Mi impresión es que el
largo aplauso al Papa en el Congreso fue bastante engañoso. Tuve la sensación
de que los representantes de los diversos partidos tenían instrucciones
concretas de no ser los primeros en dejar de aplaudir. Aplaudir poco
significaba que el Papa les había llamado la atención con un buen tirón de
orejas. Aplaudir mucho todo lo contrario: el Papa les había dado la razón y el
discurso pontificio se adaptaba perfectamente al ideario de su partido. Nadie
quería dejar de aplaudir. Creo que el Papa entendió esta estrategia y decidió
abandonar el hemiciclo, con sonrisa condescendiente, cuando la ovación había
superado el minuto siete.
Nada más acabar el discurso, hemos comprobado que los
portavoces de los distintos partidos se mostraron encantados porque el Papa les había
dado razón en todo y se la había quitado al adversario. Las políticas de su
partido estaban perfectamente en consonancia con el mensaje de León XIV.
El Papa, admitámoslo, tenía ante sí un auditorio difícil. Se dirigía
a un parlamento donde el estilo bronco y canalla se ha convertido en norma. El
griterío, la chulería, la sinrazón y el insulto han tomado carta de naturaleza,
demostrando una incapacidad para construir la política del encuentro y del bien
común.
Ciertamente el discurso, bien trabado,
ha abordado todas las cuestiones importantes que atañen a la dignidad humana y a la responsabilidad que los legisladores tienen a la hora de hacer leyes, porque
siempre está en juego la persona y el bien común. El Papa se ha dirigido a las
Cortes como obispo de Roma y Pastor de la Iglesia Católica. Así resumiría las
ideas más importantes de su discurso.
La defensa de la vida debe
corresponderse con la dignidad humana. “Toda
vida debe ser reconocida y custodiada desde el momento de su concepción hasta
su natural ocaso. La defensa de la vida no es un cuestión confesional sino la
meta de toda civilización.”
En el momento actual, la cuestión migratoria es muy importante y está teniendo una cabida excepcional en todo el viaje. El Papa ha dicho que hay que "ofrecer vías seguras y legales, una acogida respetuosa y posibilidades reales de integración”. En este capítulo de las migraciones el Papa se refirió a un derecho al que normalmente no se alude nunca: “el derecho a permanecer en la propia tierra”. Los que estamos ligados a la cooperación internacional sabemos que ese derecho es el que deben promover los estados y las organizaciones internacionales y las asociaciones humanitarias: facilitar que cada ser humano permanezca en su tierra, con los suyos, en medio de su lengua y su historia.
Advirtió también de la tentación de caer en la polarización, algo muy útil, porque precisamente
uno de los problemas que más preocupa a la sociedad española es precisamente
este. El Papa advirtió: "La
pluralidad política no debería degenerar en descalificación permanente del
adversario”.
No podía faltar una alusión a la paz y al respeto del derecho internacional en un momento
en que diversos puntos del planeta se ven afectados por la guerra y a un
continuo incremento del gato en armas
de los diversos países: "Preocupa
que, en diversos lugares del mundo, y también en Europa, vuelva a presentarse
el rearme como respuesta casi inevitable".
La familia como “fundamento natural de la comunidad”, y también uno de los pilares
del cristianismo no ha faltado en el discurso papal, que reivindica el papel
fundamental de la “familia que será
siempre la primera escuela de humanidad
y fundamento natural de toda comunidad”.
Muy
unido a este tema de la familia, está la defensa del derecho de los padres a
decidir sobre la educación de los hijos.
A la familia, y no al Estado, le
corresponde “elegir el tipo de educación
y de formación que reciben sus hijos”. Y el estado simplemente debe velar
para que así sea.
Afirmó
también la importancia capital del derecho a la libertad de conciencia y de religión. Todo hombre y toda mujer deben
poder practicar, sin trabas, la fe en la que cree. Y dentro de este apartado
defendió, en un momento en que algunos estados han cuestionado este derecho “el sigilo sacramental de la confesión” como
algo irrenunciable para la Iglesia Católica”.
Hizo
asimismo un llamamiento al entendimiento,
al diálogo, a la cultura del encuentro y a la importancia de respetar el valor
de la palabra: “Las palabras pueden abrir
caminos o cerrarlos” y “porque la discrepancia no puede terminar en humillación.
En esta
época en la que las nuevas tecnologías
libran una batalla singular contra el humanismo clásico, el Papa advirtió que “la tecnología en sí misma no es neutral porque toma el rostro de
quien la concibe, la financia, la regula y la utiliza".
El discurso papal iba dirigido, en primer lugar a los
parlamentarios españoles, pero, en cierta forma, también al mundo
entero, especialmente a Europa. El mensaje de León XIV ha sido un canto a la
dignidad humana que debe poner límites éticos a los poderes de los
legisladores, pero también a los poderes tecnológicos, cada vez más presentes
en nuestra vida.
Tal vez este importante discurso podría ser un
resumen del pensamiento de León XIV y de la Santa Sede para facilitar la
colaboración de todos por el bien común. Las Cortes reunidas en sesión
extraordinaria siguieron con verdadero respeto y silencio el discurso del Papa.
Mi opinión sobre la larga ovación ya la he dejado clara. Cada uno de los
presentes en las Cortes ha creído que el Papa había confirmado sus tesis y que
nada tenía que aprender de los muchos recados, avisos, advertencias y consejos
que el Papa proclamó con absoluta claridad en la sede donde está representada
la voluntad popular. Ya que los representantes del pueblo no han entendido mucho
de lo dicho por el Pontífice, es deseable que todos los demás hagamos examen de
conciencia y nos preguntemos sobre la defensa de la dignidad de cada persona y
sobre el valor sagrado de cada vida humana.











