No lo sé con
certeza, pero creo que los obispos deseaban el viaje papal por varios motivos: avivar
el despertar religioso de la sociedad española, invitar a todos a la cultura
del encuentro y del respeto, tan contraria a la crispación, y apoyar todos los
esfuerzos para la acogida y la integración de los migrantes.
Que Cataluña es
desde hace varios años la región más fracturada y crispada de Europa, lo sabe
todo el mundo. La irrupción de un independentismo agresivo, excluyente y
radical fracturó la política, la convivencia cívica, la política, incluso las
familias y a los propios católicos. Y también quebró la economía.
Con sus discursos
incendiarios y violentos, los independentistas sembraron el caos y violentaron la
convivencia en las calles, los colegios, las fábricas y las casas. Convirtieron en enemigos a todos los que no comulgaban con las ideas
independentistas, castigándolos de mil formas y denigrándolos de mil maneras.
A fuerza de
prebendas, favores económicos, amnistía a los golpistas condenados, por parte
del Gobierno de Pedro Sánchez, pero también como consecuencia del ese lento
pero inexorable desinflamiento de la quimera independentista, se ha llegado a
una relativa tranquilidad, que probablemente salte por los aires cuando ya no
haya nada que repartir ni tampoco competencias que descentralizar.
En este clima,
León XIV ha visitado el monasterio de Montserrat, alma del sentir religioso
catalán y corazón de la devoción mariana de esa tierra tan hermosa y tan próspera. El Papa conocía la
historia de este monasterio: “Los muros de
este recinto podrían narrarnos las innumerables historias de devoción, gratitud
y esperanza que han contemplado a lo largo de los siglos en torno a la Mare de Déu de Montserrat y también han sido testigos de la sangre derramada
por amor a Jesucristo”.
El Papa era
consciente, antes de llegar, de la fractura que la propia iglesia catalana
había padecido. Unos obispos tuvieron que hacer malabares para promover una
idea de unidad y universalidad entre los católicos, otros se movieron con
calculada ambigüedad. Y hubo algún obispo que abiertamente apoyo el referéndum
del procés y fue a votar. Este obispo más preocupado por la política que por
Por eso el Papa diridigéndose a la Mare
de Déu de Montserrat: “Pidamos a María, Reina de la paz, que nos enseñe a
renunciar a las palabras hirientes, al juicio inmediato, a la murmuración y a
las calumnias. Y que aprendamos a custodiar y a cultivar el amor en la familia,
entre amigos, en el lugar de trabajo, en las redes sociales, en los debates
políticos y en las comunidades cristianas, de modo que el odio ceda paso a la
esperanza y la paz”.
Durante las
semanas previas al viaje papal, los independentistas se encargaron de atizar el
fuego a cuenta de la lengua que el Papa usaría. Y una malencarada diputada de
Junts agarró al Papa la mano y no se la soltó hasta echarle una filípica sobre
el amor a la lengua catalana. ¿Qué hubieran dicho las feministas si hubiera
sido el Papa el que hubiera agarrado por la fuerza la mano a la diputada para
recordarle el amor a los no nacidos, por ejemplo? A la diputada en cuestión le
parece que hablar en Cataluña en catalán es un acto de amor. Pero hablar el
castellano en Madrid es un acto de sumisión. Recordemos que incluso varios
miembros de los coros que intervinieron en la misa de
El Papa habló
de fe, de encuentro, de unidad, de formar una única familia, ya nada más entrar
en la catedral de Barcelona: “Con este espíritu también nosotros, en un
mundo desgarrado por guerras y divisiones, en una sociedad cada vez más
fragmentada e individualista, queremos ser “mártires”, es decir, testigos y
profetas de unidad, de acogida, de concordia y de paz, incluso a costa de
sacrificios y renuncias”.
Y lo hizo con claridad y verdad en catalán y en castellano, para que
pudiera ser entendido por todos.
No es de
extrañar que en Cataluña la confianza en la Iglesia haya caído tanto. No es de
extrañar que el número de seminaristas haya disminuido a cota casi ‘cero’ o que
Cataluña sea la región que menos marca la cruz de apoyo a
Probablemente
Los sinceros
creyentes de Cataluña han tenido que hacer frente a esta guerra sucia de
conmigo o contra mí, y han tenido que esforzarse más que en ningún otro lugar
por permanecer fieles a
Desde la iglesia y también desde el balcón del propio
monasterio, el Papa afirmó: “Gracias por
estar aquí. Gracias por esta hermosa manifestación de fe. Todos unidos en una
sola familia, con esa acogida de nuestra Madre María, la Virgen de Montserrat”.
E igualmente: “Gracias
a cada uno y a todos vosotros que estáis aquí esta mañana para recordar a todos
—en Cataluña, en España, en el mundo— que la fe da vida, y la fe da esperanza”.











