lunes, 16 de febrero de 2026

Una propuesta de Desarme Mundial

        Dudo mucho que estos tiempos de hierro sean los mejores para dedicarse a la poesía. Pero dudo aún más aún que la situación mundial (pensemos en Ucrania, Gaza, Sudán, el discurso de Trump desde la Casa Blanca y los mandatarios de los países de la OTAN justificando y suplicando más presupuesto armamentístico) sea el momento más idóneo para lanzar una propuesta de Desarme Mundial. Y sin embargo mi última lectura lleva por título de “Una propuesta de Desarme Mundial”, y la firma Juan Manuel Molino Laguna, nacido en Pinos Puente, Granada, en 1951. 

            Sin embargo, mi admiración sigue intacta hacia los que piden, reclaman, exigen que soñemos a lo grande, porque a veces lo imposible de hoy, puede ser lo posible de mañana. Y la utopía de hoy puede ser la realidad cotidiana de mañana. Hace dos mil ochocientos años Isaías entrevió un día en que “de las espadas forjarían arados y de las lanzas, podaderas”. Ese día aún no ha llegado, pero ese sueño del profeta ha sostenido el corazón de tantos hasta ahora. Admiro al vendedor de banderas blancas en medio de la batalla, al padre que alza a su niño para que toque los cuernos de la luna, al que ofrece un vaso de agua al enemigo al que todos apalean.

            Podríamos decir que esta historia parte de lejos. Y que tiene dos inicios. Primer inicio. Cuando era un estudiante en el Colegio de los Pasionistas de Peñafiel, el autor recibió clases de declamación del poeta Moisés Garcés Cortijo. La profundidad humana de los versos y la sabiduría del autor son una primera semilla de humanismo pacífico, de entendimiento y de fraternidad. Este contacto con la poesía genera una profunda resonancia en su interior. Segundo inicio. En julio de 2014 Juan Manuel asistió al Festival de Canto y Danza en Tallin (Estonia). Miles de voces, músicos y danzantes hacen vibrar a todo un pueblo en un sentimiento indescriptible de armonía y hermandad. Esta energía musical colectiva genera de nuevo una profunda resonancia interior y provoca en el autor la idea de que un mundo en paz es posible. Y lo primero para lograrlo es el desarme, y un desarme a nivel mundial. A estas alturas no sabemos si son las guerras las que necesitan armas, ¿o son las armas las que necesitan y requieren guerras?

            En su juventud Juan Manuel Molino siguió estudios de filosofía, teología, geografía e historia y musicología. Finalmente orientó su vida profesional hacia la música, impartiendo clases de musicología e historia de la música en diversas academias y en institutos de Valladolid y Ceuta. Ya se sabe que la música hace girar los astros en una armonía perfecta que ha cautivado al hombre desde sus inicios. La música es armonía que invita a la armonía. Y la paz no es sino la abundancia de armonía en los corazones de lo hombres y de los pueblos y en el espíritu de las leyes.

            El libro Una propuesta de Desarme Mundial vio la luz en junio de 2025 y habla de todo esto. De la génesis de esta propuesta de desarme. De los acontecimientos culturales que se producen año tras años en algunas ciudades del mundo y que son como ‘muestras” y “espejos” que nos dicen que un desarme es posible, que una paz es posible, porque el entendimiento es posible, como lo demuestran las composiciones y las interpretaciones musicales en un ambiente de respeto y de valoración del otro. El autor habla mucho del Festival de Canto y Danza de Tallin (Estonia), pero también  del sonido y la música como terapias probadas, de las Comunidades de Damanhur que han surgido en diversos lugares del mundo, de los festivales de poesía celebrados en Granada (Nicaragua) o en Medellín (Colombia), del Festival de las Músicas Sagradas y des Festival de Cultura Sufí, ambos en la ciudad marroquí de Fez, y de tantas manifestaciones artísticas que intentan traducir en armonía y belleza ese anhelo inmarcesible del corazón humano: la paz.

            Estoy seguro que este libro será un altavoz más para esta  propuesta de Desarme Mundial. El libro cuenta este largo proceso. Pero contiene crónicas sobre los festivales que han inspirado las Propuesta. Entrevistas del autor a diversas personalidades. Entrevistas hechas al propio autor. Reseñas de periódicos. Recopilación de las mejores poesías de Moisés Garcés. Entradas biográficas de artistas y poetas. Notas explicativas de lugares y acontecimientos. Y un excelente guión dramático de la Historia de la Música. Y el libro acaba con una notable serie de fotografías que ilustra muy bien toda esta andadura pacifista. Los objetivos de esta propuesta de desarme son pocos y claros: que los países se comprometan a un desarme y a reducir las ingentes cantidades de dinero destinadas a armamento. Y que se dedique todo ese dinero a la salud y a la educación. Ade, la propuesta quiere apoyar a cuantos (iglesias, ongds, asociaciones, foros, instituciones, festivales, debates, medios de comunicación y hombres y mujeres de buena voluntad) apuestan por una cultura de la paz y del desarme. El autor cree que la música puede ser un nexo de unión y el vehículo más privilegiado entre todos los que trabajan por la paz, a tiempo y a destiempo, a veces con escasos recursos pero con una esperanza y una insistencia verdaderamente proféticas.

 Esta propuesta de Juan Manuel ha sido presentada en muchos escenarios y ha obtenido resonancia en muchas personalidades del mundo de la música, de las letras, en los alumnos de muchos colegios e institutos, en los foros de poesía, en las páginas de los medios de comunicación, en festivales, en conciertos como el de Plácido Domingo en el Bernabéu. Tal vez sea una mera coincidencia, pero no está de más decir que el 10 de octubre de 2025, día en que esta Propuesta de Desarme se presentó en la ciudad de Ceuta, ciudad puente, ciudad donde conviven, con sus lógicas dificultades, etnias religiones, lenguas diferentes, se firmaba la paz entre Israel y Hamás. Sabemos que es una paz frágil, débil, tambaleante. Pero la más imperfecta de las paces es preferible a la más perfecta de las guerras. Preparémonos para una cruzada –escribió Moisés Garcés- en la que las liras venzan a los cañones… porque la paz solo puede escribirse con amor” O como tanto había deseado Giovanni Papini “que los cantos de los poetas sean el gozo de los afligidos y la voz de los que no pueden expresarse”

            El poeta Moisés Garcés murió en 1972. Unos años después, su viuda, Ana Silva Aramendi, decidió entregar todo el legado poético a Juan Manuel Molino Laguna, para que lo diera a conocer y lo difundiese. Y este legado ha inspirado esta propuesta de Desarme Mundial. Sobre todo, un poema único, porque es bello y porque es necesario. Este poema ha inspirado la vida de José Manuel Molino Laguna y ha inspirado su Propuesta de Desarme Mundial. Este poema lleva por título Imprecación a la paz:

“Desde el taller, desde la fábrica / desde mi libro y mi oficina / desde mi escuela abandonada… yo te pido la paz”

“Desde Hiroshima y Nagasaki / aun no lavados todavía / del gran pecado de los siglos … / Desde la mesa que presiden / los vencedores y agiotistas / de la palabra y la soberbia”

“Que cese la carrera de la muerte / y todas las conciencias estén limpias / y la palabra hermano sea un símbolo / y las hambres no existan / y el odio tampoco…

“Que enarbole justicia su bandera / y en compañía de amor, blancos y negros, / comamos y bebamos en el mismo banquete / de la paz… ¡mi Señor!”.

        Hasta que la guerra sea un negocio muy lucrativo para las empresas de armamento, necesitaremos recorrer un largo camino empedrado de dificultades. Hasta que los más violentos sigan ocupando el poder en los Palacios donde los destinos del mundo se administran, nos espera una larga carrera de fondo y de obstáculos. La paz es cosa de valientes. No sólo de soñadores, no solo de idealistas. No sólo de utópicos. Nada se pierde con la paz, pero todo se pierde en tiempo de guerra. 

        Mientras tanto el aliento de los poetas nos acompañará como un viático de pan y agua en el ardiente camino:

    "... Yo te pido la paz... / Señor, que es demasiado tanta guerra / y tanto dolor en mis hermanos / y tantas fatuas mil conquistas / para ir desnudos a tu reino".







     



domingo, 15 de febrero de 2026

Las lealtades, de Delphine de Vigan


    De vez en cuando los periódicos hablan de niños o adolescentes ingresados en un hospital con un coma etilíco.  Los padres, los profesores y la sociedad se preguntan cómo hemos llegado a esto. De vez en cuando los psicólogos y pedagogos escriben que las separaciones de los padres están dejando a la intemperie a una generación de niños que no entienden ni comprenden ese ir de casa en casa, como maletas a la deriva. De vez en cuando, alguien, lleno de horror, descubre que la persona con la que convive nada tiene que ver con el que surfea por la red donde da rienda suelta a sus psicopatías. Muy a menudo ni los padres quieren ver, ni los profesores quieren ver. Ni nadie quiere ver, aunque todos intuyan anomalías y se extrañen ante comportamientos poco explicables. Y todos, todos, arrastramos heridas, heridas de cicatrices insospechadas o escondidas con multitud de ropajes y complementos. 

    Sobre estas premisas, Delphine de Vigan (1966, Francia) escribió su novela Las lealtades. Leí hace algún tiempo Nada se opone a la noche. La próxima será Las gratitudes. 

    

viernes, 13 de febrero de 2026

Vida y destino, de Vasili Grossman

 

Clasificada como una de las grandes novelas de la literatura del siglo XX, Vida y destino asusta un poco por dos motivos: las más de mil cien páginas de extensión y la interminable lista de protagonistas. La novela llevaba bastante tiempo en la ‘sala de espera’, pero no me decidía a dar el salto. Un amigo se decidió por mí y me la puso en mis manos.

Vasili Grossman murió en 1960 sin ver publicada su novela. Cuando la presentó al equipo censor para su publicación, le contestaron que ese manuscrito nunca vería la luz o que, como mínimo, dentro de doscientos años. Su casa fue registrada. La policía se llevó el manuscrito, los escritos preparatorios, y hasta la cinta de la máquina de escribir. Grossman empezó a engrosar la larga lista de autores prohibidos y condenados al ostracismo. Años después, algunos disidentes soviéticos, entre ellos el científico Sajarov, lograron microfilmar una copia escondida en casa de una amiga de Vasili, y así la sacaron de la Unión Soviética. Fue publicada en Suiza en 1980. En 1988, ya en tiempos de Gorbachov y de la Perestroika, los soviéticos pudieron leer esta novela.

Grossman había nacido en Ucrania en 1905, y fue un ferviente periodista y escritor comunista, también un convencido antifascista. Como periodista pasó más de mil días en diferentes frentes durante la Segunda Guerra Mundial, en especial en la batalla de Stalingrado, la más famosa y encarnizada de la Segunda Guerra Mundial, entre las tropas de la Unión Soviética y Alemania. Esta batalla, la más decisiva de toda la guerra, es el marco de la novela Vida y destino. Grossman pudo conocer de cerca los campos de concentración de los alemanes, pero también los campos de concentración soviéticos. Pudo ver con sus propios ojos la crueldad de los dos ejércitos. Y ahí empezó su desencanto comunista. Cuando se narra lo que se ve, las ideologías caen y sólo queda el horror de las víctimas. Y la obligación de guardar su memoria.

Vida y destino habla de todo ello, sin paños calientes, sin exculpaciones, sin acusaciones infundadas. No es una novela bélica. Es una novela sobre el corazón de tantos hombres y mujeres en la guerra, sean del bando que sean. La batalla de la ciudad de Stalingrado (1941-1943), actualmente Volgogrado, pone el marco en el que vive la familia Shásposhnikov. Toda la familia se ve implicada en la guerra, pero cada uno lo hace a su manera y cada cual libra su propia guerra en casa, en la escasez, en el frío, en la cárcel, en el frente, en la tortura, en la delación, en el enamoramiento prohibido, en el idealismo, en la frustración, en la muerte, en la culpa y el remordimiento, en el miedo a caer en desgracia, en la doblez y en la mentira.

Y alrededor de la familia, a la que la guerra desperdiga por varias ciudades, está la realidad del cerco de Stalingrado, los puestos de combate, los colegas científicos e intelectuales, los prisioneros del campo de concentración alemán, o del campo de trabajo ruso, o de los condenados que se encaminan sin saberlo a la cámara de gas, o luchan contra la tortura en Lubianka, o los que trabajan en la central eléctrica de Stalingrado, o los miembros de un escuadrón aéreo de cazas o de un cuerpo de tanques, los oficiales del ejército Soviético con Yeremenko a la cabeza y del Ejército Alemán con Paulus como comandante en jefe, o los soldados de la Casa 6/I que intentan frenar desesperadamente el avance alemán. Novela coral compuesta por decenas de protagonistas, con varios escenarios, con varios puntos de vista. Todos personajes construidos con tanto verismo que sólo una pluma magistral puede conseguir. Grossman da voz y vida y credibilidad a unos y a otros, para que el lector a lo largo de las mil cien páginas pueda tejer el maravilloso tapiz de Vida y destino. Cada uno vive una vida y tiene un destino. Y sin embargo, hay héroes humanos que aceptan su vida, pero esquivan como pueden el destino al que la Historia les predestinaba.

Desde mi punto de vista, no es el cerco de Stalingrado lo importante de la novela, ni siquiera las vidas apasionadas, mínimas, brillantes, sinuosas, llenas de doblez o bondad, de mezquindad o de altruismo de los muchos protagonistas. Lo que cuenta, el mensaje de Vida y destino es la impiedad del poder, la brutalidad de las ideologías, tanto la del nazismo como la del comunismo. El ser humano, aprisionado por la ferocidad de las ideologías es sólo un ser lleno de miedo, aterrorizado por el poder impúdico del Estado, una marioneta en medio de los vientos huracanados de la Historia, cuyas banderas soviética y alemana causaron increíbles sufrimientos pero también, aunque cueste creerlo, incomprensibles adhesiones y aplausos.

Una sensación de frío recorre toda la novela. No es solo el frío siberiano de la nieve y el hielo. Es el frío que sienten los hombres inocentes en los campos de concentración, el que sienten las familias en sus paupérrimas viviendas, el que sienten los caídos en desgracia cuando son llamados a declarar delante del Partido, el frio de la vida sin libertad, sin alegría, con la desconfianza instalada en las entrañas y el miedo agarrotando los músculos. El bien había dejado de ser el bien para los ciudadanos, para los habitantes de un país. Era el bien del Partido, el bien del líder, Hitler o Stalin, el bien del Comité, el  bien de la Patria. En nombre del bien de los proletarios se cometían las mayores atrocidades. En nombre del bien de la raza aria, todo estaba permitido. “En nombre de una idea abstracta de la humanidad, se sacrificó sin piedad al individuo”.

La derrota alemana en Stalingrado significó la derrota del nazismo. Hitler sacrificó a miles y miles de sus hombres en esa batalla. Otros miles y miles se convirtieron en prisioneros en Rusia durante años. Paulus, el comandante del ejército alemán en Rusia, había solicitado el permiso para una retirada, cuando aún había una salida para hacerlo. Pero ‘rendirse’ no entraba en el vocabulario de Tercer Reich. Stalin demostó al mundo que Hitler no era invencible. Pero, cuando Alemania fue derrotada, Stalin convirtió regiones y naciones enteras en campos de concentración. El comunismo fue otro nazismo durante épocas. Mismos métodos. Mismos objetivos. Mismos partidos. “Estos crímenes sin precedentes, nunca antes vistos en la Tierra ni en el Universo, fueron cometidos en nombre del bien”, como se lee en la novela.

En un momento de la novela, Shtrum, un científico, dice a su colega Chepizhin: “Antes todo me parecía sencillo y claro, pero nosotros hemos tenido el año 1937 y la colectivización forzosa con la deportación de millones de pobres campesinos, el hambre, el canibalismo… Antes todo me parecía sencillo y claro. Pero después de aquellas terribles pérdidas y desgracias, todo se ha vuelto complejo y confuso. El hombre mirará de arriba abajo a Dios, pero ¿acaso no mirará de arriba abajo también al Diablo, no lo superará también a él? Dígame, este hombre del futuro ¿superará en su bondad a Cristo? ¡Eso es lo más importante! ¿No transformará este hombre el mundo entero en un campo de concentración?”

En contra de las ordenanzas de los poderosos, hay gente que seguirá obedeciendo la sagrada conciencia personal. A pesar del terror del Estado y de las consecuencias dramáticas de la desobediencia, a pesar de la tortura, siempre habrá personas dispuestas a salvar su conciencia y a reconocer en el enemigo a un ser humanos. Por eso en el capítulo 16, en las inolvidables páginas escritas por un presidiario en el campo de concentración alemán, Ikónnikon, al que sus compañeros llaman yuródivi, loco santo, podemos leer: “Además de ese bien grande y amenazador del Estado, existe la bondad cotidiana de los hombres. Es la bondad de una viejecita que lleva un mendrugo de pan a un prisionero, la bondad del soldado que da a beber de su cantimplora al enemigo herido, la bondad del campesino que oculta en el pajar a un viejo judío, la bondad del guardia de una prisión que, poniendo en peligro su propia libertad, entrega las cartas de los prisioneros a sus madres y mujeres…”

 Vasili Grossman no logró ver publicada su novela. Una de las grandes novelas del siglo XX tuvo que esperar muchos años escondida en un cuartucho. Y algunos disidentes soviéticos arriesgaron mucho para salvarla y darla a conocer. El ‘bien’ del Estado no suele coincidir con la bondad, sino con todo lo contrario. Hoy en día, cualquier lector puede leer tranquilamente esta novela en su cuarto de estar, pero conviene no olvidar que muchas páginas fueron escritas pagando un alto precio por ello. Fue Vasili Grossman en persona el que vio demasiadas cosas en el cerco de Stalingrado. Se atrevió a contar la verdad y a mantener la memoria de las vidas de tantas víctimas de uno y otro lado. Y lo hizo con una belleza que aún sobrecoge. Y también con una profundidad que estremece, porque el lector, cada lector, se ve reflejado en los comportamientos compasivos, serviles, mezquinos, bondadosos, crueles, entregados, resignados, heroicos de tantos de sus personajes.




















jueves, 12 de febrero de 2026

David Broncano y Mariano Barbacid

     


    No sé si por la coincidencia en el tiempo o en la cantidad de millones, pero en las redes sociales han corrido, de forma paralela y comparativa dos noticias. Por un lado, el científicio Mariano Barbacid declaraba en una entrevista que necesitaba treinta millones de euros para continuar su investigación contra el cáncer de páncreas. Por otro lado, la noticia de que Televisión Española firmaba un contrato de 30 millones de euros con el presentador David Broncano, para las dos próximas temporadas del programa de La revuelta. No sé si una cosa tiene que ver con la otra. Y no sé si se puede comparar una cosa con la otra.

      Sólo un día he visto La revuelta, porque me interesaba la entrevista que había realizado al excéntrico escritor Fernando Arrabal en su apartamento de París. Sé de las pasiones, a favor y en contra, que levanta el Broncano. Y me imagino que muchas veces son pasiones ideológicas. 

    Tampoco soy un expero en el trabajo de Barbacid, pero todo parece indicar que se trata de un bioquímico muy valorado. Y parece ser que su estudio sobre el cáncer de páncreas ha sido aplicado sobre ratones con notable éxito. 

    Lo que sí puedo asegurar es que siempre me ha parecido escandaloso lo que cobran algunos artistas y algunos deportistas, sobre todo si los comparamos con los sueldos de miseria de algunos científicos que se pasan la vida enterna, quemándose los ojos en el laboratoios por alcanzar una vacuna o una medicina que pueda salvar vidas. 

         Sin duda, en España el desprecio y la ignorancia de los científicos es notable. Y sin embargo, el club de fans de los presentadores de televisión es ingente y numeroso. El problema no es sólo de que una televisión pública (directamente dependiente del señor de la Moncloa) se gaste tanto en sus presentadores estrella. El problema es también de una sociedad cada vez más zafia y vulgar que disfruta de lo lindo con las ocurrencias e impertinencias del presentador y cómico del momento.

 

jueves, 5 de febrero de 2026

Claudio Rodríguez: justicia poética con Cáritas

 


Enero 2026. Firma entre Cáritas y el Seminario Permanente Claudio Rodríguez

    Hace tres años se descubrió un testamento del poeta Claudio Rodríguez y de su mujer, Clara Miranda, en el que manifestaban que era su voluntad que los derechos de autor de su legado poético fuesen a parar a una entidad benéfica.
        Ahora, la familia y el albacea han estimado oportuno que sea Cáritas de Zamora la beneficiaria de esos derechos de autor y, en general, de la explotación económica del legado del poeta. Es una decisión poco habitual. Normalmente es la familia la que explota esos derechos, en beneficio propio. Pero aquí, ha habido mucha generosidad y, yo diría, que mucha decencia.
        Cáritas es el corazón de la Iglesia Católica. Cuando en España uno pasa necesidad, no llama a la puerta de los partidos políticos, los sindicatos, los periódicos o los voceros habituales, sino a la puerta de Cáritas. Los pobres saben que en la sede de Cáritas no les van a preguntar si están o no bautizados, si pisan o no por la iglesia, si creen o no en Dios. Solo les preguntarán qué necesitan.
        Probablemente muchos de los pobres o necesitados que sean atendidos gracias a los derechos de autor del poeta zamorano, no hayan leído nunca un verso suyo. No importa y está bien que así sea. Lo que sí podemos afirmar es que con este testamento se cumple una justicia poética, valga la expresión. Porque el pan, el calor del hogar y la escucha respetuosa son siempre los versos más hermosos. 


Claudio Rodríguez en su biblioteca

Claudio Rodríguez y Clara Miranda

Adiós
Cualquier cosa valiera por mi vida
esta tarde. Cualquier cosa pequeña
si alguna hay. Martirio me es el ruido
sereno, sin escrúpulos, sin vuelta
de tu zapato bajo. ¿Qué victorias
busca el que ama? ¿Por qué son tan derechas
estas calles? Ni miro atrás ni puedo
perderte ya de vista. Esta es la tierra
del escarmiento: hasta los amigos
dan mala información. Mi boca besa
lo que muere, y lo acepta. Y la piel misma
del labio es la del viento. Adiós. Es útil
norma este suceso, dicen. Queda
tú con las cosas nuestras, tú, que puedes,

                                        que yo me iré donde la noche quiera.

El llanto en los ojos y la bandera en el pecho

     


    Una mañana ventosa y desapacible despidió a la princesa Irene de Grecia en el cementerio de Tatoi. Sofía, Reina de España, y también princesa de Grecia y de Dinamarca, llora desconsolada a su hermana. Su luto privado se desborda y se convierte en luto público. Después de acompañar a su hermana en la devastadora enfermedad cognitiva  durante días y meses en el Palacio de la Zarzuela, ahora le dice adiós en el cementerio donde reposan varios miembros de la Familia Real Helena. Cuando los popes con sus voces graves terminan el responso en la capilla del cementerio, le entregan a Sofía la bandera griega que ha cubierto el féretro de la hermana desaparecida. Sofía abraza contra su pecho la insignia nacional de su país de origen, como se abraza a un niño o a un enfermo. ¿Recordaría entonces su infancia y juventud griegas al lado de sus padres y hermanos? A medida que cumplimos años, los recuerdos de la infancia ocupan más espacio y se presentan más vívidos y luminosos, más claros. Y los leemos a la luz de la experiencia acumulada, de las lágrimas vertidas y de los gozos que se esfumaron. La soledad ocupa más espacio en todas las personas mayores, reyes o plebeyos, ricos o pobres. Llega un momento en que son más los seres queridos que duermen la paz de los justos en los cementerios que los que llenan las habitaciones de la casa familiar. Con los hermanos, además se comparten recuerdos de infancia y juventud, de un mundo y de un momento histórico común, cosa que no sucede ni con los padres ni con los hijos. Unos y otros son de generaciones diferentes. Si además, la hermana ha sido compañera de vida, confidente, consejera y paño de lágrimas, se entiende esa tristeza. La Reina Sofía que raramente se sale del guión protocolario, en esta jornada aciaga de Tatoi dio rienda suelta a su dolor y su pena. El amor siempre duele.




El himno del Atleti en la misa de Begoña

 


Releo una nota de un viejo periódico. En abril de 2025, el obispo Joseba Segura de Bilbao se desplazó hasta Sevilla para animar al Atletic en la final de la Copa del Rey. Fue uno de los muchos seguidores que no pudieron acceder al estadio, por falta de entradas disponibles. Una vez conseguida la victoria, el obispo felicitó a los leones con un vídeo, grabado a pie de calle, con una voz ronca y muchísima alegría. El vídeo fu difundido por el obispado de la diócesis vasca. Las campanas de la Basílica de Begoña también se unieron a la alegría del Club Atletic.

Cuando sonó la marcha real a la llegada del Rey al estadio, muchos seguidores silbaron el himno. Una descortesía y una falta de respeto ya habituales en este tipo de eventos. Algo que probablemente no pasa en ningún estadio del mundo. Me llama la atención que en uno de los vídeos de la basílica de Begoña se explica que el carillón de la torre toca el himno del Atletic en la visita anual del equipo a la Patrona. Y que también durante la misa, en el momento del ofertorio, suena también el himno. ¡Caramba! ¡Qué españolista y católico-nacional parece el himno español cuando suena en un estadio, en una eucaristía o en una procesión! ¡Y que emocionante y delicado y religioso suena el himno del Atletic en la misa de Begoña! ¡Caramba!



sábado, 31 de enero de 2026

Pilar Cuesta: el discurso de una Chief Happiness Officer


     En la oficina pasamos muchas horas. Hay un mínimo que es y debería ser exigible: el compañerismo. Esa actitud que está hecha de cortesía, respeto, colaboración, trabajo en equipo, y eso que denominamos "hoy por ti, mañana por mí". Cuando no se llega a ese mínimo, el trabajo se hace cuesta arriba, la penosidad aflora, se corta la espontaneidad y el resultado es un montón de islas flotando a la deriva en el ancho océano de siete y media de la mañana a tres de la tarde.

    Pero a veces sucede que la gente va más allá del mero civismo, y los compañeros de trabajo se esfuerzan en ponerlo fácil, en no chismorrear, en echar una mano antes de que se solicite, en enseñar todo lo que uno sabe, en crear un ambiente de naturalidad donde nadie se sienta juzgado por su forma de ser, de trabajar, de vestir o de hablar. Esa atmósfera es posible porque hay personas que, con su bondad o su sabiduría, mejoran el territorio del trabajo.  

    La despedida de Pilar Cuesta Cosías, el pasado 28 de enero de 2026, se convirtió en un recordatorio de todo esto: la Administración funciona o no funciona dependiendo de la calidad humana de los que en ella trabajan: 

    "He estado en esta oficina casi veintidós años. Y cuando digo que para mí ha sido mi casa, no lo digo por las paredes ni por los pasillos. Lo digo porque aquí he estado a gusto: por el buen ambiente, por ese sentimiento de pertenecer, por haberme sentido valorada y, sobre todo, por la tranquilidad íntima de saber que mi trabajo era útil".

     Algunas empresas, sobre todo en el sector de las tecnológicas, se han dado cuenta de que, en lo que que se refiere a productividad, resolución de conflictos y creatividad laboral, funciona mejor la sonrisa que el látigo, mejor la empatía que la cara avinagrada, mejor la invitación que la orden tajante. Surge así el Jefe de la Felicidad (en inglés CHO, Chief Happyness Officer), una figura laboral que, por su carácter y su competencia profesional, es capaz de disolver tensiones, estimular al equipo, animar y cuidar a las personas.

  "Si me hubieran dejado inventar un cargo —con una sonrisa y sin grandilocuencias— os confieso que a mí me habría gustado ser una buena CHO, la “jefa de la felicidad”. No como título, sino como intención: cuidar el clima, aliviar tensiones, poner un poco de luz en lo cotidiano y recordar que aquí, antes que expedientes y plazos, hay personas".

    A esto hizo referencia en su discurso de agradecimiento nuestra compañera y amiga entrañable Pilar Cuesta Cosías, durante la comida-homenaje por su jubilación, en el restaurante Matamales de la ciudad de Valladolid. El discurso en cuestión vino a subrayar uno de los secretos de ese 'espíritu otetero', al que yo también pertenecí durante varios años.

    "He sido secretaria técnica, sí. Pero, si lo pienso con cariño, mi oficio —como algunos me habéis hecho ver— ha sido el de facilitar: allanar el camino para que el trabajo de los demás saliera adelante y para que, dentro de lo posible, la vida no se quedara fuera de la oficina. Siempre he pensado que lo principal es el personal, que una administración no funciona solo por los procedimientos, sino por las personas. Por eso he cuidado tanto el ambiente, la conciliación, la flexibilidad, el trato: porque cuando la gente está a gusto, todo lo demás funciona mejor.

    En el discurso de Pilar hay palabras que se repiten: personas, corazón, luz, aprendizaje, humanidad, convivencia, compañía, cuidado, amistad, confianza, respaldo, bienestar, amigos, y sobre todo gratitud...

    "Agradezco a todos, sin excepción, porque casi todo el colectivo habéis sido de una entrega ejemplar: siempre dispuestos a colaborar, a cubrir donde hiciera falta, a enseñar a los nuevos y con buena cara. Eso también construye oficina. Eso también construye casa"

    Mientras Pilar leía sus cuartillas se me vino a la cabeza un verso de la canción Viva la gente. Los educadores de mi internado querían que lo aprendiésemos de memoria y lo grabásemos en nuestras molleras infantiles. Cuando cantábamos esa frase de la canción duplicábamos el tono y la energía para subrayar la importancia: "Las cosas son importantes / pero la gente lo es más", mientras balanceábamos cuerpo y brazos, como era habitual en la época.

    Pilar ha pasado media vida laboral en la Oficina Territorial de Trabajo, marcando un estilo ("el estilo es el hombre"), toda una época, especialmente en los durísimos tiempos del Covid, como ella misma nos recordó:

    "Si tuviera que quedarme con un capítulo que nos cambió a todos, hablaría de la pandemia. El Covid supuso muchísimo trabajo: éramos servicios esenciales y todo se volvió enorme y urgente. Pero ocurrió algo que yo no olvido: nos unimos más. Nos organizamos, nos cubrimos, nos cuidamos. Fue duro, sí, pero también enriquecedor, porque me confirmó que cuando un equipo se reconoce, puede con lo imposible".

         Aquella chica rubia, con su melena Bardot o su melena escarolada, según días de sol o de lluvia, que llegó a la OTT hace 22 años, acaba de jubilarse. Las celebraciones de despedida son una especie de termómetro que mide el 'calor humano" que el homenajeado ha sabido crear a su alrededor. En la larga mesa de 36 cubiertos nos juntamos compañeros de varias hornadas, de escasos o múltiples trienios, jubilados novatos o experimentados, servidores públicos adscritos en este momento a la OTT, y también muchos 'ex alumnos' de la Calle Santuario, nº 6. Cada uno tenía un motivo y una razón para estar en esa mesa y  sobremesa. Y también tenía un gracias en el bolsillo de su corazón que, verbalizado o no, era el motivo principal para arropar a Pilar, vestida para la ocasión de verde esperanza o verde futuro, yo no los distingo. Pilar supo crear buen ambiente, facilitar muchas gestiones, servirse del cargo de secrearia técnica para prestar un servicio que facilitase un poco esas horas, semanas y años de trabajo.

  "Hoy cierro una etapa con una mezcla de sentimientos. Estoy feliz, porque por fin voy a poder entregarme a otras partes de mi vida. Y estoy triste, porque despedirse no es un trámite: es un duelo". 

    Las palabras acarician como lo hacen las yemas de los dedos. Las palabras abrazan con la misma intensidad que un fuerte abrazo con palmadita final. Las palabras sanan y curan, como lo hacen las medicinas. Gracias, Pilar, por tus palabras de despedida, no sólo porque fueron hermosas, que también, sino porque te fotografíaron y te reflejaron. Nos fotografiaron y nos reflejaron. La celebración del pasado 28 de enero fue, además de un homenaje y una celebración de despedida, también una reivindicación de la bondad, esa bondad que  mejora y nos mejora.   

          Por todo ello, una súplica a todos los que nos hallamos presentes en el homenaje: no echemos en saco rato el último consejo que Pilar nos regaló en su discurso: 

    "Solo me queda pediros una cosa, como despedida: que os cuidéis, que os tratéis bien y que sigáis eligiendo trabajar en equipo. Que no perdáis esa forma de estar que hace que una oficina pueda sentirse como casa: buen ambiente, pertenencia, reconocimiento, utilidad.

    A Pilar le esperan muchas cosas buenas, porque mantiene intacta la ilusión de una universitaria de Hispánicas por cada mañana, por cada día siguiente. Le esperan los cafés con los compañeros, los muchos abrazos aún por repartir a los amigos, las flores y las macetas en Sahagún, las sentadas en el ordenador para seguir aprendiendo con la IA, sus complicidades y 'cameos' en las recetas que elabora su hijo, Alberto, cocinero e influencer (para mí la fotografía más hermosa de Pilar es la que aparece en su perfil al lado de su niño del alma), sus libros y sus audiolibros, sus cuadernos de dibujos de acuarela y apuntes, sus tablas de gimnasia, su afición a los viajes y, de vez en cuando, unos minutos, micrófono en mano, en una velada de karaoke.

    Gracias, Pilar, por tu presencia en la vida cotidiana de la OTT, por tu atención a las personas, que son siempre el expediente más difícil, pero también el más satisfactorio. Después de la celebración de despedida, volvimos a casa con un montón de imágenes: reencuentros, abrazos, brindis, fotos de grupo, ricas viandas, gintonic en la mano, conversaciones, bromas, alguna tomadura de pelo, puestas al día y un montón de buenos deseos de amistad... Y también con un puñadito de caramelos de violeta, con dedicatoria de puño y letra: "Gracias por hacer el día a día más amable y más bonito". Esos caramelos de esencia de violeta de la Plaza Canalejas de Madrid, que han conquistado a reinas y amantes de reyes, a chulapos y forasteros, y también a funcionarios de la OTT rendidos a la amistad.

    "Como aves precursoras de primavera / En Madrid aparecen las violeteras / Que pregonando parecen golondrinas / Que van piando, que van piando".

       Y acabo con las últimas palabras del discurso de nuestra Chief Happiness Officer. Gracias, Pilar, por tanto. Y de parte de tantos, los mejores deseos de salud y felicidad: 

    "Gracias de corazón por estos años, por el cariño y por la compañía. Ha sido un privilegio. Y, aunque hoy me despida de mi vida laboral, no me despido de vosotros. Muchas gracias a todos y hasta siempre".
























lunes, 26 de enero de 2026

El Camino que me hirió para siempre


Una cosa lleva a otra
          El pasado mes de enero murió un hombre que formaba parte del paisaje humano del Camino de Santiago,  Tomás Martínez de Paz, simplemente Tomás de Manjarín, el último templario -o el primero de una nueva saga- como también se le conocía. Ya era todo un personaje cuando hice mi primer camino en el 2000 y ningún peregrino se resistía a pasar por su cabaña, hablar con él o sacarse una fotografía a su lado. En mi camino de 2018, crucé por Majarín en una mañana de lluvia y nieve. Y me acerqué también a saludarlo. Se mantenía fiel a su estilo y a su vestimenta medieval de templario. Me invitó a acercarme al fuego que ardía en un bidón y me ofreció un café de puchero, fuerte y amargo como la mañana. Pero mis manos entraron en calor y ese fuego vivaz lo he recordado muchas veces. El Camino está -o estuvo- formado por un puñado de hombres hospitaleros que lo sostuvieron con su presencia en los años en que apenas unos cuantos locos se atrevían a cruzarlo. Luego las instituciones públicas y el turismo se adueñaron y se apropiaron del Camino. Y el Camino se llenó de turigrinos, más turistas que peregrinos, en busca de magia, senderismo, exoterismo, snobismo, sibaritismo y otros ismos. No digo que ya no queden peregrinos de camino interior, búsqueda de los adentros, pero se lo ponen difícil verdaderamente.

Un Camino para toda la vida
    Pero quien un día hizo el Camino, lo hizo para toda la vida y para siempre. Yo así lo he sentido. He dicho en más de una ocasión que el Camino ha sido uno de los tres viajes más importantes de mi vida. Me lo he pasado bien en otros destinos. He disfrutado de otros lugares, pero no han modificado en nada mi arquitectura. El Camino de Santiago me hirió. Y la herida, como bien supo Ignacio de Loyola, es siempre una bendición, cuando se la mira con ternura y misericordia.

    Las plantas tienen raíces, pero los hombres tienen piernas, decía Ryszard Kapuscinski, el escritor de viajes más lúcido del siglo XX. Con las piernas los hombres caminan, marchan, corren, deambulan. Con ellas peregrinan. Una de las características esenciales del ser humano es su condición de homo viator, hombre en camino. Hombre en camino por tierras y senderos, por calles y por montes, por puentes y ciudades. Pero también hombre en camino por sus adentros, sus pensares y sus sentires. Caminar en soledad es un empujón para conocerte y descubrirte, normalmente con bastante dolor, porque lo que uno ve, allá en el interior,no es precisamente un paisaje idílico.

        Los peregrinos con los que fui formando grupo a lo largo del Camino de 2000, Carlos, Javier, Mayte, Silvano, Sumiko, Carmen… andábamos nerviosos aquella mañana del 29 de junio.
        La tarde anterior habíamos llegado al Monte del Gozo, ese lugar del mundo desde, donde hace más de un milenio, los peregrinos cansados divisan por primera vez las torres de la catedral de Compostela, meta de su luenga peregrinación.
        Era una mañana de gozo, por tanto, pero también de balance y de examen, ¿también de vacío? Un mes antes habíamos recibido en la colegiata de Roncesvalles la Bendición de los Peregrinos y nos habíamos echado a andar con nuestras botas nuevas, nuestro bordón, nuestra mochila y un montón de ilusiones y miedos en el corazón.
        Éramos otros. Al menos, yo era otro. Había diferencia entre el que había partido de Roncesvalles y el que llegaba a Compostela. Hay viajes que suceden y que pasan sin pena ni gloria. No dejan en nosotros nada más que cuatro fotografías. Otros viajes te vapulean y te hieren, te iluminan y te ponen en crisis.
        Hace 26 años el Camino no tenía la masificación que luego alcanzaría años después y prácticamente sólo había un albergue por localidad, por lo que, tarde tras tarde, coincidíamos los mismos peregrinos. Bastaba un encuentro, para poner rostro, nombre y nacionalidad a los peregrinos.
            El Camino para mí fue el descubrimiento de la naturaleza (tal vez sería mejor decir de la Creación) y la constatación de que los encuentros, con uno mismo, con Dios, con los demás, constituyen la verdadera peregrinación.

1. La naturaleza: don y casa

      Paso a paso, la naturaleza iba entrando en mí. Robles, encinas, prados, sembrados, colinas y roquedos, valles y llanuras, fuentes, ríos, bosques y barbechos, amapolas y trigales, espliego y arbustos, lluvias y soles, fríos y nieblas. La naturaleza me ofrecía continuas dosis de belleza que descansaban no poco los pies, que avanzaban por sendas y caminos, y los hombros aplastados por el peso de la mochila.
        La naturaleza como don y como casa. Y también como una responsabilidad. Desde que la mañana alboreaba hasta que el día llegaba a su ocaso, la naturaleza me ofrecía espléndidos amaneceres y atardeceres, el calor ardiente del sol a mediodía, el relente de la mañana, la lluvia del cielo y el barro del suelo. La naturaleza, en su magnificiencia y diversidad, se ofrecía como un don, como un regalo, sin pedir nada a cambio. Justo era que en compesación, yo le ofreciese mi estupor, pasmo, maravilla, admiración y contemplación. Pero tanta belleza gratuita es una llamada a la responsabilidad. Cuidar, respetar, para que otros peregrinos puedan seguir admirando y disfrutando. La Creación es una responsabilidad para que el día de mañana aún haya futuro y otros pies puedan atestiguarlo y otros ojos dejen constancia de ella. Y la naturaleza es también casa para el peregrino. El paisaje es la cabaña y el palacio del peregrino que recorre legua tras legua hacia una meta más grande que él mismo. El firmamento es techo y las arboledas y las colinas son paredes. Saberse a la intemperie puede ser, para el peregrino, una manera de sentirse en casa.

2. Encuentro con uno mismo
        El cansancio te iba haciendo humilde. La hospitalidad te iba haciendo agradecido. Lejos del bullicio del trabajo y la ciudad, el Camino te proporcionaba un silencio magno y muchas horas diarias que forzosamente te hacían volver la mirada a tu interior. Las primeras preguntas fueron brotando: ¿Quién soy, qué hago aquí, qué busco, a quién amo, qué me da paz y que me provoca miedo? ¿Tiene sentido mi vida? ¿Para quién soy consuelo y reposo? ¿Para quién soy carga y pesar? Las preguntas suelen ser dolorosas. Y con las respuestas, llegó más dolor y más crisis. También más humildad y más gratitud. Más luz y más serenidad.

3. Encuentro con Dios.
    Dios está en esos 800 kilómetros que separan Roncesvalles de Santiago. Está en el corazón de los millones de peregrinos que desde hace un milenio ha palpitado por los mismos motivos y por el mismo Camino: hacer una peregrinación a ese ‘finis terrae’ donde están los restos del Señor Santiago. Dios está en cada una de las bellezas que los hombres construyeron para honrar a Dios: catedrales, ermitas, monasterios. Dios está en los sencillos o monumentales puentes que cruzan ríos y arroyos. Dios está en la pregunta, el encuentro y el abrazo. Dios está en el vaso de agua ofrecido, en el umbral de una casa, en la comida compartida, en la palabra sensata pronunciada, en una iglesita de pueblo. Dios está en cada bendición recibida y en cada bendición dada.

4. Encuentro con los demás
        Son los peregrinos los que hacen el Camino. En aquella holandesa que cantaba una melodía justo en el momento en que entré en Eunate. En el peregrino ateo que caminaba para dar gracias a Dios porque su mujer, creyente, se había salvado de un cáncer. En el vaso de vino ofrecido en un día de lluvia por un lugareño de Muruzábal. En el tapeo compartido de Logroño, en la medicina recibida gratuitamente contra la tendinitis, en el canto gregoriano de unos monjes de Rabanal del Camino. En la hospitalera que cantaba bajo la luna y las estrellas Gracias a la Vida, de Violeta Parra, en Hospital de Órbigo, en la aventura desconcertante del grupo de peregrinos que caminan de noche entre Carrión de los Condes y Sahagún, en la alegría del peregrino Carlos que ahuyenta la pesadumbre en algún día sombrío para mi cuerpo. En el abrazo de la peregrina argentina a la que un esguince retira del Camino. En el cansancio agotador de la subida a O Cebreiro. En las bendiciones de Furelos y de Ponferrada. En las historias contadas por peregrinos de Japón, Argentina, Italia, Brasil, Sudáfrica, Francia, Inglaterra, Nueva Zelanda, España, … En los esfuerzos de los caminantes por chapurrear todos los idiomas del mundo con tal de entenderse. En los abrazos y en las despedidas, en los reencuentros gozosos cuando creías a alguien perdido para siempre, en las lágrimas y en las cuentas de un rosario rezado a dúo. En el pecado de los que creen, en la fe de los agnósticos, en la esperanza de los ateos. En el amor de todos: cada uno con su vida y con su historia, pero todos unidos en esa fraternidad universal que da el saberse peregrino y formar parte de un inmenso tapiz tejido por mil años de historia y por miles de historias de hombres y mujeres.

La campana siempre tañe por ti
     Llegué a Compostela el día de San Pedro. Las campanas de todas las iglesias de Santiago repicaban en aquella mañana. Los abrazos se multiplicaban por plazuelas y calles. El incienso del botafumeiro era bendición olorosa sobre unos cuerpos que habían conocido el sol sofocante, el relente de la mañana, la lluvia en la tarde, la quietud de la noche, el sudor de cada día y el duermevela de cada noche.

        Era un 29 de junio de 2000. Y la felicidad, o mejor dicho la plenitud, estaba ahí: en el asombro de haber alcanzado la meta soñada desde Roncesvalles, y en ese andar titubeante por las losas de la catedral compostelana, al encuentro de la imagen del señor Santiago que espera, paciente y con rostro de imperturbabilidad románica, el abrazo de los peregrinos venidos de los cuatro puntos de la tierra, siguiendo las estrellas, siguiendo las huellas de los millones que lo han recorrido antes que tú, con idéntico estupor y maravilla.


Tomás de Manjarín, el último templario












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