lunes, 13 de abril de 2026

Trump: una impostura en nombre de Dios

                Coincidiendo con la guerra contra Irán, y con el momento más bajo de la popularidad del presidente de Estados Unidos, numerosos y significativos pastores cristianos, de signo evangelista, llegaron a la Casa Blanca para implorar la bendición de Dios sobre Donald Trump. La imagen resultó, como poco, bizarra y patética. Entronizado en el Despacho Oval de la Casa Blanca, Trump recibía a izquierda y derecha bendición tras bendición, mientras se imploraba el don divino sobre el excéntrico presidente. El predicador encargado de la oración (sería mejor calificarla de performance) afirmó: “Oramos para que continúes dando a nuestro presidente la fortaleza que necesita para dirigir a nuestra gran nación, mientras volvemos a ser una nación bajo Dios”.

                Nunca de forma tan clara se había visto en el último siglo esa simbiosis entre “trono y altar” que huele indudablemente a ancien régime y a medievalismo anacrónico. ¿Cómo habrán visto los sinceros fieles evangélicos esta bendición? Puedo imaginarme cómo me habría sentido si, en lugar de pastores evangélicos, hubiera habido obispos católicos. Desde siempre se ha rezado por los gobernantes del mundo, para que el Señor inspire sus decisiones y obren con rectitud. Cosa muy distinta es bendecir sus actos, especialmente en este calamitoso momento, con una guerra por medio, y una amenaza completamente vergonzante: “No quedará nada de la civilización iraní”. En la oración evangélica se metió en el mismo cajón a Estados Unidos, las fuerzas armadas y el presidente Trump. Y en verdad son cosas bien distintas.

                El nacionalismo religioso supone una gran manipulación por parte de la clase política de los sentimientos religiosos de un pueblo. Las iglesias de cualquier tipo no deben permitir una manipulación tan grosera, aunque haya por medio ventajas económicas o ideológicas. Los líderes evangélicos pasaron por alto el perfil de moralidad dudosa del presidente, tal vez porque piensan que esta alianza dará ventajas e influencia a sus iglesias. Por su lado, al poder político poco o nada le interesa la religión y su forma de entender la moral personal, pero le interesan sus votos y su voz en los púlpitos dominicales.

                El Evangelio es mucho más grande que cualquier opción política de izquierda o de derecha, más grande que el liberalismo económico a ultranza y el trasnochado odio de clases del comunismo. Y por lo tanto, la identificación con una opción política concreta es siempre nefasta para unos y para otros.

                Esta especie de consagración por imposición de manos que unos cuantos pastores evangélicos han efectuado sobre Trump en la Casa Blanca es un acto más de este esperpento en el que se ha convertido una buena parte del mundo. Un espectáculo de mal gusto que nos habla de la impostura religiosa de algunas iglesias y de algunos mandatarios.

                 No olvidemos que el segundo mandamiento de la Ley de Dios dice “No tomarás el nombre de Dios en vano”, lo que equivale a “respetar el nombre del Señor, honrándolo y prohibiendo usarlo de manera frívola, falsa, blasfema o sin el debido respeto”.

 





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