En los últimos años, que yo recuerde, ningún libro español ha suscitado tanto interés y ha sido tan aclamado, comprado y leído como "La península de las casas vacías", del jienense David Uclés, un joven escritor. Una novela sobre la Guerra Civil, un tema espinoso y vidrioso en estos tiempos de frentismo e ideologización a flor de piel. Como el propio autor señala en el prólogo, "he aquí pues la historia de la descomposicición total de una familia, de la deshumanización de un pueblo, de la desintegración de un territorio y de una península de casas vacías". Y ese doble vocablo del título "casas vacías" es una imagen potente e inmisericorde de ese paisaje después de la Guerra Civil: la muerte deja las casas vacías, pero también la cárcel, el exilio, la locura dejan las casas vacías...
David Uclés ha creado un territorio mítico llamado Jándula, trasunto de su verdadero pueblo Quesada, de donde, sin excepción, procede toda su familia. El niño y joven David escuchó muchas historias orales a bisabuelos, abuelos, tíos y padres. Y en Jándula sitúa una gran parte de la historia de la familia de Doristo Arbolento. Al final de libro, con la muerte del último varón Arbolento, desaparece el apellido, otra metáfora potente del cainismo hispano.
David Uclés es sin duda un escritor curioso y su biografía, aunque breve, es también singular. Nacido en Úbeda en 1990, hijo de un guardia civil, que invitó a su hijo a seguir sus pasos o a hacerse funcionario para asegurarse una vida tranquila y cómoda. Pero las historias y los relatos habían atrapado al joven David, y él, dotado con mucho talento artístico, prefirió conocer mundo, leer libros y emborronar cuartillas. Así que en lugar de preparar el temario para unas oposiciones, tocaba el acordeón para sobrevivir y acumulaba palabras y más palabras en el ordenador.
Escribir esta novela le llevó más de una década. Recorrió España y todos los escenarios donde se desarrollaron las grandes batallas entre 1936 y 1939. Leyó todos los libros, frecuentó las bibliotecas, fotocopió los periódicos de la época, hasta reunir un material ingente. Inasequible al desaliento, se presentó a todos los premios y concursos. pero su novela no terminaba de gustar a nadie. Con cada fracaso, regresaba a las cuartillas, corregía, modificaba, suprimía, ampliaba páginas, y volvía a la carga ante una editorial o un premio. Finalmente la editorial Siruela aceptó su novela y lo demás ya es historia de un éxito literario desconocido en este país.
La familia de Doristo Arbolento podría ser ejemplo de otras muchas familias en aquellos años '30 del siglo pasado, donde cabían tantos caracteres y posiciones diferentes: el indiferente a la política y que sólo piensa en su campo, el acérrimo defensor de una idea política, el que se ve involucrado en la guerra sin comerlo ni beberlo, las mujeres que quedan en la casa, con el hambre y la desesperación a cuestas. Y en todas las familias: la muerte en el campo de batalla o en el paredón de ajusticiamiento, la cárcel, el odio, la injusticia, la entrega, el amor, el sacrificio extremo, la traición...
La novela recorre los tres años de la eterna Guerra Civil, y los escenarios que han quedado en la memoria dolorosa de tantos españoles que hoy día ya duermen el sueño de los justos o las pesadilla de los injustos, ¿cómo lo sabremos?: Paracuellos, Jarama, Ebro, Badajoz. Una guerra en la que no sólo se mataron a garrotazos los españoles, sino en la que asomaron las narices tantos extranjeros, unos para curiosear, otros por romanticismo bélico, otros para azuzar y sembrar más discordia, otros para ensayar sus armas, otros para robar recursos...
Pero esta novela no es una historia al uso. Las páginas de La península de las casas vacías están llenas de realismo mágico, costumbrismo mágico, o como se le quiera nombrar. Este realismo mágico causa -al menos a mí- un gran desconcierto al comenzar la lectura. Si alguien va buscando una novela de historia rigurosa, probablemente salga decepcionado o, por lo menos, confundido. En muchas historias narradas, uno se pregunta si eso sucedió o eso que se cuenta es realismo mágico, surrealismo, hipérbole costumbrita, etc. Creo que el principal 'error' de la La península de las casas vacías es la mezcla de una novela histórica y una novela de realismo mágino. Lo mágico en muchos capítulos se come lo histórico. La gran novela de la Guerra Civil aún no se ha escrito todavía (el terrorismo etarra encontró su gran novela en Patria, de Fernando Aramburu).
La península de las casas vacías no es una novela redonda, a mi parecer, pero reconozco la fantasía desbordante, la imaginación arrolladora, la investigación de fondo sobre escenarios, personajes, tipos de la Guerra Civil, el lenguaje rural tan hermoso de algunos capítulos, el manejo de tantas voces diferentes en un gran coro. Y esto, sólo esto, es muchísimo para un escritor de apenas 35 años. Sin duda, David Uclés tiene aún mucho que decir y que escribir. La pasada noche de Reyes, se alzó con el premio Nadal con una novela titulada "La ciudad de las luces muertas". He leído hace poco que todos los suplementos literarios hablan cada fin de semana de obras maestras que se disuelven cuando aparecen otras obras maestras el fin de semana siguiente. No sé si esto sucederá también con esta novela. En ningún momento de la lectura he compartido ese entusiasmo de tantísimos lectores, aún admitiendo una gran frescura en la escritura. ¿Como envejecerá esta novela? El tiempo lo dirá. Por de pronto, este libro nos ha descubierto a un escritor con una voz singular. ¿Es imparcial David Uclés en la forma de tratar a los dos bandos? Creo que no lo consigue, pero también pienso que no se puede exigir a un novelista la imparcialidad, cosa que se le debería exigir al historiador. Y por otro lado, hay que tener en cuenta que cada lector se acerca al libro con sus ideas y sus prejuicios. Es algo inevitable.
David Uclés ha elegido para iniciar los capítulos frases de escritores, intelectuales o políticos. Cuando uno acaba la novela, y vuelve sobre esas sentencias introductorias, comprende mejor la tragedia de la Guerra Civil Española, que destrozó España y asombró al mundo por su crueldad cainita. De botón de muestra: Pío Baroja: "Triste país en donde en la mirada de un hombre que pasa, vemos la mirada de un enemigo". Max Aub: "En España somos grandes cuando somos cien; más, nos entrematamos". Gregorio Marañón: "La multitud ha sido en todas las épocas arrastrada por gestos más que por ideas. La muchedumbre no razona jamás". Ana M. Matute: "Lo peor en este mundo es sobrevivir". Alejo Carpentier: "Vengo de España. Es decir, del infierno. Es cien veces peor de lo que cuentan los periódicos". Saint-Exupéry: "Aquí se fusila como se talan árboles".
La Guerra Civil debería ser una enseñanza perdurable para todos los que habitamos este pueblo que aún llamamos España. La manipulación de las masas fue una de las claves para que la gente, sin motivo y sin razón, odiese a su vecino, a su compañero de trabajo y a su propio hermano, con el que había convivido hasta el día antes sin mayores problemas. La llama de la concordia tarda mucho en prender. La llama del odio prende a la primera. Durante la Transición, este país hizo un esfuerzo grande para que los hunos y los hotros hablasen de perdón y magnanimidad. En los últimos años, los esfuerzos van en el sentido contrario: subrayar lo que nos separa, atizar los demonios domésticos, encender ideologías caducas y ensuciar la verdad. El sólo recuerdo de lo vivido en aquellos años treinta, debería echarnos a temblar y servir de freno a nuestra lengua y a nuestra pluma.
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