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miércoles, 15 de abril de 2026

Siempre nos quedará el Papa

 


                Un día sí y otro también escuchamos una frase, tal vez muy manida: “Otro mundo es posible”. Está claro que ese otro mundo posible que sueñan Donald Trump y León XIV es bastante diferente, diríamos incluso que opuesto. Los ataques groseros y mendaces del Presidente de Estados Unidos hacia el Papa no han hecho sino confirmar a muchos que la Iglesia Católica está en buenas manos y que Estados Unidos, primera potencia mundial,  no  sabe hacia dónde va en el proceloso mar que nos ha tocado vivir. La reacción de muchos votantes católicos -y no sólo católicos- de Trump, no se ha hecho esperar, y han mostrado su malestar por los ataques de Trump, y su apoyo sin fisuras a León XIV

                Donald Trump, sin saberlo, sin sospecharlo siquiera, ha hecho un gran favor a la Iglesia Católica, aupándola un peldaño más, en ese pódium ético en el que está situado el Papa, y que hoy día constituye la única referencia válida para un mundo de líderes ególatras y psicópatas, desnortados y corruptos.  

                El Vaticano, por su propia naturaleza o tal vez porque tiene dos mil años de historia, tiende a la diplomacia y a la prudencia. La Santa Sede suele otorgar poca importancia a las críticas y a las polémicas. Todos los días hay deslenguados en contra de la Iglesia que faltan a la verdad. Y esto sucede por parte de políticos, periodistas y el propio clero. Otra cosa bien distinta, son las críticas razonadas y argumentadas que ayudan siempre a la transparencia y a la verdad. Lo propio del Pontífice romano, como su nombre indica, es construir puentes, tejer acuerdos, concitar concordancias y suscitar puntos en común. Pero la Iglesia no va a faltar a la verdad ni a su búsqueda de paz en el mundo, porque eso está en el Evangelio, y forma parte de su misión. El nacimiento de Jesús se anuncia con un mensaje de paz a los hombres de buena voluntad. Cristo Resucitado se aparece a sus discípulos con un saludo de paz.

                Los ataques al Papa han retratado a Trump. Esperar que el Papa apoyase sus desvaríos internos y su dislocada política internacional, no amparada por el derecho internacional, es pedir cotufas en el golfo, como solía decir nuestro Sancho Panza. Tachar al Papa de que le gustan las armas nucleares iraníes o el tráfico de drogas en Venezuela es, aparte de una grosería hacia otro Jefe de Estado y representante de 1500 millones de católicos, una gran mentira.  La respuesta serena del Papa ha retratado al Papa. Él no es un político ni hace política. Pedir diálogo, cese de las hostilidades, búsqueda de la paz y del entendimiento, defensa de las vidas inocentes que arrastra cualquier guerra… es simplemente traducir el mensaje evangélico en este momento concreto de la Historia. Y por supuesto, al Papa no le da ningún miedo la administración Trump. Problablemente Trump y sus numerosos medios informativos intentarán desacreditar al Papa y a la Iglesia. Otros muchos lo han intentado antes que él con escaso éxito. El tiempo pone a cada uno en su sitio.

                    En estos tiempos recios, el Papa recuerda que existe el camino de la verdad que conduce a la dignidad de cada persona, a la convivencia pacífica entre los pueblos, a la justicia y a la defensa de las personas inocentes. La verdad suele incomodar y molestar. Unas veces molesta a unos. Otras veces, a otros. Ese es el precio que hay que pagar. En tiempos confusos y revueltos, siempre nos quedará el Papa.






martes, 14 de abril de 2026

Byung-Chul Han y Simone Weil hablan de Dios

 


Byung-Chul Han nace en Seúl (Corea del Sur) en 1959. Realiza estudios de metalurgia en su propio país, aunque a él le hubiese gustado estudiar literatura. A los 22 años, sin saber ni una palabra de alemán, llega a Alemania y se inscribe como alumno de filosofía, materia de la que desconoce absolutamente todo.

Hoy en día es uno de los filósofos más conocidos en Europa. Escribe habitualmente en alemán. Es uno de los pensadores más críticos con la sociedad actual. Para él, una sociedad cansada y agotada, por culpa de un sentido productivo de la vida. Una sociedad con un exceso de comunicación, una hipertransparencia o pérdida del sentido del pudor y el misterio. Una sociedad abocada a un igualitarismo que descarta lo distinto y lo diferente. Una sociedad donde reina el 'positivismo' que culpabiliza al individuo de su soledad o de su desdicha. El tratamiento de todos estos temas de actualidad ha convertido a Byung-Chul en un escritor muy leído y muy reclamado en todos los foros. En 2025, obtuvo el premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades.

                El último libro de Byung-Chuel lleva por título “Sobre Dios: pensar con Simone Weil”. En la introducción se puede leer: “Hace ya algún tiempo que Simone Weil se coló en mi interior. Se instaló en mi alma. Y hoy en día sigue viviendo y hablando dentro de mí. Siento una profunda amistad, una amistad del alma por Simone Weil”. A mí me pasó algo parecido con esta autora francesa, desde que empecé a leer sus libros, después de haberme encontrado repetidas veces su nombre en los diarios de José Jiménez Lozano. Es difícil olvidarla cuando se han leído sus escritos. Para Albert Camus, Simone Weil fue el espíritu más interesante del siglo XX. El propósito de este libro es, en palabras del autor coreano, “mostrar que, más allá de la inmanencia de la información y de la comunicación, existe otra realidad más elevada, existe una trascendencia que puede sacarnos de una vida completamente desprovista de sentido, de una mera superviviencia, de la mortificante falta de ser, y brindarnos la gozosa plenitud del ser”.

                 Partiendo de la obra y la vida de la escritora y mística francesa, Byung Chul habla de siete virtudes o actitudes principales para hablar de Dios: atención, descreación, vacío, silencio, belleza, dolor e inactividad.

                  Para el filósofo afincado en Alemania la crisis actual de la religión tiene mucho que ver con el declive de la atención. La constante distracción del hombre contemporáneo ha bastado para que Dios nos haya abandonado o, mejor dicho, para que le sea imposible revelarse al ser humano.

La descreación es la renuncia al yo y la búsqueda de la nada. El enorme fortalecimiento del yo en nuestros días hace imposible la descreación. Solo la renuncia al yo nos hace humanos atentos a otros humanos. El yo mancha toda la creación.

                El Dios de los cristianos no es un dios natural que ejerce todo el poder de que dispone. Es un Dios sobrenatural. Cuando un ser humano no ejerce el poder del que dispone puede soportar el vacío. Esto va en contra de la naturaleza. Sólo la gracia lo puede conseguir. Quienes renuncian a expandirse y ocupar el espacio de los demás, alcanzan la santidad. Cuando logramos vaciarnos estamos aprendiendo a morir.

El mundo entero se está convirtiendo en un ruidoso mercado. En la sociedad actual, el torrente de informaciones es invasivo y estruendoso. La sobreinformación nos impide oír las cosas pudorosas, que son las que deberían contar. Allí donde reina el silencio, toda voluntad se retira y el yo muere.

Lo bello ha perdido la sacralidad para convertirse en objeto de consumo. El arte, todo verdadero arte, remite a la trascendencia. La belleza debe ser salvada de la obligación consumista. La visión y el contacto con las cosas bellas nos proporcionan la certeza de que Dios existe. La naturaleza y el arte constituyen la prueba de la existencia de Dios. Ante la belleza sólo puede darse la contemplación. Un like, un me gusta, mancha la belleza.

El dolor ancla el bien en el cuerpo. La ética de la misericordia se basa en el dolor que experimentamos a ver el sufrimiento del otro. El dolor encarna la ética del otro. Hoy en día somos hostiles al dolor (algofobia). Nada debe doler, nos dicen. Todo debe ser light, banal, ligero, superficial. Es la sociedad paliativa. El consumo y el placer anestesian a los seres humanos.

Vivimos en una sociedad del rendimiento y de la producción. La aceleración destruye el pensamiento. El delirio del rendimiento nos impele a mostrarnos continuamente en actividad, esclavos de la producción y el consumo, las dos caras de la misma moneda. En nuestro cercado digital, somos igual que los asnos en un prado. Solo la inactividad nos empuja al pensamiento y al saber vacilante. Sólo la inactividad contemplativa, que no produce ni trabaja, nos permite acceder al mundo de la belleza y de la verdad.

Byung-Chul Han es sin duda un pensador poco complaciente con el mundo presente, anestesiado por los tres monstruos que, según el autor, nos devoran: “el capital, la digitalización y la inteligencia artificial. Los tres rebajan al ser humano hasta transformarlo en esclavo de la cuantía y la eficiencia”. “El espíritu enmudece y se embota cuando deja de habitar en una trascendencia”. Al inicio del libro el autor recuerda una frase de Simone Weil: “Dos compañeros alados, dos pájaros, están posados en la rama de un árbol. Uno come los frutos, el otro los mira”. Y la misma autora reflexiona: “Mirar y comer son dos cosas diferentes. Hay que optar por la una o por la otra. Sólo hay alguna esperanza de salvación para quienes consigan permanecer un tiempo mirando en lugar de comiendo”. Y Byung-Chul Han, por su parte, concluye: “Comer sirve exclusivamente para saciar una necesidad. Mirar es lo único que nos redime de la inmanencia del consumo, desprovista de sentido”.





Lectura y café. Monasterio de la Conversión 


lunes, 13 de abril de 2026

Trump: una impostura en nombre de Dios

                Coincidiendo con la guerra contra Irán, y con el momento más bajo de la popularidad del presidente de Estados Unidos, numerosos y significativos pastores cristianos, de signo evangelista, llegaron a la Casa Blanca para implorar la bendición de Dios sobre Donald Trump. La imagen resultó, como poco, bizarra y patética. Entronizado en el Despacho Oval de la Casa Blanca, Trump recibía a izquierda y derecha bendición tras bendición, mientras se imploraba el don divino sobre el excéntrico presidente. El predicador encargado de la oración (sería mejor calificarla de performance) afirmó: “Oramos para que continúes dando a nuestro presidente la fortaleza que necesita para dirigir a nuestra gran nación, mientras volvemos a ser una nación bajo Dios”.

                Nunca de forma tan clara se había visto en el último siglo esa simbiosis entre “trono y altar” que huele indudablemente a ancien régime y a medievalismo anacrónico. ¿Cómo habrán visto los sinceros fieles evangélicos esta bendición? Puedo imaginarme cómo me habría sentido si, en lugar de pastores evangélicos, hubiera habido obispos católicos. Desde siempre se ha rezado por los gobernantes del mundo, para que el Señor inspire sus decisiones y obren con rectitud. Cosa muy distinta es bendecir sus actos, especialmente en este calamitoso momento, con una guerra por medio, y una amenaza completamente vergonzante: “No quedará nada de la civilización iraní”. En la oración evangélica se metió en el mismo cajón a Estados Unidos, las fuerzas armadas y el presidente Trump. Y en verdad son cosas bien distintas.

                El nacionalismo religioso supone una gran manipulación por parte de la clase política de los sentimientos religiosos de un pueblo. Las iglesias de cualquier tipo no deben permitir una manipulación tan grosera, aunque haya por medio ventajas económicas o ideológicas. Los líderes evangélicos pasaron por alto el perfil de moralidad dudosa del presidente, tal vez porque piensan que esta alianza dará ventajas e influencia a sus iglesias. Por su lado, al poder político poco o nada le interesa la religión y su forma de entender la moral personal, pero le interesan sus votos y su voz en los púlpitos dominicales.

                El Evangelio es mucho más grande que cualquier opción política de izquierda o de derecha, más grande que el liberalismo económico a ultranza y el trasnochado odio de clases del comunismo. Y por lo tanto, la identificación con una opción política concreta es siempre nefasta para unos y para otros.

                Esta especie de consagración por imposición de manos que unos cuantos pastores evangélicos han efectuado sobre Trump en la Casa Blanca es un acto más de este esperpento en el que se ha convertido una buena parte de la sociedad estadounidense. Un espectáculo de mal gusto que nos habla de la impostura religiosa de algunas iglesias y de algunos mandatarios.

                 No olvidemos que el segundo mandamiento de la Ley de Dios dice “No tomarás el nombre de Dios en vano”, lo que equivale a “respetar el nombre del Señor, honrándolo y prohibiendo usarlo de manera frívola, falsa, blasfema o sin el debido respeto”.

 





martes, 31 de marzo de 2026

Monasterio de la Conversión

El paisaje que nos traspasará

Eran las tres de la tarde. El resplandor de la luz hería todo el valle. El calor fatigaba. Demasiado abrigado y mochila en la espalda, subía la pendiente que de Sotillo de la Adrada conduce al monasterio. Cuando alcé la vista, la iglesia me pareció un Arca de Noé flotando en la colina, en medio de cipreses.

La primera virtud del Monasterio de la Conversión es la naturaleza que lo rodea. Las montañas del fondo son una muralla que ofrece una sensación de defensa y de refugio. También de grandiosidad y majestad. En este rincón de la provincia de Ávila, en el valle del Tiétar, al sur de la Sierra de Gredos, el paisaje traspasa el alma del peregrino, del buscador, del pecador. El paisaje es un sacramento y una hierofanía. La naturaleza –la creación- es la primera palabra de Dios. Después de unos meses de lluvia, el agua aún se remansa en los prados, cuajados de lirios de lluvia blancos, y el verdor de la hierba es de un intenso difícilmente definible, tal vez verde esmeralda. En las pequeñas parcelas con sus bardas de piedra seca, hay vacas rubias, caballos bayos y mansos asnos. Encinas, carrascas, pinos, higueras, olivos, cipreses, vides, almendros, cerezos... En el recinto monástico el vientecillo arranca al espliego y al romero su perfume gratuito. Sólo este clima mediterráneo del valle del Tiétar explica la presencia de algunos naranjos alrededor de la hospedería y de un rosal florecido a estas alturas del mes de marzo. ¿No son acaso la montaña, el bosque, los prados, las flores y los frutales una promesa de edén?

Sentado en la terraza de la hospedería monástica, que lleva el nombre griego de oikos (casa), el peregrino mira cada tarde el atardecer. Cuando la luz declina, el bosque en la falda de la montaña se oscurece. El verde se torna negro, hasta que llega un punto en que los árboles se mineralizan y el monte, que antes fue bosque, es sólo una gigantesca masa rocosa. La luz pasa al otro lado de las montañas, y las crestas y cimas se recortan con nitidez. La temperatura desciende bruscamente. Aparece Sirio rutilante en el cielo. En la lejanía, el pueblo enciende sus luces como un belén. El silencio se espesa por todo el valle.


El nombre abre puertas

Si supiésemos que la pronunciación de nuestro nombre abre puertas o cierra puertas, obliga a fruncir el ceño o a  sonreír… Si supiésemos que nuestro nombre despeja el camino o levanta muros, nos cuidaríamos muy mucho de ensuciarlo de mezquindades y bajezas. Lo adornaríamos de virtudes y de galas.

Esta fue una de las primeras reflexiones nada más llegar al monasterio. Me preguntaron cómo había conocido este lugar, y yo respondí que G. C. H. me lo había recomendado vivamente. Una noche de agosto, en una fiesta de cumpleaños, con un vaso en la mano y una música festiva de fondo, GCH me había dicho: “Si puedes, acércate al Monasterio de la Conversión, porque te sentirás muy bien”. En cierta forma, me olvidé de su recomendación, hasta que una tarde de primeros de marzo, la recomendación apareció de nuevo en el trastero de mi cabeza. Unos minutos después, envié un email. Al día siguiente un correo me confirmó mi solicitud para pasar unos días en la hospedería. No quise leer nada sobre el Monasterio de la Conversión, porque los prejuicios -incluso los positivos- enturbian la mirada sobre lo que se ve y se siente.

Todos lo hemos comprobado muchas veces cuando mencionamos, delante de otro, el nombre de un amigo o de un conocido. La reacción es inmediata. A veces, nos arrepentimos de haber pronunciado ese nombre, porque no provoca en nuestro interlocutor ni alegría, ni admiración, ni satisfacción. A veces fastidio, rechazo y malos recuerdos. En otras ocasiones, la sola pronunciación de un nombre, evoca en el interlocutor buenos recuerdos, deudas de gratitud, aprecio sincero y confianza. E inmediatamente, sentimos que somos valorados, apreciados y distinguidos en honor a ese nombre personal que acabamos de pronunciar. 

La sola pronunciación por mi parte de un nombre -en este caso GCH- fue recibida como una presencia bondadosa. Una bendición. 



Un ambón o contra-altar en la iglesia

            Cuando me despedía de la hermana Ashleen, se disculpó por no haber tenido tiempo para hablarme de la iglesia de la Reconciliación, corazón de este monasterio. Le dije que no se preocupase lo más mínimo porque no es elegante querer saber todo en un primer encuentro y que, además, tenía intención de volver. Así que no sé exactamente el significado teológico que encierra este templo. Desde un alto, la iglesia parece una maqueta, de inspiración románica, con sus diferentes juegos de volúmenes, tejadillos y absidiolos. El exterior tiene un revestimiento de piedra que le confiere dignidad y también armonía con el entorno. El interior es un espacio diáfano en que las paredes blancas y el entramado de la techumbre de madera se conjugan armoniosamente. En los primeros rezos del día, la luz va penetrando, poco a poco, el espacio. Lo primero es siempre lo primero: fiat lux. En el Génesis, pero también en la conversión individual. Sólo somos conscientes de nuestras sombras, cuando la luz de Aquel ilumina nuestra covachuela. Hay doce ventanales, tal vez alusión a los Doce. No lo sé. Dos iconos a derecha e izquierda del presbiterio: María con el Niño y un Calvario. Encarnación y Pasión. Los bancos del transepto no miran al presbiterio sino al ambón, situado justo en el centro de la iglesia.

El ambón: una gran piedra no desbastada, de la que arrancan dos ramas de hierro. La Palabra hace brotar la vida, incluso en la materia árida de una roca. Pero también, creo yo, el ambón podría funcionar como un contra-altar. El altar de la eucaristía está en el presbiterio, situado un escalón más alto. Es el espacio reservado al sacerdote. ¿Es el ambón o contra-altar el espacio donde caben todos los que no caben en el presbiterio? El presbiterio y lo que en él se realiza pertenece a los ordenados; el ambón de la Palabra pertenece a todos, consagrados y laicos, hombres y mujeres. Un gran Cristo Majestad, ocupa todo el ábside del presbiterio. Un Cristo en el que predominan los colores oro y sangre seca. El Cristo lleva un libro o filacteria en el que está escrito “Mira, hago nuevas todas las cosas”.


La enseñanza del Cristo Majestad

“Mira, hago nuevas todas las cosas” es una frase del libro del Apocalipsis. Normalmente el Maiestas Domini lleva otro mensaje: “Ego sum lux mundi”. Pero aquí en este monasterio se ha elegido la sentencia apocalíptica. Sin duda es una invitación a la esperanza. Quien entra en la iglesia y mira a ese imponente Cristo y lee su mensaje se siente consolado. Cae la noche y amanece. La noche no es eterna. Tampoco la sombra, la suciedad, el pecado. Todo puede ser transformado. No hay determinismo que valga. No hay predestinación. No hay fatalismo. El ciego verá. El sordo oirá. El mudo hablará. El enfermo sanará. Hay Alguien que puede remediar, curar, restaurar. Lo viejo será nuevo. Quizás la peor pesadumbre que el hombre contemporáneo lleva en sus espaldas es la de quedarse sin esperanza, sin promesa de Tierra Prometida.

Cuando se han leído todos los libros y se han probado todos los menús, tan variados y tan amplios, que la existencia nos ofrece, ¿cómo es que no nos sentimos plenos y alegres? ¿Qué esperar cuando todos los menús han sido devorados y nos hallamos ahítos pero insatisfechos? ¿Llega entonces al corazón del hombre contemporáneo la noche infinita, la noche sin aurora?  ¿En qué creer cuando todas las expectativas en mil felicidades de saldo han sido derrotadas? ¿Cómo pensar que en el muro compacto de nuestra noche oscura una mínima brecha puede abrirse e iluminar la existencia? “Mira, yo hago nuevas todas las cosas”. Es una promesa. A ella cualquier ser humano puede adherirse con la fragilidad de su barro, pero también con la grandeza de ese primer aliento recibido en el Génesis.

            Este Cristo en Majestad, no obstante su misericordia, ¿dará audiencia en el día último a los que hemos amado y a los que deberíamos haber amado más? Ellos nos juzgarán. Ellos nos salvarán. La vida está hecha de rostros. La vida está hecha de nombres que hablarán de nosotros al final de los tiempos.



En la mochila Agustín de Hipona, Simone Weil, Byung Chul Han

Agustín de Hipona me acompañó al retiro, quiero decir que me hizo compañía su libro Confesiones. Leí algunos capítulos durante estos días. No es un libro para leer a velocidad de crucero como se lee una novela. El pensamiento de Agustín requiere paradas y subrayados de lapicero. Él fue el primer pensador de nuestra civilización que se enfrentó a su yo con bisturí de cirujano y pluma de teólogo. Todo el libro es una alabanza a Dios. Pero el lector, también de este siglo, se reconoce en esos recovecos del corazón humano, en las continuas trampas que nos tendemos, en los deseos de piedad y en los retrocesos de pecado. Todos hemos robado peras cuya culpa nos ha marcado. Todos hemos saboreado la vanidad de una retórica brillante, todos hemos sido heridos por la muerte de un amigo del alma. Todos hemos dicho mil veces a Dios “hazme casto, pero todavía no”. Todos hemos buscado la verdad, pero al mismo tiempo la hemos temido. Todos hemos admirado la valentía de los que confiesan a Dios, sin importarles un bledo la honra y el mundo. Todos hemos llorado sin vergüenza la muerte de la madre, o de las personas a las que debemos tanto o todo. El mundo entero, con sus locuras y sus compasiones, cabe en el pequeño yo de un corazón  humano. Y esto nos lo ha enseñado Agustín. Dicen que la cristiandad empezó el día que Agustín firmó su libro La ciudad de Dios. La romanidad se había desmoronado. Y él fue el primer hombre que expresó la cristiandad como atmósfera, como territorio, como hábitat.

También leí algunos capítulos de Sobre Dios. Pensar con Simone Weil, de Byung Chul Han. Que uno de los filósofos más destacados de este momento nos hable de Dios a través de la lectura de la mística francesa, tiene mucho mérito. Hablar con Agustín y con Simone Weil en este territorio agustiniano y en este paisaje contemplativo ha sido una buena opción.



Cuando la desdicha entra en clausura

A la hora de vísperas y de la eucaristía, justo delante de mí, se sentó una familia: madre, padre y tres hijos varones de corta edad. ¿Tal vez entre los 3 y los 9 años? Sus rasgos eran indígenas, sin mezcla de ningún mestizaje. Cabellos negrísimos y lisos. Rostros atezados. Caras que parecen modeladas con un barro primigenio cocido al sol y al viento. Expresiones humildes en los adultos; vivaces en los pequeños. Es una familia peruana que ocupa una casa familiar en este campus monástico. Los padres siguen los salmos a través de sus móviles. Los dos niños mayores guardan silencio y se ponen serios cuando empieza el rezo. El pequeño de la familia pronto se duerme en el regazo de la madre, y, cuando se despierta, sólo piensa en jugar. Cuando la madre Prado pasa junto al grupo, acaricia el rostro dormido del infante. Los otros dos hermanos se ponen en la fila de la comunión, y el sacerdote los bendice con la señal de la cruz en su frente y un repelús en su pelo. Junto a la casa que habitan, hay un arenero, un columpio y algunos juguetes de plástico. Como en cualquier casa familiar, de un tendedero cuelgan camisetas y calcetines. Por la mañana los veré con su mochila y sus libros. Una hermana los acerca con el coche a la escuela del pueblo. Se trata de una familia acogida temporalmente en el monasterio. Una familia que vivía a la intemperie. Anteriormente, otra familia ucraniana con cuatro hijos, que había huido de la guerra, encontró casa y hogar en este recinto monástico durante unos meses. El padre era pintor y toda la familia sabía tocar instrumentos. Con la guerra perdieron todo. En Sotillo recibieron cobijo y esperanza.

Las hermanas contemplativas contemplan la pobreza del mundo, y no sólo al Dios Altísimo. La clausura monacal está abierta a la desdicha. Aquí nadie ha pronunciado un “extra omnes”, dirigido a los pobres.

 La biblioteca, metáfora de los huéspedes

Recorro con la vista los títulos y los autores de las dos estanterías de libros, situadas a un lado y a otro de una sala de reuniones, presidida por la calidez de la pintura La paz contigo y por una chimenea, que es siempre una invitación a hacer hogar.

Ahí está El diablo en el cuerpo, el libro de Raymond Radiguet que tanto escandalizó a la sociedad francesa de la época: la joven mujer de un soldado en el frente de la Gran Guerra mantiene una apasionada relación adúltera con un muchacho de 16 años. Otros títulos borrascosos suceden a libros edificantes. Autores insospechables dan paso a autores de moralidad dudosa, libros condenados al Índice al lado de libros recomendados desde todos los púlpitos. El Decamerón, junto a La vida es sueño. El conde Lucanor convive con Rojo y Negro. El marqués de Sade en compañía de Juan de la Cruz. Teresa de Jesús cohabita con Maquiavelo, El origen de las especies junto a Los Hermanos Karamazov. Y en esta mezcolanza de libros y en esta taberna revuelta de autores tan dispares, yo he visto una metáfora cristalina de los huéspedes que han pasado y pasarán por aquí. Perdidos y encontrados, convertidos y recalcitrantes, limpios de corazón y embarrados. Orantes y blasfemos, justos y pecadores, fariseos y publicanos, zaqueos y magdalenas, Pedro el que niega y Pedro el que llora. ¿Qué les une a todos los huéspedes? Quizá una común dignidad de seres humanos. Una común filiación divina. Y una esperanza de redención para todos. Nadie es lo suficiente puro para sentirse un elegido. Y nadie es lo suficiente pecador para saberse un incorregible. Tal vez, a los huéspedes les une la búsqueda, serena o atormentada, de Otro, más grande que ellos mismos, de Alguien del que oyeron hablar o siguieron, y luego olvidaron. O de Alguien al que ya aman y del que no osan separarse. Aquí están los huéspedes, unos y otros. Unos llegan con mochilas de piedras sobre sus espaldas; otros, con alas al viento. Compartirán una sopa o una ensalada en el comedor común, rezarán el mismo salmo 50, mirarán el mismo atardecer desde una terraza. Y al acabar su estancia en el monasterio, marcharán a sus quehaceres y a sus batallas. Y todos ellos sabrán que un día fueron bendecidos por un Cristo en Majestad que hace nuevas todas las cosas. Bendecidos también por el pan de la alegría de esta comunidad contemplativa.


El evangelio de un día: Juan 5, 1-16

¿Quieres curarte?, le pregunta Jesús al paralítico que nunca alcanzaba la piscina probática. A Dios le frena nuestra libertad. No se impone. No sana a la fuerza. La libertad, que es el mayor don que Dios ha dado a los hombres (El Quijote), es una línea roja que Dios no osa cruzar, sin el consentimiento del hombre. A veces sucede que ni uno mismo sabe que está enfermo. Otras veces, conoce su dolencia, pero es incapaz de pedir auxilio o visitar al médico. Prefiere la enfermedad a la curación, porque la curación es un don, pero al mismo tiempo una exigencia. La curación exige dieta, ayuno, ejercicio, medicinas, cambios de hábitos… “Vete y no peques más”. No se puede seguir siendo el mismo después de la sanación.

No tengo a nadie. Este grito probablemente nunca ha sido tan real como en estos tiempos de implacable soledad en medio de una sobreabundancia de conexiones. No tengo a nadie. ¿Cabe mayor soledad que este grito? Carecer de contactos, de vínculos, de amigos, de familia es una miseria que se da cada vez con mayor frecuencia en los países desarrollados. ¿Es concebible que haya gente sin nadie en países que se llaman cristianos? ¿Cuántos seres humanos están junto a la piscina de Betesda, pero cuyo acceso les resulta inalcanzable porque no tienen a nadie. ¿Quiénes son hoy estos hombres y mujeres que no tienen a nadie y, por lo tanto, quedan al margen de toda curación, de todo progreso, de toda esperanza, de toda Buena Nueva?

Curar en sábado. Una de las mayores acusaciones contra Jesús es precisamente que curaba en sábado. Jesús en la Palestina de su tiempo y en el mundo de hoy sigue curando en sábado. Jesús fue e irá siempre contra la religión. El mayor obstáculo para ser religioso es la religión. Cuando la letra precede al espíritu, cuando el rito se alza por encima del corazón, cuando se es católico por mera tradición familiar o nacional, la religión se convierte en hipocresía y en secta. Las verdaderas personas religiosas, que siguen a Jesús, irán siempre ‘contra el sábado’, contra la religión entendida como un código de normas, sanciones, reunión de 'profesionales de lo religioso’. La religión, la verdadera, es libertad y bondad ante cualquier ser humano que no “tiene a nadie”.


Quedan las preguntas

Con sus hábitos y sus escapularios (¿beige, café con leche, tierra clara?, con su pañoleta blanca, con su cinto de cuero agustiniano, con su vida marcada por el silencio, la escucha, el acompañamiento y la oración. ¡Y la sonrisa! (la sonrisa es siempre el primer anuncio). Con sus afanes de cada día, siempre los mismos y siempre distintos, con su acogida sonriente, un buen puñado de monjas agustinas quedaba ahí en ese Monasterio de la Conversión, cuando yo, mochila a la espalda, descendía hacia el puebloe por la carreterilla solitaria a esa primera hora de la mañana. En mi interior y en mi cuaderno había unas cuantas preguntas. Pocas veces las respuestas son más importantes que las preguntas. El oficio de hombre es hacerse preguntas. El dolor, el miedo, la curiosidad, la admiración, lo inexplicable y lo desconocido provocan preguntas. No importa si quedan sin respuesta. No solicité ninguna ‘audiencia’ a una monja. Me parecía que era interrumpir su ritmo con mi impertinencia. Venía a ver y a verme. Lo que he visto en cierta forma me ha ayudado a verme por dentro. Nadie se convierte de una vez por todas. Nadie ama de una vez para siempre. Nadie confiesa a Jesús para toda la vida. Ahí quedaban unas monjas, misioneras en sus américas y en sus áfricas, aunque el término municipal sea el de Sotillo de la Adrada. Te recordaré por el color del trigo, dice el zorro al principito. ¿Y yo qué recordaré? ¿La paz del corazón frente a un crepúsculo? ¿El sonido de la cítara en la iglesia? ¿El beso en las manos a la madre Prado, el naranjo en esta tierra montañosa, el rostro dormido de un niño sobre su madre? ¿Los santos óleos en la frente de sor Marita, la bendición de San Patricio en su festividad? ¿El hecho de compartir los alimentos en la mesa de los huéspedes, las páginas garabateadas de un cuaderno? 

        Todo es gracia. Todo es vida: “Tu palabra, Señor, no muere. Nunca muere porque es la vida misma. Y la vida, Señor, no solo vive. No solo vive: la vida vivifica”



















 

lunes, 16 de febrero de 2026

Una Propuesta de Desarme Mundial

        Dudo mucho que estos tiempos de hierro sean los mejores para dedicarse a la poesía. Pero dudo aún más que la situación mundial (pensemos en Ucrania, Gaza, Sudán, el discurso de Trump desde la Casa Blanca y el de los mandatarios de los países de la OTAN justificando y suplicando más presupuesto armamentístico) sea el momento más idóneo para lanzar una propuesta de desarme mundial. Y sin embargo, mi última lectura lleva por título “Una propuesta de Desarme Mundial”, y la firma Juan Manuel Molino Laguna, nacido en Pinos Puente, Granada, en 1951. 

            Sin embargo, mi admiración sigue intacta hacia los que piden, reclaman, exigen que soñemos a lo grande, porque a veces lo imposible de hoy, puede ser lo posible de mañana. Y la utopía en estos tiempos puede ser la realidad cotidiana de un tiempo venidero. Hace dos mil ochocientos años Isaías entrevió un día en que “de las espadas forjarían arados y de las lanzas, podaderas”. Ese día aún no ha llegado, pero ese sueño del profeta ha sostenido el corazón de tantos hasta ahora. Admiro al vendedor de banderas blancas en medio de la batalla, al padre que alza a su niño para que toque los cuernos de la luna, al que ofrece un vaso de agua al enemigo al que todos apalean.

            Podríamos decir que esta historia parte de lejos. Y que tiene dos inicios. Primer inicio. El autor, cuando era un estudiante en el Colegio de los Pasionistas de Peñafiel, conoció en la asignatura de Declamación la poesía de Moisés Garcés Cortijo. La profundidad humana de sus versos fue una primera semilla de humanismo pacifista, de entendimiento y de fraternidad. Este contacto con la poesía generó una profunda resonancia en su interior. Segundo inicio. En julio de 2014 Juan Manuel asistió al Festival de Canto y Danza en Tallin (Estonia). Miles de voces, músicos y danzantes hacen vibrar a todo un pueblo en un sentimiento indescriptible de armonía y hermandad. Esta energía musical colectiva genera de nuevo una profunda resonancia en sus adentros, y provoca en el autor la idea de que un mundo en paz es posible. Y lo primero para lograrlo es el desarme, y un desarme a nivel mundial. A estas alturas no sabemos si son las guerras las que necesitan armas, ¿o son las armas las que necesitan y requieren guerras?

            En su juventud Juan Manuel Molino siguió estudios de filosofía, teología, geografía e historia y musicología. Finalmente orientó su vida profesional hacia la música, impartiendo clases de musicología e historia de la música en diversas academias y en institutos de Valladolid y Ceuta. Ya se sabe que la música hace girar los astros en una armonía perfecta que ha cautivado al hombre desde sus inicios y ha hecho surgir la primera filosofía y las grandes preguntas. La música es armonía que invita a la armonía. Y la paz no es sino la abundancia de armonía en los corazones de lo hombres y de los pueblos y en el espíritu de las leyes.

            El libro Una propuesta de Desarme Mundial vio la luz en septiembre de 2025 y habla de todo esto: la génesis de esta propuesta de desarme y los acontecimientos culturales que se producen año tras años en algunas ciudades del mundo y que son como muestras, espejos y momentos de inspiración que nos susurran que un desarme es posible, que una paz es posible, porque el entendimiento es posible, como lo demuestran las composiciones y las interpretaciones musicales en un ambiente de respeto y de valoración del otro. El autor habla mucho del Festival de Canto y Danza de Tallin (Estonia), pero también  del sonido y la música como terapias probadas, de las Comunidades de Damanhur que han surgido en diversos lugares del mundo, de los festivales de poesía celebrados en Granada (Nicaragua) o en Medellín (Colombia), del Festival de las Músicas Sagradas y del Festival de Cultura Sufí ambos en la ciudad marroquí de Fez, del Festival Internacional de Cine de Marrakech, de marcado compromiso social, y de tantas manifestaciones artísticas que intentan traducir en armonía y belleza ese anhelo inmarcesible del corazón humano: la paz.

            Estoy seguro de que este libro será un altavoz más para esta  propuesta de desarme mundial. El libro cuenta este largo proceso. Y, además, contiene diversas crónicas sobre los festivales que han inspirado las Propuesta. Entrevistas del autor a diversas personalidades del mundo de la cultura. Entrevistas que diversos medios han hecho al propio autor. Reseñas de periódicos. Recopilación de las mejores poesías de Moisés Garcés. Entradas biográficas de artistas y poetas. Notas explicativas de lugares y acontecimientos. E incluso un excelente guión dramático para explicar la Historia de la Música. El libro acaba con una serie de fotografías que ilustra muy bien toda esta andadura pacifista. Los objetivos de esta propuesta de desarme son pocos y claros: que los países se comprometan a un desarme y a reducir las ingentes cantidades de dinero destinadas a armamento. Y que se dedique todo ese dinero a la salud y a la educación. Además, la Propuesta quiere apoyar a cuantos (iglesias, ongds, asociaciones, foros, instituciones, festivales, debates, medios de comunicación y hombres y mujeres de buena voluntad) apuestan por una cultura de la paz y del desarme. El autor cree que la música puede ser un nexo de unión y el vehículo más privilegiado entre todos los que trabajan por la paz, a tiempo y a destiempo, a veces con escasos recursos, pero con una esperanza y una insistencia verdaderamente proféticas.

 Esta Propuesta de Desarme Mundial, antes y después de la publicación del libro, ha sido presentada ante muchos organismos públicos, instituciones, embajadas, organizaciones de festivales,  personalidades del mundo de la cultura, bibliotecas, eventos culturales, colegios e institutos, conciertos como el de Plácido Domingo en el Bernabéu, foros de poesía, en las páginas de los medios de comunicación, en diversas entrevistas. Cabría destacar la presentación en 2019 en el Espacio Ronda de Madrid, Sede de la Federación por la Paz Universal. Y han sido muchas las autoridades, personalidades del mundo de la cultura, alumnos y periodistas, responsables de asociaciones... en los que esta propuesta ha econtrado resonancia, eco y respuesta. Tal vez sea una mera coincidencia, pero no está de más decir que el 10 de octubre de 2025, día en que el libro que aquí se reseña se presentó en la ciudad de Ceuta, ciudad puente, ciudad donde conviven, con sus lógicas dificultades, etnias religiones, lenguas diferentes, se firmó la paz entre Israel y Hamás. Sabemos que es una paz frágil, débil, tambaleante. Pero la más imperfecta de las paces es preferible a la más perfecta de las guerras. Preparémonos para una cruzada –escribió Moisés Garcés- en la que las liras venzan a los cañones… porque la paz solo puede escribirse con amor” O como tanto había deseado Giovanni Papini “que los cantos de los poetas sean el gozo de los afligidos y la voz de los que no pueden expresarse”

El poeta Moisés Garcés murió en 1972. Unos años después, su viuda, Ana Silva Aramendi, decidió entregar todo el legado poético a Juan Manuel Molino Laguna, para que lo diera a conocer y lo difundiese. Y este legado está en el origen de esta propuesta de Desarme Mundial. Sobre todo, un poema único, porque es bello y porque es necesario. Este poema ha inspirado la vida de Juan Manuel Molino Laguna y ha inspirado su Propuesta de Desarme Mundial. Este poema lleva por título Imprecación a la paz:

“Desde el taller, desde la fábrica / desde mi libro y mi oficina / desde mi escuela abandonada… yo te pido la paz”

“Desde Hiroshima y Nagasaki / aun no lavados todavía / del gran pecado de los siglos … / Desde la mesa que presiden / los vencedores y agiotistas / de la palabra y la soberbia”

“Que cese la carrera de la muerte / y todas las conciencias estén limpias / y la palabra hermano sea un símbolo / y las hambres no existan / y el odio tampoco…

“Que enarbole justicia su bandera / y en compañía de amor, blancos y negros, / comamos y bebamos en el mismo banquete / de la paz… ¡mi Señor!”.

        Hasta que la guerra sea un negocio muy lucrativo para las empresas de armamento, necesitaremos recorrer un largo camino empedrado de dificultades. Hasta que los más dóciles o interesados en la carrera armamentística, sigan ocupando los palacios del poder donde los destinos del mundo se administran, nos espera una larga carrera de fondo y de obstáculos. La paz es cosa de valientes. No sólo de soñadores, no sólo de idealistas. No sólo de utópicos. Nada se pierde con la paz, pero todo se pierde en tiempo de guerra. 

        Mientras tanto el aliento de los poetas nos acompañará como un viático de pan y agua en el ardiente camino que aún habremos de recorrer:

    "... Yo te pido la paz... / Señor, que es demasiado tanta guerra / y tanto dolor en mis hermanos / y tantas fatuas mil conquistas / para ir desnudos a tu reino".







     



lunes, 26 de enero de 2026

La huella del Camino


Una cosa lleva a otra
          El pasado mes de enero murió un hombre que formaba parte del paisaje humano del Camino de Santiago,  Tomás Martínez de Paz, simplemente Tomás de Manjarín, el último templario -o el primero de una nueva saga- como también se le conocía. Ya era todo un personaje cuando hice mi primer camino en el 2000 y ningún peregrino se resistía a pasar por su cabaña, hablar con él o sacarse una fotografía a su lado. En mi camino de 2018, crucé por Majarín en una mañana de lluvia y nieve. Y me acerqué también a saludarlo. Se mantenía fiel a su estilo y a su vestimenta medieval de templario. Me invitó a acercarme al fuego que ardía en un bidón y me ofreció un café de puchero, fuerte y amargo como la mañana. Pero mis manos entraron en calor y ese fuego vivaz lo he recordado muchas veces. El Camino está -o estuvo- formado por un puñado de hombres hospitaleros que lo sostuvieron con su presencia en los años en que apenas unos cuantos locos se atrevían a cruzarlo. Luego las instituciones públicas y el turismo se adueñaron y se apropiaron del Camino. Y el Camino se llenó de turigrinos, más turistas que peregrinos, en busca de magia, senderismo, exoterismo, snobismo, sibaritismo y otros ismos. No digo que ya no queden peregrinos de camino interior, búsqueda de los adentros, pero se lo ponen difícil verdaderamente.

Un Camino para toda la vida
    Pero quien un día hizo el Camino, lo hizo para toda la vida y para siempre. Yo así lo he sentido. He dicho en más de una ocasión que el Camino ha sido uno de los tres viajes más importantes de mi vida. Me lo he pasado bien en otros destinos. He disfrutado de otros lugares, pero no han modificado en nada mi arquitectura. El Camino de Santiago me hirió. Y la herida, como bien supo Ignacio de Loyola, es siempre una bendición, cuando se la mira con ternura y misericordia.

    Las plantas tienen raíces, pero los hombres tienen piernas, decía Ryszard Kapuscinski, el escritor de viajes más lúcido del siglo XX. Con las piernas los hombres caminan, marchan, corren, deambulan. Con ellas peregrinan. Una de las características esenciales del ser humano es su condición de homo viator, hombre en camino. Hombre en camino por tierras y senderos, por calles y por montes, por puentes y ciudades. Pero también hombre en camino por sus adentros, sus pensares y sus sentires. Caminar en soledad es un empujón para conocerte y descubrirte, normalmente con bastante dolor, porque lo que uno ve, allá en el interior,no es precisamente un paisaje idílico.

        Los peregrinos con los que fui formando grupo a lo largo del Camino de 2000, Carlos, Javier, Mayte, Silvano, Sumiko, Carmen… andábamos nerviosos aquella mañana del 29 de junio.
        La tarde anterior habíamos llegado al Monte del Gozo, ese lugar del mundo desde, donde hace más de un milenio, los peregrinos cansados divisan por primera vez las torres de la catedral de Compostela, meta de su luenga peregrinación.
        Era una mañana de gozo, por tanto, pero también de balance y de examen, ¿también de vacío? Un mes antes habíamos recibido en la colegiata de Roncesvalles la Bendición de los Peregrinos y nos habíamos echado a andar con nuestras botas nuevas, nuestro bordón, nuestra mochila y un montón de ilusiones y miedos en el corazón.
        Éramos otros. Al menos, yo era otro. Había diferencia entre el que había partido de Roncesvalles y el que llegaba a Compostela. Hay viajes que suceden y que pasan sin pena ni gloria. No dejan en nosotros nada más que cuatro fotografías. Otros viajes te vapulean y te hieren, te iluminan y te ponen en crisis.
        Hace 26 años el Camino no tenía la masificación que luego alcanzaría años después y prácticamente sólo había un albergue por localidad, por lo que, tarde tras tarde, coincidíamos los mismos peregrinos. Bastaba un encuentro, para poner rostro, nombre y nacionalidad a los peregrinos.
            El Camino para mí fue el descubrimiento de la naturaleza (tal vez sería mejor decir de la Creación) y la constatación de que los encuentros, con uno mismo, con Dios, con los demás, constituyen la verdadera peregrinación.

1. La naturaleza: don y casa

      Paso a paso, la naturaleza iba entrando en mí. Robles, encinas, prados, sembrados, colinas y roquedos, valles y llanuras, fuentes, ríos, bosques y barbechos, amapolas y trigales, espliego y arbustos, lluvias y soles, fríos y nieblas. La naturaleza me ofrecía continuas dosis de belleza que descansaban no poco los pies, que avanzaban por sendas y caminos, y los hombros aplastados por el peso de la mochila.
        La naturaleza como don y como casa. Y también como una responsabilidad. Desde que la mañana alboreaba hasta que el día llegaba a su ocaso, la naturaleza me ofrecía espléndidos amaneceres y atardeceres, el calor ardiente del sol a mediodía, el relente de la mañana, la lluvia del cielo y el barro del suelo. La naturaleza, en su magnificiencia y diversidad, se ofrecía como un don, como un regalo, sin pedir nada a cambio. Justo era que en compesación, yo le ofreciese mi estupor, pasmo, maravilla, admiración y contemplación. Pero tanta belleza gratuita es una llamada a la responsabilidad. Cuidar, respetar, para que otros peregrinos puedan seguir admirando y disfrutando. La Creación es una responsabilidad para que el día de mañana aún haya futuro y otros pies puedan atestiguarlo y otros ojos dejen constancia de ella. Y la naturaleza es también casa para el peregrino. El paisaje es la cabaña y el palacio del peregrino que recorre legua tras legua hacia una meta más grande que él mismo. El firmamento es techo y las arboledas y las colinas son paredes. Saberse a la intemperie puede ser, para el peregrino, una manera de sentirse en casa.

2. Encuentro con uno mismo
        El cansancio te iba haciendo humilde. La hospitalidad te iba haciendo agradecido. Lejos del bullicio del trabajo y la ciudad, el Camino te proporcionaba un silencio magno y muchas horas diarias que forzosamente te hacían volver la mirada a tu interior. Las primeras preguntas fueron brotando: ¿Quién soy, qué hago aquí, qué busco, a quién amo, qué me da paz y que me provoca miedo? ¿Tiene sentido mi vida? ¿Para quién soy consuelo y reposo? ¿Para quién soy carga y pesar? Las preguntas suelen ser dolorosas. Y con las respuestas, llegó más dolor y más crisis. También más humildad y más gratitud. Más luz y más serenidad.

3. Encuentro con Dios.
    Dios está en esos 800 kilómetros que separan Roncesvalles de Santiago. Está en el corazón de los millones de peregrinos que desde hace un milenio ha palpitado por los mismos motivos y por el mismo Camino: hacer una peregrinación a ese ‘finis terrae’ donde están los restos del Señor Santiago. Dios está en cada una de las bellezas que los hombres construyeron para honrar a Dios: catedrales, ermitas, monasterios. Dios está en los sencillos o monumentales puentes que cruzan ríos y arroyos. Dios está en la pregunta, el encuentro y el abrazo. Dios está en el vaso de agua ofrecido, en el umbral de una casa, en la comida compartida, en la palabra sensata pronunciada, en una iglesita de pueblo. Dios está en cada bendición recibida y en cada bendición dada.

4. Encuentro con los demás
        Son los peregrinos los que hacen el Camino. En aquella holandesa que cantaba una melodía justo en el momento en que entré en Eunate. En el peregrino ateo que caminaba para dar gracias a Dios porque su mujer, creyente, se había salvado de un cáncer. En el vaso de vino ofrecido en un día de lluvia por un lugareño de Muruzábal. En el tapeo compartido de Logroño, en la medicina recibida gratuitamente contra la tendinitis, en el canto gregoriano de unos monjes de Rabanal del Camino. En la hospitalera que cantaba bajo la luna y las estrellas Gracias a la Vida, de Violeta Parra, en Hospital de Órbigo, en la aventura desconcertante del grupo de peregrinos que caminan de noche entre Carrión de los Condes y Sahagún, en la alegría del peregrino Carlos que ahuyenta la pesadumbre en algún día sombrío para mi cuerpo. En el abrazo de la peregrina argentina a la que un esguince retira del Camino. En el cansancio agotador de la subida a O Cebreiro. En las bendiciones de Furelos y de Ponferrada. En las historias contadas por peregrinos de Japón, Argentina, Italia, Brasil, Sudáfrica, Francia, Inglaterra, Nueva Zelanda, España, … En los esfuerzos de los caminantes por chapurrear todos los idiomas del mundo con tal de entenderse. En los abrazos y en las despedidas, en los reencuentros gozosos cuando creías a alguien perdido para siempre, en las lágrimas y en las cuentas de un rosario rezado a dúo. En el pecado de los que creen, en la fe de los agnósticos, en la esperanza de los ateos. En el amor de todos: cada uno con su vida y con su historia, pero todos unidos en esa fraternidad universal que da el saberse peregrino y formar parte de un inmenso tapiz tejido por mil años de historia y por miles de historias de hombres y mujeres.

La campana siempre tañe por ti
     Llegué a Compostela el día de San Pedro. Las campanas de todas las iglesias de Santiago repicaban en aquella mañana. Los abrazos se multiplicaban por plazuelas y calles. El incienso del botafumeiro era bendición olorosa sobre unos cuerpos que habían conocido el sol sofocante, el relente de la mañana, la lluvia en la tarde, la quietud de la noche, el sudor de cada día y el duermevela de cada noche.

        Era un 29 de junio de 2000. Y la felicidad, o mejor dicho la plenitud, estaba ahí: en el asombro de haber alcanzado la meta soñada desde Roncesvalles, y en ese andar titubeante por las losas de la catedral compostelana, al encuentro de la imagen del señor Santiago que espera, paciente y con rostro de imperturbabilidad románica, el abrazo de los peregrinos venidos de los cuatro puntos de la tierra, siguiendo las estrellas, siguiendo las huellas de los millones que lo han recorrido antes que tú, con idéntico estupor y maravilla.


Tomás de Manjarín, el último templario












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