El órgano
de la iglesia de la Trapa de San Isidro de Dueñas enmudeció durante la misa de réquiem. Nadie
acarició el teclado del órgano. El monje organista acababa de fallecer. Los
cantos se sucedieron a lo largo de toda la ceremonia. Pero el órgano guardó
silencio. No sé si fue necesidad. No sé si fue homenaje. En todo caso, una
sencilla metáfora de esa certeza que nos dice que, cuando la muerte cierra
nuestros ojos, la música de nuestro cuerpo calla para siempre: cesa ese sonido
único e insustituible que emitía nuestra forma de ser y de estar en el mundo.
No es verdad que somos piezas sustituibles y equivalentes de un engranaje
mecánico carente de sentido. Algo de extraordinario y de único encierra el esqueleto
y el pellejo y el aliento de cada ser humano. En la tarde del 24 de julio, en
medio de un calor apabullante y de una España ardiendo por los cuatro costados,
se celebró la misa de réquiem por el descanso eterno de Joaquín López Serra,
monje trapense. En el funeral: los hermanos de la comunidad de San Isidro de Dueñas, los
familiares, los amigos, los sacerdotes llegados para la concelebración, los
fieles. Revestido con mitra y báculo, el abad preside la ceremonia.
Joaquín
López Serra llevaba 51 años formando parte de este monasterio trapense. Había
nacido en 1952 en Mataró y a los 23 años ingresó como novicio. Pronto se
manifestó su temperamento artístico que se concretó en la música. Organista y
compositor, formó parte de la Comisión de Música de la Región Española
Cisterciense. Algunas de sus melodías y textos litúrgicos, al día de hoy, embellecen y otorgan espiritualidad a la liturgia de diversos monasterios de la Orden. "Para ti es mi música, Señor, ¿cuándo vendrás a mí" (Salmo 100).
También fue
el encargado del Archivo del monasterio. Su afán investigador le llevó a
moverse con soltura entre papeles y legajos, para conocer mejor la historia, no
sólo del monasterio de San Isidro de Dueñas, sino también de la Orden
Cisterciense.
El estudio
de la vida y la espiritualidad del hermano Rafael Arnáiz (canonizado en 2009) fue
una constante para este monje trapense que acaba de llegar al final de su
camino. En 2015 publicó un libro, titulado Haciendo Camino. Fue el fruto de su
búsqueda en los papeles del Archivo de San Isidro de Dueñas: una recopilación
de datos de las crónicas del monasterio para saber cómo fue percibido, tratado,
sentido y ‘leído’ el hermano Rafael durante su breve pero fundamental estancia
en el monasterio, y también después de su muerte. Un trabajo esmerado de
investigación. El hermano Joaquín era el responsable del Secretariado de San
Rafael Arnáiz.
En un momento de gran fecundidad intelectual y
espiritual, el cáncer llamó bruscamente a la puerta del monje Joaquín. Dolorosa
enfermedad que postró y rompió su cuerpo. Murió en la enfermería conventual el
pasado 23 de julio, a los 73 años de edad. Como es tradición trapense, el
féretro fue velado por sus hermanos en la Sala Capitular y en la Iglesia. La
cara descubierta, la capucha enmarcando su rostro que la enfermedad había
vuelto enjuto y afilado, la barba luenga y apostólica. Tal vez sea pedagógico
mostrar el rostro de los muertos, costumbre
tan alejada del sentir actual, que esconde la muerte y la torna invisible. Dejamos
esta vida con las marcas y las huellas del tiempo, de los años, de la
enfermedad y del sufrimiento. Y sin embargo, generalmente, el rostro del
difunto aún conserva una dulzura y una serenidad propias de quien, después de
un duro bregar con la enfermedad, ha encontrado finalmente el descanso, el
alivio y el sueño reparador.
La campana suena convocando a preces y sufragios. Los
sacerdotes revestidos de morado. El incienso es perfume, sumo respeto y
recordatorio de la presencia de un alma que permanece cuando el cuerpo se
deshace y descompone. El agua bendita es rito, bendición, memoria de una
filiación divina: “Porque la vida de los
que en Ti creemos, Señor, no termina, se transforma. Y al deshacerse nuestra
morada terrenal, adquirimos una mansión eterna en el Cielo”.
Ya el
féretro, todavía descubierto, abandona la iglesia. Avanza por el claustro la
procesión camino del cementerio conventual. Abad, sacerdotes, deudos, amigos,
devotos del monasterio trapense, acompañan al hermano Joaquín en esos primeros momentos del viaje hacia la
Casa del Padre. El salmo 117 resuena por el claustro, con toda su carga de
victoria y alabanza.
Alrededor
de la cripta funeraria enclavada en el claustro se sitúan los asistentes a esta
misa de réquiem. Dos monjes jóvenes descienden el féretro por las escaleras que
llevan a la cripta. El abad asperja e inciensa por última vez el cuerpo sin
vida de un monje que hizo de este monasterio, y durante medio siglo, celda, casa
y huerto, biblioteca y archivo, refectorio, sala capitular, claustro y capilla,
lugar de fraternidad, campo de batalla, encuentros de amistad, espacio de
creatividad musical, ascenso y caída, salud y enfermedad, y, finalmente,
cementerio. Y esperanza de Cielo.
Bajo un
calor abrasador los monjes abandonan el cementerio conventual, y poco después
lo hace el resto de congregados. En el claustro, presidido por una cruz,
refulgente de luz a esa hora, aún resuena como un eco lejano y melancólico el
salmo 117:
Para contar las hazañas del Señor…
Este es el día en que actuó el Señor
Sea nuestra alegría y nuestro gozo...
El Señor está conmigo, no temo;
¿Qué podrá hacerme el hombre…
En el peligro grité al Señor,
Y me escuchó, poniéndome a salvo…
Abridme las puertas del triunfo
Y entraré para dar gracias al Señor…
Dad gracias al Señor porque es bueno,
Porque es eterna su misericordia…”
La herencia sobre las espaldas
Abrazos y saludos de despedida. Palabras de
reconocimiento y de homenaje para el monje trapense Joaquín, susurrados al oído de su hermana, o del abad o de cualquier otro monje. Unos minutos
después, varios de los asistentes prolongan su presencia en el monasterio
trapense asistiendo a la hora litúrgica de vísperas. Son las primeras vísperas
solemnes del Apóstol Santiago. La vida continúa. La liturgia se reanuda. La alabanza
del rezo prosigue. Los monjes ocupan sus sitiales y el órgano vuelve a sonar de
nuevo con un sonido algo ronco, algo triste todavía. La vida sigue después de
cada Misa de Réquiem. Pero sigue y prosigue con la herencia, preciosa o desgraciada, bienhechora
o maldita, sabia o necia, bondadosa o ruin, de cada muerto, de todos los
muertos. El mundo es la suma de los que vivieron, y cuya herencia, de opresión o de consuelo, carga sobre las espaldas y sobre el
alma de los que aún viven en esta tierra, tan dramática como magnífica.
https://www.youtube.com/watch?v=R_bYcrCbDCw
También sobre La Trapa en este Blog:
https://adanbreca.blogspot.com/2025/02/la-trapa-en-seis-pinceladas.html