Koljós es el título de la última novela de Emmanuel
Carrère. El escritor francés, que ha encontrado en su propia biografía uno de
los filones de su escritura, habla en esta ocasión de su madre y de sus antepasados georgianos,
rusos, alemanes. Hélène Carrère d’Encausse (París,1929-2023, de soltera Hélène Zourabichvili,
pues al casarse adoptó el apellido de su marido) llegó a lo más alto de la
sociedad intelectual e institucional francesas. Profesora, escritora,
especialista en la historia de Rusia y, nada menos, Secretaria a perpetuidad de
la Academia Francesa. Uno de los puestos más prestigiosos de Francia, un país
que honra, como ninguno, su propia lengua y que tiene en la más alta
consideración a sus escritores y a los ‘inmortales’, los miembros de la Académie
Française.
Toda su familia llegó a Francia con lo puesto, después
de que la Revolución Rusa de 1917 ocupara Georgia y la despojara de todo,
incluido el status social de alta aristocracia, de sus casas y tierras. Llegaron
como apátridas a Francia. Eran pobres de solemnidad, pero también con una
preparación cultural impresionante. “Se
sabe que los príncipes rusos tuvieron que ejercer de taxistas y las princesas
de planchadoras a domicilio”. Pero todos ellos habían estudiado filosofía,
literatura, y dominaban seis idiomas. Vivieron en buhardillas para criadas y no
todas las noches podían llevarse algo a la boca. Una numerosa comunidad rusa se
instaló en París. Maldecían a los líderes soviéticos, se ayudaban mutuamente y tenían
en la catedral ortodoxa de Saint Alexandre-Nevski su lugar de encuentro y de
reunión.
Intelectualmente muy dotada, Hélène, con un sentido de
la disciplina y del esfuerzo personal a prueba de bomba, fue abriéndose paso
poco a poco. Estudiante destacada, profesora brillante en la Sorbonne,
profesora invitada por diversas universidades, diputada en el Parlamento
Europeo, más francesa que cualquier ciudadano francés, obtuvo la nacionalidad
francesa (un verdadero acontecimiento para ella). Sus ensayos sobre Rusia le
abrieron todas las puertas, y todavía hoy se consideran 'monumentales'. Varios años antes de 1989, predijo el hundimiento
de la Unión Soviética, porque “era un
gigante con los pies de barro”. Murió en 2023. Y Francia quiso para ella un homenaje de Estado en el patio de honor de Los Inválidos de París, con discurso
incluido del presidente Macron.
El escritor Emmanuel Carrère es uno de los tres hijos
de Hélène. Cuando Emmanuel, que no tiene ningún sentido del pudor o de la
intimidad personal o familiar, escribió su libro titulado Una
novela rusa, el choque con su madre fue inevitable. Durante dos años no se
cruzaron la palabra. Hélène había prohibido a su hijo la publicación de este
libro. Para el escritor una prohibición es un estímulo y un aguijón. En el
libro, entre otras cosas, Enmanuel Carrère hablaba del abuelo Georges, padre de
Heléne, que había trabajado como traductor de alemán para las autoridades nazis
en el París ocupado. Al final de la guerra, fue tachado de colaboracionista,
una sentencia de muerte en la Francia gaullista de resistentes heroicos.
Georges fue arrestado y ejecutado, al igual que tantos franceses, por bandas de
“resistentes”, sin que nunca se haya conocido el lugar de su enterramiento. El caso Georges se convirtió en un secreto para toda la familia. Hélène vivió toda la vida con esta espada de Damocles sobre su cabeza. Al
final, la publicación del libro no tuvo ninguna repercusión seria ni nadie dejó
de hablar a Hélène por este hecho. Ya había pasado el tiempo de dividir a los
franceses entre resistentes y colaboracionistas.
No sabemos si a Helene le hubiera gustado Koljós. En general se sentía poco
atraída por los libros de su hijo, escritos en primera persona y con una
abundancia de vivencias autobiográficas. Probablemente la idea de escribir
sobre su madre, ya le rondaba la cabeza a Emmanuel desde hacía tiempo. Encontró
la excusa perfecta cuando, al desmantelar el piso de sus padres, encontró varias
carpetas que contenían numerosas investigaciones, documentos, fotografías y datos sobre los antepasados
de Hélène, y que habían sido recogidos por el marido de esta, Louis Carrère d’Encausse,
que sentía una admiración casi obsesiva por los antepasados rusos y georgianos
de su mujer. El escritor encontró en ellos un material precioso para hablar de
su madre y de su genealogía que incluía, príncipes, intelectuales, un regicida,
una dama de compañía de la última zarina, empresarios, políticos y propietarios
de palacios, fincas y obras de arte…
La palabra que da título al libro, koljós,
significa granja agrícola en los tiempos de la colectivización bolchevique.
Pero en la familia Carrère “hacer un
koljós” significaba que los niños pequeños podían compartir la cama o la habitación de la madre, cuando
el padre andaba de viaje de trabajo, fuera de París. Ese doble sentido de la
palabra es una metáfora idónea para hablar de lo familiar y a la vez de la gran
historia del mundo en esas décadas.
La dictadura bolchevique, Lenin,
Georgia, Ucrania, la gran literatura, como Sastre o Camus, Dostoiesvski o
Tólstoi, están también presentes en este libro que aúna novela, memorias,
historia, ensayo, recuerdos familiares, periodismo y un sin fin de apuntes y
notas. Emmanuel Carrère se luce a la hora de clasificar los apartados para que
el lector, a lo largo de las 450 páginas, vaya componiendo el puzzle de la
Familia Carrère y el puzzle del mundo en esas décadas. El libro comienza con el
funeral de estado en los Inválidos y termina con los tres hermanos, Emmanuel,
Natalie y Marina, “haciendo koljós” en
la habitación donde agoniza y muere esta gran dama de origen georgiano,
orgullosa de su nacionalidad francesa, y que hizo suyo el lema de Disraeli “never complaint, never explain” (nunca
quejarse de nada, nunca explicar nada).
Carrère rinde homenaje de devoción
filial a Hélène Carrère D’Encausse, pero no cae en el sentimentalismo ni pasa
por alto las zonas grises y sombrías de una existencia que fue ascendiendo socialmente desde lo más bajo
de una niña apátrida a lo más alto de las instituciones de la República Francesa. Homenaje a la
madre, pero también repaso sin concesiones a las grandezas y a las miserias de
una vida, incluyendo asuntos íntimos y el desdén con el que Hélène trató
durante tantos años a su marido. Trabajadora incondicional, disciplinada,
puntillosa en sus estudios, conocedora sin parangón de la historia rusa,
amorosa a su manera con sus hijos y nietos, mantuvo una relación distante con
su hermano Nicolás, y no desapareció jamás el dolor inmenso por la suerte final
que corrió su padre, simplemente porque había servido de traductor a los
alemanes. Su vida de éxito en la Francia fue tal vez la forma de
vengar a su padre, ‘desaparecido’ en los primeros días de la victoria de Francia
sobre los alemanes.
Fiel a su estilo de una dignidad que
no se rinde, y de un sentido de la educación que no se rebaja a dar molestias,
no aceptó ningún tratamiento contra el cáncer. Solo al último momento comunicó
a su hijo Emmanuel que le quedaba muy poco de vida, porque la metástasis ya
había invadido todo el cuerpo. Organizó todo. Quiso morir en una residencia de
cuidados paliativos. Hasta ese momento continuó su ritmo de trabajo, como si no
pasase nada. Al salir de casa con su maleta en la mano, camino de la residencia
de paliativos, hizo la señal de la cruz. Sabía que no cruzaría nunca esa puerta
en sentido contrario. Maquillada, bien peinada y bien vestida se enfrentó a la
muerte con suma dignidad. Aunque de religión ortodoxa, quiso recibir la unción de enfermos de las manos de su amigo
sacerdote católico, Benoist, al que ella iba a escuchar de buena gana en la
iglesia de Saint Germain des Prés. Y le pidió que fuese él quien hiciese el
elogio fúnebre, y ninguna otra autoridad eclesiástica. Reposa para siempre en
el cementerio de Montparnasse de París.
Con su grandilocuencia habitual, Macron
la despidió en los Inválides como “a la
mujer por la que corría sangre de todos los ríos de Europa entre el Volga y el
Rhin, como a hija de las estepas, con tantos antepasados ilustres, pero que representaba,
como nadie, el espíritu de la República Francesa”. Hasta justo 30 días
antes de morir, Hélène estuvo trabajando en la finalización del nuevo
diccionario de la Académie. La última palabra que pudo definir para el Diccionario fue ‘zygomatique’.
Macron añadió “que uno bien puede morirse
en paz después de definir con suma precisión la palabra ‘zygomatique’.
A la sombra de Hélène siempre estuvo
su marido Louis, acompañante discreto en
cenas y recepciones en palacios, embajadas y centros culturales. La devoción
por su mujer le hizo emprender una investigación rigurosa sobre sus antepasados.
El libro de Enmanuel Carrère es también un homenaje al padre, por su lealtad y
su admiración indeclinables hacia la mujer con la que convivió durante más de
setenta años. Ambos siempre se trataron de usted. Nobleza obliga. Apenas pocos
meses después de la muerte de Hélène, Louis Carrère d’Encausse murió, como
muere uno de cada cuatro ancianos cuando su pareja de toda la vida deja este
mundo, y le deja a él o a ella, no en una viudedad inconsolable, sino en una
orfandad desoladora.
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