libros por el tacto de sus hojas, por las bellas encuadernaciones, por el tipo de tinta de imprenta, e incluso por los propietarios o lectores previos que un buen día decidieron vender sus libros a una librería de segunda mano. Y desde Nueva York, Helene se dirige a Marks & Co para solicitar libros descatalogados, primeras ediciones, inencontrables en su ciudad. A partir de ese momento, primero de forma comercial, después familiar, conocemos las correspondencia entre Helene Hanff y Frank Doel y otros empleados de la librería, incluso algunos familiares de los últimos. 

        En el bar, R., el camarero, me saludó y me sirvió mi café con dos galletitas. Un par de hombres, justo a mi lado, hablaban con pelos y señales de cómo iba a ser el campeonato de Formula 1 de Madrid.  En una de las pantallas, hablaban de Ceuta y pasaban imágenes de las acampadas improvisadas en la playa. En la otra pantalla, se hablaba de fútbol. Entraron dos mujeres a las que acababan de peinar y maquillar para una boda. Llamativo peinado y llamativo maquillaje que no casaba nada con sus chándales holgados y sus playeras desgastadas. Me acabé el café y me zambullí en la lectura, ajeno totalmente al ruido de las conversaciones y al traqueteo de la cafetera. La noche anterior había leído unas 50 páginas. 

        Los diarios de Samuel Pepys, las obras de John Henry Newman o John Donne, libros de Jane Austen, Charles Dickens, William Blake o Robert-Louis Stevenson, una edición primorosa de la Vulgata Latina o los Cuentos de Canterbury, de Chaucer... son algunos de los libros que cruzan el mar para llegar al apartamento destartalado y oscuro en el que vive Helene Hanff. De los pedidos asépticos se pasa, poco a poco, a una amistad entre la autora norteamericana y el librero londinense. Una amistad que se hace extensiva a las familias de los empleados. Y esto es así porque Helene sabe de las penurias y el racionamiento a la que la posguerra ha obligado a los ingleses. Y, de manera delicada y sin darle importancia, Helene envía paquetes de alimentos a la librería, que, evidentemente, son recibidos como gratitud: un lujo en ese periodo de escasez y carestía.

            Es el amor a los libros lo que une a Helene Hanff y a Frank Doel en una amistad noble. El amor a los libros crea enormes complicidades. Los lectores y los bibliográfos se reconocen y se saben de una misma tribu. Especialmente cuando ese amor no se limita únicamente al mensaje de la obra escrita, sino al libro material con su color, su textura, su portada, su tacto, su olor, su encuadernación y el paso de los años y de las manos sobres esos volúmenes de segunda mano. 

        Pero en las cartas no sólo se habla de libros, también de la vida normal, como suele pasar en la correspondencia de dos amigos: se habla del cambio de libras a dólares, de la escasez de los huevos, se felicita por Navidad, se agradece un paquete de alimentos, se habla de la coronación de la reina o del servicio postal, se da una receta de cocina o un consejo para limpiar una página sucia de un libro, se comunica la compra de un coche de segunda mano, se escribe sobre casa, la familia, y hasta de la vecina hacendosa que borda y borda a sus 80 años, o del deseo de Helene, muchas veces repetido, de viajar hasta Londres y visitar la librería, y del ofrecimiento por parte de los empleados libreros para acogerla en su casa.    

        Año tras año, Helene pospone su viaje a Londres. Pero cuando publicó esta recopilación de cartas, animada por un editor que tuvo acceso a la correspondencia, el libro fue un éxito fulgurante. Y Helene se decidió a cruzar el charco. Pero por entonces la librería había cambiado de dueños y algunos de sus amigos habían muerto. El libro pronto se convirtió en obra de teatro y en película. La librería que el libro convirtió en mítica es ahora un bar de comida rápida. En cambio, el edificio neoyorkino donde vivió y murió Helene, se llama hoy 84, Charing Cross Road. Ironías de la vida. 

    El arte y la belleza tienen capacidad de sanar y redimir. Y esto sucede especialmente con los libros. Cuando Helene Hanff recibe la primera edición del libro de John Henry Newman "Idea de la Universidad" escribe en la carta: "El Newman llegó hace casi una semana y ahora comiento a recuperarme de la impresión. Y no porque sea una primera edición, sino porque jamás he visto un libro tan bello. Saberme su propietaria me inspira un vago sentimiento de culpabilidad. Un libro así, con reluciente encuadernación en piel, sus estampaciones en oro y su hermosa tipografía debería estar en la biblioteca revestida de madera de una casa solariega de la campiña inglesa, y está pidiendo ser leído junto a la chimenea por un caballero sentado en una butaca de cuero. No debería estar en el desvencijado diván de un mezquino estudio de un edifico oscuro cuya fachada se cae a pedazos". 

        Helene no aspiró a tener una casa solariega ni una chimenea cálida, únicamente aspiró a dejarse acariciar o arañar, herir o sanar, vivir o morir, por las historias que otros pensaron o imaginanon y escribieron para nosotros. Cualquier choza es un palacio para quien lee con curiosidad y placer un libro. 

        No había chimenea, ni siquiera silencio en el Bar las 4 calles, pero yo me sentí un afortunado con ese libro entrañable entre las manos. Tuve que pedir otro café porque quería llegar a la última carta, antes de abandonar el bar. Acabada la lectura, con paz y dicha desanduve el camino a casa. El sol ya calentaba en la mañana de septiembre. El tractor araba un rastrojo en medio de una polvareda gris. Los ciclistas me adelantaron. Algún corredor sudoroso también. El agua del río seguía con su canción de siempre. Las matas de patatas estaban casi secas. Los coches pasaban velozmente por la carretera de circunvalación. El libro 84, Charing Cross Road seguía en mi mochila, junto al pan recién hecho por M. en su panadería. Un una peso ligero en mi espalda, una entrañable y deliciosa compañía, como la amistad, como el pan recién horneado.

           






             

        

viernes, 11 de septiembre de 2026

Nadie salió indemne del infierno de Sarajevo

   


       En el verano de 1993, Juan Goytisolo viajó a Sarajevo. Eran los días de plomo de la guerra de Bosnia. Goytisolo plasmó sus impresiones del viaje en un libro, Cuaderno de Sarajevo. La ofensiva enloquecida de limpieza étinica llevada a cabo por Serbia contra Bosnia, de mayoría musulmana, produjo en Europa una sensación de incredulidad y de horror, como no se había conocido desde el final de la II Guerra Mundial. Goytisolo condenó en múltiples ocasiones la pasividad de los gobiernos de Europa y de Estados Unidos: una equidistancia asesina entre las víctimas y los verdugos. Las guerras de los Balcanes, porque fueron varias, se extendieron de 1991 a 2001. Cuando la última batalla se dio por terminada, la antigua Yugoslavia del general Tito se había fragmentado en 7 países: Eslovenia, Croacia, Serbia, Montenegro, Macedonia del Norte, Bosnia-Herzegovina y Kosovo. Y lo que antes había sido un ejemplo de convivencia de culturas, etnias, religiones, de la noche a la mañana se convirtió en un avispero de odios. Todas las minorías de un territorio fueron odiadas con un odio difícil de imaginar a finales del siglo XX. Como dijo un general serbio: "donde hay serbios no puede haber bosnios. Y donde hay bosnios no puede haber serbios. Y esto vale para el resto de territorios, etnias y religiones"  

        Juan Goytisolo recorrió los lugares calientes de Sarajevo, símbolo de la locura de la guerra: hospitales, avenidas de francotiradores, mercados desabastecidos, cementerios, edificos devastados, mezquitas destruidad... Y extrajo muy amargas reflexiones:

        "La vida adquiere en ella (Sarajevo) un ritmo e intensidad vertiginosos: horas equivalen a días, días a semanas, semanas a meses. Amistades recientes se transforman en viejas y profundas. La sinceridad y anhelo de verdad se imponen. La moral se afina y mejora. Conceptos desguazados y arrojados aprisa al muladar de la Historia renacen con fuerza y lozanía: apremio y necesidad de compromiso, urgencia de solidaridad. El contacto directo con la brutalidad y cobardía de los paladines de la purificación étnica y el arrojo de las mujeres y hombres que, desafiando las balas de los francotiradores y los obuses chetniks, salen en busca de agua armados sólo de su fe y apego a la vida, crean vivencias e imágenes que no se despintan de la memoria.

        Vivir estas horas cruciales es un privilegio terrible. Los periodistas y miembros de las organizaciones humanitarias pueden dar cuenta de ello: la tragedia de Bosnia es una vía única del conocimiento de las posibilidades de luminosidad e ignominia de la especie humana. 

        Nadie puede salir indemne de un descenso al infierno de Sarajevo. La tragedia de la cidudad convierte el corazón, y tal vez el cuerpo entero de quien la presencia, en una bomba presta a estallar en las zonas de seguridad moral de los directa o indirectamente culpables, allí donde pueda causar mayor daño".










miércoles, 19 de agosto de 2026

Hélène Carrère d’Encausse según Koljós

  

Koljós es el título de la última novela de Emmanuel Carrère. El escritor francés, que ha encontrado en su propia biografía uno de los filones de su escritura, habla en esta ocasión  de su madre y de sus antepasados georgianos, rusos, alemanes. Hélène Carrère d’Encausse (París,1929-2023, de soltera Hélène Zourabichvili, pues al casarse adoptó el apellido de su marido) llegó a lo más alto de la sociedad intelectual e institucional francesas. Profesora, escritora, especialista en la historia de Rusia y, nada menos, Secretaria a perpetuidad de la Academia Francesa. Uno de los puestos más prestigiosos de Francia, un país que honra, como ninguno, su propia lengua y que tiene en la más alta consideración a sus escritores y a los ‘inmortales’, los miembros de la Académie Française.

Toda su familia llegó a Francia con lo puesto, después de que la Revolución Rusa de 1917 ocupara Georgia y la despojara de todo, incluido el status social de alta aristocracia, de sus casas y tierras. Llegaron como apátridas a Francia. Eran pobres de solemnidad, pero también con una preparación cultural impresionante. “Se sabe que los príncipes rusos tuvieron que ejercer de taxistas y las princesas de planchadoras a domicilio”. Pero todos ellos habían estudiado filosofía, literatura, y dominaban seis idiomas. Vivieron en buhardillas para criadas y no todas las noches podían llevarse algo a la boca. Una numerosa comunidad rusa se instaló en París. Maldecían a los líderes soviéticos, se ayudaban mutuamente y tenían en la catedral ortodoxa de Saint Alexandre-Nevski su lugar de encuentro y de reunión.

Intelectualmente muy dotada, Hélène, con un sentido de la disciplina y del esfuerzo personal a prueba de bomba, fue abriéndose paso poco a poco. Estudiante destacada, profesora brillante en la Sorbonne, profesora invitada por diversas universidades, diputada en el Parlamento Europeo, más francesa que cualquier ciudadano francés, obtuvo la nacionalidad francesa (un verdadero acontecimiento para ella). Sus ensayos sobre Rusia le abrieron todas las puertas, y todavía hoy se consideran 'monumentales'. Varios años antes de 1989, predijo el hundimiento de la Unión Soviética, porque “era un gigante con los pies de barro”. Murió en 2023. Y Francia quiso para ella un homenaje de Estado en el patio de honor de Los Inválidos de París, con discurso incluido del presidente Macron.

El escritor Emmanuel Carrère es uno de los tres hijos de Hélène. Cuando Emmanuel, que no tiene ningún sentido del pudor o de la intimidad personal o familiar, escribió su libro titulado Una novela rusa, el choque con su madre fue inevitable. Durante dos años no se cruzaron la palabra. Hélène había prohibido a su hijo la publicación de este libro. Para el escritor una prohibición es un estímulo y un aguijón. En el libro, entre otras cosas, Enmanuel Carrère hablaba del abuelo Georges, padre de Heléne, que había trabajado como traductor de alemán para las autoridades nazis en el París ocupado. Al final de la guerra, fue tachado de colaboracionista, una sentencia de muerte en la Francia gaullista de resistentes heroicos. Georges fue arrestado y ejecutado, al igual que tantos franceses, por bandas de “resistentes”, sin que nunca se haya conocido el lugar de su enterramiento. El caso Georges se convirtió en un secreto para toda la familia. Hélène vivió toda la vida con esta espada de Damocles sobre su cabeza. Al final, la publicación del libro no tuvo ninguna repercusión seria ni nadie dejó de hablar a Hélène por este hecho. Ya había pasado el tiempo de dividir a los franceses entre resistentes y colaboracionistas.

No sabemos si a Helene le hubiera gustado Koljós. En general se sentía poco atraída por los libros de su hijo, escritos en primera persona y con una abundancia de vivencias autobiográficas. Probablemente la idea de escribir sobre su madre, ya le rondaba la cabeza a Emmanuel desde hacía tiempo. Encontró la excusa perfecta cuando, al desmantelar el piso de sus padres, encontró varias carpetas que contenían numerosas investigaciones, documentos, fotografías y datos sobre los antepasados de Hélène, y que habían sido recogidos por el marido de esta, Louis Carrère d’Encausse, que sentía una admiración casi obsesiva por los antepasados rusos y georgianos de su mujer. El escritor encontró en ellos un material precioso para hablar de su madre y de su genealogía que incluía, príncipes, intelectuales, un regicida, una dama de compañía de la última zarina, empresarios, políticos y propietarios de palacios, fincas y obras de arte…

            La palabra que da título al libro, koljós, significa granja agrícola en los tiempos de la colectivización bolchevique. Pero en la familia Carrère “hacer un koljós” significaba que los niños pequeños podían compartir la cama o la habitación de la madre, cuando el padre andaba de viaje de trabajo, fuera de París. Ese doble sentido de la palabra es una metáfora idónea para hablar de lo familiar y a la vez de la gran historia del mundo en esas décadas.

            La dictadura bolchevique, Lenin, Georgia, Ucrania, la gran literatura, como Sastre o Camus, Dostoiesvski o Tólstoi, están también presentes en este libro que aúna novela, memorias, historia, ensayo, recuerdos familiares, periodismo y un sin fin de apuntes y notas. Emmanuel Carrère se luce a la hora de clasificar los apartados para que el lector, a lo largo de las 450 páginas, vaya componiendo el puzzle de la Familia Carrère y el puzzle del mundo en esas décadas. El libro comienza con el funeral de estado en los Inválidos y termina con los tres hermanos, Emmanuel, Natalie y Marina, “haciendo koljós” en la habitación donde agoniza y muere esta gran dama de origen georgiano, orgullosa de su nacionalidad francesa, y que hizo suyo el lema de Disraeli “never complaint, never explain” (nunca quejarse de nada, nunca explicar nada).

            Carrère rinde homenaje de devoción filial a Hélène Carrère D’Encausse, pero no cae en el sentimentalismo ni pasa por alto las zonas grises y sombrías de una existencia que fue ascendiendo socialmente desde lo más bajo de una niña apátrida a lo más alto de las instituciones de la República Francesa. Homenaje a la madre, pero también repaso sin concesiones a las grandezas y a las miserias de una vida, incluyendo asuntos íntimos y el desdén con el que Hélène trató durante tantos años a su marido. Trabajadora incondicional, disciplinada, puntillosa en sus estudios, conocedora sin parangón de la historia rusa, amorosa a su manera con sus hijos y nietos, mantuvo una relación distante con su hermano Nicolás, y no desapareció jamás el dolor inmenso por la suerte final que corrió su padre, simplemente porque había servido de traductor a los alemanes. Su vida de éxito en la Francia fue tal vez la forma de vengar a su padre, ‘desaparecido’ en los primeros días de la victoria de Francia sobre los alemanes.

            Hélène, fiel a su estilo de una dignidad que no se rinde, y de un sentido de la educación que no se rebaja a dar molestias, no aceptó ningún tratamiento contra el cáncer. Solo al último momento comunicó a su hijo Emmanuel que le quedaba muy poco de vida, porque la metástasis ya había invadido todo el cuerpo. Organizó todo. Quiso morir en una residencia de cuidados paliativos. Hasta ese momento continuó su ritmo de trabajo, como si no pasase nada. Al salir de casa con su maleta en la mano, camino de la residencia de paliativos, hizo la señal de la cruz. Sabía que no cruzaría nunca esa puerta en sentido contrario. Maquillada, bien peinada y bien vestida se enfrentó a la muerte con suma dignidad. Aunque de religión ortodoxa, quiso recibir  la unción de enfermos de las manos de su amigo sacerdote católico, Benoist, al que ella iba a escuchar de buena gana en la iglesia de Saint Germain des Prés. Y le pidió que fuese él quien hiciese el elogio fúnebre, y ninguna otra autoridad eclesiástica. Reposa para siempre en el cementerio de Montparnasse de París.

            Con su grandilocuencia habitual, Macron la despidió en los Inválides como “a la mujer por la que corría sangre de todos los ríos de Europa entre el Volga y el Rhin, como a hija de las estepas, con tantos antepasados ilustres, pero que representaba, como nadie, el espíritu de la República Francesa”. Hasta justo 30 días antes de morir, Hélène estuvo trabajando en la finalización del nuevo diccionario de la Académie. La última palabra que pudo definir para el Diccionario fue ‘zygomatique’. Macron añadió “que uno bien puede morirse en paz después de definir con suma precisión la palabra ‘zygomatique’.

            A la sombra de Hélène siempre estuvo su marido Louis, acompañante discreto  en cenas y recepciones en palacios, embajadas y centros culturales. La devoción por su mujer le hizo emprender una investigación rigurosa sobre sus antepasados. El libro de Enmanuel Carrère es también un homenaje al padre, por su lealtad y su admiración indeclinables hacia la mujer con la que convivió durante más de setenta años. Ambos siempre se trataron de usted. Nobleza obliga. Apenas pocos meses después de la muerte de Hélène, Louis Carrère d’Encausse murió, como muere uno de cada cuatro ancianos cuando su pareja de toda la vida deja este mundo, y le deja a él o a ella, no en una viudedad inconsolable, sino en una orfandad desoladora.

Hélène y Emmanuel Carère 

Koljós, la última novela de Carrère

Hélène en la Biblioteca de la Academia Francesa




Vestida con el traje de época para su ingreso en la Academia

Funeral de Estado en Los Inválidos de París

Carrère con algunas de sus más conocidas novelas

El matrinonio Hélène y Louis Carrère d'Encausse




Panteón familiar en el Cementerio de Montparnasse








lunes, 10 de agosto de 2026

Marjane Satrapi: morir de pena y tristeza



La caída del sha y la dictadura de los ayatolás

Marjane Satrapi tenía apenas 10 años cuando Irán vivió jornadas históricas: la caída del sah de Persia y el advenimiento de ayatolá Jomeini para regir los destinos de un país que los griegos llamaban Persia, y los propios habitantes de ese territorio Irán. Era el año 1979. Marjane había nacido en noviembre de 1969 en la ciudad de Rasht, la de las lluvias plateadas, en la región de Guilán, en las  orillas del mar Caspio,  donde lo musulmán se une a lo zoroastra y la influencia azerí a la turkmena. Una región de bosques frondosos y pluviosidad frecuente. Los Satrapi eran una familia acomodada y liberal que quería una educación europea y cosmopolita para su hija, a la que desde pequeña habían matriculado en el liceo francés de la ciudad. Los Satrapi vieron con buenos ojos la caída de Reza Pahlavi, sostenido por Estados Unidos, y que reinaba sobre un país con profundas desigualdades sociales y con una corrupción generalizada. Pero esta alegría duraría muy poco: la revolución de Jomeini se convirtió rápidamente en una dictadura. Pronto el país se vio en medio de una guerra contra Irak, que fue la excusa perfecta de los ayatolás para imponer una dictadura teocrática islámica, cuyo rasgo más visible fue la imposición del velo negro a las mujeres.

Soledad en Viena, desolación en Irán

                Marjane Satrapi abandonó Irán a los 14 años, para proseguir en Viena sus estudios de bachillerato en el Liceo Francés. En la capital austriaca tuvo que enfrentarse a un choque cultural, para el que no estaba preparada. Llegada de un país donde un abrazo en público de una mujer a un hombre era considerado como un acto sexual y, por lo tanto castigado, se sintió confundida por la liberación sexual que se vivía en Europa, así como el acceso fácil al alcohol y a las drogas. Sola y perdida, extranjera y sin familia en Austria, inició una relación amorosa con el joven Markus que resultó desastrosa. Durante tres meses vivió en la calle como una vagabunda. Reclamada por sus padres y harta de tanta soledad, volvió a Irán, y se encontró con un país desconocido que había pasado por una guerra que había dejado más de un millón de muertos. Un país con las cárceles llenas de opositores. Y con una dictadura que vigilaba la moral pública y cuyos guardianes de la revolución detenían y propinaban latigazos a la gente por cualquier motivo: el velo incorrectamente colocado, las uñas pintadas, los calcetines de colores, escuchar música occidental, acercarse más de lo debido al sexo contrario o expresar una idea leve en contra del régimen. Un país donde el Corán prohibía ejecutar a una muchacha virgen. Para cumplir el mandato coránico, la muchacha era violada y, a continuación, podía ser ejecutada sin ningún sentimiento de culpa. Para añadir más horror al horror, el violador era matrimoniado con la violada, y podía reclamar legalmente la dote a la familia de la muchacha violada y ejecutada.

La historietista que conquistó Francia

Marjane Satrapi aguantó poco tiempo en Irán. Abandonó el país de nacimiento y se instaló definitivamente en Francia, donde dio comienzo a su carrera creadora, como historietista, pintora y directora de cine.  Ser mujer y ser artista, tener ideas democráticas era incompatible con vivir en la tierra donde había nacido. En París, toma contacto con el mundo del cómic. Entra en el conocido Taller de los Vosgos, donde trabaja un grupo de historietistas. Un amigo dibujante le invita a contar su infancia y los recuerdos de su país en viñetas. Así surgió Persépolis, un libro que conocería un éxito fulgurante en Francia, y que fue premiado en el festival más importante del cómic de Angulema. Persépolis, editado en cuatro tomos, puso en el foco del mundo cultural la historia de las mujeres iraníes. Hasta ese momento la izquierda cultural europea había mirado a otra parte. La caída del sah había sido saludada con extremo alborozo. Y nadie había querido ver que la revolución de Jomeini había traído una dictadura mucho más cruel. La cultura imperante en Occidente no había querido ver que las mujeres iraníes, que hasta 1978 gozaban de mucha libertad, vestían minifaldas, escuchaban rock y hablaban idiomas, habían vuelto a las cavernas. La vestimenta y el velo negros eran sólo la punta del iceberg de una violencia ejercida contra las mujeres en nombre del Corán, interpretado según los ayatolás y su régimen de terror.

Persépolis: memoria y denuncia

                Persépolis es una novela autobiográfica en viñetas pintadas únicamente en blanco y negro. Pero no es una historia contada desde el resentimiento y el odio, tampoco desde la ideología o del activismo político, que diríamos hoy. Es la historia de una niña rebelde, curiosa e inquieta, muy madura para su edad, pero en la que no falta, la sonrisa, el humor, la ironía. No es un ensayo, sino la experiencia de una joven que conoció los estertores del régimen del sah, los comienzos esperanzados de la política de Jomeini, la transformación en una dictadura teocrática, el autoexilio en Austria, el choque cultural europeo, el regreso a un Irán exhausto por la guerra contra Irak, y el abandono del propio país para regresar a Europa y poder expresarse con libertad.

               La vida de Marjane Satrapi fue breve pero intensa. Conoció el amor, pero también el éxito profesional. La película basada en su libro Persépolis, y que ella misma dirigió obtuvo numerosos premios y fue candidata al Óscar. Diseñó el tapiz oficial de los Juegos Olímpicos de París. Fue doctora honoris causa por las universidades de Lovaina y Buenos Aires. Y en 2024 recibió el premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades, su más alto reconocimiento internacional. Deja una obra que es un estímulo para los artistas del cómic, para los cineastas y los dibujantes, pero también para los que luchan por la igualdad de hombres y mujeres y por las libertades democráticas en los países del mundo afectados por el integrismo musulmán.

Morir de pena y tristeza

                Marjane Satrapi ha muerto en un momento en que su país había vuelto a las primeras páginas de los periódicos: el ataque de Trump a Irán y la batalla por el control del estrecho de Ormuz, paso obligado de los petroleros. Ha muerto en medio de un mundo dividido entre los que clamaban contra Trump y su imperialismo, y los que clamaban contra los ayatolás de Teherán y la violencia ejercida contra su propio pueblo. Un mundo dividido entre los que defendían el derecho internacional y los que defendían el derecho a ser libres en Irán. Las manifestaciones de signo distinto en varias ciudades europeas: unos en contra de la guerra emprendida por la administración estadounidense; otros en contra de la persistencia de la dictadura teocrática en la antigua Persia.

                Pero Marjane Satrapi, muy probablemente, ya no pensaba ni en unos ni en otros. En el fondo, a nadie le interesaban los derechos de las mujeres. Cada uno miraba para su propio interés y para su propia ideología. “El ser humano tiene que ir por delante de las ideologías”, había escrito Satrapi. La autora de Persépolis se fue hundiendo en la tristeza desde que en abril de 2025 había muerto el amor de su vida, su marido Carl Mattias Ripa, el sueco con eterno aire adolescente con el que había compartido su vida, y que le aportaba alegría y ligereza, a ella, que tenía alma y rostro de tragedia griega. Renunció a todos sus proyectos cuando supo que el cáncer había atacado para vencer cruelmente a Mattias Ripa. El pasado 4 de junio de 2026, su familia comunicaba que Marjane Satrapi “había muerto de pena y tristeza a los 56 años”. La mujer valiente que se había metido en mil batallas, que había luchado, desde el conocimiento de la realidad iraní, en contra de un régimen criminal que condenaba a todos, pero especialmente a las mujeres, a ser sombras andantes, cuerpos sin alma, dirigidos con mano de hierro por los enviados y los profetas de Allah, o más bien directamente por el Maligno. Marjane, arrastrada por la tristeza ha entrado finalmente en la nada. O tal vez se ha presentado de nuevo ante el amor de su vida. No sólo se muere de amor en la literatura o en las canciones melódicas. Dicen los expertos que el “síndrome de corazón roto”, técnicamente conocido como cardiomiopatía por estrés o cardiomiopatía Takotsubo, suele acaecer cuando el dolor intenso por el que se pasa tras la pérdida de un ser querido provoca una cardiomiopatía por estrés. La muerte de un ser querido, por ejemplo la pareja con la que hemos sido dichosos, es un acontecimiento traumático que puede llevar a la muerte, por un súbito desgaste del corazón. O puede arrastrar al suicido, por esa sensación de falta de sentido de la vida y un sufrimiento insoportable al constatar que se ha perdido todo lo que se poseía, y sentirse totalmente abandonado y sin horizonte.

Melena al viento y labios pintados

Su melena azabache larga y al viento y sus labios pintados de rojo pasión fueron su manera de presentarse ante el mundo. Una protesta silenciosa pero clara contra los que impusieron el velo para tapar el cabello y para tapar los labios de las mujeres, los labios que hablan y los labios que besan, con libertad y con pasión.

Carl Mattias Ripa y Marjane Satrapi

Portada de Persépolis
Una viñeta de Persépolis


Ruinas de los palacios de Persépolis

Tapiz de los Juegos Olímpicos de París



Entrega del Premio Princesa de Asturias





Funeral en París

Panteón de Marjane Satrapi y Carl Mattias Ripa










miércoles, 5 de agosto de 2026

Hic sunt leones, de Katerina Poladjian

 


            La frase latina “Hic sunt leones” (aquí hay leones) se utilizaba en los mapas de la Edad Media para indicar que se estaba adentrando en territorios inexplorados y peligrosos. Los leones hacían alusión a lo salvaje, desconocido y peligroso.

            Helene Mazaviàn, alemana de origen armenio y restauradora de libros, obtiene una beca de una institución alemana para trabajar durante un año en el Archivo Central de libros armenios en la ciudad de Ereván, y al mismo tiempo para aprender la técnica del cosido de libros, diferente a la empleada en los países occidentales.

            En sus manos depositan una Biblia para ser restaurada, una Biblia familiar y doméstica. Una de esas biblias que los padres pasaban a los hijos como la herencia más preciada y más preciosa. Y en las páginas de esa Biblia, sus lectores iban haciendo anotaciones a lapicero o colocando estampas, esquelas, invitaciones, hojas secas, cuentas, o lo que fuese.

            Helene, con el libro entre sus manos, tiene ante sí, no sólo una pequeña obra de arte sobre la que debe ejercer una técnica de restauración, sino también la historia de una familia, la historia de un pueblo y de un acontecimiento que marco a sangre y a fuego a los armenios: el genocidio de 1915 al que fueron sometidos por los turcos. Sólo entonces comprende que hay una distancia insalvable entre la profesional en restauración de libros antiguos y la mujer con raíces armenias, un eslabón más de ese pueblo antiguos que “Dios dibujó con mano cansada”.

            A la historia de la restauradora en Armenia, a sus relaciones con los otros restauradores, a su intimidad con Levon, un armenio alistado en el ejército y músico de jazz, a sus noches de copas en un club de música, se añade la historia trágica de un pueblo, personificada en los dos  hermanos Hran y Anahid, a los que su madre entregó esta Biblia, a la vez que les apremiaba a huir  lejos, para que ni ellos ni la Biblia cayeran en manos de los turcos. Los hermanos emprenden una huida desesperada sin más alforjas y más viático que esta pequeña Biblia.

            “Las biblias familiares armenias debían ser pequeñas para poder sujetarlas en cualquier momento bajo el brazo. Y es lo que hacía la gente. Algunos dejaban atrás a su propio hijo, antes que su Biblia. Siempre preparados para tiempos inciertos, siempre listos para huir. En las Biblias familiares la gente hallaba consuelo”. Una Biblia pasaba de padres a hijos, como si les suplicasen: “recordadnos”, porque “este pueblo siempre tuvo miedo de desaparecer”.

La actriz y escritora Katerine Poladjan nació en Moscú en 1971, de orígenes armenios. Creció en Roma y Viena y finalmente se instaló en Alemania. Hic sunt leones tiene mucho de autobiográfico y de su deseo conocer su pasado y los sentimientos y las tensiones entre los armenios que viven en el país y los armenios de una diáspora desperdigada por el mundo, a partir del genocidio.

En la Biblia que Helene Mazaviàn se dispone a restaurar y a coser, encuentra anotado este pensamiento sombrío y a la vez esperanzador: la fe inquebrantable de todo el pueblo armenio:

 "Este libro fue escrito en un tiempo amargo y maligno, pues por todas partes llega amargura, y la aflicción envuelve a nuestro atribulado pueblo, pues cada año caen diferentes castigos sobre él. Hambre, espada, cautiverio, muerte, terremotos, moho, langosta, gusanos, fiebre, ictericia, inundación, plagas que soy incapaz de describir. Todo ello ha caído sobre nosotros porque pecamos, de otro modo, Señor, no cabe comprenderlo, pero te damos las gracias, por esta vida, tenemos a Cristo como refugio de la esperanza y el abrigo”.

         Se dice que un libro no es del todo bueno, si no te lleva a la lectura de otro libro, Hic sunt leones es un aguijón para conocer mucho más sobre la terrible tragedia plaga del genocidio sufrido por los armenios. El lamento más amargo de los que huían, habiéndolo perdido todo era esta escueta expresión: “Ya no hay casa”. Y en este “ya no hay casa”, cabían incluidos los familiares muertos, los campos amados, los cantos cantados, las biblias leídas y releídas, la memoria colectiva y el sonido de la campana de la iglesia de la aldea.














Los pájaros, de Tarjei Vesaas

 

            “Más allá de la cerca se erguían dos álamos marchitos cuyas copas lucían blancas y desnudas entre los verdes abetos. Se erguían el uno junto al otro, y la gente del pueblo los llamaba Mattis-y-Hege, aunque de puertas adentro”.

Tal vez por estar escrita en lenguas poco frecuentadas, o por tener una historia poco conectada con la nuestra, o por la lejanía geográfica, lo que es cierto es que la literatura de los países nórdicos es muy poco conocida en España. Y sin embargo, en los últimos años algunos libros suecos, daneses o noruegos han estado entre las lecturas que más alegrías me han dado.

Tarjei Vesaas (1897-1970) fue uno de los escritores mayores del siglo XX en su país de origen, Noruega. Nacido en una familia de agricultores, conservó siempre una gran sensibilidad hacia la naturaleza y el terruño. Hasta en tres ocasiones fue candidato al premio Nobel. Sus dos obras más conocidas son El palacio de hielo y Los pájaros. Escribió toda su obra en nynorsk, una variante minoritaria del noruego basado en dialectos rurales.

Los pájaros es una novela singular, donde prosa y poesía se funden y se abrazan. Tal vez no es una novela deslumbrante. Ni posee un ritmo frenético, ni una acción desbordante, que son como las señas de la literatura de consumo literario de hoy día. Es una novela pausada, una novela escrita en adagio, con muy poco personajes, sin saltos en el tiempo, casi ‘plana’, podríamos decir. Una meseta que nos permite ver el lejanísimo horizonte y el beso entre cielo y suelo. En una humilde casa en el campo, aislada del resto de casas, vive Hege, de cuarenta años, con su hermano Mattis, tres años más joven que ella. Al otro lado del bosque, está la aldea. Muy cerca, un hermoso lago. Desde las primeras páginas sabemos que Mattis es un chico con retraso intelectual. La novela, con sutileza y finura, nos va introduciendo en la forma de pensar, lenta, diferente, de este joven, torpe para tantas cosas de la vida práctica. El pensamiento de Mattis, su forma de discurrir, nos va ganando pozo a poco, y la novela nos ofrece la profundidad de su forma de razonar. Mattis no piensa como todos. No deduce como los ‘normales’. No trabaja como los demás. Tiene un miedo atroz a las tormentas, pero lo que más le atemoriza y atormenta es la posibilidad de que su hermana se canse de él y lo deje solo. Como una oración suplica una y otra vez: “No me abandones”.

Por todo ello, a Mattis en el pueblo le llaman el Simplón. Los conocidos le tratan con una cierta condescendencia. Mattis mira y observa los fenómenos de la naturaleza, como quien lee un libro en el que están escritas nuestras vidas: el cortejo nupcial de la becada por encima de su casa, las tormentas, el rayo que fulmina uno de los árboles que llevan los nombres de Hege y Mattis.

Mattis es un poco tarugo para las labores agrícolas, como lo vemos en el episodio en que le contratan para escardar nabos. Su hermana lo quiere. Tal vez condescendientemente. Tal vez desde la rutina. Tal vez desde la protección a la que está obligada, porque ambos son huérfanos, y porque Mattis sólo la tiene a ella. Hege trabaja y trabaja haciendo punto. Así se gana la vida y así viven austeramente los dos hermanos. Hege tal vez hubiera soñado otro destino en la vida, pero tiene que ejercer de madre de su hermano Mattis. Hege está en una edad en la que el tedio y la rutina pesan mucho: las esperanzas se han evaporado; los trenes no se han detenido; el futuro tal vez sea no tener futuro. Hege intenta que Mattis entre en razón, que vaya a las granjas para que le den un día de trabajo, pero se rinde pronto a la realidad: su hermano es como es.

A veces únicamente los desconocidos o los que no tienen prejuicios son capaces de comprender a Mattis, de entenderle, de conocer lo que bulle en sus adentros o el hilo que sigue su discurso. Es el caso de las dos bañistas, Inger y Anna, que lo rescatan de su barco que hace aguas, y ante las cuales él exhibe, por una vez en la vida, su destreza con el remo. Verdadero refuerzo y empujón y aliciente para el Simplón de la aldea.

            Mattis no quiere volver a trabajar en el campo, porque se sabe un torparrón, algo que le deja en evidencia. Decide hacerse barquero para cruzar a las gentes de uno al otro lado del lago. Pero nadie cruza ese lago en un bote de madera endeble, cuando ya hay lanchas a motor. Sólo en una ocasión, un forastero, un leñador que viene a trabajar en esa zona, le pide que le cruce el lago. El leñador, invitado por Mattis, termina hospedado en su pobre casa. Y ahí la novela da un giro. Ahí empieza el drama de Mattis. Muy pronto, Jørgen, que así se llama el leñador, y Hege se enamoran. Mattis se siente excluido y amenazado. El miedo es irracional. A partir de entonces, la novela se precipita a un abismo aciago. Y el lector asiste poco a poco al desmoronamiento de la existencia de Mattis, hasta llegar a un final desolador.

             Pocas veces la literatura nos cuenta el modo de pensar, distinto, diferente, por senderos no trillados ni convencionalmente válidos, de una persona con discapacidad intelectual. La escritura de Tarjei Vesaas sugiere, insinúa, da pistas, ofrece detalles y, sobre todo, nos ayuda a bucear en la cabeza de Mattis, en su forma de pensar, sentir y amar.

            Esa comunión de Mattis con la naturaleza, y de manera especial con la becada, tiene una página magistral en los ‘mensajes’ que esta ave deja para Mattis en una superficie de barro junto al riachuelo:

“En la tersa superficie amarronada del cieno, resaltaban las delicadas huellas de las patas de un pájaro, y también había en la ciénaga numerosos agujeritos, redondos y profundos. La becada había pasado por allí. Los profundos agujeros los había producido el pico que la becada había clavado con fuerza en el suelo para desenterrar algo de alimento o, en ocasiones, sólo por picotear y escribir con ello. Mattis se agachó y leyó lo que ahí decía. Contempló sus leves huellas danzarinas. Así de ligero y delicado es el pájaro, pensó. Así de ligero es el caminar de mi pájaro sobre el cieno, cuando está cansado del cielo. Tú eres tú, ponía”

  













A destacar

84, Charing Cross Road, de Helene Hanff

                          En una de las cartas del libro, Helene aclara al librero Doel que evidentemente sólo compra libros de segunda mano...

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