viernes, 6 de marzo de 2026

Los santos en rojo de mi calendario

     


        En una ocasión, en los lavabos de la Facultad de Filosofía y Letras de Valladolid, encontré un grafitti a rotulador rojo en los azulejos: "Sólo me interesan los pensamientos de Dios". La leyenda, en medio de otros grafittis de palabras gruesas y salaces, más algún teléfono que se ofrecía a la coyunda y al lubricio, llamaba poderosamente la atención. 

    El problema de Dios, como se decía antes, ¿ha dejado de interesar a las últimas generaciones? Podríamos decir que el problema se ha disuelto como un terrón de azúcar en una taza de café. ¿Dios ya sólo es la indiferencia? ¿Dios ya sólo es la ignorancia? ¿O sigue Dios siendo un escándalo no apto para un público infantilizado?

     En otra ocasión, en el libro de Álvaro Pombo sobre San Francisco, que había tomado prestado de la Biblioteca Municipal, me encontré cada pocas páginas con una frase escrita a mano y en rojo por un lector anterior, con letra redonda de la antigua escuela: "Los santos son la demostración de que Dios existe".

      Si exceptúo las páginas de la Historia Sagrada, el primer libro del que guardo memoria es una vida de Santa Juana de Arco, en un tomo que el maestro del pueblo había prestado a mi padre. Después, y a lo largo de toda una vida de lecturas, las biografías de los santos, hagiografías se decía antaño, han ocupado muchas tardes y noches de placentera y aleccionadora lectura.

    Las vidas de los santos no son en absoluto planas o aburridas, sino ardientes y fascinantes. Todas darían -y han dado de hecho- para biografías, novelas y películas. Los santos se han adelantado en muchos años a los hombres y mujeres de su generación. Han abierto hospitales y escuelas cuando nadie lo hacía. Han hecho limpieza en la Iglesia cuando el Papa y los obispos se dedicaban a ensuciarla. Han sentido compasión y han ofrecido refugio a prostitutas y rebeldes. Han dialogado con herejes y descreídos. Han puesto dulzura en las conquistas y sus excesos. Se han metido en todos los charcos de la droga, la cárcel, la explotación laboral. Han custodiado el saber y la cultura y han promovido la dignidad. No se han arrodillado ante el poder, pero sí ante el pecador. Han sido, en fin, hombres y mujeres que han desbrozado el monte y el matorral y han abierto sendas transitables por donde luego han caminado otros muchos hombres y mujeres 

    Pienso, por ejemplo, en Teresa de Jesús. ¿Ha habido acaso una mujer más interesante en la historia de España? Los grandes personajes que han ocupado páginas y páginas en los tratados de historia, reyes, generales, conquistadores, caudillos, líderes, ... han dejado, a veces, a sus espaldas, un largo reguero de sangre y dolor. Pero los santos, de hace cientos de años o de ayer mismo, siguen dando dulces e imperecederos frutos. Siglos después de su paso por la Tierra, las palabras y los actos de los santos siguen transformando y transfigurando las existencias de muchas personas que viven aquí y ahora.

    Las tumbas de Carlomagno o Tutankamón son visitadas año tras año para admirar el valor artístico de los monumentos en los que fueron sepultados. Pero sus vidas ya no dicen nada a las nuestras. Sus vidas nada tienen que ver con nosotros. Y sin embargo a las ciudades que fueron cuna o tumba de muchos santos, Ávila, Asís, Pavía, Santiago, Roma, Loyola, Segovia, Auschwitz, Granada, Como o la Trapa de Dueñas siguen acercándose todos los años miles y miles de personas, para dejarse preguntar, para encontrar respuestas, para sentirse bendecidos. Nuestras vidas, lo creamos o no, tienen que ver con sus vidas. Teresa de Jesús, Francisco de Asís, Agustín de Hipona, el Apóstol Santiago, San Pedro, San Juan de la Cruz, Santa Edith Stein, San Juan de Dios, San Luis Guanella o San Rafael Arnáiz, se dirigen a nosotros y nos hablan....

    El Canto de las criaturas de Francisco de Asís, la Oración del Abandono de Charles Foucauld, Nada te turbe, de Teresa de Jesús, o el Cántico Espiritual de Juan de la Cruz, siguen conmoviéndonos por su belleza y moviéndonos a la oración y a la bondad. Quien se acerca a las Confesiones de San Agustín, se reconoce en ellas, porque hablan de un corazón que ha conocido el pecado, la conversión y la gracia. Y ese corazón es también el nuestro.

    Ha habido muchas vidas de santos en mi vida de lector. Cada una me ha tocado de una forma. El heroísmo de Juana de Arco, la leyenda áurea de San Sebastián, la potencia del legado de un Francisco de Asís, de un Ignacio de Loyola o de un San Juan de Dios, la valentía de Teresa de Jesús en un mundo de hombres, la poesía inigualable de un San Juan de la Cruz, la caridad a pie de calle de Fray Leopoldo de Alpandeire, la búsqueda radical de la verdad de Edith Stein, el amor a las personas con discapacidad de Luis Guanella, la dignidad otorgada a los últimos de Madre Teresa de Calcuta...

  Hay otros hombres que están en la sala de espera de la 'santidad', con procesos abiertos de beatificación o canonización. Pero ya están, desde hace mucho o desde hace poco, marcados en rojo en mi calendario personal. A uno de ellos lo conocí personalmente, aunque por pocas semanas, en el Colegio de Aguilar de Campoo: el hermano Juan. En realidad se llamaba Juan Vaccari Magnani (1913-1971).Yo tenía 12 años cuando lo conocí. Edad suficiente para darte cuenta que te has cruzado con un hombre bueno y cabal, con un santo. Creo haber leído casi todo sobre él. Y de él he escrito bastante, porque su vida, cinco décadas después de su muerte, me sigue fascinando. Otros 'antos en capilla', también están inscritos en mi "liber amicorum". Pienso, por ejemplo, en Pedro Arrupe, un jesuita enamorado de Dios que supo 'centrar' a la Compañía de Jesús en los años borrascosos después del Concilio. Pienso en Javier Sartorius, al que acabo de conocer, un hombre que llegó a Dios, después de conocer y emborracharse con 'el menú del mundo'. 

    Y hay otros que ni están ni se les espera (¿o quién sabe?) en el martirologio romano. Pero que también están en rojo en mi calendario personal. Pienso en Simone Weil, cuyo pensamiento afilado te desnuda y cuya radicalidad existencial te descoloca y desafía. Pienso en Etty Hillesun, capaz de ver luz en el barracón del campo de concentración y de pedirnos que ayudásemos a Dios en su radical impotencia. O en Dietrich Bonhoeffer, por su oposición al totalitarismo y su acerada teoría de la estupidez humana frente al poder. 

    ¿Es posible que hayan existido hombres y mujeres de esta estatura? Ellos, canonizados o no, han iluminado, con su ejemplo y su palabra, las infinitas noches oscuras de la humanidad, y siguen provocando asombro y deseos de emulación. Fray Luis de León removió Roma con Santiago para que los escritos de Teresa vieran la luz y sirviesen de luz a sus lectores. Las reliquias de un dedo o de un trozo de hábito, tan valorados en algunas épocas, no podían competir con las verdaderas palabras o los verdaderos hechos de unos hombres y mujeres que se atrevieron a ser libres y a poner carne, hueso, fatigas y alegrías para ilustrar las palabras del evangelio y dar brillo a la imagen, tantas veces manchada de Jesucristo. Pedro Arrupe decía: "Quiero dejar este mundo un poco mejor de lo que lo encontré al nacer"

       El Vaticano, para proclamar beato o santo, exige milagros. Las curaciones inexplicables suelen ser las pruebas incontestable, el marchamo, el sello y la firma de la santidad. Pero los milagros verdaderos, y no cuantificables, ocurrieron mientras tales hombres y tales mujeres vivían entre los suyos o, cuando una vez muerto, devotos o descreídos se acercaron a sus vidas y escritos y esta cercanía acabó en transformación de su persona. Los verdaderos milagros son los que transforman el corazón, la forma de pensar y la dirección de la mirada. Los verdaderos milagros ocurren cuando alguien imita la bondad, la paciencia, la capacidad de perdón o la alegría. Ningún test médico o científicio puede certificar estos milagros. Pero el milagro verdaderamente ha existido: el milagro que saca lo mejor de uno mismo. El milagro de devolver bien por mal, de perdonar para perdonarnos, de entregarnos sin pedir recompensa. 

    El pueblo y las gentes sencillas constatan, en su día a día, estos milagros y por ello pueden exclamar, sin temor a equivocarse, con absoluta infabilidad: verdaderamente es un santo.  

Teresa de Jesús

Sebastián

Juana de Arco

Teresa de Calcuta

Charles Foucauld

Francisco de Asís

Agustín de Hipona

Ignacio de Loyola

Pedro

Santiago

Juan de la Cruz

Edith Stein

Hermano Rafael

Luis Guanella

Juan de Dios

Javier Sartorius

Fray Leopoldo

Pedro Arrupe

Etty Hillesun

Dietrich Bonhoeffer

Simone Weil

Hermano Juan












No a la guerra (¿Y sí a las fragatas?)

     

    Es muy bonito decir y cantar, proclamar y llevar escrito en la chapa "No a la guerra". Es muy bonito, queda muy bien. A muchos les hace sentir pacifistas e identificados con los grandes ideales. Incluso puede dar muchos votos a determinados partidos y ganar muchos adeptos para las manifestaciones. 

    Es fácil y bonito decir "No a la guerra". Y acto seguido enviar la fragata Cristóbal Colón al área en conflicto. La fragata Cristóbal Colón no es un barco velero de una competición deportiva de Mallorca. Es una fragata de guerra, equipada con el más sofisticado armamento (¿mortífero también?). No hemos visto los rostros de los soldados embarcados en la fragata. ¿Tienen familias, tienen miedo, saben a qué van? Lo que sí es seguro es que en la fragata no van quienes han ordenado el envío.

        Es fácil y bonito decir "No a la guerra", y afirmar que no se va a cooperar de ninguna manera con ella, cuando previamente se ha pactado con Estados Unidos el envío de la fragata en cuestión y de todo el material que sea necesario. ¿Se puede estar en la Otan a ratos, cuando apetece, por ejemplo tan solo para mostrar a los mandatarios de la Otan las Meninas del Prado o llevarles de tapas por Madrid?

    Es fácil y bonito decir que no se ha autorizado a las bases de Rota y Morón para que desde ellas despeguen los aviones que bombardearán Irán. Pero al mismo tiempo cualquiera puede constatar que los aviones salen y entran de continuo en las bases. ¿Van únicamente a hacer piruetas deportivas por los cielos? ¿Cómo podemos saberlo?

     Es fácil y bonito decir que el Gobierno no va a aumentar el presupuesto en armamento, cuando con anterioridad ya se ha estampado la firma, al igual que todos los mandatarios occidentales, de una subida de hasta el 5% del presupuesto nacional para las cuestiones de Defensa.

    Es fácil y bonito despotricar de Trump que la ha tomado con España (¿ o con el presidente del Gobierno? Ya sabemos que lo propio de un cretino (Y Trump lo es) es decir cretinadas y lanzar amenazas a diestro y siniestro. Pero tal vez el problema no es que se caiga mal a Trump, tal vez se empieza a caer mal a otros muchos países, porque en los años en que todos consideraban a Venezuela como una dictadura, el Gobierno de España la defendía y danzaba a su son. Y cuando Irán se aliaba con grupos terroristas y financiaba partidos políticos (¿os suena de algo?) que tendían a la desestabilización de países democrátivos, y cuando, igualmente, Irán masacraba -y aún masacra- a los iraníes, especialmente a sus propias ciudadanas, aquí, desde las alturas de la Moncloa, se miraba a otro lado. 

    Repicar y oír misa no se puede al mismo tiempo. Tampoco nadar y guardar la ropa, como todo el mundo sabe. Salvo, salvo que los ciudadanos prefieran que les mientan en su propia cara. Y además, aplaudir y sentirse muy felices por ello.

    Sólo los pacíficos (¿hay políticos pacíficos o sólo 'pacifistas' de boquilla delante de un micro?) dirán de corazón no a la guerra. Los pacíficos serán constructores de paz allá donde vayan y allá donde estén. Los pacíficos, por su carácter y su entraña personal, crearán la paz en su interior, en su casa, en su trabajo, en su responsabilidad en instituciones políticas o asociaciones civiles. Pero también -y lo sabemos- hay pacifistas de ocasión y de oportunismo. Pacifistas de redes sociales y manifestación. Pacifistas ideológicos y pacifistas muy obedientes a los dictados de sus amos, que no siempre son pacíficos, sino muy beligerantes, aunque con sudadera y capucha de cordero.  

    


 



 

    

Gisèle Pelicot: para que la vergüenza cambie de bando

    


    Gisèle Pelicot pasó por España para presentar su libro de memorias en español: Un himno a la vida. El caso Pelicot ocupó miles de páginas en el país vecino. Durante varios años su marido la drogó para que él y otros hombres la violasen, mientras ella estaba inconsciente. Todas las violaciones fueron grabadas para alimentar el morbo. 

    Aparentemente era un matrimonio normal, sin sobresaltos y sin grandes desaveniencias. Una mañana la policía llamó a la puerta de Gisèle, para comunicarle que su marido había sido conducido a comisaría porque en el supermercado había sido descubierto mientras grababa a unas clientas por debajo de la falda. Gisèle no daba crédito y trató de defender a su marido, porque en él jamás había descubierto una mirada inapropiada, un gesto que pudiera delatar su comportamiento. Pero los policías habían llegado con la intención de acceder al ordenador de su marido, y entraron en casa. Fue en ese momento, cuando la propia Gisèle descubrió su pasado de abusos y violaciones. Las pruebas eran devastadoras. A lo largo de los últimos 10 años, unos 70 hombres habían pasado por el domicilio familiar para violar a Gisèle, invitados por su propio marido, mientras él disfrutaba de esas vejaciones y grababa las escenas. 

    La sociedad francesa entró en shock. Y todas las alarmas sociales saltaron. Gisèle se hundió en la más profunda depresión y en la más desoladora vergüenza. Una bajada en toda regla a los infiernos. Su nombre y el de su familia estaban en boca de todos. El morbo, el chismorreo, las dudas sobre el consentimiento o no y la banalidad ocupaban el mismo espacio que la denuncia, el rigor periodístico, los análisis sesudos y los juicios morales. Un tiempo después, comenzó el juicio contra el marido y los 50 hombres. Y ahí, justo en ese momento, después de pensárselo mucho y darle mil vueltas, Gisèle comenzó su rehabilitación como persona y su dignidad como mujer cuando, sorpendiendo a todos, renunció al anonimato en el jucio, al que le amparaba la ley, y decidió: "Quiero que este proceso sea público para que la vergüenza cambie de bando". 

    Su decisión asombró a todos. Gisèle y su familia tuvieron que hacer un esfuerzo titánico para aguantar la presión de los medios de comunicación y de los ciudadanos comunes siempre ávidos de escándalos, de fotos y de declaraciones. Pero, sí, efectivamente, la vergüenza cambió de bando. Y Gisèle, la víctima, tuvo que ser reconocida. La culpa y la vergüenza no podían posarse sobre la mujer drogada, abusada, vejada y violada, sino sobre los abusadores y los violadores, sobre quien la había drogado y sometido a vejaciones continuadas.

    Más allá del escándalo, más allá del jucio, más allá de la valentía de una mujer, que anima a la valentía de tantas mujeres, quedan las preguntas a las que este caso y otros muchos debería obligarnos a hacernos. ¿Por qué sucedió lo que sucedió? ¿En qué nido de víboras puede convertirse la pareja y la familia? ¿De qué barro estamos constituidos? ¿Son compatibles el placer de uno y el sufrimiento del otro? ¿En el menú sexual, todas las prácticas son admisibles? ¿Existen las aberraciones, palabra antigua y denostada, relacionadas con la enfermedad mental? ¿Es posible que hombres 'normales', de conducta intachable, hagan lo que hagan? ¿Qué demonios interiores nos habitan y pueden despertar en cualquier momento? ¿Qué educación reciben los varones y qué mensajes les llegan en esta sociedad de pansexualimo descontrolado?

    Justo cuando el caso Pelicot estaba en la mente de todos, era el tema de todas las conversaciones en Francia, abría los telediarios y las portadas de los periódicos, unos periodistas simularon y publicaron en una página de contactos una anuncio sexual: la posibilidad de violar a una mujer drogada en su propio domicilio. Es decir, una oferta muy similar a la que en su día había anunciado el marido de Gisèle Pelicot. En pocas horas, decenas de hombres (de diferentes edades y diferentes estatus sociales) se apuntaron como candidatos para el abuso, la violación, la vejación, la explotación sexual, más la correspondiente grabación de la escena. 

    Nada que añadir a lo dicho. O sí: ¡Que Dios nos libre del monstruo que podríamos llevar dentro y del que ni siquiera sospechamos! Gisèle Pelicot recordaba últimamente que "durante mucho tiempo fui una ruina, pero ahora he tomado las riendas de mi vida, y ya no quiero cargar con esa condición de víctima, porque es una carga muy pesada", y que ahora tenía una misión: "ser despertadora de conciencias". Y además: "me siento feliz porque he podido confiar en un hombre, después de todo lo que me pasó con los hombres". Esta valentía y esta esperanza ante el futuro, tal vez sean lo que realmente cuenta en la existencia humana. Tal vez por ello, el libro de Gisèle Pelicot se titula, con toda razón: Un himno a la vida.












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