San Sebastián: un mártir para los cristianos; un modelo para los artistas
Es bastante común encontrar una
imagen de San Sebastián en grandes catedrales y en pequeñas iglesias. Desde los
primeros tiempos del cristianismo, San Sebastián ha gozado del favor de los
creyentes y, sobre todo, del favor de los artistas. Abogado de la peste, patrón
de arqueros, atletas y moribundos. Y, extraoficialmente, en las últimas décadas, patrón de los gays.
Sebastián nació el 255 en la ciudad
de Narbona (Gallia), pero pronto viajó a Milán donde recibió una esmerada educación.
Pertenecía a una familia de raigambre militar. Él mismo fue tribuno romano.
Contó con la estima de los emperadores cogobernantes Diocleciano y Maximiano,
que desconocían su pertenencia a la “ignominiosa
secta de los cristianos”. Llegó a ser centurión romano, aunque astutamente
se escabullía de los sacrificios paganos y de la idolatría. En cambio, se
sirvió de su status romano para ayudar a numerosos cristianos en el tiempo de
la persecución. Murió en el año 288, durante la persecución de Diocleciano. La
condición de cristiano de Sebastián llegó a oídos del emperador, que le
dio a elegir entre ser centurión o ser
cristiano. Eligió lo último y esto le costó la vida. El emperador, enfurecido
por el arrojo de Sebastián, ordenó a sus propios compañeros, que lo desnudasen,
lo atasen a un árbol y lo asaetasen. Sus compañeros cumplieron con horror la
tarea de dar muerte al que tanto estimaban. Lo dieron por muerto y se
marcharon. Los amigos de Sebastián fueron a recoger su cuerpo para darle
sepultura, y se dieron cuenta de que aún respiraba. Lo llevaron a la casa de
Santa Irene que curó sus heridas. Completamente restablecido, el antiguo
centurión se presentó ante el emperador y le echó en cara su cobardía por
perseguir a inocentes y desarmados cristianos. El emperador, ridiculizado y
rojo de ira, ordenó que le dieran muerte en la arena del circo y que su cuerpo
fuese arrojado a la cloaca máxima. Así acabó la vida de Sebastián, como
acabaron las vidas de tantos primeros cristianos cuyas existencias causan maravilla
y estupor. El pueblo sencillo ha mantenido, a lo largo de los siglos, vivo su
recuerdo, su nombre y su historia.
La brutal muerte de Sebastián
horrorizó a los cristianos de Roma. Pero en aquellos siglos la valentía podía
más que el miedo. Los amigos de Sebastián rescataron su cuerpo de las
alcantarilla y le dieron sepultura en la catacumba romana que aún hoy lleva su
nombre. Desde ese momento, lo consideraron un mártir y un testigo del coraje en
un tiempo en que pertenecer a los seguidores de Cristo, era sinónimo de
martirio.
La valentía de Sebastián conmovió a
muchos romanos. Y algunos paganos que lo habían conocido, admiraron su valor y
decidieron pasarse al bando de los cristianos y tomar el bautismo. Una vez más,
esa máxima de que la sangre de los mártires es semilla de nuevos cristianos se
cumplió a rajatabla. Su fiesta litúrgica se celebra el 20 de enero. Es patrono
de muchas ciudades y pueblos en todo el mundo. La ciudad vasca de San Sebastián
podría ser un ejemplo. Aunque Sebastián tuvo ‘dos muertes’, casi todos los
artistas han elegido, para representarlo, la primera muerte: un joven desnudo
maniatado a un árbol y con varias saetas repartidas por su cuerpo. El Museo del
Prado tiene, sin embargo, un cuadro muy interesante ‘El cuerpo de San Sebastián hallado en la cloaca Máxima’, de
Alejandro Ferrant y Fischermans. Recoge el momento en que la romana Lucina
desciende a la cloaca para recoger el cuerpo de San Sebastián que había sido
arrojado al albañal para hacerlo desaparecer, inútilmente, para siempre.
El abogado de la peste
Las pestes y las epidemias frecuentes
de los siglos pasados, convirtieron a San Sebastián en un santo muy popular.
Catedrales e iglesitas querían contar a toda costa con una imagen del santo,
para que las buenas gentes se postrasen ante ella en tiempos de aflicción y de
enfermedades contagiosas, que no solían
faltar. ¿Por qué San Sebastián es abogado de la peste? En el año 680, Roma
padeció una grave epidemia. Fueron muchos los romanos que imploraron la
intercesión de San Sebastián. Pronto la ciudad se vio libre de la peste. Otros
piensan que hay una analogía entre la representación de la peste como una
lluvia de flechas contra la humanidad y la representación de San Sebastián cuyo
atributo es un arco y una saeta. En la Iliada, Apolo desencadena la peste con
el disparo de su flecha. En el salmo 91
se dice: “No temerás el espanto nocturno,
ni saeta que vuele de día/ Ni pestilencia que ande en oscuridad / Ni mortandad
que en medio del día te destruya”. Pero fue la Peste Negra (Siglo XIV), que
asoló a toda Europa, la que terminó de afianzar el patronazgo de San Sebastián
en los tiempos de peste. De ahí la devoción tan extendida. El libro de la
Leyenda Dorada de Giacomo della Voragine apuntaló este carácter taumatúrgico y
milagrero de San Sebastián. ¿Se acordarían algunos desahuciados por el Covid,
la peste que todos hemos conocido, en el momento de su máxima debilidad, de
aquel santo que habían visto en la parroquia de su pueblo o en el Museo, o ya,
tan modernos somos, que nuestra única fe está depositada total y exclusivamente
en la Seguridad Social?
El santo preferido de
los artistas
Se cuenta que Fray Bartolomeo, al que
sus enemigos le censuraban que no supiese pintar un desnudo, pintó para la
iglesia florentina de San Marco una imagen de San Sebastián, apenas cubierto
con un taparrabos. Pronto hubo de retirarlo, porque muchas mujeres y algunos
hombres pasaban con demasiada frecuencia delante de su altar, y no precisamente
porque hubiera peste. Simplemente, se acercaban a la iglesia a buscar una
ocasión de pecado. En el renacimiento San Sebastián se convirtió en el santo
favorito de los pintores y escultores. Por una razón simple. La visión
humanista del Renacimiento volvió la mirada hacia Grecia y Roma, cuyo arte
había valorado el desnudo humano. En el Renacimiento, el hombre empezó a
convertirse en la medida de todas las cosas. Y la proporcionalidad, el buen
gusto y la belleza del cuerpo humano entraron en la historia del arte. Como en
esa época los comitentes y los mecenas pertenecían principalmente a la Iglesia,
la única excusa para pintar o esculpir un desnudo era la historia de San
Sebastián. Las iglesias se llenaron de lienzos donde San Sebastián aparece como
un héroe clásico, un apolo, un joven desnudo, donde los artistas podían
demostrar su competencia en pintar o esculpir las proporciones áureas del
cuerpo humano. De El Greco a Andrea Mantegna, de Guido Reni a Perugino, de Tiziano a Bronzino, de Alonso Berruguete a Gregorio Fernández, los mejores pintores y escultores demostraron que podían hacer un gran desnudo masculino
representando al mártir cristiano.
Un icono gay
En su estudio sobre San Sebastián como icono
gay, Richard A. Kaye dice que fue a finales del siglo XIX cuando los hombres
gays vieron en la figura de San Sebastián un anuncio del deseo homosexual y del
ideal homoerótico: un hombre bello, pero también torturado en su ‘armario’, esa
imposibilidad de aparecer libremente como se es o como se desea. El escritor
japonés Yukiro Mishima, premio Nobel de Literatura, se hizo retratar, poco
antes de hacerse el harakiri, como un San Sebastián de nuestros días.
Aunque es
algo totalmente extraoficial, San Sebastián, sin comerlo ni beberlo, es el
‘patrón’ de los homosexuales. Es lo que se llama, lo sé, apropiación indebida.
Desde entonces, muchos artistas y fotógrafos han difundido la imagen de San
Sebastián como un joven hermoso, lánguido o sensual, dispuesto a aceptar
humildemente, no se sabe si con placer o dolor, que la flecha desgarre su carne
y le vaya quitando poco a poco la vida.
Sebastián: modelo de
valentía en tiempos de persecución.
Es verdad
que los santos milagreros han caído mucho en la consideración del pueblo.
¿Quién ruega a San Blas por su mal de garganta, o a Santa Apolonia por un dolor
de muelas, pudiendo pedir cita previa en el ambulatorio o pasarse por la
farmacia a por un paracetamol? El carácter milagrero probablemente ya no nos
dice nada a los hombres y mujeres de hoy. Tal vez los santos son bellas
leyendas o bellos lienzos, pero nada tienen que ver con nuestras vidas. Y sin
embargo, en el caso de San Sebastián, su vida nos habla de su testimonio, de su
valentía ante el poder, de su difícil elección: antes morir que arrodillarse
ante el emperador. Antes dar la vida por la verdad que arrodillarse ante ídolos
mentirosos. Todavía hoy, en muchas partes del mundo, muchos hombres y mujeres
viven su cristianismo en contextos de persecución o de fuertes dificultades
para expresar su fe. Cada año, sacerdotes o laicos son asesinados por defender
su credo o por defender la dignidad de los más pobres. Y aún hoy en muchos
lugares del mundo, existe un cristianismo de catacumbas: lugares donde a
escondidas muchos cristianos celebran la eucaristía o se reúnen para escuchar
la palabra de Dios.
La vida de San Sebastián nos recuerda
que en todo tiempo y lugar, la fe en Jesús te puede llevar a vivir en riesgo
continuo de perder tu vida, tu trabajo, tu honor, tus bienes, tus derechos. En
muchos países y latitudes los cristianos son ciudadanos de segunda que viven su
fe con un arrojo y un coraje admirables. San Sebastián, en sus miles de imágenes
repartidas por todo el mundo, nos recuerda que el tiempo de las catacumbas aún
no ha terminado.






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