lunes, 24 de agosto de 2026

San Juan de Dios: el loco que amó a los 'locos'

 


Un sermón y el encierro con los locos

            Todas las grandes biografías empiezan de verdad y en serio con una conversión. La de San Juan de Dios, Juan Ciudad o Joao Cidade, no podía ser diferente. El 20 de enero de 1539, el maestro Juan de Ávila llega a la ermita de los mártires de Granada para predicar. Con voz fuerte y temblorosa exalta la vida de los mártires que no tuvieron miedo a la muerte ni a los enemigos, porque sabían en quién habían puesto su confianza. Cuando acaba el sermón, Juan de Dios es otro hombre. El sermón le ha trastornado el  alma, pero también la razón. Acude presto a la librería que regenta y comienza a destruir los libros, porque en ellos no reside la verdadera sabiduría. Sale desnudo por la ciudad, grita como quien ha perdido el juicio, se da golpes de pecho, se arroja al suelo, se entrega a todas las penitencias,  ayuna como un desahuciado, y grita por toda la ciudad: “Misericordia, Señor, misericordia, que soy un gran pecador”.  Le insultan los ancianos, se ríen los muchachos y le corren los niños al grito de “al loco, al loco”. Piadosas manos le arrastran hasta el Hospital Real de Granada, donde en la última planta, atienden a los locos y dementes. Y allí conoce, en su propio cuerpo, el trato que sufren las mujeres y los hombres enajenados: atados como perros, baños fríos intempestivos, exorcismos de tortura, golpes hasta doblegarlos. Juan se atreverá a suplicar a los enfermeros: ¿por qué tratáis tan mal y con tanta crueldad a estos pobres miserables y hermanos míos... no sería mejor que os compadeciésedes dellos y de sus trabajos, y los limpiásedes y diésedes de comer con más caridad y amor que lo hacéis...?”.  Y allí, en ese ambiente de enfermedad y locura, de gritos y blasfemias, de sangre y pus, Juan recibe una iluminación y un propósito que ya no abandonará: Iesu‐Cristo me traiga tiempo y me dé gracia para que yo tenga un hospital, donde pueda recoger los pobres desamparados y faltos de juicio, y servirles como yo deseo”.

 Judío, soldado, pastor, peregrino, librero…

            Las biografías tradicionales han mantenido hasta fechas recientes que el lugar de nacimiento de Juan había sido en Montenor-o-Novo, Portugal. Recientemente, se viene afirmando que su cuna está en Casarrubios del Monte, Toledo, en marzo de 1495. El equívoco se debe a su primer biógrafo que, para omitir que era hijo de padre judío y así evitar problemas con la Inquisición, le ‘hizo nacer en Portugal’, aunque sí que es verdad que pasó su infancia en el país vecino, respondiendo al nombre de Joao Cidade. A los 12 años entra como pastor en una finca toledana de Torralba de Oropesa. Como tantos jóvenes aventureros de su época, a la edad de 27 años se alista como soldado al servicio de Carlos I y participa en la defensa de Fuenterrabía. Estuvo a punto de ser condenado a muerte. Su capitán le ordenó que guardara vituallas y dineros de la compañía, y en un descuido de Juan, se las robaron. Lleno de ira, el capitán le mando ahorcar. Los propios compañeros suplicaron clemencia al duque de Alba, máxima autoridad, que le libró de la horca. Asustado y atormentado por su descuido, decidió en su corazón dejar la milicia, pero unos años más tarde le vemos tomando parte de las tropas imperiales que acudieron a la defensa de Viena, en 1532, que logró frenar a las puertas de Viena el que parecía avance imparable de los turcos por Europa. Él fue uno de los soldados presentes cuando el emperador Carlos V pasó revista a las tropas triunfadoras. Regresó por tierra y mar hasta la Coruña y desde esa ciudad se puso en marcha por el Camino de Santiago hasta alcanzar la ciudad de Compostela.

            Abandona la milicia y vuelve a su terruño portugués, pero con desconsuelo conoce que sus padres ya no viven. De nuevo, reinicia su eterno vagabundaje. Lo vemos de nuevo en Sevilla, como pastor. Poco después, decidió embarcarse para África. En el mismo barco hizo amistad con un caballero portugués, Almeida de apellido, que desterrado junto a su mujer y sus hijas se dirigía a Ceuta. Entró a su servicio como criado. Pero la malaventura quiso que todos los miembros de la familia enfermasen y gastasen el dinero que traían consigo. Juan tuvo la oportunidad de demostrar su natural caridad: trabajó en la reconstrucción de las murallas de la ciudad de Ceuta y de su trabajo comía él y toda la familia portuguesa.

            En Gibraltar se hace vendedor de libros y de estampas, y de ahí lo vemos pasar a Granada donde mantiene ese mismo oficio. En este camino hacia Granada, es donde la tradición sitúa la leyenda del Niño de Gaucín. Mientras iba caminando, le salió a su encuentro un niño descalzo y desvalido. Juan le regaló sus sandalias y le cargó sobre sus hombros. Y el Niño, abriendo una granada que traía en sus manos, le dijo: “Mira, Juan, Granada será tu cruz y por ella verás la gloria de Jesús”. Y dicho esto, el Niño desapareció. El escudo de la Orden Hospitalaria lleva pintada una granada.

Llegó a la ciudad de Granada en 1533, por entonces un hervidero de razas, lenguas, creencias, señores que emprenden grandes construcciones y una turba de pilluelos y desheredados. En su tienda de libros de Puerta Elvira, Juan leería libro sobre libro, hoja tras hoja a la luz del sol o de una candela, entrando así en contacto con la renovación de la catequesis y las vidas de los santos, con un lenguaje sencillo para un pueblo analfabeto. A su librería acudían niños a los que Juan narraba la vida de Jesús y de los santos.  Y en esa librería supo, un buen día, que al día siguiente el insigne maestro Juan de Ávila predicaría en la ermita de los mártires.

 Peregrino en busca de un camino

            Juan puede abandonar el pabellón de los locos en el Hospital de Granada gracias a la intervención del maestro Juan de Ávila, que se convierte en confesor y guía espiritual. Y Juan de Dios desahoga sus pecados, sus penas, su desesperación, sus sueños locos de grandeza, su mala suerte, su vida errabunda y sin norte. Bien sabía el insigne predicador Juan de Ávila que Juan de Dios no estaba loco, sino que la fuerza de su conversión le hacía cometer locuras y extravagancias. Sólo los locos, nos ha enseñado mil veces el hidalgo don Quijote de la Mancha, ven la verdad de este mundo que es pura ficción y apariencia. Sólo los locos vislumbran el verdadero carácter de los hombres. Sólo los locos se atreven a decir las verdades incómodas y a defender las causas indefendibles para el resto del mundo. Juan de Ávila fue su confesor, tan paciente como sagaz. Juan de Dios consideraba perdida su existencia de vagabundo y perdida su alma por sus muchos pecados. Se sintió reconfortado y animado. El Hospital de Granada le había mostrado la situación de abandono en la que vivían tantos enfermos, especialmente los que habían -o decían que habían- perdido el juicio. Pero Juan de Dios aún tiene que encontrar su lugar en el mundo. La oración y la penitencia le ayudarán. Y si antes había ido de un sitio a otro para ganarse el pan, la gloria, la honra, ahora tenía que empezar a caminar para descubrir qué es lo que Dios quería de él.  Se echó a andar por los caminos. Paso a paso fue madurando su propósito. Y así llegó al monasterio extremeño de Nuestra Señora de Guadalupe. El monasterio jerónimo tenía por entonces farmacia, hospital de enfermos y albergue de peregrinos. Todo ello fue universidad y academia para Juan de Dios. Allí aprendería a mezclar hierbas y a diagnosticar enfermedades. Y a los pies de la Virgen de Guadalupe, prometió hacer completa donación de su vida a los más pobres y enfermos. En una visión, durante su estancia en Guadalupe, María le entrega el Niño a Juan y le dice: “Viste al Niño, y así aprenderás a vestir a los pobres”

Un primer hospital en Granada

Lleno de ardor y de celo incansable, recogerá a los primeros enfermos olvidados que yacían en los soportales de la Plaza Bibarrambla, olvidados porque, como está escrito en el evangelio, “no tenían a nadie”. Pero su caridad se acerca también a los hambrientos y a las mujeres públicas, consideradas las últimas de las últimas. Sus amigos le ceden sus casas y los bienhechores acuden con sus cestas de pan para socorrer a los hambrientos o se prestan como voluntarios para cambiar los vendajes de los llagados. Pero él va acumulando deuda tras deuda y aunque las tiene bien anotadas en su cuaderno, no alcanza a pagarlas. Le empezaron a llamar Juan de Dios, porque en verdad en él reconocieron a Dios por las calles de Granada: curando a los enfermos, calmando a los locos, y tratando a todos con verdadera humanidad. En la calle Lucena de Granada abre el primer hospital. Luego, un segundo en la Cuesta de Gómerez, y un tercero en la calle de los Gomeles. De él escribió un compañero: “Pedía limosna, descalzo pies y piernas y la cabeza descubierta y rapada a navaja... con una capacha de esparto en las espaldas en que echaba la limosna que le daban y una olla en la mano para la vianda y al anochecer salía a hacer su demanda por las calles de Granada e iba susurrando, hablando, gritando: “Haceos el bien a vosotros mismos”… “Cuando veía algún pobre enfermo, dexaba todo, si no podía andar, y lo cargaba sobre sus hombros hasta el hospital...”.

El rumor de que el hospital acogía personas de dudosa moralidad y de mal ejemplo, que alborotaban el hospital y con las que Juan tenía que ejercitar una paciencia extrema llegó al obispo que aconsejó a Juan de Dios que limpiase el hospital de estas personas para que los demás pudieran vivir en paz. Juan le escuchó con dulzura, pero suplicó al obispo “Padre mío y buen Prelado, yo solo soy malo y el incorregible y sin provecho, que merezco ser rechazado de la casa de Dios, y los pobres que están en el Hospital son buenos y sobre todos tiende el sol cada día, no será razón echar a los desamparados y afligidos de su propia casa”.

            En la ciudad de Granada, aún tendrá que mostrar su heroísmo. En 1549 un pavoroso incendió se declaró en el Hospital Real. Juan, que conocía bien las estancias y bien a los enfermos que allí padecían, se lanzó, desafiando las llamas y el humo, para sacar a los enfermos y salvarlos de una muerte segura. Es este una de los episodios que los artistas han repetido más veces para ilustrar la vida de Juan de Dios.

 Morir de rodillas y en oración       

Una pulmonía lo postró en cama. Unas semanas antes se había lanzado al río Genil para salvar a un hombrecillo que se estaba ahogando. Juan tenía 55 años y las condiciones en las que vivía en el hospital no garantizaban su curación. Los señores de Pisa, amigos y bienhechores, tuvieron que apelar a la debida obediencia de un religioso para llevarlo a su casa y cuidarlo. Pero su cuerpo ya estaba exhausto y muy quebrantado. El arzobispo Pedro Guerrero, lo visitó. Y Juan le suplicó que no abandonara a sus pobres y le entregó la libreta donde estaban apuntadas todas las deudas, que no eran pocas. El arzobispo, que lo quería como a un hermano, prometió que ni se olvidaría de las deudas ni de los pobres.

            Mandó llamó a Antón Martín, al que confirmó como su sucesor y le animó a seguir cuidando de todos los enfermos. Aunque muy enfermo, bajó del lecho para ponerse de rodillas y hacer oración, sujetando fuertemente un crucifijo contra su pecho. Y así murió y así permaneció durante horas ante el asombro de los que le rodeaban, hasta que decidieron amortajarlo. Era el 8 de marzo de 1500. En la casa de los Pisa, aún se puede visitar la habitación en la que Juan de Dios murió. Una escultura tremendamente realista recuerda la última oración de Juan de Dios y su muerte. El visitante aún se siente conmovido al entrar en esa estancia donde un hombre grande entregó su último aliento. Dejó, eso sí, una herencia inconmensurable: el amor a los enfermos y a los locos.

            La ciudad de Granada guarda sus restos en la basílica que lleva el nombre del santo. El exuberante barroquismo de la iglesia llega a marear, por su horror vacui, su recargamiento, su oro reluciente por doquier. A veces los hombres queriendo honrar a los muertos queridos y a los granes santos, les juegan una mala jugada. Una especie de honra deshonrosa. Pero de esta pasta estamos hechos los humanos. En esa misma iglesia, se puede ver la capacha en la que San Juan de Dios, llevaba el pan, las vendas, las hierbas. Y ese capazo medio roto dice más de Juan que todos los querubines, ángeles, arcángeles, tronos y potesdades y dominaciones de las paredes y el techo del templo. San Juan de Dios es el patrono de todos los enfermeros del mundo, copatrono de la ciudad de Granada y santo patrón de los bomberos de España. Su festividad se celebra cada 8 de marzo.

 Detrás de las huellas de Juan de Dios

            Es proverbial la caridad de los hijos de san Juan de Dios hacia los enfermos, especialmente hacia los aquejados de enfermedad mental. Su defensa de los enfermos se convirtió en heroica en España, en el año 1936. Los religiosos hospitalarios no abandonaron a los enfermos ni su puesto en los hospitales, aunque las amenazas crecían y sus amigos les presionaban para que se escondieran o se alejaran a otras ciudades españolas. Perdieron la vida por su hábito de religiosos y por el odio a Cristo en esos primeros meses de la Guerra Civil. En Ciempozuelos-Madrid, en Barcelona y Calafell-Tarragona noventa y  cinco religiosos encontraron el martirio. Todos murieron perdonando a sus asesinos. La inminencia de la muerte era un sufrimiento menor comparado con el desgarro de abandonar a enfermos cuya vida y salud de ellos dependía.

            Hoy la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios está presente en los cinco continentes, concretamente en 52 países, sostiene unos 400 centros sanitarios, con una disponibilidad de treinta mil camas, y atiende cada año a miles y miles de personas en hospitales, ambulatorios, residencias, casas de acogida, consultas y tratamientos. Mil religiosos hospitalarios, sesenta y cinco mil trabajadores sanitarios y alrededor de veintitrés mil voluntarios constituyen una fuerza sanadora única en el mundo. La Orden Hospitalaria se sitúa en la vanguardia en la asistencia a los enfermos de salud mental. A la Orden Hospitalaria masculina de San Juan de Dios, hay que añadir las Hermanas hospitalarias del Sagrado Corazón de Jesús, fundadas por Benito Menni en Ciempozuelos en 1881, así como todos los miembros laicos de la llamada Familia Hospitalaria que se inspiran en la vida y en la obra de San Juan de Dios.

 Haceos bien a vosotros mismos, ¿queda claro?

Cuando Juan de Dios salía a pedir limosna por las calles de Granada, no contestaba a quienes le daban algo ‘gracias’, sino “Hermanos, haceos bien a vosotros mismos, ¿queda claro?” Y esta frase encierra el secreto del cristianismo y el secreto de la felicidad. Cuando haces el bien, cuando eres caritativo, te estás haciendo el bien a ti mismo. Te estás mejorando, te estás ayudando a ser mejor persona y a ser más feliz. Tú eres el principal beneficiario del bien que haces a los demás. Hacer el bien a los otros es el camino más recto y seguro para la propia plenitud y dicha. También para entrar en comunión con Jesús y alcanzar el paraíso. Esta frase fue tan repetida por los seguidores que en Italia a los hijos de San Juan de Dios se les conoce como ‘fatebenefratelli’ (haceos el bien, hermanos).

Juan no fue obispo, ni presbítero, ni siquiera un fraile. Fue un simple enfermero que de día lavaba a los enfermos, los vendaba y los vestía, fregaba los cacharros y los suelos, barría, repartía las escudillas de comida, tiraba los orinales, y, por la noche, salía a pedir por las calles de Granada. Juan era un simple laico, un simple y pobre cristiano. Un día le invitó a comer el presidente de la Real Chancillería de Granada, Ramiro de Fuenleal, obispo de Tuy. Este conocía bien la caridad y la fama de la que gozaba Juan entre los menesterosos. Al acabar la comida, le entregó un hábito y, de esa manera, le “consagró”. Y lo que es más importante, le dio el nombre por el que terminarían llamándole los granadinos y, después, el mundo entero: Juan de Dios. Al santo enfermero y limosnero se le abrieron los corazones y las casas de toda la ciudad. Muy pronto, algunos seguidores lo imitaron en su cuidado maternal a los enfermos y en el trato amoroso, con palabras dulces, a los que habían perdido el juicio. Cabe recordar a dos de sus principales seguidores, Antón Martín y Pedro Velasco. Ya se sabe que el cariño es medicina, especialmente cuando la enfermedad anida en la cabeza o en el corazón. El hospital se convirtió en casa de Dios y antesala del Paraíso. En una carta a un amigo, Juan de Dios escribe que en la casa se recibe a todo el mundo: “…enfermos que aquí se encuentran tullidos, mancos, leprosos, mudos, locos, paralíticos, tiñosos y otros muy viejos, y muchos niños; y esto sin contar otros muchos peregrinos y viandantes, que aquí acuden, a los cuales se les da fuego, agua, sal y vasijas para guisar de comer” y hace saber a su amigo que “Jesucristo lo prevé y lo provee todo”.

San Juan de Dios. Alonso Cano. Museo BBAA Granada





Juan de Dios conduciendo enfermos al hospital. Elías Martín. Museo del Prado


San Juan de Dios, de Murillo. Hospital de la Caridad. Sevilla





Basilica de San Juan de Dios. Granada

Relicario con la capacha de Juan de Dios. Granada

Estancia de la Casa de los Pisa donde murió

La muerte de Juan de Dios. José Gabriel Martín. Granada




Salvando a los enfermos en el incendio. Manuel Gómez-Moreno






miércoles, 19 de agosto de 2026

Hélène Carrère d’Encausse según Koljós

  

Koljós es el título de la última novela de Emmanuel Carrère. El escritor francés, que ha encontrado en su propia biografía uno de los filones de su escritura, habla en esta ocasión  de su madre y de sus antepasados georgianos, rusos, alemanes. Hélène Carrère d’Encausse (París,1929-2023, de soltera Hélène Zourabichvili, pues al casarse adoptó el apellido de su marido) llegó a lo más alto de la sociedad intelectual e institucional francesas. Profesora, escritora, especialista en la historia de Rusia y, nada menos, Secretaria a perpetuidad de la Academia Francesa. Uno de los puestos más prestigiosos de Francia, un país que honra, como ninguno, su propia lengua y que tiene en la más alta consideración a sus escritores y a los ‘inmortales’, los miembros de la Académie Française.

Toda su familia llegó a Francia con lo puesto, después de que la Revolución Rusa de 1917 ocupara Georgia y la despojara de todo, incluido el status social de alta aristocracia, de sus casas y tierras. Llegaron como apátridas a Francia. Eran pobres de solemnidad, pero también con una preparación cultural impresionante. “Se sabe que los príncipes rusos tuvieron que ejercer de taxistas y las princesas de planchadoras a domicilio”. Pero todos ellos habían estudiado filosofía, literatura, y dominaban seis idiomas. Vivieron en buhardillas para criadas y no todas las noches podían llevarse algo a la boca. Una numerosa comunidad rusa se instaló en París. Maldecían a los líderes soviéticos, se ayudaban mutuamente y tenían en la catedral ortodoxa de Saint Alexandre-Nevski su lugar de encuentro y de reunión.

Intelectualmente muy dotada, Hélène, con un sentido de la disciplina y del esfuerzo personal a prueba de bomba, fue abriéndose paso poco a poco. Estudiante destacada, profesora brillante en la Sorbonne, profesora invitada por diversas universidades, diputada en el Parlamento Europeo, más francesa que cualquier ciudadano francés, obtuvo la nacionalidad francesa (un verdadero acontecimiento para ella). Sus ensayos sobre Rusia le abrieron todas las puertas, y todavía hoy se consideran 'monumentales'. Varios años antes de 1989, predijo el hundimiento de la Unión Soviética, porque “era un gigante con los pies de barro”. Murió en 2023. Y Francia quiso para ella un homenaje de Estado en el patio de honor de Los Inválidos de París, con discurso incluido del presidente Macron.

El escritor Emmanuel Carrère es uno de los tres hijos de Hélène. Cuando Emmanuel, que no tiene ningún sentido del pudor o de la intimidad personal o familiar, escribió su libro titulado Una novela rusa, el choque con su madre fue inevitable. Durante dos años no se cruzaron la palabra. Hélène había prohibido a su hijo la publicación de este libro. Para el escritor una prohibición es un estímulo y un aguijón. En el libro, entre otras cosas, Enmanuel Carrère hablaba del abuelo Georges, padre de Heléne, que había trabajado como traductor de alemán para las autoridades nazis en el París ocupado. Al final de la guerra, fue tachado de colaboracionista, una sentencia de muerte en la Francia gaullista de resistentes heroicos. Georges fue arrestado y ejecutado, al igual que tantos franceses, por bandas de “resistentes”, sin que nunca se haya conocido el lugar de su enterramiento. El caso Georges se convirtió en un secreto para toda la familia. Hélène vivió toda la vida con esta espada de Damocles sobre su cabeza. Al final, la publicación del libro no tuvo ninguna repercusión seria ni nadie dejó de hablar a Hélène por este hecho. Ya había pasado el tiempo de dividir a los franceses entre resistentes y colaboracionistas.

No sabemos si a Helene le hubiera gustado Koljós. En general se sentía poco atraída por los libros de su hijo, escritos en primera persona y con una abundancia de vivencias autobiográficas. Probablemente la idea de escribir sobre su madre, ya le rondaba la cabeza a Emmanuel desde hacía tiempo. Encontró la excusa perfecta cuando, al desmantelar el piso de sus padres, encontró varias carpetas que contenían numerosas investigaciones, documentos, fotografías y datos sobre los antepasados de Hélène, y que habían sido recogidos por el marido de esta, Louis Carrère d’Encausse, que sentía una admiración casi obsesiva por los antepasados rusos y georgianos de su mujer. El escritor encontró en ellos un material precioso para hablar de su madre y de su genealogía que incluía, príncipes, intelectuales, un regicida, una dama de compañía de la última zarina, empresarios, políticos y propietarios de palacios, fincas y obras de arte…

            La palabra que da título al libro, koljós, significa granja agrícola en los tiempos de la colectivización bolchevique. Pero en la familia Carrère “hacer un koljós” significaba que los niños pequeños podían compartir la cama o la habitación de la madre, cuando el padre andaba de viaje de trabajo, fuera de París. Ese doble sentido de la palabra es una metáfora idónea para hablar de lo familiar y a la vez de la gran historia del mundo en esas décadas.

            La dictadura bolchevique, Lenin, Georgia, Ucrania, la gran literatura, como Sastre o Camus, Dostoiesvski o Tólstoi, están también presentes en este libro que aúna novela, memorias, historia, ensayo, recuerdos familiares, periodismo y un sin fin de apuntes y notas. Emmanuel Carrère se luce a la hora de clasificar los apartados para que el lector, a lo largo de las 450 páginas, vaya componiendo el puzzle de la Familia Carrère y el puzzle del mundo en esas décadas. El libro comienza con el funeral de estado en los Inválidos y termina con los tres hermanos, Emmanuel, Natalie y Marina, “haciendo koljós” en la habitación donde agoniza y muere esta gran dama de origen georgiano, orgullosa de su nacionalidad francesa, y que hizo suyo el lema de Disraeli “never complaint, never explain” (nunca quejarse de nada, nunca explicar nada).

            Carrère rinde homenaje de devoción filial a Hélène Carrère D’Encausse, pero no cae en el sentimentalismo ni pasa por alto las zonas grises y sombrías de una existencia que fue ascendiendo socialmente desde lo más bajo de una niña apátrida a lo más alto de las instituciones de la República Francesa. Homenaje a la madre, pero también repaso sin concesiones a las grandezas y a las miserias de una vida, incluyendo asuntos íntimos y el desdén con el que Hélène trató durante tantos años a su marido. Trabajadora incondicional, disciplinada, puntillosa en sus estudios, conocedora sin parangón de la historia rusa, amorosa a su manera con sus hijos y nietos, mantuvo una relación distante con su hermano Nicolás, y no desapareció jamás el dolor inmenso por la suerte final que corrió su padre, simplemente porque había servido de traductor a los alemanes. Su vida de éxito en la Francia fue tal vez la forma de vengar a su padre, ‘desaparecido’ en los primeros días de la victoria de Francia sobre los alemanes.

            Fiel a su estilo de una dignidad que no se rinde, y de un sentido de la educación que no se rebaja a dar molestias, no aceptó ningún tratamiento contra el cáncer. Solo al último momento comunicó a su hijo Emmanuel que le quedaba muy poco de vida, porque la metástasis ya había invadido todo el cuerpo. Organizó todo. Quiso morir en una residencia de cuidados paliativos. Hasta ese momento continuó su ritmo de trabajo, como si no pasase nada. Al salir de casa con su maleta en la mano, camino de la residencia de paliativos, hizo la señal de la cruz. Sabía que no cruzaría nunca esa puerta en sentido contrario. Maquillada, bien peinada y bien vestida se enfrentó a la muerte con suma dignidad. Aunque de religión ortodoxa, quiso recibir  la unción de enfermos de las manos de su amigo sacerdote católico, Benoist, al que ella iba a escuchar de buena gana en la iglesia de Saint Germain des Prés. Y le pidió que fuese él quien hiciese el elogio fúnebre, y ninguna otra autoridad eclesiástica. Reposa para siempre en el cementerio de Montparnasse de París.

            Con su grandilocuencia habitual, Macron la despidió en los Inválides como “a la mujer por la que corría sangre de todos los ríos de Europa entre el Volga y el Rhin, como a hija de las estepas, con tantos antepasados ilustres, pero que representaba, como nadie, el espíritu de la República Francesa”. Hasta justo 30 días antes de morir, Hélène estuvo trabajando en la finalización del nuevo diccionario de la Académie. La última palabra que pudo definir para el Diccionario fue ‘zygomatique’. Macron añadió “que uno bien puede morirse en paz después de definir con suma precisión la palabra ‘zygomatique’.

            A la sombra de Hélène siempre estuvo su marido Louis, acompañante discreto  en cenas y recepciones en palacios, embajadas y centros culturales. La devoción por su mujer le hizo emprender una investigación rigurosa sobre sus antepasados. El libro de Enmanuel Carrère es también un homenaje al padre, por su lealtad y su admiración indeclinables hacia la mujer con la que convivió durante más de setenta años. Ambos siempre se trataron de usted. Nobleza obliga. Apenas pocos meses después de la muerte de Hélène, Louis Carrère d’Encausse murió, como muere uno de cada cuatro ancianos cuando su pareja de toda la vida deja este mundo, y le deja a él o a ella, no en una viudedad inconsolable, sino en una orfandad desoladora.

Hélène y Emmanuel Carère 

Koljós, la última novela de Carrère

Hélène en la Biblioteca de la Academia Francesa




Vestida con el traje de época para su ingreso en la Academia

Funeral de Estado en Los Inválidos de París

Carrère con algunas de sus más conocidas novelas

El matrinonio Hélène y Louis Carrère d'Encausse




Panteón familiar en el Cementerio de Montparnasse








lunes, 10 de agosto de 2026

Marjane Satrapi: morir de pena y tristeza



La caída del sha y la dictadura de los ayatolás

Marjane Satrapi tenía apenas 10 años cuando Irán vivió jornadas históricas: la caída del sah de Persia y el advenimiento de ayatolá Jomeini para regir los destinos de un país que los griegos llamaban Persia, y los propios habitantes de ese territorio Irán. Era el año 1979. Marjane había nacido en noviembre de 1969 en la ciudad de Rasht, la de las lluvias plateadas, en la región de Guilán, en las  orillas del mar Caspio,  donde lo musulmán se une a lo zoroastra y la influencia azerí a la turkmena. Una región de bosques frondosos y pluviosidad frecuente. Los Satrapi eran una familia acomodada y liberal que quería una educación europea y cosmopolita para su hija, a la que desde pequeña habían matriculado en el liceo francés de la ciudad. Los Satrapi vieron con buenos ojos la caída de Reza Pahlavi, sostenido por Estados Unidos, y que reinaba sobre un país con profundas desigualdades sociales y con una corrupción generalizada. Pero esta alegría duraría muy poco: la revolución de Jomeini se convirtió rápidamente en una dictadura. Pronto el país se vio en medio de una guerra contra Irak, que fue la excusa perfecta de los ayatolás para imponer una dictadura teocrática islámica, cuyo rasgo más visible fue la imposición del velo negro a las mujeres.

Soledad en Viena, desolación en Irán

                Marjane Satrapi abandonó Irán a los 14 años, para proseguir en Viena sus estudios de bachillerato en el Liceo Francés. En la capital austriaca tuvo que enfrentarse a un choque cultural, para el que no estaba preparada. Llegada de un país donde un abrazo en público de una mujer a un hombre era considerado como un acto sexual y, por lo tanto castigado, se sintió confundida por la liberación sexual que se vivía en Europa, así como el acceso fácil al alcohol y a las drogas. Sola y perdida, extranjera y sin familia en Austria, inició una relación amorosa con el joven Markus que resultó desastrosa. Durante tres meses vivió en la calle como una vagabunda. Reclamada por sus padres y harta de tanta soledad, volvió a Irán, y se encontró con un país desconocido que había pasado por una guerra que había dejado más de un millón de muertos. Un país con las cárceles llenas de opositores. Y con una dictadura que vigilaba la moral pública y cuyos guardianes de la revolución detenían y propinaban latigazos a la gente por cualquier motivo: el velo incorrectamente colocado, las uñas pintadas, los calcetines de colores, escuchar música occidental, acercarse más de lo debido al sexo contrario o expresar una idea leve en contra del régimen. Un país donde el Corán prohibía ejecutar a una muchacha virgen. Para cumplir el mandato coránico, la muchacha era violada y, a continuación, podía ser ejecutada sin ningún sentimiento de culpa. Para añadir más horror al horror, el violador era matrimoniado con la violada, y podía reclamar legalmente la dote a la familia de la muchacha violada y ejecutada.

La historietista que conquistó Francia

Marjane Satrapi aguantó poco tiempo en Irán. Abandonó el país de nacimiento y se instaló definitivamente en Francia, donde dio comienzo a su carrera creadora, como historietista, pintora y directora de cine.  Ser mujer y ser artista, tener ideas democráticas era incompatible con vivir en la tierra donde había nacido. En París, toma contacto con el mundo del cómic. Entra en el conocido Taller de los Vosgos, donde trabaja un grupo de historietistas. Un amigo dibujante le invita a contar su infancia y los recuerdos de su país en viñetas. Así surgió Persépolis, un libro que conocería un éxito fulgurante en Francia, y que fue premiado en el festival más importante del cómic de Angulema. Persépolis, editado en cuatro tomos, puso en el foco del mundo cultural la historia de las mujeres iraníes. Hasta ese momento la izquierda cultural europea había mirado a otra parte. La caída del sah había sido saludada con extremo alborozo. Y nadie había querido ver que la revolución de Jomeini había traído una dictadura mucho más cruel. La cultura imperante en Occidente no había querido ver que las mujeres iraníes, que hasta 1978 gozaban de mucha libertad, vestían minifaldas, escuchaban rock y hablaban idiomas, habían vuelto a las cavernas. La vestimenta y el velo negros eran sólo la punta del iceberg de una violencia ejercida contra las mujeres en nombre del Corán, interpretado según los ayatolás y su régimen de terror.

Persépolis: memoria y denuncia

                Persépolis es una novela autobiográfica en viñetas pintadas únicamente en blanco y negro. Pero no es una historia contada desde el resentimiento y el odio, tampoco desde la ideología o del activismo político, que diríamos hoy. Es la historia de una niña rebelde, curiosa e inquieta, muy madura para su edad, pero en la que no falta, la sonrisa, el humor, la ironía. No es un ensayo, sino la experiencia de una joven que conoció los estertores del régimen del sah, los comienzos esperanzados de la política de Jomeini, la transformación en una dictadura teocrática, el autoexilio en Austria, el choque cultural europeo, el regreso a un Irán exhausto por la guerra contra Irak, y el abandono del propio país para regresar a Europa y poder expresarse con libertad.

               La vida de Marjane Satrapi fue breve pero intensa. Conoció el amor, pero también el éxito profesional. La película basada en su libro Persépolis, y que ella misma dirigió obtuvo numerosos premios y fue candidata al Óscar. Diseñó el tapiz oficial de los Juegos Olímpicos de París. Fue doctora honoris causa por las universidades de Lovaina y Buenos Aires. Y en 2024 recibió el premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades, su más alto reconocimiento internacional. Deja una obra que es un estímulo para los artistas del cómic, para los cineastas y los dibujantes, pero también para los que luchan por la igualdad de hombres y mujeres y por las libertades democráticas en los países del mundo afectados por el integrismo musulmán.

Morir de pena y tristeza

                Marjane Satrapi ha muerto en un momento en que su país había vuelto a las primeras páginas de los periódicos: el ataque de Trump a Irán y la batalla por el control del estrecho de Ormuz, paso obligado de los petroleros. Ha muerto en medio de un mundo dividido entre los que clamaban contra Trump y su imperialismo, y los que clamaban contra los ayatolás de Teherán y la violencia ejercida contra su propio pueblo. Un mundo dividido entre los que defendían el derecho internacional y los que defendían el derecho a ser libres en Irán. Las manifestaciones de signo distinto en varias ciudades europeas: unos en contra de la guerra emprendida por la administración estadounidense; otros en contra de la persistencia de la dictadura teocrática en la antigua Persia.

                Pero Marjane Satrapi, muy probablemente, ya no pensaba ni en unos ni en otros. En el fondo, a nadie le interesaban los derechos de las mujeres. Cada uno miraba para su propio interés y para su propia ideología. “El ser humano tiene que ir por delante de las ideologías”, había escrito Satrapi. La autora de Persépolis se fue hundiendo en la tristeza desde que en abril de 2025 había muerto el amor de su vida, su marido Carl Mattias Ripa, el sueco con eterno aire adolescente con el que había compartido su vida, y que le aportaba alegría y ligereza, a ella, que tenía alma y rostro de tragedia griega. Renunció a todos sus proyectos cuando supo que el cáncer había atacado para vencer cruelmente a Mattias Ripa. El pasado 4 de junio de 2026, su familia comunicaba que Marjane Satrapi “había muerto de pena y tristeza a los 56 años”. La mujer valiente que se había metido en mil batallas, que había luchado, desde el conocimiento de la realidad iraní, en contra de un régimen criminal que condenaba a todos, pero especialmente a las mujeres, a ser sombras andantes, cuerpos sin alma, dirigidos con mano de hierro por los enviados y los profetas de Allah, o más bien directamente por el Maligno. Marjane, arrastrada por la tristeza ha entrado finalmente en la nada. O tal vez se ha presentado de nuevo ante el amor de su vida. No sólo se muere de amor en la literatura o en las canciones melódicas. Dicen los expertos que el “síndrome de corazón roto”, técnicamente conocido como cardiomiopatía por estrés o cardiomiopatía Takotsubo, suele acaecer cuando el dolor intenso por el que se pasa tras la pérdida de un ser querido provoca una cardiomiopatía por estrés. La muerte de un ser querido, por ejemplo la pareja con la que hemos sido dichosos, es un acontecimiento traumático que puede llevar a la muerte, por un súbito desgaste del corazón. O puede arrastrar al suicido, por esa sensación de falta de sentido de la vida y un sufrimiento insoportable al constatar que se ha perdido todo lo que se poseía, y sentirse totalmente abandonado y sin horizonte.

Melena al viento y labios pintados

Su melena azabache larga y al viento y sus labios pintados de rojo pasión fueron su manera de presentarse ante el mundo. Una protesta silenciosa pero clara contra los que impusieron el velo para tapar el cabello y para tapar los labios de las mujeres, los labios que hablan y los labios que besan, con libertad y con pasión.

Carl Mattias Ripa y Marjane Satrapi

Portada de Persépolis
Una viñeta de Persépolis


Ruinas de los palacios de Persépolis

Tapiz de los Juegos Olímpicos de París



Entrega del Premio Princesa de Asturias





Funeral en París

Panteón de Marjane Satrapi y Carl Mattias Ripa










miércoles, 5 de agosto de 2026

Hic sunt leones, de Katerina Poladjian

 


            La frase latina “Hic sunt leones” (aquí hay leones) se utilizaba en los mapas de la Edad Media para indicar que se estaba adentrando en territorios inexplorados y peligrosos. Los leones hacían alusión a lo salvaje, desconocido y peligroso.

            Helene Mazaviàn, alemana de origen armenio y restauradora de libros, obtiene una beca de una institución alemana para trabajar durante un año en el Archivo Central de libros armenios en la ciudad de Ereván, y al mismo tiempo para aprender la técnica del cosido de libros, diferente a la empleada en los países occidentales.

            En sus manos depositan una Biblia para ser restaurada, una Biblia familiar y doméstica. Una de esas biblias que los padres pasaban a los hijos como la herencia más preciada y más preciosa. Y en las páginas de esa Biblia, sus lectores iban haciendo anotaciones a lapicero o colocando estampas, esquelas, invitaciones, hojas secas, cuentas, o lo que fuese.

            Helene, con el libro entre sus manos, tiene ante sí, no sólo una pequeña obra de arte sobre la que debe ejercer una técnica de restauración, sino también la historia de una familia, la historia de un pueblo y de un acontecimiento que marco a sangre y a fuego a los armenios: el genocidio de 1915 al que fueron sometidos por los turcos. Sólo entonces comprende que hay una distancia insalvable entre la profesional en restauración de libros antiguos y la mujer con raíces armenias, un eslabón más de ese pueblo antiguos que “Dios dibujó con mano cansada”.

            A la historia de la restauradora en Armenia, a sus relaciones con los otros restauradores, a su intimidad con Levon, un armenio alistado en el ejército y músico de jazz, a sus noches de copas en un club de música, se añade la historia trágica de un pueblo, personificada en los dos  hermanos Hran y Anahid, a los que su madre entregó esta Biblia, a la vez que les apremiaba a huir  lejos, para que ni ellos ni la Biblia cayeran en manos de los turcos. Los hermanos emprenden una huida desesperada sin más alforjas y más viático que esta pequeña Biblia.

            “Las biblias familiares armenias debían ser pequeñas para poder sujetarlas en cualquier momento bajo el brazo. Y es lo que hacía la gente. Algunos dejaban atrás a su propio hijo, antes que su Biblia. Siempre preparados para tiempos inciertos, siempre listos para huir. En las Biblias familiares la gente hallaba consuelo”. Una Biblia pasaba de padres a hijos, como si les suplicasen: “recordadnos”, porque “este pueblo siempre tuvo miedo de desaparecer”.

La actriz y escritora Katerine Poladjan nació en Moscú en 1971, de orígenes armenios. Creció en Roma y Viena y finalmente se instaló en Alemania. Hic sunt leones tiene mucho de autobiográfico y de su deseo conocer su pasado y los sentimientos y las tensiones entre los armenios que viven en el país y los armenios de una diáspora desperdigada por el mundo, a partir del genocidio.

En la Biblia que Helene Mazaviàn se dispone a restaurar y a coser, encuentra anotado este pensamiento sombrío y a la vez esperanzador: la fe inquebrantable de todo el pueblo armenio:

 "Este libro fue escrito en un tiempo amargo y maligno, pues por todas partes llega amargura, y la aflicción envuelve a nuestro atribulado pueblo, pues cada año caen diferentes castigos sobre él. Hambre, espada, cautiverio, muerte, terremotos, moho, langosta, gusanos, fiebre, ictericia, inundación, plagas que soy incapaz de describir. Todo ello ha caído sobre nosotros porque pecamos, de otro modo, Señor, no cabe comprenderlo, pero te damos las gracias, por esta vida, tenemos a Cristo como refugio de la esperanza y el abrigo”.

         Se dice que un libro no es del todo bueno, si no te lleva a la lectura de otro libro, Hic sunt leones es un aguijón para conocer mucho más sobre la terrible tragedia plaga del genocidio sufrido por los armenios. El lamento más amargo de los que huían, habiéndolo perdido todo era esta escueta expresión: “Ya no hay casa”. Y en este “ya no hay casa”, cabían incluidos los familiares muertos, los campos amados, los cantos cantados, las biblias leídas y releídas, la memoria colectiva y el sonido de la campana de la iglesia de la aldea.














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