Leer, leer, leer la vida / que otros soñaron. / Leer, leer, leer, el alma olvida / las cosas que pasaron. / Se quedan las que quedan, las ficciones, / las flores de la pluma, / las solas, las humanas creaciones, / el poso de la espuma. / Leer, leer, leer, ¿seré lectura / mañana también yo? / ¿Seré mi creador, mi criatura, / seré lo que pasó.
Es uno de los poemas más conocidos de Miguel de Unamuno. Se lee para aprender de lo que otros soñaron o vivieron. Se lee para saber lo que aconteció en los cuerpos y en las mentes de otros. Se leer para conocer la herencia de dolor y gloria que nos dejaron los escritores. Se lee para espantar el miedo o la muerte. Se lee para entretener la tarde o combatir el insomnio.
En 2025, estas son las lecturas que dejaron un pequeño poso allá en los adentros.
El niño que se enfadó con la muerte, de Enric Benito
Cuando
su abuelo Sebastián, albañil, un hombre hecho a sí mismo, murió en medio de
dolores devastadores, Enric Benito tenía 10 años. Sus padres estaban volcados
en su hermano, Tito, con una discapacidad severa, y el abuelo era el único que
le hacía caso, así que cuando la muerte se lo arrebató, sintió una tristeza
inmensa. Y se enfadó. La muerte se llevaba a quien más quería y él se quedaba
ahí, rumiando esa manera tan dolorosa de morir.
Enric
eligió hacer medicina para vengar la muerte del abuelo, y en concreto
oncología. Muy pronto aprendió que en los hospitales los cuerpos sufrían, pero
sufrían aún mucho más las almas cuando intuían que la muerte estaba en el
horizonte.
Después de una crisis
existencial y una depresión por estrés, empezó a buscar respuestas a sus
angustiosas preguntas. Volvió a la fe de su infancia. Dejó el hospital y
decidió dedicar su vida a los enfermos terminales, para ayudar al moriturus a afrontar el “morimiento”, con la misma naturalidad con
la que el nasciturus afronta
el nacimiento.
El libro es una
hermosa lección de dignidad y de compasión para afrontar el tránsito entre la
vida y la muerte. Una lección necesaria en esta sociedad que se niega a admitir
lo que nuestros antepasados sabían perfectamente: somos mortales.
La vegetariana, de Han Kang
La
Academia Sueca concedió el Premio Nobel 2024 a la escritora surcoreana Han
Kang. No había leído nada de ella, así que decidí empezar con esta novela.
De la noche a la mañana Yeonghye decide
dejar de comer carne. Y no lo hace por dieta o por motivaciones
medioambientales. La única razón que nos da es que "tiene sueños" que
la inquietan y que sufre por su causa. Pero apenas conocemos el punto de vista
de la protagonista. En la primera parte es la voz del marido quien da su
versión de los hechos. En la segunda parte es el su cuñado, marido de su
hermana, el que nos habla de Yeonghye. En la tercera parte, es la voz de la
hermana, sin lugar a dudas la única persona que permanece a su lado en este
proceso inexorable de autodestrucción.
Estamos ante una novela inquietante y
desasosegante, pero es una novela que capta la atención y que te sumerge en el
cuerpo y el alma atormentados de la protagonista. En la segunda parte hay un
momento en que se vislumbra la redención o una posible sanación de Yeonghye,
pero es una historia que no podía acabar bien: lanzarse al fuego y creer que
este no nos devorará.
El loco de Dios en el
fin del mundo, de Javier Cercas
Javier Cercas, ateo
practicante y anticlerical convencido, recibió con estupor la llamada de la
Editorial Vaticana que le invitaba a acompañar al Papa Francisco en su viaje a Mongolia
y escribir un libro. Pensó en su madre, católica sencilla, a la que no asustaba
la muerte porque creía sin fisuras en la resurrección y en el reencuentro con
su marido al que tanto había amado.
Javier
Cercas se empapó bien sobre Francisco y sobre el Vaticano. Tuvo acceso a todas
las personalidades de la Santa Sede con las que quisiera hablar. Y un buen día
subió al mismo avión que llevaba a Francisco a ese lugar extremo de Mongolia
donde hay tan pocos católicos que todos “caben en un teatro”.
El libro es un fascinante ensayo sobre un minúsculo estado, el Vaticano, probablemente el único ‘estado’ planetario. Es estudio de la Iglesia, el único imperio que lleva dos milenios en activo y con una fuerza inexplicable, a pesar de la crisis de fe que ataca a Europa por los cuatro costados. Es crónica del viaje papal a Mongolia, sucesión de entrevistas, resumen de lecturas sobre el tema, biografía del Papa Francisco... Y todo ello salpimentado con recuerdos y memorias del propio autor. El libro tiene su parte de intriga, de crítica acerba, su mala leche, su elogio y admiración por aspectos luminosos de la Iglesia, como la vida abnegada de los misioneros o el afán de Francisco por poner en el centro de la Iglesia a Cristo y a los pobres.
La buena letra, de Rafael Chibes
Una pequeña obra maestra cabe en apenas un centenar de páginas. La muerte se llevó muy temprano a su autor, Rafael Chirbes (1949-2015), del que aún esperábamos grandes cosas. Hay autores que ya habían dicho todo cuando Caronte les condujo en su barca por la laguna Estigia. Y hay autores que se llevaron a su tumba grandes libros aún no escritos. Chirbes fue uno de ellos.
Sobre un fondo de guerra civil y de los llamados años del hambre, se inicia esta novela La buena letra. Con el sonido de los fusilamientos aún cercanos y la miseria en la mesa a todas las horas, Ana es la mujer que escribe o cuenta su vida y la de la familia a un hijo que ya considera perdido para su corazón.
La frustración de la vida. La decepción que causan las personas a las que entregamos parte de nuestra existencia. Lo poco que fructifica el sacrificio y el esfuerzo sembrados. Las vidas galantes, románticas, heroicas que suceden en la pantalla del cine y que nos hacen soñar durante un par de horas. Los deseos inconfesados a los que no sabemos poner nombre y que ponen en tumulto el corazón durante unos segundos. La culpa por pecados aún no cometidos. La sensación de la inutilidad de la vida. La tristura que se va colando por todas las rendijas de nuestro ser. La irrupción de una mujer en una familia que pone patas arriba la convivencia pacífica. La muerte y el deseo de morir presentes desde el inicio al final de la novela. El dolor de tantas ausencias, de tantas vidas con las que nos encariñamos.
Niño quemado, de Stig Dagerman
En solo seis semanas, en un estado febril, pero con la precisión de un frío cirujano, Stig Dagerman escribió Niño quemado. Apenas dedicó tres años de su existencia a la escritura. Después entraría en un desierto estéril que le impidió acercarse al folio en blanco. El 4 de noviembre de 1954, a tan solo 31 años, a las afueras de Estocolmo, entró en el garaje, cerró la puerta, arrancó el coche y en pocos minutos los gases acabaron con él.
Niño quemado no habla de un niño, ¿o sí?, sino de un joven de 20 años, Bengt, que acaba de perder a su madre, lo más querido para él. La novela arranca con el entierro de una mujer que no era amada ni por su marido ni por los asistentes al entierro. Un funeral en el que apenas se llora. Un frío glacial acompaña el momento de la despedida. Poco después Bengt se entera de que su padre llevaba una doble vida al lado de una mujer más joven. La rabia y el odio entran en él. También el cinismo y el amargor. Se cree puro frente a un padre impuro. Y lo que sucede con los que se creen puros es que juzgan sin piedad a los impuros.
Dagerman nos brinda una novela dura y cortante. Todos los personajes se sienten incomprendidos y, por lo tanto, dramáticamente solos. Tal vez, únicamente un vaso de alcohol puede encender sus mejillas y su escasa alegría.
El lector, de Bernhard Schlink
La novela El lector fue
publicada en 1995. El título original en alemán, Det Volteser,
significa el que lee en voz alta, un bonito matiz que no tiene vocablo
equivalente en español. Su autor, juez de profesión, es Bernhard
Schlink. Desde el principio la novela gozó de una gran acogida, hasta
el punto de que su lectura está en el plan alemán de estudios, para que los
jóvenes puedan conocer la Alemania de la posguerra, ese momento histórico que
conoció el hundimiento de una nación, la división de un país, el sentimiento
exacerbado de la culpa en tantos ciudadanos que habían aplaudido el auge del
nazismo o simplemente habían mirado a otro lado, aunque todo el mundo sabía,
más o menos, lo que estaba sucediendo en los campos de concentración. Pero también
la posguerra fue ese momento en que Alemania se armó de valor para levantar una
nación en ruinas, físicas y morales Y también fue el periodo en que una
juventud avergonzada por el pasado reciente de su propio país, sin explicarse
muy bien cómo había podido triunfar el nazismo y sentirse rodeados por padres,
abuelos, vecinos o profesores que habían apuntalado una sociedad enferma
moralmente.
El Lector nos mete de lleno en el misterio
de la iniquidad. El misterio del mal. El misterio del corazón humano, que es
capaz de todo, de lo mejor y de lo peor. La culpa enloquece a unos y torna
impenetrables y herméticos a otros.
Conversación en la Catedral,
de Mario Vargas Llosa
La Catedral es el nombre de un bar de Lima donde conversan
Zavalita y Ambrosio, después de un encuentro casual en la perrera municipal a
la que acude Zavalita para recuperar a su perro y donde Ambrosio, antiguo
chófer de la familia, apalea perros sospechosos de haber contraído la rabia.
Una larga conversación de horas, una conversación que es como un río donde
llegan arroyos claros, turbios, fangosos o cristalinos. Un río que atraviesa
Perú durante el ochenio del general Manuel A. Odría (1948-1956).
Vargas Llosa confesó más de una vez que esta novela es la
que salvaría si tuviera que elegir una sola. Es una novela total. Entre trago y
trago pasa la vida. Entre trago y trago transcurre la conversación de Zavalita
y Ambrosio en ese antro de La Catedral. Caen los dictadores y sus
adláteres. Pero el ansia de poder permanece, como permanecen las ganas de
corromper y dejarse corromper en el Perú de Odría, y en todos los Perús del
mundo. Al final de la novela
de Mario Vargas Llosa no nos queda claro en qué momento se jodió el Perú. Ni en
qué momento se jodió Santiago Zavalita ni en qué momento se jodió Ambrosio. La catedral sigue siendo una de las grandes novelas del siglo XX.
Los días frágiles, de
Philippe Besson
En 1891, al puerto de Marsella llega un hombre joven,
aunque acabado. La infección de su pierna avanza inexorablemente. El cáncer de
hueso le roe. En el hospital marsellés, los cirujanos deciden amputarle la
pierna. Estamos hablando de Arthur Rimbaud. Niño prodigio de las letras
francesas. Enfant terrible de la poesía, cuyos versos dejaron
sin palabras a toda la intelectualidad francesa. Bebedor incansable de absenta
en los cafés parisinos. Rubio provocador de ojos azules y mirada lánguida de
los salones literarios. Joven que se puso el mundo por montera liándose con el
afamado poeta casado, Paul Verlaine. Y con el que huyó a Bruselas, provocando
un escándalo monumental en la mojigata sociedad francesa de la época.
El hijo pródigo de la literatura francesa vuelve a
casa, ni arrepentido ni humilde, sino altivo y provocador, fiel a su genio y a
su talante. Y en su tierra natal, Las Árdenas, oscura de nieblas y aguas, no le
espera ningún padre con los brazos abiertos que le prepare una fiesta de
bienvenida, como sucede al hijo pródigo del Evangelio. Una fría y hermética
madre le abre la casa familiar, pero no le abre el corazón. El hijo que ha
sumido a la familia en una ignominiosa vergüenza, ¿se merece acaso otra cosa?
En su orgullo, madre e hijo son iguales. Pero Rimbaud es ahora un guiñapo, un
enfermo digno de compasión. Y Philippe Besson reconstruye en Los días frágiles
el último tramo de la vida del siempre sorprendente Arthur Rimbaud.
El puente sobre el Drina, de
Ivo Andric
Ivo
Andríc escribió esta novela en 1945, en lengua serbocroata y con el alfabeto
cirílico (Дрини ћуприја), apenas terminada la II Guerra Mundial, y en ella el
protagonista es el puente que cruza el río Drina a su paso
por Visegrado, en Bosnia.
Esta gran novela
abarca cuatro siglos, justamente desde que un niño cristiano de apenas 10 años,
arrancado de los brazos de su madre, fue llevado, como tantos otros, ante el
sultán otomano para formar parte, desde pequeños, del ejército de jenízaros.
Era el adzami oglam, o tributo de sangre. Era el peaje que tenían
que pagar las familias cristianas en el imperio otomano. Durante horas, tal vez
días, los niños empapados hasta los huesos esperaron hasta que un barquero los
fue pasando sobre las aguas crecidas y turbulentas del Drina. En las orillas se
juntaban todas las pobrezas y las desdichas del mundo. Esa mañana de 1516, ese
niño de 10 años vio todo esto mientras los gritos de las madres le desgarraban
el alma y un dolor agudo le golpeaba el pecho. Ese dolor se quedaría ahí por
muchos años. El niño creció y llegó a ocupar un puesto muy importante en el
imperio otomano. Sería mundialmente conocido como el Gran Visir Mehmed
Bajá. Entonces se acordó de aquel penoso viaje. Se acordó de que todos los
hombres sueñan con una “buena vía, una compañía segura y una posada
caliente” y decidió construir un puente que asombrase al mundo: el
puente sobre el Drina, para unir Bosnia con Oriente.
Mientras agonizo, de William Faulkner
William
Faulkner escribió Mientras agonizo en 1930. El título (As I lay lying), según
he leído, está sacado de un verso de Macbeth de William Shakespeare. La novela
está situada en el condado ficticio de Yoknapatawpha, inspirado en la propia
tierra natal del escritor. Una tierra dura que crea seres humanos duros,
tercos, implacables, adustos, taciturnos. Una tierra tan dura que enloquece.
Faulkner recibió el Premio Nobel en 1949.
La novela transcurre en apenas unos diez
días, si bien la escritura tiene sus retrocesos y sus avances. Se trata de una
novela coral, dividida en 59 monólogos interiores, y contada por 15 narradores
diferentes (el padre, la madre difunta, los cinco hijos, pero también el
médico, el pastor de la iglesia, los vecinos y algunos más), lo que nos permite
ver la historia desde muy diversos puntos de vista. Poco a poco,
como en un rompecabezas, todo va va encontrando su sitio. Los narradores
cuentan lo que recuerdan, temen, esperan, aman u odian. Cada narrador nos
ofrece su voz y su sensibilidad, para que el lector, con todos los materiales,
pueda comprender la vida de estos personajes atrapados en una tierra y en un
viaje en los que la pobreza es visible y la miseria moral también. A la madre
sólo le corresponde un monólogo interior, justo a la mitad del libro, pero es
un monólogo crucial, como la piedra angular de todo el edificio de la historia
contada.
Corazón
tan blanco, de Javier Marías
Javier
María nos dejó en 2022, y probablemente aún le quedaban por escribir algunos
buenos libros. Novelista, traductor, columnista, ensayista, polemista, en 2012
le fue concedido el Premio Nacional de Literatura, pero rechazó esta
distinción: “Estoy siendo coherente con lo que siempre he dicho, que
nunca recibiría un premio institucional. He rechazado toda remuneración que
procediera del erario público”. Para unos, fue hacer un feo. Para otros, un
acto ético.
Corazón
tan blanco tiene uno de los comienzos más deslumbrantes de la
novelística en castellano: “No he querido saber, pero he sabido que una
de las niñas, cuando ya no era niña y no hacía mucho que había regresado de su
viaje de bodas, entró en el cuarto de baño, se puso frente al espejo, se abrió
la blusa, se quitó el sostén y se buscó el corazón con la punta de la pistola…”
Una novela potente y
perturbadora. Marías va desgranando aquí y allá semillas que, con el pasar de
las páginas, adquieren su sentido. Una novela que se va construyendo como se
construye el pasado de una civilización, a través de las distintas capas de una
excavación arqueológica.
Obras
completas del Hno Rafael
El 26 de abril de 1938 un joven monje de
apenas 27 años murió en la Trapa de Dueñas. Muchas décadas después, su tumba en
el monasterio trapense sigue recibiendo miles de visitas y sus escritos siguen
deslumbrando y alumbrando por su profundidad, sus altos vuelos y la belleza de
sus reflexiones. La fama de santidad se fue extendiendo por doquier desde el
momento en que su cuerpo, reducido a un guiñapo por la diabetes, cerró los
ojos.
Hoy aún podemos leer sus escritos. Y lo
debemos a dos circunstancias extrañas. En los últimos años de su vida, Rafael
se carteó con su tía, la duquesa de Maqueda, su alma gemela. Ambos hicieron un
pacto: apenas leídas y contestadas, las cartas debían ser destruidas. Pero su
tía, anonadada por la correspondencia de su jovencísimo sobrino, no cumplió el
pacto y guardó las cartas como un tesoro. Al día siguiente del hermano Rafael, debían haberse destruido los escritos que tenía en el cajón de su mesa, pero su confesor, que conocía la
santidad del alma del joven monje, suplicó de rodillas al abad que no los
destruyese.
Hoy día sus escritos
son una guía segura para adentrarse, sin perderse, por el camino que lleva al
corazón de Dios. Las obras completas del hermano Rafael (santo desde 2009)
siguen iluminando a muchos creyentes en sus noches oscuras.
Septología,
de Jon Fosse
Ochocientas
páginas que hipnotizan desde el principio hasta el fin. No se trata de un
argumento trepidante. Septología hipnotiza como hipnotiza el fuego en un fría
noche o el movimiento de las olas desde una playa solitaria. Asle, el
protagonista, recuerda fragmentos de su vida de pintor, de esposo, de
alcohólico, de creyente. Y el lector contempla embelesado esta continuo oleaje
de palabras, de personajes que se desdoblan y duplican, de días de bruma, de
nieve que cae, de cercanía hacia otros seres humanos, tan desamparados como el protagonista.
Jon
Fosse, noruego, ganó el premio de literatura en 2023. Para mí fue todo un
descubrimiento. Y Septología la considero una obra mayor, difícil de resumir,
inclasificable. ¿Pero acaso se puede definir la sensación que nos produce una
tarde de lluvia, el interminable sucederse de las olas, el crepitar del fuego o
las palabras de una avemaría tras otra.
Hay que entrar en este libro de Jon Fosse, como quien se sumerge en un bosque de belleza inaudita, o quien se lanza al agua en un día de calor o quien entra en una iglesita de sobrecogedor silencio. El argumento poco importa. O tal vez sí: la aventura interior de un pobre hombre. Nada menos que un hombre.





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