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martes, 8 de septiembre de 2026

Roseline y Nassera: una amistad nacida del dolor

  


                A finales de agosto de 2026, durante el Meeting de Rímini, dos mujeres, Roseline Hamel y Nassera Kermiche, fueron acogidas con respeto y admiración por todos los participantes en este conocido Encuentro de los Pueblos. La historia comienza bastante antes. Exactamente la mañana del 26 de julio de 2016. Esa fatídica mañana, el padre Jacques Hamel, de 85 años, fue degollado con 48 cuchilladas por dos islamistas radicales, dos soldados del ISIS, mientras celebraba la eucaristía. A Francia entera se le heló la sangre por la muerte de un sacerdote anciano en un lugar sagrado, concretamente en la iglesia de Saint Étienne-du-Rouvray (Ruán, en la región de Normandía), de la que el P. Jacques era párroco. Doce días antes, los terroristas habían acabado con 86 personas en las calles de Niza.

El P. Jacques había vivido toda su vida en Normandía. Sólo una vez había abandonado Francia, cuando fue reclutado en 1953 como soldado para la guerra de Argelia. Un día el convoy en el que viajaba sufrió una emboscada. Todos los ocupantes murieron. Él sobrevivió. Se preguntaba a menudo sobre ello, hasta el punto de atormentarlo. ¿Por qué sus compañeros soldados habían muerto? Algunos le decían, para consolarlo, que tal vez Dios tenía para él una misión que cumplir. Pero a él le molestaba esta visión de su supervivencia en el frente. Tal vez esa mañana de 2016, la misión especial se hizo clara y dramáticamente cierta.

Roseline Hamel, la hermana pequeña del P. Jacques, esperó en vano en la casa parroquial a su hermano a que terminase la misa. Los dos hermanos habían planeado pasar juntos las vacaciones, con los hijos y nietos de Roseline. Policía y ejército rodearon toda el área de la parroquia. Poco después comunicaron a Roseline que Jacques Hamel había muerto en el atentado. Creyó enloquecer de dolor. No podía creerse que alguien hubiera acabado con la vida de este buen párroco, inocente y ya anciano, en una iglesia.

La policía tardó apenas una hora en dar con los terroristas en su huida caótica y desesperada. Fueron abatidos a tiros. Poco después, la policía entró a registrar la casa de Adel, uno de los dos terroristas. Fue allí donde Nassera Kermiche conoció, consternada, que su hijo estaba involucrado en este acto terrorista. Una hora después, sabría que su hijo había muerto abatido en su huida. Dos mujeres, cada una en su casa, lloraban a un ser querido. Roseline Hamel sentía rabia y dolor por esta injusticia. Nassera experimentaba dolor por el hijo muerto y vergüenza y culpa por el hijo terrorista. Dos mujeres. La hermana del sacerdote asesinado. La madre del terrorista. Dos sufrimientos imposibles de sobrellevar en soledad.

Adel era el quinto hijo de una familia argelina que se había afincado en París. El padre trabajaba como camionero. Adel había sido un mal estudiante, travieso, hiperactivo. A los 18 años se largó de Francia camino de Siria para adherirse al ISIS, pero fue detenido en Turquía y devuelto a Francia. Pasó 10 meses en prisión. Allí, se terminó de radicalizar. Cuando volvió a casa después de cumplir esa condena, su hijo era otro. Se dejó crecer la barba, y empezó a farfullar frases en árabe. El odio había penetrado en su corazón.

Roseline Hamel sentía pena, rabia, tristeza infinita. Al final de su vida le tocaba vivir esto: un hermano vilmente asesinado y una Francia de rodillas ante los terroristas. No se daba paz a sí misma. No encontraba serenidad en nada de lo que hacía. Rezaba, le hablaba a Dios y suplicaba a María. Quería saber dónde podría encontrar luz  para ver y paz para vivir.

Y así pasaron meses y meses. Sólo sufrimiento. Roseline empezó a sentir compasión de sí misma. Se sentía desgraciada. Un día se preguntó: “¿Puede haber alguien que sufra más que yo en este momento?”  Y mirando en su interior encontró la respuesta: hay otra mujer que sufre más que tú: la madre de Adel, el terrorista. Ahí estaba la respuesta. Otra mujer no sólo cargaba con el peso de la muerte de un hijo, también con la vergüenza, la culpa, mil preguntas bochornosas, el desprecio de la gente. Había otra mujer, más sola que ella: la madre de Adel. “¿Hay algo más atroz que perder a un hijo porque él mismo ha sembrado la muerte?”

El camino del perdón acababa de iniciarse. Un camino duro, difícil, lleno de obstáculos, algo propio de valientes. Pero también el único camino hacia la luz y hacia la paz del corazón. Roseline llamó por teléfono a la madre de Adel. Una primera conversación titubeante, dolorosa. Siguieron otras llamadas. Cada vez más normales, el interés de una mujer hacia otra mujer, por su mundo, su vida cotidiana, sus dificultades, los adentros de su alma. Un día Roseline dijo a Nassera Kermiche: “Me gustaría encontrarme con usted”. Y Nassera contestó: “Desde hace tiempo es lo único que deseo”. Su abrazo, sin testigos, fue largo y silencioso. Y esas dos mujeres, tan distintas, tan diferentes por edad, cultura, religión, forma de ver el mundo, encontraron, ofreciendo y aceptando el perdón, un camino de sanación personal. Nassera recuerda: “Estaba nerviosa y admiraba el coraje de esa mujer. Y su fe. Yo quería que nos perdonara, lo tenía clavado. Pero ella me dijo: “No estoy aquí para perdonarla, porque no es culpa suya”. Fue como una bocanada de aire fresco. Cuando colgué, el dolor seguía estando allí pero la perspectiva había cambiado”. 

Poco después, Roseline pudo acudir a la tumba de Adel a ofrecerle su perdón y a dejarle unas palabras de consuelo en nombre de su hermano. Sentía que faltaba esto y sentía que su hermano desde el más allá la animaba a llevar su perdón al joven Adel: “Adel, el alma de mi hermano Jacques me conduce hasta ti. Es un testimonio de su perdón. La fe de los creyentes es esperanza y el perdón es el camino de la paz”.

                Mientras tanto, la Iglesia de Francia abría el proceso de beatificación de este mártir del siglo XXI. El P. Jacques, después de una vida de servicio en su parroquia había encontrado el martirio, ya que su muerte estuvo dictada por el odio a Cristo y todo lo que él representa.

                Esta amistad entre dos mujeres, “hermanas de dolor” (este es precisamente el título del libro que recoge el testimonio de su amistad), es en verdad algo luminoso en esta época de prejuicios y rencores. Las protagonistas han recibido muestras de aprobación y cariño, pero también de reproche. Las críticas por esta amistad entre la hermana de una víctima y la madre de un terrorista llovieron por todos los lados. Pero ellas siguieron adelante, dando testimonio de que la amistad y el perdón siempre son posibles. El perdón, máxima expresión del mensaje de Jesús, es la única senda para volver a encontrar la paz y el sentido de la existencia, cuando todo a nuestro alrededor podría indicar lo contrario. El perdón sincero sólo es posible allí donde la gracia se ha suplicado día y noche en circunstancias de sufrimiento indecible.  

Iglesia donde fue asesinado el P. Jacques

P. Jacques Hamel

En el Meeting de Rímini

Nassera Kermiche y Roseline Hamel

Donde haya odio que yo ponga amor (Fco. de Asís)


2016: Funeral por el P. Jacques Hamel

El libro: Hemanas de dolor








miércoles, 29 de julio de 2026

Misa de Réquiem en la Trapa

 

  

La música callada del órgano

El órgano de la iglesia de la Trapa de San Isidro de Dueñas enmudeció durante la misa de réquiem. Nadie acarició el teclado del órgano. El monje organista acababa de fallecer. Los cantos se sucedieron a lo largo de toda la ceremonia. Pero el órgano guardó silencio. No sé si fue necesidad. No sé si fue homenaje. En todo caso, una sencilla metáfora de esa certeza que nos dice que, cuando la muerte cierra nuestros ojos, la música de nuestro cuerpo calla para siempre: cesa ese sonido único e insustituible que emitía nuestra forma de ser y de estar en el mundo. No es verdad que somos piezas sustituibles y equivalentes de un engranaje mecánico carente de sentido. Algo de extraordinario y de único encierra el esqueleto y el pellejo y el aliento de cada ser humano. En la tarde del 24 de julio, en medio de un calor apabullante y de una España ardiendo por los cuatro costados, se celebró la misa de réquiem por el descanso eterno de Joaquín López Serra, monje trapense. En el funeral: los hermanos de la comunidad de San Isidro de Dueñas, los familiares, los amigos, los sacerdotes llegados para la concelebración, los fieles. Revestido con mitra y báculo, el abad preside la ceremonia.

 Los oficios y los días

Joaquín López Serra llevaba 51 años formando parte de este monasterio trapense. Había nacido en 1952 en Mataró y a los 23 años ingresó como novicio. Pronto se manifestó su temperamento artístico que se concretó en la música. Organista y compositor, formó parte de la Comisión de Música de la Región Española Cisterciense. Algunas de sus melodías y textos litúrgicos, al día de hoy, embellecen y otorgan espiritualidad a la liturgia de diversos monasterios de la Orden. "Para ti es mi música, Señor, ¿cuándo vendrás a mí" (Salmo 100).

También fue el encargado del Archivo del monasterio. Su afán investigador le llevó a moverse con soltura entre papeles y legajos, para conocer mejor la historia, no sólo del monasterio de San Isidro de Dueñas, sino también de la Orden Cisterciense.  

El estudio de la vida y la espiritualidad del hermano Rafael Arnáiz (canonizado en 2009) fue una constante para este monje trapense que acaba de llegar al final de su camino. En 2015 publicó un libro, titulado Haciendo Camino. Fue el fruto de su búsqueda en los papeles del Archivo de San Isidro de Dueñas: una recopilación de datos de las crónicas del monasterio para saber cómo fue percibido, tratado, sentido y ‘leído’ el hermano Rafael durante su breve pero fundamental estancia en el monasterio, y también después de su muerte. Un trabajo esmerado de investigación. El hermano Joaquín era el responsable del Secretariado de San Rafael Arnáiz.

 A cara descubierta hacia la Casa del Padre        

                En un momento de gran fecundidad intelectual y espiritual, el cáncer llamó bruscamente a la puerta del monje Joaquín. Dolorosa enfermedad que postró y rompió su cuerpo. Murió en la enfermería conventual el pasado 23 de julio, a los 73 años de edad. Como es tradición trapense, el féretro fue velado por sus hermanos en la Sala Capitular y en la iglesia. La cara descubierta, la capucha enmarcando su rostro que la enfermedad había vuelto enjuto y afilado, la barba luenga y apostólica. Tal vez sea pedagógico mostrar  el rostro de los muertos, costumbre tan alejada del sentir actual, que esconde la muerte y la torna invisible. Dejamos esta vida con las marcas y las huellas del tiempo, de los años, de la enfermedad y del sufrimiento. Y sin embargo, generalmente, el rostro del difunto aún conserva una dulzura y una serenidad propias de quien, después de un duro bregar con la enfermedad, ha encontrado finalmente el descanso, el alivio y el sueño reparador.

 El salmo 117 en la procesión hacia el cementerio          

                La campana suena convocando a preces y sufragios. Los sacerdotes revestidos de morado. El incienso es perfume, sumo respeto y recordatorio de la presencia de un alma que permanece cuando el cuerpo se deshace y descompone. El agua bendita es rito, bendición, memoria de una filiación divina: “Porque la vida de los que en Ti creemos, Señor, no termina, se transforma. Y al deshacerse nuestra morada terrenal, adquirimos una mansión eterna en el Cielo”.

Ya el féretro, todavía descubierto, abandona el templo. Avanza por el claustro la procesión camino del cementerio conventual. Abad, sacerdotes, deudos, amigos, devotos del monasterio trapense, acompañan al hermano Joaquín  en esos primeros momentos del viaje hacia la Casa del Padre. El salmo 117 resuena por el claustro, con toda su carga de victoria y alabanza.

Alrededor de la cripta funeraria enclavada en el claustro se sitúan los asistentes a esta misa de réquiem. Dos monjes jóvenes descienden el féretro por las escaleras que llevan a la cripta. El abad asperja e inciensa por última vez el cuerpo sin vida de un monje que hizo de este monasterio, y durante medio siglo, celda, casa y huerto, biblioteca y archivo, refectorio, sala capitular, claustro y capilla, lugar de fraternidad, campo de batalla, encuentros de amistad, espacio de creatividad musical, ascenso y caída, salud y enfermedad, y, finalmente, cementerio. Y esperanza de Cielo.

Bajo un calor abrasador los monjes abandonan el cementerio conventual, y poco después lo hace el resto de congregados. En el claustro, presidido por una cruz, refulgente de luz a esa hora, aún resuena como un eco lejano y melancólico el salmo 117:

 “No he de morir, viviré

Para contar las hazañas del Señor…

Este es el día en que actuó el Señor

Sea nuestra alegría y nuestro gozo...

El Señor está conmigo, no temo;

¿Qué podrá hacerme el hombre…

En el peligro grité al Señor,

Y me escuchó, poniéndome a salvo…

Abridme las puertas del triunfo

Y entraré para dar gracias al Señor…

Dad gracias al Señor porque es bueno,

Porque es eterna su misericordia…”

 La herencia sobre las espaldas

                Abrazos y saludos de despedida. Palabras de reconocimiento y de homenaje para el monje trapense Joaquín, susurradas al oído de su hermana, o del abad o de cualquier otro monje. Unos minutos después, varios de los asistentes prolongan su presencia en el monasterio trapense asistiendo a la hora litúrgica de vísperas. Son las primeras vísperas solemnes del Apóstol  Santiago. La vida continúa. La liturgia se reanuda. La alabanza del rezo prosigue. Los monjes ocupan sus sitiales y el órgano vuelve a sonar de nuevo con un sonido algo ronco, algo triste todavía. La vida sigue después de cada Misa de Réquiem. Pero sigue y prosigue con la herencia, preciosa o desgraciada, bienhechora o maldita, sabia o necia, bondadosa o ruin, de cada muerto, de todos los muertos. El mundo es la suma de los que vivieron, y cuya herencia, de opresión o de consuelo, carga sobre las espaldas y sobre el alma de los que aún viven en esta tierra, tan dramática como magnífica.  

                 "Requiem aeternam dona eis, Domine, et lux perpetua luceat eis". Dale, Señor, el descanso eterno y brille sobre él la luz eterna.

 









El canto del salmo 117 por los monjes trapenses de San Isidro de Dueñas

https://www.youtube.com/watch?v=R_bYcrCbDCw

También sobre La Trapa en este Blog:

https://adanbreca.blogspot.com/2025/02/la-trapa-en-seis-pinceladas.html



jueves, 18 de junio de 2026

León XIV: Fui emigrante o estuve encarcelado o tengo discapacidad...

 Fui emigrante y me acogisteis


        El puerto de Arguineguín, en Gran Canaria, conoce el dolor y la esperanza a partes iguales. El dolor de los que llegan exhaustos a la isla, tras un largo periplo de desventuras, mafias y abusos. Arribar a una playa y a una ciudad como barcos a la deriva, náufragos de la noche y la injusticia. León XIV quiso cumplir un sueño acariciado por su predecesor, Francisco, al que la enfermedad y la muerte le impidió este viaje a las periferias. En el puerto de Arguineguín hay también esperanza y empatía. Al rechazo de muchos hacia la migración, le antecede y le sigue la compasión, el trabajo, el esfuerzo y el voluntariado de otros tantos. Ofrecen esperanza, en forma de un refugio tranquilo, una taza de café, unas galletas, el papeleo, la escucha y un chute de confianza en una cierta clase de humanidad que triunfa sobre la indiferencia. Testimonios de sufrimiento inenarrable, ligados también a testimonios de nuevas oportunidades, lejos de los días de la miseria y el horror. Salvamento marítimo, cáritas parroquiales, voluntarios de asociaciones conocen las mil caras de la migración, los nombres propios en todas las lenguas, las historias que conmueven hasta las lágrimas o hasta la vergüenza de pertenecer a la especie humana. Y también conocen las historias de superación, éxito, el regreso de la confianza a unas almas golpeadas. 
        Con claridad y belleza literaria, el Papa dijo:

    "Queridos migrantes: antes de decirles cualquier otra palabra, quiero inclinarme ante su dignidad. No son números ni expedientes. Ustedes son personas con una familia y una casa dejada atrás; con sueños que nadie tiene derecho a despreciar"

   "Y que la historia no tenga que acusarnos de haber convertido el dolor de los que sufren en paisaje habitual de nuestras costas. Porque hoy, aquí, junto al mar, cada vida que llega nos pregunta qué queda de nuestra humanidad. Tarde o temprano, se sabrá si supimos custodiarla o si dejamos que la indiferencia hablara por nosotros. Muchas gracias".

Estuve en la cárcel y vinisteis a verme
    
    
            Existen en España 84 centros penitenciarios operativos. En ellos viven 62 522 personas cumpliendo condena de privación de libertad. En su reciente visita a España el Papa quiso visitar una de esas cárceles, concretamente la de Brians 1 en Barcelona. No fue un acto de buenismo al uso, ni de postureo fotográfico. Sino la puesta en práctica del evangelio más puro: "estuve preso y vinisteis a verme". ¿Y quiénes pueblan las cárceles? ¿Están en ellas los 62 522 ciudadanos más malvados de España? No podemos negar que mientras habitaban la ciudad y sus calles cometieron maldades en todas su formas y maneras. Y también que sus actos destruyeron o arruinaron vidas ajenas, o convirtieron las calles en más inhóspitas. También algunos presos pagan sus propias facturas y las ajenas: infancias desdichadas, malas compañías, errores trágicos. También todos sabemos que no son todos los que están ni están todos los que son. Todos en algún momento de nuestra existencia pudimos rozar la delincuencia o coquetear con ella. A veces una línea delgada separa al santo del asesino. Para el cristiano, todas las vidas merecen una segunda oportunidad. Hasta el último instante, la redención es posible. Y también el arrepentimiento. El ladrón se hizo "buen" ladrón, cuando estaba a punto de expirar. En Brians 1 y en todas las cárceles, hay presos que han llorado mil veces su crimen. Y cargan sobre su conciencia una culpa más pesada que cadenas y grilletes. 
        “Queridos amigos y amigas, os invito a seguir soñando el sueño de Dios. A cada uno os digo: ¡Dios te ama como eres, pero te sueña mejor!”, señaló el Pontífice. 
    Y recordó que la vida cristiana no consiste en no equivocarse, sino en aprender a levantarse: “El Señor nos permite a todos empezar siempre de nuevo, pues ser humano y ser cristiano no consiste en no equivocarse sino en crecer en la capacidad de convertirse, arrepentirse, enmendarse y, sobre todo, de reconciliarse y de perdonar”.


Tengo una discapacidad y me abrazaste



    Olga es una joven de 26 años con autismo. De lunes a viernes vive en Casa Santa Teresa (hermanas guanelianas), un centro para personas con discapacidad intelectual en Madrid. El fin de semana y las vacaciones las pasa con sus padres adoptivos. Nació en Rusia de madre soltera que pensó que su pequeña estaría mejor en otras manos.

    Olga es una niña doblemente especial. Su sensibilidad religiosa y su cercanía constante a Dios le otorgan unas características muy especiales. De vez en cuando repite que ella quiere ser santa, porque ser santa significa ser buena. El corazón tiene razones que la razón no entiende. Tampoco sabremos por qué Olga se sintió profundamente unida al Papa Francisco. Una admiración que le llevó a revolver Roma con Santiago hasta que el Vaticano le concedió una primera fila y un momento para abrazar al Papa. La fecha ya estaba fijada, febrero de 2025, pero Jorge María Bergoglio fue ingresado en el hospital y poco después murió. ¿Sueño cancelado? Sueño aplazado, mejor dicho. Cuando supo que el Papa León XIV visitaría Madrid, la rueda volvió a ponerse de nuevo en movimiento.
    Una llamada telefónica desde el arzobispado de Madrid, le comunicó que tenía una entrada para acudir al Centro Cedia de Cáritas, donde el Papa iba a celebrar un acto.  Y el abrazo fuerte, emocionante, tantas veces soñado, se produjo. Olga, con su entusiasmo y admiración hacia el Papa, se llame como se llame, se lanzó a un abrazo que ella recordará por el resto de su vida. León XIV cuando conoció los antecedentes de este abrazo, sin duda pensó como el evangelista Mateo que "Dios ha escondido las verdades de su reino a los sabios y entendidos, y las ha revelado a los niños". Tal vez sólo de los pobres y de los 'insignificantes' pueden esperarse abrazos de corazón y corazones en forma de abrazos.

... Y la bendición a los bebés.

  

  
        Es difícil resumir un viaje de tanto calado. Tantos mensajes. Tangos gestos. Tantas realidades presentadas a la mirada del Papa. Tantos desgarradores testimonios. Para terminar estas notas sobre el viaje de León XIV a Madrid, Barcelona y las Islas Canarias, quiero destacar la bendición a los bebés.
        El Papa quiso detener su coche muchas veces para bendecir a los bebés que le iban presentando a su paso por las calles de las ciudades. Los 'chicos' de seguridad se han convertido en expertos cuidadores de bebés. Los tomaban en sus manos con dulzura y decisión, se los presentaban al Papa, y se los devolvían a sus padres. 
        León XIV bendice la vida que empieza, la vida frágil que requiere total atención y cuidados. Una vida que no podría desarrollarse y sobrevivir sin la dedicación y entrega de padres y familiares. Así de frágil es esta especie humana. Totalmente dependiente y, al mismo tiempo, totalmente única e individual. Se bendice al ser humano, niño o niña. Se bendice el futuro, la esperanza y el mañana. Se bendice a los bebés en una Europa temerosa de traer niños al mundo. Una Europa hedonista donde el nacimiento de un niño puede dar la sensación de cortar la libertad de sus progenitores. Una Europa envejecida por el invierno demográfico. Una Europa donde se reclama la interrupción de la vida como un derecho. Y donde los defensores de la vida desde el mismo momento de su concepción son vistos como radicales, fanáticos y cosas peores.
        Esta bendición a los bebés ha sido el mensaje más silencioso de León XIV. Porque la vida de un bebé no necesita discursos. Sólo cuidados. Sólo requiere una bendición. Sólo exige un poco de fe en un futuro de hombres y mujeres algo más humanos. 

miércoles, 17 de junio de 2026

León XIV: Antoni Gaudi y su arquitectura para Dios.



            Antonio Gaudí  nació en Reus en 1852 y murió el 10 de junio de 1926, tras sufrir un atropello al cruzar una calle tres días antes. Iba vestido tan pobremente que le confundieron con un mendigo y lo llevaron directamente a pabellón de beneficencia del H  ospital de la Santa Creu. Una muchedumbre de admiradores y amigos siguió su funeral desde el Hospital de la Santa Creu hasta la catedral y luego hasta la cripta de la Sagrada Familia, en cuya capilla de la Virgen del Carmen (siempre llevó al cuello el escapulario) le dieron sepultura. Probablemente, Gaudí está a la altura de los grandes arquitectos del Renacimiento italiano. Su estilo personalísimo, le hace inconfundible. Todas sus obras podrían calificarse de geniales. Pero es la basílica de la Sagrada Familia, la que le ha dado una fama universal bien merecida. La basílica de la Sagrada Familia empezó a construirse en 1882. Gaudí sólo llegó a realizar la Fachada del Nacimiento, que resume muy bien, no solo su genialidad como arquitecto, sino también su espiritualidad como creyente.

            Un creyente de altura, pues su proceso de beatificación está en marcha en el Vaticano. A su estatura como artista se une su fama de santidad. En la visita de León XIV a Barcelona no podía faltar una misa en el templo gaudiano, coincidiendo precisamente con el centenario de su muerte. No sólo un homenaje al artista de una basílica cristiana, sino al hombre creyente que gastó su vida al servicio de Dios en lo que él mejor sabía hacer: el dibujo de los planos y la dirección de las obras. Pero los edificios salidos de sus manos no fueron la exhibición de su genialidad, como suelen hacer los actuales arquitectos estrellas, sino la humilde oración de un creyente a su Creador y Señor.

            Dostoievski dijo en una ocasión que “la belleza salvará al mundo”. Dostoievski amaba los iconos y los hermosos templos ortodoxos donde, desde el zar hasta el humilde campesino, se arrodillan para sentirse abrazados y consolados. La belleza ha constituido siempre uno de los caminos para buscar a Dios y permanecer en Él. Matisse, cuando pintaba la capilla dominica de Vence, experimentó un plus de genialidad que no había sentido antes. Fra Angelico pintaba sus cuadros de rodillas. Y el genial pintor ruso de iconos Rublev decía que “él no pintaba, él rezaba con pinceles”.

            Asombro, pasmo, maravilla, silencio, inefabilidad, adoración, anonadamiento son cosas que cualquier ser humano, mínimamente sensible, experimenta frente a una obra de verdadero arte. También una sensación de empequeñecimiento frente a la obra grandiosa del arte y, al mismo tiempo, una participación en la genialidad creada por el artista. El orgullo de pertenecer a una especie que ha creado la Novena Sinfonía, la catedral de Burgos, los frescos de la Capilla Sixtina, el Rey Lear, el Quijote, y la Sagrada Familia.

En mi libro de Historia de la Literatura de segundo de bachillerato vi por primera vez una fotografía en blanco y negro de la fachada del Nacimiento. Me produjo idéntico asombro al que experimenté cuando vi la primera foto de las pirámides de Gizeh, de la Acrópolis, del Panteón o la Plaza de San Pedro. Alguien había desplegado toda su inteligencia y talento y la había compartido con toda la humanidad. Alguien había creado esa obra genial para mí. “Damos gracias en particular por esta extraordinaria basílica”, comentó el Santo Padre.

León XIV recordó en la homilía el significado de la torre que iba a bendecir y a inaugurar: “Esta noche recordemos, pues, que la Creu de Crist, que corona esta basílica, és la Creu dels últims que se vuelven los primeros, de los pecadores que se vuelven santos, de los muertos que resucitarán. Las tres fachadas de la Sagrada Familia lo atestiguan: el Primero se hace el último por nosotros en la Natividad; con su sacrificio nos redime mediante la Pasión; su muerte nos da la vida eterna haciéndonos partícipes de la gloria divina. Al admirar la torre de Jesucristo, alzamos la mirada hacia Él, hacia Aquel que sólo nos revela la verdad de Dios y la verdad de nosotros mismos. Mirando a Cristo podemos ver el mundo con ojos renovados: la torre de la cruz se convierte entonces en estandarte de caridad, porque Dios nos ama así, transformando un instrumento de muerte en signo de esperanza. Esta cruz brilla de día, reflejando la luz del sol, y brilla de noche, iluminando la ciudad como un faro abierto al Mediterráneo”

Un hecho muy significativo de esta basílica en construcción es que se trata de un templo expiatorio. Una obra que no ha admitido nunca subvenciones públicas, sólo la aportación de los particulares que libremente han querido colaborar. La obra aún no está acabada del todo. Numerosos artistas y artesanos, al igual que numerosos bienhechores la están haciendo posible desde hace 144 años. Así lo agradeció el Papa: “Junto con Gaudí, recordamos y damos las gracias esta tarde a todos los promotores y benefactores, a los artistas y a los trabajadores que cooperan en la construcción de una obra maestra arquitectónica, que es también una elocuente catequesis hecha de piedras, colores y luz. En su sabiduría, la Iglesia renueva así la Biblia pauperum de las antiguas catedrales, que son en sí mismas mensajes de evangelización de gran riqueza. En este tiempo de la imagen, resulta aún más evidente cómo el arte y la belleza son eminentes canales de evangelización”.

           Primero la explicación ofrecida al Papa y a los Reyes por una adolescente ciega sobre el significado de la Torre de Jesús, y después la bendición de la torre al final de la misa fueron dos momentos de de una intensa belleza: palabra, tacto, canto, oración, luz y fuego. Dos partes de una ceremonia digna de la inauguración de unos juegos olímpicos. La belleza siempre coopera con la bondad y con la verdad.

 “El arquitecto de Dios”, el más genial de los artistas modernistas, sembró la ciudad condal de unos cuantos edificios que por sí solos justifican una visita a Barcelona. Y dejó notables huellas de su genialidad en otros puntos, como León, Comillas o Astorga. Dotado de una prodigiosa imaginación y de un incomparable dominio de la técnica arquitectónica, estaba convencido de que, lo poco o mucho que sabía, se lo debía a Dios y, por lo tanto, no buscaba elogios ni reconocimientos. Si su obra conseguía dar alabanza a Dios, ya se consideraba pagado. Hombre de oración personal y de asistencia asidua a las celebraciones litúrgicas, en las que admiraba un sentido de la belleza herencia de siglos, hombre caritativo que acogió en su propia casa a dos amigos que se habían quedado en la ruina, dio lo mejor de sí mismo como ofrenda a Dios y como ofrenda al prójimo, para que,  al admirar la belleza de su arquitectura, dieran gloria al Creador.

La Sagrada Familia no es un monumento más de la Barcelona modernista, es un templo católico que invita a la oración y a la alabanza. Mitad luz, mitad piedra, asentada en la tierra, pero tocando el cielo… será una cita obligatoria para todos los turistas que lleguen a Barcelona, y una meta de peregrinación para todos los creyentes que se sientan interpelados por un templo que nos habla de Dios y de la Sagrada Familia de Nazaret. Vivimos tiempos en los que andamos necesitados del silencio y la justicia de José, de la dulzura y compasión de María, y del modelo de vida y redención de Jesús. Piedra y luz entrelazadas con una técnica inconfundible. Pero más que con técnica, Antoni Gaudí levantó la Sagrada Familia con mucho amor. Y así lo dejó dicho y escrito: “Primer l’amor; després la técnica”.














domingo, 14 de junio de 2026

León XIV: En Montserrat y en la región más fracturada

 


            No lo sé con certeza, pero creo que los obispos deseaban el viaje papal por varios motivos: avivar el despertar religioso de la sociedad española, invitar a todos a la cultura del encuentro y del respeto, tan contraria a la crispación, y apoyar todos los esfuerzos para la acogida y la integración de los migrantes.

            Que Cataluña es desde hace varios años la región más fracturada y crispada de Europa, lo sabe todo el mundo. La irrupción de un independentismo agresivo, excluyente y radical fracturó la política, la convivencia cívica, la política, incluso las familias y a los propios católicos. Y también quebró la economía.

            Con sus discursos incendiarios y violentos, los independentistas sembraron el caos y violentaron la convivencia en las calles, los colegios, las fábricas y las casas. Convirtieron en enemigos a todos los que no comulgaban con las ideas independentistas, castigándolos de mil formas y denigrándolos de mil maneras.

            A fuerza de prebendas, favores económicos, amnistía a los golpistas condenados, por parte del Gobierno de Pedro Sánchez, pero también como consecuencia del ese lento pero inexorable desinflamiento de la quimera independentista, se ha llegado a una relativa tranquilidad, que probablemente salte por los aires cuando ya no haya nada que repartir ni tampoco competencias que descentralizar.

            En este clima, León XIV ha visitado el monasterio de Montserrat, alma del sentir religioso catalán y corazón de la devoción mariana de esa tierra tan hermosa y tan próspera. El Papa conocía la historia de este monasterio: “Los muros de este recinto podrían narrarnos las innumerables historias de devoción, gratitud y esperanza que han contemplado a lo largo de los siglos en torno a la Mare de Déu de Montserrat y también han sido testigos de la sangre derramada por amor a Jesucristo”.

El Papa era consciente, antes de llegar, de la fractura que la propia iglesia catalana había padecido. Unos obispos tuvieron que hacer malabares para promover una idea de unidad y universalidad entre los católicos, otros se movieron con calculada ambigüedad. Y hubo algún obispo que abiertamente apoyo el referéndum del procés y fue a votar. Este obispo más preocupado por la política que por la Iglesia, colgó los hábitos a la primera de cambio y se casó. Muchos curas avivaron el fuego independentista, las esteladas colgaron de muchos campanarios y los lazos amarillos se repartieron entre los feligreses, como si se tratase de la comunión dominical.

Por eso el Papa diridigéndose a la Mare de Déu de Montserrat: “Pidamos a María, Reina de la paz, que nos enseñe a renunciar a las palabras hirientes, al juicio inmediato, a la murmuración y a las calumnias. Y que aprendamos a custodiar y a cultivar el amor en la familia, entre amigos, en el lugar de trabajo, en las redes sociales, en los debates políticos y en las comunidades cristianas, de modo que el odio ceda paso a la esperanza y la paz”.

Durante las semanas previas al viaje papal, los independentistas se encargaron de atizar el fuego a cuenta de la lengua que el Papa usaría. Y una malencarada diputada de Junts agarró al Papa la mano y no se la soltó hasta echarle una filípica sobre el amor a la lengua catalana. ¿Qué hubieran dicho las feministas si hubiera sido el Papa el que hubiera agarrado por la fuerza la mano a la diputada para recordarle el amor a los no nacidos, por ejemplo? A la diputada en cuestión le parece que hablar en Cataluña en catalán es un acto de amor. Pero hablar el castellano en Madrid es un acto de sumisión. Recordemos que incluso varios miembros de los coros que intervinieron en la misa de la Sagrada Familia habían previsto reventar la bendición de la torre con sus esteladas al viento y su canto de Els segadors. La policía descubrió el complot y apartó a otra zona a los coristas saboteadores. Y no olvidemos que Puigdemont, huido de la justicia, socio de Sánchez y exiliado de oro en Bélgica, pidió abiertamente a sus seguidores que "llevasen banderas independentistas y que silbaran al Papa". Una vez más, causa estupor que algunos partidos consideren enemigos e intolerantes  a todos los que no están de acuerdo con sus ideas, elevadas a dogmas e idolatrías.

El Papa habló de fe, de encuentro, de unidad, de formar una única familia, ya nada más entrar en la catedral de Barcelona: “Con este espíritu también nosotros, en un mundo desgarrado por guerras y divisiones, en una sociedad cada vez más fragmentada e individualista, queremos ser “mártires”, es decir, testigos y profetas de unidad, de acogida, de concordia y de paz, incluso a costa de sacrificios y renuncias”. Y lo hizo con claridad y verdad en catalán y en castellano, para que pudiera ser entendido por todos.

No es de extrañar que en Cataluña la confianza en la Iglesia haya caído tanto. No es de extrañar que el número de seminaristas haya disminuido a cota casi ‘cero’ o que Cataluña sea la región que menos marca la cruz de apoyo a la Iglesia Católica en la declaración de hacienda. Para alguien que desea vivir su fe de forma sencilla, sin politiqueos y banderas, ¿cómo compaginar el mensaje universal del amor de Cristo con un exclusivo apego a los amigos ideológicos y una consideración de enemigos todos los demás?

Probablemente la Iglesia en Cataluña es sostenida en un buen porcentaje por los numerosos emigrantes latinos que hay en la región. Y así lo pudimos ver en el encuentro del estadio olímpico. Aunque cabe recordar que las políticas de la Generalitat durante décadas  favorecieron la emigración de países musulmanes, con lenguas muy diversas, a los emigrantes latinos que hablaban español y que, por lógica, no se iban a esforzar mucho en aprender catalán.    

Los sinceros creyentes de Cataluña han tenido que hacer frente a esta guerra sucia de conmigo o contra mí, y han tenido que esforzarse más que en ningún otro lugar por permanecer fieles a la Iglesia y por dar testimonio de una caridad universal, de una fraternidad que debe abarcar a todos. Por ser testigos de un Dios que es incompatible con todas las idolatrías, también la del partido, la lengua, la bandera.

Desde la iglesia y también desde el balcón del propio monasterio, el Papa afirmó: “Gracias por estar aquí. Gracias por esta hermosa manifestación de fe. Todos unidos en una sola familia, con esa acogida de nuestra Madre María, la Virgen de Montserrat”.

E igualmente: “Gracias a cada uno y a todos vosotros que estáis aquí esta mañana para recordar a todos —en Cataluña, en España, en el mundo— que la fe da vida, y la fe da esperanza”.








jueves, 11 de junio de 2026

León XIV: larga y engañosa ovación en el Congreso



    Mi impresión es que el largo aplauso al Papa en el Congreso fue bastante engañoso. Tuve la sensación de que los representantes de los diversos partidos tenían instrucciones concretas de no ser los primeros en dejar de aplaudir. Aplaudir poco significaba que el Papa les había llamado la atención con un buen tirón de orejas. Aplaudir mucho todo lo contrario: el Papa les había dado la razón y el discurso pontificio se adaptaba perfectamente al ideario de su partido. Nadie quería dejar de aplaudir. Creo que el Papa entendió esta estrategia y decidió abandonar el hemiciclo, con sonrisa condescendiente, cuando la ovación había superado el minuto siete.

                Nada más acabar el discurso, hemos comprobado que los portavoces de los distintos partidos se mostraron encantados porque el Papa les había dado razón en todo y se la había quitado al adversario. Las políticas de su partido estaban perfectamente en consonancia con el mensaje de León XIV.

                El Papa, admitámoslo, tenía ante sí un auditorio difícil. Se dirigía a un parlamento donde el estilo bronco y canalla se ha convertido en norma. El griterío, la chulería, la sinrazón y el insulto han tomado carta de naturaleza, demostrando una incapacidad para construir la política del encuentro y del bien común.

            Ciertamente el discurso, bien trabado, ha abordado todas las cuestiones importantes que atañen a la dignidad humana y a la responsabilidad que los legisladores tienen a la hora de hacer leyes, porque siempre está en juego la persona y el bien común. El Papa se ha dirigido a las Cortes como obispo de Roma y Pastor de la Iglesia Católica. Así resumiría las ideas más importantes de su discurso.

             La dignidad humana es la piedra angular sobre la que debe asentarse todo el edificio de los poderes del estado, porque la dignidad humana precede al poder y "no puede quedar subordinada a consensos sociales mudables o al vaivén de las mayorías de cada momento". “Y la dignidad no puede quedar al vaivén de las mayorías”.

    La defensa de la vida debe corresponderse con la dignidad humana. “Toda vida debe ser reconocida y custodiada desde el momento de su concepción hasta su natural ocaso. La defensa de la vida no es un cuestión confesional sino la meta de toda civilización.”

    En el momento actual, la cuestión migratoria es muy importante y está teniendo una cabida excepcional en todo el viaje. El Papa ha dicho que hay que "ofrecer vías seguras y legales, una acogida respetuosa y posibilidades reales de integración”. En este capítulo de las migraciones el Papa se refirió a un derecho al que normalmente no se alude nunca: “el derecho a permanecer en la propia tierra”. Los que estamos ligados a la cooperación internacional sabemos que ese derecho es el que deben promover los estados y las organizaciones internacionales y las asociaciones humanitarias: facilitar que cada ser humano permanezca en su tierra, con los suyos, en medio de su lengua y su historia.

                Advirtió también de la tentación de caer en la polarización, algo muy útil, porque precisamente uno de los problemas que más preocupa a la sociedad española es precisamente este. El Papa advirtió: "La pluralidad política no debería degenerar en descalificación permanente del adversario”.

                No podía faltar una alusión a la paz y al respeto del derecho internacional en un momento en que diversos puntos del planeta se ven afectados por la guerra y a un continuo incremento del gato en armas de los diversos países: "Preocupa que, en diversos lugares del mundo, y también en Europa, vuelva a presentarse el rearme como respuesta casi inevitable".

    La familia como “fundamento natural de la comunidad”, y también uno de los pilares del cristianismo no ha faltado en el discurso papal, que reivindica el papel fundamental de la “familia que será siempre  la primera escuela de humanidad y fundamento natural de toda comunidad”.

Muy unido a este tema de la familia, está la defensa del derecho de los padres a decidir sobre la educación de los hijos. A la familia,  y no al Estado, le corresponde “elegir el tipo de educación y de formación que reciben sus hijos”. Y el estado simplemente debe velar para que así sea.

Afirmó también la importancia capital del  derecho a la libertad de conciencia y de religión. Todo hombre y toda mujer deben poder practicar, sin trabas, la fe en la que cree. Y dentro de este apartado defendió, en un momento en que algunos estados han cuestionado este derecho “el sigilo sacramental de la confesión” como algo irrenunciable para la Iglesia Católica”.

Hizo asimismo un llamamiento al entendimiento, al diálogo, a la cultura del encuentro y a la importancia de respetar el valor de la palabra: “Las palabras pueden abrir caminos o cerrarlos” y “porque la discrepancia no puede terminar en humillación.

En esta época en la que las nuevas tecnologías libran una batalla singular contra el humanismo clásico,  el Papa advirtió que “la tecnología en sí misma no es neutral porque toma el rostro de quien la concibe, la financia, la regula y la utiliza".

                El discurso papal iba dirigido, en primer lugar a los parlamentarios españoles, pero, en cierta forma, también al mundo entero, especialmente a Europa. El mensaje de León XIV ha sido un canto a la dignidad humana que debe poner límites éticos a los poderes de los legisladores, pero también a los poderes tecnológicos, cada vez más presentes en nuestra vida.

                Tal vez este importante discurso podría ser un resumen del pensamiento de León XIV y de la Santa Sede para facilitar la colaboración de todos por el bien común. Las Cortes reunidas en sesión extraordinaria siguieron con verdadero respeto y silencio el discurso del Papa. Mi opinión sobre la larga ovación ya la he dejado clara. Cada uno de los presentes en las Cortes ha creído que el Papa había confirmado sus tesis y que nada tenía que aprender de los muchos recados, avisos, advertencias y consejos que el Papa proclamó con absoluta claridad en la sede donde está representada la voluntad popular. Ya que los representantes del pueblo no han entendido mucho de lo dicho por el Pontífice, es deseable que todos los demás hagamos examen de conciencia y nos preguntemos sobre la defensa de la dignidad de cada persona y sobre el valor sagrado de cada vida humana.







            

A destacar

84, Charing Cross Road, de Helene Hanff

                          En una de las cartas del libro, Helene aclara al librero Doel que evidentemente sólo compra libros de segunda mano...

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