Adán Breca en camino
Apuntes de actualidad, humanidades y espiritualidad
viernes, 4 de septiembre de 2026
Absuelto el cardenal Ouellet. ¿Quién se ha enterado?
jueves, 3 de septiembre de 2026
Javier Sartorius en busca de la plenitud
¿Javier qué? Sólo
Javier
Llegó entre dos luces y calado hasta
los huesos. La tormenta le había sorprendido por el camino enrevesado que
conduce al santuario de Lord, en Lérida. Llamó a la puerta y le abrieron. Le
ofrecieron una manta y un plato de sopa. Fray Jordana le preguntó cómo se
llamaba, y el peregrino contestó:
“Javier”. “¿Pero Javier, qué?
¿Tendrás apellidos?” –volvió a preguntar el buen fraile. Y respondió de
nuevo: “sólo Javier”.
Y en esta respuesta seca. En este nombre escueto de ‘Javier', se podría resumir la vida del joven que al filo de los 30 años llamó a la hospedería de Lord. Porque efectivamente, ya no quedaba nada del Javier Sartorius Millans del Bosch y Álvarez de las Asturias-Bohórquez y Huelín. Como no quedaba nada del gamberro expulsado de varios colegios de renombre y prestigio de Madrid, ni del que cerraba las discotescas Joy Eslava y Pachá, ni de la joven promesa de tenis, ni del campeón nacional de Usa de pádel, ni del entrenador personal de actores de renombre, ni del hedonista de las playas de surf y noches de sábanas revueltas. Y tal vez quedaba poco del joven que compartió bocatas con los homeless y con los veteranos del Vietnam, ni del que se inició en el budismo buscando desesperadamente respuestas a tantos interrogantes, ni del voluntario en un orfanato de niños de Cuzco, ni del seminarista de Toledo… Como su hermano dijo en una ocasión: “Del menú de la vida, Javier lo había probado todo”. Y de ese menú de la vida, suculento y variado, inmenso y fascinante, nada le había satisfecho ni saciado. Sólo le había provocado la náusea y el asco. Ahora llegaba a Lord a otra cosa. Había hecho un largo camino de búsqueda y de conversión. Pero le quedaba por saber una cosa: qué es lo que Dios quería de él y dónde lo quería.
La vida de Javier Sartorius camina
hacia los altares. Robert Miracle, rector del seminario de Barcelona cuando
Javier era estudiante para el sacerdocio, se empeñó en abrir este proceso
porque “Le admiraba y me he encomendado a
él. Vi que era un hombre tocado por la gracia de Dios". El
proceso de beatificación ya ha sido iniciado. Desde el día de su funeral,
fueron muchos los que se sintieron deudores con la vida de Javier. Les había
marcado, les había mejorado, les había concedido luz: familiares, amigos, niños
de Cuzco, siervos de los Pobres del Tercer Mundo, ermitaños de Lord, compañeros
de Teología de Barcelona, enfermeras de Barcelona o León, monjas de San Miguel
de Dueñas, peregrinos, visitantes, lectores y ahora también cuantos han visto
la película “Solo Javier”.
Estudiante gamberro y
chico pijo
Javier llegó al mundo en 1962, tercer
hijo del matrimonio formado por Mauricio Sartorius y Myriam Milans del Bosch.
Una familia aristócrata y acomodada. Una rama familiar extensa de apellidos
rancios y rimbombantes, de títulos nobiliarios y presencia en las finanzas, en
las milicias, en la política y en la alta sociedad madrileña. Desde pequeño,
Javier ya era un espíritu libre. Muy pronto este espíritu se tradujo en
gamberradas, travesuras y suspensos. Compañero inseparable de su hermano
Fernando en el más prestigioso colegio de los jesuitas en Madrid y luego en el
Alfonso XII del Escorial. Los colegios de nombres más sonoros poco sirven si no
hincas los codos y, por el contrario, te dedicas a perder el tiempo y
gamberrear. Los suspensos llovían al mismo tiempo que llovían las broncas en
casa. Apuesto y joven, dotado de un increíble don de gentes, seductor por
naturaleza, alegre a pedir de boca, desde muy joven se convirtió en el amo de
las terrazas y en la salsa de las discotecas. Lo único que le salvaba era su
afición al deporte. Una tarde Santana lo vio jugar en la pista y cazó al
instante que ese joven tenía madera de tenista, decidió apadrinarlo, pero el
padre de Javier se negó en absoluto. “Javier
tiene que estudiar”. Como en España el padre no hacía vida ni de Javier ni
de Fernando, les inscribió en una universidad americana de Texas para estudiar
administración de empresas y, como concesión, les pagó una beca de tenis en una
academia muy conocida.
Campeón de padel y
tenis en USA
Los hermanos Sartorius se dedicaron
al tenis y no quisieron saber nada de la Universidad. El padre les cortó el
grifo. “Apañaos como queráis, pero no
suelto más pasta”. Se fueron a vivir a los Ángeles. Y allí todo el monte
fue orégano. Se convirtieron en comerciantes de aspiradoras a domicilio,
profesores de tenis de famosos de Hollywood (entrenaron a artistas como Salma
Hayek, Tom Cruise o Elsa Pataky), organizadores de campeonatos que les
proporcionaban buenos ingresos. Y el resto del día y la noche entera: la playa,
el surf, los ligues fáciles, la música a tope, la vida social y cientos de
contactos en poco tiempo. En Estados Unidos, lejos de la familia, de la presión
social de sus ilustres apellidos, ellos eran dos hippies libres. Podían hacer
lo que les diera la gana. No tenían que rendir cuentas a nadie, y encima podían
pagar sin problemas el apartamento y los vicios. ¿Lo de sexo, drogas y rock and
roll? Pues eso. Por primera vez, sin culpas y sin remordimientos, sin broncas y
sin consejos paternos, podían hacer su santa voluntad. Pasaron dos años sin
volver por España. En la playa y en la discoteca, les llamaban los Gipsy King,
los reyes gitanos de la alegría, la fiesta y la juerga. En esa juventud alocada
y alegre, la separación de sus padres fue una sombra que lo entristeció y lo
apenó como al que más. Un intenso dolor. No podía imaginar regresar a casa y no
ver a sus padres juntos en cada rincón.
Aquel primer homeless y
el budismo
El pádel empezaba a coger
consistencia en Estados Unidos. Los hermanos se metieron de lleno en ello. De
su afición deportiva, los dos hermanos habían conservado el espíritu de
disciplina, que Javier aplicaba únicamente al deporte. Fueron subiendo puestos
y se alzaron con la victoria en el Campeonato Nacional de Pádel USA. Pero unos meses antes de este triunfo
increíble, Javier se encontró con un sintecho. Un homeless cualquiera le pidió un cigarrillo, pero los ojos del vagabundo
pedían algo más: un poco de escucha, un poco de tiempo, un poco de afecto. Por
primera vez Javier se dio cuenta de la existencia privilegiada que había
tenido. Él había sido un pijo toda su vida, y por primera vez caía en la cuenta
de que no todo el mundo vivía como él había vivido. A partir de ahí, compraba
comida y se iba bajo los puentes donde se agrupaban dos o tres sintecho, les
ofrecía un bocata, y se sentaba con ellos a escuchar sus historias. A veces los
homeless eran ex combatientes a los
que la guerra había dejado una mutilación física y varias en el alma. Él les
escuchaba y no les juzgaba. Y por primera vez cayó en la cuenta de que su vida
de sol, fiestas y tenis era una mierda.
Alguien le hablo de las escuelas
orientales de meditación y del budismo, y él se metió de lleno. Se levantaba a
las 4 de la mañana para hacer meditación. Acudía a las sesiones de oración
impartidas por monjes budistas. Por entonces la espiritualidad orientalista
ganaba miles de adeptos. Todos querían sentirse bien, estar en calma, tener paz
interior. Javier fue uno más de los miles de deslumbrados por la meditación oriental.
Desde el punto deportivo, Javier
había logrado su mayor éxito: ganar el Campeonato Nacional de Pádel de Estados
Unidos. Pero ese gran éxito lo único que hizo fue confirmarle una vez más que
caminaba por el lado equivocado del camino. Cuando volvía a su casa se acercó a
un contenedor de basura y allí mismo arrojó el trofeo de campeón. Para Javier
esta victoria era una derrota más para su corazón.
Los niños de Cuzco y la
vuelta a la fe católica
“¿Tú crees que a uno como yo que no piso por la iglesia, que estoy metido
en esto del budismo, le aceptarían como voluntario en esa misión católica?, preguntó Javier por teléfono a su
primo, Willian Hartley, que por entonces se hallaba de voluntario en Cuzco con
los Siervos de los Pobres del Tercer Mundo. Le contestó que no había ningún
problema y que podría permanecer unas semanas en el orfanato. Su primo le
preguntó cuándo tenía intención de acercarse. Y la respuesta de Javier, le dejó
sin palabras: “Mañana mismo”.
Cuando Javier llegó a Cuzco sabía quién no quería ser, pero aún desconocía quién iba a ser. La pobreza siempre te interroga y te cuestiona. Pero también la pobreza ajena es una invitación a la donación. Y esa donación lleva a la alegría y a la plenitud. Su don de gentes, su alma de niño, conectó desde el primer momento con los niños del orfanato de Cuzco. Los niños llevaban a sus espaldas historias terribles, pero también una voluntad de sanación y un deseo de futuro grande en sus pequeños cuerpos y corazones. A Javier esta capacidad del niño para olvidar sus heridas y lanzarse al futuro le conmovió. En sus primeros tiempos, Javier se mantuvo alejado de cualquier celebración litúrgica, porque eso no iba con él. Pero poco a poco, los misioneros y los niños le fueron acercando a la fe de sus mayores. Al fin y al cabo él había nacido y vivido en una familia católica. Cada vez se situaba más cerca de la iglesia, hasta que un día, cruzó el umbral. Pidió confesión al padre Giovanni. Una confesión que duró dos días enteros, caminando por senderos o deteniéndose a la sombra de un árbol. La confesión le ayudo a repasar toda su vida, a poner luz en sus cuartos oscuros. La absolución le hizo sentir perdonado y hombre nuevo. Revestido con un alba blanca volvió a entrar en la humilde capilla de la misión. Fui su vuelta a la Iglesia Católica. Los niños locos de alegría lo abrazaron como se abraza a un padre que regresa después de mucho tiempo. El padre Giovanni recordaría este acompañamiento espiritual como una de las cosas más bonitas de su vida. Pero en bromas solía decir: “No quiero confesar a más Sartorius; son agotadores”.
De Ajofrín al
monasterio de Lord
Alguna vez sucedía que voluntarios
que pasaban un tiempo con los niños más pobres de Cuzco, decidían seguir
adelante y hacerse sacerdotes para entregar su vida a la causa de los pobres.
Javier fue uno de ellos. La vida de Javier era un continuo dejar cosas. Había
dejado el colegio, había dejado la familia, había dejado el tenis, había dejado
la juerga, ahora también decía adiós a Buda y volvía a la fe de su infancia de
la que él se había olvidado desde su primera comunión en Madrid.
En Perú en medio de los más pobres,
permaneció un año. Acabó aceptando la proposición de hacerse sacerdote con los
Siervos de los Pobres . Y así dijo adiós a esta etapa americana, para empezar
otra nueva en España, concretamente en Ajofrín (Toledo) donde estaba el
seminario de la congregación.
Javier tenía disciplina para el
deporte, pero no para los libros de filosofía y teología. Todo le distraía de
los apuntes. Y no sólo eso. Se preguntaba por el sentido de su elección. ¿No
habría sido mejor volver a Cuzco y ayudar a sus niños, jugar con ellos, reír
con ellos, crecer con ellos? No le gustaba la vida cómoda que se llevaba en el
seminario. Habitaciones limpias, comida, transporte, libros, calor. Todo era fácil.
Y él ya estaba en otra esfera. Ni le preocupaba la comida ni le preocupaba la
ropa. Le dijo a su superior que ese no era su camino, que los estudios para
sacerdote no eran para él, que él quería buscar y encontrarse con Dios en una
cueva, procurarse el sustento en el bosque, vivir sin nada, absolutamente nada,
y alimentarse únicamente de Dios. El rector vio que iba lanzado y que ya nada
le detendría, pero antes de que se decidiese por esta idea descabellada le
ofreció una solución intermedia: “conozco
yo un monasterio, donde los monjes viven como eremitas en medio de una pobreza
radical… se llama Lord”
El ermitaño y las
ovejas
Un macuto con dos prendas, un
evangelio y mil pesetas. Nada más. No le daba para el billete así que fue
haciendo autostop entre Ajofrín y Sant Llorenç de Morunys, unos 670 kilómetros.
Y allí llegó. Llamó a la puerta. Le preguntaron su nombre. Y le ofrecieron lo
que tenía. Era poco. El santuario de Lord estaba casi todo él en ruina. No
había agua corriente. No había calefacción. Todo era pobreza. Dos ermitaños se
afanaban por devolver vida y oración a ese antiguo cenobio. Tenían un pequeño
rebaño de ovejas y se lo encomendaron. Y con la misma pasión que se había
entregado a otras cosas, se entregó a sus ovejas. Las sacaba a pastar, limpieba
el estiércol del corral, cuidaba a los corderillos, ordeñaba, hablaba con ellas
y ellas parecían entenderle. Se sentaba en el campo a escribir unas notas en su
cuaderno y ellas le miraban con sus ojos mansos como queriendo descifrar la
profundidad de sus pensamientos.
La alegría que era la nota
sobresaliente de su carácter se multiplicó en Lord. Había encontrado su lugar
en el mundo. Esa era la paz que buscaba. Esa era la familia que quería. Ese era
el Dios al que se abandonaba cada día. Leía la Biblia como un hambriento
mastica el pan duro. Devoraba las biografías de los santos, en especial la de
San Francisco. Se extasiaba contemplando los paisajes tan hermosos que divisaba
desde el santuario. Iba en busca del corderillo perdido. Compartía con
sencillez la comida de cada día con su comunidad. Algunos familiares le
visitaban y se quedaban admirados de la pobreza en la que vivía y de la alegría
que desprendía. Su padre no entendía nada. Le enfurecía cómo su hijo
despilfarraba su juventud con cuatro ovejas en un mísero rincón del mundo.
Amenazó con desheredarle. Este hijo inútil, que tuvo miles de oportunidades, le
desesperaba.
Sus hermanos ermitaños pronto entendieron que Javier era un trozo de excelente madera sin desbastar. Sería un buen sacerdote: era profundo y había progresado mucho en la oración. Daría un buen testimonio. Sostendría el futuro de Lord. “Yo no tengo vocación de sacerdote, pero obedeceré si me lo pedís”. Y de nuevo, de lunes a viernes, se vio en el seminario de Solsona. Filosofía, teología, latín, hebreo, biblia, moral. Cuántas cosas. Pero su cabeza ya no era la del atontado y distraído, sino la del entregado y responsable. Y de nuevo aceptó estudiar para sacerdote. Cada fin de semana volvía a Lord, a sus hermanos ermitaños, a sus ovejas, a la soledad sonora de los campos y de la capilla de Nuestra Señora de Lord. Y cada fin de semana seguía levantando un pequeño muro para delimitar el cementerio del convento. Su vida parecía estar encaminada. Cuando acabase sus estudios, volvería a su monasterio y permanecería allí por años y años, trabajando y rezando, como han hecho los monjes durante siglos y siglos.
De pronto
empezó a tener diarreas, cólicos intestinales, urgente necesidad de ir a
servicio, fiebre, cansancio extremo, pérdida de peso. El diagnóstico llegó
pronto: colitis ulcerosa. No podía seguir ese ritmo de estudio y trabajo, ni
alimentarse de esa manera ni podía vivir en ese lugar sin ninguna comodidad y
lejos de un centro sanitario.
Un enfermo en san
Miguel de Dueñas
Oró intensamente para comprender cuál
era la voluntad de Dios en todo esto, qué significaba su enfermedad y su
sufrimiento. Como todo ser humano, atravesó su Getsemaní y recorrió un camino
de lágrimas. Después volvió a brillar la confianza. Desapareció el miedo a la
muerte y se ofreció a Dios.
El padre Jordana tenía amistad con
las monjas de San Miguel de Dueñas (León). Y les pidió que aceptasen a Javier
por un tiempo hasta que mejorase, porque en Lord carecían de todo. Y de nuevo
Javier deshizo el camino andado. Lo deshizo sin pena, en la confianza de que
todo sería para bien. ¿Qué vieron esas monjas de San Miguel de Dueñas para
meterle en clausura, junta a ellas, atenderle, cuidarle, lavarle como a un hijo
y escucharle como a un padre espiritual? ¿Qué vieron esas monjas que,
incumpliendo las normas conventuales seculares, aceptaron en su capilla y en su
clausura a este joven enfermo que sonreía con dulzura? ¿Qué instintos
maternales provocó este hombre desvalido pero envuelto en luz que llamó a su
convento como un pordiosero? Una vez más, es estos gestos inesperados de
acogida se manifiesta el genio del cristianismo, la sabiduría cristiana que
escandaliza, la esencia cristiana que no distingue griego de judío, enfermo de
sano, hombre de mujer.
La enfermedad hacía su mella y lo
debilitaba. Además de una enfermedad era una humillación para su día a día. En
San Miguel de Dueñas, este ocupante de celda de clausura – alguna monja le
llamaba con cariño “Sor Javiera”-
tenía las maletas preparadas para la otra vida. Cuando le llamaban sus
familiares o sus amigos les solía preguntar: “¿Tienes las maletas preparadas? ¿Qué harías si te quedase una semana
de vida?” Y no hacía estas preguntas para amargar la vida al otro, sino
para que la vida de sus amigos tuviese un sentido y una plenitud.
Regreso al hogar de Lord
Javier murió el 21 de junio de 2006,
en el propio monasterio de clausura de San Miguel de Dueñas, de un infarto de
miocardio, tal vez provocado por la extrema debilidad de su organismo. Tenía apenas
44 años. Pocas horas antes, se había quitado el reloj de la muñeca y lo había
depositado en la mesilla, como indicando que para él el tiempo terrenal ya
había concluido; ya no necesitaba saber qué hora era en esta tierra en la que
había conocido el placer, la amargura, el desencanto, el arrepentimiento, la
conversión, la entrega a Dios y el trabajo humilde en un monasterio, la alegría
de conocer a Dios y amarlo. Las monjas lo lloraron como a un amigo del alma y a
un ejemplo de vida en el dolor. Y lo amortajaron con el hábito de monje. Su
cuerpo sin vida volvió al santuario de Lord, donde había su hogar, y esa plenitud
que había buscado desde joven. Fue enterrado en el pequeño cementerio que él
había trazado. Desde entonces, muchos peregrinos y buscadores se acercan a su
tumba, intentando comprender el secreto de una vida: el secreto de Javier.
Ante el cuerpo amortajado del hijo
pródigo, el padre de Javier, desencajado, se atrevió a murmurar: “Ahora entiendo todo”. Entendía al hijo.
Entendía que le llorasen tantas personas en las que había dejado huella.
Entendía el secreto de la felicidad de Javier. Y entendía su propia vida que
había transcurrido por caminos tan diferentes y con valores tan opuestos a los
de su hijo. Pocos meses después murió Mauricio Sartorius. Pero una semana
antes, había suplicado al rector del Santuario de Lord que permitiese ser
enterrarlo junto a su hijo. Y así se hizo. En 2013, cuando murió Myriam Milans
del Bosch, solicitó la misma autorización. Al final, el hijo había vuelto a
reunir a sus padres en eso que llamamos eternidad.
En cualquier horizonte…
la redención
Javier fue el joven rico, exitoso,
triunfador, pero también confuso y desconcertado que respondió radicalmente y
en primera persona a la pregunta de Jesús en el evangelio de Mateo, 16: “De qué le servirá al hombre ganar el mundo
entero, si pierde su alma”. El hijo de familia aristócrata, el estudiante
rebelde y gamberro, el ligón, el vivalavirgen, el seductor, el conocedor de
todos los placeres y menús de la vida, el tenista profesional, el deportista
triunfador, el hombre sensible y arrepentido, el cooperante, el estudiante de
teología, el monje, el orante, el
creyente que acepta en paz y en serenidad los planes de Dios sobre su cuerpo y
su alma, es Javier Sartorius Millans del Boch, sólo Javier. Y tiene mucho que
decir a tantos hombres insaciables de placeres y, al mismo tiempo, colmados de
desdicha y soledad.
La vida de Javier es un potente
testimonio. No importan los caminos extraviados que hayas frecuentado en tu
vida. No importan los errores garrafales ni los pecados gruesos. No hay
determinismo que valga para el ser humano. La redención es posible en cualquier
tramo del camino. En una sociedad que nos vende felicidad con cada compra y
plenitud con cada experiencia efímera… la vida de Javier es un ejemplo válido
para tantos jóvenes atrapados en el vacío, en el asco de sus propios errores,
en el sinsentido de sus vidas. La biografía de Javier puede ser una candela en
la noche oscura de tantas personas, una brecha mínima en el muro compacto de
soledad y tedio. Cualquier ser humano puede redimirse y aceptar la Redención de
Cristo. Ninguna pena de muerte, ninguna cadena perpetua pende sobre el mañana
del más miserable de los nacidos. Todos
los días amanece. Y el sol brilla lo mismo sobre justos y pecadores.
Su compañero y amigo,
Jordi Bosch Codina escribió sobre Javier: “Durante
los años que compartimos, Javier me regaló algo que no se puede comprar: la
certeza de que una vida entregada a Dios es posible, incluso en el mundo
moderno. Me enseñó que la verdadera riqueza no está en lo que posees, sino en
lo que das. Que la libertad no consiste en hacer lo que quieres, sino en querer
lo que debes. Que la fe no es un refugio para los débiles, sino la fortaleza de
los valientes. Estas no eran lecciones que predicara; eran lecciones que vivía.
Y eso es infinitamente más poderoso”.
lunes, 24 de agosto de 2026
San Juan de Dios: el loco que amó a otros 'locos'
Un sermón y el encierro con los locos
Todas las grandes biografías
empiezan de verdad y en serio con una conversión. La de San Juan de Dios, Juan
Ciudad o Joao Cidade, no podía ser diferente. El 20 de enero de 1539, el
maestro Juan de Ávila llega a la ermita de los mártires de Granada para
predicar. Con voz fuerte y temblorosa exalta la vida de los mártires que no
tuvieron miedo a la muerte ni a los enemigos, porque sabían en quién habían
puesto su confianza. Cuando acaba el sermón, Juan de Dios es otro hombre. El
sermón le ha trastornado el alma, pero
también la razón. Acude presto a la librería que regenta y comienza a destruir
los libros, porque en ellos no reside la verdadera sabiduría. Sale desnudo por
la ciudad, grita como quien ha perdido el juicio, se da golpes de pecho, se
arroja al suelo, se entrega a todas las penitencias, ayuna como un alma en pena, y grita por toda
la ciudad: “Misericordia, Señor,
misericordia, que soy un gran pecador”.
Le insultan los viejos, se ríen los jóvenes y le corren los niños al
grito de “al loco, al loco”. Piadosas
manos le arrastran hasta el Hospital Real de Granada, donde en la última
planta, atienden a los locos y dementes. Y allí conoce, en su propio cuerpo, el
trato que sufren las mujeres y los hombres enajenados: atados como perros,
baños fríos intempestivos, exorcismos de tortura, golpes hasta doblegarlos.
Juan se atreverá a suplicar a los enfermeros: “¿por qué tratáis tan mal y con tanta crueldad a estos
pobres miserables y hermanos míos... no sería mejor que os compadeciésedes
dellos y de sus trabajos, y los limpiásedes y diésedes de comer con más caridad
y amor que lo hacéis...?”. Y allí, en ese ambiente de enfermedad y locura, de gritos
y blasfemias, de sangre y pus, Juan recibe una iluminación y un propósito que
ya no abandonará: “Iesu‐Cristo
me traiga tiempo y me dé gracia para que yo tenga un hospital, donde pueda
recoger los pobres desamparados y faltos de juicio, y servirles como yo deseo”.
Las biografías tradicionales han mantenido hasta fechas recientes que el lugar de nacimiento de Juan había sido en Montenor-o-Novo, Portugal. Recientemente, se viene afirmando que su cuna está en
Casarrubios del Monte, Toledo, en marzo de 1495. El equívoco se debe a su
primer biógrafo que, para omitir que era hijo de padre judío y así evitar
problemas con la Inquisición, le ‘hizo
nacer en Portugal’, aunque sí que es verdad que pasó su infancia en el país
vecino, respondiendo al nombre de Joao Cidade. A los 12 años entra como pastor
en una finca toledana de Torralba de Oropesa. Como tantos jóvenes aventureros
de su época, a la edad de 27 años se alista como soldado al servicio de Carlos
I y participa en la defensa de Fuenterrabía. Estuvo a punto de ser condenado a
muerte. Su capitán le ordenó que guardara vituallas y dineros de la compañía, y
en un descuido de Juan, se los robaron. Lleno de ira, el capitán le mando
ahorcar. Los propios compañeros suplicaron clemencia al duque de Alba, máxima
autoridad, que le libró de la horca. Asustado y atormentado por su descuido,
decidió en su corazón dejar la milicia, pero unos años más tarde le vemos
tomando parte de las tropas imperiales que acudieron a la defensa de Viena, en
1532, que logró frenar a las puertas de Viena el que parecía avance imparable
de los turcos por Europa. Él fue uno de los soldados presentes cuando el
emperador Carlos V pasó revista a las tropas triunfadoras. Regresó por tierra y
mar hasta la Coruña y desde esa ciudad se puso en marcha por el Camino de
Santiago hasta alcanzar la ciudad de Compostela.
Abandona la milicia y vuelve a su
terruño portugués, pero con desconsuelo conoce que sus padres ya no viven. De
nuevo, reinicia su eterno vagabundaje. Lo vemos de nuevo en Sevilla, como
pastor. Poco después, decidió embarcarse para África. En el mismo barco hizo
amistad con un caballero portugués, Almeida de apellido, que desterrado junto a
su mujer y sus hijas se dirigía a Ceuta. Entró a su servicio como criado. Pero
la malaventura quiso que todos los miembros de la familia enfermasen y gastasen
el dinero que traían consigo. Juan tuvo la oportunidad de demostrar su natural
caridad: trabajó en la reconstrucción de las murallas de la ciudad de Ceuta y
de su trabajo comía él y toda la familia portuguesa.
En Gibraltar se hace vendedor de
libros y de estampas, y de ahí lo vemos pasar a Granada donde mantiene ese
mismo oficio. En este camino hacia Granada, es donde la tradición sitúa la
leyenda del Niño de Gaucín. Mientras iba caminando, le salió a su encuentro un
niño descalzo y desvalido. Juan le regaló sus sandalias y le cargó sobre sus
hombros. Y el Niño, abriendo una granada que traía en sus manos, le dijo: “Mira, Juan, Granada será tu cruz y por ella
verás la gloria de Jesús”. Y dicho esto, el Niño desapareció. El escudo de
la Orden Hospitalaria lleva pintada una granada.
Llegó
a la ciudad de Granada en 1533, por entonces un hervidero de razas, lenguas,
creencias, señores que emprenden grandes construcciones y una turba de
pilluelos y desheredados. En su tienda de libros de Puerta Elvira, Juan leería
libro tras libro, hoja tras hoja, a la luz del sol o de una candela. Entraría así
en contacto con la renovación de la catequesis y las vidas de los santos, esctitas en un lenguaje sencillo para un pueblo analfabeto. A su librería acudían niños a
los que Juan narraba la vida de Jesús y de los santos. Y en esa librería supo, un buen día, que al
día siguiente el insigne maestro Juan de Ávila predicaría en la ermita de los
mártires.
En el pabellón de los locos del Hospital de Granada permanece y pena durante un tiempo. Y lo puede abandonar gracias a la intervención del maestro Juan de Ávila, que se convierte en confesor y guía espiritual. Y Juan de Dios desahoga sus pecados, sus penas, su desesperación, sus sueños locos de grandeza, su mala suerte, su vida errabunda y sin norte. Bien sabía el insigne predicador Juan de Ávila que Juan de Dios no estaba loco, sino que la fuerza de su conversión le hacía cometer locuras y extravagancias. Sólo los locos, nos ha enseñado mil veces el hidalgo don Quijote de la Mancha, ven la verdad de este mundo que es pura ficción y apariencia. Sólo los locos vislumbran el verdadero carácter de los hombres. Sólo los locos se atreven a decir las verdades incómodas y a defender las causas indefendibles para el resto del mundo. Juan de Ávila fue su confesor, tan paciente como sagaz. Juan de Dios consideraba perdida su existencia de vagabundo y perdida su alma por sus muchos pecados. Se sintió reconfortado y animado. El Hospital de Granada le había mostrado la situación de abandono en la que vivían tantos enfermos, especialmente los que habían -o decían que habían- perdido el juicio. Pero Juan de Dios aún tiene que encontrar su lugar en el mundo. La oración y la penitencia le ayudarán. Y si antes había ido de un sitio a otro para ganarse el pan, la gloria, la honra, ahora tenía que empezar a caminar para descubrir qué es lo que Dios quería de él. Se echa a andar por los caminos. Paso a paso fue madurando su propósito. Y así llega al monasterio extremeño de Nuestra Señora de Guadalupe. El monasterio jerónimo tenía por entonces farmacia, hospital de enfermos y albergue de peregrinos. Todo ello es universidad y academia para Juan de Dios. Allí aprende a mezclar hierbas y a diagnosticar enfermedades. Y a los pies de la Virgen de Guadalupe, promete hacer completa donación de su vida a los más pobres y enfermos. En una visión, durante su estancia en Guadalupe, María le entrega el Niño a Juan y le dice: “Viste al Niño, y así aprenderás a vestir a los pobres”
Un primer hospital en Granada
Lleno de ardor y de celo incansable, recogerá a los primeros enfermos olvidados
que yacían en los soportales de la Plaza Bibarrambla, olvidados porque, como
está escrito en el evangelio, “no tenían
a nadie”. Pero su caridad se acerca también a los hambrientos y a las
mujeres públicas, consideradas las últimas de las últimas. Sus amigos le ceden
sus casas y los bienhechores acuden con sus cestas de pan para socorrer a los hambrientos
o se prestan como voluntarios para cambiar los vendajes de los llagados. Pero
él va acumulando deuda tras deuda y aunque las tiene bien anotadas en su
cuaderno, no alcanza a pagarlas. Le empezaron a llamar Juan de Dios, porque en
verdad en él reconocieron a Dios por las calles de Granada: curando a los
enfermos, calmando a los locos, y tratando a todos con verdadera humanidad. En
la calle Lucena de Granada abre el primer hospital. Luego, un segundo en la
Cuesta de Gómerez, y un tercero en la calle de los Gomeles. De él escribió un
compañero: “Pedía limosna, descalzo pies
y piernas y la cabeza descubierta y rapada a navaja... con una capacha de
esparto en las espaldas en que echaba la limosna que le daban y una olla en la
mano para la vianda y al anochecer salía a hacer su demanda por las calles de
Granada e iba susurrando, hablando, gritando: “Haceos el bien a vosotros mismos”…
“Cuando veía algún pobre enfermo, dexaba todo, si no podía andar, y lo cargaba
sobre sus hombros hasta el hospital...”.
El
rumor de que el hospital acogía personas de dudosa moralidad y de mal ejemplo,
que alborotaban el hospital y con las que Juan tenía que ejercitar una
paciencia extrema llegó al obispo que aconsejó a Juan de Dios que limpiase el
hospital de estas personas para que los demás pudieran vivir en paz. Juan le
escuchó con dulzura, pero suplicó al obispo “Padre
mío y buen Prelado, yo solo soy malo y el incorregible y sin provecho, que
merezco ser rechazado de la casa de Dios, y los pobres que están en el Hospital
son buenos y sobre todos tiende el sol cada día, no será razón echar a los
desamparados y afligidos de su propia casa”.
En la ciudad de Granada, aún tendrá
que mostrar su heroísmo. En 1549 un pavoroso incendió se declaró en el Hospital
Real. Juan, que conocía bien las estancias y bien a los enfermos que allí
padecían, se lanzó, desafiando las llamas y el humo, para sacar a los enfermos
y salvarlos de una muerte segura. Es este una de los episodios que los artistas
han repetido más veces para ilustrar la vida de Juan de Dios.
Una pulmonía lo postró en cama. Unas semanas antes se había lanzado al
río Genil para salvar a un hombrecillo que se estaba ahogando. Juan tenía 55
años y las condiciones en las que vivía en el hospital no garantizaban su
curación. Los señores de Pisa, amigos y bienhechores, tuvieron que apelar a la
debida obediencia de un religioso para llevarlo a su casa y cuidarlo. Pero su
cuerpo ya estaba exhausto y muy quebrantado. El arzobispo Pedro Guerrero, lo
visitó. Y Juan le suplicó que no abandonara a sus pobres y le entregó la libreta
donde estaban apuntadas todas las deudas, que no eran pocas. El arzobispo, que
lo quería como a un hermano, prometió que ni se olvidaría de las deudas ni de
los pobres.
Mandó llamó a Antón Martín, al que
confirmó como su sucesor y le animó a seguir cuidando de todos los enfermos.
Aunque muy enfermo, bajó del lecho para ponerse de rodillas y hacer oración,
sujetando fuertemente un crucifijo contra su pecho. Y así murió y así
permaneció durante horas ante el asombro de los que le rodeaban, hasta que
decidieron amortajarlo. Era el 8 de marzo de 1500. En la casa de los Pisa, aún
se puede visitar la habitación en la que Juan de Dios murió. Una escultura
tremendamente realista recuerda la última oración de Juan de Dios y su muerte. El visitante
aún se siente conmovido al entrar en esa estancia donde un hombre grande entregó
su último aliento. Dejó, eso sí, una herencia inconmensurable: el amor a los
enfermos y a los locos.
La ciudad de Granada guarda sus
restos en la basílica que lleva el nombre del santo. El exuberante barroquismo
de la iglesia llega a marear, por su horror
vacui, su recargamiento, su oro reluciente por doquier. A veces los hombres
queriendo honrar a los muertos queridos y a los granes santos, les juegan una
mala jugada. Una especie de honra deshonrosa. Pero de esta pasta estamos hechos
los humanos. En esa misma iglesia, se puede ver la capacha en la que San Juan
de Dios, llevaba el pan, las vendas, las hierbas. Y ese capazo medio roto dice
más de Juan que todos los querubines, ángeles, arcángeles, tronos y potesdades y
dominaciones de las paredes y el techo del templo. San Juan de Dios es el
patrono de todos los enfermeros del mundo, copatrono de la ciudad de Granada y
santo patrón de los bomberos de España. Su festividad se celebra cada 8 de marzo.
Es
proverbial la caridad de los hijos de san Juan de Dios hacia los enfermos,
especialmente hacia los aquejados de enfermedad mental. Su defensa de los
enfermos se convirtió en heroica en España, en el año 1936. Los religiosos hospitalarios
no abandonaron a los enfermos ni su puesto en los hospitales, aunque las
amenazas crecían y sus amigos les presionaban para que se escondieran o se
alejaran a otras ciudades españolas. Perdieron la vida por su hábito de
religiosos y por el odio a Cristo en esos primeros meses de la Guerra Civil. En
Ciempozuelos-Madrid, en Barcelona y Calafell-Tarragona noventa y cinco religiosos encontraron el martirio.
Todos murieron perdonando a sus asesinos. La inminencia de la muerte era un
sufrimiento menor comparado con el desgarro de abandonar a enfermos cuya vida y
salud de ellos dependía.
Hoy la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios
está presente en los cinco continentes, concretamente en 52 países, sostiene
unos 400 centros sanitarios, con una disponibilidad de treinta mil camas, y atiende
cada año a miles y miles de personas en hospitales, ambulatorios, residencias,
casas de acogida, consultas y tratamientos. Mil religiosos hospitalarios,
sesenta y cinco mil trabajadores sanitarios y alrededor de veintitrés mil
voluntarios constituyen una fuerza sanadora única en el mundo. La Orden
Hospitalaria se sitúa en la vanguardia en la asistencia a los enfermos de salud
mental. A la Orden Hospitalaria masculina de San Juan de Dios, hay que añadir
las Hermanas hospitalarias del Sagrado Corazón de Jesús, fundadas por Benito
Menni en Ciempozuelos en 1881, así como todos los miembros laicos de la llamada
Familia Hospitalaria que se inspiran en la vida y en la obra de San Juan de
Dios.
Haceos bien a vosotros mismos, ¿queda claro?
Cuando Juan de Dios salía a pedir limosna por las calles de Granada, no
contestaba a quienes le daban algo ‘gracias’, sino “Hermanos, haceos bien a vosotros mismos, ¿queda claro?” Y esta
frase encierra el secreto del cristianismo y el secreto de la felicidad. Cuando
haces el bien, cuando eres caritativo, te estás haciendo el bien a ti mismo. Te
estás mejorando, te estás ayudando a ser mejor persona y a ser más feliz. Tú
eres el principal beneficiario del bien que haces a los demás. Hacer el bien a
los otros es el camino más recto y seguro para la propia plenitud y dicha.
También para entrar en comunión con Jesús y alcanzar el paraíso. Esta frase fue
tan repetida por los seguidores que en Italia a los hijos de San Juan de Dios
se les conoce como ‘fatebenefratelli’
(haceos el bien, hermanos).
Juan no fue obispo, ni presbítero, ni siquiera un fraile. Fue un simple
enfermero que de día lavaba a los enfermos, los vendaba y los vestía, fregaba
los cacharros y los suelos, barría, repartía las escudillas de comida, tiraba
los orinales, y, por la noche, salía a pedir por las calles de Granada. Juan
era un simple laico, un simple y pobre cristiano. Un día le invitó a comer el
presidente de la Real Chancillería de Granada, Ramiro de Fuenleal, obispo de
Tuy. Este conocía bien la caridad y la fama de la que gozaba Juan entre los
menesterosos. Al acabar la comida, le entregó un hábito y, de esa manera, le “consagró”.
Y lo que es más importante, le dio el nombre por el que terminarían llamándole
los granadinos y, después, el mundo entero: Juan de Dios. Al santo enfermero y
limosnero se le abrieron los corazones y las casas de toda la ciudad. Muy
pronto, algunos seguidores lo imitaron en su cuidado maternal a los enfermos y
en el trato amoroso, con palabras dulces, a los que habían perdido el juicio.
Cabe recordar a dos de sus principales seguidores, Antón Martín y Pedro
Velasco. Ya se sabe que el cariño es medicina, especialmente cuando la
enfermedad anida en la cabeza o en el corazón. El hospital se convirtió en casa
de Dios y antesala del Paraíso. En una carta a un amigo, Juan de Dios escribe
que en la casa se recibe a todo el mundo: “…enfermos
que aquí se encuentran tullidos, mancos, leprosos, mudos, locos, paralíticos,
tiñosos y otros muy viejos, y muchos niños; y esto sin contar otros muchos
peregrinos y viandantes, que aquí acuden, a los cuales se les da fuego, agua,
sal y vasijas para guisar de comer” y hace saber a su amigo que “Jesucristo lo prevé y lo provee todo”.
miércoles, 19 de agosto de 2026
Hélène Carrère d’Encausse según Koljós
Koljós es el título de la última novela de Emmanuel
Carrère. El escritor francés, que ha encontrado en su propia biografía uno de
los filones de su escritura, habla en esta ocasión de su madre y de sus antepasados georgianos,
rusos, alemanes. Hélène Carrère d’Encausse (París,1929-2023, de soltera Hélène Zourabichvili,
pues al casarse adoptó el apellido de su marido) llegó a lo más alto de la
sociedad intelectual e institucional francesas. Profesora, escritora,
especialista en la historia de Rusia y, nada menos, Secretaria a perpetuidad de
la Academia Francesa. Uno de los puestos más prestigiosos de Francia, un país
que honra, como ninguno, su propia lengua y que tiene en la más alta
consideración a sus escritores y a los ‘inmortales’, los miembros de la Académie
Française.
Toda su familia llegó a Francia con lo puesto, después
de que la Revolución Rusa de 1917 ocupara Georgia y la despojara de todo,
incluido el status social de alta aristocracia, de sus casas y tierras. Llegaron
como apátridas a Francia. Eran pobres de solemnidad, pero también con una
preparación cultural impresionante. “Se
sabe que los príncipes rusos tuvieron que ejercer de taxistas y las princesas
de planchadoras a domicilio”. Pero todos ellos habían estudiado filosofía,
literatura, y dominaban seis idiomas. Vivieron en buhardillas para criadas y no
todas las noches podían llevarse algo a la boca. Una numerosa comunidad rusa se
instaló en París. Maldecían a los líderes soviéticos, se ayudaban mutuamente y tenían
en la catedral ortodoxa de Saint Alexandre-Nevski su lugar de encuentro y de
reunión.
Intelectualmente muy dotada, Hélène, con un sentido de
la disciplina y del esfuerzo personal a prueba de bomba, fue abriéndose paso
poco a poco. Estudiante destacada, profesora brillante en la Sorbonne,
profesora invitada por diversas universidades, diputada en el Parlamento
Europeo, más francesa que cualquier ciudadano francés, obtuvo la nacionalidad
francesa (un verdadero acontecimiento para ella). Sus ensayos sobre Rusia le
abrieron todas las puertas, y todavía hoy se consideran 'monumentales'. Varios años antes de 1989, predijo el hundimiento
de la Unión Soviética, porque “era un
gigante con los pies de barro”. Murió en 2023. Y Francia quiso para ella un homenaje de Estado en el patio de honor de Los Inválidos de París, con discurso
incluido del presidente Macron.
El escritor Emmanuel Carrère es uno de los tres hijos
de Hélène. Cuando Emmanuel, que no tiene ningún sentido del pudor o de la
intimidad personal o familiar, escribió su libro titulado Una
novela rusa, el choque con su madre fue inevitable. Durante dos años no se
cruzaron la palabra. Hélène había prohibido a su hijo la publicación de este
libro. Para el escritor una prohibición es un estímulo y un aguijón. En el
libro, entre otras cosas, Enmanuel Carrère hablaba del abuelo Georges, padre de
Heléne, que había trabajado como traductor de alemán para las autoridades nazis
en el París ocupado. Al final de la guerra, fue tachado de colaboracionista,
una sentencia de muerte en la Francia gaullista de resistentes heroicos.
Georges fue arrestado y ejecutado, al igual que tantos franceses, por bandas de
“resistentes”, sin que nunca se haya conocido el lugar de su enterramiento. El caso Georges se convirtió en un secreto para toda la familia. Hélène vivió toda la vida con esta espada de Damocles sobre su cabeza. Al
final, la publicación del libro no tuvo ninguna repercusión seria ni nadie dejó
de hablar a Hélène por este hecho. Ya había pasado el tiempo de dividir a los
franceses entre resistentes y colaboracionistas.
No sabemos si a Helene le hubiera gustado Koljós. En general se sentía poco
atraída por los libros de su hijo, escritos en primera persona y con una
abundancia de vivencias autobiográficas. Probablemente la idea de escribir
sobre su madre, ya le rondaba la cabeza a Emmanuel desde hacía tiempo. Encontró
la excusa perfecta cuando, al desmantelar el piso de sus padres, encontró varias
carpetas que contenían numerosas investigaciones, documentos, fotografías y datos sobre los antepasados
de Hélène, y que habían sido recogidos por el marido de esta, Louis Carrère d’Encausse,
que sentía una admiración casi obsesiva por los antepasados rusos y georgianos
de su mujer. El escritor encontró en ellos un material precioso para hablar de
su madre y de su genealogía que incluía, príncipes, intelectuales, un regicida,
una dama de compañía de la última zarina, empresarios, políticos y propietarios
de palacios, fincas y obras de arte…
La palabra que da título al libro, koljós,
significa granja agrícola en los tiempos de la colectivización bolchevique.
Pero en la familia Carrère “hacer un
koljós” significaba que los niños pequeños podían compartir la cama o la habitación de la madre, cuando
el padre andaba de viaje de trabajo, fuera de París. Ese doble sentido de la
palabra es una metáfora idónea para hablar de lo familiar y a la vez de la gran
historia del mundo en esas décadas.
La dictadura bolchevique, Lenin,
Georgia, Ucrania, la gran literatura, como Sastre o Camus, Dostoiesvski o
Tólstoi, están también presentes en este libro que aúna novela, memorias,
historia, ensayo, recuerdos familiares, periodismo y un sin fin de apuntes y
notas. Emmanuel Carrère se luce a la hora de clasificar los apartados para que
el lector, a lo largo de las 450 páginas, vaya componiendo el puzzle de la
Familia Carrère y el puzzle del mundo en esas décadas. El libro comienza con el
funeral de estado en los Inválidos y termina con los tres hermanos, Emmanuel,
Natalie y Marina, “haciendo koljós” en
la habitación donde agoniza y muere esta gran dama de origen georgiano,
orgullosa de su nacionalidad francesa, y que hizo suyo el lema de Disraeli “never complaint, never explain” (nunca
quejarse de nada, nunca explicar nada).
Carrère rinde homenaje de devoción
filial a Hélène Carrère D’Encausse, pero no cae en el sentimentalismo ni pasa
por alto las zonas grises y sombrías de una existencia que fue ascendiendo socialmente desde lo más bajo
de una niña apátrida a lo más alto de las instituciones de la República Francesa. Homenaje a la
madre, pero también repaso sin concesiones a las grandezas y a las miserias de
una vida, incluyendo asuntos íntimos y el desdén con el que Hélène trató
durante tantos años a su marido. Trabajadora incondicional, disciplinada,
puntillosa en sus estudios, conocedora sin parangón de la historia rusa,
amorosa a su manera con sus hijos y nietos, mantuvo una relación distante con
su hermano Nicolás, y no desapareció jamás el dolor inmenso por la suerte final
que corrió su padre, simplemente porque había servido de traductor a los
alemanes. Su vida de éxito en la Francia fue tal vez la forma de
vengar a su padre, ‘desaparecido’ en los primeros días de la victoria de Francia
sobre los alemanes.
Hélène, fiel a su estilo de una dignidad que
no se rinde, y de un sentido de la educación que no se rebaja a dar molestias,
no aceptó ningún tratamiento contra el cáncer. Solo al último momento comunicó
a su hijo Emmanuel que le quedaba muy poco de vida, porque la metástasis ya
había invadido todo el cuerpo. Organizó todo. Quiso morir en una residencia de
cuidados paliativos. Hasta ese momento continuó su ritmo de trabajo, como si no
pasase nada. Al salir de casa con su maleta en la mano, camino de la residencia
de paliativos, hizo la señal de la cruz. Sabía que no cruzaría nunca esa puerta
en sentido contrario. Maquillada, bien peinada y bien vestida se enfrentó a la
muerte con suma dignidad. Aunque de religión ortodoxa, quiso recibir la unción de enfermos de las manos de su amigo
sacerdote católico, Benoist, al que ella iba a escuchar de buena gana en la
iglesia de Saint Germain des Prés. Y le pidió que fuese él quien hiciese el
elogio fúnebre, y ninguna otra autoridad eclesiástica. Reposa para siempre en
el cementerio de Montparnasse de París.
Con su grandilocuencia habitual, Macron
la despidió en los Inválides como “a la
mujer por la que corría sangre de todos los ríos de Europa entre el Volga y el
Rhin, como a hija de las estepas, con tantos antepasados ilustres, pero que representaba,
como nadie, el espíritu de la República Francesa”. Hasta justo 30 días
antes de morir, Hélène estuvo trabajando en la finalización del nuevo
diccionario de la Académie. La última palabra que pudo definir para el Diccionario fue ‘zygomatique’.
Macron añadió “que uno bien puede morirse
en paz después de definir con suma precisión la palabra ‘zygomatique’.
A la sombra de Hélène siempre estuvo
su marido Louis, acompañante discreto en
cenas y recepciones en palacios, embajadas y centros culturales. La devoción
por su mujer le hizo emprender una investigación rigurosa sobre sus antepasados.
El libro de Enmanuel Carrère es también un homenaje al padre, por su lealtad y
su admiración indeclinables hacia la mujer con la que convivió durante más de
setenta años. Ambos siempre se trataron de usted. Nobleza obliga. Apenas pocos
meses después de la muerte de Hélène, Louis Carrère d’Encausse murió, como
muere uno de cada cuatro ancianos cuando su pareja de toda la vida deja este
mundo, y le deja a él o a ella, no en una viudedad inconsolable, sino en una
orfandad desoladora.
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