“Más allá de la cerca se erguían dos álamos
marchitos cuyas copas lucían blancas y desnudas entre los verdes abetos. Se
erguían el uno junto al otro, y la gente del pueblo los llamaba Mattis-y-Hege,
aunque de puertas adentro”.
Tal vez por estar
escrita en lenguas poco frecuentadas, o por tener una historia poco conectada
con la nuestra, o por la lejanía geográfica, lo que es cierto es que la
literatura de los países nórdicos es muy poco conocida en España. Y sin
embargo, en los últimos años algunos libros suecos, daneses o noruegos han
estado entre las lecturas que más alegrías me han dado.
Tarjei Vesaas (1897-1970) fue uno de
los escritores mayores del siglo XX en su país de origen, Noruega. Nacido en
una familia de agricultores, conservó siempre una gran sensibilidad hacia la
naturaleza y el terruño. Hasta en tres ocasiones fue candidato al premio Nobel.
Sus dos obras más conocidas son El palacio de hielo y Los pájaros. Escribió
toda su obra en nynorsk, una variante minoritaria del noruego basado en
dialectos rurales.
Los pájaros es una novela singular, donde
prosa y poesía se funden y se abrazan. Tal vez no es una novela deslumbrante.
Ni posee un ritmo frenético, ni una acción desbordante, que son como las señas
de la literatura de consumo literario de hoy día. Es una novela pausada, una
novela escrita en adagio, con muy poco personajes, sin saltos en el tiempo,
casi ‘plana’, podríamos decir. Una meseta que nos permite ver el lejanísimo
horizonte y el beso entre cielo y suelo. En una humilde casa en el campo,
aislada del resto de casas, vive Hege, de cuarenta años, con su hermano Mattis,
tres años más joven que ella. Al otro lado del bosque, está la aldea. Muy
cerca, un hermoso lago. Desde las primeras páginas sabemos que Mattis es un
chico con retraso intelectual. La novela, con sutileza y finura, nos va introduciendo
en la forma de pensar, lenta, diferente, de este joven, torpe para tantas cosas
de la vida práctica. El pensamiento de Mattis, su forma de discurrir, nos va
ganando pozo a poco, y la novela nos ofrece la profundidad de su forma de
razonar. Mattis no piensa como todos. No deduce como los ‘normales’. No trabaja
como los demás. Tiene un miedo atroz a las tormentas, pero lo que más le
atemoriza y atormenta es la posibilidad de que su hermana se canse de él y lo
deje solo. Como una oración suplica una y otra vez: “No me abandones”.
Por todo ello,
a Mattis en el pueblo le llaman el Simplón. Los conocidos le tratan con una
cierta condescendencia. Mattis mira y observa los fenómenos de la naturaleza,
como quien lee un libro en el que están escritas nuestras vidas: el cortejo
nupcial de la becada por encima de su casa, las tormentas, el rayo que fulmina
uno de los árboles que llevan los nombres de Hege y Mattis.
Mattis es un
poco tarugo para las labores agrícolas, como lo vemos en el episodio en que le
contratan para escardar nabos. Su hermana lo quiere. Tal vez
condescendientemente. Tal vez desde la rutina. Tal vez desde la protección a la
que está obligada, porque ambos son huérfanos, y porque Mattis sólo la tiene a
ella. Hege trabaja y trabaja haciendo punto. Así se gana la vida y así viven
austeramente los dos hermanos. Hege tal vez hubiera soñado otro destino en la vida,
pero tiene que ejercer de madre de su hermano Mattis. Hege está en una edad en
la que el tedio y la rutina pesan mucho: las esperanzas se han evaporado; los
trenes no se han detenido; el futuro tal vez sea no tener futuro. Hege intenta
que Mattis entre en razón, que vaya a las granjas para que le den un día de
trabajo, pero se rinde pronto a la realidad: su hermano es como es.
A veces
únicamente los desconocidos o los que no tienen prejuicios son capaces de
comprender a Mattis, de entenderle, de conocer lo que bulle en sus adentros o
el hilo que sigue su discurso. Es el caso de las dos bañistas, Inger y Anna,
que lo rescatan de su barco que hace aguas, y ante las cuales él exhibe, por
una vez en la vida, su destreza con el remo. Verdadero refuerzo y empujón y
aliciente para el Simplón de la aldea.
Mattis
no quiere volver a trabajar en el campo, porque se sabe un torparrón, algo que
le deja en evidencia. Decide hacerse barquero para cruzar a las gentes de uno
al otro lado del lago. Pero nadie cruza ese lago en un bote
de madera endeble, cuando ya hay lanchas a motor. Sólo en una ocasión, un
forastero, un leñador que viene a trabajar en esa zona, le pide que le cruce el
lago. El leñador, invitado por Mattis, termina hospedado en su pobre casa. Y
ahí la novela da un giro. Ahí empieza el drama de Mattis. Muy pronto, Jørgen,
que así se llama el leñador, y Hege se enamoran. Mattis se siente excluido y
amenazado. El miedo es irracional. A partir de entonces, la novela se precipita
a un abismo aciago. Y el lector asiste poco a poco al desmoronamiento de la
existencia de Mattis, hasta llegar a un final desolador.
Pocas veces la literatura nos cuenta el modo
de pensar, distinto, diferente, por senderos no trillados ni convencionalmente
válidos, de una persona con discapacidad intelectual. La escritura de Tarjei
Vesaas sugiere, insinúa, da pistas, ofrece detalles y, sobre todo, nos ayuda a
bucear en la cabeza de Mattis, en su forma de pensar, sentir y amar.
Esa
comunión de Mattis con la naturaleza, y de manera especial con la becada, tiene
una página magistral en los ‘mensajes’ que esta ave deja para Mattis en una
superficie de barro junto al riachuelo:
“En la tersa superficie amarronada del
cieno, resaltaban las delicadas huellas de las patas de un pájaro, y también
había en la ciénaga numerosos agujeritos, redondos y profundos. La becada había
pasado por allí. Los profundos agujeros los había producido el pico que la
becada había clavado con fuerza en el suelo para desenterrar algo de alimento o,
en ocasiones, sólo por picotear y escribir con ello. Mattis se agachó y leyó lo que ahí decía. Contempló
sus leves huellas danzarinas. Así de ligero y delicado es el pájaro, pensó. Así
de ligero es el caminar de mi pájaro sobre el cieno, cuando está cansado del
cielo. Tú eres tú, ponía”