jueves, 3 de septiembre de 2026

Javier Sartorius en busca de la plenitud

 


¿Javier qué? Sólo Javier

Llegó entre dos luces y calado hasta los huesos. La tormenta le había sorprendido por el camino enrevesado que conduce al santuario de Lord, en Lérida. Llamó a la puerta y le abrieron. Le ofrecieron una manta y un plato de sopa. Fray Jordana le preguntó cómo se llamaba, y el peregrino contestó: “Javier”. “¿Pero Javier, qué? ¿Tendrás apellidos?” –volvió a preguntar el buen fraile. Y respondió de nuevo:  “sólo Javier”.

Y en esta respuesta seca. En este nombre escueto de ‘Javier', se podría resumir la vida del joven que al filo de los 30 años llamó a la hospedería de Lord. Porque efectivamente, ya no quedaba nada del Javier Sartorius Millans del Bosch y Álvarez de las Asturias-Bohórquez y Huelín. Como no quedaba nada del gamberro expulsado de varios colegios de renombre y prestigio de Madrid, ni del que cerraba las discotescas Joy Eslava y Pachá, ni de la joven promesa de tenis, ni del campeón nacional de Usa de pádel, ni del entrenador personal de actores de renombre, ni del hedonista de las playas de surf y noches de sábanas revueltas. Y tal vez quedaba poco del joven que compartió bocatas con los homeless y con los veteranos del Vietnam, ni del que se inició en el budismo buscando desesperadamente respuestas a tantos interrogantes, ni del voluntario en un orfanato de niños de Cuzco, ni del seminarista de Toledo… Como su hermano dijo en una ocasión: “Del menú de la vida, Javier lo había probado todo”. Y de ese menú de la vida, suculento y variado, inmenso y fascinante, nada le había satisfecho ni saciado. Sólo le había provocado la náusea y el asco. Ahora llegaba a Lord a otra cosa. Había hecho un largo camino de búsqueda y de conversión. Pero le quedaba por saber una cosa: qué es lo que Dios quería de él y dónde lo quería.

La vida de Javier Sartorius camina hacia los altares. Robert Miracle, rector del seminario de Barcelona cuando Javier era estudiante para el sacerdocio, se empeñó en abrir este proceso porque “Le admiraba y me he encomendado a él. Vi que era un hombre tocado por la gracia de Dios". El proceso de beatificación ya ha sido iniciado. Desde el día de su funeral, fueron muchos los que se sintieron deudores con la vida de Javier. Les había marcado, les había mejorado, les había concedido luz: familiares, amigos, niños de Cuzco, siervos de los Pobres del Tercer Mundo, ermitaños de Lord, compañeros de Teología de Barcelona, enfermeras de Barcelona o León, monjas de San Miguel de Dueñas, peregrinos, visitantes, lectores y ahora también cuantos han visto la película “Solo Javier”.

Estudiante gamberro y chico pijo

Javier llegó al mundo en 1962, tercer hijo del matrimonio formado por Mauricio Sartorius y Myriam Milans del Bosch. Una familia aristócrata y acomodada. Una rama familiar extensa de apellidos rancios y rimbombantes, de títulos nobiliarios y presencia en las finanzas, en las milicias, en la política y en la alta sociedad madrileña. Desde pequeño, Javier ya era un espíritu libre. Muy pronto este espíritu se tradujo en gamberradas, travesuras y suspensos. Compañero inseparable de su hermano Fernando en el más prestigioso colegio de los jesuitas en Madrid y luego en el Alfonso XII del Escorial. Los colegios de nombres más sonoros poco sirven si no hincas los codos y, por el contrario, te dedicas a perder el tiempo y gamberrear. Los suspensos llovían al mismo tiempo que llovían las broncas en casa. Apuesto y joven, dotado de un increíble don de gentes, seductor por naturaleza, alegre a pedir de boca, desde muy joven se convirtió en el amo de las terrazas y en la salsa de las discotecas. Lo único que le salvaba era su afición al deporte. Una tarde Santana lo vio jugar en la pista y cazó al instante que ese joven tenía madera de tenista, decidió apadrinarlo, pero el padre de Javier se negó en absoluto. “Javier tiene que estudiar”. Como en España el padre no hacía vida ni de Javier ni de Fernando, les inscribió en una universidad americana de Texas para estudiar administración de empresas y, como concesión, les pagó una beca de tenis en una academia muy conocida.


Campeón de padel y tenis en USA

Los hermanos Sartorius se dedicaron al tenis y no quisieron saber nada de la Universidad. El padre les cortó el grifo. “Apañaos como queráis, pero no suelto más pasta”. Se fueron a vivir a los Ángeles. Y allí todo el monte fue orégano. Se convirtieron en comerciantes de aspiradoras a domicilio, profesores de tenis de famosos de Hollywood (entrenaron a artistas como Salma Hayek, Tom Cruise o Elsa Pataky), organizadores de campeonatos que les proporcionaban buenos ingresos. Y el resto del día y la noche entera: la playa, el surf, los ligues fáciles, la música a tope, la vida social y cientos de contactos en poco tiempo. En Estados Unidos, lejos de la familia, de la presión social de sus ilustres apellidos, ellos eran dos hippies libres. Podían hacer lo que les diera la gana. No tenían que rendir cuentas a nadie, y encima podían pagar sin problemas el apartamento y los vicios. ¿Lo de sexo, drogas y rock and roll? Pues eso. Por primera vez, sin culpas y sin remordimientos, sin broncas y sin consejos paternos, podían hacer su santa voluntad. Pasaron dos años sin volver por España. En la playa y en la discoteca, les llamaban los Gipsy King, los reyes gitanos de la alegría, la fiesta y la juerga. En esa juventud alocada y alegre, la separación de sus padres fue una sombra que lo entristeció y lo apenó como al que más. Un intenso dolor. No podía imaginar regresar a casa y no ver a sus padres juntos en cada rincón. 

Aquel primer homeless y el budismo

El pádel empezaba a coger consistencia en Estados Unidos. Los hermanos se metieron de lleno en ello. De su afición deportiva, los dos hermanos habían conservado el espíritu de disciplina, que Javier aplicaba únicamente al deporte. Fueron subiendo puestos y se alzaron con la victoria en el Campeonato Nacional de Pádel USA.  Pero unos meses antes de este triunfo increíble, Javier se encontró con un sintecho. Un homeless cualquiera le pidió un cigarrillo, pero los ojos del vagabundo pedían algo más: un poco de escucha, un poco de tiempo, un poco de afecto. Por primera vez Javier se dio cuenta de la existencia privilegiada que había tenido. Él había sido un pijo toda su vida, y por primera vez caía en la cuenta de que no todo el mundo vivía como él había vivido. A partir de ahí, compraba comida y se iba bajo los puentes donde se agrupaban dos o tres sintecho, les ofrecía un bocata, y se sentaba con ellos a escuchar sus historias. A veces los homeless eran ex combatientes a los que la guerra había dejado una mutilación física y varias en el alma. Él les escuchaba y no les juzgaba. Y por primera vez cayó en la cuenta de que su vida de sol, fiestas y tenis era una mierda.

Alguien le hablo de las escuelas orientales de meditación y del budismo, y él se metió de lleno. Se levantaba a las 4 de la mañana para hacer meditación. Acudía a las sesiones de oración impartidas por monjes budistas. Por entonces la espiritualidad orientalista ganaba miles de adeptos. Todos querían sentirse bien, estar en calma, tener paz interior. Javier fue uno más de los miles de deslumbrados por la meditación oriental.

Desde el punto deportivo, Javier había logrado su mayor éxito: ganar el Campeonato Nacional de Pádel de Estados Unidos. Pero ese gran éxito lo único que hizo fue confirmarle una vez más que caminaba por el lado equivocado del camino. Cuando volvía a su casa se acercó a un contenedor de basura y allí mismo arrojó el trofeo de campeón. Para Javier esta victoria era una derrota más para su corazón.


Los niños de Cuzco y la vuelta a la fe católica

“¿Tú crees que a uno como yo que no piso por la iglesia, que estoy metido en esto del budismo, le aceptarían como voluntario en esa misión católica?, preguntó Javier por teléfono a su primo, Willian Hartley, que por entonces se hallaba de voluntario en Cuzco con los Siervos de los Pobres del Tercer Mundo. Le contestó que no había ningún problema y que podría permanecer unas semanas en el orfanato. Su primo le preguntó cuándo tenía intención de acercarse. Y la respuesta de Javier, le dejó sin palabras: “Mañana mismo”.

            Cuando Javier llegó a Cuzco sabía quién no quería ser, pero aún desconocía quién iba a ser. La pobreza siempre te interroga y te cuestiona. Pero también la pobreza ajena es una invitación a la donación. Y esa donación lleva a la alegría y a la plenitud. Su don de gentes, su alma de niño, conectó desde el primer momento con los niños del orfanato de Cuzco. Los niños llevaban a sus espaldas historias terribles, pero también una voluntad de sanación y un deseo de futuro grande en sus pequeños cuerpos y corazones. A Javier esta capacidad del niño para olvidar sus heridas y lanzarse al futuro le conmovió. En sus primeros tiempos, Javier se mantuvo alejado de cualquier celebración litúrgica, porque eso no iba con él. Pero poco a poco, los misioneros y los niños le fueron acercando a la fe de sus mayores. Al fin y al cabo él había nacido y vivido en una familia católica. Cada vez se situaba más cerca de la iglesia, hasta que un día, cruzó el umbral. Pidió confesión al padre Giovanni. Una confesión que duró dos días enteros, caminando por senderos o deteniéndose a la sombra de un árbol. La confesión le ayudo a repasar toda su vida, a poner luz en sus cuartos oscuros. La absolución le hizo sentir perdonado y hombre nuevo. Revestido con un alba blanca volvió a entrar en la humilde capilla de la misión. Fui su vuelta a la Iglesia Católica. Los niños locos de alegría lo abrazaron como se abraza a un padre que regresa después de mucho tiempo. El padre Giovanni recordaría este acompañamiento espiritual como una de las cosas más bonitas de su vida. Pero en bromas solía decir: “No quiero confesar a más Sartorius; son agotadores”.  




De Ajofrín al monasterio de Lord

Alguna vez sucedía que voluntarios que pasaban un tiempo con los niños más pobres de Cuzco, decidían seguir adelante y hacerse sacerdotes para entregar su vida a la causa de los pobres. Javier fue uno de ellos. La vida de Javier era un continuo dejar cosas. Había dejado el colegio, había dejado la familia, había dejado el tenis, había dejado la juerga, ahora también decía adiós a Buda y volvía a la fe de su infancia de la que él se había olvidado desde su primera comunión en Madrid.

En Perú en medio de los más pobres, permaneció un año. Acabó aceptando la proposición de hacerse sacerdote con los Siervos de los Pobres . Y así dijo adiós a esta etapa americana, para empezar otra nueva en España, concretamente en Ajofrín (Toledo) donde estaba el seminario de la congregación.

Javier tenía disciplina para el deporte, pero no para los libros de filosofía y teología. Todo le distraía de los apuntes. Y no sólo eso. Se preguntaba por el sentido de su elección. ¿No habría sido mejor volver a Cuzco y ayudar a sus niños, jugar con ellos, reír con ellos, crecer con ellos? No le gustaba la vida cómoda que se llevaba en el seminario. Habitaciones limpias, comida, transporte, libros, calor. Todo era fácil. Y él ya estaba en otra esfera. Ni le preocupaba la comida ni le preocupaba la ropa. Le dijo a su superior que ese no era su camino, que los estudios para sacerdote no eran para él, que él quería buscar y encontrarse con Dios en una cueva, procurarse el sustento en el bosque, vivir sin nada, absolutamente nada, y alimentarse únicamente de Dios. El rector vio que iba lanzado y que ya nada le detendría, pero antes de que se decidiese por esta idea descabellada le ofreció una solución intermedia: “conozco yo un monasterio, donde los monjes viven como eremitas en medio de una pobreza radical… se llama Lord”

El ermitaño y las ovejas

Un macuto con dos prendas, un evangelio y mil pesetas. Nada más. No le daba para el billete así que fue haciendo autostop entre Ajofrín y Sant Llorenç de Morunys, unos 670 kilómetros. Y allí llegó. Llamó a la puerta. Le preguntaron su nombre. Y le ofrecieron lo que tenía. Era poco. El santuario de Lord estaba casi todo él en ruina. No había agua corriente. No había calefacción. Todo era pobreza. Dos ermitaños se afanaban por devolver vida y oración a ese antiguo cenobio. Tenían un pequeño rebaño de ovejas y se lo encomendaron. Y con la misma pasión que se había entregado a otras cosas, se entregó a sus ovejas. Las sacaba a pastar, limpieba el estiércol del corral, cuidaba a los corderillos, ordeñaba, hablaba con ellas y ellas parecían entenderle. Se sentaba en el campo a escribir unas notas en su cuaderno y ellas le miraban con sus ojos mansos como queriendo descifrar la profundidad de sus pensamientos.

La alegría que era la nota sobresaliente de su carácter se multiplicó en Lord. Había encontrado su lugar en el mundo. Esa era la paz que buscaba. Esa era la familia que quería. Ese era el Dios al que se abandonaba cada día. Leía la Biblia como un hambriento mastica el pan duro. Devoraba las biografías de los santos, en especial la de San Francisco. Se extasiaba contemplando los paisajes tan hermosos que divisaba desde el santuario. Iba en busca del corderillo perdido. Compartía con sencillez la comida de cada día con su comunidad. Algunos familiares le visitaban y se quedaban admirados de la pobreza en la que vivía y de la alegría que desprendía. Su padre no entendía nada. Le enfurecía cómo su hijo despilfarraba su juventud con cuatro ovejas en un mísero rincón del mundo. Amenazó con desheredarle. Este hijo inútil, que tuvo miles de oportunidades, le desesperaba.

Sus hermanos ermitaños pronto entendieron que Javier era un trozo de excelente madera sin desbastar. Sería un buen sacerdote: era profundo y había progresado mucho en la oración. Daría un buen testimonio. Sostendría el futuro de Lord. “Yo no tengo vocación de sacerdote, pero obedeceré si me lo pedís”. Y de nuevo, de lunes a viernes, se vio en el seminario de Solsona. Filosofía, teología, latín, hebreo, biblia, moral. Cuántas cosas. Pero su cabeza ya no era la del atontado y distraído, sino la del entregado y responsable. Y de nuevo aceptó estudiar para sacerdote. Cada fin de semana volvía a Lord, a sus hermanos ermitaños, a sus ovejas, a la soledad sonora de los campos y de la capilla de Nuestra Señora de Lord. Y cada fin de semana seguía levantando un pequeño muro para delimitar el cementerio del convento. Su vida parecía estar encaminada. Cuando acabase sus estudios, volvería a su monasterio y permanecería allí por años y años, trabajando y rezando, como han hecho los monjes durante siglos y siglos.

            De pronto empezó a tener diarreas, cólicos intestinales, urgente necesidad de ir a servicio, fiebre, cansancio extremo, pérdida de peso. El diagnóstico llegó pronto: colitis ulcerosa. No podía seguir ese ritmo de estudio y trabajo, ni alimentarse de esa manera ni podía vivir en ese lugar sin ninguna comodidad y lejos de un centro sanitario. 

Un enfermo en san Miguel de Dueñas

Oró intensamente para comprender cuál era la voluntad de Dios en todo esto, qué significaba su enfermedad y su sufrimiento. Como todo ser humano, atravesó su Getsemaní y recorrió un camino de lágrimas. Después volvió a brillar la confianza. Desapareció el miedo a la muerte y se ofreció a Dios.

El padre Jordana tenía amistad con las monjas de San Miguel de Dueñas (León). Y les pidió que aceptasen a Javier por un tiempo hasta que mejorase, porque en Lord carecían de todo. Y de nuevo Javier deshizo el camino andado. Lo deshizo sin pena, en la confianza de que todo sería para bien. ¿Qué vieron esas monjas de San Miguel de Dueñas para meterle en clausura, junta a ellas, atenderle, cuidarle, lavarle como a un hijo y escucharle como a un padre espiritual? ¿Qué vieron esas monjas que, incumpliendo las normas conventuales seculares, aceptaron en su capilla y en su clausura a este joven enfermo que sonreía con dulzura? ¿Qué instintos maternales provocó este hombre desvalido pero envuelto en luz que llamó a su convento como un pordiosero? Una vez más, es estos gestos inesperados de acogida se manifiesta el genio del cristianismo, la sabiduría cristiana que escandaliza, la esencia cristiana que no distingue griego de judío, enfermo de sano, hombre de mujer.

La enfermedad hacía su mella y lo debilitaba. Además de una enfermedad era una humillación para su día a día. En San Miguel de Dueñas, este ocupante de celda de clausura – alguna monja le llamaba con cariño “Sor Javiera”- tenía las maletas preparadas para la otra vida. Cuando le llamaban sus familiares o sus amigos les solía preguntar: “¿Tienes las maletas preparadas? ¿Qué harías si te quedase una semana de vida?” Y no hacía estas preguntas para amargar la vida al otro, sino para que la vida de sus amigos tuviese un sentido y una plenitud.


Regreso al hogar de Lord

Javier murió el 21 de junio de 2006, en el propio monasterio de clausura de San Miguel de Dueñas, de un infarto de miocardio, tal vez provocado por la extrema debilidad de su organismo. Tenía apenas 44 años. Pocas horas antes, se había quitado el reloj de la muñeca y lo había depositado en la mesilla, como indicando que para él el tiempo terrenal ya había concluido; ya no necesitaba saber qué hora era en esta tierra en la que había conocido el placer, la amargura, el desencanto, el arrepentimiento, la conversión, la entrega a Dios y el trabajo humilde en un monasterio, la alegría de conocer a Dios y amarlo. Las monjas lo lloraron como a un amigo del alma y a un ejemplo de vida en el dolor. Y lo amortajaron con el hábito de monje. Su cuerpo sin vida volvió al santuario de Lord, donde había su hogar, y esa plenitud que había buscado desde joven. Fue enterrado en el pequeño cementerio que él había trazado. Desde entonces, muchos peregrinos y buscadores se acercan a su tumba, intentando comprender el secreto de una vida: el secreto de Javier.

Ante el cuerpo amortajado del hijo pródigo, el padre de Javier, desencajado, se atrevió a murmurar: “Ahora entiendo todo”. Entendía al hijo. Entendía que le llorasen tantas personas en las que había dejado huella. Entendía el secreto de la felicidad de Javier. Y entendía su propia vida que había transcurrido por caminos tan diferentes y con valores tan opuestos a los de su hijo. Pocos meses después murió Mauricio Sartorius. Pero una semana antes, había suplicado al rector del Santuario de Lord que permitiese ser enterrarlo junto a su hijo. Y así se hizo. En 2013, cuando murió Myriam Milans del Bosch, solicitó la misma autorización. Al final, el hijo había vuelto a reunir a sus padres en eso que llamamos eternidad.


En cualquier horizonte… la redención

Javier fue el joven rico, exitoso, triunfador, pero también confuso y desconcertado que respondió radicalmente y en primera persona a la pregunta de Jesús en el evangelio de Mateo, 16: “De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero, si pierde su alma”. El hijo de familia aristócrata, el estudiante rebelde y gamberro, el ligón, el vivalavirgen, el seductor, el conocedor de todos los placeres y menús de la vida, el tenista profesional, el deportista triunfador, el hombre sensible y arrepentido, el cooperante, el estudiante de teología, el monje,  el orante, el creyente que acepta en paz y en serenidad los planes de Dios sobre su cuerpo y su alma, es Javier Sartorius Millans del Boch, sólo Javier. Y tiene mucho que decir a tantos hombres insaciables de placeres y, al mismo tiempo, colmados de desdicha y soledad.

La vida de Javier es un potente testimonio. No importan los caminos extraviados que hayas frecuentado en tu vida. No importan los errores garrafales ni los pecados gruesos. No hay determinismo que valga para el ser humano. La redención es posible en cualquier tramo del camino. En una sociedad que nos vende felicidad con cada compra y plenitud con cada experiencia efímera… la vida de Javier es un ejemplo válido para tantos jóvenes atrapados en el vacío, en el asco de sus propios errores, en el sinsentido de sus vidas. La biografía de Javier puede ser una candela en la noche oscura de tantas personas, una brecha mínima en el muro compacto de soledad y tedio. Cualquier ser humano puede redimirse y aceptar la Redención de Cristo. Ninguna pena de muerte, ninguna cadena perpetua pende sobre el mañana del más miserable de los nacidos.  Todos los días amanece. Y el sol brilla lo mismo sobre justos y pecadores.

Su compañero y amigo, Jordi Bosch Codina escribió sobre Javier: “Durante los años que compartimos, Javier me regaló algo que no se puede comprar: la certeza de que una vida entregada a Dios es posible, incluso en el mundo moderno. Me enseñó que la verdadera riqueza no está en lo que posees, sino en lo que das. Que la libertad no consiste en hacer lo que quieres, sino en querer lo que debes. Que la fe no es un refugio para los débiles, sino la fortaleza de los valientes. Estas no eran lecciones que predicara; eran lecciones que vivía. Y eso es infinitamente más poderoso”.







Saludando al Papa Juan Pablo II



Monasterio de San Miguel de Dueñas

La película Sólo Javier

La biografía de Javier Sartorius



Escena de la película: cuidado de las ovejas

Peregrinos en Lord tras el secreto de Javier







 

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