¿Javier qué? Sólo
Javier
Llegó entre dos luces y calado hasta
los huesos. La tormenta le había sorprendido por el camino enrevesado que
conduce al santuario de Lord, en Lérida. Llamó a la puerta y le abrieron. Le
ofrecieron una manta y un plato de sopa. Fray Jordana le preguntó cómo se
llamaba, y el peregrino contestó:
“Javier”. “¿Pero Javier, qué?
¿Tendrás apellidos?” –volvió a preguntar el buen fraile. Y respondió de
nuevo: “sólo Javier”.
Y en esta respuesta seca. En este nombre escueto de ‘Javier', se podría resumir la vida del joven que al filo de los 30 años llamó a la hospedería de Lord. Porque efectivamente, ya no quedaba nada del Javier Sartorius Millans del Bosch y Álvarez de las Asturias-Bohórquez y Huelín. Como no quedaba nada del gamberro expulsado de varios colegios de renombre y prestigio de Madrid, ni del que cerraba las discotescas Joy Eslava y Pachá, ni de la joven promesa de tenis, ni del campeón nacional de Usa de pádel, ni del entrenador personal de actores de renombre, ni del hedonista de las playas de surf y noches de sábanas revueltas. Y tal vez quedaba poco del joven que compartió bocatas con los homeless y con los veteranos del Vietnam, ni del que se inició en el budismo buscando desesperadamente respuestas a tantos interrogantes, ni del voluntario en un orfanato de niños de Cuzco, ni del seminarista de Toledo… Como su hermano dijo en una ocasión: “Del menú de la vida, Javier lo había probado todo”. Y de ese menú de la vida, suculento y variado, inmenso y fascinante, nada le había satisfecho ni saciado. Sólo le había provocado la náusea y el asco. Ahora llegaba a Lord a otra cosa. Había hecho un largo camino de búsqueda y de conversión. Pero le quedaba por saber una cosa: qué es lo que Dios quería de él y dónde lo quería.
La vida de Javier Sartorius camina
hacia los altares. Robert Miracle, rector del seminario de Barcelona cuando
Javier era estudiante para el sacerdocio, se empeñó en abrir este proceso
porque “Le admiraba y me he encomendado a
él. Vi que era un hombre tocado por la gracia de Dios". El
proceso de beatificación ya ha sido iniciado. Desde el día de su funeral,
fueron muchos los que se sintieron deudores con la vida de Javier. Les había
marcado, les había mejorado, les había concedido luz: familiares, amigos, niños
de Cuzco, siervos de los Pobres del Tercer Mundo, ermitaños de Lord, compañeros
de Teología de Barcelona, enfermeras de Barcelona o León, monjas de San Miguel
de Dueñas, peregrinos, visitantes, lectores y ahora también cuantos han visto
la película “Solo Javier”.
Estudiante gamberro y
chico pijo
Javier llegó al mundo en 1962, tercer
hijo del matrimonio formado por Mauricio Sartorius y Myriam Milans del Bosch.
Una familia aristócrata y acomodada. Una rama familiar extensa de apellidos
rancios y rimbombantes, de títulos nobiliarios y presencia en las finanzas, en
las milicias, en la política y en la alta sociedad madrileña. Desde pequeño,
Javier ya era un espíritu libre. Muy pronto este espíritu se tradujo en
gamberradas, travesuras y suspensos. Compañero inseparable de su hermano
Fernando en el más prestigioso colegio de los jesuitas en Madrid y luego en el
Alfonso XII del Escorial. Los colegios de nombres más sonoros poco sirven si no
hincas los codos y, por el contrario, te dedicas a perder el tiempo y
gamberrear. Los suspensos llovían al mismo tiempo que llovían las broncas en
casa. Apuesto y joven, dotado de un increíble don de gentes, seductor por
naturaleza, alegre a pedir de boca, desde muy joven se convirtió en el amo de
las terrazas y en la salsa de las discotecas. Lo único que le salvaba era su
afición al deporte. Una tarde Santana lo vio jugar en la pista y cazó al
instante que ese joven tenía madera de tenista, decidió apadrinarlo, pero el
padre de Javier se negó en absoluto. “Javier
tiene que estudiar”. Como en España el padre no hacía vida ni de Javier ni
de Fernando, les inscribió en una universidad americana de Texas para estudiar
administración de empresas y, como concesión, les pagó una beca de tenis en una
academia muy conocida.
Campeón de padel y
tenis en USA
Los hermanos Sartorius se dedicaron
al tenis y no quisieron saber nada de la Universidad. El padre les cortó el
grifo. “Apañaos como queráis, pero no
suelto más pasta”. Se fueron a vivir a los Ángeles. Y allí todo el monte
fue orégano. Se convirtieron en comerciantes de aspiradoras a domicilio,
profesores de tenis de famosos de Hollywood (entrenaron a artistas como Salma
Hayek, Tom Cruise o Elsa Pataky), organizadores de campeonatos que les
proporcionaban buenos ingresos. Y el resto del día y la noche entera: la playa,
el surf, los ligues fáciles, la música a tope, la vida social y cientos de
contactos en poco tiempo. En Estados Unidos, lejos de la familia, de la presión
social de sus ilustres apellidos, ellos eran dos hippies libres. Podían hacer
lo que les diera la gana. No tenían que rendir cuentas a nadie, y encima podían
pagar sin problemas el apartamento y los vicios. ¿Lo de sexo, drogas y rock and
roll? Pues eso. Por primera vez, sin culpas y sin remordimientos, sin broncas y
sin consejos paternos, podían hacer su santa voluntad. Pasaron dos años sin
volver por España. En la playa y en la discoteca, les llamaban los Gipsy King,
los reyes gitanos de la alegría, la fiesta y la juerga. En esa juventud alocada
y alegre, la separación de sus padres fue una sombra que lo entristeció y lo
apenó como al que más. Un intenso dolor. No podía imaginar regresar a casa y no
ver a sus padres juntos en cada rincón.
Aquel primer homeless y
el budismo
El pádel empezaba a coger
consistencia en Estados Unidos. Los hermanos se metieron de lleno en ello. De
su afición deportiva, los dos hermanos habían conservado el espíritu de
disciplina, que Javier aplicaba únicamente al deporte. Fueron subiendo puestos
y se alzaron con la victoria en el Campeonato Nacional de Pádel USA. Pero unos meses antes de este triunfo
increíble, Javier se encontró con un sintecho. Un homeless cualquiera le pidió un cigarrillo, pero los ojos del vagabundo
pedían algo más: un poco de escucha, un poco de tiempo, un poco de afecto. Por
primera vez Javier se dio cuenta de la existencia privilegiada que había
tenido. Él había sido un pijo toda su vida, y por primera vez caía en la cuenta
de que no todo el mundo vivía como él había vivido. A partir de ahí, compraba
comida y se iba bajo los puentes donde se agrupaban dos o tres sintecho, les
ofrecía un bocata, y se sentaba con ellos a escuchar sus historias. A veces los
homeless eran ex combatientes a los
que la guerra había dejado una mutilación física y varias en el alma. Él les
escuchaba y no les juzgaba. Y por primera vez cayó en la cuenta de que su vida
de sol, fiestas y tenis era una mierda.
Alguien le hablo de las escuelas
orientales de meditación y del budismo, y él se metió de lleno. Se levantaba a
las 4 de la mañana para hacer meditación. Acudía a las sesiones de oración
impartidas por monjes budistas. Por entonces la espiritualidad orientalista
ganaba miles de adeptos. Todos querían sentirse bien, estar en calma, tener paz
interior. Javier fue uno más de los miles de deslumbrados por la meditación oriental.
Desde el punto deportivo, Javier
había logrado su mayor éxito: ganar el Campeonato Nacional de Pádel de Estados
Unidos. Pero ese gran éxito lo único que hizo fue confirmarle una vez más que
caminaba por el lado equivocado del camino. Cuando volvía a su casa se acercó a
un contenedor de basura y allí mismo arrojó el trofeo de campeón. Para Javier
esta victoria era una derrota más para su corazón.
Los niños de Cuzco y la
vuelta a la fe católica
“¿Tú crees que a uno como yo que no piso por la iglesia, que estoy metido
en esto del budismo, le aceptarían como voluntario en esa misión católica?, preguntó Javier por teléfono a su
primo, Willian Hartley, que por entonces se hallaba de voluntario en Cuzco con
los Siervos de los Pobres del Tercer Mundo. Le contestó que no había ningún
problema y que podría permanecer unas semanas en el orfanato. Su primo le
preguntó cuándo tenía intención de acercarse. Y la respuesta de Javier, le dejó
sin palabras: “Mañana mismo”.
Cuando Javier llegó a Cuzco sabía quién no quería ser, pero aún desconocía quién iba a ser. La pobreza siempre te interroga y te cuestiona. Pero también la pobreza ajena es una invitación a la donación. Y esa donación lleva a la alegría y a la plenitud. Su don de gentes, su alma de niño, conectó desde el primer momento con los niños del orfanato de Cuzco. Los niños llevaban a sus espaldas historias terribles, pero también una voluntad de sanación y un deseo de futuro grande en sus pequeños cuerpos y corazones. A Javier esta capacidad del niño para olvidar sus heridas y lanzarse al futuro le conmovió. En sus primeros tiempos, Javier se mantuvo alejado de cualquier celebración litúrgica, porque eso no iba con él. Pero poco a poco, los misioneros y los niños le fueron acercando a la fe de sus mayores. Al fin y al cabo él había nacido y vivido en una familia católica. Cada vez se situaba más cerca de la iglesia, hasta que un día, cruzó el umbral. Pidió confesión al padre Giovanni. Una confesión que duró dos días enteros, caminando por senderos o deteniéndose a la sombra de un árbol. La confesión le ayudo a repasar toda su vida, a poner luz en sus cuartos oscuros. La absolución le hizo sentir perdonado y hombre nuevo. Revestido con un alba blanca volvió a entrar en la humilde capilla de la misión. Fui su vuelta a la Iglesia Católica. Los niños locos de alegría lo abrazaron como se abraza a un padre que regresa después de mucho tiempo. El padre Giovanni recordaría este acompañamiento espiritual como una de las cosas más bonitas de su vida. Pero en bromas solía decir: “No quiero confesar a más Sartorius; son agotadores”.
De Ajofrín al
monasterio de Lord
Alguna vez sucedía que voluntarios
que pasaban un tiempo con los niños más pobres de Cuzco, decidían seguir
adelante y hacerse sacerdotes para entregar su vida a la causa de los pobres.
Javier fue uno de ellos. La vida de Javier era un continuo dejar cosas. Había
dejado el colegio, había dejado la familia, había dejado el tenis, había dejado
la juerga, ahora también decía adiós a Buda y volvía a la fe de su infancia de
la que él se había olvidado desde su primera comunión en Madrid.
En Perú en medio de los más pobres,
permaneció un año. Acabó aceptando la proposición de hacerse sacerdote con los
Siervos de los Pobres . Y así dijo adiós a esta etapa americana, para empezar
otra nueva en España, concretamente en Ajofrín (Toledo) donde estaba el
seminario de la congregación.
Javier tenía disciplina para el
deporte, pero no para los libros de filosofía y teología. Todo le distraía de
los apuntes. Y no sólo eso. Se preguntaba por el sentido de su elección. ¿No
habría sido mejor volver a Cuzco y ayudar a sus niños, jugar con ellos, reír
con ellos, crecer con ellos? No le gustaba la vida cómoda que se llevaba en el
seminario. Habitaciones limpias, comida, transporte, libros, calor. Todo era fácil.
Y él ya estaba en otra esfera. Ni le preocupaba la comida ni le preocupaba la
ropa. Le dijo a su superior que ese no era su camino, que los estudios para
sacerdote no eran para él, que él quería buscar y encontrarse con Dios en una
cueva, procurarse el sustento en el bosque, vivir sin nada, absolutamente nada,
y alimentarse únicamente de Dios. El rector vio que iba lanzado y que ya nada
le detendría, pero antes de que se decidiese por esta idea descabellada le
ofreció una solución intermedia: “conozco
yo un monasterio, donde los monjes viven como eremitas en medio de una pobreza
radical… se llama Lord”
El ermitaño y las
ovejas
Un macuto con dos prendas, un
evangelio y mil pesetas. Nada más. No le daba para el billete así que fue
haciendo autostop entre Ajofrín y Sant Llorenç de Morunys, unos 670 kilómetros.
Y allí llegó. Llamó a la puerta. Le preguntaron su nombre. Y le ofrecieron lo
que tenía. Era poco. El santuario de Lord estaba casi todo él en ruina. No
había agua corriente. No había calefacción. Todo era pobreza. Dos ermitaños se
afanaban por devolver vida y oración a ese antiguo cenobio. Tenían un pequeño
rebaño de ovejas y se lo encomendaron. Y con la misma pasión que se había
entregado a otras cosas, se entregó a sus ovejas. Las sacaba a pastar, limpieba
el estiércol del corral, cuidaba a los corderillos, ordeñaba, hablaba con ellas
y ellas parecían entenderle. Se sentaba en el campo a escribir unas notas en su
cuaderno y ellas le miraban con sus ojos mansos como queriendo descifrar la
profundidad de sus pensamientos.
La alegría que era la nota
sobresaliente de su carácter se multiplicó en Lord. Había encontrado su lugar
en el mundo. Esa era la paz que buscaba. Esa era la familia que quería. Ese era
el Dios al que se abandonaba cada día. Leía la Biblia como un hambriento
mastica el pan duro. Devoraba las biografías de los santos, en especial la de
San Francisco. Se extasiaba contemplando los paisajes tan hermosos que divisaba
desde el santuario. Iba en busca del corderillo perdido. Compartía con
sencillez la comida de cada día con su comunidad. Algunos familiares le
visitaban y se quedaban admirados de la pobreza en la que vivía y de la alegría
que desprendía. Su padre no entendía nada. Le enfurecía cómo su hijo
despilfarraba su juventud con cuatro ovejas en un mísero rincón del mundo.
Amenazó con desheredarle. Este hijo inútil, que tuvo miles de oportunidades, le
desesperaba.
Sus hermanos ermitaños pronto entendieron que Javier era un trozo de excelente madera sin desbastar. Sería un buen sacerdote: era profundo y había progresado mucho en la oración. Daría un buen testimonio. Sostendría el futuro de Lord. “Yo no tengo vocación de sacerdote, pero obedeceré si me lo pedís”. Y de nuevo, de lunes a viernes, se vio en el seminario de Solsona. Filosofía, teología, latín, hebreo, biblia, moral. Cuántas cosas. Pero su cabeza ya no era la del atontado y distraído, sino la del entregado y responsable. Y de nuevo aceptó estudiar para sacerdote. Cada fin de semana volvía a Lord, a sus hermanos ermitaños, a sus ovejas, a la soledad sonora de los campos y de la capilla de Nuestra Señora de Lord. Y cada fin de semana seguía levantando un pequeño muro para delimitar el cementerio del convento. Su vida parecía estar encaminada. Cuando acabase sus estudios, volvería a su monasterio y permanecería allí por años y años, trabajando y rezando, como han hecho los monjes durante siglos y siglos.
De pronto
empezó a tener diarreas, cólicos intestinales, urgente necesidad de ir a
servicio, fiebre, cansancio extremo, pérdida de peso. El diagnóstico llegó
pronto: colitis ulcerosa. No podía seguir ese ritmo de estudio y trabajo, ni
alimentarse de esa manera ni podía vivir en ese lugar sin ninguna comodidad y
lejos de un centro sanitario.
Un enfermo en san
Miguel de Dueñas
Oró intensamente para comprender cuál
era la voluntad de Dios en todo esto, qué significaba su enfermedad y su
sufrimiento. Como todo ser humano, atravesó su Getsemaní y recorrió un camino
de lágrimas. Después volvió a brillar la confianza. Desapareció el miedo a la
muerte y se ofreció a Dios.
El padre Jordana tenía amistad con
las monjas de San Miguel de Dueñas (León). Y les pidió que aceptasen a Javier
por un tiempo hasta que mejorase, porque en Lord carecían de todo. Y de nuevo
Javier deshizo el camino andado. Lo deshizo sin pena, en la confianza de que
todo sería para bien. ¿Qué vieron esas monjas de San Miguel de Dueñas para
meterle en clausura, junta a ellas, atenderle, cuidarle, lavarle como a un hijo
y escucharle como a un padre espiritual? ¿Qué vieron esas monjas que,
incumpliendo las normas conventuales seculares, aceptaron en su capilla y en su
clausura a este joven enfermo que sonreía con dulzura? ¿Qué instintos
maternales provocó este hombre desvalido pero envuelto en luz que llamó a su
convento como un pordiosero? Una vez más, es estos gestos inesperados de
acogida se manifiesta el genio del cristianismo, la sabiduría cristiana que
escandaliza, la esencia cristiana que no distingue griego de judío, enfermo de
sano, hombre de mujer.
La enfermedad hacía su mella y lo
debilitaba. Además de una enfermedad era una humillación para su día a día. En
San Miguel de Dueñas, este ocupante de celda de clausura – alguna monja le
llamaba con cariño “Sor Javiera”-
tenía las maletas preparadas para la otra vida. Cuando le llamaban sus
familiares o sus amigos les solía preguntar: “¿Tienes las maletas preparadas? ¿Qué harías si te quedase una semana
de vida?” Y no hacía estas preguntas para amargar la vida al otro, sino
para que la vida de sus amigos tuviese un sentido y una plenitud.
Regreso al hogar de Lord
Javier murió el 21 de junio de 2006,
en el propio monasterio de clausura de San Miguel de Dueñas, de un infarto de
miocardio, tal vez provocado por la extrema debilidad de su organismo. Tenía apenas
44 años. Pocas horas antes, se había quitado el reloj de la muñeca y lo había
depositado en la mesilla, como indicando que para él el tiempo terrenal ya
había concluido; ya no necesitaba saber qué hora era en esta tierra en la que
había conocido el placer, la amargura, el desencanto, el arrepentimiento, la
conversión, la entrega a Dios y el trabajo humilde en un monasterio, la alegría
de conocer a Dios y amarlo. Las monjas lo lloraron como a un amigo del alma y a
un ejemplo de vida en el dolor. Y lo amortajaron con el hábito de monje. Su
cuerpo sin vida volvió al santuario de Lord, donde había su hogar, y esa plenitud
que había buscado desde joven. Fue enterrado en el pequeño cementerio que él
había trazado. Desde entonces, muchos peregrinos y buscadores se acercan a su
tumba, intentando comprender el secreto de una vida: el secreto de Javier.
Ante el cuerpo amortajado del hijo
pródigo, el padre de Javier, desencajado, se atrevió a murmurar: “Ahora entiendo todo”. Entendía al hijo.
Entendía que le llorasen tantas personas en las que había dejado huella.
Entendía el secreto de la felicidad de Javier. Y entendía su propia vida que
había transcurrido por caminos tan diferentes y con valores tan opuestos a los
de su hijo. Pocos meses después murió Mauricio Sartorius. Pero una semana
antes, había suplicado al rector del Santuario de Lord que permitiese ser
enterrarlo junto a su hijo. Y así se hizo. En 2013, cuando murió Myriam Milans
del Bosch, solicitó la misma autorización. Al final, el hijo había vuelto a
reunir a sus padres en eso que llamamos eternidad.
En cualquier horizonte…
la redención
Javier fue el joven rico, exitoso,
triunfador, pero también confuso y desconcertado que respondió radicalmente y
en primera persona a la pregunta de Jesús en el evangelio de Mateo, 16: “De qué le servirá al hombre ganar el mundo
entero, si pierde su alma”. El hijo de familia aristócrata, el estudiante
rebelde y gamberro, el ligón, el vivalavirgen, el seductor, el conocedor de
todos los placeres y menús de la vida, el tenista profesional, el deportista
triunfador, el hombre sensible y arrepentido, el cooperante, el estudiante de
teología, el monje, el orante, el
creyente que acepta en paz y en serenidad los planes de Dios sobre su cuerpo y
su alma, es Javier Sartorius Millans del Boch, sólo Javier. Y tiene mucho que
decir a tantos hombres insaciables de placeres y, al mismo tiempo, colmados de
desdicha y soledad.
La vida de Javier es un potente
testimonio. No importan los caminos extraviados que hayas frecuentado en tu
vida. No importan los errores garrafales ni los pecados gruesos. No hay
determinismo que valga para el ser humano. La redención es posible en cualquier
tramo del camino. En una sociedad que nos vende felicidad con cada compra y
plenitud con cada experiencia efímera… la vida de Javier es un ejemplo válido
para tantos jóvenes atrapados en el vacío, en el asco de sus propios errores,
en el sinsentido de sus vidas. La biografía de Javier puede ser una candela en
la noche oscura de tantas personas, una brecha mínima en el muro compacto de
soledad y tedio. Cualquier ser humano puede redimirse y aceptar la Redención de
Cristo. Ninguna pena de muerte, ninguna cadena perpetua pende sobre el mañana
del más miserable de los nacidos. Todos
los días amanece. Y el sol brilla lo mismo sobre justos y pecadores.
Su compañero y amigo,
Jordi Bosch Codina escribió sobre Javier: “Durante
los años que compartimos, Javier me regaló algo que no se puede comprar: la
certeza de que una vida entregada a Dios es posible, incluso en el mundo
moderno. Me enseñó que la verdadera riqueza no está en lo que posees, sino en
lo que das. Que la libertad no consiste en hacer lo que quieres, sino en querer
lo que debes. Que la fe no es un refugio para los débiles, sino la fortaleza de
los valientes. Estas no eran lecciones que predicara; eran lecciones que vivía.
Y eso es infinitamente más poderoso”.
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