Las plantas tienen raíces, pero los hombres tienen piernas, decía Ryszard Kapuscinski, el escritor de viajes más lúcido. Con las piernas los hombres caminan, marchan, corren, deambulan. Con ellas peregrinan. Una de las características esenciales del ser humano es su condición de homo viator, hombre en camino. Hombre en camino por tierras y senderos, por calles y por montes, por puentes y ciudades. Pero también hombre en camino por sus adentros, sus pensares y sus sentires. Caminar en soledad es un empujón para conocerte y descubrirte, normalmente con bastante dolor.
lunes, 26 de enero de 2026
El Camino que me hirió para siempre
sábado, 10 de enero de 2026
Algo más que ruina en San Bernardino de Siena
Teresa de Jesús solía aconsejar a sus monjas que no construyesen grandes monasterios, sino 'palomarcicos', para que no hicieran mucho ruido al desplomarse el día de Jucio Final. No parecía mal consejo.
El monasterio de San Bernardino de Siena (foto) de Cuenca de Campos, y de monjas clarisas, en verdad no era un monasterio espectacular o monumental, pero algo era, digo yo. Había sido construido en su mayoría con ladrillo y barro, materiales humildes y pobres, lo mismo que las casas de tantos vecinos durante siglos. Fue fundado en 1455 por doña María Fernández de Velasco. Hace un siglo, su pieza de más valor, el alfarje del sotocoro, fue vendido al millonario norteamericano Hearst.
Las clarisas abandonaron, posteriormente el convento, y los sepulcros de la fundadora y de don Beltrán de Guevara, bienhechor del monasterio, fueron depositados en el convento de las Claras de Palencia, donde aún se las puede admirar en la capilla del Santísimo Cristo.
A partir de ahí, el convento de Cuenca de Campos, como tantas obras de nuestro patrimonio, conoció el abandono, las inclemencias del tiempo, hasta el punto de desmoronarse poco a poco y año a año. Las lluvias del invierno pasado provocaron el derrumbe de una parte de la iglesia conventual.
La Fundación Rehabilitar Tierra de Campos hace lo que puede para salvar de la ruina este monumento, pero a veces la desidia, el abandono y los elementos van por delante de la buena voluntad de un pequeño grupo de personas que aman su pueblo o aman este monasterio concreto.
No son poco los que opinan que en Castilla y León tenemos tanto patrimonio eclesiástico que es imposible llegar a todo. No son pocos los que opinan que para qué rehabilitar algo, si no se le puede dar un uso rentable. No son pocos los que opinan que, al fin y al cabo, se trata de cuatro adobes y cuatro ladrillos. Y son legión lo que sienten indiferencia e incluso desprecio por estas antiguallas del pasado, por estas reliquias del ayer. Y en esas estamos. Así que poco o nada puede hacerse para revertir la situación de tantos monumentos en estado de abandono.
La lluvia y el viento seguirán desmigando los adobes y derrumbando los ladrillos. Y probablemente a nadie le importe mucho. Y sin embargo estos monasterios vertebraron poblaciones y fueron el alma de los pueblos. Constructores, pintores, arquitectos, músicos, escultores trabajaron para dar lo mejor de sí mismos y crear belleza. Muchos pobres se acercaron al torno pidiendo sopa caliente o unos garbanzos. Muchas monjas gastaron su juventud, su madurez y su senectud dando gloria a Dios en laudes y vísperas, vistiendo primorosamente los altares, sacando agua del pozo para regar coles y berzas, y horneando dulces de seculares recetas.
Las ruinas de cualquier monasterio conservan aún algo de quienes lo habitaron, lo hicieron un poco más hermoso o se arrodillaron ante el altar para impetrar la salud de un hijo o encomendar el alma de un ser querido.
miércoles, 7 de enero de 2026
Cristianos en Santa Sofía aún susurran avemarías
“Cristianos en Santa Sofía aún susurran avemarías”. Es una tradición arraigada: muchos cristianos, al cruzar el umbral de Santa Sofía en Estambul, susurran un avemaría o hacen la señal de la cruz. Y no es un gesto vacuo o sin sentido. El Museo-Mezquita de Santa Sofía había sido una iglesia cristiana durante casi mil años. Una iglesia espléndida. ¿Cómo pudo ser levantado ese edificio en el siglo VI de nuestra era? Aún hoy se lo pregunta el visitante y se lo pregunta el arquitecto.
lunes, 5 de enero de 2026
El sueño de los Magos de Oriente
Al menos en nuestra cultura, ninguna noche provoca en los niños tanta ilusión, alegría, asombro y estupor como la Noche de Reyes. Toda la sociedad, a una, se vuelca para que la tradición siga viva y, para que, al menos durante unas horas los mayores pongamos nuestro grano de arena en la construcción de un mito sin igual: los Reyes Magos llegarán a todos las casas y dejarán a los pequeños algún regalo sobre sus limpios zapatos.
Las cabalgatas espectaculares recorren cada ciudad y cada pueblo. Las televisiones retransmiten en directo este acontecimiento. Los alcaldes ofrecen una bienvenida regia a sus majestades de oriente. Los carteros reales, previamente, han recogido miles de cartas y han hecho llegar a Melchor, Gaspar y Baltasar los deseos infantiles. Las calles iluminadas de miles de bombillas subrayan este evento anual. Los Reyes cumplen con la tradición de adorar al Niño Jesús en las plazas de las ciudades. Toneladas de caramelos vuelan en todas las direcciones, endulzando una noche, ya de por sí dulce.
Con asombro, los niños descubren, al despertarse, que los regalos mil veces soñados están en el salón de su casa, lo mismo que descubren que los camellos han bebido el cuenco de agua y los Reyes han probado el dulce de mazapán que les dejaron preparado antes de acostarse nerviosos. Los mayores recuerdan cuando eran niños y recibían con increíble alegría los humildes regalos de la época: tal vez una pelota de plástico, tal vez una bolsita de peladillas o una bufanda. Los hermanos mayores repiten a los hermanos menores lo que ellos ya no creen: la leyenda con pelos y señales de los Magos venidos de lejos. Y los padres, por unos días, encuentran un argumento incontestable para que los hijos se porten como Dios manda: el carbón amenaza a los niños cuyo comportamiento ha sido regulín, regular. Por todo ello, cuando los niños descubren que los padres son los reyes sufren una frustración, una desilución y un golpe de realismo brutal: la vida es así, un poco cruel y un poco mentirosa y decepcionante. Cuando estos niños lleguen a ancianos y echen la vista atrás, desde sus años y sus canas y sus arrugas, llegarán a la conclusión de que sus padres, por entonces durmiendo el sueño eterno de los justos, fueron su mayor suerte, su mayor riqueza, los verdaderos reyes que les dieron todo, no sólo la Noche de Reyes, sino todas las noches de su larga vida.
Esta tarde de Reyes me he fijado en una escena que el arte cristiano ha repetido admirablemente en capiteles, vidrieras, lienzos y tablas: la visión que los Reyes Magos tienen mientras duermen. ¿Y qué sueñan los Reyes? Sueñan con que cada ser humano deje su confort y salga a la intemperie para buscar la verdad y la verdadera sabiduría, que son, al fin y al cabo, la felicidad. Sueñan con que cada ser humano encuentre su estrella, una estrella que le guíe en la vida, por laberintos y caminos difíciles, hasta encontrar una verdadera razón para vivir y para celebrar. Sueñan con un mundo donde los niños sean tratados como niños, rodeados de amor y cariño, y con un juguete en sus manos. Sueñan con niños a los que el hambre no consuma, la guerra no hiera, y los abusos de cualquier tipo, pudra para siempre su corazón de niño. Sueñan con un mundo donde los poderosos no intenten imponer su punto de vista con violencia a nadie, donde los que gobiernan el mundo luchen por el pan y la cultura de todos y no por mantenerse en el poder, caiga quien caiga.
Precisamente el ángel del Señor se apareció a los Magos mientras dormían, para que no informaran a Herodes dónde había nacido el Niño, porque quería matarlo. La historia ya sabemos como continúa: los Magos burlaron al rey Herodes y volvieron a su tierra por otro territorio, y este ordenó la matanza de los inocentes. María y José tuvieron que abandonar precipitadamente su tierra y refugiarse en Egipto. Y los gritos de dolor de niños y madres resonaron por todo el mundo.
Cambiemos los nombres, cambiemos los papeles, troquemos los escenarios y los paisajes, y caeremos en la cuenta de que las pocas páginas que narran la infancia de Jesús, son de un realismo tan bello como sobrecogedor. Se repiten año a año, siglo a siglo. El corazón del ser humano está donde ha estado siempre y gira, como en una interminable noria o carrusel, entre la bondad de unos hombres, Melchor, Gaspar y Baltasar, que recorren el mundo para ofrecer al Niño (a todos los niños) lo mejor de sí mismos, lo mejor del cofre de su corazón, y la maldad del rey herodes que, antes de renunciar a su yo (poder, estatus, influencia, riqueza, fama y honores), es capaz de lo peor que un ser humano puede hacer: manchar sus manos y su corazón con la sangre inocente de unos niños y con la sangre inocente de todas las víctimas que va dejando a su paso.
Cada uno de nosotros, todos los días, toda la vida, ha de hacer una elección. ¿Queremos renunciar a nuestro yo y entregar el cofre de nuestro corazón para hacer felices a otros, o preferimos seguir encastillados en nuestro yo, incapaces de renunciar a nada de lo que pensamos que es nuestro e ir dejando una estela de sufrimiento, de malestar, de resentimiento en quien se cruza en nuestro camino? ¿Detrás de qué estrella caminamos y que visiones o sueños dejamos que alimente nuestro corazón?
lunes, 17 de noviembre de 2025
Una ermita en las Hoces del Riaza
Después de faldear
toda la ladera por un sendero estrecho de piedrecillas sueltas, el caminante llega
hasta el borde de los cortados de las Hoces del río Riaza. Es entonces cuando,
con asombro, descubre un paisaje de sobrecogedora belleza. El río Riaza
serpentea por el cañón de piedra rosada que miles de milenios han esculpido con
esa paciencia que la naturaleza y los elementos poseen en dosis inagotables. En
medio de chopos dorados de otoño, sabinas, rosales silvestres, aparece, humilde
y melancólica, la ermita de San Martín del Casuar. Colonias de buitres planean en
el cielo, en un movimiento lento y circular que no parece tener fin, formando
una especie de corona en el firmamento. La mañana luminosa enrojece los roquedos
horadados. Aún parece resonar el rumor bronco de los jabalíes hozando la tierra para buscar un
sustento de tubérculos bajo encinas y sabinas. Sonido cristalino del río
Riaza que lame piedras y chopos caídos y hace brotar juncos y nenúfares. Los
caminantes, empequeñecidos por la grandiosidad del paisaje, descienden cuidadosamente
por la ladera.
La
iglesia de San Martín del Casuar es una pequeña construcción románica del siglo
XI. Las leyes de Mendizábal la condenaron al abandono. La Guerra de la
Independencia (parece que El Empecinado se refugió entre sus muros y los
franceses obraron en consecuencia) la condenó a las ruinas. El tiempo continúo
el proceso de deterioro. Pero, como allí donde hubo fuego, queda rescoldo, allí
donde hubo belleza en piedra y presencia de Dios, queda una brizna de hermosura
y un vientecillo de espíritu.
Y
el ser humano, que es depredador por naturaleza, también, por esa misma
naturaleza, es creador y hacedor de hermosura. Tal vez, por esta razón las
manos de los hombres están ahora mismo levantando esa pura ruina y dando vida a
lo que parecía escombrosa muerte. Aún queda mucho por hacer, pero el tejadillo
cubre ya el ábside. Han vuelto a la luz capiteles, impostas, columnillas, bolas,
pilastras, arcos, canecillos y sillares. La iglesia ha sido desbrozada de
zarzas y cardos, y las alimañas han abandonado el recinto sacro para buscar otras
guaridas.
Según
se nos cuenta, en el 913, Fernán González y su madre donaron al monasterio de
San Pedro de Arlanza la villa de Covasuar, situada en esta zona, de ahí el
nombre de la iglesia. Por ello, fueron los monjes benedictinos de San Pedro de
Arlanza los custodios de esta iglesia dedicada a San Martín, santo popular
donde los haya, conocido por su caridad: partió su capa con la espada para dar
un poco de calor a un pobre medio desnudo. El ábside de la iglesia es de cantería;
el resto de la iglesia, de mampostería. Una cornisa volada sostuvo, en su día,
la cubierta de madera, ahora completamente perdida. A los pies, una espadaña. Como era habitual por estos pagos, y así lo
parecen indicar algunos cimientos, la iglesia tendría en su zona sur un atrio,
lugar propicio para reunirse, al solillo del invierno o a la sombra del verano,
los campesinos y los monjes de Covasuar.
A los pies de la iglesia, aún se
puede ver la espadaña, con su correspondiente vano que albergaría la campana. Y
podemos imaginar aún su sonido que repicaría a gloria o tañería a duelo, según
los días y las circunstancias. Los hombres y mujeres de la villa de Covasuar
traerían a sus hijos a cristianar y enterrarían a sus muertos en el camposanto
pegado a los muros de la iglesia, como era costumbre.
Pero
aunque la campana ya no tañe, la sola presencia de estos muros de la iglesia de
San Martín es todavía como una llamada, un aviso, una presencia de Alguien que
creó los ríos y las montañas, los chopos columnares y las sabinas, los
líquenes, el espliego y los rosales silvestres, las estaciones del año, la
lluvia, el sol y el viento, los pájaros del cielo, los animales de la tierra, y
también al ser humano, casi insignificante como la hierba del campo, en medio
esta grandiosa naturaleza. Pero esta misma naturaleza, estos mismos paisajes,
parecen no hacer otra cosa sino esperar paciente y eternamente a esa caña
pensante que es el ser humano, a esa mirada inteligente del ser humano, a esas manos
inquietas y artesanas del hombre que levantan un puentecillo de leños sobre el
arroyo, una pequeña cabaña con su ventanuco y su hogar, y una ermita de piedras
doradas donde Dios y el hombre puedan convivir y descansar el domingo de los
afanes y trabajos de la semana, mientras sus ojos contemplan alrededor un
paraíso de rocas, de plantas y de aves. Tal vez con pasmo y asombro. Tal vez
con alabanza y gratitud.
viernes, 31 de octubre de 2025
¿Es Halloween una exaltación de lo oscuro?
Probablemente nunca sabremos quién mueve los hilos de este mundo para que toda una sociedad, ¿idiotizada o simplemente juerguista?, celebre Halloween, una noche de horror y mal gusto, con disfraces y maquillajes que nos hablan de brujas, muertos, sangre, esqueletos, calaveras, sangre y cuchillos. Y encima que lo hagan en contraposición, casi en desafío, a la Fiesta de todos los Santos, que es la celebración de la dignidad humana.
La Iglesia celebra el
1 de noviembre la Fiesta de Todos los
Santos, es decir la celebración de aquellas personas que, por su bondad y
su altruismo, han mejorado la vida de los demás, les han facilitado la existencia
y les han socorrido en sus necesidades. La Iglesia tiene muchos santos
declarados como tales, mediante un largo proceso de beatificación y
canonización, y una declaración de santidad por parte del Papa. A estos santos
les son asignados un día en el calendario para la celebración litúrgica de su
fiesta. Quién más o quién menos sabe que San Martín es el 11 de noviembre; San
Ignacio de Loyola, 3l de agosto; San Roque,
16 de agosto; San Sebastián, 20 de
enero, Teresa de Jesús, el 15 de octubre, Santa Águeda, el 4 de febrero; San
Francisco de Asís, el 4 de octubre.
Pero
hay personas buenas, valientes, ejemplares, mártires, que nunca han recibido
una declaración oficial de santidad, pero que fueron capaces de dejar una
huella en este mundo, un agradable perfume de bondad y un recuerdo luminoso en
tantos corazones. A todas estas mujeres y hombres bondadosos se les dedica el 1
de noviembre. Lucharon por la justicia, la paz, la dignidad, el pan en cada mesa, las letras en cada cabeza, de los que vivían
alrededor o se entregaron sin reservas a sus seres queridos. Somos el resultado
de estos hombres y mujeres que vivieron antes que nosotros y que nos dejaron un
hogar menos amargo, una comunidad menos áspera. Por ello, el primero de
noviembre, los cristianos se acercan a los cementerios para depositar flores y
un padrenuestro sobre las tumbas de familiares y amigos. Una forma de
agradecerles su bondad, su cariño.
Halloween, significa literalmente
Víspera de Todos los Santos (en inglés, All Hallows’ Eve). Parece ser que los
celtas irlandeses celebraban el 31 de octubre el comienzo del invierno y el
final de las cosechas. La oscuridad y la noche suplirían durante seis meses a
la luz y al día. Y para expresar esta batalla entre la luz y las tinieblas se
celebraban diversas fiestas y ritos en la noche del 31 de octubre. Los celtas
solían hacer un pequeño hueco en los nabos para colocar una candela y
disminuir así la victoria de la noche. Era la llamada noche de Samhain
(final del verano). En el año 835, el Papa Gregorio IV establece que el 1 de
noviembre se celebre la festividad de Todos los Santos. En Irlanda, algunos de
los rituales de Samhain se fusionaron o pervivieron en la Festividad de Todos
los Santos.
Cuando los irlandeses llegaron en masa a
Estados Unidos popularizaron Halloween y sustituyeron los nabos por las
calabazas, mientras que los niños solicitaban a los vecinos unos dulces para pasar
la noche. Luego el cine de terror, los comerciantes avispados, el carácter
gregario y estólido de las masas y el paganismo reinante y deshumanizante han
hecho el resto.
Halloween se ha convertido en una fiesta muy popular
por doquier. Parece algo inofensivo, una carnavalada más de las muchas, un
happy-happy, divertido y trivial. Y sin embargo es preocupante esa querencia de
lo oscuro, esa glorificación de los macabro, lo sanguinario, lo truculento y lo
brujeril. Una exaltación del horror y la fealdad.
Lo más grave de todo
esto es ese creciente paganismo que se traduce en una adoración de la tiniebla, de la sangre y de lo
oscuro. En Halloween –y esto hay que recordarlo- todas la sectas satánicas
celebran su día, su fiesta y sus rituales de sangre y muerte en bosques o
cuevas. Y esto no es algo inocente. En diversas partes del mundo, por estas
fechas, hay denuncias de ritos satánicos y de celebraciones de misas negras,
donde la sangre, el sexo y los sacrificios de gatos negros u otros animales,
así como la ingesta de su corazón y su sangre forman parte de este ritual.
Bien es verdad que los
niños y también la mayoría de los adultos no piensan en este lado oscuro y
tenebroso cuando celebran Halloween con sus disfraces y sus calabazas. Pero el
hecho de que estos juegos inocentes de disfraces de fealdad y mal gusto se
inculquen a los pequeños, creo que nos tendría que hacer pensar un poco.
Recordemos que hasta el inocente “truco o trato”, traducción del inglés “trick
or treat (que podríamos traducir como “me das un dulce o te gasto una broma”,
tiene aún un origen más oscuro y perverso: “maldición o sacrificio”. Los
espíritus del mal exigían un sacrificio o de lo contrario la maldición caería
sobre esa persona o su familia.
Lo
más escandaloso de todo esto, me parece a mí, es que las escuelas, públicas, concertadas y privadas, accedan, y con mucho
entusiasmo por parte de profesores, alumnos y padres, a esta celebración de vulgaridad,
banalidad, comercio y horror. No se permite celebrar la Navidad o la Semana Santa,
pero todos asisten encantados a este día de fiesta en que las aulas se llenan
de color negro, disfraces truculentos y
calabazas vacías. ¿Tan vacías como esas cabecitas que deberíamos llenar
de belleza, buen gusto y, sobre todo, valores humanos y admiración por la
bondad?
domingo, 21 de septiembre de 2025
Dalai Lama: compasión y alegría
El Dalai Lama envejece, al mismo tiempo que envejece la causa del Tíbet. Una noche de 1937 el monje tibetano Yamphel Yeshe Gyaltse tuvo un sueño: un monasterio, una carretera, una casa con tejado azul, un perro y un pórtico con un niño sentado bajo él. Algún tiempo después, unos monjes, disfrazados de mercaderes, fueron enviados para localizar este enclave. En el poblado de Taktser encontraron todas las señales. Y el niño reconoció a los monjes disfrazados y dijo sus nombres. A continuación, los monjes le sometieron a una serie de pruebas, entre ellas el reconocimiento de objetos pertenecientes al anterior Dalai Lama: rosarios, libros, tazas de té. El candidato debe elegir las que pertenecieron al anterior Lama, porque, según sus creencias, se trata de una reencarnación (tulku) y, por lo tanto, el niño debía conservar la memoria de su anterior vida.
Tenzin Gyatso, a la edad de cuatro años, fue ordenado monje budista y entronizado como XIV Dalai Lama. A los 16 años, asumió todo el poder temporal sobre el Tíbet, una teocracia feudal con capital en Lhasa y con sede administrativa en el Palacio de Potala. Era el año 1950 y China ya estaba pensando y soñando en la anexión de este territorio.
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