miércoles, 30 de septiembre de 2026

La atroz soledad de un hombre sin ayer y sin mañana

 


            En las últimas décadas vivir el presente, y nada más que el presente, se ha convertido en un mantra, una consigna, un eslogan que se repite hasta la saciedad y el hartazgo. Pero vivir el presente sin la memoria y las enseñanzas del pasado y sin la esperanza del futuro, es condenar al ser humano a una soledad atroz.

            El pasado nos ofrece las herramientas para entender el presente, para no rechazar lo que ha sido válido, lo que ha funcionado y nos ha hecho mejores como individuos y como comunidad. Por eso en las sociedades pasadas, las figuras de los ancianos eran tan importantes. Eran el archivo y la memoria de la tribu y de la aldea. Recordaban por dónde se desbordaba el arroyo en días de tormenta, cuánto tiempo había que esperar para que la cal fraguase antes de utilizarla en trabajos finos, por qué santos o por qué lunas había que sembrar el cereal o plantar las hortalizas, y cómo había que hacer pequeños fuegos en los surcos de las viñas para que la helada negra no arruinara la vendimia. O con qué misericordia había que juzgar a un pobre desgraciado y con qué rigor a un sinvergüenza.

            La fe en el futuro ha ayudado a poner los cimientos de una catedral, aun sabiendo que los canteros y alarifes no podrían ver nunca acabada la obra que empezaron de jóvenes. Se plantaban robles que servirían para iglesias dentro de 200 años. Se plantaban olivos o encinas pero no se tenía la seguridad de cosechar las aceitunas o las bellotas. Y mucho menos de que la leña de esos árboles calentase la vejez en su hogar invernal.

            Somos los hijos del ayer y también los padres del futuro.

            La memoria del pasado nos concede la sabiduría. Sin ella, el hombre es un asno condenado a la perpetua repetición. Un asno ciego atado a la noria. Sin la esperanza del futuro el ser humano no es más que una bestia de carga, a la que se pide más y más productividad. "No hay nada más absurdo qué vivir sin propósito, sin saber por qué ni para qué", escribió Nieztsche. La esperanza no es el consuelo de los bobos, sino la fuerza de los valientes. 

            Sólo tenemos el presente nos dicen en cada esquina, en cada manual de autoayuda, en cada telediario, en cada mítin. Ya Pablo de Tarso advirtió contra esa majadería del “Comamos y bebamos que mañana moriremos”. Nos dicen y nos urgen a vivir únicamente el presente, porque el pasado ya se ha ido y el futuro no ha llegado. Y esta es una verdad, pero una verdad a medias. Lo que es cierto es que el pasado no se va nunca del todo. Quien ha sido feliz en su infancia lo es para siempre, o casi. Quien ha sido desgraciado, lo es también casi para siempre. Quien ha soñado en su juventud, persigue esos sueños día y noche, año tras año. El pasado regresa con su luz de alegría o con su sombra de amargura. La esperanza en el futuro nos empuja a ser agradecidos con el pasado y a ser generosos con el presente.

            El animal vive sólo el presente. Come, bebe, defeca y se reproduce. Cuando se arrebata el pasado o el futuro, o cuando voluntariamente lo olvidamos, nos condenamos a una vida de sere humanos amputados. Una vida de bestias.

            Quien apartó y guardó los granos de trigo para sembrar en el otoño era un hombre con una fe limpia en el mañana. Quien dejó un poco de masa fermentada para el día siguiente, estaba preparando la mesa de sus hijos. El anciano que se entrega a aprender otro idioma a los 90 años es un hombre cargado de futuro. Tal vez muera esta misma noche, pero él ha apostado, no por el presente, sino por el porvenir. El joven que vive únicamente para la fiesta del sábado y las vacaciones de verano, es un viejo que se precipita a la nada.

            Los que gobiernan este mundo desde la política, las finanzas o las ideas nos quieren hombres y mujeres del presente. No quieren que tengamos memoria. No quieren que tengamos esperanza. Sin memoria nos olvidamos de las promesas que nos hicieron ayer y anteayer. Sin memoria, corremos el riesgo de seguir creyendo en sus promesas de paraísos de rebajas. Si te olvidas de tu pasado, otros se encargarán de diseñártelo, de acuerdo con sus gustos, modas e inconfesables objetivos de ingeniería humana.  Si vives sólo en el presente, como si no hubiera un mañana, otros se encargarán de crear para ti un mañana: el porvenir de un perro hambriento al que se arroja el pan duro, a condición de que se deje poner el bozal y la correa. Y el perro lo hará encantado, con tal de tener un mendrugo que roer. 

        Hay algo peor que tener un amo, y es buscar un amo con ansiedad. Ya lo dijo Jacques Lacan a los estudiantes rebeldes de 1968, en París: “¿Buscáis un amo? ¡Lo tendréis!” Y en efecto es así: quien decide apostarlo todo al presente, devorar el presente de veinticuatro horas a grandes bocados y grandes tragos, sin pasado y sin futuro, es un ser humano destinado a formar parte del rebaño dócil, a ser el perro callejero en busca de un amo que le adoctrine sobre su pasado y que le ofrezca un futuro de correa y bozal. Quien busca un amo, ¡lo tendrá!

            El pueblo que pierde, su memoria, está condenado a repetirla cien veces. El hombre que no examina cada día su conciencia sobre su comportamiento y no planea juiciosamente su futuro, no crecerá nunca. Será un enano del espíritu y un enfermo de avitaminosis, aunque tenga un cuerpo bien trabajado en el gimnasio.

            La sociedad del consumo y de la productividad nos define y nos modela. Mejor sería decir que nos deforma y atrofia. La sociedad del consumo se frota las manos con esta dictadura del presente. Vive el hoy. No pienses en el mañana. Porque el mañana no existe para el mercado. Lo importante es que salgas a la calle, o incluso desde tu i-phone, compres todo, devores todo, adquieras todo, pagues todo. Lo que compres te hará feliz, dichoso, sabio, guapo y glamuroso e importante. No importa si a las 12 de la noche caes en la cuenta de que eres una cenicienta y tienes que volver a tus pesadillas de una vida sin sentido y sin futuro.

            He visto algún vídeo en el que el dueño deja suelto al perro y este se siente perdido y confundido. Entonces el perro coge con su boca la correa y se la da a su amo. El amo ha domesticado tanto al perro que este no se siente bien sin la correa. El perro se siente tan perdido sin el amo que ya no sabe vivir sin él. Esta puede ser la imagen de nuestra sociedad: hombres y mujeres en busca de un amo, porque se olvidaron de su pasado y ya no saben dónde está su porvenir.  

https://www.facebook.com/fuego106.5/videos/un-adorable-perrito-ha-conquistado-las-redes-al-protagonizar-un-video-que-se-vol/2069354180474528/











Nada que temer, de Julian Barnes

 


Nada que temer es un libro singular, raro, de Julian Barnes (Leicester, Reino Unido, 1946). No es una novela ni un ensayo, sino un cajón de sastre, donde recoge reflexiones personales sobre la muerte y el morir, notas biográficas de su familia, pensamientos de diversos escritores (el más nombrado es Jules Renard) sobre la existencia o no existencia de Dios, y crónicas de los últimas horas de varios hombres de letras. Tal vez, un libro caótico, difuso, repetitivo, un cóctel de estilos y una macedonia de recuerdos personales y filias librescas, pero brillante en muchas de sus páginas, especialmente en los perfiles de escritores, y profundo en muchas de sus reflexiones, temores y esperanzas acerca del destino último del hombre. Julian Barnes fue ateo de joven y agnóstico de mayor. Y empieza su novela con una confesión: “No creo en Dios, pero le echo de menos”. He copiado algunos párrafos del libro que me han llamado la atención.

El título, Nada que temer, alude a una tesis personal o tal vez a un desiderátum personal: el ser humano ha de enfrentarse o debería enfrentarse a la muerte sin miedo. Y sin embargo, a cada paso, el autor se desdice y subraya el temor casi genético del hombre ante su desaparición  definitiva y su terror a la nada después de la muerte. Julian Barnes dice que “el filósofo Wittgenstein no era una persona religiosa, pero había en él la posibilidad de religión, pero su idea de ella era menos la creencia en un creador que un sentimiento de pecado y un deseo de juicio”.  ¿Tal vez porque sin ese sentimiento de pecado, haríamos la vida más dolorosa para los demás? ¿Quizás porque sin ese deseo de juicio, la justicia de este mundo aplastaría siempre a los más débiles? ¿Es necesario un Ser Supremo que examine las obras y haga justicia verdadera y definitiva?

Y en el libro encuentro un delicioso apunte sobre Jacques Brel: “Durante mi estancia con los curas en Bretaña, descubrí la obra del gran cantautor belga Jacques Brel. En sus primeros años le llamaban Abbé Brel, por su tendencia a la prédica; y en 1958 grabó un tema titulado “Dites, si c’était vrai” (¿Y si fuera verdad?) Es un poema-oración temblorosamente recitado contra el gruñido de fondo de un órgano. Brel nos pide que imaginemos cómo serían las cosas “si fueran ciertas”. Si Jesucristo hubiera nacido de verdad en aquel establo de Belén… si fuera verdad lo que escribieron los evangelistas. Si aquel coup de théâtre en las bodas de Canaán hubiera realmente ocurrido, o aquel otro golpe, el rollo de Lázaro… Brel acaba diciendo que si todo esto fuera cierto, diríamos “Sí”, porque todo es bellísimo cuando uno cree que es verdad. Luego Brel, maduro, fue tan irreligioso, como antes, jovenzuelo, había estado preocupado por Dios. Pero esta canción temprana, dolorosamente sincera, da en la diana. Si fuera verdad, sería hermoso; y por ser hermosos sería aún más verdadero; y cuanto más verdadero tanto más hermoso, etc.”. Y Julian Barnes, llegado a este punto, escucha la voz de su hermano, filósofo: “Pero no es verdad, idiota”.

         El autor apunta a esos paraísos que sustituyen a la religión en nuestro mundo moderno: “Nos empujamos unos a otros hacia el cielo seglar moderno de la realización personal: el desarrollo de la personalidad, las relaciones que ayudan a definirnos, el empleo que da prestigios, los bienes materiales, la propiedad de un inmueble, las vacaciones en el extranjero, la adquisición de ahorros, la acumulación de hazañas sexuales, las visitas al gimnasio, el consumo de cultura. Todo esto contribuye a la felicidad, ¿no?... ¿No? Es el mito que hemos elegido, y casi tan ilusorio como el mito que insistía en la consumación y el éxtasis cuando sonara la última trompeta, las tumbas se abrieras y las almas perfeccionadas y sanadas se unieran a la comunidad de los santos y los ángeles”.

En estos tiempos, nada dados a la reflexión seria sobre la muerte y el morir, la inmortalidad o la nada, la existencia o la muerte de Dios, la esperanza o el vacío, no está demás desempolvar y refrescar algunas ideas. Y tal vez provocar algunas preguntas en el lector.  


Julian Barnes

Julian Barnes

El escritor Jules Renard, muy presente en el libro

Jacques Brel, y su poema-oración


https://www.youtube.com/watch?v=-e5QjcgNVrI

martes, 29 de septiembre de 2026

El listado de 'afectos' y 'desafectos' del ministro Marlaska

 

          Siguiendo la práctica de los listados de Putin en Rusia o de los de Erdogan en Turquía, también el Ministerio del Interior, dirigido por Fernando Grande-Marlaska, tenía su listado con los nombres de periodistas afectos y desafectos al ‘Régimen de Pedro Sánchez’. Periodistas, columnistas, reporteros, tertulianos, colaboradores de radio y televisión clasificados según su opinión más o menos favorable al Gobierno y según su tendencia ideológica de derechas o de izquierdas.

El listado con nombre, apellidos, medio de comunicación al que pertenecen y foto, incluye a 280 periodistas. El Ministro dice que él no había ordenado elaborar semejante lista, propia de las dictaduras. Cuesta creer que un funcionario cualquiera se ponga a trabajar en un listado, sin que se lo ordene el superior.

No sabemos cuál era el fin de este listado: ¿Tenía por objeto acorralar a los desafectos, indagar en sus vidas para machacarlos, pagar a los afectos con información privilegiada o premiar sus buenos oficios en el lado correcto indicado por el Gobierno?

Las democracias no caen de la noche a la mañana. Antes, se las vacía de contenido. Dividir a los periodistas, no por su calidad de investigación, por el rigor de sus escritos o la solidez de sus argumentos, sino únicamente por su afinidad con la ideología del Gobierno es algo propio de una dictadura. Ya se sabe que el autoritarismo sólo cree en la libertad de opinión cuando esa opinión aplaude sus puntos de vista.

No sé cómo habrán reaccionado los periodistas ante ese listado. ¿Es honroso aparecer en ese listado como afecto o aparecer como desafecto al ‘régimen’?  ¿Es preferible estar en la columna de los 'afectos', con derecho a medrar y a ocupar cargos o es preferible estar en la columna de los 'desafectos', sin opción a honores, retribuciones o premios?

miércoles, 16 de septiembre de 2026

84, Charing Cross Road, de Helene Hanff

     

    
            En una de las cartas del libro, Helene aclara al librero Doel que evidentemente sólo compra libros de segunda mano que ya ha leído, pero que quiere poseer: "Va contra mis principios comprar un libro que no he leído previamente: es como comprar un vestido sin probárselo". 

        Un sábado de septiembre. Llegué a la cafetería Las 4 calles, en Renedo, después de una caminata. En la mochila llevaba el libro 84, Charing Cross Road, de Helene Hanff. Un brevísimo libro que yo leí como una novela epistolar. Al acabarlo, supe que no se trataba de una novela sino de la recopilación de la correspondencia que Helene Hanff había mantenido durante unos 20 años con la librería Marks & Co, situada en el número 84 de la calle Charing Cross, de Londres.

       Helene Hanff, nacida en Filadelfia en 1916 y muerta en Nueva York, en 1977, se ganaba la vida escribiendo guiones para series de segunda en una cadena de televisión. Recibía un corto salario que ella gastaba en libros. En el año 1949, poco después de la II Guerra Mundial, entra en contacto con una librería londinense de segunda mano. Helene es una lectora empedernida, pero también alguien que ama los libros por el tacto de sus hojas, por las bellas encuadernaciones, por el tipo de tinta de imprenta, e incluso por los propietarios o lectores previos que un buen día decidieron vender sus libros a una librería de segunda mano. Y desde Nueva York, Helene se dirige a Marks & Co para solicitar libros descatalogados, primeras ediciones, inencontrables en su ciudad. A partir de ese momento, primero de forma comercial, después familiar, conocemos las correspondencia entre Helene Hanff y Frank Doel y otros empleados de la librería, incluso algunos familiares de los últimos. 

        En el bar, R., el camarero, me saludó y me sirvió mi café con dos galletitas. Un par de hombres, justo a mi lado, hablaban con pelos y señales de cómo iba a ser el campeonato de Formula 1 de Madrid.  En una de las pantallas, hablaban de Ceuta y pasaban imágenes de las acampadas improvisadas en la playa. En la otra pantalla, se hablaba de fútbol. Entraron dos mujeres a las que acababan de peinar y maquillar para una boda. Llamativo peinado y llamativo maquillaje que no casaba nada con sus chándales holgados y sus playeras desgastadas. Me acabé el café y me zambullí en la lectura, ajeno totalmente al ruido de las conversaciones y al traqueteo de la cafetera. La noche anterior había leído unas 50 páginas. 

        Los diarios de Samuel Pepys, las obras de John Henry Newman o John Donne, libros de Jane Austen, Charles Dickens, William Blake o Robert-Louis Stevenson, una edición primorosa de la Vulgata Latina o los Cuentos de Canterbury, de Chaucer... son algunos de los libros que cruzan el mar para llegar al apartamento destartalado y oscuro en el que vive Helene Hanff. De los pedidos asépticos se pasa, poco a poco, a una amistad entre la autora norteamericana y el librero londinense. Una amistad que se hace extensiva a las familias de los empleados. Y esto es así porque Helene sabe de las penurias y el racionamiento a la que la posguerra ha obligado a los ingleses. Y, de manera delicada y sin darle importancia, Helene envía paquetes de alimentos a la librería, que, evidentemente, son recibidos como gratitud: un lujo en ese periodo de escasez y carestía.

            Es el amor a los libros lo que une a Helene Hanff y a Frank Doel en una amistad noble. El amor a los libros crea enormes complicidades. Los lectores y los bibliográfos se reconocen y se saben de una misma tribu. Especialmente cuando ese amor no se limita únicamente al mensaje de la obra escrita, sino al libro material con su color, su textura, su portada, su tacto, su olor, su encuadernación y el paso de los años y de las manos sobres esos volúmenes de segunda mano. 

        Pero en las cartas no sólo se habla de libros, también de la vida normal, como suele pasar en la correspondencia de dos amigos: se habla del cambio de libras a dólares, de la escasez de los huevos, se felicita por Navidad, se agradece un paquete de alimentos, se habla de la coronación de la reina o del servicio postal, se da una receta de cocina o un consejo para limpiar una página sucia de un libro, se comunica la compra de un coche de segunda mano, se escribe sobre casa, la familia, y hasta de la vecina hacendosa que borda y borda a sus 80 años, o del deseo de Helene, muchas veces repetido, de viajar hasta Londres y visitar la librería, y del ofrecimiento por parte de los empleados libreros para acogerla en su casa.    

        Año tras año, Helene pospone su viaje a Londres. Pero cuando publicó esta recopilación de cartas, animada por un editor que tuvo acceso a la correspondencia, el libro fue un éxito fulgurante. Y Helene se decidió a cruzar el charco. Pero por entonces la librería había cambiado de dueños y algunos de sus amigos habían muerto. El libro pronto se convirtió en obra de teatro y en película. La librería que el libro convirtió en mítica es ahora un bar de comida rápida. En cambio, el edificio neoyorkino donde vivió y murió Helene, se llama hoy 84, Charing Cross Road. Ironías de la vida. 

    El arte y la belleza tienen capacidad de sanar y redimir. Y esto sucede especialmente con los libros. Cuando Helene Hanff recibe la primera edición del libro de John Henry Newman "Idea de la Universidad" escribe en la carta: "El Newman llegó hace casi una semana y ahora comiento a recuperarme de la impresión. Y no porque sea una primera edición, sino porque jamás he visto un libro tan bello. Saberme su propietaria me inspira un vago sentimiento de culpabilidad. Un libro así, con reluciente encuadernación en piel, sus estampaciones en oro y su hermosa tipografía debería estar en la biblioteca revestida de madera de una casa solariega de la campiña inglesa, y está pidiendo ser leído junto a la chimenea por un caballero sentado en una butaca de cuero. No debería estar en el desvencijado diván de un mezquino estudio de un edifico oscuro cuya fachada se cae a pedazos". 

        Helene no aspiró a tener una casa solariega ni una chimenea cálida, únicamente aspiró a dejarse acariciar o arañar, herir o sanar, vivir o morir, por las historias que otros pensaron o imaginanon y escribieron para nosotros. Cualquier choza es un palacio para quien lee con curiosidad y placer un libro. 

        No había chimenea, ni siquiera silencio en el Bar las 4 calles, pero yo me sentí un afortunado con ese libro entrañable entre las manos. Tuve que pedir otro café porque quería llegar a la última carta, antes de abandonar el bar. Acabada la lectura, con paz y dicha desanduve el camino a casa. El sol ya calentaba en la mañana de septiembre. El tractor araba un rastrojo en medio de una polvareda gris. Los ciclistas me adelantaron. Algún corredor sudoroso también. El agua del río seguía con su canción de siempre. Las matas de patatas estaban casi secas. Los coches pasaban velozmente por la carretera de circunvalación. El libro 84, Charing Cross Road seguía en mi mochila, junto al pan recién hecho por M. en su panadería. Un una peso ligero en mi espalda, una entrañable y deliciosa compañía, como la amistad, como el pan recién horneado.

           






             

        

viernes, 11 de septiembre de 2026

Nadie salió indemne del infierno de Sarajevo

   


       En el verano de 1993, Juan Goytisolo viajó a Sarajevo. Eran los días de plomo de la guerra de Bosnia. Goytisolo plasmó sus impresiones del viaje en un libro, Cuaderno de Sarajevo. La ofensiva enloquecida de limpieza étinica llevada a cabo por Serbia contra Bosnia, de mayoría musulmana, produjo en Europa una sensación de incredulidad y de horror, como no se había conocido desde el final de la II Guerra Mundial. Goytisolo condenó en múltiples ocasiones la pasividad de los gobiernos de Europa y de Estados Unidos: una equidistancia asesina entre las víctimas y los verdugos. Las guerras de los Balcanes, porque fueron varias, se extendieron de 1991 a 2001. Cuando la última batalla se dio por terminada, la antigua Yugoslavia del general Tito se había fragmentado en 7 países: Eslovenia, Croacia, Serbia, Montenegro, Macedonia del Norte, Bosnia-Herzegovina y Kosovo. Y lo que antes había sido un ejemplo de convivencia de culturas, etnias, religiones, de la noche a la mañana se convirtió en un avispero de odios. Todas las minorías de un territorio fueron odiadas con un odio difícil de imaginar a finales del siglo XX. Como dijo un general serbio: "donde hay serbios no puede haber bosnios. Y donde hay bosnios no puede haber serbios. Y esto vale para el resto de territorios, etnias y religiones"  

        Juan Goytisolo recorrió los lugares calientes de Sarajevo, símbolo de la locura de la guerra: hospitales, avenidas de francotiradores, mercados desabastecidos, cementerios, edificos devastados, mezquitas destruidad... Y extrajo muy amargas reflexiones:

        "La vida adquiere en ella (Sarajevo) un ritmo e intensidad vertiginosos: horas equivalen a días, días a semanas, semanas a meses. Amistades recientes se transforman en viejas y profundas. La sinceridad y anhelo de verdad se imponen. La moral se afina y mejora. Conceptos desguazados y arrojados aprisa al muladar de la Historia renacen con fuerza y lozanía: apremio y necesidad de compromiso, urgencia de solidaridad. El contacto directo con la brutalidad y cobardía de los paladines de la purificación étnica y el arrojo de las mujeres y hombres que, desafiando las balas de los francotiradores y los obuses chetniks, salen en busca de agua armados sólo de su fe y apego a la vida, crean vivencias e imágenes que no se despintan de la memoria.

        Vivir estas horas cruciales es un privilegio terrible. Los periodistas y miembros de las organizaciones humanitarias pueden dar cuenta de ello: la tragedia de Bosnia es una vía única del conocimiento de las posibilidades de luminosidad e ignominia de la especie humana. 

        Nadie puede salir indemne de un descenso al infierno de Sarajevo. La tragedia de la cidudad convierte el corazón, y tal vez el cuerpo entero de quien la presencia, en una bomba presta a estallar en las zonas de seguridad moral de los directa o indirectamente culpables, allí donde pueda causar mayor daño".










martes, 8 de septiembre de 2026

Roseline y Nassera: una amistad nacida del dolor

  


                A finales de agosto de 2026, durante el Meeting de Rímini, dos mujeres, Roseline Hamel y Nassera Kermiche, fueron acogidas con respeto y admiración por todos los participantes en este conocido Encuentro de los Pueblos. La historia comienza bastante antes. Exactamente la mañana del 26 de julio de 2016. Esa fatídica mañana, el padre Jacques Hamel, de 85 años, fue degollado con 48 cuchilladas por dos islamistas radicales, dos soldados del ISIS, mientras celebraba la eucaristía. A Francia entera se le heló la sangre por la muerte de un sacerdote anciano en un lugar sagrado, concretamente en la iglesia de Saint Étienne-du-Rouvray (Ruán, en la región de Normandía), de la que el P. Jacques era párroco. Doce días antes, los terroristas habían acabado con 86 personas en las calles de Niza.

El P. Jacques había vivido toda su vida en Normandía. Sólo una vez había abandonado Francia, cuando fue reclutado en 1953 como soldado para la guerra de Argelia. Un día el convoy en el que viajaba sufrió una emboscada. Todos los ocupantes murieron. Él sobrevivió. Se preguntaba a menudo sobre ello, hasta el punto de atormentarlo. ¿Por qué sus compañeros soldados habían muerto? Algunos le decían, para consolarlo, que tal vez Dios tenía para él una misión que cumplir. Pero a él le molestaba esta visión de su supervivencia en el frente. Tal vez esa mañana de 2016, la misión especial se hizo clara y dramáticamente cierta.

Roseline Hamel, la hermana pequeña del P. Jacques, esperó en vano en la casa parroquial a su hermano a que terminase la misa. Los dos hermanos habían planeado pasar juntos las vacaciones, con los hijos y nietos de Roseline. Policía y ejército rodearon toda el área de la parroquia. Poco después comunicaron a Roseline que Jacques Hamel había muerto en el atentado. Creyó enloquecer de dolor. No podía creerse que alguien hubiera acabado con la vida de este buen párroco, inocente y ya anciano, en una iglesia.

La policía tardó apenas una hora en dar con los terroristas en su huida caótica y desesperada. Fueron abatidos a tiros. Poco después, la policía entró a registrar la casa de Adel, uno de los dos terroristas. Fue allí donde Nassera Kermiche conoció, consternada, que su hijo estaba involucrado en este acto terrorista. Una hora después, sabría que su hijo había muerto abatido en su huida. Dos mujeres, cada una en su casa, lloraban a un ser querido. Roseline Hamel sentía rabia y dolor por esta injusticia. Nassera experimentaba dolor por el hijo muerto y vergüenza y culpa por el hijo terrorista. Dos mujeres. La hermana del sacerdote asesinado. La madre del terrorista. Dos sufrimientos imposibles de sobrellevar en soledad.

Adel era el quinto hijo de una familia argelina que se había afincado en París. El padre trabajaba como camionero. Adel había sido un mal estudiante, travieso, hiperactivo. A los 18 años se largó de Francia camino de Siria para adherirse al ISIS, pero fue detenido en Turquía y devuelto a Francia. Pasó 10 meses en prisión. Allí, se terminó de radicalizar. Cuando volvió a casa después de cumplir esa condena, su hijo era otro. Se dejó crecer la barba, y empezó a farfullar frases en árabe. El odio había penetrado en su corazón.

Roseline Hamel sentía pena, rabia, tristeza infinita. Al final de su vida le tocaba vivir esto: un hermano vilmente asesinado y una Francia de rodillas ante los terroristas. No se daba paz a sí misma. No encontraba serenidad en nada de lo que hacía. Rezaba, le hablaba a Dios y suplicaba a María. Quería saber dónde podría encontrar luz  para ver y paz para vivir.

Y así pasaron meses y meses. Sólo sufrimiento. Roseline empezó a sentir compasión de sí misma. Se sentía desgraciada. Un día se preguntó: “¿Puede haber alguien que sufra más que yo en este momento?”  Y mirando en su interior encontró la respuesta: hay otra mujer que sufre más que tú: la madre de Adel, el terrorista. Ahí estaba la respuesta. Otra mujer no sólo cargaba con el peso de la muerte de un hijo, también con la vergüenza, la culpa, mil preguntas bochornosas, el desprecio de la gente. Había otra mujer, más sola que ella: la madre de Adel. “¿Hay algo más atroz que perder a un hijo porque él mismo ha sembrado la muerte?”

El camino del perdón acababa de iniciarse. Un camino duro, difícil, lleno de obstáculos, algo propio de valientes. Pero también el único camino hacia la luz y hacia la paz del corazón. Roseline llamó por teléfono a la madre de Adel. Una primera conversación titubeante, dolorosa. Siguieron otras llamadas. Cada vez más normales, el interés de una mujer hacia otra mujer, por su mundo, su vida cotidiana, sus dificultades, los adentros de su alma. Un día Roseline dijo a Nassera Kermiche: “Me gustaría encontrarme con usted”. Y Nassera contestó: “Desde hace tiempo es lo único que deseo”. Su abrazo, sin testigos, fue largo y silencioso. Y esas dos mujeres, tan distintas, tan diferentes por edad, cultura, religión, forma de ver el mundo, encontraron, ofreciendo y aceptando el perdón, un camino de sanación personal. Nassera recuerda: “Estaba nerviosa y admiraba el coraje de esa mujer. Y su fe. Yo quería que nos perdonara, lo tenía clavado. Pero ella me dijo: “No estoy aquí para perdonarla, porque no es culpa suya”. Fue como una bocanada de aire fresco. Cuando colgué, el dolor seguía estando allí pero la perspectiva había cambiado”. 

Poco después, Roseline pudo acudir a la tumba de Adel a ofrecerle su perdón y a dejarle unas palabras de consuelo en nombre de su hermano. Sentía que faltaba esto y sentía que su hermano desde el más allá la animaba a llevar su perdón al joven Adel: “Adel, el alma de mi hermano Jacques me conduce hasta ti. Es un testimonio de su perdón. La fe de los creyentes es esperanza y el perdón es el camino de la paz”.

                Mientras tanto, la Iglesia de Francia abría el proceso de beatificación de este mártir del siglo XXI. El P. Jacques, después de una vida de servicio en su parroquia había encontrado el martirio, ya que su muerte estuvo dictada por el odio a Cristo y todo lo que él representa.

                Esta amistad entre dos mujeres, “hermanas de dolor” (este es precisamente el título del libro que recoge el testimonio de su amistad), es en verdad algo luminoso en esta época de prejuicios y rencores. Las protagonistas han recibido muestras de aprobación y cariño, pero también de reproche. Las críticas por esta amistad entre la hermana de una víctima y la madre de un terrorista llovieron por todos los lados. Pero ellas siguieron adelante, dando testimonio de que la amistad y el perdón siempre son posibles. El perdón, máxima expresión del mensaje de Jesús, es la única senda para volver a encontrar la paz y el sentido de la existencia, cuando todo a nuestro alrededor podría indicar lo contrario. El perdón sincero sólo es posible allí donde la gracia se ha suplicado día y noche en circunstancias de sufrimiento indecible.  

Iglesia donde fue asesinado el P. Jacques

P. Jacques Hamel

En el Meeting de Rímini

Nassera Kermiche y Roseline Hamel

Donde haya odio que yo ponga amor (Fco. de Asís)


2016: Funeral por el P. Jacques Hamel

El libro: Hemanas de dolor








domingo, 6 de septiembre de 2026

Paisajes de zafiedad en la ciudad

    


        Hay paisajes después de una batalla que manifiestan el horror de la guerra. Y hay paisajes después del desfile de peñas de la ciudad que expresan muy gráficamente el nivel de incivismo alcanzado. Las imágenes hablan por sí solas. El pasado 4 de septiembre se celebró el desfile de peñas de la ciudad de Valladolid por una céntrica calle hasta alcanzar la Plaza Mayor. Más que un desfile de peñas fue una exhibición de mal gusto y chabacanería. Miles de litros de agua, otros tantos de vino  y licores son consumidos por los jóvenes y otra cantidad parecida arrojada a todos los lados, con pistolas de agua, y otro métodos menos infantiles, y no sólo a los compañeros de desfile, también sobre algún incauto que pasea o que entra y sale de su portal.
        Los servicios de limpieza del Ayuntamiento tienen que hacer horas extras (que hay que pagar) para recoger miles de toneladas de plásticos, cartones, etc. En el recorrido se dejaron abandonados ciento cincuenta carros de supermercado. Por el pavimento pegajoso no había cristiano que pudiera cruzarlo sin dejar las zapatillas en el intento.
        Y sin embargo, todo esto parece normal, lo más natural del mundo. Como estamos en fiestas, todo vale, también esta demostración de ordinariez, zafiedad, chabacanería y grosería. 
        Me imagino que muchos de los jóvenes asistentes se declararán ecologistas, amantes de la naturaleza y aplaudirán en redes a los influencers que abogan por la limpieza de los mares, los montes, las playas, un mundo sin plásticos, una vida saludable sin alcohol, y más ecologismo de pacotilla.
          A mí las imágenes que publicó el periódico local, el Norte de Castilla, me parecen bochornosas, porque revelan la mediocridad creciente de la sociedad, la ordinariez de la que no se salvan ni siquiera los universitarios y futuros dirigentes de este país, el mal gusto como norma y la zafiedad como seña de identidad de este país de fiestas y borracheras, pagadas, consentidas y aplaudidas.

        








Un Franz Marc en la escuela del pueblo

 


            A propósito del poema “Un caballo joven", de  Ana Blandiana, intercambio con un amigo, por whatsapp, cromos de pinturas de Franz Marc, el expresionista alemán que aplicó a los animales colores no realistas sino simbólicos: caballos azules, leones verdes, vacas amarillas, etc.

            Cuando la profesora Teresa Ortega Coca llegó al expresionismo alemán, nos habló mucho de Franz Marc, un pintor del que no sabía nada. En esa misma clase me acordé de una anécdota ocurrida en la escuela de mi pueblo. El maestro nos mandó dibujar animales domésticos, animales que veíamos cada día en nuestro corral: ovejas, cabras, cerdos, machos, vacas, perros... Al finalizar la hora de clase, recogió los trabajos. Cuando llegó al pupitre de C., el maestro en voz bien alta, para que nos enteráramos todos, dijo: “atiza, cerdos azules y ovejas verdes”. El alumno, rojo de vergüenza, intentó disculparse para acallar la risotada general de una clase que siguió la corriente al maestro: “Es que ya no me quedan más que estas pinturas en el estuche”. El C. era un artista, así de sencillo. Un niño expresionista de 9 años en la escuela rural del pueblo, un seguidor, sin saberlo, de Franz Marc. Tampoco lo sabía nadie: ni el maestro, ni los alumnos, ni el propio C. Por la noche, el buen niño rehizo el dibujo y se lo volvió a presentar al maestro: “Ahora sí, los cerdos tienen color de cerdos y las ovejas color de ovejas”. En fin, la normalidad había vuelto a la escuela del pueblo. Pero tal vez esa mañana perdimos a un pintor expresionista. Al final, C. tuvo que resignarse a ser como todos: ovejas contentas de su lana blanca y cerdos satisfechos de su carne rosada.

 





sábado, 5 de septiembre de 2026

Cuando hablamos de Ceuta: muertos y menores

  


Cuando hablamos de Ceuta, deberíamos hablar en primer lugar de las ciento cincuenta personas ahogadas en el mar en ese intento desesperado por alcanzar la costa de Ceuta. Sin duda, serán muchas más. Desgraciadamente. Poco se ha hablado de esta tragedia. Muchas de esas personas no sabían nadar. ¿Quién las empujó? ¿Quién les prometió el paraíso? Murieron. Punto final. Tenían un nombre, una historia, una esperanza, una familia. Pero en la cabeza y en el corazón de quienes orquestaron la invasión (¿O debemos hablar a estas alturas todavía de crisis migratoria?) eran ‘cosas’, eran trastos inservibles, vidas que no cuentan, números que sirven a “la estrategia geopolítica”, como ahora dicen los analistas y los sesudos entendidos. El mar ha devuelto a la playa sus cuerpos muertos. El mar ha descompuesto sus cuerpos o se los ha tragado. Nadie reclama sus cuerpos. A Marruecos poco le importan sus ciudadanos muertos. Tal vez sobre los familiares pesa una ley del silencio, antigua e ignominiosa. Pero en algún lugar del más allá, tal vez hay dedos acusadores apuntando.

A otros muchos, los salvaron de morir ahogados los miembros de la Guardia Civil y de la Policía Nacional y de la Cruz Roja. Y también simples ciudadanos de a pie que no daban crédito a esos gritos de auxilio, y que se sintieron interpelados por la compasión.

Cuando hablamos de Ceuta, deberíamos hablar de todos los menores que han sido arrojados lejos de sus familias, de su tierra, de su lengua y de su infancia simplemente como actores de relleno, extras en el rodaje, para hacer bulto, para que la película programada por quienes manejan los hilos de esta operación salga bien  y quede bonita, y sirva ‘a la causa’. Son bultos, nada más que bultos. Fueron echados al mar y a los caminos, como se arroja un folio inservible a la papelera o una pelota rota a la basura. ¿Quién pensó en ellos? Por muy importante que sea, el primer derecho de un menor no es el de ser acogido en otro país ni en otro territorio sino el derecho a permanecer en su país, con sus padres, aunque sean humildes, aunque sean analfabetos, en su entorno, en su idioma, sus juegos y su paisaje. Todo menor tiene derecho a crecer en el hogar que lo vio nacer, rodeado de sus hermanos y su familia. Y si los recursos son pocos, para eso debería existir el Estado y la Comunidad Internacional y la Compasión Universal. Claro que son importantes las condiciones materiales donde se desarrolla la infancia, pero aún más importante es contar con el amor recibido por los padres y la cercanía de la familia. Crecer en un hogar humilde, tal vez pobre, no es sinónimo de infancia infeliz o desgraciada. Muchos de mi generación procedemos de hogares bastante humildes. Y probablemente no cambiríamos nuestra infancia, ni nuestra familia, ni nuestro pueblo. 

El crimen más espantoso que puede cometer un Estado es vender a sus menores como estrategia geopolítica, utilizar a sus menores como mercancía, privar a sus menores de lo más sagrado: el derecho a una infancia dentro de la familia. ¿A alguien le importa si los menores pasan hambre, pasan frío, sienten miedo en la ciudad inhóspita, sin saber cuál será su destino o dónde están sus padres? ¿Quién les explicará que ellos simplemente fueron moneda de cambio en los salones palaciegos o en los cuarteles donde se preparó esta avalancha?

No entro ni salgo en lo de las devoluciones en caliente. Unos dicen que sí se puede; otros, lo contrario. Pero la primera condición sería que Marruecos quisiera acoger a esos menores, en muchos casos niños y niñas de menos de 13 años. E incluso más pequeños. En mi modesta opinión, un país que utiliza, para sus ‘objetivos políticos’ a menores de edad, sin ningún pudor y con manifiesta crueldad, debería responder ante un tribunal internacional de justicia. No parece lógico que Marruecos se esté gastando millones de euros para organizar el Mundial de Fútbol (incluido un nuevo estadio) y se desentienda del pan y los libros de sus niños y niñas.













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