Aunque ahora los historiadores la
denominan Primera Guerra Mundial, el nombre originario fue el de la Gran Guerra.
Tuvo lugar entre los años 1914-1918. Y hasta ese momento la humanidad no había
conocido una guerra tan sangrienta. El móvil inmediato del comienzo de la Gran
Guerra fue el asesinato en Sarajevo del archiduque Francisco Fernando, heredero
al trono imperial de Austria-Hungría. Era el 28 de junio de 1914.
Un ambiente de patriotismo y de
euforia reinaba en toda Europa, más aún en Alemania. Ernst Jünger, joven alemán
con el bachillerato recién acabado, escucha desde su casa el grito del cartero:
“¡Orden de movilización!”. Fue suficiente
ese grito para que él y millares de jóvenes de todos los rincones corrieran,
alegres y confiados, a alistarse como voluntarios: “pues también nosotros queríamos oír el silbido de las balas y vivir
esos instantes que cabe calificar como el bautismo propiamente dicho del varón”.
La generación de ese momento, aunque cueste creerlo hoy en día, fue una
generación a la que acunaba una frase de Ariosto, que unos y otros les habían
metido en la cabeza: “A un corazón grande
no le horroriza la muerte, llegue cuando llegue, con tal de que sea gloriosa”.
En la pesada mochila militar, Jünger
introdujo un delgado cuaderno que le serviría para escribir su diario. El
resultado de esas minuciosas anotaciones fue el libro de memorias “Tempestades
de acero”. Él fue uno de los soldados
supervivientes que se convirtió en portavoz de los cerca de 70 millones de
soldados movilizados y de los entre 15 y 22 millones de muertos (militares y
civiles).
“Habíamos abandonado las aulas de las universidades, los pupitres de las
escuelas, los tableros de los talleres, y en unas breves semanas de instrucción
nos había fusionado hasta hacer de nosotros un único cuerpo, grande y henchido
de entusiasmo”. Pero
muy pronto esa euforia cesó, justo en el momento en que la muerte apareció y
las penalidades de la trinchera se hicieron difíciles de soportar: “aquella guerra iba a significar más que una
aventura”.
Se dice que la Gran Guerra fue la
última de las guerras tradicionales y la primera de las guerras tecnológicas. De
1914 a 1918, la guerra pasó de ser una cuestión de heroísmo personal a una
cuestión de supremacía armamentista.
Jünger luchó en el frente francés, en la mítica batalla del
Somme, donde durante meses y meses el avance fue mínimo (apenas unos
kilómetros), pero las pérdidas en vidas humanas, abrumadoras (millón y medio de
bajas). Conocida como la batalla de las trincheras, soldados franceses,
alemanes e ingleses se batieron enconadamente en medio del barro. De todo esto,
con precisión milimétrica, da cuenta este autor alemán. El lector, oye el
silbido de las balas, la explosión de las granadas, las ráfagas de metralletas. El lector ve las trincheras de fango y de lluvia donde se desarrolla la vida diaria de
una guerra interminable. El lector siente cómo saltan las tapas de los sesos de los
soldados, el olor de la carne quemada, la sangre que se mezcla con el fango,
los aullidos de los heridos, el valor personal que no decae, la fiereza de la
lucha, los villorrios que se desploman por las bombas, la abnegación para
cargar con un compañero herido, los hospitales de campaña, el rancho de
colinabos, el alcohol que corre a raudales en las noches de descanso, el placer
de un baño en un lago, la cálida camaradería de la tropa, la compasión de algunos aldeanos hacia los jóvenes soldados, no obstante pertenecieran a una nación
enemiga, el compañero que suplica al amigo que le dispare para poner fin a sus
sufrimientos de herido, los cuerpos insepultos que los roedores hacía
desaparecer, el recuento dramático de las bajas cuando la balacera cesa, los
soldados hechos prisioneros que suplican con ojos atemorizados un poco de
piedad, el moribundo que pide a la enfermera que le lea su capítulo preferido
de la Biblia y que se disculpa por haber molestado el reposo nocturno con sus
accesos de tos, la muerte que acecha cada hora a cada soldado en el fragor de la batalla: “En
medio de aquel tiroteo abandoné toda esperanza de regresar sano y salvo. A cada
momento aguardaba mi subconsciente que una bala me alcanzase. La Muerte estaba
de cacería.”
Herido en múltiples ocasiones de bala,
el alférez Ernst Jünger fue uno de los supervivientes a los que la suerte acompañó
en todos esos años. Para él, personalmente, la guerra no fue una desdicha sino
el campo de aprendizaje, mejor “que todas
las universidades y todos los libros”, y lo que le convirtió en el futuro y
afamado escritor. También la enciclopedia donde aprendió todo sobre la grandeza
y la miseria del alma humana, con su heroísmo y su mezquindad.
Para Ernst
Jünger -y para todos sus compatriotas- llegó un momento en que fue consciente
de que Alemania podía perder la guerra. El alférez-escritor no se rindió hasta
el final, aunque todos a su alrededor sabían que los alemanes ya no podrían
vencer. Mientras que los ingleses hacían prisioneros a la mayoría de sus
compañeros, una bala se hundió en su pecho. Pensó que era su final. Se asombró
de que allí y en ese momento fuera a morir, sin dolor y con una extraña
alegría, sin guerra y sin enemistad. Pero un compañero lo arrastró como pudo
hasta el puesto de socorro alemán. Pocos días después llegaría a un hospital de
Hannover. Aún convaleciente de las heridas, le comunicaron (septiembre de 1918)
la concesión de la Orden del Mérito. Unas semanas más tarde, el 11 de noviembre
de 1918, en un vagón de tren detenido en el bosque de Compiégne se selló la
capitulación de Alemania. Era el final de la Gran Guerra.
En Tempestades de acero nada se
ahorra al lector de las interminables batallas del Somme o de Cambrai en las
que Ernst Jünger tomó parte. Pero el autor francés es poco dado a juicios
morales sobre la bondad o la perversidad de la guerra. Probablemente está
mística de la guerra, esta exaltación de la lucha, esta glorificación del valor
y del heroísmo, ¿no prepararían la conciencia colectiva alemana que desembocaría en la Segunda Guerra Mundial?:
“En estos hombres está viva una fuerza elemental que subraya, pero a la
vez espiritualiza, la ferocidad de la guerra: el gusto por el peligro en sí
mismo, el caballeresco afán de salir airoso de un combate. En el transcurso de
cuatro años el fuego fue fundiendo una estirpe de guerreros cada vez más pura,
cada vez más intrépida”.
Conocemos la carnicería que supone
una guerra. Y también el desolador paisaje que dejan las batallas, como acertadamente
escribió Jünger. Se ve que quien declara la guerra y quien lanza a sus jóvenes
a las trincheras, no es capaz de entenderlo:
“… Todas las aldeas eran un montón de ruinas; todos los árboles estaba
talados; todas las carreteras, minadas; todos los pozos, envenenados; todos los
cursos de agua, represados con diques; todos los sótanos, volados con
explosivos o convertidos en lugares peligrosos merced a las bombas allí
escondidas; todas las vías férreas desmontadas; todos los cables telefónicos,
arrancados; todo lo que podía arder, quemado. En suma, transformamos en un
yermo la tierra que aguardaría al enemigo…”
Ernst Jünger en uniforme
Atentado en Sarajevo
El escritor en su biblioteca