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lunes, 26 de enero de 2026

El Camino que me hirió para siempre


Una cosa lleva a otra
           Hace unos días, murió un hombre que formaba parte del paisaje humano del Camino de Santiago,  Tomás Martínez de Paz, simplemente Tomás de Manjarín, el último templario -o el primero de una nueva saga- como también se le conocía. Ya era todo un personaje cuando hice mi primer camino en el 2000 y ningún peregrino se resistía a pasar por su cabaña, hablar con él o sacarse una fotografía a su lado. En mi camino de 2018, crucé por Majarín en una mañana de lluvia y nieve. Y me acerqué también a saludarlo. Se mantenía fiel a su estilo y a su vestimenta medieval de templario. Me invitó a acercarme al fuego que ardía en un bidón y me ofreció un café de puchero, fuerte y amargo como la mañana. Pero mis manos entraron en calor y ese fuego vivaz lo he recordado muchas veces. El Camino está -o estuvo- formado por un puñado de hombres hospitaleros que lo sostuvieron con su presencia en los años en que apenas unos cuantos locos se atrevían a cruzarlo. Luego las instituciones públicas y el turismo se adueñaron y se apropiaron del Camino. Y el Camino se lleno de turigrinos, más turistas que peregrinos, en busca de magia, senderismo, exoterismo, snobismo, sibaritismo y otros ismos. No digo que ya no queden peregrinos de camino interior, búsqueda de los adentros, pero se lo ponen difícil verdaderamente.

Un Camino para toda la vida
    Pero quien un día hizo el Camino, lo hizo para toda la vida y para siempre. Yo así lo he sentido. He dicho en más de una ocasión que el Camino ha sido uno de los tres viajes más importantes de mi vida. Me lo he pasado bien en otros destinos. He disfrutado de otros lugares, pero no han modificado en nada mi arquitectura. El Camino de Santiago me hirió. Y la herida, como bien supo Ignacio de Loyola, es siempre una bendición, cuando se la mira con ternura y misericordia.

    Las plantas tienen raíces, pero los hombres tienen piernas, decía Ryszard Kapuscinski, el escritor de viajes más lúcido. Con las piernas los hombres caminan, marchan, corren, deambulan. Con ellas peregrinan. Una de las características esenciales del ser humano es su condición de homo viator, hombre en camino. Hombre en camino por tierras y senderos, por calles y por montes, por puentes y ciudades. Pero también hombre en camino por sus adentros, sus pensares y sus sentires. Caminar en soledad es un empujón para conocerte y descubrirte, normalmente con bastante dolor.

        Los peregrinos con los que fui formando grupo a lo largo del Camino de 2000, Carlos, Javier, Mayte, Silvano, Sumiko, Carmen… andábamos nerviosos aquella mañana del 29 de junio.
        La tarde anterior habíamos llegado al Monte del Gozo, ese lugar del mundo desde, donde hace más de un milenio, los peregrinos cansados divisan por primera vez las torres de la catedral de Compostela, meta de su luenga peregrinación.
        Era una mañana de gozo, por tanto, pero también de balance y de examen, ¿también de vacío? Un mes antes habíamos recibido en la colegiata de Roncesvalles la Bendición de los Peregrinos y nos habíamos echado a andar con nuestras botas nuevas, nuestro bordón, nuestra mochila y un montón de ilusiones y miedos en el corazón.
        Éramos otros. Al menos, yo era otro. Había diferencia entre el que había partido de Roncesvalles y el que llegaba a Compostela. Hay viajes que suceden y que pasan sin pena ni gloria. No dejan en nosotros nada más que cuatro fotografías. Otros viajes te vapulean y te hieren, te iluminan y te ponen en crisis.
        Hace 26 años el Camino no tenía la masificación que luego alcanzaría años después y prácticamente sólo había un albergue por localidad, por lo que, tarde tras tarde, coincidíamos los mismos peregrinos. Bastaba un encuentro, para poner rostro, nombre y nacionalidad a los peregrinos.
            El Camino para mí fue el descubrimiento de la naturaleza y la constatación de que los encuentros, con uno mismo, con Dios, con los demás, constituyen la verdadera peregrinación.

1. La naturaleza: don y casa

      Paso a paso, la naturaleza iba entrando en mí. Robles, encinas, prados, sembrados, riscos, valles, fuentes, ríos, bosques y barbechos, amapolas y trigales, espliego y arbustos, lluvias y soles, fríos y nieblas. La naturaleza me ofrecía continuas dosis de belleza que descansaban no poco los pies que avanzaban por sendas y caminos ycon los hombros aplastados por el peso de la mochila.
        La naturaleza como don y como casa. Y también como una responsabilidad. Desde que la mañana alboreaba hasta que el día llegaba a su ocaso, la naturaleza me ofrecía espléndidos amaneceres o ardientes atardeceres, llanuras y montañas, cultivos de todo tipo, roquedos, la lluvia del cielo, los charcos en el suelo. La naturaleza, en su magnificiencia y diversidad, se ofrecía como un don, como un regalo, sin pedir nada a cambio. Justo era que en compesación, yo le ofreciese mi estupor, pasmo, maravilla, admiración y contemplación. Pero tanta belleza gratuita es una llamada a la responsabilidad. Cuidar, respetar, para que otros peregrinos puedan seguir admirando y disfrutando. La Creación es una responsabilidad para que el día de mañana aún haya futuro y otros pies puedan atestiguarlo y otros ojos dejen constancia de ella. Y la naturaleza es también casa para el peregrino. El paisaje es la cabaña y el palacio del peregrino que recorre legua tras legua hacia una meta más grande que él mismo. El firmamento es techo y las arboledas son paredes. Para el peregrino, saberse a la intemperie puede ser una manera de sentirse en casa.

2. Encuentro con uno mismo
        El cansancio te iba haciendo humilde. La hospitalidad te iba haciendo agradecido. Lejos del bullicio del trabajo y la ciudad, el Camino te proporcionaba un silencio magno y muchas horas diarias que forzosamente te hacían volver la mirada a tu interior. Las primeras preguntas fueron brotando: ¿Quién soy, qué hago aquí, qué busco, a quién amo, qué me da paz y que me provoca miedo? ¿Tiene sentido mi vida? ¿Para quién soy consuelo y reposo? ¿Para quién soy carga y pesar? Las preguntas suelen ser dolorosas. Y con las respuestas, llegó más dolor y más crisis. También más humildad y más gratitud. Más luz y más serenidad.

3. Encuentro con Dios.
    Dios está en esos 800 kilómetros que separan Roncesvalles de Santiago. Está en el corazón de los millones de peregrinos que desde hace un milenio ha palpitado por los mismos motivos y por el mismo Camino: hacer una peregrinación a ese ‘finis terrae’ donde están los restos del Señor Santiago. Dios está en cada una de las bellezas que los hombres construyeron para honrar a Dios: catedrales, ermitas, monasterios. Dios está en los sencillos o monumentales puentes que cruzan ríos y arroyos. Dios está en la pregunta, el encuentro y el abrazo. Dios está en el vaso de agua ofrecido, en el umbral de una casa, en la comida compartida, en la palabra sensata pronunciada, en una iglesita de pueblo. Dios está en cada bendición recibida y en cada bendición dada.

4. Encuentro con los demás
        Son los peregrinos los que hacen el Camino. En aquella holandesa que cantaba una melodía justo en el momento en que entré en Eunate. En el peregrino ateo que caminaba para dar gracias a Dios porque su mujer, creyente, se había salvado de un cáncer. En el vaso de vino ofrecido en un día de lluvia por un lugareño de Muruzábal. En el tapeo compartido de Logroño, en la medicina recibida gratuitamente contra la tendinitis, en el canto gregoriano de unos monjes de Rabanal del Camino. En la hospitalera que cantaba bajo la luna y las estrellas Gracias a la Vida, de Violeta Parra, en Hospital de Órbigo, en la aventura desconcertante del grupo de peregrinos que caminan de noche entre Carrión de los Condes y Sahagún, en la alegría del peregrino Carlos que ahuyenta la pesadumbre en algún día sombrío para mi cuerpo. En el abrazo de la peregrina argentina a la que un esguince retira del Camino. En el cansancio agotador de la subida a O Cebreiro. En las bendiciones de Furelos y de Ponferrada. En las historias contadas por peregrinos de Japón, Argentina, Italia, Brasil, Sudáfrica, Francia, Inglaterra, Nueva Zelanda, España, … En los esfuerzos de los caminantes por chapurrear todos los idiomas del mundo con tal de entenderse. En los abrazos y en las despedidas, en los reencuentros gozosos cuando creías a alguien perdido para siempre, en las lágrimas y en las cuentas de un rosario rezado a dúo. En el pecado de los que creen, en la fe de los agnósticos, en la esperanza de los ateos. En el amor de todos: cada uno con su vida y con su historia, pero todos unidos en esa fraternidad universal que da el saberse peregrino y formar parte de un inmenso tapiz tejido por mil años de historia y por miles de historias de hombres y mujeres.

La campana siempre tañe por ti
     Llegué a Compostela el día de San Pedro. Las campanas de todas las iglesias de Santiago repicaban en aquella mañana. Los abrazos se multiplicaban por plazuelas y calles. El incienso del botafumeiro era bendición olorosa sobre unos cuerpos que habían conocido el sol sofocante, el relente de la mañana, la lluvia en la tarde, la quietud de la noche, el sudor de cada día y el duermevela de cada noche.

        Era un 29 de junio de 2000. Y la felicidad, o mejor dicho la plenitud, estaba ahí: en el asombro de haber alcanzado la meta soñada desde Roncesvalles, y en ese andar titubeante por las losas de la catedral compostelana, al encuentro de la imagen del señor Santiago que espera, paciente y con rostro de imperturbabilidad románica, el abrazo de los peregrinos venidos de los cuatro puntos de la tierra, siguiendo las estrellas, siguiendo las huellas de los millones que lo han recorrido antes que tú, con idéntico estupor y maravilla.


Tomás de Manjarín, el último templario












sábado, 10 de enero de 2026

Algo más que ruina en San Bernardino de Siena

 


        Teresa de Jesús solía aconsejar a sus monjas que no construyesen grandes monasterios, sino 'palomarcicos', para que no hicieran mucho ruido al desplomarse el día de Jucio Final. No parecía mal consejo. 

        El monasterio de San Bernardino de Siena (foto) de Cuenca de Campos, y de monjas clarisas, en verdad no era un monasterio espectacular o monumental, pero algo era, digo yo. Había sido construido en su mayoría con ladrillo y barro, materiales humildes y pobres, lo mismo que las casas de tantos vecinos durante siglos. Fue fundado en 1455 por doña María Fernández de Velasco. Hace un siglo, su pieza de más valor, el alfarje del sotocoro, fue vendido al millonario norteamericano Hearst.

    Las clarisas abandonaron, posteriormente el convento, y los sepulcros de la fundadora y de don Beltrán de Guevara, bienhechor del monasterio, fueron depositados en el convento de las Claras de Palencia, donde aún se las puede admirar en la capilla del Santísimo Cristo.

    A partir de ahí, el convento de Cuenca de Campos, como tantas obras de nuestro patrimonio, conoció el abandono, las inclemencias del tiempo, hasta el punto de desmoronarse poco a poco y año a año. Las lluvias del invierno pasado provocaron el derrumbe de una parte de la iglesia conventual. 

    La Fundación Rehabilitar Tierra de Campos hace lo que puede para salvar de la ruina este monumento, pero a veces la desidia, el abandono y los elementos van por delante de la buena voluntad de un pequeño grupo de personas que aman su pueblo o aman este monasterio concreto. 

  No son poco los que opinan que en Castilla y León tenemos tanto patrimonio eclesiástico que es imposible llegar a todo. No son pocos los que opinan que para qué rehabilitar algo, si no se le puede dar un uso rentable. No son pocos los que opinan que, al fin y al cabo, se trata de cuatro adobes y cuatro ladrillos. Y son legión lo que sienten indiferencia e incluso desprecio por estas antiguallas del pasado, por estas reliquias del ayer. Y en esas estamos. Así que poco o nada puede hacerse para revertir la situación de tantos monumentos en estado de abandono. 

      La lluvia y el viento seguirán desmigando los adobes y derrumbando los ladrillos. Y probablemente a nadie le importe mucho. Y sin embargo estos monasterios vertebraron poblaciones y fueron el alma de los pueblos. Constructores, pintores, arquitectos, músicos, escultores trabajaron para dar lo mejor de sí mismos y crear belleza. Muchos pobres se acercaron al torno pidiendo sopa caliente o unos garbanzos. Muchas monjas gastaron su juventud, su madurez y su senectud dando gloria a Dios en laudes y vísperas, vistiendo primorosamente los altares, sacando agua del pozo para regar coles y berzas, y horneando dulces de seculares recetas. 

        Las ruinas de cualquier monasterio conservan aún algo de quienes lo habitaron, lo hicieron un poco más hermoso o se arrodillaron ante el altar para impetrar la salud de un hijo o encomendar el alma de un ser querido.








miércoles, 7 de enero de 2026

Cristianos en Santa Sofía aún susurran avemarías


 

        “Cristianos en Santa Sofía aún susurran avemarías”. Es una tradición arraigada: muchos cristianos, al cruzar el umbral de Santa Sofía en Estambul, susurran un avemaría o hacen la señal de la cruz. Y no es un gesto vacuo o sin sentido. El Museo-Mezquita de Santa Sofía había sido una iglesia cristiana durante casi mil años. Una iglesia espléndida. ¿Cómo pudo ser levantado ese edificio en el siglo VI de nuestra era? Aún hoy se lo pregunta el visitante y se lo pregunta el arquitecto.

    Durante casi un milenio la Iglesia de Santa Sofía fue el mayor templo de la cristiandad, hasta la construcción de la basílica de San Pedro en Roma. Cuando en 1453 Constantinopla cayó en manos de los otomanos, Santa Sofía fue transformada en mezquita, y se le añadieron los cuatro minaretes en el exterior, y algunos medallones con el nombre de Mahoma y versículos del Corán en el interior. Los nuevos ocupantes ordenaron a los albañiles que picaran los magníficos mosaicos del siglo XII que hablaban de Cristo y de María. Cuentan –leyenda o no- que algunos piadosos musulmanes, impresionados por la belleza de esos mosaicos, no los destruyeron, sino que se limitaron a darles encima una capa de mortero. Siglos después aparecieron, bajo una capa de cal, algunos restos, fragmentos de toda esa espléndida belleza musiva. En 1936, con la llegada de Ataturk al poder, y en el marco de su vasto intento de laicidad de la sociedad turca, Santa Sofía se convirtió en un Museo.
       Desde julio de 2020 el Museo Santa Sofía ha vuelto a retomar su antigua categoría de mezquita, dentro del imparable proceso de islamización llevado a cabo por el presidente Erdogan. El presidente que gobierna con mano de hierro a Turquía ha encarcelado a muchos de sus oponentes: jueces, políticos, periodistas, profesores, escritores, militares, artistas… a cualquiera que no agache la cerviz ante su discurso grandilocuente de sultán del siglo XXI. Pero Europa le baila el agua y mira para otro lado. Para recordatorio: Zapatero y Erdogan fueron los más entusiastas dignatarios (España pagaba la factura y Turquía ponía la cháchara) de la iluminada Alianza de Civilizaciones. Europa ha convertido a Erdogan en cancerbero y gendarme de fronteras, es decir, en dique que contenga a migrantes y refugiados. A cambio de un puñado de millones de euros, el señor Erdogan mantuvo -y mantiene- a raya, en condiciones lamentables, a los migrantes, rehenes aparcados en denigrantes campos. Y así chantajea a Europa. Europa le deja hacer. Y no pone obstáculo alguno ni a la conculcación de los derechos humanos más elementales ni a la islamización del país. Así es el mundo y así funciona el carrusel con cuchillas del poder que gira y gira, segando a diestra y siniestra lo que se opone a ese poder.
           Estambul, símbolo de convivencia pacífica, de tolerancia, de alegre síntesis de credos y culturas, ya no lo es tanto. Los amantes de manifestaciones y algaradas en España y en Europa también callan ante la islamización obligada en Turquía. Una cosa es que Polonia o España quieran plantar una cruz en una plaza o en una escuela (en seguida serían acusadas de intolerantes y sectarias por intento de recristianización, pecado imperdonable ) y otra cosa es que Erdogan haya convertido en mezquitas el Museo de Santa Sofía y la basílica de San Salvador de Cora, verdaderas obras maestras del arte bizantino y patrimonio de la Humanidad.
        El 27 de diciembre de 537 tuvo lugar la fabulosa ceremonia de consagración de la megalé ecclesia (la gran iglesia) por parte del emperador Justiniano y de su esposa Teodora. El emperador, situado en el centro de la basílica, pudo exclamar, lleno de orgullo: “Te he superado, Salomón”, en alusión al celebrado templo de Jerusalén, construido por el rey judío.
        Al mismo tiempo que en la mitad del mundo los hombres levantaban pequeñas chozas, un genial arquitecto y un genial matemático, Isidoro de Mileto y Antemio de Tralles, levantaban esta obra que a los contemporáneos causó incredulidad y pasmo, especialmente su cúpula, un prodigio. Procopio de Cesarea escribió: “Quien entra a rezar comprende en seguida que esta obra no puede haber sido realizada por fuerza o habilidad humana, sino por el favor de Dios”.
        Curiosamente, la arquitectura de esta iglesia cristiana dedicada a la Sabiduría Divina (Hagia Sophia, en griego) ha ejercido una notable influencia en mezquitas del mundo entero. Muchas artistas eligieron el modelo del templo estambulí para alzar hermosas mezquitas, como puede comprobar el visitante en la Mezquita Azul, justo enfrente de Santa Sofía, y en otras tantas.
        Es de esperar que, más allá de las fanfarrias y los excesos del señor Erdogan y su programa de islamización de la otrora laica Turquía, los piadosos musulmanes que recen en sus naves se sientan heridos por esta belleza creada para gloria de Dios. Y que esta belleza, propósito de toda belleza, los haga mejores y más sabios.
        “No parece que esté anclada en la tierra, sino suspendida en el cielo por cadenas de oro”, expresó un cronista el día de su consagración. Y sin duda, esta misma impresión seguirá causando a creyentes, cristianos y musulmanes, y a visitantes de todo el mundo. Y siempre hará, ayer, hoy y mañana, cristianos que harán la señal de la cruz al entrar en Santa Sofía o en San Salvador de Cora, y musitarán en silencio un avemaría. "Ad maiorem Dei gloriam et Mariae Matris suae".









lunes, 5 de enero de 2026

El sueño de los Magos de Oriente

     


    Al menos en nuestra cultura, ninguna noche provoca en los niños tanta ilusión, alegría, asombro y estupor como la Noche de Reyes. Toda la sociedad, a una, se vuelca para que la tradición siga viva y, para que, al menos durante unas horas los mayores pongamos nuestro grano de arena en la construcción de un mito sin igual: los Reyes Magos llegarán a todos las casas y dejarán a los pequeños algún regalo sobre sus limpios zapatos.

    Las cabalgatas espectaculares recorren cada ciudad y cada pueblo. Las televisiones retransmiten en directo este acontecimiento. Los alcaldes ofrecen una bienvenida regia a sus majestades de oriente. Los carteros reales, previamente, han recogido miles de cartas y han hecho llegar a Melchor, Gaspar y Baltasar los deseos infantiles. Las calles iluminadas de miles de bombillas subrayan este evento anual. Los Reyes cumplen con la tradición de adorar al Niño Jesús en las plazas de las ciudades. Toneladas de caramelos vuelan en todas las direcciones, endulzando una noche, ya de por sí dulce. 

        Con asombro, los niños descubren, al despertarse, que los regalos mil veces soñados están en el salón de su casa, lo mismo que descubren que los camellos han bebido el cuenco de agua y los Reyes han probado el dulce de mazapán que les dejaron preparado antes de acostarse nerviosos. Los mayores recuerdan cuando eran niños y recibían con increíble alegría los humildes regalos de la época: tal vez una pelota de plástico, tal vez una bolsita de peladillas o una bufanda. Los hermanos mayores repiten a los hermanos menores lo que ellos ya no creen: la leyenda con pelos y señales de los Magos venidos de lejos. Y los padres, por unos días, encuentran un argumento incontestable para que los hijos se porten como Dios manda: el carbón amenaza a los niños cuyo comportamiento ha sido regulín, regular. Por todo ello, cuando los niños descubren que los padres son los reyes sufren una frustración, una desilución y un golpe de realismo brutal: la vida es así, un poco cruel y un poco mentirosa y decepcionante. Cuando estos niños lleguen a ancianos y echen la vista atrás, desde sus años y sus canas y sus arrugas, llegarán a la conclusión de que sus padres, por entonces durmiendo el sueño eterno de los justos, fueron su mayor suerte, su mayor riqueza, los verdaderos reyes que les dieron todo, no sólo la Noche de Reyes, sino todas las noches de su larga vida.

      Esta tarde de Reyes me he fijado en una escena que el arte cristiano ha repetido admirablemente en capiteles, vidrieras, lienzos y tablas: la visión que los Reyes Magos tienen mientras duermen. ¿Y qué sueñan los Reyes? Sueñan con que cada ser humano deje su confort y salga a la intemperie para buscar la verdad y la verdadera sabiduría, que son, al fin y al cabo, la felicidad. Sueñan con que cada ser humano encuentre su estrella, una estrella que le guíe en la vida, por laberintos y caminos difíciles, hasta encontrar una verdadera razón para vivir y para celebrar. Sueñan con un mundo donde los niños sean tratados como niños, rodeados de amor y cariño, y con un juguete en sus manos. Sueñan con niños a los que el hambre no consuma, la guerra no hiera, y los abusos de cualquier tipo, pudra para siempre su corazón de niño. Sueñan con un mundo donde los poderosos no intenten imponer su punto de vista con violencia a nadie, donde los que gobiernan el mundo luchen por el pan y la cultura de todos y no por mantenerse en el poder, caiga quien caiga.

    Precisamente el ángel del Señor se apareció a los Magos mientras dormían, para que no informaran a Herodes dónde había nacido el Niño, porque quería matarlo. La historia ya sabemos como continúa: los Magos burlaron al rey Herodes y volvieron a su tierra por otro territorio, y este ordenó la matanza de los inocentes. María y José tuvieron que abandonar precipitadamente su tierra y refugiarse en Egipto. Y los gritos de dolor de niños y madres resonaron por todo el mundo.

    Cambiemos los nombres, cambiemos los papeles, troquemos los escenarios y los paisajes, y caeremos en la cuenta de que las pocas páginas que narran la infancia de Jesús, son de un realismo tan bello como sobrecogedor. Se repiten año a año, siglo a siglo. El corazón del ser humano está donde ha estado siempre y gira, como en una interminable noria o carrusel, entre la bondad de unos hombres, Melchor, Gaspar y Baltasar, que recorren el mundo para ofrecer al Niño (a todos los niños) lo mejor de sí mismos, lo mejor del cofre de su corazón, y la maldad del rey herodes que, antes de renunciar a su yo (poder, estatus, influencia, riqueza, fama y honores), es capaz de lo peor que un ser humano puede hacer: manchar sus manos y su corazón con la sangre inocente de unos niños y con la sangre inocente de todas las víctimas que va dejando a su paso.

    Cada uno de nosotros, todos los días, toda la vida, ha de hacer una elección. ¿Queremos renunciar a nuestro yo y entregar el cofre de nuestro corazón para hacer felices a otros, o preferimos seguir encastillados en nuestro yo, incapaces de renunciar a nada de lo que pensamos que es nuestro e ir dejando una estela de sufrimiento, de malestar, de resentimiento en quien se cruza en nuestro camino? ¿Detrás de qué estrella caminamos y que visiones o sueños dejamos que alimente nuestro corazón?

     




 






lunes, 17 de noviembre de 2025

Una ermita en las Hoces del Riaza


Después de faldear toda la ladera por un sendero estrecho de piedrecillas sueltas, el caminante llega hasta el borde de los cortados de las Hoces del río Riaza. Es entonces cuando, con asombro, descubre un paisaje de sobrecogedora belleza. El río Riaza serpentea por el cañón de piedra rosada que miles de milenios han esculpido con esa paciencia que la naturaleza y los elementos poseen en dosis inagotables. En medio de chopos dorados de otoño, sabinas, rosales silvestres, aparece, humilde y melancólica, la ermita de San Martín del Casuar. Colonias de buitres planean en el cielo, en un movimiento lento y circular que no parece tener fin, formando una especie de corona en el firmamento. La mañana luminosa enrojece los roquedos horadados. Aún parece resonar el rumor bronco de los jabalíes hozando la tierra para buscar un sustento de tubérculos bajo encinas y sabinas. Sonido cristalino del río Riaza que lame piedras y chopos caídos y hace brotar juncos y nenúfares. Los caminantes, empequeñecidos por la grandiosidad del paisaje, descienden cuidadosamente por la ladera.

            La iglesia de San Martín del Casuar es una pequeña construcción románica del siglo XI. Las leyes de Mendizábal la condenaron al abandono. La Guerra de la Independencia (parece que El Empecinado se refugió entre sus muros y los franceses obraron en consecuencia) la condenó a las ruinas. El tiempo continúo el proceso de deterioro. Pero, como allí donde hubo fuego, queda rescoldo, allí donde hubo belleza en piedra y presencia de Dios, queda una brizna de hermosura y un vientecillo de espíritu.

            Y el ser humano, que es depredador por naturaleza, también, por esa misma naturaleza, es creador y hacedor de hermosura. Tal vez, por esta razón las manos de los hombres están ahora mismo levantando esa pura ruina y dando vida a lo que parecía escombrosa muerte. Aún queda mucho por hacer, pero el tejadillo cubre ya el ábside. Han vuelto a la luz capiteles, impostas, columnillas, bolas, pilastras, arcos, canecillos y sillares. La iglesia ha sido desbrozada de zarzas y cardos, y las alimañas han abandonado el recinto sacro para buscar otras guaridas.

            Según se nos cuenta, en el 913, Fernán González y su madre donaron al monasterio de San Pedro de Arlanza la villa de Covasuar, situada en esta zona, de ahí el nombre de la iglesia. Por ello, fueron los monjes benedictinos de San Pedro de Arlanza los custodios de esta iglesia dedicada a San Martín, santo popular donde los haya, conocido por su caridad: partió su capa con la espada para dar un poco de calor a un pobre medio desnudo. El ábside de la iglesia es de cantería; el resto de la iglesia, de mampostería. Una cornisa volada sostuvo, en su día, la cubierta de madera, ahora completamente perdida. A los pies, una espadaña.  Como era habitual por estos pagos, y así lo parecen indicar algunos cimientos, la iglesia tendría en su zona sur un atrio, lugar propicio para reunirse, al solillo del invierno o a la sombra del verano, los campesinos y los monjes de Covasuar.

            A los pies de la iglesia, aún se puede ver la espadaña, con su correspondiente vano que albergaría la campana. Y podemos imaginar aún su sonido que repicaría a gloria o tañería a duelo, según los días y las circunstancias. Los hombres y mujeres de la villa de Covasuar traerían a sus hijos a cristianar y enterrarían a sus muertos en el camposanto pegado a los muros de la iglesia, como era costumbre.

            Pero aunque la campana ya no tañe, la sola presencia de estos muros de la iglesia de San Martín es todavía como una llamada, un aviso, una presencia de Alguien que creó los ríos y las montañas, los chopos columnares y las sabinas, los líquenes, el espliego y los rosales silvestres, las estaciones del año, la lluvia, el sol y el viento, los pájaros del cielo, los animales de la tierra, y también al ser humano, casi insignificante como la hierba del campo, en medio esta grandiosa naturaleza. Pero esta misma naturaleza, estos mismos paisajes, parecen no hacer otra cosa sino esperar paciente y eternamente a esa caña pensante que es el ser humano, a esa mirada inteligente del ser humano, a esas manos inquietas y artesanas del hombre que levantan un puentecillo de leños sobre el arroyo, una pequeña cabaña con su ventanuco y su hogar, y una ermita de piedras doradas donde Dios y el hombre puedan convivir y descansar el domingo de los afanes y trabajos de la semana, mientras sus ojos contemplan alrededor un paraíso de rocas, de plantas y de aves. Tal vez con pasmo y asombro. Tal vez con alabanza  y gratitud.
















viernes, 31 de octubre de 2025

¿Es Halloween una exaltación de lo oscuro?

       


      Probablemente nunca sabremos quién mueve los hilos de este mundo para que toda una sociedad, ¿idiotizada o simplemente juerguista?, celebre Halloween, una noche de horror y mal gusto, con disfraces       y maquillajes que nos hablan de brujas, muertos, sangre, esqueletos, calaveras, sangre y cuchillos. Y encima que lo hagan en contraposición, casi en desafío, a la Fiesta de todos los Santos, que es la celebración de la dignidad humana.

La Iglesia celebra el 1 de noviembre la Fiesta de Todos los Santos, es decir la celebración de aquellas personas que, por su bondad y su altruismo, han mejorado la vida de los demás, les han facilitado la existencia y les han socorrido en sus necesidades. La Iglesia tiene muchos santos declarados como tales, mediante un largo proceso de beatificación y canonización, y una declaración de santidad por parte del Papa. A estos santos les son asignados un día en el calendario para la celebración litúrgica de su fiesta. Quién más o quién menos sabe que San Martín es el 11 de noviembre; San Ignacio de Loyola, 3l  de agosto; San Roque,  16 de agosto; San Sebastián, 20 de enero, Teresa de Jesús, el 15 de octubre, Santa Águeda, el 4 de febrero; San Francisco de Asís, el 4 de octubre.

            Pero hay personas buenas, valientes, ejemplares, mártires, que nunca han recibido una declaración oficial de santidad, pero que fueron capaces de dejar una huella en este mundo, un agradable perfume de bondad y un recuerdo luminoso en tantos corazones. A todas estas mujeres y hombres bondadosos se les dedica el 1 de noviembre. Lucharon por la justicia, la paz, la dignidad, el pan en cada mesa, las letras en cada cabeza, de los que vivían alrededor o se entregaron sin reservas a sus seres queridos. Somos el resultado de estos hombres y mujeres que vivieron antes que nosotros y que nos dejaron un hogar menos amargo, una comunidad menos áspera. Por ello, el primero de noviembre, los cristianos se acercan a los cementerios para depositar flores y un padrenuestro sobre las tumbas de familiares y amigos. Una forma de agradecerles su bondad, su cariño.

            Halloween, significa literalmente Víspera de Todos los Santos (en inglés, All Hallows’ Eve). Parece ser que los celtas irlandeses celebraban el 31 de octubre el comienzo del invierno y el final de las cosechas. La oscuridad y la noche suplirían durante seis meses a la luz y al día. Y para expresar esta batalla entre la luz y las tinieblas se celebraban diversas fiestas y ritos en la noche del 31 de octubre. Los celtas solían hacer un pequeño hueco en los nabos para colocar una candela y disminuir así la victoria de la noche. Era la llamada noche de Samhain (final del verano). En el año 835, el Papa Gregorio IV establece que el 1 de noviembre se celebre la festividad de Todos los Santos. En Irlanda, algunos de los rituales de Samhain se fusionaron o pervivieron en la Festividad de Todos los Santos.

 Cuando los irlandeses llegaron en masa a Estados Unidos popularizaron Halloween y sustituyeron los nabos por las calabazas, mientras que los niños solicitaban a los vecinos unos dulces para pasar la noche. Luego el cine de terror, los comerciantes avispados, el carácter gregario y estólido de las masas y el paganismo reinante y deshumanizante han hecho el resto.

            Halloween  se ha convertido en una fiesta muy popular por doquier. Parece algo inofensivo, una carnavalada más de las muchas, un happy-happy, divertido y trivial. Y sin embargo es preocupante esa querencia de lo oscuro, esa glorificación de los macabro, lo sanguinario, lo truculento y lo brujeril. Una exaltación del horror y la fealdad.

Lo más grave de todo esto es ese creciente paganismo que se traduce en una  adoración de la tiniebla, de la sangre y de lo oscuro. En Halloween –y esto hay que recordarlo- todas la sectas satánicas celebran su día, su fiesta y sus rituales de sangre y muerte en bosques o cuevas. Y esto no es algo inocente. En diversas partes del mundo, por estas fechas, hay denuncias de ritos satánicos y de celebraciones de misas negras, donde la sangre, el sexo y los sacrificios de gatos negros u otros animales, así como la ingesta de su corazón y su sangre forman parte de este ritual.

Bien es verdad que los niños y también la mayoría de los adultos no piensan en este lado oscuro y tenebroso cuando celebran Halloween con sus disfraces y sus calabazas. Pero el hecho de que estos juegos inocentes de disfraces de fealdad y mal gusto se inculquen a los pequeños, creo que nos tendría que hacer pensar un poco. Recordemos que hasta el inocente “truco o trato”, traducción del inglés “trick or treat (que podríamos traducir como “me das un dulce o te gasto una broma”, tiene aún un origen más oscuro y perverso: “maldición o sacrificio”. Los espíritus del mal exigían un sacrificio o de lo contrario la maldición caería sobre esa persona o su familia.

            Lo más escandaloso de todo esto, me parece a mí, es que las escuelas, públicas, concertadas y privadas, accedan, y con mucho entusiasmo por parte de profesores, alumnos y padres, a esta celebración de vulgaridad, banalidad, comercio y horror. No se permite celebrar la Navidad o la Semana Santa, pero todos asisten encantados a este día de fiesta en que las aulas se llenan de color negro, disfraces truculentos y  calabazas vacías. ¿Tan vacías como esas cabecitas que deberíamos llenar de belleza, buen gusto y, sobre todo, valores humanos y admiración por la bondad?

            La festividad de Todos los Santos debería ser recuerdo y agradecimiento hacia las vidas de los que nos precedieron en nuestra familia o en nuestra comunidad y, gracias a los cuales, esa misma vida fue o es más dichosa. Las calaveras, los esqueletos, los rostros sanguinolentos, el vampirismo y la mística satánica tal vez no sean una banalidad más. Inconscientemente, asistimos a una exaltación de la muerte, del horror y la fealdad, de la sangre y del terror. Y esto, como poco, debería hacernos reflexionar.  El lado oscuro del ser humano, quizás nunca deba ser exaltado, ni siquiera en broma.







domingo, 21 de septiembre de 2025

Dalai Lama: compasión y alegría

       

        El Dalai Lama envejece, al mismo tiempo que envejece la causa del Tíbet. Una noche de 1937 el monje tibetano Yamphel Yeshe Gyaltse tuvo un sueño: un monasterio, una carretera, una casa con tejado azul, un perro y un pórtico con un niño sentado bajo él. Algún tiempo después, unos monjes, disfrazados de mercaderes, fueron enviados para localizar este enclave. En el poblado de Taktser encontraron todas las señales. Y el niño reconoció a los monjes disfrazados y dijo sus nombres. A continuación, los monjes le sometieron a una serie de pruebas, entre ellas el reconocimiento de objetos pertenecientes al anterior Dalai Lama: rosarios, libros, tazas de té. El candidato debe elegir las que pertenecieron al anterior Lama, porque, según sus creencias, se trata de una reencarnación (tulku) y, por lo tanto, el niño debía conservar la memoria de su anterior vida.

        Tenzin Gyatso, a la edad de cuatro años, fue ordenado monje budista y entronizado como XIV Dalai Lama. A los 16 años, asumió todo el poder temporal sobre el Tíbet, una teocracia feudal con capital en Lhasa y con sede administrativa en el Palacio de Potala. Era el año 1950 y China ya estaba pensando y soñando en la anexión de este territorio.

        Las conversaciones, que buscaban algún tipo de entendimiento con Mao Tse Tung, fracasaron. En 1959 hubo una insurrección en Tíbet. Fue aplastada sin miramientos por los soldados chinos. Miles de tibetanos murieron y otros tantos miles emprendieron el camino del exilio. Entre ellos el Dalai Lama. Logró abandonar el Palacio de Potala disfrazado de mendigo. Después de una arriesgada travesía a pie por las montañas del Himalaya, llegó a Dharamsala, en el norte de la India. En la amarga ruta del destierro, le fueron siguiendo miles de sus súbditos. Las autoridades indias le permitieron establecer allí su ‘vaticano’. Y esto ocurrió ante la mirada indiferente del mundo entero, que no levantó un dedo para no molestar a los mandamases comunistas chinos. En este caso, los intelectuales occidentales agacharon la cabeza y comulgaron con ruedas de molino. El comunismo chino, por entonces, encandilaba a muchos intelectuales y medios de comunicación. Los monjes tibetanos no tenían amigos.
        La anexión china no solo supuso la muerte de miles de tibetanos sino también la destrucción de cientos de templos y de miles de obras de arte, manuscritos y libros únicos. Un enorme patrimonio cultural perdido para siempre.
        Curiosamente, el exilio del Dalai Lama supuso la internacionalización del budismo tibetano. Y su figura, marcada por la compasión, ganó la admiración de muchos, lo que le hizo valedor del Nobel de la Paz en 1989.
        El Dalai Lama acaba de cumplir 90 el pasado 6 de julio. Envejece, como envejece el sueño de un Tibet independiente. China sabe que tiene la sartén por el mango. Y sabe también que cuando muera Tenzin Gyatso será un duro golpe para el budismo tibetano. Será elegido otro dalai lama, pero ya nada será igual. El Dalai Dama ha mantenido viva la llama tibetana y ha sido el estandarte de un pueblo y de una cultura.
        El Dalai Lama ha preferido la vía pacífica a la lucha. Y la compasión ha sido su bandera, por encima incluso de las reivindicaciones tibetanas. Se ha convertido en un maestro universal, en un referente del pacifismo en todo el mundo. Pero este pacifismo del Dalai ha sido utilizado por China para imponer su fuerza de potencia universal sobre este pequeño rincón en las alturas del mundo y sobre sus 6 millones de habitantes. Que David venza al gigante Goliat es una anomalía. Lo normal es que los gigantes y los guerreros se impongan sobre los pequeños y los pacíficos.
        China ejerce con éxito sus presiones políticas y económicas sobre cualquier gobierno que apoye la causa del Tibet, aunque sea tímidamente. En la inauguración de los Juegos Olímpicos se vio claramente: todos los Jefes de Estado del mundo acudieron a la inauguración, aunque todos ellos sabían perfectamente que China es un país donde no se respetan los derechos humanos, donde no existe la libertad política, ni la libertad de expresión, ni el resto de libertades. La pleitesía rendida por los mandatarios extranjeros indicó, a todas las luces, que el dinero siempre será obedecido. Tristemente, los buenos deseos de paz y de armonía son simples danzas poéticas, para románticos empedernidos y trasnochados soñadores.
        Nos lo recordaba hace un tiempo una canción de Mecano, Aidalai:
    "En nombre del progreso y de la revolución, / quemaron tradiciones y pisaron el honor. / El rey de las montañas tuvo que escapar / vestido de mendigo / y con el alma envuelta en el ombligo.
    A falta de petróleo no hubo amigos en el mar, / dejando las naciones tu barquito naufragar. / Novel en la guerra, / nobel de la paz…"

        El Dalai lama ha sido un elemento importante en la unión de las religiones para buscar la paz en un mundo convulsionado por la violencia. Así lo ha demostrado su participación en eventos ecuménicos, como los de Asís. No ha vuelto a poner nunca los pies en el Tibet, y a estas alturas pocas esperanzas le quedan. Ha intentado vivir el presente sin la amargura de un exiliado y sin la violencia de un insurrecto, invitando a sus files a vivir el presente, sin refugiarse en el ayer o en el mañana: “Sólo hay dos días en el año en que nada se puede hacer. Uno se llama Ayer y el otro se llama Mañana. Hoy es el día adecuado para amar, creer, y sobre todo vivir”
        La causa del Tíbet envejece y languidece. La existencia del Dalai Lama, sin embargo, permanece aún anclada en la compasión y en la alegría. Suya es una frase para no olvidar nunca: “Un buen corazón es la mejor religión”.














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