martes, 31 de marzo de 2026

Monasterio de la Conversión

El paisaje que nos traspasará

Eran las tres de la tarde. El resplandor de la luz hería todo el valle. El calor fatigaba. Demasiado abrigado y mochila en la espalda, subía la pendiente que de Sotillo de la Adrada conduce al monasterio. Cuando alcé la vista, la iglesia me pareció un Arca de Noé flotando en la colina, en medio de cipreses.

La primera virtud del Monasterio de la Conversión es la naturaleza que lo rodea. Las montañas del fondo son una muralla que ofrece una sensación de defensa y de refugio. También de grandiosidad y majestad. En este rincón de la provincia de Ávila, en el valle del Tiétar, al sur de la Sierra de Gredos, el paisaje traspasa el alma del peregrino, del buscador, del pecador. El paisaje es un sacramento y una hierofanía. La naturaleza –la creación- es la primera palabra de Dios. Después de unos meses de lluvia, el agua aún se remansa en los prados, cuajados de lirios de lluvia blancos, y el verdor de la hierba es de un intenso difícilmente definible, tal vez verde esmeralda. En las pequeñas parcelas con sus bardas de piedra seca, hay vacas rubias, caballos bayos y mansos asnos. Encinas, carrascas, pinos, higueras, olivos, cipreses, vides, almendros, cerezos... En el recinto monástico el vientecillo arranca al espliego y al romero su perfume gratuito. Sólo este clima mediterráneo del valle del Tiétar explica la presencia de algunos naranjos alrededor de hospedería y de un rosal florecido a estas alturas del mes de marzo. ¿No son acaso la montaña, el bosque, los prados, las flores y los frutales una promesa de edén?

Sentado en la terraza de la hospedería monástica, que lleva el nombre griego de oikos (casa), el peregrino mira cada tarde el atardecer. Cuando la luz declina, el bosque en la falda de la montaña se oscurece. El verde se torna negro, hasta que llega un punto en que los árboles se mineralizan y el monte, que antes fue bosque, es sólo una gigantesca masa rocosa. La luz pasa al otro lado de las montañas, y las crestas y cimas se recortan con nitidez. La temperatura desciende bruscamente. Aparece Sirio rutilante en el cielo. En la lejanía, el pueblo enciende sus luces como un belén. El silencio se espesa por todo el valle.


El nombre abre puertas

Si supiésemos que la pronunciación de nuestro nombre abre puertas o cierra puertas, obliga a fruncir el ceño o a  sonreír… Si supiésemos que nuestro nombre despeja el camino o levanta muros, nos cuidaríamos muy mucho de ensuciarlo de mezquindades y bajezas. Lo adornaríamos de virtudes y de galas.

Esta fue una de las primeras reflexiones nada más llegar al monasterio. Me preguntaron cómo había conocido este lugar, y yo respondí que G. C. H. me lo había recomendado vivamente. Una noche de agosto, en una fiesta de cumpleaños, con un vaso en la mano y una música festiva de fondo, GCH me había dicho: “Si puedes, acércate al Monasterio de la Conversión, porque te sentirás muy bien”. En cierta forma, me olvidé de su recomendación, hasta que una tarde de primeros de marzo, la recomendación apareció de nuevo en el trastero de mi cabeza. Unos minutos después, envié un email. Al día siguiente un correo me confirmó mi solicitud para pasar unos días en la hospedería. No quise leer nada sobre el Monasterio de la Conversión, porque los prejuicios -incluso los positivos- enturbian la mirada sobre lo que se ve y se siente.

Todos lo hemos comprobado muchas veces cuando mencionamos, delante de otro, el nombre de un amigo o de un conocido. La reacción es inmediata. A veces, nos arrepentimos de haber pronunciado ese nombre, porque no provoca en nuestro interlocutor ni alegría, ni admiración, ni satisfacción. A veces fastidio, rechazo y malos recuerdos. En otras ocasiones, la sola pronunciación de un nombre, evoca en el interlocutor buenos recuerdos, deudas de gratitud, aprecio sincero y confianza. E inmediatamente, sentimos que somos valorados, apreciados y distinguidos en honor a ese nombre personal que acabamos de pronunciar. 

La sola pronunciación por mi parte de un nombre -en este caso GCH- fue recibida como una presencia bondadosa. Una bendición. 



Un ambón o contra-altar en la iglesia

            Cuando me despedía de la hermana Ashleen, se disculpó por no haber tenido tiempo para hablarme de la iglesia de la Reconciliación, corazón de este monasterio. Le dije que no se preocupase lo más mínimo porque no es elegante querer saber todo en un primer encuentro y que, además, tenía intención de volver. Así que no sé exactamente el significado teológico que encierra este templo. Desde un alto, la iglesia parece una maqueta, de inspiración románica, con sus diferentes juegos de volúmenes, tejadillos y absidiolos. El exterior tiene un revestimiento de piedra que le confiere dignidad y también armonía con el entorno. El interior es un espacio diáfano en que las paredes blancas y el entramado de la techumbre de madera se conjugan armoniosamente. En los primeros rezos del día, la luz va penetrando, poco a poco, el espacio. Lo primero es siempre lo primero: fiat lux. En el Génesis, pero también en la conversión individual. Sólo somos conscientes de nuestras sombras, cuando la luz de Aquel ilumina nuestra covachuela. Hay doce ventanales, tal vez alusión a los Doce. No lo sé. Dos iconos a derecha e izquierda del presbiterio: María con el Niño y un Calvario. Encarnación y Pasión. Los bancos del transepto no miran al presbiterio sino al ambón, situado justo en el centro de la iglesia.

El ambón: una gran piedra no desbastada, de la que arrancan dos ramas de hierro. La Palabra hace brotar la vida, incluso en la materia árida de una roca. Pero también, creo yo, el ambón podría funcionar como un contra-altar. El altar de la eucaristía está en el presbiterio, situado un escalón más alto. Es el espacio reservado al sacerdote. ¿Es el ambón o contra-altar el espacio donde caben todos los que no caben en el presbiterio? El presbiterio y lo que en él se realiza pertenece a los ordenados; el ambón de la Palabra pertenece a todos, consagrados y laicos, hombres y mujeres. Un gran Cristo Majestad, ocupa todo el ábside del presbiterio. Un Cristo en el que predominan los colores oro y sangre seca. El Cristo lleva un libro o filacteria en el que está escrito “Mira, hago nuevas todas las cosas”.


La enseñanza del Cristo Majestad

“Mira, hago nuevas todas las cosas” es una frase del libro del Apocalipsis. Normalmente el Maiestas Domini lleva otro mensaje: “Ego sum lux mundi”. Pero aquí en este monasterio se ha elegido la sentencia apocalíptica. Sin duda es una invitación a la esperanza. Quien entra en la iglesia y mira a ese imponente Cristo y lee su mensaje se siente consolado. Cae la noche y amanece. La noche no es eterna. Tampoco la sombra, la suciedad, el pecado. Todo puede ser transformado. No hay determinismo que valga. No hay predestinación. No hay fatalismo. El ciego verá. El sordo oirá. El mudo hablará. El enfermo sanará. Hay Alguien que puede remediar, curar, restaurar. Lo viejo será nuevo. Quizás la peor pesadumbre que el hombre contemporáneo lleva en sus espaldas es la de quedarse sin esperanza, sin promesa de Tierra Prometida.

Cuando se han leído todos los libros y se han probado todos los menús, tan variados y tan amplios, que la existencia nos ofrece, ¿cómo es que no nos sentimos plenos y alegres? ¿Qué esperar cuando todos los menús han sido devorados y nos hallamos ahítos pero insatisfechos? ¿Llega entonces al corazón del hombre contemporáneo la noche infinita, la noche sin aurora?  ¿En qué creer cuando todas las expectativas en mil felicidades de saldo han sido derrotadas? ¿Cómo pensar que en el muro compacto de nuestra noche oscura una mínima brecha puede abrirse e iluminar la existencia? “Mira, yo hago nuevas todas las cosas”. Es una promesa. A ella cualquier ser humano puede adherirse con la fragilidad de su barro, pero también con la grandeza de ese primer aliento recibido en el Génesis.

            Este Cristo en Majestad, no obstante su misericordia, ¿dará audiencia en el día último a los que hemos amado y a los que deberíamos haber amado más? Ellos nos juzgarán. Ellos nos salvarán. La vida está hecha de rostros. La vida está hecha de nombres que hablarán de nosotros al final de los tiempos.



En la mochila Agustín de Hipona, Simone Weil, Byung Chul Han

Agustín de Hipona me acompañó al retiro, quiero decir que me hizo compañía su libro Confesiones. Leí algunos capítulos durante estos días. No es un libro para leer a velocidad de crucero como se lee una novela. El pensamiento de Agustín requiere paradas y subrayados de lapicero. Él fue el primer pensador de nuestra civilización que se enfrentó a su yo con bisturí de cirujano y pluma de teólogo. Todo el libro es una alabanza a Dios. Pero el lector, también de este siglo, se reconoce en esos recovecos del corazón humano, en las continuas trampas que nos tendemos, en los deseos de piedad y en los retrocesos de pecado. Todos hemos robado peras cuya culpa nos ha marcado. Todos hemos saboreado la vanidad de una retórica brillante, todos hemos sido heridos por la muerte de un amigo del alma. Todos hemos dicho mil veces a Dios “hazme casto, pero todavía no”. Todos hemos buscado la verdad, pero al mismo tiempo la hemos temido. Todos hemos admirado la valentía de los que confiesan a Dios, sin importarles un bledo la honra y el mundo. Todos hemos llorado sin vergüenza la muerte de la madre, o de las personas a las que debemos tanto o todo. El mundo entero, con sus locuras y sus compasiones, cabe en el pequeño yo de un corazón  humano. Y esto nos lo ha enseñado Agustín. Dicen que la cristiandad empezó el día que Agustín firmó su libro La ciudad de Dios. La romanidad se había desmoronado. Y él fue el primer hombre que expresó la cristiandad como atmósfera, como territorio, como hábitat.

También leí algunos capítulos de Sobre Dios. Pensar con Simone Weil, de Byung Chul Han. Que uno de los filósofos más destacados de este momento nos hable de Dios a través de la lectura de la mística francesa, tiene mucho mérito. Hablar con Agustín y con Simone Weil en este territorio agustiniano y en este paisaje contemplativo ha sido una buena opción.



Cuando la desdicha entra en clausura

A la hora de vísperas y de la eucaristía, justo delante de mí, se sentó una familia: madre, padre y tres hijos varones de corta edad. ¿Tal vez entre los 3 y los 9 años? Sus rasgos eran indígenas, sin mezcla de ningún mestizaje. Cabellos negrísimos y lisos. Rostros atezados. Caras que parecen modeladas con un barro primigenio cocido al sol y al viento. Expresiones humildes en los adultos; vivaces en los pequeños. Es una familia peruana que ocupa una casa familiar en este campus monástico. Los padres siguen los salmos a través de sus móviles. Los dos niños mayores guardan silencio y se ponen serios cuando empieza el rezo. El pequeño de la familia pronto se duerme en el regazo de la madre, y, cuando se despierta, sólo piensa en jugar. Cuando la madre Prado pasa junto al grupo, acaricia el rostro dormido del infante. Los otros dos hermanos se ponen en la fila de la comunión, y el sacerdote los bendice con la señal de la cruz en su frente y un repelús en su pelo. Junto a la casa que habitan, hay un arenero, un columpio y algunos juguetes de plástico. Como en cualquier casa familiar, de un tendedero cuelgan camisetas y calcetines. Por la mañana los veré con su mochila y sus libros. Una hermana los acerca con el coche a la escuela del pueblo. Se trata de una familia acogida temporalmente en el monasterio. Una familia que vivía a la intemperie. Anteriormente, otra familia ucraniana con cuatro hijos, que había huido de la guerra, encontró casa y hogar en este recinto monástico durante unos meses. El padre era pintor y toda la familia sabía tocar instrumentos. Con la guerra perdieron todo. En Sotillo recibieron cobijo y esperanza.

Las hermanas contemplativas contemplan la pobreza del mundo, y no sólo al Dios Altísimo. La clausura monacal está abierta a la desdicha. Aquí nadie ha pronunciado un “extra omnes”, dirigido a los pobres.

 La biblioteca, metáfora de los huéspedes

Recorro con la vista los títulos y los autores de las dos estanterías de libros, situadas a un lado y a otro de una sala de reuniones, presidida por la calidez de la pintura La paz contigo y por una chimenea, que es siempre una invitación a hacer hogar.

Ahí está El diablo en el cuerpo, el libro de Raymond Radiguet que tanto escandalizó a la sociedad francesa de la época: la joven mujer de un soldado en el frente de la Gran Guerra mantiene una apasionada relación adúltera con un muchacho de 16 años. Otros títulos borrascosos suceden a libros edificantes. Autores insospechables dan paso a autores de moralidad dudosa, libros condenados al Índice al lado de libros recomendados desde todos los púlpitos. El Decamerón, junto a La vida es sueño. El conde Lucanor convive con Rojo y Negro. El marqués de Sade en compañía de Juan de la Cruz, Teresa de Jesús cohabita con Maquiavelo, El origen de las especies junto a Los Hermanos Karamazov. Y en esta mezcolanza de libros y en esta taberna revuelta de autores tan dispares, yo he visto una metáfora cristalina de los huéspedes que han pasado y pasarán por aquí. Perdidos y encontrados, convertidos y recalcitrantes, limpios de corazón y embarrados. Orantes y blasfemos, justos y pecadores, fariseos y publicanos, zaqueos y magdalenas, Pedro el que niega y Pedro el que llora. ¿Qué les une a todos los huéspedes? Quizá una común dignidad de seres humanos. Una común filiación divina. Y una esperanza de redención para todos. Nadie es lo suficiente puro para sentirse un elegido. Y nadie es lo suficiente pecador para saberse un incorregible. Tal vez, a los huéspedes les une la búsqueda, serena o atormentada, de Otro, más grande que ellos mismos, de Alguien del que oyeron hablar o siguieron, y luego olvidaron. O de Alguien al que ya aman y del que no osan separarse. Aquí están los huéspedes, unos y otros. Unos llegan con mochilas de piedras sobre sus espaldas; otros, con alas al viento. Compartirán una sopa o una ensalada en el comedor común, rezarán el mismo salmo 50, mirarán el mismo atardecer desde una terraza. Y al acabar su estancia en el monasterio, marcharán a sus quehaceres y a sus batallas. Y todos ellos sabrán que un día fueron bendecidos por un Cristo en Majestad que hace nuevas todas las cosas. Bendecidos también por el pan de la alegría de esta comunidad contemplativa.


El evangelio de un día: Juan 5, 1-16

¿Quieres curarte?, le pregunta Jesús al paralítico que nunca alcanzaba la piscina probática. A Dios le frena nuestra libertad. No se impone. No sana a la fuerza. La libertad, que es el mayor don que Dios ha dado a los hombres (El Quijote), es una línea roja que Dios no osa cruzar, sin el consentimiento del hombre. A veces sucede que ni uno mismo sabe que está enfermo. Otras veces, conoce su dolencia, pero es incapaz de pedir auxilio o visitar al médico. Prefiere la enfermedad a la curación, porque la curación es un don, pero al mismo tiempo una exigencia. La curación exige dieta, ayuno, ejercicio, medicinas, cambios de hábitos… “Vete y no peques más”. No se puede seguir siendo el mismo después de la sanación.

No tengo a nadie. Este grito probablemente nunca ha sido tan real como en estos tiempos de implacable soledad en medio de una sobreabundancia de conexiones. No tengo a nadie. ¿Cabe mayor soledad que este grito? Carecer de contactos, de vínculos, de amigos, de familia es una miseria que se da cada vez con mayor frecuencia en los países desarrollados. ¿Es concebible que haya gente sin nadie en países que se llaman cristianos? ¿Cuántos seres humanos están junto a la piscina de Betesda, pero cuyo acceso les resulta inalcanzable porque no tienen a nadie. ¿Quiénes son hoy estos hombres y mujeres que no tienen a nadie y, por lo tanto, quedan al margen de toda curación, de todo progreso, de toda esperanza, de toda Buena Nueva?

Curar en sábado. Una de las mayores acusaciones contra Jesús es precisamente que curaba en sábado. Jesús en la Palestina de su tiempo y en el mundo de hoy sigue curando en sábado. Jesús fue e irá siempre contra la religión. El mayor obstáculo para ser religioso es la religión. Cuando la letra precede al espíritu, cuando el rito se alza por encima del corazón, cuando se es católico por mera tradición familiar o nacional, la religión se convierte en hipocresía y en secta. Las verdaderas personas religiosas, que siguen a Jesús, irán siempre ‘contra el sábado’, contra la religión entendida como un código de normas, sanciones, reunión de 'profesionales de lo religioso’. La religión, la verdadera, es libertad y bondad ante cualquier ser humano que no “tiene a nadie”.


Quedan las preguntas

Con sus hábitos y sus escapularios (¿beige, café con leche, tierra clara?, con su pañoleta blanca, con su cinto de cuero agustiniano, con su vida marcada por el silencio, la escucha, el acompañamiento y la oración. ¡Y la sonrisa! (la sonrisa es siempre el primer anuncio). Con sus afanes de cada día, siempre los mismos y siempre distintos, con su acogida sonriente, un buen puñado de monjas agustinas quedaba ahí en ese Monasterio de la Conversión, cuando yo, mochila a la espalda, descendía hacia el puebloe por la carreterilla solitaria a esa primera hora de la mañana. En mi interior y en mi cuaderno había unas cuantas preguntas. Pocas veces las respuestas son más importantes que las preguntas. El oficio de hombre es hacerse preguntas. El dolor, el miedo, la curiosidad, la admiración, lo inexplicable y lo desconocido provocan preguntas. No importa si quedan sin respuesta. No solicité ninguna ‘audiencia’ a una monja. Me parecía que era interrumpir su ritmo con mi impertinencia. Venía a ver y a verme. Lo que he visto en cierta forma me ha ayudado a verme por dentro. Nadie se convierte de una vez por todas. Nadie ama de una vez para siempre. Nadie confiesa a Jesús para toda la vida. Ahí quedaban unas monjas, misioneras en sus américas y en sus áfricas, aunque el término municipal sea el de Sotillo de la Adrada. Te recordaré por el color del trigo, dice el zorro al principito. ¿Y yo qué recordaré? ¿La paz del corazón frente a un crepúsculo? ¿El sonido de la cítara en la iglesia? ¿El beso en las manos a la madre Prado, el naranjo en esta tierra montañosa, el rostro dormido de un niño sobre su madre? ¿Los santos óleos en la frente de sor Marita, la bendición de San Patricio en su festividad? ¿El hecho de compartir los alimentos en la mesa de los huéspedes, las páginas garabateadas de un cuaderno? 

        Todo es gracia. Todo es vida: “Tu palabra, Señor, no muere. Nunca muere porque es la vida misma. Y la vida, Señor, no solo vive. No solo vive: la vida vivifica”



















 

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