lunes, 13 de abril de 2026

Trump: una impostura en nombre de Dios

                Coincidiendo con la guerra contra Irán, y con el momento más bajo de la popularidad del presidente de Estados Unidos, numerosos y significativos pastores cristianos, de signo evangelista, llegaron a la Casa Blanca para implorar la bendición de Dios sobre Donald Trump. La imagen resultó, como poco, bizarra y patética. Entronizado en el Despacho Oval de la Casa Blanca, Trump recibía a izquierda y derecha bendición tras bendición, mientras se imploraba el don divino sobre el excéntrico presidente. El predicador encargado de la oración (sería mejor calificarla de performance) afirmó: “Oramos para que continúes dando a nuestro presidente la fortaleza que necesita para dirigir a nuestra gran nación, mientras volvemos a ser una nación bajo Dios”.

                Nunca de forma tan clara se había visto en el último siglo esa simbiosis entre “trono y altar” que huele indudablemente a ancien régime y a medievalismo anacrónico. ¿Cómo habrán visto los sinceros fieles evangélicos esta bendición? Puedo imaginarme cómo me habría sentido si, en lugar de pastores evangélicos, hubiera habido obispos católicos. Desde siempre se ha rezado por los gobernantes del mundo, para que el Señor inspire sus decisiones y obren con rectitud. Cosa muy distinta es bendecir sus actos, especialmente en este calamitoso momento, con una guerra por medio, y una amenaza completamente vergonzante: “No quedará nada de la civilización iraní”. En la oración evangélica se metió en el mismo cajón a Estados Unidos, las fuerzas armadas y el presidente Trump. Y en verdad son cosas bien distintas.

                El nacionalismo religioso supone una gran manipulación por parte de la clase política de los sentimientos religiosos de un pueblo. Las iglesias de cualquier tipo no deben permitir una manipulación tan grosera, aunque haya por medio ventajas económicas o ideológicas. Los líderes evangélicos pasaron por alto el perfil de moralidad dudosa del presidente, tal vez porque piensan que esta alianza dará ventajas e influencia a sus iglesias. Por su lado, al poder político poco o nada le interesa la religión y su forma de entender la moral personal, pero le interesan sus votos y su voz en los púlpitos dominicales.

                El Evangelio es mucho más grande que cualquier opción política de izquierda o de derecha, más grande que el liberalismo económico a ultranza y el trasnochado odio de clases del comunismo. Y por lo tanto, la identificación con una opción política concreta es siempre nefasta para unos y para otros.

                Esta especie de consagración por imposición de manos que unos cuantos pastores evangélicos han efectuado sobre Trump en la Casa Blanca es un acto más de este esperpento en el que se ha convertido una buena parte del mundo. Un espectáculo de mal gusto que nos habla de la impostura religiosa de algunas iglesias y de algunos mandatarios.

                 No olvidemos que el segundo mandamiento de la Ley de Dios dice “No tomarás el nombre de Dios en vano”, lo que equivale a “respetar el nombre del Señor, honrándolo y prohibiendo usarlo de manera frívola, falsa, blasfema o sin el debido respeto”.

 





domingo, 12 de abril de 2026

Tempestades de acero, de Ernst Jünger

 


Aunque ahora los historiadores la denominan Primera Guerra Mundial, el nombre originario fue el de la Gran Guerra. Tuvo lugar entre los años 1914-1918. Y hasta ese momento la humanidad no había conocido una guerra tan sangrienta. El móvil inmediato del comienzo de la Gran Guerra fue el asesinato en Sarajevo del archiduque Francisco Fernando, heredero al trono imperial de Austria-Hungría. Era el 28 de junio de 1914.

Un ambiente de patriotismo y de euforia reinaba en toda Europa, más aún en Alemania. Ernst Jünger, joven alemán con el bachillerato recién acabado, escucha desde su casa el grito del cartero: “¡Orden de movilización!”. Fue suficiente ese grito para que él y millares de jóvenes de todos los rincones corrieran, alegres y confiados, a alistarse como voluntarios: “pues también nosotros queríamos oír el silbido de las balas y vivir esos instantes que cabe calificar como el bautismo propiamente dicho del varón”. La generación de ese momento, aunque cueste creerlo hoy en día, fue una generación a la que acunaba una frase de Ariosto, que unos y otros les habían metido en la cabeza: “A un corazón grande no le horroriza la muerte, llegue cuando llegue, con tal de que sea gloriosa”.

En la pesada mochila militar, Jünger introdujo un delgado cuaderno que le serviría para escribir su diario. El resultado de esas minuciosas anotaciones fue el libro de memorias “Tempestades de acero”.  Él fue uno de los soldados supervivientes que se convirtió en portavoz de los cerca de 70 millones de soldados movilizados y de los entre 15 y 22 millones de muertos (militares y civiles).

“Habíamos abandonado las aulas de las universidades, los pupitres de las escuelas, los tableros de los talleres, y en unas breves semanas de instrucción nos había fusionado hasta hacer de nosotros un único cuerpo, grande y henchido de entusiasmo”. Pero muy pronto esa euforia cesó, justo en el momento en que la muerte apareció y las penalidades de la trinchera se hicieron difíciles de soportar: “aquella guerra iba a significar más que una aventura”.

Se dice que la Gran Guerra fue la última de las guerras tradicionales y la primera de las guerras tecnológicas. De 1914 a 1918, la guerra pasó de ser una cuestión de heroísmo personal a una cuestión de supremacía armamentista.

         Jünger luchó en el frente francés, en la mítica batalla del Somme, donde durante meses y meses el avance fue mínimo (apenas unos kilómetros), pero las pérdidas en vidas humanas, abrumadoras (millón y medio de bajas). Conocida como la batalla de las trincheras, soldados franceses, alemanes e ingleses se batieron enconadamente en medio del barro. De todo esto, con precisión milimétrica, da cuenta este autor alemán. El lector, oye el silbido de las balas, la explosión de las granadas, las ráfagas de metralletas. El lector ve las trincheras de fango y de lluvia donde se desarrolla la vida diaria de una guerra interminable. El lector siente cómo saltan las tapas de los sesos de los soldados, el olor de la carne quemada, la sangre que se mezcla con el fango, los aullidos de los heridos, el valor personal que no decae, la fiereza de la lucha, los villorrios que se desploman por las bombas, la abnegación para cargar con un compañero herido, los hospitales de campaña, el rancho de colinabos, el alcohol que corre a raudales en las noches de descanso, el placer de un baño en un lago, la cálida camaradería de la tropa, la compasión de algunos aldeanos hacia los jóvenes soldados, no obstante pertenecieran a una nación enemiga, el compañero que suplica al amigo que le dispare para poner fin a sus sufrimientos de herido, los cuerpos insepultos que los roedores hacía desaparecer, el recuento dramático de las bajas cuando la balacera cesa, los soldados hechos prisioneros que suplican con ojos atemorizados un poco de piedad, el moribundo que pide a la enfermera que le lea su capítulo preferido de la Biblia y que se disculpa por haber molestado el reposo nocturno con sus accesos de tos, la muerte que acecha cada hora a cada soldado en el fragor de la batalla: “En medio de aquel tiroteo abandoné toda esperanza de regresar sano y salvo. A cada momento aguardaba mi subconsciente que una bala me alcanzase. La Muerte estaba de cacería.”

Herido en múltiples ocasiones de bala, el alférez Ernst Jünger fue uno de los supervivientes a los que la suerte acompañó en todos esos años. Para él, personalmente, la guerra no fue una desdicha sino el campo de aprendizaje, mejor “que todas las universidades y todos los libros”, y lo que le convirtió en el futuro y afamado escritor. También la enciclopedia donde aprendió todo sobre la grandeza y la miseria del alma humana, con su heroísmo y su mezquindad.

            Para Ernst Jünger -y para todos sus compatriotas- llegó un momento en que fue consciente de que Alemania podía perder la guerra. El alférez-escritor no se rindió hasta el final, aunque todos a su alrededor sabían que los alemanes ya no podrían vencer. Mientras que los ingleses hacían prisioneros a la mayoría de sus compañeros, una bala se hundió en su pecho. Pensó que era su final. Se asombró de que allí y en ese momento fuera a morir, sin dolor y con una extraña alegría, sin guerra y sin enemistad. Pero un compañero lo arrastró como pudo hasta el puesto de socorro alemán. Pocos días después llegaría a un hospital de Hannover. Aún convaleciente de las heridas, le comunicaron (septiembre de 1918) la concesión de la Orden del Mérito. Unas semanas más tarde, el 11 de noviembre de 1918, en un vagón de tren detenido en el bosque de Compiégne se selló la capitulación de Alemania. Era el final de la Gran Guerra.

En Tempestades de acero nada se ahorra al lector de las interminables batallas del Somme o de Cambrai en las que Ernst Jünger tomó parte. Pero el autor francés es poco dado a juicios morales sobre la bondad o la perversidad de la guerra. Probablemente está mística de la guerra, esta exaltación de la lucha, esta glorificación del valor y del heroísmo, ¿no  prepararían la conciencia colectiva alemana que desembocaría en la Segunda Guerra Mundial?:

“En estos hombres está viva una fuerza elemental que subraya, pero a la vez espiritualiza, la ferocidad de la guerra: el gusto por el peligro en sí mismo, el caballeresco afán de salir airoso de un combate. En el transcurso de cuatro años el fuego fue fundiendo una estirpe de guerreros cada vez más pura, cada vez más intrépida”.

Conocemos la carnicería que supone una guerra. Y también el desolador paisaje que dejan las batallas, como acertadamente escribió Jünger. Se ve que quien declara la guerra y quien lanza a sus jóvenes a las trincheras, no es capaz de entenderlo:

“… Todas las aldeas eran un montón de ruinas; todos los árboles estaba talados; todas las carreteras, minadas; todos los pozos, envenenados; todos los cursos de agua, represados con diques; todos los sótanos, volados con explosivos o convertidos en lugares peligrosos merced a las bombas allí escondidas; todas las vías férreas desmontadas; todos los cables telefónicos, arrancados; todo lo que podía arder, quemado. En suma, transformamos en un yermo la tierra que aguardaría al enemigo…”

Ernst Jünger en uniforme

Atentado en Sarajevo











El escritor en su biblioteca



martes, 31 de marzo de 2026

Jerusalén, sin domingo de Ramos


         Una vez doblegado el pueblo palestino, Israel se ha lanzado a una guerra con los países vecinos, de la mano de su inseparable amigo Estados Unidos.

        El pasado Domingo de Ramos, las autoridades de Israel impidieron al cardenal Pizzaballa y al custodio franciscano de los Santos Lugares el acceso al Santo Sepulcro para la celebración del inicio de la Semana Santa. Hacía siglos que no se impedía la entrada al lugar más santo de la cristiandad al mismísimo representante del Papa en Tierra Santa. 

        Pero a este punto de irracionalidad y de conculcación del derecho a la libertad de credos hemos llegado. En la tierra donde vivió y murió Jesús se impide la oración y las celebraciones religiosas. En el nombre de las medidas de seguridad se justifican todos los atropellos posibles. ¿Pero qué podemos esperar cuando lo más sagrado del ser humano, la vida, tampoco se respeta en tantos lugares de guerra? La fuerza se impone. La brutalidad se hace norma. El paisaje de la ciudad santa de Jerusalén se transforma: las manos empuñan armas mortíferas en lugar de las palmas, signo de alegría y de alabanza al que viene en nombre del Señor, pacífico y humilde sobre un manso pollino. Los gritos jubilosos de Hosanna son sustituidos por el silencio pétreo de las decisiones políticas.

        

Monasterio de la Conversión

El paisaje que nos traspasará

Eran las tres de la tarde. El resplandor de la luz hería todo el valle. El calor fatigaba. Demasiado abrigado y mochila en la espalda, subía la pendiente que de Sotillo de la Adrada conduce al monasterio. Cuando alcé la vista, la iglesia me pareció un Arca de Noé flotando en la colina, en medio de cipreses.

La primera virtud del Monasterio de la Conversión es la naturaleza que lo rodea. Las montañas del fondo son una muralla que ofrece una sensación de defensa y de refugio. También de grandiosidad y majestad. En este rincón de la provincia de Ávila, en el valle del Tiétar, al sur de la Sierra de Gredos, el paisaje traspasa el alma del peregrino, del buscador, del pecador. El paisaje es un sacramento y una hierofanía. La naturaleza –la creación- es la primera palabra de Dios. Después de unos meses de lluvia, el agua aún se remansa en los prados, cuajados de lirios de lluvia blancos, y el verdor de la hierba es de un intenso difícilmente definible, tal vez verde esmeralda. En las pequeñas parcelas con sus bardas de piedra seca, hay vacas rubias, caballos bayos y mansos asnos. Encinas, carrascas, pinos, higueras, olivos, cipreses, vides, almendros, cerezos... En el recinto monástico el vientecillo arranca al espliego y al romero su perfume gratuito. Sólo este clima mediterráneo del valle del Tiétar explica la presencia de algunos naranjos alrededor de la hospedería y de un rosal florecido a estas alturas del mes de marzo. ¿No son acaso la montaña, el bosque, los prados, las flores y los frutales una promesa de edén?

Sentado en la terraza de la hospedería monástica, que lleva el nombre griego de oikos (casa), el peregrino mira cada tarde el atardecer. Cuando la luz declina, el bosque en la falda de la montaña se oscurece. El verde se torna negro, hasta que llega un punto en que los árboles se mineralizan y el monte, que antes fue bosque, es sólo una gigantesca masa rocosa. La luz pasa al otro lado de las montañas, y las crestas y cimas se recortan con nitidez. La temperatura desciende bruscamente. Aparece Sirio rutilante en el cielo. En la lejanía, el pueblo enciende sus luces como un belén. El silencio se espesa por todo el valle.


El nombre abre puertas

Si supiésemos que la pronunciación de nuestro nombre abre puertas o cierra puertas, obliga a fruncir el ceño o a  sonreír… Si supiésemos que nuestro nombre despeja el camino o levanta muros, nos cuidaríamos muy mucho de ensuciarlo de mezquindades y bajezas. Lo adornaríamos de virtudes y de galas.

Esta fue una de las primeras reflexiones nada más llegar al monasterio. Me preguntaron cómo había conocido este lugar, y yo respondí que G. C. H. me lo había recomendado vivamente. Una noche de agosto, en una fiesta de cumpleaños, con un vaso en la mano y una música festiva de fondo, GCH me había dicho: “Si puedes, acércate al Monasterio de la Conversión, porque te sentirás muy bien”. En cierta forma, me olvidé de su recomendación, hasta que una tarde de primeros de marzo, la recomendación apareció de nuevo en el trastero de mi cabeza. Unos minutos después, envié un email. Al día siguiente un correo me confirmó mi solicitud para pasar unos días en la hospedería. No quise leer nada sobre el Monasterio de la Conversión, porque los prejuicios -incluso los positivos- enturbian la mirada sobre lo que se ve y se siente.

Todos lo hemos comprobado muchas veces cuando mencionamos, delante de otro, el nombre de un amigo o de un conocido. La reacción es inmediata. A veces, nos arrepentimos de haber pronunciado ese nombre, porque no provoca en nuestro interlocutor ni alegría, ni admiración, ni satisfacción. A veces fastidio, rechazo y malos recuerdos. En otras ocasiones, la sola pronunciación de un nombre, evoca en el interlocutor buenos recuerdos, deudas de gratitud, aprecio sincero y confianza. E inmediatamente, sentimos que somos valorados, apreciados y distinguidos en honor a ese nombre personal que acabamos de pronunciar. 

La sola pronunciación por mi parte de un nombre -en este caso GCH- fue recibida como una presencia bondadosa. Una bendición. 



Un ambón o contra-altar en la iglesia

            Cuando me despedía de la hermana Ashleen, se disculpó por no haber tenido tiempo para hablarme de la iglesia de la Reconciliación, corazón de este monasterio. Le dije que no se preocupase lo más mínimo porque no es elegante querer saber todo en un primer encuentro y que, además, tenía intención de volver. Así que no sé exactamente el significado teológico que encierra este templo. Desde un alto, la iglesia parece una maqueta, de inspiración románica, con sus diferentes juegos de volúmenes, tejadillos y absidiolos. El exterior tiene un revestimiento de piedra que le confiere dignidad y también armonía con el entorno. El interior es un espacio diáfano en que las paredes blancas y el entramado de la techumbre de madera se conjugan armoniosamente. En los primeros rezos del día, la luz va penetrando, poco a poco, el espacio. Lo primero es siempre lo primero: fiat lux. En el Génesis, pero también en la conversión individual. Sólo somos conscientes de nuestras sombras, cuando la luz de Aquel ilumina nuestra covachuela. Hay doce ventanales, tal vez alusión a los Doce. No lo sé. Dos iconos a derecha e izquierda del presbiterio: María con el Niño y un Calvario. Encarnación y Pasión. Los bancos del transepto no miran al presbiterio sino al ambón, situado justo en el centro de la iglesia.

El ambón: una gran piedra no desbastada, de la que arrancan dos ramas de hierro. La Palabra hace brotar la vida, incluso en la materia árida de una roca. Pero también, creo yo, el ambón podría funcionar como un contra-altar. El altar de la eucaristía está en el presbiterio, situado un escalón más alto. Es el espacio reservado al sacerdote. ¿Es el ambón o contra-altar el espacio donde caben todos los que no caben en el presbiterio? El presbiterio y lo que en él se realiza pertenece a los ordenados; el ambón de la Palabra pertenece a todos, consagrados y laicos, hombres y mujeres. Un gran Cristo Majestad, ocupa todo el ábside del presbiterio. Un Cristo en el que predominan los colores oro y sangre seca. El Cristo lleva un libro o filacteria en el que está escrito “Mira, hago nuevas todas las cosas”.


La enseñanza del Cristo Majestad

“Mira, hago nuevas todas las cosas” es una frase del libro del Apocalipsis. Normalmente el Maiestas Domini lleva otro mensaje: “Ego sum lux mundi”. Pero aquí en este monasterio se ha elegido la sentencia apocalíptica. Sin duda es una invitación a la esperanza. Quien entra en la iglesia y mira a ese imponente Cristo y lee su mensaje se siente consolado. Cae la noche y amanece. La noche no es eterna. Tampoco la sombra, la suciedad, el pecado. Todo puede ser transformado. No hay determinismo que valga. No hay predestinación. No hay fatalismo. El ciego verá. El sordo oirá. El mudo hablará. El enfermo sanará. Hay Alguien que puede remediar, curar, restaurar. Lo viejo será nuevo. Quizás la peor pesadumbre que el hombre contemporáneo lleva en sus espaldas es la de quedarse sin esperanza, sin promesa de Tierra Prometida.

Cuando se han leído todos los libros y se han probado todos los menús, tan variados y tan amplios, que la existencia nos ofrece, ¿cómo es que no nos sentimos plenos y alegres? ¿Qué esperar cuando todos los menús han sido devorados y nos hallamos ahítos pero insatisfechos? ¿Llega entonces al corazón del hombre contemporáneo la noche infinita, la noche sin aurora?  ¿En qué creer cuando todas las expectativas en mil felicidades de saldo han sido derrotadas? ¿Cómo pensar que en el muro compacto de nuestra noche oscura una mínima brecha puede abrirse e iluminar la existencia? “Mira, yo hago nuevas todas las cosas”. Es una promesa. A ella cualquier ser humano puede adherirse con la fragilidad de su barro, pero también con la grandeza de ese primer aliento recibido en el Génesis.

            Este Cristo en Majestad, no obstante su misericordia, ¿dará audiencia en el día último a los que hemos amado y a los que deberíamos haber amado más? Ellos nos juzgarán. Ellos nos salvarán. La vida está hecha de rostros. La vida está hecha de nombres que hablarán de nosotros al final de los tiempos.



En la mochila Agustín de Hipona, Simone Weil, Byung Chul Han

Agustín de Hipona me acompañó al retiro, quiero decir que me hizo compañía su libro Confesiones. Leí algunos capítulos durante estos días. No es un libro para leer a velocidad de crucero como se lee una novela. El pensamiento de Agustín requiere paradas y subrayados de lapicero. Él fue el primer pensador de nuestra civilización que se enfrentó a su yo con bisturí de cirujano y pluma de teólogo. Todo el libro es una alabanza a Dios. Pero el lector, también de este siglo, se reconoce en esos recovecos del corazón humano, en las continuas trampas que nos tendemos, en los deseos de piedad y en los retrocesos de pecado. Todos hemos robado peras cuya culpa nos ha marcado. Todos hemos saboreado la vanidad de una retórica brillante, todos hemos sido heridos por la muerte de un amigo del alma. Todos hemos dicho mil veces a Dios “hazme casto, pero todavía no”. Todos hemos buscado la verdad, pero al mismo tiempo la hemos temido. Todos hemos admirado la valentía de los que confiesan a Dios, sin importarles un bledo la honra y el mundo. Todos hemos llorado sin vergüenza la muerte de la madre, o de las personas a las que debemos tanto o todo. El mundo entero, con sus locuras y sus compasiones, cabe en el pequeño yo de un corazón  humano. Y esto nos lo ha enseñado Agustín. Dicen que la cristiandad empezó el día que Agustín firmó su libro La ciudad de Dios. La romanidad se había desmoronado. Y él fue el primer hombre que expresó la cristiandad como atmósfera, como territorio, como hábitat.

También leí algunos capítulos de Sobre Dios. Pensar con Simone Weil, de Byung Chul Han. Que uno de los filósofos más destacados de este momento nos hable de Dios a través de la lectura de la mística francesa, tiene mucho mérito. Hablar con Agustín y con Simone Weil en este territorio agustiniano y en este paisaje contemplativo ha sido una buena opción.



Cuando la desdicha entra en clausura

A la hora de vísperas y de la eucaristía, justo delante de mí, se sentó una familia: madre, padre y tres hijos varones de corta edad. ¿Tal vez entre los 3 y los 9 años? Sus rasgos eran indígenas, sin mezcla de ningún mestizaje. Cabellos negrísimos y lisos. Rostros atezados. Caras que parecen modeladas con un barro primigenio cocido al sol y al viento. Expresiones humildes en los adultos; vivaces en los pequeños. Es una familia peruana que ocupa una casa familiar en este campus monástico. Los padres siguen los salmos a través de sus móviles. Los dos niños mayores guardan silencio y se ponen serios cuando empieza el rezo. El pequeño de la familia pronto se duerme en el regazo de la madre, y, cuando se despierta, sólo piensa en jugar. Cuando la madre Prado pasa junto al grupo, acaricia el rostro dormido del infante. Los otros dos hermanos se ponen en la fila de la comunión, y el sacerdote los bendice con la señal de la cruz en su frente y un repelús en su pelo. Junto a la casa que habitan, hay un arenero, un columpio y algunos juguetes de plástico. Como en cualquier casa familiar, de un tendedero cuelgan camisetas y calcetines. Por la mañana los veré con su mochila y sus libros. Una hermana los acerca con el coche a la escuela del pueblo. Se trata de una familia acogida temporalmente en el monasterio. Una familia que vivía a la intemperie. Anteriormente, otra familia ucraniana con cuatro hijos, que había huido de la guerra, encontró casa y hogar en este recinto monástico durante unos meses. El padre era pintor y toda la familia sabía tocar instrumentos. Con la guerra perdieron todo. En Sotillo recibieron cobijo y esperanza.

Las hermanas contemplativas contemplan la pobreza del mundo, y no sólo al Dios Altísimo. La clausura monacal está abierta a la desdicha. Aquí nadie ha pronunciado un “extra omnes”, dirigido a los pobres.

 La biblioteca, metáfora de los huéspedes

Recorro con la vista los títulos y los autores de las dos estanterías de libros, situadas a un lado y a otro de una sala de reuniones, presidida por la calidez de la pintura La paz contigo y por una chimenea, que es siempre una invitación a hacer hogar.

Ahí está El diablo en el cuerpo, el libro de Raymond Radiguet que tanto escandalizó a la sociedad francesa de la época: la joven mujer de un soldado en el frente de la Gran Guerra mantiene una apasionada relación adúltera con un muchacho de 16 años. Otros títulos borrascosos suceden a libros edificantes. Autores insospechables dan paso a autores de moralidad dudosa, libros condenados al Índice al lado de libros recomendados desde todos los púlpitos. El Decamerón, junto a La vida es sueño. El conde Lucanor convive con Rojo y Negro. El marqués de Sade en compañía de Juan de la Cruz. Teresa de Jesús cohabita con Maquiavelo, El origen de las especies junto a Los Hermanos Karamazov. Y en esta mezcolanza de libros y en esta taberna revuelta de autores tan dispares, yo he visto una metáfora cristalina de los huéspedes que han pasado y pasarán por aquí. Perdidos y encontrados, convertidos y recalcitrantes, limpios de corazón y embarrados. Orantes y blasfemos, justos y pecadores, fariseos y publicanos, zaqueos y magdalenas, Pedro el que niega y Pedro el que llora. ¿Qué les une a todos los huéspedes? Quizá una común dignidad de seres humanos. Una común filiación divina. Y una esperanza de redención para todos. Nadie es lo suficiente puro para sentirse un elegido. Y nadie es lo suficiente pecador para saberse un incorregible. Tal vez, a los huéspedes les une la búsqueda, serena o atormentada, de Otro, más grande que ellos mismos, de Alguien del que oyeron hablar o siguieron, y luego olvidaron. O de Alguien al que ya aman y del que no osan separarse. Aquí están los huéspedes, unos y otros. Unos llegan con mochilas de piedras sobre sus espaldas; otros, con alas al viento. Compartirán una sopa o una ensalada en el comedor común, rezarán el mismo salmo 50, mirarán el mismo atardecer desde una terraza. Y al acabar su estancia en el monasterio, marcharán a sus quehaceres y a sus batallas. Y todos ellos sabrán que un día fueron bendecidos por un Cristo en Majestad que hace nuevas todas las cosas. Bendecidos también por el pan de la alegría de esta comunidad contemplativa.


El evangelio de un día: Juan 5, 1-16

¿Quieres curarte?, le pregunta Jesús al paralítico que nunca alcanzaba la piscina probática. A Dios le frena nuestra libertad. No se impone. No sana a la fuerza. La libertad, que es el mayor don que Dios ha dado a los hombres (El Quijote), es una línea roja que Dios no osa cruzar, sin el consentimiento del hombre. A veces sucede que ni uno mismo sabe que está enfermo. Otras veces, conoce su dolencia, pero es incapaz de pedir auxilio o visitar al médico. Prefiere la enfermedad a la curación, porque la curación es un don, pero al mismo tiempo una exigencia. La curación exige dieta, ayuno, ejercicio, medicinas, cambios de hábitos… “Vete y no peques más”. No se puede seguir siendo el mismo después de la sanación.

No tengo a nadie. Este grito probablemente nunca ha sido tan real como en estos tiempos de implacable soledad en medio de una sobreabundancia de conexiones. No tengo a nadie. ¿Cabe mayor soledad que este grito? Carecer de contactos, de vínculos, de amigos, de familia es una miseria que se da cada vez con mayor frecuencia en los países desarrollados. ¿Es concebible que haya gente sin nadie en países que se llaman cristianos? ¿Cuántos seres humanos están junto a la piscina de Betesda, pero cuyo acceso les resulta inalcanzable porque no tienen a nadie. ¿Quiénes son hoy estos hombres y mujeres que no tienen a nadie y, por lo tanto, quedan al margen de toda curación, de todo progreso, de toda esperanza, de toda Buena Nueva?

Curar en sábado. Una de las mayores acusaciones contra Jesús es precisamente que curaba en sábado. Jesús en la Palestina de su tiempo y en el mundo de hoy sigue curando en sábado. Jesús fue e irá siempre contra la religión. El mayor obstáculo para ser religioso es la religión. Cuando la letra precede al espíritu, cuando el rito se alza por encima del corazón, cuando se es católico por mera tradición familiar o nacional, la religión se convierte en hipocresía y en secta. Las verdaderas personas religiosas, que siguen a Jesús, irán siempre ‘contra el sábado’, contra la religión entendida como un código de normas, sanciones, reunión de 'profesionales de lo religioso’. La religión, la verdadera, es libertad y bondad ante cualquier ser humano que no “tiene a nadie”.


Quedan las preguntas

Con sus hábitos y sus escapularios (¿beige, café con leche, tierra clara?, con su pañoleta blanca, con su cinto de cuero agustiniano, con su vida marcada por el silencio, la escucha, el acompañamiento y la oración. ¡Y la sonrisa! (la sonrisa es siempre el primer anuncio). Con sus afanes de cada día, siempre los mismos y siempre distintos, con su acogida sonriente, un buen puñado de monjas agustinas quedaba ahí en ese Monasterio de la Conversión, cuando yo, mochila a la espalda, descendía hacia el puebloe por la carreterilla solitaria a esa primera hora de la mañana. En mi interior y en mi cuaderno había unas cuantas preguntas. Pocas veces las respuestas son más importantes que las preguntas. El oficio de hombre es hacerse preguntas. El dolor, el miedo, la curiosidad, la admiración, lo inexplicable y lo desconocido provocan preguntas. No importa si quedan sin respuesta. No solicité ninguna ‘audiencia’ a una monja. Me parecía que era interrumpir su ritmo con mi impertinencia. Venía a ver y a verme. Lo que he visto en cierta forma me ha ayudado a verme por dentro. Nadie se convierte de una vez por todas. Nadie ama de una vez para siempre. Nadie confiesa a Jesús para toda la vida. Ahí quedaban unas monjas, misioneras en sus américas y en sus áfricas, aunque el término municipal sea el de Sotillo de la Adrada. Te recordaré por el color del trigo, dice el zorro al principito. ¿Y yo qué recordaré? ¿La paz del corazón frente a un crepúsculo? ¿El sonido de la cítara en la iglesia? ¿El beso en las manos a la madre Prado, el naranjo en esta tierra montañosa, el rostro dormido de un niño sobre su madre? ¿Los santos óleos en la frente de sor Marita, la bendición de San Patricio en su festividad? ¿El hecho de compartir los alimentos en la mesa de los huéspedes, las páginas garabateadas de un cuaderno? 

        Todo es gracia. Todo es vida: “Tu palabra, Señor, no muere. Nunca muere porque es la vida misma. Y la vida, Señor, no solo vive. No solo vive: la vida vivifica”



















 

viernes, 27 de marzo de 2026

Las gratitudes, de Delphine de Vigan

         


        La autora, al comienzo del libro, se pregunta: “¿Os habéis preguntado alguna vez cuántas veces al día dais las gracias? ¿Os habéis preguntado alguna vez cuántas veces en la vida habéis dado realmente las gracias? Unas gracias sinceras. La expresión de vuestra gratitud, de vuestro agradecimiento, de vuestra deuda”

Después de leer Las lealtades, esperaba este último libro de Delphine de Vigan: Las gratitudes. Una novela corta. Michka, una mujer mayor sin familia, comienza un proceso degenerativo de afasia. Su ingreso en una residencia se impone. Con frecuencia la visita Marie, su única allegada que, de niña fue objeto de múltiples cuidados por parte de Michka, vecina suya. Al llegar a la residencia entra en escena Jérme, un pedagogo que, con devoción, intenta atajar o atrasar el proceso de afasia. Pero Michka tiene pendiente una deuda. Cuando era niña, durante la persecución alemana en Francia, un matrimonio la escondió en su casa, para librarla del campo de concentración. Esa deuda de gratitud –todas las deudas de gratitud- necesitan ser pagadas, porque no podemos abandonar este mundo sin haber dicho gracias a quien nos hizo tanto bien. El tema, la gratitud, es el verdadero argumento de esta breve novela. Los personajes son meros andamiajes para sostener su tesis de que el sabor de la vida consiste en mostrarse agradecidos. Una novela para degustarla en una tarde  de paz. Unas páginas que nos invitan a reconocer las deudas de gratitud que cada uno haya contraído, porque solamente nos iremos en paz cuando hayamos expresado un gracias fuerte y sincero desde el corazón. ¡Somos tan deudores de tantos!

El proceso de afasia de Michka es uno de los grandes logros de esta novela. Un logro que hay que atribuir también al traductor, Pablo Martín Sánchez, que ha conseguido pasar los matices del original en francés a la lengua de Cervantes.

Otro de los aciertos de la novela es sintetizar con breves pinceladas ese deterioro cognitivo de tantas personas mayores y ese sufrimiento que acompaña su pérdida de facultades y el pleno de convencimiento de que todo irá a peor cada día. Jérôme, pedagogo, ante un paciente intenta imaginar cómo era esa persona antes de esa vejez y ese deterioro. Cada rostro surcado de arrugas, impedido en sus movimientos o con la memoria perdida, tuvo un pasado. “Él también, ella también amó, gritó, gozó, nadó, corrió hasta perder el aliento, cogió trenes, metros, paseó por el campo, por la montaña, bebió vino, se levantó tarde, discutió sobre el sexo de los ángeles” No han sido siempre viejos, como los conoce el personal de las residencias. Detrás de cada rostro hay una historia de sacrificio, pasión, trabajo, dudas, culpas, ilusiones, traumas, penas, frustraciones y pequeñas alegrías que lo sostuvieron en los días desdichados. 

Conviene seguir leyendo a Delphine de Vigan, porque, de forma breve, trata temas en sus novelas que nos invitan a la reflexión, que nos interrogan acerca de nuestra actitud, en este caso nuestra actitud ante las deudas de gratitud y el trato hacia las personas mayores.




sábado, 7 de marzo de 2026

Café con poesía de Unamuno

 


    Los poetas estuvieron muy de moda en la Transición. Muchos de ellos habían sido silenciados o ninguneados durante el Régimen. Y se entiende ese florecimiento en los primeros años de la Democracia. Recuerdo haber comprado con verdadera emoción en los años de bachillerato los primeros libros de antologías poéticas de Machado, Lorca o Miguel Hernández. 

    Es verdad que son muchos los que opinan que en la juventud se lee poesía, en la edad adulta, novelas, y en la vejez, ensayos. Puede que así sea. Mi fervor poético fue sobre todo cosa de juventud. Cierto es.

    Últimamente, bien es verdad, he vuelto a releer poesías. Desde hace unos meses, cada vez que salgo a andar, meto un libro de poesía en la mochila y, al momento del café, leo algunos poemas, normalmente los que había subrayado en anteriores lecturas. Hoy me acompañó don Miguel de Unamuno. Ha sido una presencia bastante asidua en mi vida de lector. Durante mi estancia en Salamanca, me encontré con Unamuno en todos los rincones. El rector eterno de la Universidad seguía hablando a sus alumnos desde su cátedra. También desde el rectorado universitario, convertido en Museo unamuniano, desde la casa en que murió, desde las esculturas, relieves y cuadros diseminados por calles, casas y monumentos y aulas. Tal vez, y sobremanera, desde  los sillares dorados de la ciudad castellana:

                Del corazón en las honduras guardo

                tu alma robusta. Cuando yo me muera

                guarda, dorada Salamanca mía,

                tú mi recuerdo.







Vox, El País y los obispos chismosos

 


    La Conferencia Episcopal Española se vio obligada a sacar una nota para desmentir la noticia del periódico El País, según la cual el Papa habría mostrado a los obispos españoles de la Comisión Ejecutiva de la CEE su preocupación por la ideología ultraderecha de Vox y el riesgo de que se busque instrumentalizar a la Iglesia y ganar el voto católico. 

    La nota de la CEE desmiente el contenido del periódico y dice que el Papa habló del peligro de la ideologización sin mencionar una sigla concreta. Está claro que alguien miente. 

    El Papa está en su derecho de expresar sus preocupaciones respecto de cualquier tema y asunto. Y más cuando se trata de una conversación privada entre el Pontífice y sus obispos. Es obvio que el Papa ante gente de su club puede hablar con libertad y llamar a las cosas por su nombre. Lo que no es normal es que alguno de los obispos se lo fuese a contar a sus amigos de El País, esperando, sin duda, que lo publicasen. No parece probable que el diario mintiese descaradamente, porque la versión fue corroborada también por la revista Vida Nueva, según la cual "el Papa citó literalmente a Vox". ¿Fue iniciativa del Papa, o una sugerencia directa del nuncio o de algún obispo español de confianza?  

    En el Vaticano hay una norma férrea: las conversaciones privadas entre el Papa y sus interlocutores no deben salir a la luz. ¿Quién fue el obispo cotilla que contó una conversación privada entre Prevost y los obispos de la CEE? La polémica es un poco desagradable, dada la cercanía del viaje a España y dado el interés de la propia Iglesia en no echar más leña al fuego en esto que en España llamamos polarización. 

    Sea como fuera, los obispos presentes en esa reunión han quedado en mal lugar. Cotillas y chismosos los hay en todas partes. Esta vez parece que 'la prudencia de sotana' no funcionó. Salvo que el obispo en cuestión estuviese muy interesado en que saliese a la luz pública la condena del Papa a la ultraderecha. O que quisiese hacer un favor a sus amigos del El País ofreciéndoles una primicia informativa. O que le jugasen una mala pasada sus simpatías por los partidos situados más a la izquierda. En fin una comedia de enredo que difícilmente será aclarada.

 


viernes, 6 de marzo de 2026

Los santos en rojo de mi calendario

     


        En una ocasión, en los lavabos de la Facultad de Filosofía y Letras de Valladolid, encontré un grafitti a rotulador rojo en los azulejos: "Sólo me interesan los pensamientos de Dios". La leyenda, en medio de otros grafittis de palabras gruesas y salaces, más algún teléfono que se ofrecía a la coyunda y al lubricio, llamaba poderosamente la atención. 

    El problema de Dios, como se decía antes, ¿ha dejado de interesar a las últimas generaciones? Podríamos decir que el problema se ha disuelto como un terrón de azúcar en una taza de café. ¿Dios ya sólo es la indiferencia? ¿Dios ya sólo es la ignorancia? ¿O sigue Dios siendo un escándalo no apto para un público infantilizado?

     En otra ocasión, en el libro de Álvaro Pombo sobre San Francisco, que había tomado prestado de la Biblioteca Municipal, me encontré cada pocas páginas con una frase escrita a mano y en rojo por un lector anterior, con letra redonda de la antigua escuela: "Los santos son la demostración de que Dios existe".

      Si exceptúo las páginas de la Historia Sagrada, el primer libro del que guardo memoria es una vida de Santa Juana de Arco, en un tomo que el maestro del pueblo había prestado a mi padre. Después, y a lo largo de toda una vida de lecturas, las biografías de los santos, hagiografías se decía antaño, han ocupado muchas tardes y noches de placentera y aleccionadora lectura.

    Las vidas de los santos no son en absoluto planas o aburridas, sino ardientes y fascinantes. Todas darían -y han dado de hecho- para biografías, novelas y películas. Los santos se han adelantado en muchos años a los hombres y mujeres de su generación. Han abierto hospitales y escuelas cuando nadie lo hacía. Han hecho limpieza en la Iglesia cuando el Papa y los obispos se dedicaban a ensuciarla. Han sentido compasión y han ofrecido refugio a prostitutas y rebeldes. Han dialogado con herejes y descreídos. Han puesto dulzura en las conquistas y sus excesos. Se han metido en todos los charcos de la droga, la cárcel, la explotación laboral. Han custodiado el saber y la cultura y han promovido la dignidad. No se han arrodillado ante el poder, pero sí ante el pecador. Han sido, en fin, hombres y mujeres que han desbrozado el monte y el matorral y han abierto sendas transitables por donde luego han caminado otros muchos hombres y mujeres 

    Pienso, por ejemplo, en Teresa de Jesús. ¿Ha habido acaso una mujer más interesante en la historia de España? Los grandes personajes que han ocupado páginas y páginas en los tratados de historia, reyes, generales, conquistadores, caudillos, líderes, ... han dejado, a veces, a sus espaldas, un largo reguero de sangre y dolor. Pero los santos, de hace cientos de años o de ayer mismo, siguen dando dulces e imperecederos frutos. Siglos después de su paso por la Tierra, las palabras y los actos de los santos siguen transformando y transfigurando las existencias de muchas personas que viven aquí y ahora.

    Las tumbas de Carlomagno o Tutankamón son visitadas año tras año para admirar el valor artístico de los monumentos en los que fueron sepultados. Pero sus vidas ya no dicen nada a las nuestras. Sus vidas nada tienen que ver con nosotros. Y sin embargo a las ciudades que fueron cuna o tumba de muchos santos, Ávila, Asís, Pavía, Santiago, Roma, Loyola, Segovia, Auschwitz, Granada, Como o la Trapa de Dueñas siguen acercándose todos los años miles y miles de personas, para dejarse preguntar, para encontrar respuestas, para sentirse bendecidos. Nuestras vidas, lo creamos o no, tienen que ver con sus vidas. Teresa de Jesús, Francisco de Asís, Agustín de Hipona, el Apóstol Santiago, San Pedro, San Juan de la Cruz, Santa Edith Stein, San Juan de Dios, San Luis Guanella o San Rafael Arnáiz, se dirigen a nosotros y nos hablan....

    El Canto de las criaturas de Francisco de Asís, la Oración del Abandono de Charles Foucauld, Nada te turbe, de Teresa de Jesús, o el Cántico Espiritual de Juan de la Cruz, siguen conmoviéndonos por su belleza y moviéndonos a la oración y a la bondad. Quien se acerca a las Confesiones de San Agustín, se reconoce en ellas, porque hablan de un corazón que ha conocido el pecado, la conversión y la gracia. Y ese corazón es también el nuestro.

    Ha habido muchas vidas de santos en mi vida de lector. Cada una me ha tocado de una forma. El heroísmo de Juana de Arco, la leyenda áurea de San Sebastián, la potencia del legado de un Francisco de Asís, de un Ignacio de Loyola o de un San Juan de Dios, la valentía de Teresa de Jesús en un mundo de hombres, la poesía inigualable de un San Juan de la Cruz, la caridad a pie de calle de Fray Leopoldo de Alpandeire, la búsqueda radical de la verdad de Edith Stein, el amor a las personas con discapacidad de Luis Guanella, la dignidad otorgada a los últimos de Madre Teresa de Calcuta...

  Hay otros hombres que están en la sala de espera de la 'santidad', con procesos abiertos de beatificación o canonización. Pero ya están, desde hace mucho o desde hace poco, marcados en rojo en mi calendario personal. A uno de ellos lo conocí personalmente, aunque por pocas semanas, en el Colegio de Aguilar de Campoo: el hermano Juan. En realidad se llamaba Juan Vaccari Magnani (1913-1971).Yo tenía 12 años cuando lo conocí. Edad suficiente para darte cuenta de que te has cruzado con un hombre bueno y cabal, con un santo. Creo haber leído casi todo sobre él. Y de él he escrito bastante, porque su vida, cinco décadas después de su muerte, me sigue fascinando. Otros 'santos en capilla', también están inscritos en mi "liber amicorum". Pienso, por ejemplo, en Pedro Arrupe, un jesuita enamorado de Dios que supo 'centrar' a la Compañía de Jesús en los años borrascosos después del Concilio. Pienso en Javier Sartorius, al que acabo de conocer, un hombre que llegó a Dios, después de conocer y emborracharse con todo 'el menú del mundo'. 

    Y hay otros que ni están ni se les espera (¿o quién sabe?) en el martirologio romano. Pero que también están en rojo en mi calendario personal. Pienso en Simone Weil, cuyo pensamiento afilado te desnuda y cuya radicalidad existencial te descoloca y desafía. Pienso en Etty Hillesun, capaz de ver luz en el barracón del campo de concentración y de pedirnos que ayudásemos a Dios en su radical impotencia. O en Dietrich Bonhoeffer, por su oposición al totalitarismo y su acerada teoría de la estupidez humana frente al poder. 

    ¿Es posible que hayan existido hombres y mujeres de esta estatura? Ellos, canonizados o no, han iluminado, con su ejemplo y su palabra, las infinitas noches oscuras de la humanidad, y siguen provocando asombro y deseos de emulación. Fray Luis de León removió Roma con Santiago para que los escritos de Teresa vieran la luz y sirviesen de luz a sus lectores. Las reliquias de un dedo o de un trozo de hábito, tan valorados en algunas épocas, no podían competir con las verdaderas palabras o los verdaderos hechos de unos hombres y mujeres que se atrevieron a ser libres y a poner carne, hueso, fatigas y alegrías para ilustrar las palabras del evangelio y dar brillo a la imagen, tantas veces manchada de Jesucristo. Pedro Arrupe decía: "Quiero dejar este mundo un poco mejor de lo que lo encontré al nacer"

       El Vaticano, para proclamar beato o santo, exige milagros. Las curaciones inexplicables suelen ser las pruebas incontestables, el marchamo, el sello y la firma de la santidad. Pero los milagros verdaderos, y no cuantificables, ocurrieron mientras tales hombres y tales mujeres vivían entre los suyos o, cuando una vez muerto, devotos o descreídos se acercaron a sus vidas y escritos. Y esta cercanía acabó en transformación de su persona. Los verdaderos milagros son los que transforman el corazón, la forma de pensar y la dirección de la mirada. Los verdaderos milagros ocurren cuando alguien imita la bondad, la paciencia, la capacidad de perdón o la alegría. Ningún test médico o científicio puede certificar estos milagros. Pero el milagro verdaderamente ha existido: el milagro que saca lo mejor de uno mismo. El milagro de devolver bien por mal, de perdonar para perdonarnos, de entregarnos sin pedir recompensa. 

    El pueblo y las gentes sencillas constatan, en su día a día, estos milagros y por ello pueden exclamar, sin temor a equivocarse, con absoluta infabilidad: verdaderamente es un santo.  

Teresa de Jesús

Sebastián

Juana de Arco

Teresa de Calcuta

Charles Foucauld

Francisco de Asís

Agustín de Hipona

Ignacio de Loyola

Pedro

Santiago

Juan de la Cruz

Edith Stein

Hermano Rafael

Luis Guanella

Juan de Dios

Javier Sartorius

Fray Leopoldo

Pedro Arrupe

Etty Hillesun

Dietrich Bonhoeffer

Simone Weil

Hermano Juan












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