viernes, 6 de noviembre de 2026

San Sebastián: un mártir para todo tiempo

Martirio de San Sebastián. Anónimo s XV. Museo del Prado

 San Sebastián: un mártir para los cristianos; un modelo para los artistas

Es bastante común encontrar una imagen de San Sebastián en grandes catedrales y en pequeñas iglesias. Desde los primeros tiempos del cristianismo, San Sebastián ha gozado del favor de los creyentes y, sobre todo, del favor de los artistas. Abogado de la peste, patrón de arqueros, atletas y moribundos. Y, extraoficialmente, en las últimas décadas, patrón de los gays.

Sebastián nació el 255 en la ciudad de Narbona (Gallia), pero pronto viajó a Milán donde recibió una esmerada educación. Pertenecía a una familia de raigambre militar. Él mismo fue tribuno romano. Contó con la estima de los emperadores cogobernantes Diocleciano y Maximiano, que desconocían su pertenencia a la “ignominiosa secta de los cristianos”. Llegó a ser centurión romano, aunque astutamente se escabullía de los sacrificios paganos y de la idolatría. En cambio, se sirvió de su status romano para ayudar a numerosos cristianos en el tiempo de la persecución. Murió en el año 288, durante la persecución de Diocleciano. La condición de cristiano de Sebastián llegó a oídos del emperador, que le dio  a elegir entre ser centurión o ser cristiano. Eligió lo último y esto le costó la vida. El emperador, enfurecido por el arrojo de Sebastián, ordenó a sus propios compañeros, que lo desnudasen, lo atasen a un árbol y lo asaetasen. Sus compañeros cumplieron con horror la tarea de dar muerte al que tanto estimaban. Lo dieron por muerto y se marcharon. Los amigos de Sebastián fueron a recoger su cuerpo para darle sepultura, y se dieron cuenta de que aún respiraba. Lo llevaron a la casa de Santa Irene que curó sus heridas. Completamente restablecido, el antiguo centurión se presentó ante el emperador y le echó en cara su cobardía por perseguir a inocentes y desarmados cristianos. El emperador, ridiculizado y rojo de ira, ordenó que le dieran muerte en la arena del circo y que su cuerpo fuese arrojado a la cloaca máxima. Así acabó la vida de Sebastián, como acabaron las vidas de tantos primeros cristianos cuyas existencias causan maravilla y estupor. El pueblo sencillo ha mantenido, a lo largo de los siglos, vivo su recuerdo, su nombre y su historia.

La brutal muerte de Sebastián horrorizó a los cristianos de Roma. Pero en aquellos siglos la valentía podía más que el miedo. Los amigos de Sebastián rescataron su cuerpo de las alcantarilla y le dieron sepultura en la catacumba romana que aún hoy lleva su nombre. Desde ese momento, lo consideraron un mártir y un testigo del coraje en un tiempo en que pertenecer a los seguidores de Cristo, era sinónimo de martirio.

La valentía de Sebastián conmovió a muchos romanos. Y algunos paganos que lo habían conocido, admiraron su valor y decidieron pasarse al bando de los cristianos y tomar el bautismo. Una vez más, esa máxima de que la sangre de los mártires es semilla de nuevos cristianos se cumplió a rajatabla. Su fiesta litúrgica se celebra el 20 de enero. Es patrono de muchas ciudades y pueblos en todo el mundo. La ciudad vasca de San Sebastián podría ser un ejemplo. Aunque Sebastián tuvo ‘dos muertes’, casi todos los artistas han elegido, para representarlo, la primera muerte: un joven desnudo maniatado a un árbol y con varias saetas repartidas por su cuerpo. El Museo del Prado tiene, sin embargo, un cuadro muy interesante ‘El cuerpo de San Sebastián hallado en la cloaca Máxima’, de Alejandro Ferrant y Fischermans. Recoge el momento en que la romana Lucina desciende a la cloaca para recoger el cuerpo de San Sebastián que había sido arrojado al albañal para hacerlo desaparecer, inútilmente, para siempre.

El abogado de la peste



Las pestes y las epidemias frecuentes de los siglos pasados, convirtieron a San Sebastián en un santo muy popular. Catedrales e iglesitas querían contar a toda costa con una imagen del santo, para que las buenas gentes se postrasen ante ella en tiempos de aflicción y de enfermedades contagiosas, que no  solían faltar. ¿Por qué San Sebastián es abogado de la peste? En el año 680, Roma padeció una grave epidemia. Fueron muchos los romanos que imploraron la intercesión de San Sebastián. Pronto la ciudad se vio libre de la peste. Otros piensan que hay una analogía entre la representación de la peste como una lluvia de flechas contra la humanidad y la representación de San Sebastián cuyo atributo es un arco y una saeta. En la Iliada, Apolo desencadena la peste con el disparo de su flecha. En el salmo  91 se dice: “No temerás el espanto nocturno, ni saeta que vuele de día/ Ni pestilencia que ande en oscuridad / Ni mortandad que en medio del día te destruya”. Pero fue la Peste Negra (Siglo XIV), que asoló a toda Europa, la que terminó de afianzar el patronazgo de San Sebastián en los tiempos de peste. De ahí la devoción tan extendida. El libro de la Leyenda Dorada de Giacomo della Voragine apuntaló este carácter taumatúrgico y milagrero de San Sebastián. ¿Se acordarían algunos desahuciados por el Covid, la peste que todos hemos conocido, en el momento de su máxima debilidad, de aquel santo que habían visto en la parroquia de su pueblo o en el Museo, o ya, tan modernos somos, que nuestra única fe está depositada total y exclusivamente en la Seguridad Social?

El santo preferido de los artistas



Se cuenta que Fray Bartolomeo, al que sus enemigos le censuraban que no supiese pintar un desnudo, pintó para la iglesia florentina de San Marco una imagen de San Sebastián, apenas cubierto con un taparrabos. Pronto hubo de retirarlo, porque muchas mujeres y algunos hombres pasaban con demasiada frecuencia delante de su altar, y no precisamente porque hubiera peste. Simplemente, se acercaban a la iglesia a buscar una ocasión de pecado. En el renacimiento San Sebastián se convirtió en el santo favorito de los pintores y escultores. Por una razón simple. La visión humanista del Renacimiento volvió la mirada hacia Grecia y Roma, cuyo arte había valorado el desnudo humano. En el Renacimiento, el hombre empezó a convertirse en la medida de todas las cosas. Y la proporcionalidad, el buen gusto y la belleza del cuerpo humano entraron en la historia del arte. Como en esa época los comitentes y los mecenas pertenecían principalmente a la Iglesia, la única excusa para pintar o esculpir un desnudo era la historia de San Sebastián. Las iglesias se llenaron de lienzos donde San Sebastián aparece como un héroe clásico, un apolo, un joven desnudo, donde los artistas podían demostrar su competencia en pintar o esculpir las proporciones áureas del cuerpo humano. De El Greco a Andrea Mantegna, de Guido Reni a Perugino, de Tiziano a Bronzino, de Alonso Berruguete a Gregorio Fernández, los mejores pintores y escultores demostraron que podían hacer un gran desnudo masculino representando al mártir cristiano.

Un icono gay


En su estudio sobre San Sebastián como icono gay, Richard A. Kaye dice que fue a finales del siglo XIX cuando los hombres gays vieron en la figura de San Sebastián un anuncio del deseo homosexual y del ideal homoerótico: un hombre bello, pero también torturado en su ‘armario’, esa imposibilidad de aparecer libremente como se es o como se desea. El escritor japonés Yukiro Mishima, premio Nobel de Literatura, se hizo retratar, poco antes de hacerse el harakiri, como un San Sebastián de nuestros días.

            Aunque es algo totalmente extraoficial, San Sebastián, sin comerlo ni beberlo, es el ‘patrón’ de los homosexuales. Es lo que se llama, lo sé, apropiación indebida. Desde entonces, muchos artistas y fotógrafos han difundido la imagen de San Sebastián como un joven hermoso, lánguido o sensual, dispuesto a aceptar humildemente, no se sabe si con placer o dolor, que la flecha desgarre su carne y le vaya quitando poco a poco la vida.

Sebastián: modelo de valentía en tiempos de persecución.



            Es verdad que los santos milagreros han caído mucho en la consideración del pueblo. ¿Quién ruega a San Blas por su mal de garganta, o a Santa Apolonia por un dolor de muelas, pudiendo pedir cita previa en el ambulatorio o pasarse por la farmacia a por un paracetamol? El carácter milagrero probablemente ya no nos dice nada a los hombres y mujeres de hoy. Tal vez los santos son bellas leyendas o bellos lienzos, pero nada tienen que ver con nuestras vidas. Y sin embargo, en el caso de San Sebastián, su vida nos habla de su testimonio, de su valentía ante el poder, de su difícil elección: antes morir que arrodillarse ante el emperador. Antes dar la vida por la verdad que arrodillarse ante ídolos mentirosos. Todavía hoy, en muchas partes del mundo, muchos hombres y mujeres viven su cristianismo en contextos de persecución o de fuertes dificultades para expresar su fe. Cada año, sacerdotes o laicos son asesinados por defender su credo o por defender la dignidad de los más pobres. Y aún hoy en muchos lugares del mundo, existe un cristianismo de catacumbas: lugares donde a escondidas muchos cristianos celebran la eucaristía o se reúnen para escuchar la palabra de Dios.

La vida de San Sebastián nos recuerda que en todo tiempo y lugar, la fe en Jesús te puede llevar a vivir en riesgo continuo de perder tu vida, tu trabajo, tu honor, tus bienes, tus derechos. En muchos países y latitudes los cristianos son ciudadanos de segunda que viven su fe con un arrojo y un coraje admirables. San Sebastián, en sus miles de imágenes repartidas por todo el mundo, nos recuerda que el tiempo de las catacumbas aún no ha terminado. 

San Sebastián. Tiziano. Venecia 


El escritor Yuko Mishima, como San Sebastián



Santa Irene cura a San Sebastián. George La Tour. Gemäldegalerie Berlín

San Sebastián. Guido Reni. Museo del Prado


San Sebastián. Andrea Mantegna. Museo de Viena

San Sebastián. Perugino. Museo del Louvre

San Sebastián, de Bronzino, MNE Thyssen-Bornemisza

El cuerpo de S. Sebastián hallado en la cloaca Máxima. Alejandro Ferrant. Museo del Prado


San Sebastián. Alonso Berruguete. MNE Valladolid


San Sebastián. Gregorio Fernández. MNE Valladolid




jueves, 15 de octubre de 2026

No hubo feministas en Ceuta

 


Si algo me ha impresionado del ‘caso Ceuta’ han sido las numerosas agresiones sexuales de las que han sido objeto decenas de mujeres, algunas de ellas menores. ¿Son personas estas mujeres? ¿Tienen dignidad y derechos? Estas agresiones, ¿formaban parte de las previsiones de los que planearon la avalancha? Pero lo que aún me ha impresionado más ha sido el silencio de los movimientos feministas de este país. Y más todavía, si cabe, me ha sorprendido el silencio de ministras, directoras generales y otras autoridades que llevan años sin apearse del discurso feminista, de las manifestaciones y pancartas. ¿Hay un feminismo en España al que no interesan las mujeres, sino los votos que el feminismo da a ciertos partidos? Este mutismo y esta sordera sobre las agresiones a mujeres en Ceuta indica claramente que existe un feminismo de pacotilla y de postureo: un feminismo electoral e ideológico.

No han dicho esta boca es mía en Ceuta. Ellas que, airadas, paralizaron un país cuando un entrenador dio un beso a una jugadora de fútbol. Un beso que a todos pareció, incluso a la futbolista, una broma, sin duda de mal gusto. Las feministas –incluido el Gobierno de España- convirtieron este episodio en escándalo nacional y no cejaron hasta que rodó la cabeza del implicado. Recuerdo también la respuesta airada por todas las ciudades cuando un juzgado no dictó una sentencia lo suficientemente dura, según el feminismo, contra la llamada ‘Manada’ que en las fiestas de Pamplona había sido denunciada por una mujer.

Ahora, en cambio, las feministas han hecho mutis por el foro. Ni han desplegado pancartas ni han convocado manifestaciones. Tampoco se han acercado a Ceuta para solidarizase con las mujeres agredidas y ofrecer una palabra de aliento. ¿Por qué? ¿Por qué los agresores son musulmanes y alguien podría acusarlas de xenofobia y racismo? ¿Por qué en el fondo les dan igual las mujeres agredidas? ¿Tal vez porque en este río revuelto en el que se ha convertido Ceuta no iban a pescar ningún voto para sus partidos? ¿Quizás porque una cosa es una deportista de élite y otra unas menores marroquíes agredidas por marroquíes?

Se han producido decenas de agresiones desde que tuvo lugar la entrada masiva de marroquíes, pero el silencio del feminismo español ha sido prácticamente total. La ministra de Igualdad, Ana Redondo, a la que recordamos muy indignada por cuestiones menores, se ha puesto de perfil en todo este asunto, como si la cosa no fuese con su Ministerio. Solo 38 días después de la invasión, y cuando ya era un clamor su silencio, viajó a Ceuta, casi de forma clandestina, manteniendo diversos encuentros a puerta cerrada. ¿Se sentirá culpable por su falta de empatía con las mujeres agredidas? ¿Tal vez ha callado por ser el suyo un feminismo ideológico?

Lo que sí sabemos es que entre las mujeres que han vuelto a Marruecos y las que aún quedan en Ceuta, hay víctimas inocentes de abusos y violaciones. Lo que sí sabemos es que entre los hombres que han regresado a su país y los que aún permanecen en Ceuta hay violadores y canallas. En este episodio de Ceuta, al movimiento feminista asociado a ciertos partidos se le ha visto el plumero.




 






viernes, 9 de octubre de 2026

Los libros buenos no son peligrosos

        


        Ahora me meteré con Anne Carson, la poeta canadiense que acaba de ganar el último Nobel. Pero en los días pasados he estado con Julian Barnes, el escritor inglés, y último Princesa de Asturias de las Letras.. 

        En su libro El loro de Flaubert, me encuentro con estas líneas:     

        Gustave Flaubert enseñó literatura a Caroline (su sobrina). Cito las palabras de ella misma: "Él decía que ningún libro que esté bien escrito puede ser peligroso". Desplacémonos unos setenta años aproximadamente, para entrar en otra familia de otra región francesa. Esta vez nos encontramos con un muchacho libresco, una madre, y una amiga de la madre que se llama Mme. Picard. El muchacho escribió posteriormente en sus memorias, cito otra vez: Mme. Picard opinaba que hay que permitirles a los chicos que lo lean todo. "Ningún libro bien escrito puede ser peligroso". El muchacho, consciente de la opinión que con tanta frecuencia expresaba Mme. Picard, explota deliberadamente su presencia y le pide permiso a su madre para leer una novela especialmente famosa. "Pero, si mi hijito lee libros como ese a esta edad -dice la madre-, ¿qué hará cuando se mayor". "Los viviré", contesta el muchacho. Fue una de las contestaciones más ingeniosas de su infancia; los mayores la repitieron una y otra vez en las conversaciones familiares, y gracias a ella conquistó - según se nos permite deducir- el derecho a leer aquella novela. El muchacho era Jean Paul Sartre. El libro era Madame Bovary.





jueves, 8 de octubre de 2026

Maricarmen: vivienda y manipulación

 


        Maricarmen (María del Carmen Abascal) alcanzó una gran notoriedad pública en los últimos 20 días de su vida. Acaba de fallecer a los 85 años en un hospital madrileño. Había vivido de alquiler  en una de las zonas más exclusivas de Madrid, junto al Retiro, pagando un irrisorio alquiler de unos 400 euros (comunidad y agua incluidas). Sus padres habían disfrutado de esa misma vivienda, y al morir ellos, Maricarmen tendría que haber abandonado el piso, pero se negó, dando lugar a un interminable proceso que, en septiembre de este 2026 acabó en desahucio. Y fue aquí, donde su caso, que refleja escasamente el drama de los desahucios y el drama de la vivienda en España, fue tomado como una bandera por diversos colectivos activistas, afines al Gobierno y socios, y en muchos casos receptores de abultadas subvenciones públicas.

            A Maricarmen le convencieron para ser ‘la pobre víctima inocente’ (y en verdad en ese momento del desahucio lo era) de una campaña de protesta. Y ella se prestó, no sabemos si de buen grado o arteramente presionada por algún “grupo de la puerta del Sol” (¿era capaz de discernir a esas alturas de su enfermedad y debilidad?, a ser estandarte de grupos, más preocupados por sus intereses políticos que por el bienestar de los desahuciados.

            Pero tal vez a Maricarmen no le contaron que su sobreexposición pública traería daños colaterales, como los trajo. Cuando aceptó ser la imagen de una campaña, alguien debió explicarle que inmediatamente no faltarían los que husmeasen en su vida y  milagros. Y así en las últimas semanas, tristemente, Maricarmen fue traída y llevada por unos y por otros, como un trapo de fregar, unos para ensalzarla hasta la santidad de heroína, sin serlo; otros para lanzarla sin piedad a los infiernos. Y así, todos hemos conocido su oficio, el importe de su pensión, su anticipada jubilación, su vida cotidiana en la mejor zona de Madrid, la opinión de sus vecinos, el larguísimo proceso de desahucio, la pequeña empresa propietaria del piso (que no era, en contra de lo indicado, un “fondo buitre), el dinero que tenía en el banco y lo mucho que gastaba en sus salidas de ocio.

            Maricarmen ha muerto. Desconozco si sus últimas semanas han sido muy satisfactorias por lo conseguido, o muy amargas por estar en boca de todos, y no siempre para bien. No quisiera, ni en pesadilla, que personas ajenas a mi familia o a mis amigos de toda la vida se apropiasen, para bien o para mal de mis últimas semanas. En torno a su figura de anciana desvalida se montó un espectáculo, patrocinado por el Gobierno y sus socios, con la televisión pública en riguroso directo; todo ello, al servicio de la captación de votos. Después de 8 años en la Moncloa, el Gobierno se dio cuenta de que no había construido viviendas de protección oficial, de que los impuestos por la compra de una vivienda son elevadísimos y de que, si a los propietarios no se les dan unas garantías, los alquileres desaparecen de las agencias inmobiliarias. Y entonces se montó un circo, una performance en directo, buscando la emocionalidad máxima y el máximo lloriqueo, con la sola visión de una mujer anciana en silla de ruedas.

            Demasiadas emociones para Maricarmen en poco tiempo: la ejecución del desahucio, el convertirse en estandarte de grupos políticos que iban a lo suyo, y el hurgar sin miramientos y ásperamente en su vida privada. Ella que disfrutó durante décadas de un alquiler privilegiado, ha sido víctima en sus últimas semanas de la manipulación por parte de Moncloa y los activistas paniaguados. Y también ha sido víctima del linchamiento de todos aquellos a los que el caso de Maricarmen no daba ninguna pena. Todo ello es parte de la manipulación inmoral al servicio de las ganancias electorales, ese territorio donde muy poco importan las personas: lo que cuenta es pescar votos en el río revuelto. O quitar votos en ese mismo río. Nada nuevo. Pero todo deleznable.

            En todo este ‘caso Maricarmen’, además del desahucio de un piso, se han producido otros desahucios: sobre todo el de la razón y el de la verdad. La razón ha sido suplantada por un emocionalismo del instante. La verdad por el argamasa de medias verdades y medias mentiras.

¡Descanse en paz! A los muertos sólo cabe encomendarles a la misericordia de Dios. 

El problema de la vivienda en España sigue igual. Pero eso no importa. ¡Por delante aún quedan muchos años para no hacer nada o menos de nada! El debate se ha abierto en falso, por varios motivos: ha aparecido como una operación para tapar el desastre gubernamental de Ceuta, han elegido un caso aislado que no refleja, ni de lejos, la realidad de los rentistas en España, y ha tenido una clara finalidad electoralista.

El problema de la vivienda pasa por un gran pacto del Estado, las Autonomías y los Ayuntamientos. Pasa por la construcción de miles de viviendas en colaboración con la empresa privada, y pasa por la bajada de los impuestos (muchísimos) asociados a la compra de una vivienda. Lo demás son alharacas y ruido de feria, pero cero soluciones.

    






miércoles, 30 de septiembre de 2026

La atroz soledad de un hombre sin ayer y sin mañana

 


            En las últimas décadas vivir el presente, y nada más que el presente, se ha convertido en un mantra, una consigna, un eslogan que se repite hasta la saciedad y el hartazgo. Pero vivir el presente sin la memoria y las enseñanzas del pasado y sin la esperanza del futuro, es condenar al ser humano a una soledad atroz.

            El pasado nos ofrece las herramientas para entender el presente, para no rechazar lo que ha sido válido, lo que ha funcionado y nos ha hecho mejores como individuos y como comunidad. Por eso en las sociedades pasadas, las figuras de los ancianos eran tan importantes. Eran el archivo y la memoria de la tribu y de la aldea. Recordaban por dónde se desbordaba el arroyo en días de tormenta, cuánto tiempo había que esperar para que la cal fraguase antes de utilizarla en trabajos finos, por qué santos o por qué lunas había que sembrar el cereal o plantar las hortalizas, y cómo había que hacer pequeños fuegos en los surcos de las viñas para que la helada negra no arruinara la vendimia. O con qué misericordia había que juzgar a un pobre desgraciado y con qué rigor a un sinvergüenza.

            La fe en el futuro ha ayudado a poner los cimientos de una catedral, aun sabiendo que los canteros y alarifes no podrían ver nunca acabada la obra que empezaron de jóvenes. Se plantaban robles que servirían para iglesias dentro de 200 años. Se plantaban olivos o encinas pero no se tenía la seguridad de cosechar las aceitunas o las bellotas. Y mucho menos de que la leña de esos árboles calentase la vejez en su hogar invernal.

            Somos los hijos del ayer y también los padres del futuro.

            La memoria del pasado nos concede la sabiduría. Sin ella, el hombre es un asno condenado a la perpetua repetición. Un asno ciego atado a la noria. Sin la esperanza del futuro el ser humano no es más que una bestia de carga, a la que se pide más y más productividad. "No hay nada más absurdo qué vivir sin propósito, sin saber por qué ni para qué", escribió Nieztsche. La esperanza no es el consuelo de los bobos, sino la fuerza de los valientes. 

            Sólo tenemos el presente nos dicen en cada esquina, en cada manual de autoayuda, en cada telediario, en cada mítin. Ya Pablo de Tarso advirtió contra esa majadería del “Comamos y bebamos que mañana moriremos”. Nos dicen y nos urgen a vivir únicamente el presente, porque el pasado ya se ha ido y el futuro no ha llegado. Y esta es una verdad, pero una verdad a medias. Lo que es cierto es que el pasado no se va nunca del todo. Quien ha sido feliz en su infancia lo es para siempre, o casi. Quien ha sido desgraciado, lo es también casi para siempre. Quien ha soñado en su juventud, persigue esos sueños día y noche, año tras año. El pasado regresa con su luz de alegría o con su sombra de amargura. La esperanza en el futuro nos empuja a ser agradecidos con el pasado y a ser generosos con el presente.

            El animal vive sólo el presente. Come, bebe, defeca y se reproduce. Cuando se arrebata el pasado o el futuro, o cuando voluntariamente lo olvidamos, nos condenamos a una vida de sere humanos amputados. Una vida de bestias.

            Quien apartó y guardó los granos de trigo para sembrar en el otoño era un hombre con una fe limpia en el mañana. Quien dejó un poco de masa fermentada para el día siguiente, estaba preparando la mesa de sus hijos. El anciano que se entrega a aprender otro idioma a los 90 años es un hombre cargado de futuro. Tal vez muera esta misma noche, pero él ha apostado, no por el presente, sino por el porvenir. El joven que vive únicamente para la fiesta del sábado y las vacaciones de verano, es un viejo que se precipita a la nada.

            Los que gobiernan este mundo desde la política, las finanzas o las ideas nos quieren hombres y mujeres del presente. No quieren que tengamos memoria. No quieren que tengamos esperanza. Sin memoria nos olvidamos de las promesas que nos hicieron ayer y anteayer. Sin memoria, corremos el riesgo de seguir creyendo en sus promesas de paraísos de rebajas. Si te olvidas de tu pasado, otros se encargarán de diseñártelo, de acuerdo con sus gustos, modas e inconfesables objetivos de ingeniería humana.  Si vives sólo en el presente, como si no hubiera un mañana, otros se encargarán de crear para ti un mañana: el porvenir de un perro hambriento al que se arroja el pan duro, a condición de que se deje poner el bozal y la correa. Y el perro lo hará encantado, con tal de tener un mendrugo que roer. 

        Hay algo peor que tener un amo, y es buscar un amo con ansiedad. Ya lo dijo Jacques Lacan a los estudiantes rebeldes de 1968, en París: “¿Buscáis un amo? ¡Lo tendréis!” Y en efecto es así: quien decide apostarlo todo al presente, devorar el presente de veinticuatro horas a grandes bocados y grandes tragos, sin pasado y sin futuro, es un ser humano destinado a formar parte del rebaño dócil, a ser el perro callejero en busca de un amo que le adoctrine sobre su pasado y que le ofrezca un futuro de correa y bozal. Quien busca un amo, ¡lo tendrá!

            El pueblo que pierde, su memoria, está condenado a repetirla cien veces. El hombre que no examina cada día su conciencia sobre su comportamiento y no planea juiciosamente su futuro, no crecerá nunca. Será un enano del espíritu y un enfermo de avitaminosis, aunque tenga un cuerpo bien trabajado en el gimnasio.

            La sociedad del consumo y de la productividad nos define y nos modela. Mejor sería decir que nos deforma y atrofia. La sociedad del consumo se frota las manos con esta dictadura del presente. Vive el hoy. No pienses en el mañana. Porque el mañana no existe para el mercado. Lo importante es que salgas a la calle, o incluso desde tu i-phone, compres todo, devores todo, adquieras todo, pagues todo. Lo que compres te hará feliz, dichoso, sabio, guapo y glamuroso e importante. No importa si a las 12 de la noche caes en la cuenta de que eres una cenicienta y tienes que volver a tus pesadillas de una vida sin sentido y sin futuro.

            He visto algún vídeo en el que el dueño deja suelto al perro y este se siente perdido y confundido. Entonces el perro coge con su boca la correa y se la da a su amo. El amo ha domesticado tanto al perro que este no se siente bien sin la correa. El perro se siente tan perdido sin el amo que ya no sabe vivir sin él. Esta puede ser la imagen de nuestra sociedad: hombres y mujeres en busca de un amo, porque se olvidaron de su pasado y ya no saben dónde está su porvenir.  

https://www.facebook.com/fuego106.5/videos/un-adorable-perrito-ha-conquistado-las-redes-al-protagonizar-un-video-que-se-vol/2069354180474528/











Nada que temer, de Julian Barnes

 


Nada que temer es un libro singular, raro, de Julian Barnes (Leicester, Reino Unido, 1946). No es una novela ni un ensayo, sino un cajón de sastre, donde recoge reflexiones personales sobre la muerte y el morir, notas biográficas de su familia, pensamientos de diversos escritores (el más nombrado es Jules Renard) sobre la existencia o no existencia de Dios, y crónicas de los últimas horas de varios hombres de letras. Tal vez, un libro caótico, difuso, repetitivo, un cóctel de estilos y una macedonia de recuerdos personales y filias librescas, pero brillante en muchas de sus páginas, especialmente en los perfiles de escritores, y profundo en muchas de sus reflexiones, temores y esperanzas acerca del destino último del hombre. Julian Barnes fue ateo de joven y agnóstico de mayor. Y empieza su novela con una confesión: “No creo en Dios, pero le echo de menos”. He copiado algunos párrafos del libro que me han llamado la atención.

El título, Nada que temer, alude a una tesis personal o tal vez a un desiderátum personal: el ser humano ha de enfrentarse o debería enfrentarse a la muerte sin miedo. Y sin embargo, a cada paso, el autor se desdice y subraya el temor casi genético del hombre ante su desaparición  definitiva y su terror a la nada después de la muerte. Julian Barnes dice que “el filósofo Wittgenstein no era una persona religiosa, pero había en él la posibilidad de religión, pero su idea de ella era menos la creencia en un creador que un sentimiento de pecado y un deseo de juicio”.  ¿Tal vez porque sin ese sentimiento de pecado, haríamos la vida más dolorosa para los demás? ¿Quizás porque sin ese deseo de juicio, la justicia de este mundo aplastaría siempre a los más débiles? ¿Es necesario un Ser Supremo que examine las obras y haga justicia verdadera y definitiva?

Y en el libro encuentro un delicioso apunte sobre Jacques Brel: “Durante mi estancia con los curas en Bretaña, descubrí la obra del gran cantautor belga Jacques Brel. En sus primeros años le llamaban Abbé Brel, por su tendencia a la prédica; y en 1958 grabó un tema titulado “Dites, si c’était vrai” (¿Y si fuera verdad?) Es un poema-oración temblorosamente recitado contra el gruñido de fondo de un órgano. Brel nos pide que imaginemos cómo serían las cosas “si fueran ciertas”. Si Jesucristo hubiera nacido de verdad en aquel establo de Belén… si fuera verdad lo que escribieron los evangelistas. Si aquel coup de théâtre en las bodas de Canaán hubiera realmente ocurrido, o aquel otro golpe, el rollo de Lázaro… Brel acaba diciendo que si todo esto fuera cierto, diríamos “Sí”, porque todo es bellísimo cuando uno cree que es verdad. Luego Brel, maduro, fue tan irreligioso, como antes, jovenzuelo, había estado preocupado por Dios. Pero esta canción temprana, dolorosamente sincera, da en la diana. Si fuera verdad, sería hermoso; y por ser hermosos sería aún más verdadero; y cuanto más verdadero tanto más hermoso, etc.”. Y Julian Barnes, llegado a este punto, escucha la voz de su hermano, filósofo: “Pero no es verdad, idiota”.

         El autor apunta a esos paraísos que sustituyen a la religión en nuestro mundo moderno: “Nos empujamos unos a otros hacia el cielo seglar moderno de la realización personal: el desarrollo de la personalidad, las relaciones que ayudan a definirnos, el empleo que da prestigios, los bienes materiales, la propiedad de un inmueble, las vacaciones en el extranjero, la adquisición de ahorros, la acumulación de hazañas sexuales, las visitas al gimnasio, el consumo de cultura. Todo esto contribuye a la felicidad, ¿no?... ¿No? Es el mito que hemos elegido, y casi tan ilusorio como el mito que insistía en la consumación y el éxtasis cuando sonara la última trompeta, las tumbas se abrieras y las almas perfeccionadas y sanadas se unieran a la comunidad de los santos y los ángeles”.

En estos tiempos, nada dados a la reflexión seria sobre la muerte y el morir, la inmortalidad o la nada, la existencia o la muerte de Dios, la esperanza o el vacío, no está demás desempolvar y refrescar algunas ideas. Y tal vez provocar algunas preguntas en el lector.  


Julian Barnes

Julian Barnes

El escritor Jules Renard, muy presente en el libro

Jacques Brel, y su poema-oración


https://www.youtube.com/watch?v=-e5QjcgNVrI

martes, 29 de septiembre de 2026

El listado de 'afectos' y 'desafectos' del ministro Marlaska

 

          Siguiendo la práctica de los listados de Putin en Rusia o de los de Erdogan en Turquía, también el Ministerio del Interior, dirigido por Fernando Grande-Marlaska, tenía su listado con los nombres de periodistas afectos y desafectos al ‘Régimen de Pedro Sánchez’. Periodistas, columnistas, reporteros, tertulianos, colaboradores de radio y televisión clasificados según su opinión más o menos favorable al Gobierno y según su tendencia ideológica de derechas o de izquierdas.

El listado con nombre, apellidos, medio de comunicación al que pertenecen y foto, incluye a 280 periodistas. El Ministro dice que él no había ordenado elaborar semejante lista, propia de las dictaduras. Cuesta creer que un funcionario cualquiera se ponga a trabajar en un listado, sin que se lo ordene el superior.

No sabemos cuál era el fin de este listado: ¿Tenía por objeto acorralar a los desafectos, indagar en sus vidas para machacarlos, pagar a los afectos con información privilegiada o premiar sus buenos oficios en el lado correcto indicado por el Gobierno?

Las democracias no caen de la noche a la mañana. Antes, se las vacía de contenido. Dividir a los periodistas, no por su calidad de investigación, por el rigor de sus escritos o la solidez de sus argumentos, sino únicamente por su afinidad con la ideología del Gobierno es algo propio de una dictadura. Ya se sabe que el autoritarismo sólo cree en la libertad de opinión cuando esa opinión aplaude sus puntos de vista.

No sé cómo habrán reaccionado los periodistas ante ese listado. ¿Es honroso aparecer en ese listado como afecto o aparecer como desafecto al ‘régimen’?  ¿Es preferible estar en la columna de los 'afectos', con derecho a medrar y a ocupar cargos o es preferible estar en la columna de los 'desafectos', sin opción a honores, retribuciones o premios?

miércoles, 16 de septiembre de 2026

84, Charing Cross Road, de Helene Hanff

     

    
            En una de las cartas del libro, Helene aclara al librero Doel que evidentemente sólo compra libros de segunda mano que ya ha leído, pero que quiere poseer: "Va contra mis principios comprar un libro que no he leído previamente: es como comprar un vestido sin probárselo". 

        Un sábado de septiembre. Llegué a la cafetería Las 4 calles, en Renedo, después de una caminata. En la mochila llevaba el libro 84, Charing Cross Road, de Helene Hanff. Un brevísimo libro que yo leí como una novela epistolar. Al acabarlo, supe que no se trataba de una novela sino de la recopilación de la correspondencia que Helene Hanff había mantenido durante unos 20 años con la librería Marks & Co, situada en el número 84 de la calle Charing Cross, de Londres.

       Helene Hanff, nacida en Filadelfia en 1916 y muerta en Nueva York, en 1977, se ganaba la vida escribiendo guiones para series de segunda en una cadena de televisión. Recibía un corto salario que ella gastaba en libros. En el año 1949, poco después de la II Guerra Mundial, entra en contacto con una librería londinense de segunda mano. Helene es una lectora empedernida, pero también alguien que ama los libros por el tacto de sus hojas, por las bellas encuadernaciones, por el tipo de tinta de imprenta, e incluso por los propietarios o lectores previos que un buen día decidieron vender sus libros a una librería de segunda mano. Y desde Nueva York, Helene se dirige a Marks & Co para solicitar libros descatalogados, primeras ediciones, inencontrables en su ciudad. A partir de ese momento, primero de forma comercial, después familiar, conocemos las correspondencia entre Helene Hanff y Frank Doel y otros empleados de la librería, incluso algunos familiares de los últimos. 

        En el bar, R., el camarero, me saludó y me sirvió mi café con dos galletitas. Un par de hombres, justo a mi lado, hablaban con pelos y señales de cómo iba a ser el campeonato de Formula 1 de Madrid.  En una de las pantallas, hablaban de Ceuta y pasaban imágenes de las acampadas improvisadas en la playa. En la otra pantalla, se hablaba de fútbol. Entraron dos mujeres a las que acababan de peinar y maquillar para una boda. Llamativo peinado y llamativo maquillaje que no casaba nada con sus chándales holgados y sus playeras desgastadas. Me acabé el café y me zambullí en la lectura, ajeno totalmente al ruido de las conversaciones y al traqueteo de la cafetera. La noche anterior había leído unas 50 páginas. 

        Los diarios de Samuel Pepys, las obras de John Henry Newman o John Donne, libros de Jane Austen, Charles Dickens, William Blake o Robert-Louis Stevenson, una edición primorosa de la Vulgata Latina o los Cuentos de Canterbury, de Chaucer... son algunos de los libros que cruzan el mar para llegar al apartamento destartalado y oscuro en el que vive Helene Hanff. De los pedidos asépticos se pasa, poco a poco, a una amistad entre la autora norteamericana y el librero londinense. Una amistad que se hace extensiva a las familias de los empleados. Y esto es así porque Helene sabe de las penurias y el racionamiento a la que la posguerra ha obligado a los ingleses. Y, de manera delicada y sin darle importancia, Helene envía paquetes de alimentos a la librería, que, evidentemente, son recibidos como gratitud: un lujo en ese periodo de escasez y carestía.

            Es el amor a los libros lo que une a Helene Hanff y a Frank Doel en una amistad noble. El amor a los libros crea enormes complicidades. Los lectores y los bibliográfos se reconocen y se saben de una misma tribu. Especialmente cuando ese amor no se limita únicamente al mensaje de la obra escrita, sino al libro material con su color, su textura, su portada, su tacto, su olor, su encuadernación y el paso de los años y de las manos sobres esos volúmenes de segunda mano. 

        Pero en las cartas no sólo se habla de libros, también de la vida normal, como suele pasar en la correspondencia de dos amigos: se habla del cambio de libras a dólares, de la escasez de los huevos, se felicita por Navidad, se agradece un paquete de alimentos, se habla de la coronación de la reina o del servicio postal, se da una receta de cocina o un consejo para limpiar una página sucia de un libro, se comunica la compra de un coche de segunda mano, se escribe sobre casa, la familia, y hasta de la vecina hacendosa que borda y borda a sus 80 años, o del deseo de Helene, muchas veces repetido, de viajar hasta Londres y visitar la librería, y del ofrecimiento por parte de los empleados libreros para acogerla en su casa.    

        Año tras año, Helene pospone su viaje a Londres. Pero cuando publicó esta recopilación de cartas, animada por un editor que tuvo acceso a la correspondencia, el libro fue un éxito fulgurante. Y Helene se decidió a cruzar el charco. Pero por entonces la librería había cambiado de dueños y algunos de sus amigos habían muerto. El libro pronto se convirtió en obra de teatro y en película. La librería que el libro convirtió en mítica es ahora un bar de comida rápida. En cambio, el edificio neoyorkino donde vivió y murió Helene, se llama hoy 84, Charing Cross Road. Ironías de la vida. 

    El arte y la belleza tienen capacidad de sanar y redimir. Y esto sucede especialmente con los libros. Cuando Helene Hanff recibe la primera edición del libro de John Henry Newman "Idea de la Universidad" escribe en la carta: "El Newman llegó hace casi una semana y ahora comiento a recuperarme de la impresión. Y no porque sea una primera edición, sino porque jamás he visto un libro tan bello. Saberme su propietaria me inspira un vago sentimiento de culpabilidad. Un libro así, con reluciente encuadernación en piel, sus estampaciones en oro y su hermosa tipografía debería estar en la biblioteca revestida de madera de una casa solariega de la campiña inglesa, y está pidiendo ser leído junto a la chimenea por un caballero sentado en una butaca de cuero. No debería estar en el desvencijado diván de un mezquino estudio de un edifico oscuro cuya fachada se cae a pedazos". 

        Helene no aspiró a tener una casa solariega ni una chimenea cálida, únicamente aspiró a dejarse acariciar o arañar, herir o sanar, vivir o morir, por las historias que otros pensaron o imaginanon y escribieron para nosotros. Cualquier choza es un palacio para quien lee con curiosidad y placer un libro. 

        No había chimenea, ni siquiera silencio en el Bar las 4 calles, pero yo me sentí un afortunado con ese libro entrañable entre las manos. Tuve que pedir otro café porque quería llegar a la última carta, antes de abandonar el bar. Acabada la lectura, con paz y dicha desanduve el camino a casa. El sol ya calentaba en la mañana de septiembre. El tractor araba un rastrojo en medio de una polvareda gris. Los ciclistas me adelantaron. Algún corredor sudoroso también. El agua del río seguía con su canción de siempre. Las matas de patatas estaban casi secas. Los coches pasaban velozmente por la carretera de circunvalación. El libro 84, Charing Cross Road seguía en mi mochila, junto al pan recién hecho por M. en su panadería. Un una peso ligero en mi espalda, una entrañable y deliciosa compañía, como la amistad, como el pan recién horneado.

           






             

        

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