Las plantas tienen raíces, pero los hombres tienen piernas, decía Ryszard Kapuscinski, el escritor de viajes más lúcido. Con las piernas los hombres caminan, marchan, corren, deambulan. Con ellas peregrinan. Una de las características esenciales del ser humano es su condición de homo viator, hombre en camino. Hombre en camino por tierras y senderos, por calles y por montes, por puentes y ciudades. Pero también hombre en camino por sus adentros, sus pensares y sus sentires. Caminar en soledad es un empujón para conocerte y descubrirte, normalmente con bastante dolor.
lunes, 26 de enero de 2026
El Camino que me hirió para siempre
lunes, 17 de noviembre de 2025
Una ermita en las Hoces del Riaza
Después de faldear
toda la ladera por un sendero estrecho de piedrecillas sueltas, el caminante llega
hasta el borde de los cortados de las Hoces del río Riaza. Es entonces cuando,
con asombro, descubre un paisaje de sobrecogedora belleza. El río Riaza
serpentea por el cañón de piedra rosada que miles de milenios han esculpido con
esa paciencia que la naturaleza y los elementos poseen en dosis inagotables. En
medio de chopos dorados de otoño, sabinas, rosales silvestres, aparece, humilde
y melancólica, la ermita de San Martín del Casuar. Colonias de buitres planean en
el cielo, en un movimiento lento y circular que no parece tener fin, formando
una especie de corona en el firmamento. La mañana luminosa enrojece los roquedos
horadados. Aún parece resonar el rumor bronco de los jabalíes hozando la tierra para buscar un
sustento de tubérculos bajo encinas y sabinas. Sonido cristalino del río
Riaza que lame piedras y chopos caídos y hace brotar juncos y nenúfares. Los
caminantes, empequeñecidos por la grandiosidad del paisaje, descienden cuidadosamente
por la ladera.
La
iglesia de San Martín del Casuar es una pequeña construcción románica del siglo
XI. Las leyes de Mendizábal la condenaron al abandono. La Guerra de la
Independencia (parece que El Empecinado se refugió entre sus muros y los
franceses obraron en consecuencia) la condenó a las ruinas. El tiempo continúo
el proceso de deterioro. Pero, como allí donde hubo fuego, queda rescoldo, allí
donde hubo belleza en piedra y presencia de Dios, queda una brizna de hermosura
y un vientecillo de espíritu.
Y
el ser humano, que es depredador por naturaleza, también, por esa misma
naturaleza, es creador y hacedor de hermosura. Tal vez, por esta razón las
manos de los hombres están ahora mismo levantando esa pura ruina y dando vida a
lo que parecía escombrosa muerte. Aún queda mucho por hacer, pero el tejadillo
cubre ya el ábside. Han vuelto a la luz capiteles, impostas, columnillas, bolas,
pilastras, arcos, canecillos y sillares. La iglesia ha sido desbrozada de
zarzas y cardos, y las alimañas han abandonado el recinto sacro para buscar otras
guaridas.
Según
se nos cuenta, en el 913, Fernán González y su madre donaron al monasterio de
San Pedro de Arlanza la villa de Covasuar, situada en esta zona, de ahí el
nombre de la iglesia. Por ello, fueron los monjes benedictinos de San Pedro de
Arlanza los custodios de esta iglesia dedicada a San Martín, santo popular
donde los haya, conocido por su caridad: partió su capa con la espada para dar
un poco de calor a un pobre medio desnudo. El ábside de la iglesia es de cantería;
el resto de la iglesia, de mampostería. Una cornisa volada sostuvo, en su día,
la cubierta de madera, ahora completamente perdida. A los pies, una espadaña. Como era habitual por estos pagos, y así lo
parecen indicar algunos cimientos, la iglesia tendría en su zona sur un atrio,
lugar propicio para reunirse, al solillo del invierno o a la sombra del verano,
los campesinos y los monjes de Covasuar.
A los pies de la iglesia, aún se
puede ver la espadaña, con su correspondiente vano que albergaría la campana. Y
podemos imaginar aún su sonido que repicaría a gloria o tañería a duelo, según
los días y las circunstancias. Los hombres y mujeres de la villa de Covasuar
traerían a sus hijos a cristianar y enterrarían a sus muertos en el camposanto
pegado a los muros de la iglesia, como era costumbre.
Pero
aunque la campana ya no tañe, la sola presencia de estos muros de la iglesia de
San Martín es todavía como una llamada, un aviso, una presencia de Alguien que
creó los ríos y las montañas, los chopos columnares y las sabinas, los
líquenes, el espliego y los rosales silvestres, las estaciones del año, la
lluvia, el sol y el viento, los pájaros del cielo, los animales de la tierra, y
también al ser humano, casi insignificante como la hierba del campo, en medio
esta grandiosa naturaleza. Pero esta misma naturaleza, estos mismos paisajes,
parecen no hacer otra cosa sino esperar paciente y eternamente a esa caña
pensante que es el ser humano, a esa mirada inteligente del ser humano, a esas manos
inquietas y artesanas del hombre que levantan un puentecillo de leños sobre el
arroyo, una pequeña cabaña con su ventanuco y su hogar, y una ermita de piedras
doradas donde Dios y el hombre puedan convivir y descansar el domingo de los
afanes y trabajos de la semana, mientras sus ojos contemplan alrededor un
paraíso de rocas, de plantas y de aves. Tal vez con pasmo y asombro. Tal vez
con alabanza y gratitud.
jueves, 21 de agosto de 2025
Roberto López: la sensatez de un ganadero
En 2022, un ganadero
gallego, Roberto López, en una entrevista en una cadena de televisión lamentaba
la situación de abandono en que está el campo, criticaba las políticas
medioambientales de despacho, y daba su punto de vista sobre las causas de
tantos incendios. Creo que es una opinión sensata, aunque podamos estar o no de acuerdo. Esto decía:
“¿Por qué hay incendios? ¿A que en las ciudades no hay? No, porque hay gente.
¿Por qué arden los pueblos? Porque no hay gente. Hay un abandono. Es muy bonito llegar aquí y decir, qué bonito está todo,
hay muchos árboles… Reserva de la Biosfera. Parque Natural de no sé qué… Aquí
no podéis hacer nada. Los que llevabais 2.000 años cuidando esto lo hicisteis
fatal. Ahora nos vamos a encargar nosotros que somos mucho más listos. No
podéis cortar un árbol, no podéis cortar una zarza. No podéis sembrar aquí. No
podéis tal… ¿Qué hacemos? Todo abandonado. Ahora viene un rayo, un pirómano,
que también los hay, prende fuego, y cuatro mil hectáreas quemadas. Vienen
medios de extinción, helicópteros, hidroaviones, la UME, no sé qué, no sé qué
más. Vamos a ver, ¿Tan mal lo estábamos haciendo? Lo conseguimos gestionar
durante dos mil años. Ahora vienen estos iluminados a echarnos de los pueblos,
porque no queda gente en los pueblos. A mí que me expliquen por qué antes, con
gente en el campo, manteníamos el monte limpio y no le cobrábamos a nadie, no
se nos pagaba por hacer ese trabajo. Y ahora pagamos a brigadas, le pagamos a
todo este mundo, a toda esta gente, y sale de nuestros impuestos. Y se está
quemando el monte y nadie puede imaginar el coste de apagar un incendio. Eso lo
pagamos entre todos. Y antes que lo hacíamos gratis, nos echaron. Y esta gente
que se cree tan inteligente dice que lo hace por nuestro bien. No te
equivoques: lo hacen por su bien, por mantener un puesto de trabajo por el que
ganan lo que no está escrito. Simplemente para hacer prohibiciones. Ahora aquí
en este país todo está prohibido. Tú quieres hace cualquier cosa, tienes que
pedir un permiso, y tardarán dos años en darte el permiso. No hombre no, yo me
voy. Gano mil euros en cualquier cosa. No quiero ningún tipo de
responsabilidad. Cuando salgo, apago mi teléfono. No, hombre, esto no funciona
así. Lo que está pasando lo vemos cualquiera. Estáis hablando de la sequía,
estáis hablando de los incendios.. Todo esto, todo esto antes no pasaba”.
Una tierra en llamas
Una imagen desoladora de
esta nación nuestra, con cielos humeantes y campos ardiendo en medio de
temperaturas achicharrantes. No es nada nuevo. Aunque la magnitud y la
coincidencia de tantos fuegos, ciertamente nos ofrece una imagen apocalíptica.
Fuegos aquí y allá. El sonido estridente de las sirenas de los bomberos. El
paso veloz de la maquinaria de la UME. Los tractores y arados desperdigados por
todos los caminos parcelarios. Rostros de desolación de los agentes forestales.
Infatigables soldados del Ejército. Miles de voluntarios con sus azadas.
Agricultores arando precipitadamente las tierras en un intento de que sirva de cortafuegos.
Gentes desesperadas que pierden sus cultivos, sus ganados e incluso sus casas. Habitantes
de pequeños pueblos desalojados de sus hogares…
En este país nuestro, muy
dado a los gritos y poco dado a los argumentos… sería útil hacer un ejercicio
de reflexión y un intento de buscar las
razones de este desastre humano y medioambiental. Y también las maneras más
razonables de gestionarlo.
Uno. Incapacidad general para trabajar juntos. Incapacidad para
reconocer las ideas buenas o las acciones meritorias del otro, simplemente
porque no es de los míos. Incapacidad para hacer autocrítica y soberbia para
enrocarnos en nuestro punto de vista. Probablemente tenemos ya la mirada llena
de cataratas que nos impide ver con claridad el punto de vista del otro o, al
menos, las bondades de su obrar. Cómo sería de agradecer que en momentos de
grandes males, todos a una, codo con codo, nos pusiésemos a trabajar por el
bien común, por las víctimas y por los que en un momento han sido azotados por
la tragedia. La mediocridad y la soberbia se han instalado en la casta
política. Por un lado, un cainismo ibérico del peor género saca cuchillos y
navajas para atacar al contrario. Por otro lado, un servilismo denigrante
aplaude una y otra vez a la tribu de mi color, cometa los errores que cometa.
Los políticos han conseguido sacar lo peor del alma hispana: convertirnos en
insultadores profesionales del que tenemos enfrente. Y en palmeros mecánicos
del color de mi grupo.
Dos. Exigir a los
políticos lo que nos exigimos a nosotros. Un país de expertos y de sabelotodo,
siempre con soluciones fáciles a mano. En las mismísimas fechas en las que
media España lloraba por los fuegos, o tenía que huir apresuradamente de ellos,
o perdía tierras y ganados, la otra media celebraba con gran jolgorio y
alboroto, ruido y estruendo las fiestas patronales. Las charangas coincidían
con las sirenas de los bomberos. Y los encierros coincidían con los animales
acorralados del bosque. No lo olvidemos. Era una situación kafkiana. Si sólo un
mes antes se hubiera consultado a los ciudadanos qué querían: festejos o medios
para atajar los incendios, ¿qué pensáis que hubiera sido el resultado? ¿Ha
habido algún ayuntamiento que ha recortado en festejos para dedicar esos
dineros a prevención de catástrofes, incendios o tormentas?
Nos indignamos mucho ante las catástrofes,
ponemos el grito en el cielo, pero quizás debemos preguntarnos en qué queremos
que se gasten nuestros impuestos, cómo queremos repartir la riqueza nacional,
que nunca es infinita. Estamos en un tiempo de populismos en auge. Una de las
características del populismo es repartir gratuitamente bienes no necesarios para
dar palmaditas a los ciudadanos, congratularse con ellos y, de paso, ganar un
puñado de votos. ¿Qué son sino tanto bono joven, tantos bonos de transporte
gratuito, tantas subvenciones, subsidios y ayudas por no hacer nada? ¿Es
necesario ir del pueblo a la capital en bus gratis a tomarse un café o comprar
una camiseta? ¿Es necesario ir a Madrid o a Barcelona a pasar la tarde o hacer compras
por un precio irrisorio en el tren? ¿Es necesario organizar conciertos gratuitos
de cantantes con cachés millonarios en cada Plaza Mayor de nuestras ciudades? Y
así tantas cosas. Nos quejamos cuando las listas de espera para el médico son
muy largas o cuando los libros escolares son muy caros. Y con razón. Pero, como
sociedad, tenemos que hacer un serio discernimiento: distinguir
cuáles son las cosas necesarias y cuáles son los caprichos. Qué es lo
importante y qué es lo superfluo. En el fondo, los políticos ofrecen al pueblo -o
al populacho- lo que quiere y desea: pan y circo.
Tercero. El pueblo salva
al pueblo. Las gentes sencillas, en su generosidad y en su sentido de la compasión,
son las que verdaderamente apagan estos incendios y toda clase de incendios.
Las gentes son las que han llevado colchones y toallas hacia los polideportivos,
para que los soldados y los bomberos, trabajando en condiciones infrahumanas, pudieran
descansar unas horas. Las gentes son las que han ofrecido botellas de agua,
alimentos, las duchas de sus casas, un abrazo y unas lágrimas de gratitud. Las
gentes del campo, con sus tractores y sus arados, han llegado por carreteras y
caminos parcelarios, para intentar abrir cortafuegos (esos mismos agricultores
a los que hace no mucho tiempo, distintos sectores calificaron de delincuentes
porque ocupaban las vías públicas en sus manifestaciones). Las gentes del
ejército o de las fuerzas de seguridad, con su disciplina y su espíritu de
sacrificio, han acudido a muchos lugares de España, con escasez de recursos y
medios, a echar una mano allí donde era necesario. Los vecinos han luchado codo
con codo para salvar lo salvable de estos pavorosos incendios.
Y debemos acabar con una
pregunta: ¿Aprenderemos algo? Cada vez que se repite una catástrofe,
las promesas de inversiones millonarias, las palabras grandilocuentes, son el
pan nuestro de cada día. Pero el viento se lleva los discursos, y la memoria
corta de los ciudadanos hace el resto. Sí se tiene la sensación de que la
prevención de catástrofes funciona bastante mal, ya sea la limpieza de los
bosques en el caso de los incendios, o la limpieza de los barrancos, en el caso
de las tormentas. La coordinación entre Gobierno central y Comunidades es
bastante caótico. ¿Se trata a todas las Comunidades por igual o hay regiones de
primera y de segunda? Una vez más, nos damos cuenta de que, ante catástrofes de
una cierta magnitud, la colaboración institucional debe funcionar desde el
minuto cero, dejando el debate y la polémica para el momento en que los muertos
estén enterrados, los fuegos apagados, los bosques regenerados y las
indemnizaciones distribuidas.
Si no aprendemos nada de
estos fuegos y de esta manera de actuar tan rastrera, seguiremos teniendo más
fuego, más ceniza, más pérdidas humanas, animales o vegetales. Todo será
inútil. En una catástrofe, las lenguas tienen que callar. Sólo pueden funcionar
las cabezas y los corazones.
miércoles, 20 de agosto de 2025
Unas flores en Nogarejas
En medio de un paisaje calcinado por el
fuego, dos coronas de flores aún frescas. Alguien ha atravesado la nube de humo
y ha caminado sobre un mantillo de cenizas para rendir homenaje a dos jóvenes a
los que las llamas acorralaron impíamente cuando intentaban defender lo suyo,
defender lo de todos: la tierra, el monte, el ganado y las vidas humanas.
Tenían 35 y 37 años. Eran primos. Y
respondían a los nombres de Abel y Jaime. Ha habido otros muertos. Ha habido
otros heridos. Ha habido aún miles y miles de hectáreas arrasadas. En medio de una
naturaleza en blanco y negro, las flores de colores son un contraste demasiado
llamativo y demasiado delirante. Alguien seguirá llorando, detrás de los
postigos, sus vidas perdidas. Esas dos coronas silenciosas en el silencioso y
moribundo paisaje son un grito mudo, un alarido insonoro, un llanto sin
lágrimas.
Los pastos quemados volverán a brotar de
nuevo. Castaños, encinas y pinos serán plantados y, con los años, el verdor
volverá otra vez al monte y al llano. Pero ya nadie puede recoger el agua
derramada de un cántaro roto. Así la vida de un hombre: ¡Abel y Jaime! Sus
nombres y sus rostros habitarán aún en los seres que los amaron. Pero su vida
derramada será vida derramada para siempre.
Estas flores junto al tractor y el arado
en la localidad de Nogarejas (León) son una imagen desoladora: la voluntad del
ser humano de aferrarse a la memoria de unos ojos y de unos nombres que el fuego
se llevó para siempre.
lunes, 26 de febrero de 2024
Niebla en el sendero
A esta ciudad, situada en un valle, entre el Duero, el
Pisuerga y la Esgueva, algunos días al año la niebla la visita. Y así año tras
año, década tras década, hasta el punto de que algunos califican a Valladolid como
“ciudad de la niebla”. En general la niebla es un fenómeno atmosférico con mala
prensa. Los conductores se quejan de la escasa visibilidad; los reumáticos, de
acentuar sus dolencias; las señoras, de encresparles el pelo y estropearles el
peinado; y otros muchos, de levantarles dolor de cabeza.
Pero yo creo que la niebla es una maravilla y una hermosura. Y de hecho, los días de niebla me parecen los más hermosos para caminar, especialmente si lo haces al lado de un curso de agua. Uno de estos días neblinosos me lanzo a recorrer un tramo del Canal de Castilla, entre la dársena del barrio de la Victoria y el término de Cabezón de Pisuerga, disfrutando en el trayecto de las últimas esclusas de este río artificial, proeza de ingeniería, que nace en Alar del Rey.
Una niebla densa que apenas me permite ver unos metros por delante. Niebla que, como vaporoso sudario o cendal, envuelve el Canal de Castilla, ese sueño de agua de ingenieros e ilustrados para apagar la sed de las llanuras cerealistas de la infinita Tierra de Campos. Los gansos y fochas se deslizan silenciosos por el agua y unos metros más allá los pierdo de vista, emboscados en la bruma. La niebla, susurro de vapor, se posa leve sobre la tierra, los árboles invernales, las zarzas, los juncos y los musgos, el aire y los edificios, la autovía, los puentes y pasarelas, los campos de labrantío y los surcos removidos, los caminos de sirga por donde anduvieron, cansinas y sonnolientas, las mulas que arrastraban las barcazas con el trigo en un tiempo de asombro.
Pero son estos días brumosos y emboriados los que ama el caminante. ¿Qué hay más allá de ese recodo, más allá de ese ramaje, más allá del árbol caído, más allá de la casa en ruinas, más allá de esas nubes bajas con miles de gotas en suspensión? ¿Es sueño, sombra, aparición, aquel bulto que anda en lejanía? ¿Son así de evanescentes y neblinosos nuestros sueños, nuestra vida, nuestra alma, nuestros recuerdos y nuestros amores? ¿Es la niebla el paisaje habitual del corazón humano? No lo sé, pero esta niebla que el caminante cruza o atraviesa, persigue o deja a sus espaldas, le parece hermosa. ¿Qué le vamos a hacer?
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