Adán Breca en camino
Apuntes de actualidad, humanidades y espiritualidad
viernes, 22 de mayo de 2026
Una mujer carga con el féretro del compañero caído
lunes, 11 de mayo de 2026
Indestructibles, de Xavier Aldekoa
El escritor barcelonés (nacido en 1981) viajó a África apenados hubo concluido sus estudios de periodismo. Desde entonces, el continente africano es una pasión y la razón de su escritura. Viajar por África, a muchos les ha hecho escritores. Actualmente el autor ejerce como corresponsal de La Vanguardia para asuntos africanos. Acabo de leer su libro Indestructibles, en el que recoge un buen ramillete de historias concretas, con nombres y rostros, de hombres y mujeres indestructibles en sus deseos de superación e indestructibles en su esperanza. La esperanza, no por mucho repetido es menos cierto, es el motor de África.
De Madagascar a Etiopía, de Cabo Verde a Mozambique, Xavier Aldekoa nos cuenta vidas venturosas y desventuradas, pero todas ellas valiosas e instructivas. Marceline tiene un sueño: ser profesora. Vive en Madagascar tiene que trabajar y trabajar para ganar unas monedas y pagar sus estudios. Tiene que quitar horas al sueño para aplicarse con los libros y los cuadernos. Ella es la primera ‘indestructible’ que conocemos en las páginas de este libro, pero hay muchas más. El bebé Ibrahim, con 18 meses sobrevivió a la más mortal de las epidemias, el ébola, en un país como Sierra Leona, donde los contagiados fueron abandonados internacionalmente a su suerte, pero también donde un grupo de médicos y voluntarios, sin capa y sin espada, fueron héroes en los hospitales y en las calles. Así conocemos a Abi, una chica a la que el ébola se llevó por delante a su familia y que tuvo que empezar de cero, como tantos, ante esa plaga universal.
Probablemente el
capítulo más desolador, y también el más lúcido, es el que nos habla de la
travesía de tantos africanos para alcanzar las costas europeas. Conocemos
cifras de los que mueren ahogados en el mar persiguiendo su sueño. Pero hay
otros regueros de muerte en tierra firme, especialmente por las rutas del
desierto para alcanzar Libia, un trampolín para entrar en Europa. Las mafias campan
a sus anchas. Las tarifas para cruzar el desierto en todoterrenos son cada vez
más altas. La impiedad de los ‘coyotes del desierto’ hacia los jóvenes que
desean emigrar es cada vez más cruenta. Muertos de miedo, helados de frío en
las noches y sudorosos en las horas de sol, grupos de jóvenes están a merced de
las mafias, inflexibles con las cuotas y las condiciones del viaje. Las arenas
del desierto cubren a diario cuerpos, muertos de hipotermia, enfermos de
malaria, caídos al suelo por la velocidad y los vaivenes de los vehículos que
huyen como bandidos para esquivar los controles. Y en este escenario de terror,
el humilde Charif se atrevió a enfrentarse al conductor mafioso, que se negaba
a detener la marcha, aunque dos mujeres se habían caído del todoterreno.
Aldekoa nos habla
también del próspero negocio de la venta de esclavos en Libia, un país que se
sumergió en el caos legal después de la caída de Gadafi. Los libios atrapan a
los subsaharianos en su camino a Europa, para venderlos como esclavos para
trabajar en las minas a ellos, y como prostitutas a ellas. Y también nos cuenta
la frustración y la amargura de los que intentaron salir de África y, por
muchos motivos, no lo consiguieron. Unos por un miedo insuperable ante un
horizonte de penalidades, otros porque fueron atacados y perdieron el dinero
que su familia había ahorrado para este incierto viaje. En fin, una suma de
infortunios es el pan de los fracasados. Todos ellos sienten vergüenza de
volver a sus casas como perdedores, y se quedan malviviendo durante años en
otros países, haciendo trabajos que nadie haría. Se sienten atrapados, como
Alex Jallah, perdido en Níger, ejerciendo de peluquero, para ganar 1,5 euros al
día. Un joven atrapado.
La historia de
Margaret, apenas una niña de once años, casada con un hombre que le triplica la
edad, en un país, Uganda, donde la costumbre, la tradición, la pobreza, lleva a
muchas familias a establecer estos matrimonios infantiles. Margaret se sienta
también atrapada entre la costumbre, la añoranza por los juegos infantiles, las
obligaciones de una mujer casada y la promesa de que ella no obligará a sus
hijas a casarse de niñas.
La violencia que
en las primeras décadas del siglo XXI han desatado los radicales musulmanes, han
provocado el caos y la muerte de tantos inocentes. La irrupción asesina del
yihadismo ha causado más de cincuenta mil muertos entre los habitantes de
Camerún, Nigeria, Níger y Chad. Boko Haram es el grupo terrorista más conocido,
pero hay muchos más. Especialmente dramático fue el caso de las niñas bomba. Jóvenes
muchachas medio drogadas, con cinturones explosivos bajos sus ropas holgadas,
fueron enviadas a hacerse explotar en medio de los mercados o en lugares de
reunión. Se habla de que, al menos, 450 niñas se inmolaron. Las inmolaron.
Miles de personas abandonaron apresuradamente el sus aldeas y en su desesperada
huida, sin alimentos y sin recursos, muchos murieron. Daniel Jacobs podría
servir de ejemplo de los condenados al exilio. Hasan podría servir de ejemplo
de los que lograron sobrevivir al infierno, simplemente porque se hicieron el
muerto bajo los cuerpos de los que verdaderamente habían sido asesinados. Por
otro lado, el ejército, en su lucha contra el yihadismo, sembró un terror
paralelo, cargándose a cualquier sospechoso de colaboracionista con el
terrorismo.
Leyendo el libro de Aldekoa me he encontrado con historias, que con otros nombres y en otros países, he conocido en mis viajes a África. Por ejemplo, la historia de Enmanuel, un niño togolés acusado de brujería y, por lo tanto, arrojado a la calle y estigmatizado para siempre. Muchos de los niños de la calle son el fruto maldito de un fenómeno irracional pero real: los llamados brujos, injustamente acusados de provocar la desgracia a su alrededor. Otro ejemplo podría ser la historia de José Albino Luis, otro menino da rua, en las calles de Mozambique, al que la pobreza extrema y el maltrato familiar arrojaron a la calle, como un trasto inservible. La extracción del cobalto o del coltán en las minas de la república democrática del Congo es una de las metáforas de la situación en la que viven y malviven tantos adolescentes y jóvenes, obligados a jornadas extenuantes para extraer minerales que sirven para nuestros aparatos tecnológicos. ¡Hay mucha sangre en el interior de nuestros teléfonos móviles!
La sabiduría
africana nos recuerda que los árboles secos también tienen un valor, aunque ya
no den frutos y no tengan hojas, pues sirven para que los pájaros duerman en
sus ramas.
Tienen valor las
vidas de los pobres. Tienen valor las vidas de las mujeres casadas en su
infancia. Tienen valor las vidas de los niños de la calle. Tienen valor las
vidas de los migrantres que cruzan el desierto libio. Y las de los que yacen
bajo las arenas. Y las que se perdieron en un mercado por las bombas del
yihadismo. Tienen valor las vidas de los que sueñan grandes sueños o sueños
pequeñitos. Tienen valor las vidas grávidas de esperanza. Todas esas vidas
tienen o tuvieron una semilla de esperanza en sus entrañas. Y por ello, en
cierto sentido, fueron indestructibles.
miércoles, 6 de mayo de 2026
ETA: tibia la sociedad, tibia la Iglesia
Durante la presentación del libro de Jaime Mayor Oreja "Una verdad incómoda" en la ciudad de Alicante, Mons. Munilla ha reflexionado en voz alta sobre la tibieza de la sociedad vasca y de la propia Iglesia vasca frente al terror de ETA. No es nada nuevo ni nada que no se sepa: la anbigüedad en la que se movió buena parte del pueblo vasco y buena parte de la jerarquía eclesiástica de aquellos años de plomo del terrorismo. Pero está bien que un obispo así lo reconozca: "Lo peor del terrorismo no es que mata, es que llevó a la sociedad a la tibieza, a la medianía, a la cobardía, a hacer un pacto con el mal. El terrorismo mata el alma, no sólo el cuerpo".
En el País Vasco, la pseudorreligión de la autodeterminación, unida a la mística de la violencia, dividió a la sociedad en buenos y malos y cosificó a las personas que no comulgaban con la violencia etarra. Y todos sabemos que cuando a las personas se las convierte en cosas, todo es posible. Por ejemplo, apretar el gatillo o colocar una bomba lapa en los fondos del coche, provocar la muerte y no sentir nada, porque los muertos (militares, políticos de partidos nacionales, niños o ciudadanos anónimos, carecen de valor, no son nada, son cosas, objetos a destruir en nombre de unos grandes ideales: la patria vasca, la liberación, la autodeterminación, la ikurriña, el euskera...
Frente a una mayoría ambigua, tibia, indiferente, cuando no abiertamente proetarra, hubo una minoría de vascos verdaderamente valientes, que no tuvieron miedo, que no se dejaron vencer por la ideología del odio y la violencia. Ciudadanos que se manifestaban en silencio después de cada atentado, a pesar de las presiones de los energúmenos que tenían a unos metros y que no paraban de insultarlos. Empresarios que no sucumbieron al chantaje. Miembros de partidos que aceptaron ir en las listas electorales, con el riesgo que eso suponía, jueces que hacían su trabajo, fuerzas de seguridad que mantuvieron el tipo y la dignidad. Cristianos que no se dejaron ganar por el incienso nacionalista de las sacristías.
¿Hay que pasar página? ¿Hay que olvidarlo todo? Sería lo deseable. Pero hay dos condiciones que necesariamente deben cumplirse: Una: los violentos deben pedir perdón a las víctimas y a toda la sociedad que sufrió por esta causa. Dos: Los terroristas deben colaborar en esclarecer los casos terroristas aún no resueltos.
Pero justo se está dando lo contrario. Los pactos entre el Gobierno de Pedro Sánchez y Bildu han servido para el blanqueamiento de los actos terroristas. Los partidos que sostuvieron el entramado de ETA y que la jalearon campan a sus anchas, mientras que las víctimas se están convirtiendo en invisibles. Sin cumplir las penas de cárcel establecidas, los terroristas salen de los centros penitenciarios. Mientras que el relato de que los chico violentos tenían sus razones y de que las víctimas de ETA lo fueron por su falta de entusiasmo nacionalista, va ganando terreno. Es el relato triunfador. No está de más recordar un hecho: cada dos por tres, los antiguos etarras reciben homenajes en el País Vasco, mientras que los restos mortales de Miguel Ángel Blanco (¡Miguel Ángel Blanco!) debieron ser trasladados a la aldea gallega de Faramontaos, porque la tumba de Emua, la localidad donde vivió y donde fue concejal, aparecía un día sí y otro también con pintadas insultantes, y destrozos las flores pisoteadas. Buena parte de la sociedad vasca fue tibia. ¿Lo sigue siendo todavía?
miércoles, 29 de abril de 2026
Enfermos crónicos; niños normales
"Aunque sólo soy una niña, hace ya tiempo que lo acepté. Que siempre seré bajita. O zurda... ¡O futbolista! Y lo que siempre seré, seguro, es enferma crónica. Me ha costado un poco, pero he aprendido que hay cosas que van a estar ahí, conmigo, toda la vida. Y si forman parte de mí, no pueden ser tan malas, ¿verdad?"
Unos breves y eficaces textos de Aida Acitores son el esqueleto que sostiene las hermosas ilustraciones de Laura R. Lázaro de un libro muy singular y muy bello "Cosas que soy y siempre seré".
El libro o cuento infantil nos habla de una niña que es todas los niños y niñas que conviven día a día, incluso desde su nacimiento, con una enfermedad crónica.
La niña protagonista del libro tiene el pelo castaño oscuro y los ojos negros. Es bajita y lleva gafas por su miopía. Es zurda. Es futbolista y también algo torpe con los patines. Le gusta asomarse en la noche por la ventana para mirar su 'lucerito' en el cielo. Y, además, una cosa más, es enferma crónica. En este caso, fibrosis quística.
Cuando un pequeño convive con una enfermedad crónica sabe que tiene que tomar unas medicinas, mantener algunos hábitos de ejercicio, comer o no comer determinados alimentos. Y por ello, cree que eso es lo normal, que eso mismo e lo que hacen todos los niños.
¿Qué es lo normal, qué es la normalidad? Para alguien que es zurdo, eso es lo normal. Para alguien que es un enfermo crónico, eso es lo normal. Esta podría ser la primera enseñanza de este hermoso libro. Hay muchas 'normalidades'. De hecho, hay tantas normalidades como individuos hay en el mundo.
La segunda moraleja del libro podría ser esta: muchas veces tener una enfermedad crónica no significa estar "malito", no significa estar impedido o limitado o condicionado. Ser enfermo crónico puede significar únicamente que tienes que tomar unas pastillas, alimentarse de una determinada manera, realizar determinados ejercicios. Por lo demás, cualquier menor con una enfermedad crónica puede ser, como la protagonista, valiente, divertida, deportista, saludable, curiosa y feliz...
Esta mirada diferente sobre la "normalidad" y sobre la "enfermedad crónica" es el valor y la fortaleza de este oportuno libro. Un mensaje de resiliencia y luz. Un mensaje de la normalidad y naturalidad que hay en la diversidad. Ha sido editado por la Asociación de Fibrosis Quística de Castilla y León, con la colaboración de Federación Española de Enfermedades Raras. Y se ha publicado de manera solidaria, a beneficio (el libro cuesta 18€) del hospital de Cruces de Baracaldo que sigue investigando parar poder detectar de forma temprana infecciones fúngicas en Fibrosis Quística.
Como se dice en los créditos de las películas, este libro está basado en una historia real. A la niña palentina real que ha inspirado esta historia, perfectamente retratada por la ilustradora, la he visto jugar en el parque con su amiga querida, tocar una sencilla melodía en un teclado, escuchar atentamente las explicaciones en un centro de restauración de órganos de iglesia, dibujar bonitas tarjetas en un fiesta solidaria, comer su postre preferido en un restarurante y sonreír por cualquier motivo. Como cualquier niño normal y feliz del mundo.
Asociación Española de Fibrosis Quística: 680 60 02 43
martes, 28 de abril de 2026
Zorba el griego, de Nikos Kazantzakis
Muchos años después, Alexis Zorba
recordaría a su abuelo en un párrafo memorable que resumen bien el espíritu de la
novela: la curiosidad por el otro y el deseo de celebrar cada encuentro son las
cosas que hacen que la vida tenga sentido y horizonte:
“Mi abuelo materno vivía en una aldea de
Creta. Cada anochecer tomaba la linterna y se iba a dar una vuelta por el
pueblo, para ver si acaso algún forastero había llegado; si así era, lo llevaba
consigo a su casa, le servía abundante comida y buena bebida, y, luego, acomodándose
en el diván, encendía el largo chibuquí, y se dirigía a su huésped, diciéndole
imperiosamente: “Cuéntame. Cuéntame de otros lugares de otras personas, de
otras miradas”
Basil, un joven inglés, culto, amante de
los libros, tímido, racional, con la Divina Comedia en su bolsa
de viaje, llega a Grecia para explotar una mina de lignito en la isla de Creta.
Mientras espera en una taberna del puerto del Pireo el barco que le ha de
llevar a Creta, coincide con Alexis
Zorba, en la sesentena, vitalista, un rostro surcado de arrugas que ha conocido
los soles, las lluvias, y también la bebida y los besos. Con todo el desparpajo
del mundo, Zorba se ofrece para acompañarle en su aventura minera, y Basil, sin
pensárselo, le acepta como compañero: "Me
encontré con él por vez primera en El Pireo. Había bajado yo al puerto para
embarcarme con destino a Creta. Era un amanecer lluvioso. Soplaba fuertemente
el viento". El joven serio y reservado, está a punto de leer, en
la vitalidad, en la forma de entender el mundo, en el corazón de Zorba, el
libro más importante de su vida.
Nikos
Kazantzakis escribió esta novela en 1946, apenas acabada la Segunda Guerra
Mundial. La novela de Zorba el griego,
vida y andanzas de Alexis Zorba está inspirada en un personaje de carne y
hueso llamado George que el autor conoció en una isla del Peloponeso.
Kazantzakis quiso compartir con todos sus lectores la personalidad volcánica,
espontánea y auténtica de aquel hombre cuya filosofía de vida marcó su
existencia.
Kazantzakis había nacido en Creta en 1883, cuando Grecia era
un territorio otomano. Estudio Derecho en Atenas y Filosofía en París. Tuvo
simpatías por el movimiento nacionalista griego, por el comunismo y por el
movimiento universalista. Pero siempre fue un hombre libre. Tal vez por eso,
fue duramente criticado por partidos conservadores y progresistas del país
heleno. Unos y otros maniobraron para que Suecia no le concediese el Nobel.
Vivió en muchas ciudades europeas. Asceta durante un breve tiempo entre los
monjes del monte Athos, poeta, traductor, novelista y ensayista, entre sus
obras más conocidas se cuentan El pobre
de Asís y La última tentación.
Pero sin duda, este libro que comento es su obra más universal. A la fama de
esta novela contribuyó también la película, protagonizada por Anthony Quin, y con banda sonora
memorable de Mikis Theodorakis.
¿Quién no recuerda el baile del sirtaki
mano a mano entre Anthony Quinn y Alan Bates? En 1955 la Iglesia Ortodoxa
le excomulgó por sus ataques a los popes ortodoxos: "Me habéis dado una maldición, Santos Padres, yo os doy una bendición:
que vuestras consciencias sean tan claras como la mía y que seáis tan morales y
religiosos como yo". En 1957 murió de leucemia en Friburgo. No se
permitió que sus restos descansasen en un cementerio ortodoxo. Fue enterrado
junto a las murallas de Heraklión (Creta). En su epitafio puede leerse: «No espero nada. No temo nada. Soy libre»
(en griego: Δεν ελπίζω τίποτα. Δε
φοβούμαι τίποτα. Είμαι λέφτερος).
La novela es un canto a la vida, al hoy y al momento presente.
Zorba es un disfrutón que aún a sus más de sesenta años no deja de maravillarse
ante un amanecer, unas flores, la belleza de las mujeres, la dulzura del vino,
los platos de comida compartidos y la música de su santuri, que lo acompaña de principio a
fin de su vida.
La temporada que ambos protagonistas pasan en Creta es un viaje al
pasado de Alexis Zorba. Zorba nos descubre su vida. Ha conocido la guerra y la
paz, ha conocido todos los placeres, ha trabajado como un mulo de carga en muchos
oficios, ha ido de ciudad en ciudad. Es un hombre sin casa, sin propiedades,
sin dinero. Su única riqueza es encontrarse con los demás, conocer sus vidas,
aprender, y a la vez mostrarse totalmente espontáneo y alegre, tal como es.
Zorba ha conocido la guerra:
"¿De dónde surgirá ese impulso que
nos lleva a arrojarnos contra otro hombre, que no nos causó daño alguno, para
morderlo, cortarle la nariz, arrancarle la oreja y destriparlo, al mismo tiempo
que invocamos la ayuda de Dios?". Sabe distinguir lo esencial de lo
accesorio: “Las necesidades fundamentales del
hombre, alimento, bebida, mujer, danza, vivían todavía frescas e inagotables en
su cuerpo ávido y robusto”. No ha perdido su capacidad para el
asombro y la maravilla: “En mi opinión,
todas las cosas dan lo mismo: que tenga mujer, o que no la tenga, que sea
honrado o que no lo sea; que sea bajá o
mozo de cuerda. Sólo hay diferencia entre estar vivo y estar muerto”. Entre
el abismo que precede al nacimiento y el precipicio que sigue a la muerte, está
la vida, dulce como unos labios y fuerte como un vino: “Mar, mujer, vino, trabajo afanoso, sin temor de Dios ni del diablo”
Madame
Hortense es una prostituta arruinada y decrépita, hundida en el recuerdo de un
tiempo en que los hombres se la rifaban y los marineros la buscaban y
agasajaban con perfumes y telas. Pero Zorba, con su caballerosidad y su instinto
seductor, la revive de su mortecina vida y la devuelve a su juventud y a su
belleza. Las palabras también rejuvenecen y la carne tiembla al escucharlas.
Pero a veces los recuerdos de la vida son muy amargos. El sabio extrae de
ellos lecciones importantes para una vida sabia y armoniosa. Zorba había
participado en la guerra contra los búlgaros. Había degollado a un pope búlgaro
que de día iba a celebrar en la iglesia y de noche colgaba la sotana y salía
armado y vestido de pastor y hacía incursiones en las aldeas griegas. Pero al
día siguiente de cargarse al pope, va a una aldea y allí se encuentra a cinco
chiquillos descalzos, vestidos de negro, que iban mendigando un poco de pan.
Les preguntó de quién eran hijos y le contestaron del pope que unos días antes
había aparecido degollado. Zorba les dio todo lo que llevaba en ese momento, y
se alejó de la guerra: “Degollé, robé,
incendié pueblos, violé mujeres, exterminé familias. ¿Por qué motivo? Por la
sencilla razón de que eran búlgaros o turcos. ¡Qué asco! Ahora en cambio sólo
digo: “Este es buena persona; el de más allá, un sinvergüenza, Sea búlgaro o
griego, tanto me da”. Dejó de ser un patriota.
A quien decide vivir la vida con altura de miras y pasaporte universal, no
le faltarán ni afrentas ni ofensas. Uno de los momentos más desoladores del
libro lo constituye un episodio de violencia y venganza. En la isla, culpan a
una viuda, joven, hermosa y libre, del suicido de un hombre de la aldea por
ella despechado. Y los familiares reclaman venganza y sólo esperan el día en
que esta pueda llevarse a término. La isla es la propia cárcel en la que viven
los cretenses, encerrados en sus medievales reglas del honor. Hombres y mujeres
a la vez rezadores y blasfemos, rodeados de iconos y vacíos de compasión. Esa
joven viuda es acorralada a la puerta de iglesia, mientras que los grupos de
mujeres atizan el fuego de la venganza hasta la muerte de la mujer. Zorba y
Basil tratan inútilmente de impedirlo. Es una derrota más de la vida. Nadie
sale indemne de la existencia, ni siquiera aquellos que tratan de transformar
la materia en alegría.
Zorba pregunta a su compañero, al que siempre trata de patrón: “Lo que yo quiero es que me digas de dónde
venimos y adónde vamos. Tantos años consumidos en la lectura de mamotretos.
¿Qué has sacado de ellos?” ¿Qué puede responderle el joven muchacho que
nada sabe de la vida?
Hay personajes que te esperan pacientemente hasta que un día te decides a
abrir un libro y la personalidad de Zorba se aparece con todo su poder
seductor: llamar a las cosas por su nombre, abandonar las ideologías,
clasificar a los hombre únicamente por su bondad, arrojar lejos los grandes
ideales de dios, familia y patria, para bendecir olas del mar, la existencia de
las mulas, los atardeceres, la sonrisa coqueta de una mujer, el trabajo
fatigoso con los obreros de la mina. Saber encajar los fracasos con hombría,
sentir un poco de piedad por los huérfanos, interceder por los que van a ser
degollados, celebrar el vino, saborear una sopa de pescado, vibrar con la danza
y el canto, y el sonido de un santuri.
Vivir la vida a grandes bocados que no caben en las mandíbulas y a grandes tragos
que no caben en la garganta
El libro va de eso: la diferencia entre los que teorizan y hablan en
abstracto y los que sólo hablan de lo que han vivido, bueno y malo, sin
callarse los errores. Zorba es el analfabeto que se convierte en maestro,
mientras que el joven inglés, intelectual y rata de biblioteca se ve obligado,
gustoso, a ejercer de discípulo. Aprender a vivir lo que la vida ofrece cada
día, cuando sol, sol; cuando lluvia, lluvia.
Zorba, pícaro, bondadoso, artero, buscavidas, bon vivant, juguetón, infantil, irascible, dulce, seductor,
misógino, grandilocuente, superviviente, truhán, despilfarrador, histriónico, creyente
y descreído. En Creta Basil y Zorba no consiguen ningún éxito material. La mina
se agota. El sueño de un teleférico para transportar la leña resulta un
fracaso. Pero aquella temporada que los dos amigos han compartido deja una
huella indeleble, esa huella que sólo la muerte borra.
Cuando la mina se troca en negocio inútil, los amigos que han compartido un
tiempo en Creta se separan con mayor tristeza de lo que ellos mismos pueden
confesarse. Zorba sigue su vagabundeo y recala en Serbia, donde se casará y
donde morirá. Pero ni en esos momentos previos a la muerte se olvida del amigo
que conoció en el Pireo y con el compartió amaneceres, horas en la mina, sueños
de un teleférico, comidas, bebidas, y la danza de un sirtaki, y con el que, cansado y agotado, durmió junto al mar,
padre de Grecia, de donde sigue partiendo y regresando por los siglos de los
siglos Ulises.
La novela es un viaje iniciático. Un sendero que recorren durante un tramo
dos hombres tan diferentes, por edad, por formación y por ideales. Como el
amor, también la amistad es complementaria y maravillosa. Una novela de
aprendizaje. Ulises vuelve a Creta y enseña a un joven serio y melancólico lo
que es la vida, el amor, el dolor, las mujeres, el vino o las ideas. Y también
ese baile de la amistad que se llama sirtaki:
los brazos enlazados, los pies en la misma dirección, la mirada hacia el
horizonte y la alegría en el corazón: “Alargó
un pie, rozó ligeramente el suelo, alargó el otro, los pasos se entrelazaron
salvajes, alegres, la tierra retumbó”.
miércoles, 15 de abril de 2026
Siempre nos quedará el Papa
Un
día sí y otro también escuchamos una frase, tal vez muy manida: “Otro mundo es
posible”. Está claro que ese otro mundo posible que sueñan Donald Trump y León
XIV es bastante diferente, diríamos incluso que opuesto. Los ataques groseros y
mendaces del Presidente de Estados Unidos hacia el Papa no han hecho sino
confirmar a muchos que la Iglesia Católica está en buenas manos y que Estados
Unidos, primera potencia mundial, no sabe hacia dónde va en el proceloso mar que nos ha tocado vivir. La reacción de muchos votantes católicos -y no sólo católicos- de Trump, no se ha hecho esperar, y han mostrado su malestar por los ataques de Trump, y su apoyo sin fisuras a León XIV
Donald
Trump, sin saberlo, sin sospecharlo siquiera, ha hecho un gran favor a la
Iglesia Católica, aupándola un peldaño más, en ese pódium ético en el que está
situado el Papa, y que hoy día constituye la única referencia válida para un
mundo de líderes ególatras y psicópatas, desnortados y corruptos.
El Vaticano, por su propia naturaleza o tal vez porque tiene dos mil años de historia, tiende a la diplomacia y a la prudencia. La Santa Sede suele otorgar poca importancia a las críticas y a las polémicas. Todos los días hay deslenguados en contra de la Iglesia que faltan a
la verdad. Y esto sucede por parte de políticos, periodistas y el propio clero. Otra cosa
bien distinta, son las críticas razonadas y argumentadas que ayudan siempre a
la transparencia y a la verdad. Lo propio del Pontífice romano, como su nombre
indica, es construir puentes, tejer acuerdos, concitar concordancias y suscitar
puntos en común. Pero la Iglesia no va a faltar a la verdad ni a su búsqueda de paz en el mundo, porque eso está en el Evangelio, y forma parte de su
misión. El nacimiento de Jesús se anuncia con un mensaje de paz a los hombres
de buena voluntad. Cristo Resucitado se aparece a sus discípulos con un saludo
de paz.
Los
ataques al Papa han retratado a Trump. Esperar que el Papa apoyase sus
desvaríos internos y su dislocada política internacional, no amparada por el
derecho internacional, es pedir cotufas en el golfo, como solía decir nuestro
Sancho Panza. Tachar al Papa de que le gustan las armas nucleares iraníes o el
tráfico de drogas en Venezuela es, aparte de una grosería hacia otro Jefe de
Estado y representante de 1500 millones de católicos, una gran mentira. La respuesta serena del Papa ha retratado al
Papa. Él no es un político ni hace política. Pedir diálogo, cese de las
hostilidades, búsqueda de la paz y del entendimiento, defensa de las vidas
inocentes que arrastra cualquier guerra… es simplemente traducir el mensaje evangélico
en este momento concreto de la Historia. Y por supuesto, al Papa no le da ningún miedo la administración Trump. Problablemente Trump y sus numerosos medios informativos intentarán desacreditar al Papa y a la Iglesia. Otros muchos lo han intentado antes que él con escaso éxito. El tiempo pone a cada uno en su sitio.
En estos tiempos recios, el Papa recuerda que existe el camino de la verdad que conduce a la dignidad de cada persona, a la convivencia pacífica entre los pueblos, a la justicia y a la defensa de las personas inocentes. La verdad suele incomodar y molestar. Unas veces molesta a unos. Otras veces, a otros. Ese es el precio que hay que pagar. En tiempos confusos y revueltos, siempre nos quedará el Papa.
martes, 14 de abril de 2026
Byung-Chul Han y Simone Weil hablan de Dios
Byung-Chul Han nace en Seúl (Corea del
Sur) en 1959. Realiza estudios de metalurgia en su propio país, aunque a él le
hubiese gustado estudiar literatura. A los 22 años, sin saber ni una palabra de
alemán, llega a Alemania y se inscribe como alumno de filosofía, materia de la
que desconoce absolutamente todo.
Hoy en día es
uno de los filósofos más conocidos en Europa. Escribe habitualmente en alemán.
Es uno de los pensadores más críticos con la sociedad actual. Para él, una
sociedad cansada y agotada, por culpa de un sentido productivo de la vida. Una
sociedad con un exceso de comunicación, una hipertransparencia o pérdida del
sentido del pudor y el misterio. Una sociedad abocada a un igualitarismo que
descarta lo distinto y lo diferente. Una sociedad donde reina el 'positivismo' que culpabiliza al individuo de su soledad o de su desdicha. El tratamiento de
todos estos temas de actualidad ha convertido a Byung-Chul en un escritor muy
leído y muy reclamado en todos los foros. En 2025, obtuvo el premio Princesa de
Asturias de Comunicación y Humanidades.
El
último libro de Byung-Chuel lleva por título “Sobre Dios: pensar con Simone Weil”. En la introducción se puede
leer: “Hace ya algún tiempo que Simone
Weil se coló en mi interior. Se instaló en mi alma. Y hoy en día sigue viviendo
y hablando dentro de mí. Siento una profunda amistad, una amistad del alma por
Simone Weil”. A mí me pasó algo parecido con esta autora francesa, desde
que empecé a leer sus libros, después de haberme encontrado repetidas veces su nombre en los diarios de José
Jiménez Lozano. Es difícil olvidarla cuando se han leído sus escritos. Para
Albert Camus, Simone Weil fue el espíritu más interesante del siglo XX. El
propósito de este libro es, en palabras del autor coreano, “mostrar que, más allá de la inmanencia de la información y de la
comunicación, existe otra realidad más elevada, existe una trascendencia que
puede sacarnos de una vida completamente desprovista de sentido, de una mera
superviviencia, de la mortificante falta de ser, y brindarnos la gozosa
plenitud del ser”.
Partiendo de la obra y la vida de la escritora y mística francesa, Byung Chul habla de siete virtudes o actitudes principales para hablar de Dios: atención, descreación, vacío, silencio, belleza, dolor e inactividad.
Para el filósofo afincado
en Alemania la crisis actual de la religión tiene mucho que ver con el declive
de la atención. La constante
distracción del hombre contemporáneo ha bastado para que Dios nos haya
abandonado o, mejor dicho, para que le sea imposible revelarse al ser humano.
La descreación es la renuncia al yo y la
búsqueda de la nada. El enorme fortalecimiento del yo en nuestros días hace
imposible la descreación. Solo la renuncia al yo nos hace humanos atentos a
otros humanos. El yo mancha toda la creación.
El
Dios de los cristianos no es un dios natural que ejerce todo el poder de que
dispone. Es un Dios sobrenatural. Cuando un ser humano no ejerce el poder del
que dispone puede soportar el vacío.
Esto va en contra de la naturaleza. Sólo la gracia lo puede conseguir. Quienes
renuncian a expandirse y ocupar el espacio de los demás, alcanzan la santidad.
Cuando logramos vaciarnos estamos aprendiendo a morir.
El mundo
entero se está convirtiendo en un ruidoso mercado. En la sociedad actual, el
torrente de informaciones es invasivo y estruendoso. La sobreinformación nos
impide oír las cosas pudorosas, que son las que deberían contar. Allí donde
reina el silencio, toda voluntad se
retira y el yo muere.
Lo bello ha
perdido la sacralidad para convertirse en objeto de consumo. El arte, todo
verdadero arte, remite a la trascendencia. La belleza debe ser salvada de la obligación consumista. La visión y
el contacto con las cosas bellas nos proporcionan la certeza de que Dios
existe. La naturaleza y el arte constituyen la prueba de la existencia de Dios.
Ante la belleza sólo puede darse la contemplación. Un like, un me gusta, mancha
la belleza.
El dolor ancla el bien en el cuerpo. La
ética de la misericordia se basa en el dolor que experimentamos a ver el
sufrimiento del otro. El dolor encarna la ética del otro. Hoy en día somos
hostiles al dolor (algofobia). Nada debe doler, nos dicen. Todo debe ser light,
banal, ligero, superficial. Es la sociedad paliativa. El consumo y el placer
anestesian a los seres humanos.
Vivimos en una
sociedad del rendimiento y de la producción. La aceleración destruye el
pensamiento. El delirio del rendimiento nos impele a mostrarnos continuamente
en actividad, esclavos de la producción y el consumo, las dos caras de la misma
moneda. En nuestro cercado digital, somos igual que los asnos en un prado. Solo
la inactividad nos empuja al
pensamiento y al saber vacilante. Sólo la inactividad contemplativa, que no
produce ni trabaja, nos permite acceder al mundo de la belleza y de la verdad.
Byung-Chul Han
es sin duda un pensador poco complaciente con el mundo presente, anestesiado por los
tres monstruos que, según el autor, nos devoran: “el capital, la digitalización y la inteligencia artificial. Los tres rebajan al ser humano hasta
transformarlo en esclavo de la cuantía y la eficiencia”. “El espíritu
enmudece y se embota cuando deja de habitar en una trascendencia”. Al inicio
del libro el autor recuerda una frase de Simone
Weil: “Dos compañeros alados, dos
pájaros, están posados en la rama de un árbol. Uno come los frutos, el otro los
mira”. Y la misma autora reflexiona: “Mirar
y comer son dos cosas diferentes. Hay que optar por la una o por la otra. Sólo
hay alguna esperanza de salvación para quienes consigan permanecer un tiempo
mirando en lugar de comiendo”. Y Byung-Chul
Han, por su parte, concluye: “Comer
sirve exclusivamente para saciar una necesidad. Mirar es lo único que nos
redime de la inmanencia del consumo, desprovista de sentido”.
lunes, 13 de abril de 2026
Trump: una impostura en nombre de Dios
Coincidiendo con la guerra contra Irán, y con el momento más bajo de la popularidad del presidente de Estados Unidos, numerosos y significativos pastores cristianos, de signo evangelista, llegaron a la Casa Blanca para implorar la bendición de Dios sobre Donald Trump. La imagen resultó, como poco, bizarra y patética. Entronizado en el Despacho Oval de la Casa Blanca, Trump recibía a izquierda y derecha bendición tras bendición, mientras se imploraba el don divino sobre el excéntrico presidente. El predicador encargado de la oración (sería mejor calificarla de performance) afirmó: “Oramos para que continúes dando a nuestro presidente la fortaleza que necesita para dirigir a nuestra gran nación, mientras volvemos a ser una nación bajo Dios”.
Nunca de forma tan clara se había visto en el último siglo esa simbiosis entre “trono y altar” que huele indudablemente a ancien régime y a medievalismo anacrónico. ¿Cómo habrán visto los sinceros fieles evangélicos esta bendición? Puedo imaginarme cómo me habría sentido si, en lugar de pastores evangélicos, hubiera habido obispos católicos. Desde siempre se ha rezado por los gobernantes del mundo, para que el Señor inspire sus decisiones y obren con rectitud. Cosa muy distinta es bendecir sus actos, especialmente en este calamitoso momento, con una guerra por medio, y una amenaza completamente vergonzante: “No quedará nada de la civilización iraní”. En la oración evangélica se metió en el mismo cajón a Estados Unidos, las fuerzas armadas y el presidente Trump. Y en verdad son cosas bien distintas.
El nacionalismo religioso supone una gran manipulación por parte de la clase política de los sentimientos religiosos de un pueblo. Las iglesias de cualquier tipo no deben permitir una manipulación tan grosera, aunque haya por medio ventajas económicas o ideológicas. Los líderes evangélicos pasaron por alto el perfil de moralidad dudosa del presidente, tal vez porque piensan que esta alianza dará ventajas e influencia a sus iglesias. Por su lado, al poder político poco o nada le interesa la religión y su forma de entender la moral personal, pero le interesan sus votos y su voz en los púlpitos dominicales.
El Evangelio es mucho más grande que cualquier opción política de izquierda o de derecha, más grande que el liberalismo económico a ultranza y el trasnochado odio de clases del comunismo. Y por lo tanto, la identificación con una opción política concreta es siempre nefasta para unos y para otros.
Esta especie de consagración por imposición de manos que unos cuantos pastores evangélicos han efectuado sobre Trump en la Casa Blanca es un acto más de este esperpento en el que se ha convertido una buena parte de la sociedad estadounidense. Un espectáculo de mal gusto que nos habla de la impostura religiosa de algunas iglesias y de algunos mandatarios.
No olvidemos que el segundo mandamiento de la Ley de Dios dice “No tomarás el nombre de Dios en vano”, lo que equivale a “respetar el nombre del Señor, honrándolo y prohibiendo usarlo de manera frívola, falsa, blasfema o sin el debido respeto”.
domingo, 12 de abril de 2026
Tempestades de acero, de Ernst Jünger
Aunque ahora los historiadores la
denominan Primera Guerra Mundial, el nombre originario fue el de la Gran Guerra.
Tuvo lugar entre los años 1914-1918. Y hasta ese momento la humanidad no había
conocido una guerra tan sangrienta. El móvil inmediato del comienzo de la Gran
Guerra fue el asesinato en Sarajevo del archiduque Francisco Fernando, heredero
al trono imperial de Austria-Hungría. Era el 28 de junio de 1914.
Un ambiente de patriotismo y de
euforia reinaba en toda Europa, más aún en Alemania. Ernst Jünger, joven alemán
con el bachillerato recién acabado, escucha desde su casa el grito del cartero:
“¡Orden de movilización!”. Fue suficiente
ese grito para que él y millares de jóvenes de todos los rincones corrieran,
alegres y confiados, a alistarse como voluntarios: “pues también nosotros queríamos oír el silbido de las balas y vivir
esos instantes que cabe calificar como el bautismo propiamente dicho del varón”.
La generación de ese momento, aunque cueste creerlo hoy en día, fue una
generación a la que acunaba una frase de Ariosto, que unos y otros les habían
metido en la cabeza: “A un corazón grande
no le horroriza la muerte, llegue cuando llegue, con tal de que sea gloriosa”.
En la pesada mochila militar, Jünger
introdujo un delgado cuaderno que le serviría para escribir su diario. El
resultado de esas minuciosas anotaciones fue el libro de memorias “Tempestades
de acero”. Él fue uno de los soldados
supervivientes que se convirtió en portavoz de los cerca de 70 millones de
soldados movilizados y de los entre 15 y 22 millones de muertos (militares y
civiles).
“Habíamos abandonado las aulas de las universidades, los pupitres de las
escuelas, los tableros de los talleres, y en unas breves semanas de instrucción
nos había fusionado hasta hacer de nosotros un único cuerpo, grande y henchido
de entusiasmo”. Pero
muy pronto esa euforia cesó, justo en el momento en que la muerte apareció y
las penalidades de la trinchera se hicieron difíciles de soportar: “aquella guerra iba a significar más que una
aventura”.
Se dice que la Gran Guerra fue la
última de las guerras tradicionales y la primera de las guerras tecnológicas. De
1914 a 1918, la guerra pasó de ser una cuestión de heroísmo personal a una
cuestión de supremacía armamentista.
Jünger luchó en el frente francés, en la mítica batalla del Somme, donde durante meses y meses el avance fue mínimo (apenas unos kilómetros), pero las pérdidas en vidas humanas, abrumadoras (millón y medio de bajas). Conocida como la batalla de las trincheras, soldados franceses, alemanes e ingleses se batieron enconadamente en medio del barro. De todo esto, con precisión milimétrica, da cuenta este autor alemán. El lector, oye el silbido de las balas, la explosión de las granadas, las ráfagas de metralletas. El lector ve las trincheras de fango y de lluvia donde se desarrolla la vida diaria de una guerra interminable. El lector siente cómo saltan las tapas de los sesos de los soldados, el olor de la carne quemada, la sangre que se mezcla con el fango, los aullidos de los heridos, el valor personal que no decae, la fiereza de la lucha, los villorrios que se desploman por las bombas, la abnegación para cargar con un compañero herido, los hospitales de campaña, el rancho de colinabos, el alcohol que corre a raudales en las noches de descanso, el placer de un baño en un lago, la cálida camaradería de la tropa, la compasión de algunos aldeanos hacia los jóvenes soldados, no obstante pertenecieran a una nación enemiga, el compañero que suplica al amigo que le dispare para poner fin a sus sufrimientos de herido, los cuerpos insepultos que los roedores hacía desaparecer, el recuento dramático de las bajas cuando la balacera cesa, los soldados hechos prisioneros que suplican con ojos atemorizados un poco de piedad, el moribundo que pide a la enfermera que le lea su capítulo preferido de la Biblia y que se disculpa por haber molestado el reposo nocturno con sus accesos de tos, la muerte que acecha cada hora a cada soldado en el fragor de la batalla: “En medio de aquel tiroteo abandoné toda esperanza de regresar sano y salvo. A cada momento aguardaba mi subconsciente que una bala me alcanzase. La Muerte estaba de cacería.”
Herido en múltiples ocasiones de bala,
el alférez Ernst Jünger fue uno de los supervivientes a los que la suerte acompañó
en todos esos años. Para él, personalmente, la guerra no fue una desdicha sino
el campo de aprendizaje, mejor “que todas
las universidades y todos los libros”, y lo que le convirtió en el futuro y
afamado escritor. También la enciclopedia donde aprendió todo sobre la grandeza
y la miseria del alma humana, con su heroísmo y su mezquindad.
Para Ernst
Jünger -y para todos sus compatriotas- llegó un momento en que fue consciente
de que Alemania podía perder la guerra. El alférez-escritor no se rindió hasta
el final, aunque todos a su alrededor sabían que los alemanes ya no podrían
vencer. Mientras que los ingleses hacían prisioneros a la mayoría de sus
compañeros, una bala se hundió en su pecho. Pensó que era su final. Se asombró
de que allí y en ese momento fuera a morir, sin dolor y con una extraña
alegría, sin guerra y sin enemistad. Pero un compañero lo arrastró como pudo
hasta el puesto de socorro alemán. Pocos días después llegaría a un hospital de
Hannover. Aún convaleciente de las heridas, le comunicaron (septiembre de 1918)
la concesión de la Orden del Mérito. Unas semanas más tarde, el 11 de noviembre
de 1918, en un vagón de tren detenido en el bosque de Compiégne se selló la
capitulación de Alemania. Era el final de la Gran Guerra.
En Tempestades de acero nada se
ahorra al lector de las interminables batallas del Somme o de Cambrai en las
que Ernst Jünger tomó parte. Pero el autor francés es poco dado a juicios
morales sobre la bondad o la perversidad de la guerra. Probablemente está
mística de la guerra, esta exaltación de la lucha, esta glorificación del valor
y del heroísmo, ¿no prepararían la conciencia colectiva alemana que desembocaría en la Segunda Guerra Mundial?:
“En estos hombres está viva una fuerza elemental que subraya, pero a la
vez espiritualiza, la ferocidad de la guerra: el gusto por el peligro en sí
mismo, el caballeresco afán de salir airoso de un combate. En el transcurso de
cuatro años el fuego fue fundiendo una estirpe de guerreros cada vez más pura,
cada vez más intrépida”.
Conocemos la carnicería que supone
una guerra. Y también el desolador paisaje que dejan las batallas, como acertadamente
escribió Jünger. Se ve que quien declara la guerra y quien lanza a sus jóvenes
a las trincheras, no es capaz de entenderlo:
“… Todas las aldeas eran un montón de ruinas; todos los árboles estaba
talados; todas las carreteras, minadas; todos los pozos, envenenados; todos los
cursos de agua, represados con diques; todos los sótanos, volados con
explosivos o convertidos en lugares peligrosos merced a las bombas allí
escondidas; todas las vías férreas desmontadas; todos los cables telefónicos,
arrancados; todo lo que podía arder, quemado. En suma, transformamos en un
yermo la tierra que aguardaría al enemigo…”
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