Se nos repite, y con razón, que muchas personas sufren
pobreza energética. Apenas pueden calentar sus hogares en los largos meses de
invierno. Tienen que pasar con un braserillo o con un pequeño calefactor y
arroparse con mantas y cobertores. Y al lado de esta pobreza energética
bastante invisible, existe una exhibición de abundancia energética. Han
proliferado por doquier las terrazas de invierno que se pueden sostener gracias
a las chimeneas o quemadores instalados en ellas. Ocupan las aceras de
cualquier calle. La gente se sienta en ellas como si fuera pleno verano. En medio de estos gélidos días, ahí los vemos
disfrutando de un vino, una ración de jamón, un café o un cigarrillo. A primera
vista, parece un sinsentido. Tenemos las cafeterías calentitas, pero vamos a
sentarnos en las terrazas, donde la temperatura es de cero grados. Así somos de
contradictorios los humanos. Muchas personas no pueden encender una hora al día
la calefacción, mientras decenas de terrazas invernales tienen la calefacción
encendida todo el santo día. Calentamos las calles, cuando la gente no puede
calentar las casas.
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