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lunes, 26 de enero de 2026

El Camino que me hirió para siempre


Una cosa lleva a otra
           Hace unos días, murió un hombre que formaba parte del paisaje humano del Camino de Santiago,  Tomás Martínez de Paz, simplemente Tomás de Manjarín, el último templario -o el primero de una nueva saga- como también se le conocía. Ya era todo un personaje cuando hice mi primer camino en el 2000 y ningún peregrino se resistía a pasar por su cabaña, hablar con él o sacarse una fotografía a su lado. En mi camino de 2018, crucé por Majarín en una mañana de lluvia y nieve. Y me acerqué también a saludarlo. Se mantenía fiel a su estilo y a su vestimenta medieval de templario. Me invitó a acercarme al fuego que ardía en un bidón y me ofreció un café de puchero, fuerte y amargo como la mañana. Pero mis manos entraron en calor y ese fuego vivaz lo he recordado muchas veces. El Camino está -o estuvo- formado por un puñado de hombres hospitaleros que lo sostuvieron con su presencia en los años en que apenas unos cuantos locos se atrevían a cruzarlo. Luego las instituciones públicas y el turismo se adueñaron y se apropiaron del Camino. Y el Camino se lleno de turigrinos, más turistas que peregrinos, en busca de magia, senderismo, exoterismo, snobismo, sibaritismo y otros ismos. No digo que ya no queden peregrinos de camino interior, búsqueda de los adentros, pero se lo ponen difícil verdaderamente.

Un Camino para toda la vida
    Pero quien un día hizo el Camino, lo hizo para toda la vida y para siempre. Yo así lo he sentido. He dicho en más de una ocasión que el Camino ha sido uno de los tres viajes más importantes de mi vida. Me lo he pasado bien en otros destinos. He disfrutado de otros lugares, pero no han modificado en nada mi arquitectura. El Camino de Santiago me hirió. Y la herida, como bien supo Ignacio de Loyola, es siempre una bendición, cuando se la mira con ternura y misericordia.

    Las plantas tienen raíces, pero los hombres tienen piernas, decía Ryszard Kapuscinski, el escritor de viajes más lúcido. Con las piernas los hombres caminan, marchan, corren, deambulan. Con ellas peregrinan. Una de las características esenciales del ser humano es su condición de homo viator, hombre en camino. Hombre en camino por tierras y senderos, por calles y por montes, por puentes y ciudades. Pero también hombre en camino por sus adentros, sus pensares y sus sentires. Caminar en soledad es un empujón para conocerte y descubrirte, normalmente con bastante dolor.

        Los peregrinos con los que fui formando grupo a lo largo del Camino de 2000, Carlos, Javier, Mayte, Silvano, Sumiko, Carmen… andábamos nerviosos aquella mañana del 29 de junio.
        La tarde anterior habíamos llegado al Monte del Gozo, ese lugar del mundo desde, donde hace más de un milenio, los peregrinos cansados divisan por primera vez las torres de la catedral de Compostela, meta de su luenga peregrinación.
        Era una mañana de gozo, por tanto, pero también de balance y de examen, ¿también de vacío? Un mes antes habíamos recibido en la colegiata de Roncesvalles la Bendición de los Peregrinos y nos habíamos echado a andar con nuestras botas nuevas, nuestro bordón, nuestra mochila y un montón de ilusiones y miedos en el corazón.
        Éramos otros. Al menos, yo era otro. Había diferencia entre el que había partido de Roncesvalles y el que llegaba a Compostela. Hay viajes que suceden y que pasan sin pena ni gloria. No dejan en nosotros nada más que cuatro fotografías. Otros viajes te vapulean y te hieren, te iluminan y te ponen en crisis.
        Hace 26 años el Camino no tenía la masificación que luego alcanzaría años después y prácticamente sólo había un albergue por localidad, por lo que, tarde tras tarde, coincidíamos los mismos peregrinos. Bastaba un encuentro, para poner rostro, nombre y nacionalidad a los peregrinos.
            El Camino para mí fue el descubrimiento de la naturaleza y la constatación de que los encuentros, con uno mismo, con Dios, con los demás, constituyen la verdadera peregrinación.

1. La naturaleza: don y casa

      Paso a paso, la naturaleza iba entrando en mí. Robles, encinas, prados, sembrados, riscos, valles, fuentes, ríos, bosques y barbechos, amapolas y trigales, espliego y arbustos, lluvias y soles, fríos y nieblas. La naturaleza me ofrecía continuas dosis de belleza que descansaban no poco los pies que avanzaban por sendas y caminos ycon los hombros aplastados por el peso de la mochila.
        La naturaleza como don y como casa. Y también como una responsabilidad. Desde que la mañana alboreaba hasta que el día llegaba a su ocaso, la naturaleza me ofrecía espléndidos amaneceres o ardientes atardeceres, llanuras y montañas, cultivos de todo tipo, roquedos, la lluvia del cielo, los charcos en el suelo. La naturaleza, en su magnificiencia y diversidad, se ofrecía como un don, como un regalo, sin pedir nada a cambio. Justo era que en compesación, yo le ofreciese mi estupor, pasmo, maravilla, admiración y contemplación. Pero tanta belleza gratuita es una llamada a la responsabilidad. Cuidar, respetar, para que otros peregrinos puedan seguir admirando y disfrutando. La Creación es una responsabilidad para que el día de mañana aún haya futuro y otros pies puedan atestiguarlo y otros ojos dejen constancia de ella. Y la naturaleza es también casa para el peregrino. El paisaje es la cabaña y el palacio del peregrino que recorre legua tras legua hacia una meta más grande que él mismo. El firmamento es techo y las arboledas son paredes. Para el peregrino, saberse a la intemperie puede ser una manera de sentirse en casa.

2. Encuentro con uno mismo
        El cansancio te iba haciendo humilde. La hospitalidad te iba haciendo agradecido. Lejos del bullicio del trabajo y la ciudad, el Camino te proporcionaba un silencio magno y muchas horas diarias que forzosamente te hacían volver la mirada a tu interior. Las primeras preguntas fueron brotando: ¿Quién soy, qué hago aquí, qué busco, a quién amo, qué me da paz y que me provoca miedo? ¿Tiene sentido mi vida? ¿Para quién soy consuelo y reposo? ¿Para quién soy carga y pesar? Las preguntas suelen ser dolorosas. Y con las respuestas, llegó más dolor y más crisis. También más humildad y más gratitud. Más luz y más serenidad.

3. Encuentro con Dios.
    Dios está en esos 800 kilómetros que separan Roncesvalles de Santiago. Está en el corazón de los millones de peregrinos que desde hace un milenio ha palpitado por los mismos motivos y por el mismo Camino: hacer una peregrinación a ese ‘finis terrae’ donde están los restos del Señor Santiago. Dios está en cada una de las bellezas que los hombres construyeron para honrar a Dios: catedrales, ermitas, monasterios. Dios está en los sencillos o monumentales puentes que cruzan ríos y arroyos. Dios está en la pregunta, el encuentro y el abrazo. Dios está en el vaso de agua ofrecido, en el umbral de una casa, en la comida compartida, en la palabra sensata pronunciada, en una iglesita de pueblo. Dios está en cada bendición recibida y en cada bendición dada.

4. Encuentro con los demás
        Son los peregrinos los que hacen el Camino. En aquella holandesa que cantaba una melodía justo en el momento en que entré en Eunate. En el peregrino ateo que caminaba para dar gracias a Dios porque su mujer, creyente, se había salvado de un cáncer. En el vaso de vino ofrecido en un día de lluvia por un lugareño de Muruzábal. En el tapeo compartido de Logroño, en la medicina recibida gratuitamente contra la tendinitis, en el canto gregoriano de unos monjes de Rabanal del Camino. En la hospitalera que cantaba bajo la luna y las estrellas Gracias a la Vida, de Violeta Parra, en Hospital de Órbigo, en la aventura desconcertante del grupo de peregrinos que caminan de noche entre Carrión de los Condes y Sahagún, en la alegría del peregrino Carlos que ahuyenta la pesadumbre en algún día sombrío para mi cuerpo. En el abrazo de la peregrina argentina a la que un esguince retira del Camino. En el cansancio agotador de la subida a O Cebreiro. En las bendiciones de Furelos y de Ponferrada. En las historias contadas por peregrinos de Japón, Argentina, Italia, Brasil, Sudáfrica, Francia, Inglaterra, Nueva Zelanda, España, … En los esfuerzos de los caminantes por chapurrear todos los idiomas del mundo con tal de entenderse. En los abrazos y en las despedidas, en los reencuentros gozosos cuando creías a alguien perdido para siempre, en las lágrimas y en las cuentas de un rosario rezado a dúo. En el pecado de los que creen, en la fe de los agnósticos, en la esperanza de los ateos. En el amor de todos: cada uno con su vida y con su historia, pero todos unidos en esa fraternidad universal que da el saberse peregrino y formar parte de un inmenso tapiz tejido por mil años de historia y por miles de historias de hombres y mujeres.

La campana siempre tañe por ti
     Llegué a Compostela el día de San Pedro. Las campanas de todas las iglesias de Santiago repicaban en aquella mañana. Los abrazos se multiplicaban por plazuelas y calles. El incienso del botafumeiro era bendición olorosa sobre unos cuerpos que habían conocido el sol sofocante, el relente de la mañana, la lluvia en la tarde, la quietud de la noche, el sudor de cada día y el duermevela de cada noche.

        Era un 29 de junio de 2000. Y la felicidad, o mejor dicho la plenitud, estaba ahí: en el asombro de haber alcanzado la meta soñada desde Roncesvalles, y en ese andar titubeante por las losas de la catedral compostelana, al encuentro de la imagen del señor Santiago que espera, paciente y con rostro de imperturbabilidad románica, el abrazo de los peregrinos venidos de los cuatro puntos de la tierra, siguiendo las estrellas, siguiendo las huellas de los millones que lo han recorrido antes que tú, con idéntico estupor y maravilla.


Tomás de Manjarín, el último templario












lunes, 17 de noviembre de 2025

Una ermita en las Hoces del Riaza


Después de faldear toda la ladera por un sendero estrecho de piedrecillas sueltas, el caminante llega hasta el borde de los cortados de las Hoces del río Riaza. Es entonces cuando, con asombro, descubre un paisaje de sobrecogedora belleza. El río Riaza serpentea por el cañón de piedra rosada que miles de milenios han esculpido con esa paciencia que la naturaleza y los elementos poseen en dosis inagotables. En medio de chopos dorados de otoño, sabinas, rosales silvestres, aparece, humilde y melancólica, la ermita de San Martín del Casuar. Colonias de buitres planean en el cielo, en un movimiento lento y circular que no parece tener fin, formando una especie de corona en el firmamento. La mañana luminosa enrojece los roquedos horadados. Aún parece resonar el rumor bronco de los jabalíes hozando la tierra para buscar un sustento de tubérculos bajo encinas y sabinas. Sonido cristalino del río Riaza que lame piedras y chopos caídos y hace brotar juncos y nenúfares. Los caminantes, empequeñecidos por la grandiosidad del paisaje, descienden cuidadosamente por la ladera.

            La iglesia de San Martín del Casuar es una pequeña construcción románica del siglo XI. Las leyes de Mendizábal la condenaron al abandono. La Guerra de la Independencia (parece que El Empecinado se refugió entre sus muros y los franceses obraron en consecuencia) la condenó a las ruinas. El tiempo continúo el proceso de deterioro. Pero, como allí donde hubo fuego, queda rescoldo, allí donde hubo belleza en piedra y presencia de Dios, queda una brizna de hermosura y un vientecillo de espíritu.

            Y el ser humano, que es depredador por naturaleza, también, por esa misma naturaleza, es creador y hacedor de hermosura. Tal vez, por esta razón las manos de los hombres están ahora mismo levantando esa pura ruina y dando vida a lo que parecía escombrosa muerte. Aún queda mucho por hacer, pero el tejadillo cubre ya el ábside. Han vuelto a la luz capiteles, impostas, columnillas, bolas, pilastras, arcos, canecillos y sillares. La iglesia ha sido desbrozada de zarzas y cardos, y las alimañas han abandonado el recinto sacro para buscar otras guaridas.

            Según se nos cuenta, en el 913, Fernán González y su madre donaron al monasterio de San Pedro de Arlanza la villa de Covasuar, situada en esta zona, de ahí el nombre de la iglesia. Por ello, fueron los monjes benedictinos de San Pedro de Arlanza los custodios de esta iglesia dedicada a San Martín, santo popular donde los haya, conocido por su caridad: partió su capa con la espada para dar un poco de calor a un pobre medio desnudo. El ábside de la iglesia es de cantería; el resto de la iglesia, de mampostería. Una cornisa volada sostuvo, en su día, la cubierta de madera, ahora completamente perdida. A los pies, una espadaña.  Como era habitual por estos pagos, y así lo parecen indicar algunos cimientos, la iglesia tendría en su zona sur un atrio, lugar propicio para reunirse, al solillo del invierno o a la sombra del verano, los campesinos y los monjes de Covasuar.

            A los pies de la iglesia, aún se puede ver la espadaña, con su correspondiente vano que albergaría la campana. Y podemos imaginar aún su sonido que repicaría a gloria o tañería a duelo, según los días y las circunstancias. Los hombres y mujeres de la villa de Covasuar traerían a sus hijos a cristianar y enterrarían a sus muertos en el camposanto pegado a los muros de la iglesia, como era costumbre.

            Pero aunque la campana ya no tañe, la sola presencia de estos muros de la iglesia de San Martín es todavía como una llamada, un aviso, una presencia de Alguien que creó los ríos y las montañas, los chopos columnares y las sabinas, los líquenes, el espliego y los rosales silvestres, las estaciones del año, la lluvia, el sol y el viento, los pájaros del cielo, los animales de la tierra, y también al ser humano, casi insignificante como la hierba del campo, en medio esta grandiosa naturaleza. Pero esta misma naturaleza, estos mismos paisajes, parecen no hacer otra cosa sino esperar paciente y eternamente a esa caña pensante que es el ser humano, a esa mirada inteligente del ser humano, a esas manos inquietas y artesanas del hombre que levantan un puentecillo de leños sobre el arroyo, una pequeña cabaña con su ventanuco y su hogar, y una ermita de piedras doradas donde Dios y el hombre puedan convivir y descansar el domingo de los afanes y trabajos de la semana, mientras sus ojos contemplan alrededor un paraíso de rocas, de plantas y de aves. Tal vez con pasmo y asombro. Tal vez con alabanza  y gratitud.
















jueves, 21 de agosto de 2025

Roberto López: la sensatez de un ganadero

 

En 2022, un ganadero gallego, Roberto López, en una entrevista en una cadena de televisión lamentaba la situación de abandono en que está el campo, criticaba las políticas medioambientales de despacho, y daba su punto de vista sobre las causas de tantos incendios. Creo que es una opinión sensata, aunque podamos estar  o no de acuerdo. Esto decía:

“¿Por qué hay incendios? ¿A que en las ciudades no hay? No, porque hay gente. ¿Por qué arden los pueblos? Porque no hay gente. Hay un abandono. Es muy bonito llegar aquí y decir, qué bonito está todo, hay muchos árboles… Reserva de la Biosfera. Parque Natural de no sé qué… Aquí no podéis hacer nada. Los que llevabais 2.000 años cuidando esto lo hicisteis fatal. Ahora nos vamos a encargar nosotros que somos mucho más listos. No podéis cortar un árbol, no podéis cortar una zarza. No podéis sembrar aquí. No podéis tal… ¿Qué hacemos? Todo abandonado. Ahora viene un rayo, un pirómano, que también los hay, prende fuego, y cuatro mil hectáreas quemadas. Vienen medios de extinción, helicópteros, hidroaviones, la UME, no sé qué, no sé qué más. Vamos a ver, ¿Tan mal lo estábamos haciendo? Lo conseguimos gestionar durante dos mil años. Ahora vienen estos iluminados a echarnos de los pueblos, porque no queda gente en los pueblos. A mí que me expliquen por qué antes, con gente en el campo, manteníamos el monte limpio y no le cobrábamos a nadie, no se nos pagaba por hacer ese trabajo. Y ahora pagamos a brigadas, le pagamos a todo este mundo, a toda esta gente, y sale de nuestros impuestos. Y se está quemando el monte y nadie puede imaginar el coste de apagar un incendio. Eso lo pagamos entre todos. Y antes que lo hacíamos gratis, nos echaron. Y esta gente que se cree tan inteligente dice que lo hace por nuestro bien. No te equivoques: lo hacen por su bien, por mantener un puesto de trabajo por el que ganan lo que no está escrito. Simplemente para hacer prohibiciones. Ahora aquí en este país todo está prohibido. Tú quieres hace cualquier cosa, tienes que pedir un permiso, y tardarán dos años en darte el permiso. No hombre no, yo me voy. Gano mil euros en cualquier cosa. No quiero ningún tipo de responsabilidad. Cuando salgo, apago mi teléfono. No, hombre, esto no funciona así. Lo que está pasando lo vemos cualquiera. Estáis hablando de la sequía, estáis hablando de los incendios.. Todo esto, todo esto antes no pasaba”.




Una tierra en llamas

Una imagen desoladora de esta nación nuestra, con cielos humeantes y campos ardiendo en medio de temperaturas achicharrantes. No es nada nuevo. Aunque la magnitud y la coincidencia de tantos fuegos, ciertamente nos ofrece una imagen apocalíptica. Fuegos aquí y allá. El sonido estridente de las sirenas de los bomberos. El paso veloz de la maquinaria de la UME. Los tractores y arados desperdigados por todos los caminos parcelarios. Rostros de desolación de los agentes forestales. Infatigables soldados del Ejército. Miles de voluntarios con sus azadas. Agricultores arando precipitadamente las tierras en un intento de que sirva de cortafuegos. Gentes desesperadas que pierden sus cultivos, sus ganados e incluso sus casas. Habitantes de pequeños pueblos desalojados de sus hogares…  

En este país nuestro, muy dado a los gritos y poco dado a los argumentos… sería útil hacer un ejercicio de reflexión y un intento de buscar  las razones de este desastre humano y medioambiental. Y también las maneras más razonables de gestionarlo.

Uno. Incapacidad general para trabajar juntos. Incapacidad para reconocer las ideas buenas o las acciones meritorias del otro, simplemente porque no es de los míos. Incapacidad para hacer autocrítica y soberbia para enrocarnos en nuestro punto de vista. Probablemente tenemos ya la mirada llena de cataratas que nos impide ver con claridad el punto de vista del otro o, al menos, las bondades de su obrar. Cómo sería de agradecer que en momentos de grandes males, todos a una, codo con codo, nos pusiésemos a trabajar por el bien común, por las víctimas y por los que en un momento han sido azotados por la tragedia. La mediocridad y la soberbia se han instalado en la casta política. Por un lado, un cainismo ibérico del peor género saca cuchillos y navajas para atacar al contrario. Por otro lado, un servilismo denigrante aplaude una y otra vez a la tribu de mi color, cometa los errores que cometa. Los políticos han conseguido sacar lo peor del alma hispana: convertirnos en insultadores profesionales del que tenemos enfrente. Y en palmeros mecánicos del color de mi grupo.

Dos. Exigir a los políticos lo que nos exigimos a nosotros. Un país de expertos y de sabelotodo, siempre con soluciones fáciles a mano. En las mismísimas fechas en las que media España lloraba por los fuegos, o tenía que huir apresuradamente de ellos, o perdía tierras y ganados, la otra media celebraba con gran jolgorio y alboroto, ruido y estruendo las fiestas patronales. Las charangas coincidían con las sirenas de los bomberos. Y los encierros coincidían con los animales acorralados del bosque. No lo olvidemos. Era una situación kafkiana. Si sólo un mes antes se hubiera consultado a los ciudadanos qué querían: festejos o medios para atajar los incendios, ¿qué pensáis que hubiera sido el resultado? ¿Ha habido algún ayuntamiento que ha recortado en festejos para dedicar esos dineros a prevención de catástrofes, incendios o tormentas?

Nos indignamos mucho ante las catástrofes, ponemos el grito en el cielo, pero quizás debemos preguntarnos en qué queremos que se gasten nuestros impuestos, cómo queremos repartir la riqueza nacional, que nunca es infinita. Estamos en un tiempo de populismos en auge. Una de las características del populismo es repartir gratuitamente bienes no necesarios para dar palmaditas a los ciudadanos, congratularse con ellos y, de paso, ganar un puñado de votos. ¿Qué son sino tanto bono joven, tantos bonos de transporte gratuito, tantas subvenciones, subsidios y ayudas por no hacer nada? ¿Es necesario ir del pueblo a la capital en bus gratis a tomarse un café o comprar una camiseta? ¿Es necesario ir a Madrid o a Barcelona a pasar la tarde o hacer compras por un precio irrisorio en el tren? ¿Es necesario organizar conciertos gratuitos de cantantes con cachés millonarios en cada Plaza Mayor de nuestras ciudades? Y así tantas cosas. Nos quejamos cuando las listas de espera para el médico son muy largas o cuando los libros escolares son muy caros. Y con razón. Pero, como sociedad, tenemos que hacer un serio discernimiento: distinguir cuáles son las cosas necesarias y cuáles son los caprichos. Qué es lo importante y qué es lo superfluo. En el fondo, los políticos ofrecen al pueblo -o al populacho- lo que quiere y desea: pan y circo.

Tercero. El pueblo salva al pueblo. Las gentes sencillas, en su generosidad y en su sentido de la compasión, son las que verdaderamente apagan estos incendios y toda clase de incendios. Las gentes son las que han llevado colchones y toallas hacia los polideportivos, para que los soldados y los bomberos, trabajando en condiciones infrahumanas, pudieran descansar unas horas. Las gentes son las que han ofrecido botellas de agua, alimentos, las duchas de sus casas, un abrazo y unas lágrimas de gratitud. Las gentes del campo, con sus tractores y sus arados, han llegado por carreteras y caminos parcelarios, para intentar abrir cortafuegos (esos mismos agricultores a los que hace no mucho tiempo, distintos sectores calificaron de delincuentes porque ocupaban las vías públicas en sus manifestaciones). Las gentes del ejército o de las fuerzas de seguridad, con su disciplina y su espíritu de sacrificio, han acudido a muchos lugares de España, con escasez de recursos y medios, a echar una mano allí donde era necesario. Los vecinos han luchado codo con codo para salvar lo salvable de estos pavorosos incendios.

Y debemos acabar con una pregunta: ¿Aprenderemos algo? Cada vez que se repite una catástrofe, las promesas de inversiones millonarias, las palabras grandilocuentes, son el pan nuestro de cada día. Pero el viento se lleva los discursos, y la memoria corta de los ciudadanos hace el resto. Sí se tiene la sensación de que la prevención de catástrofes funciona bastante mal, ya sea la limpieza de los bosques en el caso de los incendios, o la limpieza de los barrancos, en el caso de las tormentas. La coordinación entre Gobierno central y Comunidades es bastante caótico. ¿Se trata a todas las Comunidades por igual o hay regiones de primera y de segunda? Una vez más, nos damos cuenta de que, ante catástrofes de una cierta magnitud, la colaboración institucional debe funcionar desde el minuto cero, dejando el debate y la polémica para el momento en que los muertos estén enterrados, los fuegos apagados, los bosques regenerados y las indemnizaciones distribuidas.

Si no aprendemos nada de estos fuegos y de esta manera de actuar tan rastrera, seguiremos teniendo más fuego, más ceniza, más pérdidas humanas, animales o vegetales. Todo será inútil. En una catástrofe, las lenguas tienen que callar. Sólo pueden funcionar las cabezas y los corazones.   





















miércoles, 20 de agosto de 2025

Unas flores en Nogarejas

 

        En medio de un paisaje calcinado por el fuego, dos coronas de flores aún frescas. Alguien ha atravesado la nube de humo y ha caminado sobre un mantillo de cenizas para rendir homenaje a dos jóvenes a los que las llamas acorralaron impíamente cuando intentaban defender lo suyo, defender lo de todos: la tierra, el monte, el ganado y las vidas humanas.

        Tenían 35 y 37 años. Eran primos. Y respondían a los nombres de Abel y Jaime. Ha habido otros muertos. Ha habido otros heridos. Ha habido aún miles y miles de hectáreas arrasadas. En medio de una naturaleza en blanco y negro, las flores de colores son un contraste demasiado llamativo y demasiado delirante. Alguien seguirá llorando, detrás de los postigos, sus vidas perdidas. Esas dos coronas silenciosas en el silencioso y moribundo paisaje son un grito mudo, un alarido insonoro, un llanto sin lágrimas.

        Los pastos quemados volverán a brotar de nuevo. Castaños, encinas y pinos serán plantados y, con los años, el verdor volverá otra vez al monte y al llano. Pero ya nadie puede recoger el agua derramada de un cántaro roto. Así la vida de un hombre: ¡Abel y Jaime! Sus nombres y sus rostros habitarán aún en los seres que los amaron. Pero su vida derramada será vida derramada para siempre.

        Estas flores junto al tractor y el arado en la localidad de Nogarejas (León) son una imagen desoladora: la voluntad del ser humano de aferrarse a la memoria de unos ojos y de unos nombres que el fuego se llevó para siempre.

lunes, 26 de febrero de 2024

Niebla en el sendero

 

         A esta ciudad, situada en un valle, entre el Duero, el Pisuerga y la Esgueva, algunos días al año la niebla la visita. Y así año tras año, década tras década, hasta el punto de que algunos califican a Valladolid como “ciudad de la niebla”. En general la niebla es un fenómeno atmosférico con mala prensa. Los conductores se quejan de la escasa visibilidad; los reumáticos, de acentuar sus dolencias; las señoras, de encresparles el pelo y estropearles el peinado; y otros muchos, de levantarles dolor de cabeza.

Pero yo creo que la niebla es una maravilla y una hermosura. Y de hecho, los días de niebla me parecen los más hermosos para caminar, especialmente si lo haces al lado de un curso de agua. Uno de estos días neblinosos me lanzo a recorrer un tramo del Canal de Castilla, entre la dársena del barrio de la Victoria y el término de Cabezón de Pisuerga, disfrutando en el trayecto de las últimas esclusas de este río artificial, proeza de ingeniería, que nace en Alar del Rey. 

Una niebla densa que apenas me permite ver unos metros por delante. Niebla que, como vaporoso sudario o cendal, envuelve el Canal de Castilla, ese sueño de agua de ingenieros e ilustrados para apagar la sed de las llanuras cerealistas de la infinita Tierra de Campos. Los gansos y fochas se deslizan silenciosos por el agua y unos metros más allá los pierdo de vista, emboscados en la bruma. La niebla, susurro de vapor, se posa leve sobre la tierra, los árboles invernales, las zarzas, los juncos y los musgos, el aire y los edificios, la autovía, los puentes y pasarelas, los campos de labrantío y los surcos removidos, los caminos de sirga por donde anduvieron, cansinas y sonnolientas, las mulas que arrastraban las barcazas con el trigo en un tiempo de asombro.           

El agua salta de las esclusas del canal con una música que nunca cansa al caminante. Solo me cruzo con otras tres personas a lo largo de 14 kilómetros. Sus siluetas se pierden en la niebla difuminada, como en una pintura con sfumato leonardesco. Huele a humedad y a polvo de agua, y los labios avanzan besando un aire de humo frío con sabor a vegetación y poesía. Agustín Acosta decía “estar enfermo de una niebla lejana, oh Dios, y se me torna de humo la palabra. Yo la deseo límpida… Yo la ambiciono diáfana”. Y Charles Bukowsky, con amargura ramplona, habla de que el “amor es una niebla que se quema con el primer sol de la realidad”. Con la niebla, los ojos de los puentes se desenfocan, enfermos de vejez y cataratas, de tanto agua como han visto pasar y de tantos sueños que la corriente disipó y evaporó para siempre.

 Pero son estos días brumosos y emboriados los que ama el caminante. ¿Qué hay más allá de ese recodo, más allá de ese ramaje, más allá del árbol caído, más allá de la casa en ruinas, más allá de esas nubes bajas con miles de gotas en suspensión? ¿Es sueño, sombra, aparición, aquel bulto que anda en lejanía? ¿Son así de evanescentes y neblinosos nuestros sueños, nuestra vida, nuestra alma, nuestros recuerdos y nuestros amores? ¿Es la niebla el paisaje habitual del corazón humano? No lo sé, pero esta niebla que el caminante cruza o atraviesa,  persigue o deja a sus espaldas, le parece hermosa. ¿Qué le vamos a hacer?







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