En una ocasión, en los lavabos de la Facultad de Filosofía y Letras de Valladolid, encontré un grafitti a rotulador rojo en los azulejos: "Sólo me interesan los pensamientos de Dios". La leyenda, en medio de otros grafittis de palabras gruesas y salaces, más algún teléfono que se ofrecía a la coyunda y al lubricio, llamaba poderosamente la atención.
El problema de Dios, como se decía antes, ¿ha dejado de interesar a las últimas generaciones? Podríamos decir que el problema se ha disuelto como un terrón de azúcar en una taza de café. ¿Dios ya sólo es la indiferencia? ¿Dios ya sólo es la ignorancia? ¿O sigue Dios siendo un escándalo no apto para un público infantilizado?
En otra ocasión, en el libro de Álvaro Pombo sobre San Francisco, que había tomado prestado de la Biblioteca Municipal, me encontré cada pocas páginas con una frase escrita a mano y en rojo por un lector anterior, con letra redonda de la antigua escuela: "Los santos son la demostración de que Dios existe".
Si exceptúo las páginas de la Historia Sagrada, el primer libro del que guardo memoria es una vida de Santa Juana de Arco, en un tomo que el maestro del pueblo había prestado a mi padre. Después, y a lo largo de toda una vida de lecturas, las biografías de los santos, hagiografías se decía antaño, han ocupado muchas tardes y noches de placentera y aleccionadora lectura.
Las vidas de los santos no son en absoluto planas o aburridas, sino ardientes y fascinantes. Todas darían -y han dado de hecho- para biografías, novelas y películas. Los santos se han adelantado en muchos años a los hombres y mujeres de su generación. Han abierto hospitales y escuelas cuando nadie lo hacía. Han hecho limpieza en la Iglesia cuando el Papa y los obispos se dedicaban a ensuciarla. Han sentido compasión y han ofrecido refugio a prostitutas y rebeldes. Han dialogado con herejes y descreídos. Han puesto dulzura en las conquistas y sus excesos. Se han metido en todos los charcos de la droga, la cárcel, la explotación laboral. Han custodiado el saber y la cultura y han promovido la dignidad. No se han arrodillado ante el poder, pero sí ante el pecador. Han sido, en fin, hombres y mujeres que han desbrozado el monte y el matorral y han abierto sendas transitables por donde luego han caminado otros muchos hombres y mujeres
Pienso, por ejemplo, en Teresa de Jesús. ¿Ha habido acaso una mujer más interesante en la historia de España? Los grandes personajes que han ocupado páginas y páginas en los tratados de historia, reyes, generales, conquistadores, caudillos, líderes, ... han dejado, a veces, a sus espaldas, un largo reguero de sangre y dolor. Pero los santos, de hace cientos de años o de ayer mismo, siguen dando dulces e imperecederos frutos. Siglos después de su paso por la Tierra, las palabras y los actos de los santos siguen transformando y transfigurando las existencias de muchas personas que viven aquí y ahora.
Las tumbas de Carlomagno o Tutankamón son visitadas año tras año para admirar el valor artístico de los monumentos en los que fueron sepultados. Pero sus vidas ya no dicen nada a las nuestras. Sus vidas nada tienen que ver con nosotros. Y sin embargo a las ciudades que fueron cuna o tumba de muchos santos, Ávila, Asís, Pavía, Santiago, Roma, Loyola, Segovia, Auschwitz, Granada, Como o la Trapa de Dueñas siguen acercándose todos los años miles y miles de personas, para dejarse preguntar, para encontrar respuestas, para sentirse bendecidos. Nuestras vidas, lo creamos o no, tienen que ver con sus vidas. Teresa de Jesús, Francisco de Asís, Agustín de Hipona, el Apóstol Santiago, San Pedro, San Juan de la Cruz, Santa Edith Stein, San Juan de Dios, San Luis Guanella o San Rafael Arnáiz, se dirigen a nosotros y nos hablan....
El Canto de las criaturas de Francisco de Asís, la Oración del Abandono de Charles Foucauld, Nada te turbe, de Teresa de Jesús, o el Cántico Espiritual de Juan de la Cruz, siguen conmoviéndonos por su belleza y moviéndonos a la oración y a la bondad. Quien se acerca a las Confesiones de San Agustín, se reconoce en ellas, porque hablan de un corazón que ha conocido el pecado, la conversión y la gracia. Y ese corazón es también el nuestro.
Ha habido muchas vidas de santos en mi vida de lector. Cada una me ha tocado de una forma. El heroísmo de Juana de Arco, la leyenda áurea de San Sebastián, la potencia del legado de un Francisco de Asís, de un Ignacio de Loyola o de un San Juan de Dios, la valentía de Teresa de Jesús en un mundo de hombres, la poesía inigualable de un San Juan de la Cruz, la caridad a pie de calle de Fray Leopoldo de Alpandeire, la búsqueda radical de la verdad de Edith Stein, el amor a las personas con discapacidad de Luis Guanella, la dignidad otorgada a los últimos de Madre Teresa de Calcuta...
Hay otros hombres que están en la sala de espera de la 'santidad', con procesos abiertos de beatificación o canonización. Pero ya están, desde hace mucho o desde hace poco, marcados en rojo en mi calendario personal. A uno de ellos lo conocí personalmente, aunque por pocas semanas, en el Colegio de Aguilar de Campoo: el hermano Juan. En realidad se llamaba Juan Vaccari Magnani (1913-1971).Yo tenía 12 años cuando lo conocí. Edad suficiente para darte cuenta que te has cruzado con un hombre bueno y cabal, con un santo. Creo haber leído casi todo sobre él. Y de él he escrito bastante, porque su vida, cinco décadas después de su muerte, me sigue fascinando. Otros 'antos en capilla', también están inscritos en mi "liber amicorum". Pienso, por ejemplo, en Pedro Arrupe, un jesuita enamorado de Dios que supo 'centrar' a la Compañía de Jesús en los años borrascosos después del Concilio. Pienso en Javier Sartorius, al que acabo de conocer, un hombre que llegó a Dios, después de conocer y emborracharse con 'el menú del mundo'.
Y hay otros que ni están ni se les espera (¿o quién sabe?) en el martirologio romano. Pero que también están en rojo en mi calendario personal. Pienso en Simone Weil, cuyo pensamiento afilado te desnuda y cuya radicalidad existencial te descoloca y desafía. Pienso en Etty Hillesun, capaz de ver luz en el barracón del campo de concentración y de pedirnos que ayudásemos a Dios en su radical impotencia. O en Dietrich Bonhoeffer, por su oposición al totalitarismo y su acerada teoría de la estupidez humana frente al poder.
¿Es posible que hayan existido hombres y mujeres de esta estatura? Ellos, canonizados o no, han iluminado, con su ejemplo y su palabra, las infinitas noches oscuras de la humanidad, y siguen provocando asombro y deseos de emulación. Fray Luis de León removió Roma con Santiago para que los escritos de Teresa vieran la luz y sirviesen de luz a sus lectores. Las reliquias de un dedo o de un trozo de hábito, tan valorados en algunas épocas, no podían competir con las verdaderas palabras o los verdaderos hechos de unos hombres y mujeres que se atrevieron a ser libres y a poner carne, hueso, fatigas y alegrías para ilustrar las palabras del evangelio y dar brillo a la imagen, tantas veces manchada de Jesucristo. Pedro Arrupe decía: "Quiero dejar este mundo un poco mejor de lo que lo encontré al nacer"
El Vaticano, para proclamar beato o santo, exige milagros. Las curaciones inexplicables suelen ser las pruebas incontestable, el marchamo, el sello y la firma de la santidad. Pero los milagros verdaderos, y no cuantificables, ocurrieron mientras tales hombres y tales mujeres vivían entre los suyos o, cuando una vez muerto, devotos o descreídos se acercaron a sus vidas y escritos y esta cercanía acabó en transformación de su persona. Los verdaderos milagros son los que transforman el corazón, la forma de pensar y la dirección de la mirada. Los verdaderos milagros ocurren cuando alguien imita la bondad, la paciencia, la capacidad de perdón o la alegría. Ningún test médico o científicio puede certificar estos milagros. Pero el milagro verdaderamente ha existido: el milagro que saca lo mejor de uno mismo. El milagro de devolver bien por mal, de perdonar para perdonarnos, de entregarnos sin pedir recompensa.
El pueblo y las gentes sencillas constatan, en su día a día, estos milagros y por ello pueden exclamar, sin temor a equivocarse, con absoluta infabilidad: verdaderamente es un santo.