viernes, 4 de septiembre de 2026

Absuelto el cardenal Ouellet. ¿Quién se ha enterado?

 



    Hace cuatro años, una denuncia de agresión sexual presentada por Paméla Groleau contra el cardenal canadiense Marc Ouellet hizo correr ríos de tinta. Cuatro años después, un tribunal de Québec ha absuelto al cardenal, por las numerosas contradicciones en que había incurrido la denunciante, la falsedad de las acusaciones y la temeridad y malicia contra el cardenal demostrada a lo largo del juicio. Tanto es así que el tribunal condena a la denunciante a pagar cien mil dólares al cardenal. Dicha cantidad será donada a la asociación de indígenas víctimas de diferentes tipos de abusos.
    ¿Quién se ha enterado de la absolución? ¿Qué medios de comunicación se han hecho eco del fallo del tribunal? Los que escribieron artículos airados o se explayaron a sus anchas y sin piedad en programas de televisión, ¿se han disculpado o por lo menos han dado a conocer la sentencia absolutoria? Es verdad que los numerosos casos de abusos que han tenido como protagonistas a eclesiásticos han creado un descrédito grande hacia la Iglesia. Pero habremos de reconocer que una denuncia de agresión sexual contra un miembro del clero es una sentencia de muerte civil para el acusado, un calvario largo y espinoso. Una simple denuncia en los juzgados, unas declaraciones a la prensa acaban con el honor de una persona y hacen un daño difícil de imaginar y reparar. Difama que algo queda. Y así es. No todas las manchas se quitan, ni siquiera con la absolución de un tribunal y con la condena hacia el o la denunciante. No todas las manchas se borran. Ni tampoco todos los sufrimientos. ¿Cómo se vuelve a restablecer la confianza perdida? ¿Cómo se disuelven las dudas y sospechas sembradas por la denuncia?

jueves, 3 de septiembre de 2026

Javier Sartorius en busca de la plenitud

 


¿Javier qué? Sólo Javier

Llegó entre dos luces y calado hasta los huesos. La tormenta le había sorprendido por el camino enrevesado que conduce al santuario de Lord, en Lérida. Llamó a la puerta y le abrieron. Le ofrecieron una manta y un plato de sopa. Fray Jordana le preguntó cómo se llamaba, y el peregrino contestó: “Javier”. “¿Pero Javier, qué? ¿Tendrás apellidos?” –volvió a preguntar el buen fraile. Y respondió de nuevo:  “sólo Javier”.

Y en esta respuesta seca. En este nombre escueto de ‘Javier', se podría resumir la vida del joven que al filo de los 30 años llamó a la hospedería de Lord. Porque efectivamente, ya no quedaba nada del Javier Sartorius Millans del Bosch y Álvarez de las Asturias-Bohórquez y Huelín. Como no quedaba nada del gamberro expulsado de varios colegios de renombre y prestigio de Madrid, ni del que cerraba las discotescas Joy Eslava y Pachá, ni de la joven promesa de tenis, ni del campeón nacional de Usa de pádel, ni del entrenador personal de actores de renombre, ni del hedonista de las playas de surf y noches de sábanas revueltas. Y tal vez quedaba poco del joven que compartió bocatas con los homeless y con los veteranos del Vietnam, ni del que se inició en el budismo buscando desesperadamente respuestas a tantos interrogantes, ni del voluntario en un orfanato de niños de Cuzco, ni del seminarista de Toledo… Como su hermano dijo en una ocasión: “Del menú de la vida, Javier lo había probado todo”. Y de ese menú de la vida, suculento y variado, inmenso y fascinante, nada le había satisfecho ni saciado. Sólo le había provocado la náusea y el asco. Ahora llegaba a Lord a otra cosa. Había hecho un largo camino de búsqueda y de conversión. Pero le quedaba por saber una cosa: qué es lo que Dios quería de él y dónde lo quería.

La vida de Javier Sartorius camina hacia los altares. Robert Miracle, rector del seminario de Barcelona cuando Javier era estudiante para el sacerdocio, se empeñó en abrir este proceso porque “Le admiraba y me he encomendado a él. Vi que era un hombre tocado por la gracia de Dios". El proceso de beatificación ya ha sido iniciado. Desde el día de su funeral, fueron muchos los que se sintieron deudores con la vida de Javier. Les había marcado, les había mejorado, les había concedido luz: familiares, amigos, niños de Cuzco, siervos de los Pobres del Tercer Mundo, ermitaños de Lord, compañeros de Teología de Barcelona, enfermeras de Barcelona o León, monjas de San Miguel de Dueñas, peregrinos, visitantes, lectores y ahora también cuantos han visto la película “Solo Javier”.

Estudiante gamberro y chico pijo

Javier llegó al mundo en 1962, tercer hijo del matrimonio formado por Mauricio Sartorius y Myriam Milans del Bosch. Una familia aristócrata y acomodada. Una rama familiar extensa de apellidos rancios y rimbombantes, de títulos nobiliarios y presencia en las finanzas, en las milicias, en la política y en la alta sociedad madrileña. Desde pequeño, Javier ya era un espíritu libre. Muy pronto este espíritu se tradujo en gamberradas, travesuras y suspensos. Compañero inseparable de su hermano Fernando en el más prestigioso colegio de los jesuitas en Madrid y luego en el Alfonso XII del Escorial. Los colegios de nombres más sonoros poco sirven si no hincas los codos y, por el contrario, te dedicas a perder el tiempo y gamberrear. Los suspensos llovían al mismo tiempo que llovían las broncas en casa. Apuesto y joven, dotado de un increíble don de gentes, seductor por naturaleza, alegre a pedir de boca, desde muy joven se convirtió en el amo de las terrazas y en la salsa de las discotecas. Lo único que le salvaba era su afición al deporte. Una tarde Santana lo vio jugar en la pista y cazó al instante que ese joven tenía madera de tenista, decidió apadrinarlo, pero el padre de Javier se negó en absoluto. “Javier tiene que estudiar”. Como en España el padre no hacía vida ni de Javier ni de Fernando, les inscribió en una universidad americana de Texas para estudiar administración de empresas y, como concesión, les pagó una beca de tenis en una academia muy conocida.


Campeón de padel y tenis en USA

Los hermanos Sartorius se dedicaron al tenis y no quisieron saber nada de la Universidad. El padre les cortó el grifo. “Apañaos como queráis, pero no suelto más pasta”. Se fueron a vivir a los Ángeles. Y allí todo el monte fue orégano. Se convirtieron en comerciantes de aspiradoras a domicilio, profesores de tenis de famosos de Hollywood (entrenaron a artistas como Salma Hayek, Tom Cruise o Elsa Pataky), organizadores de campeonatos que les proporcionaban buenos ingresos. Y el resto del día y la noche entera: la playa, el surf, los ligues fáciles, la música a tope, la vida social y cientos de contactos en poco tiempo. En Estados Unidos, lejos de la familia, de la presión social de sus ilustres apellidos, ellos eran dos hippies libres. Podían hacer lo que les diera la gana. No tenían que rendir cuentas a nadie, y encima podían pagar sin problemas el apartamento y los vicios. ¿Lo de sexo, drogas y rock and roll? Pues eso. Por primera vez, sin culpas y sin remordimientos, sin broncas y sin consejos paternos, podían hacer su santa voluntad. Pasaron dos años sin volver por España. En la playa y en la discoteca, les llamaban los Gipsy King, los reyes gitanos de la alegría, la fiesta y la juerga. En esa juventud alocada y alegre, la separación de sus padres fue una sombra que lo entristeció y lo apenó como al que más. Un intenso dolor. No podía imaginar regresar a casa y no ver a sus padres juntos en cada rincón. 

Aquel primer homeless y el budismo

El pádel empezaba a coger consistencia en Estados Unidos. Los hermanos se metieron de lleno en ello. De su afición deportiva, los dos hermanos habían conservado el espíritu de disciplina, que Javier aplicaba únicamente al deporte. Fueron subiendo puestos y se alzaron con la victoria en el Campeonato Nacional de Pádel USA.  Pero unos meses antes de este triunfo increíble, Javier se encontró con un sintecho. Un homeless cualquiera le pidió un cigarrillo, pero los ojos del vagabundo pedían algo más: un poco de escucha, un poco de tiempo, un poco de afecto. Por primera vez Javier se dio cuenta de la existencia privilegiada que había tenido. Él había sido un pijo toda su vida, y por primera vez caía en la cuenta de que no todo el mundo vivía como él había vivido. A partir de ahí, compraba comida y se iba bajo los puentes donde se agrupaban dos o tres sintecho, les ofrecía un bocata, y se sentaba con ellos a escuchar sus historias. A veces los homeless eran ex combatientes a los que la guerra había dejado una mutilación física y varias en el alma. Él les escuchaba y no les juzgaba. Y por primera vez cayó en la cuenta de que su vida de sol, fiestas y tenis era una mierda.

Alguien le hablo de las escuelas orientales de meditación y del budismo, y él se metió de lleno. Se levantaba a las 4 de la mañana para hacer meditación. Acudía a las sesiones de oración impartidas por monjes budistas. Por entonces la espiritualidad orientalista ganaba miles de adeptos. Todos querían sentirse bien, estar en calma, tener paz interior. Javier fue uno más de los miles de deslumbrados por la meditación oriental.

Desde el punto deportivo, Javier había logrado su mayor éxito: ganar el Campeonato Nacional de Pádel de Estados Unidos. Pero ese gran éxito lo único que hizo fue confirmarle una vez más que caminaba por el lado equivocado del camino. Cuando volvía a su casa se acercó a un contenedor de basura y allí mismo arrojó el trofeo de campeón. Para Javier esta victoria era una derrota más para su corazón.


Los niños de Cuzco y la vuelta a la fe católica

“¿Tú crees que a uno como yo que no piso por la iglesia, que estoy metido en esto del budismo, le aceptarían como voluntario en esa misión católica?, preguntó Javier por teléfono a su primo, Willian Hartley, que por entonces se hallaba de voluntario en Cuzco con los Siervos de los Pobres del Tercer Mundo. Le contestó que no había ningún problema y que podría permanecer unas semanas en el orfanato. Su primo le preguntó cuándo tenía intención de acercarse. Y la respuesta de Javier, le dejó sin palabras: “Mañana mismo”.

            Cuando Javier llegó a Cuzco sabía quién no quería ser, pero aún desconocía quién iba a ser. La pobreza siempre te interroga y te cuestiona. Pero también la pobreza ajena es una invitación a la donación. Y esa donación lleva a la alegría y a la plenitud. Su don de gentes, su alma de niño, conectó desde el primer momento con los niños del orfanato de Cuzco. Los niños llevaban a sus espaldas historias terribles, pero también una voluntad de sanación y un deseo de futuro grande en sus pequeños cuerpos y corazones. A Javier esta capacidad del niño para olvidar sus heridas y lanzarse al futuro le conmovió. En sus primeros tiempos, Javier se mantuvo alejado de cualquier celebración litúrgica, porque eso no iba con él. Pero poco a poco, los misioneros y los niños le fueron acercando a la fe de sus mayores. Al fin y al cabo él había nacido y vivido en una familia católica. Cada vez se situaba más cerca de la iglesia, hasta que un día, cruzó el umbral. Pidió confesión al padre Giovanni. Una confesión que duró dos días enteros, caminando por senderos o deteniéndose a la sombra de un árbol. La confesión le ayudo a repasar toda su vida, a poner luz en sus cuartos oscuros. La absolución le hizo sentir perdonado y hombre nuevo. Revestido con un alba blanca volvió a entrar en la humilde capilla de la misión. Fui su vuelta a la Iglesia Católica. Los niños locos de alegría lo abrazaron como se abraza a un padre que regresa después de mucho tiempo. El padre Giovanni recordaría este acompañamiento espiritual como una de las cosas más bonitas de su vida. Pero en bromas solía decir: “No quiero confesar a más Sartorius; son agotadores”.  




De Ajofrín al monasterio de Lord

Alguna vez sucedía que voluntarios que pasaban un tiempo con los niños más pobres de Cuzco, decidían seguir adelante y hacerse sacerdotes para entregar su vida a la causa de los pobres. Javier fue uno de ellos. La vida de Javier era un continuo dejar cosas. Había dejado el colegio, había dejado la familia, había dejado el tenis, había dejado la juerga, ahora también decía adiós a Buda y volvía a la fe de su infancia de la que él se había olvidado desde su primera comunión en Madrid.

En Perú en medio de los más pobres, permaneció un año. Acabó aceptando la proposición de hacerse sacerdote con los Siervos de los Pobres . Y así dijo adiós a esta etapa americana, para empezar otra nueva en España, concretamente en Ajofrín (Toledo) donde estaba el seminario de la congregación.

Javier tenía disciplina para el deporte, pero no para los libros de filosofía y teología. Todo le distraía de los apuntes. Y no sólo eso. Se preguntaba por el sentido de su elección. ¿No habría sido mejor volver a Cuzco y ayudar a sus niños, jugar con ellos, reír con ellos, crecer con ellos? No le gustaba la vida cómoda que se llevaba en el seminario. Habitaciones limpias, comida, transporte, libros, calor. Todo era fácil. Y él ya estaba en otra esfera. Ni le preocupaba la comida ni le preocupaba la ropa. Le dijo a su superior que ese no era su camino, que los estudios para sacerdote no eran para él, que él quería buscar y encontrarse con Dios en una cueva, procurarse el sustento en el bosque, vivir sin nada, absolutamente nada, y alimentarse únicamente de Dios. El rector vio que iba lanzado y que ya nada le detendría, pero antes de que se decidiese por esta idea descabellada le ofreció una solución intermedia: “conozco yo un monasterio, donde los monjes viven como eremitas en medio de una pobreza radical… se llama Lord”

El ermitaño y las ovejas

Un macuto con dos prendas, un evangelio y mil pesetas. Nada más. No le daba para el billete así que fue haciendo autostop entre Ajofrín y Sant Llorenç de Morunys, unos 670 kilómetros. Y allí llegó. Llamó a la puerta. Le preguntaron su nombre. Y le ofrecieron lo que tenía. Era poco. El santuario de Lord estaba casi todo él en ruina. No había agua corriente. No había calefacción. Todo era pobreza. Dos ermitaños se afanaban por devolver vida y oración a ese antiguo cenobio. Tenían un pequeño rebaño de ovejas y se lo encomendaron. Y con la misma pasión que se había entregado a otras cosas, se entregó a sus ovejas. Las sacaba a pastar, limpieba el estiércol del corral, cuidaba a los corderillos, ordeñaba, hablaba con ellas y ellas parecían entenderle. Se sentaba en el campo a escribir unas notas en su cuaderno y ellas le miraban con sus ojos mansos como queriendo descifrar la profundidad de sus pensamientos.

La alegría que era la nota sobresaliente de su carácter se multiplicó en Lord. Había encontrado su lugar en el mundo. Esa era la paz que buscaba. Esa era la familia que quería. Ese era el Dios al que se abandonaba cada día. Leía la Biblia como un hambriento mastica el pan duro. Devoraba las biografías de los santos, en especial la de San Francisco. Se extasiaba contemplando los paisajes tan hermosos que divisaba desde el santuario. Iba en busca del corderillo perdido. Compartía con sencillez la comida de cada día con su comunidad. Algunos familiares le visitaban y se quedaban admirados de la pobreza en la que vivía y de la alegría que desprendía. Su padre no entendía nada. Le enfurecía cómo su hijo despilfarraba su juventud con cuatro ovejas en un mísero rincón del mundo. Amenazó con desheredarle. Este hijo inútil, que tuvo miles de oportunidades, le desesperaba.

Sus hermanos ermitaños pronto entendieron que Javier era un trozo de excelente madera sin desbastar. Sería un buen sacerdote: era profundo y había progresado mucho en la oración. Daría un buen testimonio. Sostendría el futuro de Lord. “Yo no tengo vocación de sacerdote, pero obedeceré si me lo pedís”. Y de nuevo, de lunes a viernes, se vio en el seminario de Solsona. Filosofía, teología, latín, hebreo, biblia, moral. Cuántas cosas. Pero su cabeza ya no era la del atontado y distraído, sino la del entregado y responsable. Y de nuevo aceptó estudiar para sacerdote. Cada fin de semana volvía a Lord, a sus hermanos ermitaños, a sus ovejas, a la soledad sonora de los campos y de la capilla de Nuestra Señora de Lord. Y cada fin de semana seguía levantando un pequeño muro para delimitar el cementerio del convento. Su vida parecía estar encaminada. Cuando acabase sus estudios, volvería a su monasterio y permanecería allí por años y años, trabajando y rezando, como han hecho los monjes durante siglos y siglos.

            De pronto empezó a tener diarreas, cólicos intestinales, urgente necesidad de ir a servicio, fiebre, cansancio extremo, pérdida de peso. El diagnóstico llegó pronto: colitis ulcerosa. No podía seguir ese ritmo de estudio y trabajo, ni alimentarse de esa manera ni podía vivir en ese lugar sin ninguna comodidad y lejos de un centro sanitario. 

Un enfermo en san Miguel de Dueñas

Oró intensamente para comprender cuál era la voluntad de Dios en todo esto, qué significaba su enfermedad y su sufrimiento. Como todo ser humano, atravesó su Getsemaní y recorrió un camino de lágrimas. Después volvió a brillar la confianza. Desapareció el miedo a la muerte y se ofreció a Dios.

El padre Jordana tenía amistad con las monjas de San Miguel de Dueñas (León). Y les pidió que aceptasen a Javier por un tiempo hasta que mejorase, porque en Lord carecían de todo. Y de nuevo Javier deshizo el camino andado. Lo deshizo sin pena, en la confianza de que todo sería para bien. ¿Qué vieron esas monjas de San Miguel de Dueñas para meterle en clausura, junta a ellas, atenderle, cuidarle, lavarle como a un hijo y escucharle como a un padre espiritual? ¿Qué vieron esas monjas que, incumpliendo las normas conventuales seculares, aceptaron en su capilla y en su clausura a este joven enfermo que sonreía con dulzura? ¿Qué instintos maternales provocó este hombre desvalido pero envuelto en luz que llamó a su convento como un pordiosero? Una vez más, es estos gestos inesperados de acogida se manifiesta el genio del cristianismo, la sabiduría cristiana que escandaliza, la esencia cristiana que no distingue griego de judío, enfermo de sano, hombre de mujer.

La enfermedad hacía su mella y lo debilitaba. Además de una enfermedad era una humillación para su día a día. En San Miguel de Dueñas, este ocupante de celda de clausura – alguna monja le llamaba con cariño “Sor Javiera”- tenía las maletas preparadas para la otra vida. Cuando le llamaban sus familiares o sus amigos les solía preguntar: “¿Tienes las maletas preparadas? ¿Qué harías si te quedase una semana de vida?” Y no hacía estas preguntas para amargar la vida al otro, sino para que la vida de sus amigos tuviese un sentido y una plenitud.


Regreso al hogar de Lord

Javier murió el 21 de junio de 2006, en el propio monasterio de clausura de San Miguel de Dueñas, de un infarto de miocardio, tal vez provocado por la extrema debilidad de su organismo. Tenía apenas 44 años. Pocas horas antes, se había quitado el reloj de la muñeca y lo había depositado en la mesilla, como indicando que para él el tiempo terrenal ya había concluido; ya no necesitaba saber qué hora era en esta tierra en la que había conocido el placer, la amargura, el desencanto, el arrepentimiento, la conversión, la entrega a Dios y el trabajo humilde en un monasterio, la alegría de conocer a Dios y amarlo. Las monjas lo lloraron como a un amigo del alma y a un ejemplo de vida en el dolor. Y lo amortajaron con el hábito de monje. Su cuerpo sin vida volvió al santuario de Lord, donde había su hogar, y esa plenitud que había buscado desde joven. Fue enterrado en el pequeño cementerio que él había trazado. Desde entonces, muchos peregrinos y buscadores se acercan a su tumba, intentando comprender el secreto de una vida: el secreto de Javier.

Ante el cuerpo amortajado del hijo pródigo, el padre de Javier, desencajado, se atrevió a murmurar: “Ahora entiendo todo”. Entendía al hijo. Entendía que le llorasen tantas personas en las que había dejado huella. Entendía el secreto de la felicidad de Javier. Y entendía su propia vida que había transcurrido por caminos tan diferentes y con valores tan opuestos a los de su hijo. Pocos meses después murió Mauricio Sartorius. Pero una semana antes, había suplicado al rector del Santuario de Lord que permitiese ser enterrarlo junto a su hijo. Y así se hizo. En 2013, cuando murió Myriam Milans del Bosch, solicitó la misma autorización. Al final, el hijo había vuelto a reunir a sus padres en eso que llamamos eternidad.


En cualquier horizonte… la redención

Javier fue el joven rico, exitoso, triunfador, pero también confuso y desconcertado que respondió radicalmente y en primera persona a la pregunta de Jesús en el evangelio de Mateo, 16: “De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero, si pierde su alma”. El hijo de familia aristócrata, el estudiante rebelde y gamberro, el ligón, el vivalavirgen, el seductor, el conocedor de todos los placeres y menús de la vida, el tenista profesional, el deportista triunfador, el hombre sensible y arrepentido, el cooperante, el estudiante de teología, el monje,  el orante, el creyente que acepta en paz y en serenidad los planes de Dios sobre su cuerpo y su alma, es Javier Sartorius Millans del Boch, sólo Javier. Y tiene mucho que decir a tantos hombres insaciables de placeres y, al mismo tiempo, colmados de desdicha y soledad.

La vida de Javier es un potente testimonio. No importan los caminos extraviados que hayas frecuentado en tu vida. No importan los errores garrafales ni los pecados gruesos. No hay determinismo que valga para el ser humano. La redención es posible en cualquier tramo del camino. En una sociedad que nos vende felicidad con cada compra y plenitud con cada experiencia efímera… la vida de Javier es un ejemplo válido para tantos jóvenes atrapados en el vacío, en el asco de sus propios errores, en el sinsentido de sus vidas. La biografía de Javier puede ser una candela en la noche oscura de tantas personas, una brecha mínima en el muro compacto de soledad y tedio. Cualquier ser humano puede redimirse y aceptar la Redención de Cristo. Ninguna pena de muerte, ninguna cadena perpetua pende sobre el mañana del más miserable de los nacidos.  Todos los días amanece. Y el sol brilla lo mismo sobre justos y pecadores.

Su compañero y amigo, Jordi Bosch Codina escribió sobre Javier: “Durante los años que compartimos, Javier me regaló algo que no se puede comprar: la certeza de que una vida entregada a Dios es posible, incluso en el mundo moderno. Me enseñó que la verdadera riqueza no está en lo que posees, sino en lo que das. Que la libertad no consiste en hacer lo que quieres, sino en querer lo que debes. Que la fe no es un refugio para los débiles, sino la fortaleza de los valientes. Estas no eran lecciones que predicara; eran lecciones que vivía. Y eso es infinitamente más poderoso”.







Saludando al Papa Juan Pablo II



Monasterio de San Miguel de Dueñas

La película Sólo Javier

La biografía de Javier Sartorius



Escena de la película: cuidado de las ovejas

Peregrinos en Lord tras el secreto de Javier







 

lunes, 24 de agosto de 2026

San Juan de Dios: el loco que amó a otros 'locos'

 


Un sermón y el encierro con los locos

            Todas las grandes biografías empiezan de verdad y en serio con una conversión. La de San Juan de Dios, Juan Ciudad o Joao Cidade, no podía ser diferente. El 20 de enero de 1539, el maestro Juan de Ávila llega a la ermita de los mártires de Granada para predicar. Con voz fuerte y temblorosa exalta la vida de los mártires que no tuvieron miedo a la muerte ni a los enemigos, porque sabían en quién habían puesto su confianza. Cuando acaba el sermón, Juan de Dios es otro hombre. El sermón le ha trastornado el  alma, pero también la razón. Acude presto a la librería que regenta y comienza a destruir los libros, porque en ellos no reside la verdadera sabiduría. Sale desnudo por la ciudad, grita como quien ha perdido el juicio, se da golpes de pecho, se arroja al suelo, se entrega a todas las penitencias,  ayuna como un alma en pena, y grita por toda la ciudad: “Misericordia, Señor, misericordia, que soy un gran pecador”.  Le insultan los viejos, se ríen los jóvenes y le corren los niños al grito de “al loco, al loco”. Piadosas manos le arrastran hasta el Hospital Real de Granada, donde en la última planta, atienden a los locos y dementes. Y allí conoce, en su propio cuerpo, el trato que sufren las mujeres y los hombres enajenados: atados como perros, baños fríos intempestivos, exorcismos de tortura, golpes hasta doblegarlos. Juan se atreverá a suplicar a los enfermeros: ¿por qué tratáis tan mal y con tanta crueldad a estos pobres miserables y hermanos míos... no sería mejor que os compadeciésedes dellos y de sus trabajos, y los limpiásedes y diésedes de comer con más caridad y amor que lo hacéis...?”.  Y allí, en ese ambiente de enfermedad y locura, de gritos y blasfemias, de sangre y pus, Juan recibe una iluminación y un propósito que ya no abandonará: Iesu‐Cristo me traiga tiempo y me dé gracia para que yo tenga un hospital, donde pueda recoger los pobres desamparados y faltos de juicio, y servirles como yo deseo”.

 Judío, soldado, pastor, peregrino, librero…

            Las biografías tradicionales han mantenido hasta fechas recientes que el lugar de nacimiento de Juan había sido en Montenor-o-Novo, Portugal. Recientemente, se viene afirmando que su cuna está en Casarrubios del Monte, Toledo, en marzo de 1495. El equívoco se debe a su primer biógrafo que, para omitir que era hijo de padre judío y así evitar problemas con la Inquisición, le ‘hizo nacer en Portugal’, aunque sí que es verdad que pasó su infancia en el país vecino, respondiendo al nombre de Joao Cidade. A los 12 años entra como pastor en una finca toledana de Torralba de Oropesa. Como tantos jóvenes aventureros de su época, a la edad de 27 años se alista como soldado al servicio de Carlos I y participa en la defensa de Fuenterrabía. Estuvo a punto de ser condenado a muerte. Su capitán le ordenó que guardara vituallas y dineros de la compañía, y en un descuido de Juan, se los robaron. Lleno de ira, el capitán le mando ahorcar. Los propios compañeros suplicaron clemencia al duque de Alba, máxima autoridad, que le libró de la horca. Asustado y atormentado por su descuido, decidió en su corazón dejar la milicia, pero unos años más tarde le vemos tomando parte de las tropas imperiales que acudieron a la defensa de Viena, en 1532, que logró frenar a las puertas de Viena el que parecía avance imparable de los turcos por Europa. Él fue uno de los soldados presentes cuando el emperador Carlos V pasó revista a las tropas triunfadoras. Regresó por tierra y mar hasta la Coruña y desde esa ciudad se puso en marcha por el Camino de Santiago hasta alcanzar la ciudad de Compostela.

            Abandona la milicia y vuelve a su terruño portugués, pero con desconsuelo conoce que sus padres ya no viven. De nuevo, reinicia su eterno vagabundaje. Lo vemos de nuevo en Sevilla, como pastor. Poco después, decidió embarcarse para África. En el mismo barco hizo amistad con un caballero portugués, Almeida de apellido, que desterrado junto a su mujer y sus hijas se dirigía a Ceuta. Entró a su servicio como criado. Pero la malaventura quiso que todos los miembros de la familia enfermasen y gastasen el dinero que traían consigo. Juan tuvo la oportunidad de demostrar su natural caridad: trabajó en la reconstrucción de las murallas de la ciudad de Ceuta y de su trabajo comía él y toda la familia portuguesa.

            En Gibraltar se hace vendedor de libros y de estampas, y de ahí lo vemos pasar a Granada donde mantiene ese mismo oficio. En este camino hacia Granada, es donde la tradición sitúa la leyenda del Niño de Gaucín. Mientras iba caminando, le salió a su encuentro un niño descalzo y desvalido. Juan le regaló sus sandalias y le cargó sobre sus hombros. Y el Niño, abriendo una granada que traía en sus manos, le dijo: “Mira, Juan, Granada será tu cruz y por ella verás la gloria de Jesús”. Y dicho esto, el Niño desapareció. El escudo de la Orden Hospitalaria lleva pintada una granada.

Llegó a la ciudad de Granada en 1533, por entonces un hervidero de razas, lenguas, creencias, señores que emprenden grandes construcciones y una turba de pilluelos y desheredados. En su tienda de libros de Puerta Elvira, Juan leería libro tras libro, hoja tras hoja, a la luz del sol o de una candela. Entraría  así en contacto con la renovación de la catequesis y las vidas de los santos, esctitas en un lenguaje sencillo para un pueblo analfabeto. A su librería acudían niños a los que Juan narraba la vida de Jesús y de los santos.  Y en esa librería supo, un buen día, que al día siguiente el insigne maestro Juan de Ávila predicaría en la ermita de los mártires.

 Peregrino en busca de un camino

            En el pabellón de los locos del Hospital de Granada permanece y pena durante un tiempo. Y lo puede abandonar gracias a la intervención del maestro Juan de Ávila, que se convierte en confesor y guía espiritual. Y Juan de Dios desahoga sus pecados, sus penas, su desesperación, sus sueños locos de grandeza, su mala suerte, su vida errabunda y sin norte. Bien sabía el insigne predicador Juan de Ávila que Juan de Dios no estaba loco, sino que la fuerza de su conversión le hacía cometer locuras y extravagancias. Sólo los locos, nos ha enseñado mil veces el hidalgo don Quijote de la Mancha, ven la verdad de este mundo que es pura ficción y apariencia. Sólo los locos vislumbran el verdadero carácter de los hombres. Sólo los locos se atreven a decir las verdades incómodas y a defender las causas indefendibles para el resto del mundo. Juan de Ávila fue su confesor, tan paciente como sagaz. Juan de Dios consideraba perdida su existencia de vagabundo y perdida su alma por sus muchos pecados. Se sintió reconfortado y animado. El Hospital de Granada le había mostrado la situación de abandono en la que vivían tantos enfermos, especialmente los que habían -o decían que habían- perdido el juicio. Pero Juan de Dios aún tiene que encontrar su lugar en el mundo. La oración y la penitencia le ayudarán. Y si antes había ido de un sitio a otro para ganarse el pan, la gloria, la honra, ahora tenía que empezar a caminar para descubrir qué es lo que Dios quería de él.  Se echa a andar por los caminos. Paso a paso fue madurando su propósito. Y así llega al monasterio extremeño de Nuestra Señora de Guadalupe. El monasterio jerónimo tenía por entonces farmacia, hospital de enfermos y albergue de peregrinos. Todo ello es universidad y academia para Juan de Dios. Allí aprende a mezclar hierbas y a diagnosticar enfermedades. Y a los pies de la Virgen de Guadalupe, promete hacer completa donación de su vida a los más pobres y enfermos. En una visión, durante su estancia en Guadalupe, María le entrega el Niño a Juan y le dice: “Viste al Niño, y así aprenderás a vestir a los pobres”

Un primer hospital en Granada

Lleno de ardor y de celo incansable, recogerá a los primeros enfermos olvidados que yacían en los soportales de la Plaza Bibarrambla, olvidados porque, como está escrito en el evangelio, “no tenían a nadie”. Pero su caridad se acerca también a los hambrientos y a las mujeres públicas, consideradas las últimas de las últimas. Sus amigos le ceden sus casas y los bienhechores acuden con sus cestas de pan para socorrer a los hambrientos o se prestan como voluntarios para cambiar los vendajes de los llagados. Pero él va acumulando deuda tras deuda y aunque las tiene bien anotadas en su cuaderno, no alcanza a pagarlas. Le empezaron a llamar Juan de Dios, porque en verdad en él reconocieron a Dios por las calles de Granada: curando a los enfermos, calmando a los locos, y tratando a todos con verdadera humanidad. En la calle Lucena de Granada abre el primer hospital. Luego, un segundo en la Cuesta de Gómerez, y un tercero en la calle de los Gomeles. De él escribió un compañero: “Pedía limosna, descalzo pies y piernas y la cabeza descubierta y rapada a navaja... con una capacha de esparto en las espaldas en que echaba la limosna que le daban y una olla en la mano para la vianda y al anochecer salía a hacer su demanda por las calles de Granada e iba susurrando, hablando, gritando: “Haceos el bien a vosotros mismos”… “Cuando veía algún pobre enfermo, dexaba todo, si no podía andar, y lo cargaba sobre sus hombros hasta el hospital...”.

El rumor de que el hospital acogía personas de dudosa moralidad y de mal ejemplo, que alborotaban el hospital y con las que Juan tenía que ejercitar una paciencia extrema llegó al obispo que aconsejó a Juan de Dios que limpiase el hospital de estas personas para que los demás pudieran vivir en paz. Juan le escuchó con dulzura, pero suplicó al obispo “Padre mío y buen Prelado, yo solo soy malo y el incorregible y sin provecho, que merezco ser rechazado de la casa de Dios, y los pobres que están en el Hospital son buenos y sobre todos tiende el sol cada día, no será razón echar a los desamparados y afligidos de su propia casa”.

            En la ciudad de Granada, aún tendrá que mostrar su heroísmo. En 1549 un pavoroso incendió se declaró en el Hospital Real. Juan, que conocía bien las estancias y bien a los enfermos que allí padecían, se lanzó, desafiando las llamas y el humo, para sacar a los enfermos y salvarlos de una muerte segura. Es este una de los episodios que los artistas han repetido más veces para ilustrar la vida de Juan de Dios.

 Morir de rodillas y en oración       

Una pulmonía lo postró en cama. Unas semanas antes se había lanzado al río Genil para salvar a un hombrecillo que se estaba ahogando. Juan tenía 55 años y las condiciones en las que vivía en el hospital no garantizaban su curación. Los señores de Pisa, amigos y bienhechores, tuvieron que apelar a la debida obediencia de un religioso para llevarlo a su casa y cuidarlo. Pero su cuerpo ya estaba exhausto y muy quebrantado. El arzobispo Pedro Guerrero, lo visitó. Y Juan le suplicó que no abandonara a sus pobres y le entregó la libreta donde estaban apuntadas todas las deudas, que no eran pocas. El arzobispo, que lo quería como a un hermano, prometió que ni se olvidaría de las deudas ni de los pobres.

            Mandó llamó a Antón Martín, al que confirmó como su sucesor y le animó a seguir cuidando de todos los enfermos. Aunque muy enfermo, bajó del lecho para ponerse de rodillas y hacer oración, sujetando fuertemente un crucifijo contra su pecho. Y así murió y así permaneció durante horas ante el asombro de los que le rodeaban, hasta que decidieron amortajarlo. Era el 8 de marzo de 1500. En la casa de los Pisa, aún se puede visitar la habitación en la que Juan de Dios murió. Una escultura tremendamente realista recuerda la última oración de Juan de Dios y su muerte. El visitante aún se siente conmovido al entrar en esa estancia donde un hombre grande entregó su último aliento. Dejó, eso sí, una herencia inconmensurable: el amor a los enfermos y a los locos.

            La ciudad de Granada guarda sus restos en la basílica que lleva el nombre del santo. El exuberante barroquismo de la iglesia llega a marear, por su horror vacui, su recargamiento, su oro reluciente por doquier. A veces los hombres queriendo honrar a los muertos queridos y a los granes santos, les juegan una mala jugada. Una especie de honra deshonrosa. Pero de esta pasta estamos hechos los humanos. En esa misma iglesia, se puede ver la capacha en la que San Juan de Dios, llevaba el pan, las vendas, las hierbas. Y ese capazo medio roto dice más de Juan que todos los querubines, ángeles, arcángeles, tronos y potesdades y dominaciones de las paredes y el techo del templo. San Juan de Dios es el patrono de todos los enfermeros del mundo, copatrono de la ciudad de Granada y santo patrón de los bomberos de España. Su festividad se celebra cada 8 de marzo.

 Detrás de las huellas de Juan de Dios

            Es proverbial la caridad de los hijos de san Juan de Dios hacia los enfermos, especialmente hacia los aquejados de enfermedad mental. Su defensa de los enfermos se convirtió en heroica en España, en el año 1936. Los religiosos hospitalarios no abandonaron a los enfermos ni su puesto en los hospitales, aunque las amenazas crecían y sus amigos les presionaban para que se escondieran o se alejaran a otras ciudades españolas. Perdieron la vida por su hábito de religiosos y por el odio a Cristo en esos primeros meses de la Guerra Civil. En Ciempozuelos-Madrid, en Barcelona y Calafell-Tarragona noventa y  cinco religiosos encontraron el martirio. Todos murieron perdonando a sus asesinos. La inminencia de la muerte era un sufrimiento menor comparado con el desgarro de abandonar a enfermos cuya vida y salud de ellos dependía.

            Hoy la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios está presente en los cinco continentes, concretamente en 52 países, sostiene unos 400 centros sanitarios, con una disponibilidad de treinta mil camas, y atiende cada año a miles y miles de personas en hospitales, ambulatorios, residencias, casas de acogida, consultas y tratamientos. Mil religiosos hospitalarios, sesenta y cinco mil trabajadores sanitarios y alrededor de veintitrés mil voluntarios constituyen una fuerza sanadora única en el mundo. La Orden Hospitalaria se sitúa en la vanguardia en la asistencia a los enfermos de salud mental. A la Orden Hospitalaria masculina de San Juan de Dios, hay que añadir las Hermanas hospitalarias del Sagrado Corazón de Jesús, fundadas por Benito Menni en Ciempozuelos en 1881, así como todos los miembros laicos de la llamada Familia Hospitalaria que se inspiran en la vida y en la obra de San Juan de Dios.

 Haceos bien a vosotros mismos, ¿queda claro?

Cuando Juan de Dios salía a pedir limosna por las calles de Granada, no contestaba a quienes le daban algo ‘gracias’, sino “Hermanos, haceos bien a vosotros mismos, ¿queda claro?” Y esta frase encierra el secreto del cristianismo y el secreto de la felicidad. Cuando haces el bien, cuando eres caritativo, te estás haciendo el bien a ti mismo. Te estás mejorando, te estás ayudando a ser mejor persona y a ser más feliz. Tú eres el principal beneficiario del bien que haces a los demás. Hacer el bien a los otros es el camino más recto y seguro para la propia plenitud y dicha. También para entrar en comunión con Jesús y alcanzar el paraíso. Esta frase fue tan repetida por los seguidores que en Italia a los hijos de San Juan de Dios se les conoce como ‘fatebenefratelli’ (haceos el bien, hermanos).

Juan no fue obispo, ni presbítero, ni siquiera un fraile. Fue un simple enfermero que de día lavaba a los enfermos, los vendaba y los vestía, fregaba los cacharros y los suelos, barría, repartía las escudillas de comida, tiraba los orinales, y, por la noche, salía a pedir por las calles de Granada. Juan era un simple laico, un simple y pobre cristiano. Un día le invitó a comer el presidente de la Real Chancillería de Granada, Ramiro de Fuenleal, obispo de Tuy. Este conocía bien la caridad y la fama de la que gozaba Juan entre los menesterosos. Al acabar la comida, le entregó un hábito y, de esa manera, le “consagró”. Y lo que es más importante, le dio el nombre por el que terminarían llamándole los granadinos y, después, el mundo entero: Juan de Dios. Al santo enfermero y limosnero se le abrieron los corazones y las casas de toda la ciudad. Muy pronto, algunos seguidores lo imitaron en su cuidado maternal a los enfermos y en el trato amoroso, con palabras dulces, a los que habían perdido el juicio. Cabe recordar a dos de sus principales seguidores, Antón Martín y Pedro Velasco. Ya se sabe que el cariño es medicina, especialmente cuando la enfermedad anida en la cabeza o en el corazón. El hospital se convirtió en casa de Dios y antesala del Paraíso. En una carta a un amigo, Juan de Dios escribe que en la casa se recibe a todo el mundo: “…enfermos que aquí se encuentran tullidos, mancos, leprosos, mudos, locos, paralíticos, tiñosos y otros muy viejos, y muchos niños; y esto sin contar otros muchos peregrinos y viandantes, que aquí acuden, a los cuales se les da fuego, agua, sal y vasijas para guisar de comer” y hace saber a su amigo que “Jesucristo lo prevé y lo provee todo”.

San Juan de Dios. Alonso Cano. Museo BBAA Granada





Juan de Dios conduciendo enfermos al hospital. Elías Martín. Museo del Prado


San Juan de Dios, de Murillo. Hospital de la Caridad. Sevilla





Basilica de San Juan de Dios. Granada

Relicario con la capacha de Juan de Dios. Granada

Estancia de la Casa de los Pisa donde murió

La muerte de Juan de Dios. José Gabriel Martín. Granada




Salvando a los enfermos en el incendio. Manuel Gómez-Moreno






miércoles, 19 de agosto de 2026

Hélène Carrère d’Encausse según Koljós

  

Koljós es el título de la última novela de Emmanuel Carrère. El escritor francés, que ha encontrado en su propia biografía uno de los filones de su escritura, habla en esta ocasión  de su madre y de sus antepasados georgianos, rusos, alemanes. Hélène Carrère d’Encausse (París,1929-2023, de soltera Hélène Zourabichvili, pues al casarse adoptó el apellido de su marido) llegó a lo más alto de la sociedad intelectual e institucional francesas. Profesora, escritora, especialista en la historia de Rusia y, nada menos, Secretaria a perpetuidad de la Academia Francesa. Uno de los puestos más prestigiosos de Francia, un país que honra, como ninguno, su propia lengua y que tiene en la más alta consideración a sus escritores y a los ‘inmortales’, los miembros de la Académie Française.

Toda su familia llegó a Francia con lo puesto, después de que la Revolución Rusa de 1917 ocupara Georgia y la despojara de todo, incluido el status social de alta aristocracia, de sus casas y tierras. Llegaron como apátridas a Francia. Eran pobres de solemnidad, pero también con una preparación cultural impresionante. “Se sabe que los príncipes rusos tuvieron que ejercer de taxistas y las princesas de planchadoras a domicilio”. Pero todos ellos habían estudiado filosofía, literatura, y dominaban seis idiomas. Vivieron en buhardillas para criadas y no todas las noches podían llevarse algo a la boca. Una numerosa comunidad rusa se instaló en París. Maldecían a los líderes soviéticos, se ayudaban mutuamente y tenían en la catedral ortodoxa de Saint Alexandre-Nevski su lugar de encuentro y de reunión.

Intelectualmente muy dotada, Hélène, con un sentido de la disciplina y del esfuerzo personal a prueba de bomba, fue abriéndose paso poco a poco. Estudiante destacada, profesora brillante en la Sorbonne, profesora invitada por diversas universidades, diputada en el Parlamento Europeo, más francesa que cualquier ciudadano francés, obtuvo la nacionalidad francesa (un verdadero acontecimiento para ella). Sus ensayos sobre Rusia le abrieron todas las puertas, y todavía hoy se consideran 'monumentales'. Varios años antes de 1989, predijo el hundimiento de la Unión Soviética, porque “era un gigante con los pies de barro”. Murió en 2023. Y Francia quiso para ella un homenaje de Estado en el patio de honor de Los Inválidos de París, con discurso incluido del presidente Macron.

El escritor Emmanuel Carrère es uno de los tres hijos de Hélène. Cuando Emmanuel, que no tiene ningún sentido del pudor o de la intimidad personal o familiar, escribió su libro titulado Una novela rusa, el choque con su madre fue inevitable. Durante dos años no se cruzaron la palabra. Hélène había prohibido a su hijo la publicación de este libro. Para el escritor una prohibición es un estímulo y un aguijón. En el libro, entre otras cosas, Enmanuel Carrère hablaba del abuelo Georges, padre de Heléne, que había trabajado como traductor de alemán para las autoridades nazis en el París ocupado. Al final de la guerra, fue tachado de colaboracionista, una sentencia de muerte en la Francia gaullista de resistentes heroicos. Georges fue arrestado y ejecutado, al igual que tantos franceses, por bandas de “resistentes”, sin que nunca se haya conocido el lugar de su enterramiento. El caso Georges se convirtió en un secreto para toda la familia. Hélène vivió toda la vida con esta espada de Damocles sobre su cabeza. Al final, la publicación del libro no tuvo ninguna repercusión seria ni nadie dejó de hablar a Hélène por este hecho. Ya había pasado el tiempo de dividir a los franceses entre resistentes y colaboracionistas.

No sabemos si a Helene le hubiera gustado Koljós. En general se sentía poco atraída por los libros de su hijo, escritos en primera persona y con una abundancia de vivencias autobiográficas. Probablemente la idea de escribir sobre su madre, ya le rondaba la cabeza a Emmanuel desde hacía tiempo. Encontró la excusa perfecta cuando, al desmantelar el piso de sus padres, encontró varias carpetas que contenían numerosas investigaciones, documentos, fotografías y datos sobre los antepasados de Hélène, y que habían sido recogidos por el marido de esta, Louis Carrère d’Encausse, que sentía una admiración casi obsesiva por los antepasados rusos y georgianos de su mujer. El escritor encontró en ellos un material precioso para hablar de su madre y de su genealogía que incluía, príncipes, intelectuales, un regicida, una dama de compañía de la última zarina, empresarios, políticos y propietarios de palacios, fincas y obras de arte…

            La palabra que da título al libro, koljós, significa granja agrícola en los tiempos de la colectivización bolchevique. Pero en la familia Carrère “hacer un koljós” significaba que los niños pequeños podían compartir la cama o la habitación de la madre, cuando el padre andaba de viaje de trabajo, fuera de París. Ese doble sentido de la palabra es una metáfora idónea para hablar de lo familiar y a la vez de la gran historia del mundo en esas décadas.

            La dictadura bolchevique, Lenin, Georgia, Ucrania, la gran literatura, como Sastre o Camus, Dostoiesvski o Tólstoi, están también presentes en este libro que aúna novela, memorias, historia, ensayo, recuerdos familiares, periodismo y un sin fin de apuntes y notas. Emmanuel Carrère se luce a la hora de clasificar los apartados para que el lector, a lo largo de las 450 páginas, vaya componiendo el puzzle de la Familia Carrère y el puzzle del mundo en esas décadas. El libro comienza con el funeral de estado en los Inválidos y termina con los tres hermanos, Emmanuel, Natalie y Marina, “haciendo koljós” en la habitación donde agoniza y muere esta gran dama de origen georgiano, orgullosa de su nacionalidad francesa, y que hizo suyo el lema de Disraeli “never complaint, never explain” (nunca quejarse de nada, nunca explicar nada).

            Carrère rinde homenaje de devoción filial a Hélène Carrère D’Encausse, pero no cae en el sentimentalismo ni pasa por alto las zonas grises y sombrías de una existencia que fue ascendiendo socialmente desde lo más bajo de una niña apátrida a lo más alto de las instituciones de la República Francesa. Homenaje a la madre, pero también repaso sin concesiones a las grandezas y a las miserias de una vida, incluyendo asuntos íntimos y el desdén con el que Hélène trató durante tantos años a su marido. Trabajadora incondicional, disciplinada, puntillosa en sus estudios, conocedora sin parangón de la historia rusa, amorosa a su manera con sus hijos y nietos, mantuvo una relación distante con su hermano Nicolás, y no desapareció jamás el dolor inmenso por la suerte final que corrió su padre, simplemente porque había servido de traductor a los alemanes. Su vida de éxito en la Francia fue tal vez la forma de vengar a su padre, ‘desaparecido’ en los primeros días de la victoria de Francia sobre los alemanes.

            Hélène, fiel a su estilo de una dignidad que no se rinde, y de un sentido de la educación que no se rebaja a dar molestias, no aceptó ningún tratamiento contra el cáncer. Solo al último momento comunicó a su hijo Emmanuel que le quedaba muy poco de vida, porque la metástasis ya había invadido todo el cuerpo. Organizó todo. Quiso morir en una residencia de cuidados paliativos. Hasta ese momento continuó su ritmo de trabajo, como si no pasase nada. Al salir de casa con su maleta en la mano, camino de la residencia de paliativos, hizo la señal de la cruz. Sabía que no cruzaría nunca esa puerta en sentido contrario. Maquillada, bien peinada y bien vestida se enfrentó a la muerte con suma dignidad. Aunque de religión ortodoxa, quiso recibir  la unción de enfermos de las manos de su amigo sacerdote católico, Benoist, al que ella iba a escuchar de buena gana en la iglesia de Saint Germain des Prés. Y le pidió que fuese él quien hiciese el elogio fúnebre, y ninguna otra autoridad eclesiástica. Reposa para siempre en el cementerio de Montparnasse de París.

            Con su grandilocuencia habitual, Macron la despidió en los Inválides como “a la mujer por la que corría sangre de todos los ríos de Europa entre el Volga y el Rhin, como a hija de las estepas, con tantos antepasados ilustres, pero que representaba, como nadie, el espíritu de la República Francesa”. Hasta justo 30 días antes de morir, Hélène estuvo trabajando en la finalización del nuevo diccionario de la Académie. La última palabra que pudo definir para el Diccionario fue ‘zygomatique’. Macron añadió “que uno bien puede morirse en paz después de definir con suma precisión la palabra ‘zygomatique’.

            A la sombra de Hélène siempre estuvo su marido Louis, acompañante discreto  en cenas y recepciones en palacios, embajadas y centros culturales. La devoción por su mujer le hizo emprender una investigación rigurosa sobre sus antepasados. El libro de Enmanuel Carrère es también un homenaje al padre, por su lealtad y su admiración indeclinables hacia la mujer con la que convivió durante más de setenta años. Ambos siempre se trataron de usted. Nobleza obliga. Apenas pocos meses después de la muerte de Hélène, Louis Carrère d’Encausse murió, como muere uno de cada cuatro ancianos cuando su pareja de toda la vida deja este mundo, y le deja a él o a ella, no en una viudedad inconsolable, sino en una orfandad desoladora.

Hélène y Emmanuel Carère 

Koljós, la última novela de Carrère

Hélène en la Biblioteca de la Academia Francesa




Vestida con el traje de época para su ingreso en la Academia

Funeral de Estado en Los Inválidos de París

Carrère con algunas de sus más conocidas novelas

El matrinonio Hélène y Louis Carrère d'Encausse




Panteón familiar en el Cementerio de Montparnasse








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