Hace cuatro años, una denuncia de agresión sexual presentada por Paméla Groleau contra el cardenal canadiense Marc Ouellet hizo correr ríos de tinta. Cuatro años después, un tribunal de Québec ha absuelto al cardenal, por las numerosas contradicciones en que había incurrido la denunciante, la falsedad de las acusaciones y la temeridad y malicia contra el cardenal demostrada a lo largo del juicio. Tanto es así que el tribunal condena a la denunciante a pagar cien mil dólares al cardenal. Dicha cantidad será donada a la asociación de indígenas víctimas de diferentes tipos de abusos.
¿Quién se ha enterado de la absolución? ¿Qué medios de comunicación se han hecho eco del fallo del tribunal? Los que escribieron artículos airados o se explayaron a sus anchas y sin piedad en programas de televisión, ¿se han disculpado o por lo menos han dado a conocer la sentencia absolutoria? Es verdad que los numerosos casos de abusos que han tenido como protagonistas a eclesiásticos han creado un descrédito grande hacia la Iglesia. Pero habremos de reconocer que una denuncia de agresión sexual contra un miembro del clero es una sentencia de muerte civil para el acusado, un calvario largo y espinoso. Una simple denuncia en los juzgados, unas declaraciones a la prensa acaban con el honor de una persona y hacen un daño difícil de imaginar y reparar. Difama que algo queda. Y así es. No todas las manchas se quitan, ni siquiera con la absolución de un tribunal y con la condena hacia el o la denunciante. No todas las manchas se borran. Ni tampoco todos los sufrimientos. ¿Cómo se vuelve a restablecer la confianza perdida? ¿Cómo se disuelven las dudas y sospechas sembradas por la denuncia?
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