lunes, 11 de mayo de 2026

Indestructibles, de Xavier Aldekoa

                


         El escritor barcelonés (nacido en 1981) viajó a África apenados hubo concluido sus estudios de periodismo. Desde entonces, el continente africano es una pasión y la razón de su escritura. Viajar por África, a muchos les ha hecho escritores. Actualmente el autor ejerce como corresponsal de La Vanguardia para asuntos africanos. Acabo de leer su libro Indestructibles, en el que recoge un buen ramillete de historias concretas, con nombres y rostros, de hombres y mujeres indestructibles en sus deseos de superación e indestructibles en su esperanza. La esperanza, no por mucho repetido es menos cierto, es el motor de África.

                De Madagascar a Etiopía, de Cabo Verde a Mozambique, Xavier Aldekoa nos cuenta vidas venturosas y desventuradas, pero todas ellas valiosas e instructivas. Marceline tiene un sueño: ser profesora. Vive en Madagascar tiene que trabajar y trabajar para ganar unas monedas y pagar sus estudios. Tiene que quitar horas al sueño para aplicarse con los libros y los cuadernos. Ella es la primera ‘indestructible’ que conocemos en las páginas de este libro, pero hay muchas más. El bebé Ibrahim, con 18 meses sobrevivió a la más mortal de las epidemias, el ébola, en un país como Sierra Leona, donde los contagiados fueron abandonados internacionalmente a su suerte, pero también donde un grupo de médicos y voluntarios, sin capa y sin espada, fueron héroes en los hospitales y en las calles. Así conocemos a Abi, una chica a la que el ébola se llevó por delante a su familia y que tuvo que empezar de cero, como tantos, ante esa plaga universal.

                Probablemente el capítulo más desolador, y también el más lúcido, es el que nos habla de la travesía de tantos africanos para alcanzar las costas europeas. Conocemos cifras de los que mueren ahogados en el mar persiguiendo su sueño. Pero hay otros regueros de muerte en tierra firme, especialmente por las rutas del desierto para alcanzar Libia, un trampolín para entrar en Europa. Las mafias campan a sus anchas. Las tarifas para cruzar el desierto en todoterrenos son cada vez más altas. La impiedad de los ‘coyotes del desierto’ hacia los jóvenes que desean emigrar es cada vez más cruenta. Muertos de miedo, helados de frío en las noches y sudorosos en las horas de sol, grupos de jóvenes están a merced de las mafias, inflexibles con las cuotas y las condiciones del viaje. Las arenas del desierto cubren a diario cuerpos, muertos de hipotermia, enfermos de malaria, caídos al suelo por la velocidad y los vaivenes de los vehículos que huyen como bandidos para esquivar los controles. Y en este escenario de terror, el humilde Charif se atrevió a enfrentarse al conductor mafioso, que se negaba a detener la marcha, aunque dos mujeres se habían caído del todoterreno.     

                Aldekoa nos habla también del próspero negocio de la venta de esclavos en Libia, un país que se sumergió en el caos legal después de la caída de Gadafi. Los libios atrapan a los subsaharianos en su camino a Europa, para venderlos como esclavos para trabajar en las minas a ellos, y como prostitutas a ellas. Y también nos cuenta la frustración y la amargura de los que intentaron salir de África y, por muchos motivos, no lo consiguieron. Unos por un miedo insuperable ante un horizonte de penalidades, otros porque fueron atacados y perdieron el dinero que su familia había ahorrado para este incierto viaje. En fin, una suma de infortunios es el pan de los fracasados. Todos ellos sienten vergüenza de volver a sus casas como perdedores, y se quedan malviviendo durante años en otros países, haciendo trabajos que nadie haría. Se sienten atrapados, como Alex Jallah, perdido en Níger, ejerciendo de peluquero, para ganar 1,5 euros al día. Un joven atrapado.

                La historia de Margaret, apenas una niña de once años, casada con un hombre que le triplica la edad, en un país, Uganda, donde la costumbre, la tradición, la pobreza, lleva a muchas familias a establecer estos matrimonios infantiles. Margaret se sienta también atrapada entre la costumbre, la añoranza por los juegos infantiles, las obligaciones de una mujer casada y la promesa de que ella no obligará a sus hijas a casarse de niñas.

                La violencia que en las primeras décadas del siglo XXI han desatado los radicales musulmanes, han provocado el caos y la muerte de tantos inocentes. La irrupción asesina del yihadismo ha causado más de cincuenta mil muertos entre los habitantes de Camerún, Nigeria, Níger y Chad. Boko Haram es el grupo terrorista más conocido, pero hay muchos más. Especialmente dramático fue el caso de las niñas bomba. Jóvenes muchachas medio drogadas, con cinturones explosivos bajos sus ropas holgadas, fueron enviadas a hacerse explotar en medio de los mercados o en lugares de reunión. Se habla de que, al menos, 450 niñas se inmolaron. Las inmolaron. Miles de personas abandonaron apresuradamente el sus aldeas y en su desesperada huida, sin alimentos y sin recursos, muchos murieron. Daniel Jacobs podría servir de ejemplo de los condenados al exilio. Hasan podría servir de ejemplo de los que lograron sobrevivir al infierno, simplemente porque se hicieron el muerto bajo los cuerpos de los que verdaderamente habían sido asesinados. Por otro lado, el ejército, en su lucha contra el yihadismo, sembró un terror paralelo, cargándose a cualquier sospechoso de colaboracionista con el terrorismo.

                Leyendo el libro de Aldekoa me he encontrado con historias, que con otros nombres y en otros países, he conocido en mis viajes a África. Por ejemplo, la historia de Enmanuel, un niño togolés acusado de brujería y, por lo tanto, arrojado a la calle y estigmatizado para siempre. Muchos de los niños de la calle son el fruto maldito de un fenómeno irracional pero real: los llamados brujos, injustamente acusados de provocar la desgracia a su alrededor. Otro ejemplo podría ser la historia de José Albino Luis, otro menino da rua, en las calles de Mozambique, al que la pobreza extrema y el maltrato familiar arrojaron a la calle, como un trasto inservible. La extracción del cobalto o del coltán en las minas de la república democrática del Congo es una de las metáforas de la situación en la que viven y malviven tantos adolescentes y jóvenes, obligados a jornadas extenuantes para extraer minerales que sirven para nuestros aparatos tecnológicos. ¡Hay mucha sangre en el interior de nuestros teléfonos móviles!

                La sabiduría africana nos recuerda que los árboles secos también tienen un valor, aunque ya no den frutos y no tengan hojas, pues sirven para que los pájaros duerman en sus ramas.

                Tienen valor las vidas de los pobres. Tienen valor las vidas de las mujeres casadas en su infancia. Tienen valor las vidas de los niños de la calle. Tienen valor las vidas de los migrantres que cruzan el desierto libio. Y las de los que yacen bajo las arenas. Y las que se perdieron en un mercado por las bombas del yihadismo. Tienen valor las vidas de los que sueñan grandes sueños o sueños pequeñitos. Tienen valor las vidas grávidas de esperanza. Todas esas vidas tienen o tuvieron una semilla de esperanza en sus entrañas. Y por ello, en cierto sentido, fueron indestructibles.





miércoles, 6 de mayo de 2026

ETA: tibia la sociedad, tibia la Iglesia

     


    Durante la presentación del libro de Jaime Mayor Oreja "Una verdad incómoda" en la ciudad de Alicante, Mons. Munilla ha reflexionado en voz alta sobre la tibieza de la sociedad vasca y de la propia Iglesia vasca frente al terror de ETA. No es nada nuevo ni nada que no se sepa: la anbigüedad en la que se movió buena parte del pueblo vasco y buena parte de la jerarquía eclesiástica de aquellos años de plomo del terrorismo. Pero está bien que un obispo así lo reconozca: "Lo peor del terrorismo no es que mata, es que llevó a la sociedad a la tibieza, a la medianía, a la cobardía, a hacer un pacto con el mal. El terrorismo mata el alma, no sólo el cuerpo".

    En el País Vasco, la pseudorreligión de la autodeterminación, unida a la mística de la violencia, dividió a la sociedad en buenos y malos y cosificó a las personas que no comulgaban con la violencia etarra. Y todos sabemos que cuando a las personas se las convierte en cosas, todo es posible. Por ejemplo, apretar el gatillo o colocar una bomba lapa en los fondos del coche, provocar la muerte y no sentir nada, porque los muertos (militares, políticos de partidos nacionales, niños o ciudadanos anónimos, carecen de valor, no son nada, son cosas, objetos a destruir en nombre de unos grandes ideales: la patria vasca, la liberación, la autodeterminación, la ikurriña, el euskera...

    Frente a una mayoría ambigua, tibia, indiferente, cuando no abiertamente proetarra, hubo una minoría de vascos verdaderamente valientes, que no tuvieron miedo, que no se dejaron vencer por la ideología del odio y la violencia. Ciudadanos que se manifestaban en silencio después de cada atentado, a pesar de las presiones de los energúmenos que tenían a unos metros y que no paraban de insultarlos. Empresarios que no sucumbieron al chantaje. Miembros de partidos que aceptaron ir en las listas electorales, con el riesgo que eso suponía, jueces que hacían su trabajo, fuerzas de seguridad que mantuvieron el tipo y la dignidad. Cristianos que no se dejaron ganar por el incienso nacionalista de las sacristías. 

    ¿Hay que pasar página? ¿Hay que olvidarlo todo? Sería lo deseable. Pero hay dos condiciones que necesariamente deben cumplirse: Una: los violentos deben pedir perdón  a las víctimas y a toda la sociedad que sufrió por esta causa. Dos: Los terroristas deben colaborar en esclarecer los casos terroristas aún no resueltos.

        Pero justo se está dando lo contrario. Los pactos entre el Gobierno de Pedro Sánchez y Bildu han servido para el blanqueamiento de los actos terroristas. Los partidos que sostuvieron el entramado de ETA y que la jalearon campan a sus anchas, mientras que las víctimas se están convirtiendo en invisibles. Sin cumplir las penas de cárcel establecidas, los terroristas salen de los centros penitenciarios. Mientras que el relato de que los chico violentos tenían sus razones y de que las víctimas de ETA lo fueron por su falta de entusiasmo nacionalista, va ganando terreno. Es el relato triunfador. No está de más recordar un hecho: cada dos por tres, los antiguos etarras reciben homenajes en el País Vasco, mientras que los restos mortales de Miguel Ángel Blanco (¡Miguel Ángel Blanco!) debieron ser trasladados a la aldea gallega de Faramontaos, porque la tumba de Emua, la localidad donde vivió y donde fue concejal, aparecía un día sí y otro también con pintadas insultantes,  y destrozos las flores pisoteadas. Buena parte de la sociedad vasca fue tibia. ¿Lo sigue siendo todavía?

   






Tumba de Miguel A. Blanco en Faramontaos (A Merca)

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