miércoles, 5 de agosto de 2026

Los pájaros, de Tarjei Vesaas

 

            “Más allá de la cerca se erguían dos álamos marchitos cuyas copas lucían blancas y desnudas entre los verdes abetos. Se erguían el uno junto al otro, y la gente del pueblo los llamaba Mattis-y-Hege, aunque de puertas adentro”.

Tal vez por estar escrita en lenguas poco frecuentadas, o por tener una historia poco conectada con la nuestra, o por la lejanía geográfica, lo que es cierto es que la literatura de los países nórdicos es muy poco conocida en España. Y sin embargo, en los últimos años algunos libros suecos, daneses o noruegos han estado entre las lecturas que más alegrías me han dado.

Tarjei Vesaas (1897-1970) fue uno de los escritores mayores del siglo XX en su país de origen, Noruega. Nacido en una familia de agricultores, conservó siempre una gran sensibilidad hacia la naturaleza y el terruño. Hasta en tres ocasiones fue candidato al premio Nobel. Sus dos obras más conocidas son El palacio de hielo y Los pájaros. Escribió toda su obra en nynorsk, una variante minoritaria del noruego basado en dialectos rurales.

Los pájaros es una novela singular, donde prosa y poesía se funden y se abrazan. Tal vez no es una novela deslumbrante. Ni posee un ritmo frenético, ni una acción desbordante, que son como las señas de la literatura de consumo literario de hoy día. Es una novela pausada, una novela escrita en adagio, con muy poco personajes, sin saltos en el tiempo, casi ‘plana’, podríamos decir. Una meseta que nos permite ver el lejanísimo horizonte y el beso entre cielo y suelo. En una humilde casa en el campo, aislada del resto de casas, vive Hege, de cuarenta años, con su hermano Mattis, tres años más joven que ella. Al otro lado del bosque, está la aldea. Muy cerca, un hermoso lago. Desde las primeras páginas sabemos que Mattis es un chico con retraso intelectual. La novela, con sutileza y finura, nos va introduciendo en la forma de pensar, lenta, diferente, de este joven, torpe para tantas cosas de la vida práctica. El pensamiento de Mattis, su forma de discurrir, nos va ganando pozo a poco, y la novela nos ofrece la profundidad de su forma de razonar. Mattis no piensa como todos. No deduce como los ‘normales’. No trabaja como los demás. Tiene un miedo atroz a las tormentas, pero lo que más le atemoriza y atormenta es la posibilidad de que su hermana se canse de él y lo deje solo. Como una oración suplica una y otra vez: “No me abandones”.

Por todo ello, a Mattis en el pueblo le llaman el Simplón. Los conocidos le tratan con una cierta condescendencia. Mattis mira y observa los fenómenos de la naturaleza, como quien lee un libro en el que están escritas nuestras vidas: el cortejo nupcial de la becada por encima de su casa, las tormentas, el rayo que fulmina uno de los árboles que llevan los nombres de Hege y Mattis.

Mattis es un poco tarugo para las labores agrícolas, como lo vemos en el episodio en que le contratan para escardar nabos. Su hermana lo quiere. Tal vez condescendientemente. Tal vez desde la rutina. Tal vez desde la protección a la que está obligada, porque ambos son huérfanos, y porque Mattis sólo la tiene a ella. Hege trabaja y trabaja haciendo punto. Así se gana la vida y así viven austeramente los dos hermanos. Hege tal vez hubiera soñado otro destino en la vida, pero tiene que ejercer de madre de su hermano Mattis. Hege está en una edad en la que el tedio y la rutina pesan mucho: las esperanzas se han evaporado; los trenes no se han detenido; el futuro tal vez sea no tener futuro. Hege intenta que Mattis entre en razón, que vaya a las granjas para que le den un día de trabajo, pero se rinde pronto a la realidad: su hermano es como es.

A veces únicamente los desconocidos o los que no tienen prejuicios son capaces de comprender a Mattis, de entenderle, de conocer lo que bulle en sus adentros o el hilo que sigue su discurso. Es el caso de las dos bañistas, Inger y Anna, que lo rescatan de su barco que hace aguas, y ante las cuales él exhibe, por una vez en la vida, su destreza con el remo. Verdadero refuerzo y empujón y aliciente para el Simplón de la aldea.

            Mattis no quiere volver a trabajar en el campo, porque se sabe un torparrón, algo que le deja en evidencia. Decide hacerse barquero para cruzar a las gentes de uno al otro lado del lago. Pero nadie cruza ese lago en un bote de madera endeble, cuando ya hay lanchas a motor. Sólo en una ocasión, un forastero, un leñador que viene a trabajar en esa zona, le pide que le cruce el lago. El leñador, invitado por Mattis, termina hospedado en su pobre casa. Y ahí la novela da un giro. Ahí empieza el drama de Mattis. Muy pronto, Jørgen, que así se llama el leñador, y Hege se enamoran. Mattis se siente excluido y amenazado. El miedo es irracional. A partir de entonces, la novela se precipita a un abismo aciago. Y el lector asiste poco a poco al desmoronamiento de la existencia de Mattis, hasta llegar a un final desolador.

             Pocas veces la literatura nos cuenta el modo de pensar, distinto, diferente, por senderos no trillados ni convencionalmente válidos, de una persona con discapacidad intelectual. La escritura de Tarjei Vesaas sugiere, insinúa, da pistas, ofrece detalles y, sobre todo, nos ayuda a bucear en la cabeza de Mattis, en su forma de pensar, sentir y amar.

            Esa comunión de Mattis con la naturaleza, y de manera especial con la becada, tiene una página magistral en los ‘mensajes’ que esta ave deja para Mattis en una superficie de barro junto al riachuelo:

“En la tersa superficie amarronada del cieno, resaltaban las delicadas huellas de las patas de un pájaro, y también había en la ciénaga numerosos agujeritos, redondos y profundos. La becada había pasado por allí. Los profundos agujeros los había producido el pico que la becada había clavado con fuerza en el suelo para desenterrar algo de alimento o, en ocasiones, sólo por picotear y escribir con ello. Mattis se agachó y leyó lo que ahí decía. Contempló sus leves huellas danzarinas. Así de ligero y delicado es el pájaro, pensó. Así de ligero es el caminar de mi pájaro sobre el cieno, cuando está cansado del cielo. Tú eres tú, ponía”

  













No hay comentarios:

Publicar un comentario

A destacar

Hic sunt leones, de Katerina Poladjian

              La frase latina “Hic sunt leones” (aquí hay leones) se utilizaba en los mapas de la Edad Media para indicar que se esta...

Lo más visto: