lunes, 25 de mayo de 2026

Josef Beran: el inquebrantable arzobispo de Praga


El cardenal Beran junto a Pablo VI

                Cuando el cardenal Josef Beran falleció en Roma el 17 de mayo de 1969, el Papa Pablo VI ordenó algo bastante insólito: enterrarlo en las criptas vaticanas, es decir, en el lugar habitual donde se entierra a los papas.  Allí vi su sepulcro en 1977 cuando entré por primera vez en el Vaticano. Y ciertamente llamaba la atención, al lado de Juan XXIII y otros muchos pontífices.

                Josef Beran había nacido en 1888 en Pilsen, por entonces, parte del Imperio Austrohúngaro. Era el hijo mayor de un maestro de escuela. Muy joven entró en el seminario para cursar sus estudios teológicos. A los 23 años fue ordenado sacerdote. Poco después lo vemos como profesor de teología y rector del seminario de Praga.

                Pero Praga es ocupada por los nazis y en 1942 la Gestapo considera al sacerdote Beran como un elemento subversivo. Es arrestado y enviado, primero, al campo de concentración de Theresienstadt y, posteriormente, a Dachau. Compartió trabajos forzados, hambre ypenalidades como el resto de prisioneros, hasta que las tropas aliadas liberaron el campo en 1945. El superviviente Beran regresó a Praga. Apenas un año después, es nombrado arzobispo de la diócesis praguense, en cierta forma enviado a un peligroso campo de batalla, como se vería muy pronto. En 1947, Praga conmemoraba el noveno centenario de la muerte de San Adalberto de Praga, mártir, guía, modelo de cristiano, protector y patrón de Bohemia, Polonia, Hungría y Prusia. Josef Beran hizo vibrantes llamamientos a los católicos praguenses para que, superados los dramáticos años bajo la bota del nazismo, volviesen sus ojos a sus raíces cristianas y a los valores de sus antepasados en la fe. Los fieles católicos de Praga, después de la persecución nazi, encontraron en su arzobispo un líder seguro y un guía suave.

                Pero en 1948, un golpe de estado en Checoslovaquia, llevó a los comunistas al poder, bajo la atenta mirada y la dirección férrea de la Unión Soviética. Para los católicos el horizonte empezó a nublarse. Al arzobispo Béran le ofrecieron la impunidad si se ponía bajo el paraguas de las autoridades comunistas y abandonaba su fidelidad a un país extranjero. El país extranjero no era otro que la Iglesia de Roma.  Pero Beran se mostró inflexible. La persecución de la Iglesia no se hizo esperar: cierre de las escuelas y de los periódicos católicos, disolución de la bien organizada Acción Católica, trabas burocráticas, cortapisas y obstáculos. La respuesta del arzobispo tampoco se hizo esperar: ordenó que su carta “No calles, obispo”, fuese leída en todas las parroquias. En la festividad del Corpus Christi de 1949, con la catedral repleta de fieles, pero también de oficiales del régimen travestidos de devotos, gritó alto y claro contra la restricción de las libertades de creyentes y no creyentes y contra la imposición de un pensamiento único, el marxismo. Fue arrestado de inmediato, se le interrogó, se le prohibió el ejercicio de su ministerio y se le impuso un arresto domiciliario, sin contacto con el mundo exterior: ni prensa, ni radio ni televisión.

                Pero el arresto incomunicado no doblegó a este arzobispo de hierro. Por ello, las autoridades comunistas subieron el tono de la condena y lo trasladaron a la cárcel de Roslov. En ella permaneció 12 años. En el Tesoro de la Basílica de San Pedro, en medio de cálices maravillosos de todos los siglos, talleres y metales nobles, el visitante puede ver una lata (de sardinas). Esa lata sirvió al arzobispo Beran de cáliz para celebrar la eucaristía en su celda, cuando a escondidas podían pasarle, tal vez con la ayuda de algún carcelero compasivo, un poco de vino. Esa lata es testigo de esa iglesia perseguida, de catacumbas y cárceles, muy abundantes en todos los países comunistas del Este.

                En 1963, las autoridades checoslovacas se manifestaron dispuestas a liberar a este ilustre e insobornable prisionero, pero con una condición: no podría, en manera alguna, permanecer en territorio checoslovaco. El Vaticano lo acogió. Fue una decisión polémica. Para algunos, una claudicación; para otros, la única manera de llegar a pequeños acuerdos con la iglesia silenciada que vivía tras el Telón de Acero. El arzobispo Bera lo vivió con un inmenso sufrimiento, pues creía que era imperdonable alejarse de sus fieles perseguidos. Aceptó, con lágrimas en los ojos, la salida de la cárcel y el viaje a Roma. Por obediencia al Papa y por el bien de la Iglesia.

                Al llegar a Roma, pudo unirse a los obispos de todo el mundo que por aquellos días celebraban el Concilio Vaticano II. Este “testarudo que ni cedió ni traicionó” fue creado cardenal en 1965 por Pablo VI.  En ese mismo año, se discutió en el aula conciliar  la declaración sobre la libertad religiosa. Josef Beran pronunció un discurso memorable que recibió una larga ovación: “Desde el día en que la libertad de conciencia ha sido restringida radicalmente en mi país, se ha podido observar, entre los fieles, graves tentaciones de mentira, de hipocresía y otros grandes vicios. Y estos efectos deplorables son los mismos cuando la opresión pretende ejercerse en favor de la religión. Se puede decir que en Bohemia, la Iglesia expía hoy violaciones de la libertad religiosa en el siglo XV y la conversión forzada de una gran parte del pueblo en el siglo XVIII. La experiencia actual y la historia piden, por lo tanto, que el concilio proclame el principio de la libertad religiosa claramente y sin restricción…”.

                En enero de 1969, el joven universitario Jan Palach se prendió fuego en la plaza de San Wenceslao de Praga, para llamar la atención sobre la situación de opresión que se vivía en su nación. Su sacrificio despertó las conciencias de los checoslovacos y provocó numerosas protestas y enfrentamientos que fueron sofocados por el régimen, poniendo fin a la llamada Primavera de Praga. Y sin embargo, Jan Pallach, inmolándose a lo bonzo, prendió la mecha de la dignidad de un pueblo, que dos décadas más tarde acabaría con el régimen comunista. Justo después de la muerte de Jan Palach, Josef Béran dirigió desde Roma un mensaje de reconciliación a su pueblo, prestando así un último servicio como arzobispo: “No consumamos en el odio nuestras energías espirituales, invirtámoslas en la concordia, en el trabajo, en el servicio a nuestros hermanos, en una nueva prosperidad para Checoslovaquia”.

                Pocos meses después, el cardenal Josef Béran murió en su doloroso exilio romano, después de haber pasado por el campo de concentración nazi y por la cárcel comunista. Pablo VI reconoció su excepcional figura con el privilegio de darle sepultura entre Papas: “por su invicta fortaleza y su incansable fidelidad, acompañados de un carácter siempre manso a pesar de tantas pruebas”.

                Y allí en las grutas vaticanas, lo pudieron ver todos los turistas del mundo, pero también los creyentes que, arrodillados, expresaban la admiración por este cardenal indoblegable. Y esto fue así hasta el año 2018, cuando el Papa Francisco autorizó que los restos mortales abandonasen suelo vaticano camino de su tierra checa, tal era el sentido de su testamento: volver entre los suyos. Fue enterrado en la catedral de San Vito de Praga, donde permanece como memoria y recordatorio de un tiempo de horror y violencia, pero también un tiempo en que algunos hombres de Iglesia defendieron la libertad innegociable y guiaron a su pueblo en esa larga noche oscura que atravesó Europa. 





Tumba del cardenal Beran en las criptas vaticanas

2018: Los restos del cardenal Beran vuelven a Praga

Catedral de San Vito: sepultura del cardenal Beran


Lata de sardinas utilizada por Josef Beran como cáliz (Tesoro de San Pedro)

sábado, 23 de mayo de 2026

¿Qué cuenta en Lorca?

           

        Tengo mucha curiosidad por ver la última película de Javier Ambrossi y Javier Calvo, los Javis, con el título "La bola negra". Este era el título también de la obra de la que Federico García Lorca apenas llegó a escribir unas pocas páginas. La película ha sido presentada en el Festival de Cannes, y ha recibido un larguísima ovación, de las que marcan un festival. Ningún amante de la literatura, niega la valía inmensa del granadino más universal, como excelso dramaturgo y poeta. 

        Leo también en los periódicos algunas de las declaraciones de los Javis, con motivo de su presentación de Cannes. Y algunas de ellas, me sorprenden. Dicen, por ejemplo, "nunca se ha hablado de su sexualidad" y "negarle, estudiarle sin esos sentimientos es homofobia". Creo que si de algo se ha hablado de Lorca ha sido de su homosexualidad y de cómo esa condición influyó tambien en su asesinato. Es más, hay gente que conoce a Lorca, más por su condición sexual que por sus obras de teatro o sus poemarios más conocidos. Hablar de homofobia por no hacer hincapié en la homosexualidad de Lorca, me parece, como poco, una frivolidad y una banalidad. Tal vez sea oportuno saber en qué condiciones y a qué peligros se enfrentan muchos homosexuales en países africanos o asiáticos, por ejemplo. Eso sí que es homofobia. 

        De la homosexualidad de Lorca se lleva hablando mucho tiempo. Y más desde que los Sonetos del amor oscuro fueron publicados en marzo de 1984, precisamente por el periódico conservador ABC. Y resulta estraño que los Javis, que deben rondar apenas los 40 años, afirmen que "si hubieran conocido esa faceta de la vida de Lorca, éste hubiera tenido una importancia muchísimo mayor para ellos".

            Por muy importante que sea la sexualidad, lo que verdaderamente hace grande a un escritor es el talento que logra transmitir a su obra. Los sonetos del amor oscuro están entre las más bellas poesías en castellano. Pero serían igual de hermosos si en lugar de estar destinados a otro hombre, estuvieran destinados a una mujer. La belleza no está en quien suscitó esos versos, hombre o mujer, sino en las palabras y en la musicalidad que plasmaron esa impresión amorosa. Lorca era un ser alado, y en estado de gracia escribió estos versos.

            El Cántico Espiritual de San Juan de la Cruz es para muchos críticos y especialistas la obra maestra de la poesía en castellano. Es un cántico amoroso, sensual. La amada va en busca del amado. Pregunta a las criaturas si lo han visto pasar. Se funden amada en el amado. Nunca palabras tan luminosas han salido de esta lengua. Pero Juan de la Cruz habla del 'alma' como amada, y de Dios como Amado. Y cualquier lector, creyente o ateo, hombre o mujer, puede leer el Cántico con el mismo placer y con la misma maravilla. Y se puede sentir totalmente identificado con el sentir amoroso expresado tan bellamente por el poeta de Fontiveros. San Juan fue un místico, y tambien escribió en estado de gracia este Cántico.

            La sexualidad forma parte del ser humano, pero no se reduce a ella. El ser humano es mucho más grande que su manera de vivir el sexo. Es razón. Es cultura. Es ambiente en el que vivió. Es tradición. Es deseo, todo tipo de deseo. Es transcendencia. Es inteligencia. Es sabiduría. Es sufrimiento y placer. Es rebeldía o conformidad. Es sobre todo complejidad, con mil matices y mil sombras y mil luces. Y la suma de todo ello no da un tipo de ser humano predeterminado. Porque el ser humano es único. Y también inexplicable. Inefable. Irreductible.

            Para cualquier lector con un poco de sensibilidad lo que verdaderamente cuenta es el genial Lorca, poeta y dramaturgo; lo demás, poco importa. O cuenta bastante menos.

    Más sobre Lorca en este blog:

https://adanbreca.blogspot.com/2021/02/once-sonetos-del-amor-oscuro-el-17-de.html





            





viernes, 22 de mayo de 2026

Una mujer carga con el féretro del compañero caído

 


        Una compañera carga con el feretro del compañero caído. Una mujer carga con el féretro del esposo muerto. Se llama Luisa. Es guardia civil y acaba de perder a su marido. Lleva una chaqueta negra de punto, de viuda, el pelo recogido, la mano crispada se agarra a la enseña nacional y su hombro sostiene las cuatro tablas donde va el hombre muerto que la sostuvo en vida. La mano alentadora de otro compañero se posa sobre el hombro tembloroso de la viuda. Germán murió en acto de servicio, mientras  perseguía  a una narcolancha, intentando impedir que la droga y el dinero sucio campen a sus anchas por los pueblos de España, arruinando más vidas. En el mismo momento murió también otro compañero, Jerónimo. Parece ser que "los ladrones disponen de más medios que los civiles". Desde el asesinato de otros guardias civiles embestidos por una narcolancha en Barbate, se venía denunciando la escasez de medios humanos y materiales para luchar contra el narco, que se ha hecho fuerte en estas aguas, y que cuenta con el apoyo de todos los que se están enriqueciendo en la zona, gracias a la droga. ¿Quiénes son esos todos? Pero el ministro del ramo está a otros asuntos. Y el dinero se pierde en otros menesteres. No hay que poner ejemplos. Los telediarios abundan en ellos. Para Ministro del Interior ni siquiera el trabajo de los miembros de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado entraña ningún riesgo ni peligro. Reiteradamente ha negado pagar pluses por este concepto. Marlaska, que tuvo una trayectoria valiente y decidida en sus años como juez, se convirtió, nada más ser nombrado ministro, en el perro faldero de su amo, y señor de la Moncloa, que es el que, al final, decide a quienes regalar dinerillos para obtener votos y a quienes no dar ni un duro. Naturalmente, el sr. Marlaska no hizo acto de presencia ni en el velatorio ni en el entierro. Sorprende la cobardía de los que se muestran tan valientes en foros afines y ante micrófonos fáciles.
      Una mujer llora a su marido, al padre de sus dos hijos y a su compañero muerto. ¿Le interesa al feminismo de manifas y pancartas este tipo de mujeres valientes, trabajadoras, veladoras de la seguridad de todos? ¿Le interesan estas mujeres coraje que, a pesar del dolor y de las lágrimas y de la rabia, cargan con la vida, cargan con la muerte, cargan con el mañana, ajenas al desprecio de algunos políticos? Esta foto habla más de la fuerza, de la independencia, de la entereza de muchas mujeres que tantos discursos fáciles de feministas a sueldo, en escenarios de moqueta y megafonía impecable, con un montón de aplaudidores y aplaudidoras a los cuatro lados del estrado y del atril.
        Una mujer, llorosa e inconsolable, carga con el féretro, mientras las voces rotas de otros muchos compañeros y amigos cantan La muerte no es el final, de Cesáreo Gabaráin:

                        Cuando la pena nos alcanza
                        por un compañero caído.
                        Cuando el adiós dolorido
                        busca en la fe su esperanza...







lunes, 11 de mayo de 2026

Indestructibles, de Xavier Aldekoa

                


         El escritor barcelonés (nacido en 1981) viajó a África apenados hubo concluido sus estudios de periodismo. Desde entonces, el continente africano es una pasión y la razón de su escritura. Viajar por África, a muchos les ha hecho escritores. Actualmente el autor ejerce como corresponsal de La Vanguardia para asuntos africanos. Acabo de leer su libro Indestructibles, en el que recoge un buen ramillete de historias concretas, con nombres y rostros, de hombres y mujeres indestructibles en sus deseos de superación e indestructibles en su esperanza. La esperanza, no por mucho repetido es menos cierto, es el motor de África.

                De Madagascar a Etiopía, de Cabo Verde a Mozambique, Xavier Aldekoa nos cuenta vidas venturosas y desventuradas, pero todas ellas valiosas e instructivas. Marceline tiene un sueño: ser profesora. Vive en Madagascar tiene que trabajar y trabajar para ganar unas monedas y pagar sus estudios. Tiene que quitar horas al sueño para aplicarse con los libros y los cuadernos. Ella es la primera ‘indestructible’ que conocemos en las páginas de este libro, pero hay muchas más. El bebé Ibrahim, con 18 meses sobrevivió a la más mortal de las epidemias, el ébola, en un país como Sierra Leona, donde los contagiados fueron abandonados internacionalmente a su suerte, pero también donde un grupo de médicos y voluntarios, sin capa y sin espada, fueron héroes en los hospitales y en las calles. Así conocemos a Abi, una chica a la que el ébola se llevó por delante a su familia y que tuvo que empezar de cero, como tantos, ante esa plaga universal.

                Probablemente el capítulo más desolador, y también el más lúcido, es el que nos habla de la travesía de tantos africanos para alcanzar las costas europeas. Conocemos cifras de los que mueren ahogados en el mar persiguiendo su sueño. Pero hay otros regueros de muerte en tierra firme, especialmente por las rutas del desierto para alcanzar Libia, un trampolín para entrar en Europa. Las mafias campan a sus anchas. Las tarifas para cruzar el desierto en todoterrenos son cada vez más altas. La impiedad de los ‘coyotes del desierto’ hacia los jóvenes que desean emigrar es cada vez más cruenta. Muertos de miedo, helados de frío en las noches y sudorosos en las horas de sol, grupos de jóvenes están a merced de las mafias, inflexibles con las cuotas y las condiciones del viaje. Las arenas del desierto cubren a diario cuerpos, muertos de hipotermia, enfermos de malaria, caídos al suelo por la velocidad y los vaivenes de los vehículos que huyen como bandidos para esquivar los controles. Y en este escenario de terror, el humilde Charif se atrevió a enfrentarse al conductor mafioso, que se negaba a detener la marcha, aunque dos mujeres se habían caído del todoterreno.     

                Aldekoa nos habla también del próspero negocio de la venta de esclavos en Libia, un país que se sumergió en el caos legal después de la caída de Gadafi. Los libios atrapan a los subsaharianos en su camino a Europa, para venderlos como esclavos para trabajar en las minas a ellos, y como prostitutas a ellas. Y también nos cuenta la frustración y la amargura de los que intentaron salir de África y, por muchos motivos, no lo consiguieron. Unos por un miedo insuperable ante un horizonte de penalidades, otros porque fueron atacados y perdieron el dinero que su familia había ahorrado para este incierto viaje. En fin, una suma de infortunios es el pan de los fracasados. Todos ellos sienten vergüenza de volver a sus casas como perdedores, y se quedan malviviendo durante años en otros países, haciendo trabajos que nadie haría. Se sienten atrapados, como Alex Jallah, perdido en Níger, ejerciendo de peluquero, para ganar 1,5 euros al día. Un joven atrapado.

                La historia de Margaret, apenas una niña de once años, casada con un hombre que le triplica la edad, en un país, Uganda, donde la costumbre, la tradición, la pobreza, lleva a muchas familias a establecer estos matrimonios infantiles. Margaret se sienta también atrapada entre la costumbre, la añoranza por los juegos infantiles, las obligaciones de una mujer casada y la promesa de que ella no obligará a sus hijas a casarse de niñas.

                La violencia que en las primeras décadas del siglo XXI han desatado los radicales musulmanes, han provocado el caos y la muerte de tantos inocentes. La irrupción asesina del yihadismo ha causado más de cincuenta mil muertos entre los habitantes de Camerún, Nigeria, Níger y Chad. Boko Haram es el grupo terrorista más conocido, pero hay muchos más. Especialmente dramático fue el caso de las niñas bomba. Jóvenes muchachas medio drogadas, con cinturones explosivos bajos sus ropas holgadas, fueron enviadas a hacerse explotar en medio de los mercados o en lugares de reunión. Se habla de que, al menos, 450 niñas se inmolaron. Las inmolaron. Miles de personas abandonaron apresuradamente el sus aldeas y en su desesperada huida, sin alimentos y sin recursos, muchos murieron. Daniel Jacobs podría servir de ejemplo de los condenados al exilio. Hasan podría servir de ejemplo de los que lograron sobrevivir al infierno, simplemente porque se hicieron el muerto bajo los cuerpos de los que verdaderamente habían sido asesinados. Por otro lado, el ejército, en su lucha contra el yihadismo, sembró un terror paralelo, cargándose a cualquier sospechoso de colaboracionista con el terrorismo.

                Leyendo el libro de Aldekoa me he encontrado con historias, que con otros nombres y en otros países, he conocido en mis viajes a África. Por ejemplo, la historia de Enmanuel, un niño togolés acusado de brujería y, por lo tanto, arrojado a la calle y estigmatizado para siempre. Muchos de los niños de la calle son el fruto maldito de un fenómeno irracional pero real: los llamados brujos, injustamente acusados de provocar la desgracia a su alrededor. Otro ejemplo podría ser la historia de José Albino Luis, otro menino da rua, en las calles de Mozambique, al que la pobreza extrema y el maltrato familiar arrojaron a la calle, como un trasto inservible. La extracción del cobalto o del coltán en las minas de la república democrática del Congo es una de las metáforas de la situación en la que viven y malviven tantos adolescentes y jóvenes, obligados a jornadas extenuantes para extraer minerales que sirven para nuestros aparatos tecnológicos. ¡Hay mucha sangre en el interior de nuestros teléfonos móviles!

                La sabiduría africana nos recuerda que los árboles secos también tienen un valor, aunque ya no den frutos y no tengan hojas, pues sirven para que los pájaros duerman en sus ramas.

                Tienen valor las vidas de los pobres. Tienen valor las vidas de las mujeres casadas en su infancia. Tienen valor las vidas de los niños de la calle. Tienen valor las vidas de los migrantres que cruzan el desierto libio. Y las de los que yacen bajo las arenas. Y las que se perdieron en un mercado por las bombas del yihadismo. Tienen valor las vidas de los que sueñan grandes sueños o sueños pequeñitos. Tienen valor las vidas grávidas de esperanza. Todas esas vidas tienen o tuvieron una semilla de esperanza en sus entrañas. Y por ello, en cierto sentido, fueron indestructibles.





miércoles, 6 de mayo de 2026

ETA: tibia la sociedad, tibia la Iglesia

     


    Durante la presentación del libro de Jaime Mayor Oreja "Una verdad incómoda" en la ciudad de Alicante, Mons. Munilla ha reflexionado en voz alta sobre la tibieza de la sociedad vasca y de la propia Iglesia vasca frente al terror de ETA. No es nada nuevo ni nada que no se sepa: la anbigüedad en la que se movió buena parte del pueblo vasco y buena parte de la jerarquía eclesiástica de aquellos años de plomo del terrorismo. Pero está bien que un obispo así lo reconozca: "Lo peor del terrorismo no es que mata, es que llevó a la sociedad a la tibieza, a la medianía, a la cobardía, a hacer un pacto con el mal. El terrorismo mata el alma, no sólo el cuerpo".

    En el País Vasco, la pseudorreligión de la autodeterminación, unida a la mística de la violencia, dividió a la sociedad en buenos y malos y cosificó a las personas que no comulgaban con la violencia etarra. Y todos sabemos que cuando a las personas se las convierte en cosas, todo es posible. Por ejemplo, apretar el gatillo o colocar una bomba lapa en los fondos del coche, provocar la muerte y no sentir nada, porque los muertos (militares, políticos de partidos nacionales, niños o ciudadanos anónimos, carecen de valor, no son nada, son cosas, objetos a destruir en nombre de unos grandes ideales: la patria vasca, la liberación, la autodeterminación, la ikurriña, el euskera...

    Frente a una mayoría ambigua, tibia, indiferente, cuando no abiertamente proetarra, hubo una minoría de vascos verdaderamente valientes, que no tuvieron miedo, que no se dejaron vencer por la ideología del odio y la violencia. Ciudadanos que se manifestaban en silencio después de cada atentado, a pesar de las presiones de los energúmenos que tenían a unos metros y que no paraban de insultarlos. Empresarios que no sucumbieron al chantaje. Miembros de partidos que aceptaron ir en las listas electorales, con el riesgo que eso suponía, jueces que hacían su trabajo, fuerzas de seguridad que mantuvieron el tipo y la dignidad. Cristianos que no se dejaron ganar por el incienso nacionalista de las sacristías. 

    ¿Hay que pasar página? ¿Hay que olvidarlo todo? Sería lo deseable. Pero hay dos condiciones que necesariamente deben cumplirse: Una: los violentos deben pedir perdón  a las víctimas y a toda la sociedad que sufrió por esta causa. Dos: Los terroristas deben colaborar en esclarecer los casos terroristas aún no resueltos.

        Pero justo se está dando lo contrario. Los pactos entre el Gobierno de Pedro Sánchez y Bildu han servido para el blanqueamiento de los actos terroristas. Los partidos que sostuvieron el entramado de ETA y que la jalearon campan a sus anchas, mientras que las víctimas se están convirtiendo en invisibles. Sin cumplir las penas de cárcel establecidas, los terroristas salen de los centros penitenciarios. Mientras que el relato de que los chico violentos tenían sus razones y de que las víctimas de ETA lo fueron por su falta de entusiasmo nacionalista, va ganando terreno. Es el relato triunfador. No está de más recordar un hecho: cada dos por tres, los antiguos etarras reciben homenajes en el País Vasco, mientras que los restos mortales de Miguel Ángel Blanco (¡Miguel Ángel Blanco!) debieron ser trasladados a la aldea gallega de Faramontaos, porque la tumba de Emua, la localidad donde vivió y donde fue concejal, aparecía un día sí y otro también con pintadas insultantes,  y destrozos las flores pisoteadas. Buena parte de la sociedad vasca fue tibia. ¿Lo sigue siendo todavía?

   






Tumba de Miguel A. Blanco en Faramontaos (A Merca)

miércoles, 29 de abril de 2026

Enfermos crónicos; niños normales

     


    "Aunque sólo soy una niña, hace ya tiempo que lo acepté. Que siempre seré bajita. O zurda... ¡O futbolista! Y lo que siempre seré, seguro, es enferma crónica. Me ha costado un poco, pero he aprendido que hay cosas que van a estar ahí, conmigo, toda la vida. Y si forman parte de mí, no pueden ser tan malas, ¿verdad?"

    Unos breves y eficaces textos de Aida Acitores son el esqueleto que sostiene las hermosas ilustraciones de Laura R. Lázaro de un libro muy singular y muy bello "Cosas que soy y siempre seré". 

    El libro o cuento infantil nos habla de una niña que es todas los niños y niñas que conviven día a día, incluso desde su nacimiento, con una enfermedad crónica.

    La niña protagonista del libro tiene el pelo castaño oscuro y los ojos negros. Es bajita y lleva gafas por su miopía. Es zurda. Es futbolista y también algo torpe con los patines. Le gusta asomarse en la noche por la ventana para mirar su 'lucerito' en el cielo. Y, además, una cosa más, es enferma crónica. En este caso, fibrosis quística.

    Cuando un pequeño convive con una enfermedad crónica sabe que tiene que tomar unas medicinas, mantener algunos hábitos de ejercicio, comer o no comer determinados alimentos. Y por ello, cree que eso es lo normal, que eso mismo e lo que hacen todos los niños.

    ¿Qué es lo normal, qué es la normalidad? Para alguien que es zurdo, eso es lo normal. Para alguien que es un enfermo crónico, eso es lo normal. Esta podría ser la primera enseñanza de este hermoso libro. Hay muchas 'normalidades'. De hecho, hay tantas normalidades como individuos hay en el mundo.

    La segunda moraleja del libro podría ser esta: muchas veces tener una enfermedad crónica no significa estar "malito", no significa estar impedido o limitado o condicionado. Ser enfermo crónico puede significar únicamente que tienes que tomar unas pastillas, alimentarse de una determinada manera, realizar determinados ejercicios. Por lo demás, cualquier menor con una enfermedad crónica puede ser, como la protagonista, valiente, divertida, deportista, saludable, curiosa y feliz...

    Esta mirada diferente sobre la "normalidad" y sobre la "enfermedad crónica" es el valor y la fortaleza de este oportuno libro. Un mensaje de resiliencia y luz. Un mensaje de la normalidad y naturalidad que hay en la diversidad. Ha sido editado por la Asociación de Fibrosis Quística de Castilla y León, con la colaboración de Federación Española de Enfermedades Raras. Y se ha publicado de manera solidaria, a beneficio (el libro cuesta 18€) del hospital de Cruces de Baracaldo que sigue investigando parar poder detectar de forma temprana infecciones fúngicas en Fibrosis Quística. 

    Como se dice en los créditos de las películas, este libro está basado en una historia real. A la niña palentina real que ha inspirado esta historia, perfectamente retratada por la ilustradora, la he visto jugar en el parque con su amiga querida, tocar una sencilla melodía en un teclado, escuchar atentamente las explicaciones en un centro de restauración de órganos de iglesia, dibujar bonitas tarjetas en un fiesta solidaria, comer su postre preferido en un restarurante y sonreír por cualquier motivo. Como cualquier niño normal y feliz del mundo.

    






Autora: Aida Acítores. Ilustradora: Laura R. Lázaro

    Puedes encargarlo directamente en el WhatsApp de la

Asociación Española de Fibrosis Quística: 680 60 02 43







    

martes, 28 de abril de 2026

Zorba el griego, de Nikos Kazantzakis

 

 

Muchos años después, Alexis Zorba recordaría a su abuelo en un párrafo memorable que resume bien el espíritu de la novela: la curiosidad por el otro y el deseo de celebrar cada encuentro son las cosas que hacen que la vida tenga sentido y horizonte:

“Mi abuelo materno vivía en una aldea de Creta. Cada anochecer tomaba la linterna y se iba a dar una vuelta por el pueblo, para ver si acaso algún forastero había llegado; si así era, lo llevaba consigo a su casa, le servía abundante comida y buena bebida, y, luego, acomodándose en el diván, encendía el largo chibuquí, y se dirigía a su huésped, diciéndole imperiosamente: “Cuéntame. Cuéntame de otros lugares de otras personas, de otras miradas”

Basil, un joven inglés, culto, amante de los libros, tímido, racional, con la Divina Comedia en su bolsa de viaje, llega a Grecia para explotar una mina de lignito en la isla de Creta. Mientras espera en una taberna del puerto del Pireo el barco que le ha de llevar a Creta, coincide con Alexis Zorba, en la sesentena, vitalista, un rostro surcado de arrugas que ha conocido los soles, las lluvias, y también la bebida y los besos. Con todo el desparpajo del mundo, Zorba se ofrece para acompañarle en su aventura minera, y Basil, sin pensárselo, le acepta como compañero: "Me encontré con él por vez primera en El Pireo. Había bajado yo al puerto para embarcarme con destino a Creta. Era un amanecer lluvioso. Soplaba fuertemente el viento".  El joven serio y reservado, está a punto de leer, en la vitalidad, en la forma de entender el mundo, en el corazón de Zorba, el libro más importante de su vida. 

            Nikos Kazantzakis escribió esta novela en 1946, apenas acabada la Segunda Guerra Mundial. La novela de Zorba el griego, vida y andanzas de Alexis Zorba está inspirada en un personaje de carne y hueso llamado George que el autor conoció en una isla del Peloponeso. Kazantzakis quiso compartir con todos sus lectores la personalidad volcánica, espontánea y auténtica de aquel hombre cuya filosofía de vida marcó su existencia.

            Kazantzakis había nacido en Creta en 1883, cuando Grecia era un territorio otomano. Estudio Derecho en Atenas y Filosofía en París. Tuvo simpatías por el movimiento nacionalista griego, por el comunismo y por el movimiento universalista. Pero siempre fue un hombre libre. Tal vez por eso, fue duramente criticado por partidos conservadores y progresistas del país heleno. Unos y otros maniobraron para que Suecia no le concediese el Nobel. Vivió en muchas ciudades europeas. Asceta durante un breve tiempo entre los monjes del monte Athos, poeta, traductor, novelista y ensayista, entre sus obras más conocidas se cuentan El pobre de Asís y La última tentación. Pero sin duda, este libro que comento es su obra más universal. A la fama de esta novela contribuyó también la película, protagonizada por Anthony Quin, y con banda sonora memorable de Mikis Theodorakis. ¿Quién no recuerda el baile del sirtaki mano a mano entre Anthony Quinn y Alan Bates? En 1955 la Iglesia Ortodoxa le excomulgó por sus ataques a los popes ortodoxos: "Me habéis dado una maldición, Santos Padres, yo os doy una bendición: que vuestras consciencias sean tan claras como la mía y que seáis tan morales y religiosos como yo". En 1957 murió de leucemia en Friburgo. No se permitió que sus restos descansasen en un cementerio ortodoxo. Fue enterrado junto a las murallas de Heraklión (Creta). En su epitafio puede leerse: «No espero nada. No temo nada. Soy libre» (en griego: Δεν ελπίζω τίποτα. Δε φοβούμαι τίποτα. Είμαι λέφτερος).

            La novela es un canto a la vida, al hoy y al momento presente. Zorba es un disfrutón que aún a sus más de sesenta años no deja de maravillarse ante un amanecer, unas flores, la belleza de las mujeres, la dulzura del vino, los platos de comida compartidos y la música de su santuri, que lo acompaña de principio a fin de su vida.

              La temporada que ambos protagonistas pasan en Creta es un viaje al pasado de Alexis Zorba. Zorba nos descubre su vida. Ha conocido la guerra y la paz, ha conocido todos los placeres, ha trabajado como un mulo de carga en muchos oficios, ha ido de ciudad en ciudad. Es un hombre sin casa, sin propiedades, sin dinero. Su única riqueza es encontrarse con los demás, conocer sus vidas, aprender, y a la vez mostrarse totalmente espontáneo y alegre, tal como es.

    Zorba ha conocido la guerra: "¿De dónde surgirá ese impulso que nos lleva a arrojarnos contra otro hombre, que no nos causó daño alguno, para morderlo, cortarle la nariz, arrancarle la oreja y destriparlo, al mismo tiempo que invocamos la ayuda de Dios?". Sabe distinguir lo esencial de lo accesorio: Las necesidades fundamentales del hombre, alimento, bebida, mujer, danza, vivían todavía frescas e inagotables en su cuerpo ávido y robusto”. No ha perdido su capacidad para el asombro y la maravilla: “En mi opinión, todas las cosas dan lo mismo: que tenga mujer, o que no la tenga, que sea honrado  o que no lo sea; que sea bajá o mozo de cuerda. Sólo hay diferencia entre estar vivo y estar muerto”. Entre el abismo que precede al nacimiento y el precipicio que sigue a la muerte, está la vida, dulce como unos labios y fuerte como un vino: “Mar, mujer, vino, trabajo afanoso, sin temor de Dios ni del diablo”

            Madame Hortense es una prostituta arruinada y decrépita, hundida en el recuerdo de un tiempo en que los hombres se la rifaban y los marineros la buscaban y agasajaban con perfumes y telas. Pero Zorba, con su caballerosidad y su instinto seductor, la revive de su mortecina vida y la devuelve a su juventud y a su belleza. Las palabras también rejuvenecen y la carne tiembla al escucharlas.

Pero a veces los recuerdos de la vida son muy amargos. El sabio extrae de ellos lecciones importantes para una vida sabia y armoniosa. Zorba había participado en la guerra contra los búlgaros. Había degollado a un pope búlgaro que de día iba a celebrar en la iglesia y de noche colgaba la sotana y salía armado y vestido de pastor y hacía incursiones en las aldeas griegas. Pero al día siguiente de cargarse al pope, va a una aldea y allí se encuentra a cinco chiquillos descalzos, vestidos de negro, que iban mendigando un poco de pan. Les preguntó de quién eran hijos y le contestaron del pope que unos días antes había aparecido degollado. Zorba les dio todo lo que llevaba en ese momento, y se alejó de la guerra: “Degollé, robé, incendié pueblos, violé mujeres, exterminé familias. ¿Por qué motivo? Por la sencilla razón de que eran búlgaros o turcos. ¡Qué asco! Ahora en cambio sólo digo: “Este es buena persona; el de más allá, un sinvergüenza, Sea búlgaro o griego, tanto me da”. Dejó de ser un patriota.

A quien decide vivir la vida con altura de miras y pasaporte universal, no le faltarán ni afrentas ni ofensas. Uno de los momentos más desoladores del libro lo constituye un episodio de violencia y venganza. En la isla, culpan a una viuda, joven, hermosa y libre, del suicido de un hombre de la aldea por ella despechado. Y los familiares reclaman venganza y sólo esperan el día en que esta pueda llevarse a término. La isla es la propia cárcel en la que viven los cretenses, encerrados en sus medievales reglas del honor. Hombres y mujeres a la vez rezadores y blasfemos, rodeados de iconos y vacíos de compasión. Esa joven viuda es acorralada a la puerta de iglesia, mientras que los grupos de mujeres atizan el fuego de la venganza hasta la muerte de la mujer. Zorba y Basil tratan inútilmente de impedirlo. Es una derrota más de la vida. Nadie sale indemne de la existencia, ni siquiera aquellos que tratan de transformar la materia en alegría.

Zorba pregunta a su compañero, al que siempre trata de patrón: “Lo que yo quiero es que me digas de dónde venimos y adónde vamos. Tantos años consumidos en la lectura de mamotretos. ¿Qué has sacado de ellos?” ¿Qué puede responderle el joven muchacho que nada sabe de la vida?

Hay personajes que te esperan pacientemente hasta que un día te decides a abrir un libro y la personalidad de Zorba se aparece con todo su poder seductor: llamar a las cosas por su nombre, abandonar las ideologías, clasificar a los hombre únicamente por su bondad, arrojar lejos los grandes ideales de dios, familia y patria, para bendecir olas del mar, la existencia de las mulas, los atardeceres, la sonrisa coqueta de una mujer, el trabajo fatigoso con los obreros de la mina. Saber encajar los fracasos con hombría, sentir un poco de piedad por los huérfanos, interceder por los que van a ser degollados, celebrar el vino, saborear una sopa de pescado, vibrar con la danza y el canto, y el sonido de un santuri. Vivir la vida a grandes bocados que no caben en las mandíbulas y a grandes tragos que no caben en la garganta

El libro va de eso: la diferencia entre los que teorizan y hablan en abstracto y los que sólo hablan de lo que han vivido, bueno y malo, sin callarse los errores. Zorba es el analfabeto que se convierte en maestro, mientras que el joven inglés, intelectual y rata de biblioteca se ve obligado, gustoso, a ejercer de discípulo. Aprender a vivir lo que la vida ofrece cada día, cuando sol, sol; cuando lluvia, lluvia.

Zorba, pícaro, bondadoso, artero, buscavidas, bon vivant, juguetón, infantil, irascible, dulce, seductor, misógino, grandilocuente, superviviente, truhán, despilfarrador, histriónico, creyente y descreído. En Creta Basil y Zorba no consiguen ningún éxito material. La mina se agota. El sueño de un teleférico para transportar la leña resulta un fracaso. Pero aquella temporada que los dos amigos han compartido deja una huella indeleble, esa huella que sólo la muerte borra.

Cuando la mina se troca en negocio inútil, los amigos que han compartido un tiempo en Creta se separan con mayor tristeza de lo que ellos mismos pueden confesarse. Zorba sigue su vagabundeo y recala en Serbia, donde se casará y donde morirá. Pero ni en esos momentos previos a la muerte se olvida del amigo que conoció en el Pireo y con el compartió amaneceres, horas en la mina, sueños de un teleférico, comidas, bebidas, y la danza de un sirtaki, y con el que, cansado y agotado, durmió junto al mar, padre de Grecia, de donde sigue partiendo y regresando por los siglos de los siglos Ulises.

La novela es un viaje iniciático. Un sendero que recorren durante un tramo dos hombres tan diferentes, por edad, por formación y por ideales. Como el amor, también la amistad es complementaria y maravillosa. Una novela de aprendizaje. Ulises vuelve a Creta y enseña a un joven serio y melancólico lo que es la vida, el amor, el dolor, las mujeres, el vino o las ideas. Y también ese baile de la amistad que se llama sirtaki: los brazos enlazados, los pies en la misma dirección, la mirada hacia el horizonte y la alegría en el corazón: “Alargó un pie, rozó ligeramente el suelo, alargó el otro, los pasos se entrelazaron salvajes, alegres, la tierra retumbó”.

Nikos Kazantzakis

Anthony Quin y Allan Bates danzan el sirtaki

Tumba junto a las muros de Heraclión


Moneda de 2 euros con imagen de Kazantzakis


Epitafio: No espero nada. No temo nada. Soy libre

Cartel de la película Zorba el Griego





miércoles, 15 de abril de 2026

Siempre nos quedará el Papa

 


                Un día sí y otro también escuchamos una frase, tal vez muy manida: “Otro mundo es posible”. Está claro que ese otro mundo posible que sueñan Donald Trump y León XIV es bastante diferente, diríamos incluso que opuesto. Los ataques groseros y mendaces del Presidente de Estados Unidos hacia el Papa no han hecho sino confirmar a muchos que la Iglesia Católica está en buenas manos y que Estados Unidos, primera potencia mundial,  no  sabe hacia dónde va en el proceloso mar que nos ha tocado vivir. La reacción de muchos votantes católicos -y no sólo católicos- de Trump, no se ha hecho esperar, y han mostrado su malestar por los ataques de Trump, y su apoyo sin fisuras a León XIV

                Donald Trump, sin saberlo, sin sospecharlo siquiera, ha hecho un gran favor a la Iglesia Católica, aupándola un peldaño más, en ese pódium ético en el que está situado el Papa, y que hoy día constituye la única referencia válida para un mundo de líderes ególatras y psicópatas, desnortados y corruptos.  

                El Vaticano, por su propia naturaleza o tal vez porque tiene dos mil años de historia, tiende a la diplomacia y a la prudencia. La Santa Sede suele otorgar poca importancia a las críticas y a las polémicas. Todos los días hay deslenguados en contra de la Iglesia que faltan a la verdad. Y esto sucede por parte de políticos, periodistas y el propio clero. Otra cosa bien distinta, son las críticas razonadas y argumentadas que ayudan siempre a la transparencia y a la verdad. Lo propio del Pontífice romano, como su nombre indica, es construir puentes, tejer acuerdos, concitar concordancias y suscitar puntos en común. Pero la Iglesia no va a faltar a la verdad ni a su búsqueda de paz en el mundo, porque eso está en el Evangelio, y forma parte de su misión. El nacimiento de Jesús se anuncia con un mensaje de paz a los hombres de buena voluntad. Cristo Resucitado se aparece a sus discípulos con un saludo de paz.

                Los ataques al Papa han retratado a Trump. Esperar que el Papa apoyase sus desvaríos internos y su dislocada política internacional, no amparada por el derecho internacional, es pedir cotufas en el golfo, como solía decir nuestro Sancho Panza. Tachar al Papa de que le gustan las armas nucleares iraníes o el tráfico de drogas en Venezuela es, aparte de una grosería hacia otro Jefe de Estado y representante de 1500 millones de católicos, una gran mentira.  La respuesta serena del Papa ha retratado al Papa. Él no es un político ni hace política. Pedir diálogo, cese de las hostilidades, búsqueda de la paz y del entendimiento, defensa de las vidas inocentes que arrastra cualquier guerra… es simplemente traducir el mensaje evangélico en este momento concreto de la Historia. Y por supuesto, al Papa no le da ningún miedo la administración Trump. Problablemente Trump y sus numerosos medios informativos intentarán desacreditar al Papa y a la Iglesia. Otros muchos lo han intentado antes que él con escaso éxito. El tiempo pone a cada uno en su sitio.

                    En estos tiempos recios, el Papa recuerda que existe el camino de la verdad que conduce a la dignidad de cada persona, a la convivencia pacífica entre los pueblos, a la justicia y a la defensa de las personas inocentes. La verdad suele incomodar y molestar. Unas veces molesta a unos. Otras veces, a otros. Ese es el precio que hay que pagar. En tiempos confusos y revueltos, siempre nos quedará el Papa.






A destacar

Josef Beran: el inquebrantable arzobispo de Praga

El cardenal Beran junto a Pablo VI                 Cuando el cardenal Josef Beran falleció en Roma el 17 de mayo de 1969, el Papa Pablo V...

Lo más visto: