El escritor barcelonés (nacido en 1981) viajó a África apenados hubo concluido sus estudios de periodismo. Desde entonces, el continente africano es una pasión y la razón de su escritura. Viajar por África, a muchos les ha hecho escritores. Actualmente el autor ejerce como corresponsal de La Vanguardia para asuntos africanos. Acabo de leer su libro Indestructibles, en el que recoge un buen ramillete de historias concretas, con nombres y rostros, de hombres y mujeres indestructibles en sus deseos de superación e indestructibles en su esperanza. La esperanza, no por mucho repetido es menos cierto, es el motor de África.
De Madagascar a Etiopía, de Cabo Verde a Mozambique, Xavier Aldekoa nos cuenta vidas venturosas y desventuradas, pero todas ellas valiosas e instructivas. Marceline tiene un sueño: ser profesora. Vive en Madagascar tiene que trabajar y trabajar para ganar unas monedas y pagar sus estudios. Tiene que quitar horas al sueño para aplicarse con los libros y los cuadernos. Ella es la primera ‘indestructible’ que conocemos en las páginas de este libro, pero hay muchas más. El bebé Ibrahim, con 18 meses sobrevivió a la más mortal de las epidemias, el ébola, en un país como Sierra Leona, donde los contagiados fueron abandonados internacionalmente a su suerte, pero también donde un grupo de médicos y voluntarios, sin capa y sin espada, fueron héroes en los hospitales y en las calles. Así conocemos a Abi, una chica a la que el ébola se llevó por delante a su familia y que tuvo que empezar de cero, como tantos, ante esa plaga universal.
Probablemente el
capítulo más desolador, y también el más lúcido, es el que nos habla de la
travesía de tantos africanos para alcanzar las costas europeas. Conocemos
cifras de los que mueren ahogados en el mar persiguiendo su sueño. Pero hay
otros regueros de muerte en tierra firme, especialmente por las rutas del
desierto para alcanzar Libia, un trampolín para entrar en Europa. Las mafias campan
a sus anchas. Las tarifas para cruzar el desierto en todoterrenos son cada vez
más altas. La impiedad de los ‘coyotes del desierto’ hacia los jóvenes que
desean emigrar es cada vez más cruenta. Muertos de miedo, helados de frío en
las noches y sudorosos en las horas de sol, grupos de jóvenes están a merced de
las mafias, inflexibles con las cuotas y las condiciones del viaje. Las arenas
del desierto cubren a diario cuerpos, muertos de hipotermia, enfermos de
malaria, caídos al suelo por la velocidad y los vaivenes de los vehículos que
huyen como bandidos para esquivar los controles. Y en este escenario de terror,
el humilde Charif se atrevió a enfrentarse al conductor mafioso, que se negaba
a detener la marcha, aunque dos mujeres se habían caído del todoterreno.
Aldekoa nos habla
también del próspero negocio de la venta de esclavos en Libia, un país que se
sumergió en el caos legal después de la caída de Gadafi. Los libios atrapan a
los subsaharianos en su camino a Europa, para venderlos como esclavos para
trabajar en las minas a ellos, y como prostitutas a ellas. Y también nos cuenta
la frustración y la amargura de los que intentaron salir de África y, por
muchos motivos, no lo consiguieron. Unos por un miedo insuperable ante un
horizonte de penalidades, otros porque fueron atacados y perdieron el dinero
que su familia había ahorrado para este incierto viaje. En fin, una suma de
infortunios es el pan de los fracasados. Todos ellos sienten vergüenza de
volver a sus casas como perdedores, y se quedan malviviendo durante años en
otros países, haciendo trabajos que nadie haría. Se sienten atrapados, como
Alex Jallah, perdido en Níger, ejerciendo de peluquero, para ganar 1,5 euros al
día. Un joven atrapado.
La historia de
Margaret, apenas una niña de once años, casada con un hombre que le triplica la
edad, en un país, Uganda, donde la costumbre, la tradición, la pobreza, lleva a
muchas familias a establecer estos matrimonios infantiles. Margaret se sienta
también atrapada entre la costumbre, la añoranza por los juegos infantiles, las
obligaciones de una mujer casada y la promesa de que ella no obligará a sus
hijas a casarse de niñas.
La violencia que
en las primeras décadas del siglo XXI han desatado los radicales musulmanes, han
provocado el caos y la muerte de tantos inocentes. La irrupción asesina del
yihadismo ha causado más de cincuenta mil muertos entre los habitantes de
Camerún, Nigeria, Níger y Chad. Boko Haram es el grupo terrorista más conocido,
pero hay muchos más. Especialmente dramático fue el caso de las niñas bomba. Jóvenes
muchachas medio drogadas, con cinturones explosivos bajos sus ropas holgadas,
fueron enviadas a hacerse explotar en medio de los mercados o en lugares de
reunión. Se habla de que, al menos, 450 niñas se inmolaron. Las inmolaron.
Miles de personas abandonaron apresuradamente el sus aldeas y en su desesperada
huida, sin alimentos y sin recursos, muchos murieron. Daniel Jacobs podría
servir de ejemplo de los condenados al exilio. Hasan podría servir de ejemplo
de los que lograron sobrevivir al infierno, simplemente porque se hicieron el
muerto bajo los cuerpos de los que verdaderamente habían sido asesinados. Por
otro lado, el ejército, en su lucha contra el yihadismo, sembró un terror
paralelo, cargándose a cualquier sospechoso de colaboracionista con el
terrorismo.
Leyendo el libro de Aldekoa me he encontrado con historias, que con otros nombres y en otros países, he conocido en mis viajes a África. Por ejemplo, la historia de Enmanuel, un niño togolés acusado de brujería y, por lo tanto, arrojado a la calle y estigmatizado para siempre. Muchos de los niños de la calle son el fruto maldito de un fenómeno irracional pero real: los llamados brujos, injustamente acusados de provocar la desgracia a su alrededor. Otro ejemplo podría ser la historia de José Albino Luis, otro menino da rua, en las calles de Mozambique, al que la pobreza extrema y el maltrato familiar arrojaron a la calle, como un trasto inservible. La extracción del cobalto o del coltán en las minas de la república democrática del Congo es una de las metáforas de la situación en la que viven y malviven tantos adolescentes y jóvenes, obligados a jornadas extenuantes para extraer minerales que sirven para nuestros aparatos tecnológicos. ¡Hay mucha sangre en el interior de nuestros teléfonos móviles!
La sabiduría
africana nos recuerda que los árboles secos también tienen un valor, aunque ya
no den frutos y no tengan hojas, pues sirven para que los pájaros duerman en
sus ramas.
Tienen valor las
vidas de los pobres. Tienen valor las vidas de las mujeres casadas en su
infancia. Tienen valor las vidas de los niños de la calle. Tienen valor las
vidas de los migrantres que cruzan el desierto libio. Y las de los que yacen
bajo las arenas. Y las que se perdieron en un mercado por las bombas del
yihadismo. Tienen valor las vidas de los que sueñan grandes sueños o sueños
pequeñitos. Tienen valor las vidas grávidas de esperanza. Todas esas vidas
tienen o tuvieron una semilla de esperanza en sus entrañas. Y por ello, en
cierto sentido, fueron indestructibles.