A
estas horas los datos mareantes sobre el caso Zapatero están en todas las
televisiones y periódicos. En este asunto –y en el de todos los casos
precedentes de corrupción de los últimos años- la presunción de inocencia ha
sido barrida de un plumazo. Y como todo, en esta España de una polémica al día,
como poco, cada uno, dependiendo de la ideología y del partido, o bien se exculpa
al ex presidente de todas las imputaciones y se culpa a los jueces y periodistas. O bien, se cargan las tintas y se
recrean, con gozo electoral, en los párrafos más explosivos del auto o en las
fotos donde brillan brillantes y zafiros. Los unos ponen a Dios por testigo de
la inocencia del ex presidente. Los otros ponen a Satanás por testigo de los
desmanes y demasías. En fin, nada nuevo en esta España vocinglera, y poco
dotada para la prudencia y la templanza.
¿Se
puede hacer una lectura humana de este caso y de los otros casos de corrupción?
¿Se pueden extraer lecciones morales, en estos tiempos de manga ancha para los
pecadillos propios y de torquemadas furibundos
para los pecadazos ajenos?
1.- Una primera lección podría
ser la de la eterna tentación de la
hipocresía. Parecer mejor de los que se es. Aparentar valores y virtudes
que no se poseen. Coger el vicio al postureo ético, tal vez porque previamente
se ha construido una imagen bondadosa de uno mismo, y no se quiere o se puede renunciar
a ella. Sin duda, porque esa imagen beneficia al interesado: autoproclamarse socialista austero, que se
conforma con nada; exhibirse como adalid del feminismo o como notable
gayfriendly. Y sobre todo, presentarse como el pacificador y el defensor de los pobres venezolanos
frente a los intereses malvados de los yanquis. Ahora podemos intuir que las
cosas no eran exactamente así. La hipocresía esculpe caretas y máscaras. Y Llega
un momento en que el personaje se come a la persona. Y el interesado puede creer
que la careta es su verdadera cara.
2.- La avaricia y la codicia. Suelen estar en la base de toda
corrupción. El dinero corrompe. El poder y el dinero corrompen doble o
triplemente. La avaricia rompe el saco, pero casi siempre lo hace cuando ya no
hay remedio para la enmienda. El saco se rompe porque se ha metido tanto en él
y tan apretujadamente que, por las costuras rotas, aparece lo que se ha amasado
y robado. Se dice que todos tenemos un precio. Y que si el primer chanchullo
sale bien, es impulso para cometer un segundo, que parece facilísimo. Y así
sucesivamente. La avaricia está reñida con la conformidad ante lo que uno es y
uno posee. El codicioso sobre todo es un engreído y un vanidoso que cree que él
se merece mucho más en la vida. La avaricia prospera en un humus y en un
territorio donde aprovecharse del cargo para sacar beneficio se convierte en lo
más normal del mundo, en lo habitual. Y si no, pareces un mentecato y un memo.
¿Tiene necesidad de robar un ex presidente al que le queda una buena pensión,
que puede formar parte del Consejo de Estado, que es invitado a muchos foros
como ponente, y que cobra bastante por ello? En estos días se ha repetido una
arenga del ex presidente: “Un socialista
necesita muy poco para vivir; en cambio está siempre dispuesto a dar”.
3.- Sentiminiento de total impunidad. El sentirse impune e intocable suele conducir a
cruzar esa delgada línea roja entre lo legal y lo ilegal, lo lícito y lo ilícito.
Uno puede creerse tan importante, tan lleno de contactos, tan poderoso y tan arropado
por personas influyentes, que no concibe que todo pueda ser descubierto y
acabar en la cárcel. ¡Alguien tapará las fechorías, alguien comprará
voluntades! ¡No se atreverán conmigo. Saldré indemne de cualquier sospecha! Tal
vez, el ex presidente creía que sus espaldas estaban bien cubiertas por su
partido, por la policía obediente, por el poder de la Moncloa, por las
televisiones y los periódicos dóciles y subvencionados, por los expertos que lo
asesoraban y que aseguraban cometer ilegalidades de las que no dejan huella o que,
en el peor de los casos, otros subalternos cargarían con el muerto, cualquier
secretaria, cualquier auxiliar. Se tiene la sensación de que el corrupto no se
pregunta si las cosas son legales o si son éticas, sino únicamente si dejan o
no rastro o manchas. Sentirse impune es la tentación de quien se cree superior
al resto de los mortales y catetos de este mundo. La tentación del jefe de la
tribu frente a los palurdos súbditos.
4.- El poder genera personalidades complejas, alambicadas. A veces,
retorcidas; a veces, abyectas. El poder (y el presidente del Gobierno lo tiene)
y el dinero tienen el don de la insaciabilidad. Un vaso de agua puede saciar la
sed de cualquier sediento. Un océano de poder o banco lleno de dinero no sacian
la sed de más poder o de más dinero. El poder otorga a quien lo detenta una
vestidura de endiosamiento. El dinero otorga a quien lo tiene una vestidura de
respetabilidad y éxito. Ambas cosas pueden llegar a marear. Ambas cosas son
adictivas, tanto o más que la heroína. A
Zapatero el poder le cayó del cielo, como un maná. Llegó a la presidencia del PSOE,
contra todo pronóstico, porque el sector guerrista se negó a apoyar a José
Bono, candidato favorito que perdió por un margen de 9 votos. Cuando tuvo el
poder, sin duda creyó que no era una chiripa, sino algo merecido por sus
cualidades de ‘hombre de estado’. Las elecciones que le alzaron a presidente del
Gobierno ocurrieron bajo el impacto emocional de la mayor masacre terrorista. El
brutal atentado el 11 de marzo de 2004, le convirtió en inquilino de la Moncloa,
también contra todo pronóstico. Tal vez, al dejar la Moncloa, no se conformó
con ser un ex presidente al que se invita al 12 de octubre y poco más. Su
personalidad se fue endiosando y retorciendo. Quizás solo vale para filósofos
como Tulio Cicerón aquel conformarse “con
un jardín y una biblioteca”.
Lo
de Zapatero no es un caso aislado de corrupción o de enriquecimiento ilícito. ¡Tenemos
tantos precedentes, a izquierda y a derecha, que se necesitarían varias
páginas, simplemente para enumerarlos! Me temo que, igual que la mafia sólo
puede funcionar en un territorio mafioso, también la corrupción sólo brota en
un territorio corrupto. Y esto es lo verdaderamente grave. La raíz de la
corrupción es, por tanto, un problema moral, una falta de ética, una carencia
de valores cívicos sólidos y arraigados. ¡Todos los ámbitos necesitarían una
regeneración ética y un rearme moral: de las familias a las escuelas, de las calles
a las redes sociales, de las universidades al mundo laboral…!
Porque
lo malo de todo esto es que los sufridos ciudadanos de a pie, además de estar
agobiados por tantos impuestos, sin saber muy bien en qué se gastan y malgastan,
tienen que sufrir la chapa, la catequización, el discurso aburrido y pesado de
los políticos que se alzan como si estuvieran aureolados con una superioridad moral y ética. A todas
horas nos dicen, desde los atriles y púlpitos de sus cargos, lo que no podemos
hacer, lo que no podemos decir, lo que tenemos que pensar en esta o en otra
materia, ya sea sobre el fraude fiscal o el trabajo, la guerra y la paz, la cuestión de género o el cambio
climático, o el modo austero de la vida o el lugar exacto de la verdad. Luego, vemos el uso indebido de los
aviones oficiales, las denuncias de mujeres por abusos contra políticos muy
‘feministas’ o la frecuentación de prostitutas, los ataques al poder judicial cuando
pillan alguno con las manos en la masa, el despilfarro presupuestario, la compra de votos mediante bonos, subvenciones y pagas, el rescate sospechoso de alguna empresa, o los intentos de silenciar o calumniar
a los periodistas que no actúan como palmeros del pensamiento de un determinado partido.
La
lectura humana de un acontecimiento político o judicial no debería llevarnos,
una vez más, a mesarnos los cabellos en señal de escándalo ni tampoco al linchamiento
de los árboles caídos, sino a la práctica
de una rectitud moral en cada conducta y en cada palabra. El día que los
corruptos, de arriba, de abajo, de derecha y de izquierda, sientan verdadera vergüenza
por sus conductas poco éticas, así sea por un lapicero distraído en la oficina o
por un saltarse la lista de espera de la seguridad social, ese día, este país habrá
dejado de ser un terreno fértil para ejercer la corrupción.