lunes, 10 de agosto de 2026

Marjane Satrappi: morir de pena y tristeza



La caída del sha y la dictadura de los ayatolás

Marjane Satrapi tenía apenas 10 años cuando Irán vivió jornadas históricas: la caída del sha de Persia y el advenimiento de ayatolá Jomeini para regir los destinos de un país que los griegos llamaban Persia, y los propios habitantes de ese territorio Irán. Era el año 1979. Marjane había nacido en noviembre de 1969 en la ciudad de Rasht, la de las lluvias plateadas, en la región de Guilán, en las  orillas del mar Caspio,  donde lo musulmán se une a lo zoroastra y la influencia azerí a la turkmena. Una región de bosques frondosos y pluviosidad frecuente. Los Satrapi eran una familia acomodada y liberal que quería una educación europea y cosmopolita para su hija, a la que desde pequeña habían matriculado en el liceo francés de la ciudad. Los Satrapi vieron con buenos ojos la caída de Reza Pahlavi, sostenido por Estados Unidos, y que reinaba sobre un país con profundas desigualdades sociales y con una corrupción generalizada. Pero esta alegría duraría muy poco: la revolución de Jomeini se convirtió rápidamente en una dictadura. Pronto el país se vio en medio de una guerra contra Irak, que fue la excusa perfecta de los ayatolás para imponer una dictadura teocrática islámica, cuyo rasgo más visible fue la imposición del velo negro a las mujeres.

Soledad en Viena, desolación en Irán

                Marjane Satrapi abandonó Irán a los 14 años, para proseguir en Viena sus estudios de bachillerato en el Liceo Francés. En la capital austriaca tuvo que enfrentarse a un choque cultural, para el que no estaba preparada. Llegada de un país donde un abrazo en público de una mujer a un hombre era considerado como un acto sexual y, por lo tanto castigado, se sintió confundida por la liberación sexual que se vivía en Europa, así como el acceso fácil al alcohol y a las drogas. Sola y perdida, extranjera y sin familia en Austria, inició una relación amorosa con el joven Markus que resultó desastrosa. Durante tres meses vivió en la calle como una vagabunda. Reclamada por sus padres y harta de tanta soledad, volvió a Irán, y se encontró con un país desconocido que había pasado por una guerra que había dejado más de un millón de muertos. Un país con las cárceles llenas de opositores. Y con una dictadura que vigilaba la moral pública y cuyos guardianes de la revolución detenían y propinaban latigazos a la gente por cualquier motivo: el velo incorrectamente colocado, las uñas pintadas, los calcetines de colores, escuchar música occidental, acercarse más de lo debido al sexo contrario o expresar una idea leve en contra del régimen. Un país donde el Corán prohibía ejecutar a una muchacha virgen. Para cumplir el mandato coránico, la muchacha era violada y, a continuación, podía ser ejecutada sin ningún sentimiento de culpa. Para añadir más horror al horror, el violador era matrimoniado con la violada, y podía reclamar legalmente la dote a la familia de la muchacha violada y ejecutada.

La historietista que conquistó Francia

Marjane Satrapi aguantó poco tiempo en Irán. Abandonó el país de nacimiento y se instaló definitivamente en Francia, donde dio comienzo a su carrera creadora, como historietista, pintora y directora de cine.  Ser mujer y ser artista, tener ideas democráticas era incompatible con vivir en la tierra donde había nacido. En París, toma contacto con el mundo del cómic. Entra en el conocido Taller de los Vosgos, donde trabaja un grupo de historietistas. Un amigo dibujante le invita a contar su infancia y los recuerdos de su país en viñetas. Así surgió Persépolis, un libro que conocería un éxito fulgurante en Francia, y que fue premiado en el festival más importante del cómic de Angulema. Persépolis, editado en cuatro tomos, puso en el foco del mundo cultural la historia de las mujeres iraníes. Hasta ese momento la izquierda cultural europea había mirado a otra parte. La caída del Sha había sido saludada con extremo alborozo. Y nadie había querido ver que la revolución de Jomeini había traído una dictadura mucho más cruel. La cultura imperante en Occidente no había querido ver que las mujeres iraníes, que hasta 1978 gozaban de mucha libertad, vestían minifaldas, escuchaban rock y hablaban idiomas, habían vuelto a las cavernas. La vestimenta y el velo negros eran sólo la punta del iceberg de una violencia ejercida contra las mujeres en nombre del Corán, interpretado según los ayatolás y su régimen de terror.

Persépolis: memoria y denuncia

                Persépolis es una novela autobiográfica en viñetas pintadas únicamente en blanco y negro. Pero no es una historia contada desde el resentimiento y el odio, tampoco desde la ideología o del activismo político, que diríamos hoy. Es la historia de una niña rebelde, curiosa e inquieta, muy madura para su edad, pero en la que no falta, la sonrisa, el humor, la ironía. No es un ensayo, sino la experiencia de una joven que conoció los estertores del régimen del sha, los comienzos esperanzados de la política de Jomeini, la transformación en una dictadura teocrática, el autoexilio en Austria, el choque cultural europeo, el regreso a un Irán exhausto por la guerra contra Irak, y el abandono del propio país para regresar a Europa y poder expresarse con libertad.

               La vida de Marjane Satrapi fue breve pero intensa. Conoció el amor, pero también el éxito profesional. La película basada en su libro Persépolis, y que ella misma dirigió obtuvo numerosos premios y fue candidata al Óscar. Diseñó el tapiz oficial de los Juegos Olímpicos de París. Fue doctora honoris causa por las universidades de Lovaina y Buenos Aires. Y en 2024 recibió el premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades, su más alto reconocimiento internacional. Deja una obra que es un estímulo para los artistas del cómic, para los cineastas y los dibujantes, pero también para los que luchan por la igualdad de hombres y mujeres y por las libertades democráticas en los países del mundo afectados por el integrismo musulmán.

Morir de pena y tristeza

                Marjane Satrapi ha muerto en un momento en que su país había vuelto a las primeras páginas de los periódicos: el ataque de Trump a Irán y la batalla por el control del estrecho de Ormuz, paso obligado de los petroleros. Ha muerto en medio de un mundo dividido entre los que clamaban contra Trump y su imperialismo, y los que clamaban contra los ayatolás de Teherán y la violencia ejercida contra su propio pueblo. Un mundo dividido entre los que defendían el derecho internacional y los que defendían el derecho a ser libres en Irán. Las manifestaciones de signo distinto en varias ciudades europeas: unos en contra de la guerra emprendida por la administración estadounidense; otros en contra de la persistencia de la dictadura teocrática en la antigua Persia.

                Pero Marjane Satrapi, muy probablemente, ya no pensaba ni en unos ni en otros. En el fondo, a nadie le interesaban los derechos de las mujeres. Cada uno miraba para su propio interés y para su propia ideología. “El ser humano tiene que ir por delante de las ideologías”, había escrito Satrapi. La autora de Persépolis se fue hundiendo en la tristeza desde que en abril de 2025 había muerto el amor de su vida, su marido Carl Mattias Ripa, el sueco con eterno aire adolescente con el que había compartido su vida, y que le aportaba alegría y ligereza, a ella, que tenía alma y rostro de tragedia griega. Renunció a todos sus proyectos cuando supo que el cáncer había atacado para vencer cruelmente a Mattias Ripa. El pasado 4 de junio de 2026, su familia comunicaba que Marjane Satrapi “había muerto de pena y tristeza a los 56 años”. La mujer valiente que se había metido en mil batallas, que había luchado, desde el conocimiento de la realidad iraní, en contra de un régimen criminal que condenaba a todos, pero especialmente a las mujeres, a ser sombras andantes, cuerpos sin alma, dirigidos con mano de hierro por los enviados y los profetas de Allah, o más bien directamente por el Maligno. Marjane, arrastrada por la tristeza ha entrado finalmente en la nada. O tal vez se ha presentado de nuevo ante el amor de su vida. No sólo se muere de amor en la literatura o en las canciones melódicas. Dicen los expertos que el “síndrome de corazón roto”, técnicamente conocido como cardiomiopatía por estrés o cardiomiopatía Takotsubo, suele acaecer cuando el dolor intenso por el que se pasa tras la pérdida de un ser querido provoca una cardiomiopatía por estrés. La muerte de un ser querido, por ejemplo la pareja con la que hemos sido dichosos, es un acontecimiento traumático que puede llevar a la muerte, por un súbito desgaste del corazón. O puede arrastrar al suicido, por esa sensación de falta de sentido de la vida y un sufrimiento insoportable al constatar que se ha perdido todo lo que se poseía, y sentirse totalmente abandonado y sin horizonte.

Melena al viento y labios pintados

Su melena azabache larga y al viento y sus labios pintados de rojo pasión fueron su manera de presentarse ante el mundo. Una protesta silenciosa pero clara contra los que impusieron el velo para tapar el cabello y para tapar los labios de las mujeres, los labios que hablan y los labios que besan, con libertad y con pasión.

Carl Mattias Ripa y Marjane Satrapi

Portada de Persépolis
Una viñeta de Persépolis


Ruinas de los palacios de Persépolis

Tapiz de los Juegos Olímpicos de París



Entrega del Premio Princesa de Asturias





Funeral en París

Panteón de Marjane Satrapi y Carl Mattias Ripa










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