En las
últimas décadas vivir el presente, y nada más que el presente, se ha convertido
en un mantra, una consigna, un eslogan que se repite hasta la saciedad y el
hartazgo. Pero vivir el presente sin la memoria y las enseñanzas del pasado y
sin la esperanza del futuro, es condenar al ser humano a una soledad atroz.
El pasado nos ofrece las
herramientas para entender el presente, para no rechazar lo que ha sido válido,
lo que ha funcionado y nos ha hecho mejores como individuos y como comunidad. Por
eso en las sociedades pasadas, las figuras de los ancianos eran tan
importantes. Eran el archivo y la memoria de la tribu y de la aldea. Recordaban
por dónde se desbordaba el arroyo en días de tormenta, cuánto tiempo había que
esperar para que la cal fraguase antes de utilizarla en trabajos finos, por qué
santos o por qué lunas había que sembrar el cereal o plantar las hortalizas, y
cómo había que hacer pequeños fuegos en los surcos de las viñas para que la
helada negra no arruinara la vendimia. O con qué misericordia había que juzgar a
un pobre desgraciado y con qué rigor a un sinvergüenza.
La fe en el futuro ha ayudado a
poner los cimientos de una catedral, aun sabiendo que los canteros y alarifes no
podrían ver nunca acabada la obra que empezaron de jóvenes. Se plantaban robles
que servirían para iglesias dentro de 200 años. Se plantaban olivos o encinas
pero no se tenía la seguridad de cosechar las aceitunas o las bellotas. Y mucho
menos de que la leña de esos árboles calentase la vejez en su hogar invernal.
Somos los hijos del ayer y también los padres del futuro.
La memoria del pasado nos concede la
sabiduría. Sin ella, el hombre es un asno condenado a la perpetua repetición.
Un asno ciego atado a la noria. Sin la esperanza del futuro el ser humano no es
más que una bestia de carga, a la que se pide más y más productividad. "No hay nada más absurdo qué vivir sin propósito, sin saber por qué ni para qué", escribió Nieztsche. La esperanza no es el consuelo de los bobos, sino la fuerza de los valientes.
Sólo tenemos el presente nos dicen
en cada esquina, en cada manual de autoayuda, en cada telediario, en cada mítin.
Ya Pablo de Tarso advirtió contra esa majadería del “Comamos y bebamos que
mañana moriremos”. Nos dicen y nos urgen a vivir únicamente el presente, porque
el pasado ya se ha ido y el futuro no ha llegado. Y esta es una verdad, pero una verdad a
medias. Lo que es cierto es que el pasado no se va nunca del todo. Quien ha
sido feliz en su infancia lo es para siempre, o casi. Quien ha sido
desgraciado, lo es también casi para siempre. Quien ha soñado en su juventud,
persigue esos sueños día y noche, año tras año. El pasado regresa con su luz de
alegría o con su sombra de amargura. La esperanza en el futuro nos empuja a ser agradecidos con el pasado y a ser generosos con el presente.
El animal vive sólo el presente.
Come, bebe, defeca y se reproduce. Cuando se arrebata el pasado o el futuro, o cuando voluntariamente lo olvidamos, nos condenamos a una vida de sere humanos amputados. Una vida de bestias.
Quien apartó y guardó los granos de trigo
para sembrar en el otoño era un hombre con una fe limpia en el mañana. Quien
dejó un poco de masa fermentada para el día siguiente, estaba preparando la
mesa de sus hijos. El anciano que se entrega a aprender otro idioma a los 90
años es un hombre cargado de futuro. Tal vez muera esta misma noche, pero él ha
apostado, no por el presente, sino por el porvenir. El joven que vive
únicamente para la fiesta del sábado y las vacaciones de verano, es un viejo
que se precipita a la nada.
Los que gobiernan este mundo desde la política, las finanzas o las ideas nos quieren hombres y mujeres del presente. No quieren que tengamos memoria. No quieren que tengamos esperanza. Sin memoria nos olvidamos de las promesas que nos hicieron ayer y anteayer. Sin memoria, corremos el riesgo de seguir creyendo en sus promesas de paraísos de rebajas. Si te olvidas de tu pasado, otros se encargarán de diseñártelo, de acuerdo con sus gustos, modas e inconfesables objetivos de ingeniería humana. Si vives sólo en el presente, como si no hubiera un mañana, otros se encargarán de crear para ti un mañana: el porvenir de un perro hambriento al que se arroja el pan duro, a condición de que se deje poner el bozal y la correa. Y el perro lo hará encantado, con tal de tener un mendrugo que roer.
Hay algo peor que tener un amo, y es buscar un amo con ansiedad. Ya lo dijo Jacques Lacan a los estudiantes rebeldes
de 1968, en París: “¿Buscáis un amo? ¡Lo
tendréis!” Y en efecto es así: quien decide apostarlo todo al presente,
devorar el presente de veinticuatro horas a grandes bocados y grandes tragos, sin
pasado y sin futuro, es un ser humano destinado a formar parte del rebaño dócil,
a ser el perro callejero en busca de un amo que le adoctrine sobre su pasado y
que le ofrezca un futuro de correa y bozal. Quien busca un amo, ¡lo tendrá!
El pueblo que pierde, su memoria,
está condenado a repetirla cien veces. El hombre que no examina cada día su
conciencia sobre su comportamiento y no planea juiciosamente su futuro, no crecerá nunca. Será un enano del espíritu y un enfermo de
avitaminosis, aunque tenga un cuerpo bien trabajado en el gimnasio.
La
sociedad del consumo y de la productividad nos define y nos modela. Mejor sería
decir que nos deforma y atrofia. La sociedad del consumo se frota las manos con
esta dictadura del presente. Vive el hoy. No pienses en el mañana. Porque el
mañana no existe para el mercado. Lo importante es que salgas a la calle, o
incluso desde tu i-phone, compres todo, devores todo, adquieras todo, pagues
todo. Lo que compres te hará feliz, dichoso, sabio, guapo y glamuroso e importante. No
importa si a las 12 de la noche caes en la cuenta de que eres una cenicienta y
tienes que volver a tus pesadillas de una vida sin sentido y sin futuro.
He visto algún vídeo en el que el
dueño deja suelto al perro y este se siente perdido y confundido. Entonces el
perro coge con su boca la correa y se la da a su amo. El amo ha domesticado
tanto al perro que este no se siente bien sin la correa. El perro se siente tan
perdido sin el amo que ya no sabe vivir sin él. Esta puede ser la imagen de
nuestra sociedad: hombres y mujeres en busca de un amo, porque se olvidaron de
su pasado y ya no saben dónde está su porvenir.