miércoles, 5 de agosto de 2026

Hic sunt leones, de Katerina Poladjian

 


            La frase latina “Hic sunt leones” (aquí hay leones) se utilizaba en los mapas de la Edad Media para indicar que se estaba adentrando en territorios inexplorados y peligrosos. Los leones hacían alusión a lo salvaje, desconocido y peligroso.

            Helene Mazaviàn, alemana de origen armenio y restauradora de libros, obtiene una beca de una institución alemana para trabajar durante un año en el Archivo Central de libros armenios en la ciudad de Ereván, y al mismo tiempo para aprender la técnica del cosido de libros, diferente a la empleada en los países occidentales.

            En sus manos depositan una Biblia para ser restaurada, una Biblia familiar y doméstica. Una de esas biblias que los padres pasaban a los hijos como la herencia más preciada y más preciosa. Y en las páginas de esa Biblia, sus lectores iban haciendo anotaciones a lapicero o colocando estampas, esquelas, invitaciones, hojas secas, cuentas, o lo que fuese.

            Helene, con el libro entre sus manos, tiene ante sí, no sólo una pequeña obra de arte sobre la que debe ejercer una técnica de restauración, sino también la historia de una familia, la historia de un pueblo y de un acontecimiento que marco a sangre y a fuego a los armenios: el genocidio de 1915 al que fueron sometidos por los turcos. Sólo entonces comprende que hay una distancia insalvable entre la profesional en restauración de libros antiguos y la mujer con raíces armenias, un eslabón más de ese pueblo antiguos que “Dios dibujó con mano cansada”.

            A la historia de la restauradora en Armenia, a sus relaciones con los otros restauradores, a su intimidad con Levon, un armenio alistado en el ejército y músico de jazz, a sus noches de copas en un club de música, se añade la historia trágica de un pueblo, personificada en los dos  hermanos Hran y Anahid, a los que su madre entregó esta Biblia, a la vez que les apremiaba a huir  lejos, para que ni ellos ni la Biblia cayeran en manos de los turcos. Los hermanos emprenden una huida desesperada sin más alforjas y más viático que esta pequeña Biblia.

            “Las biblias familiares armenias debían ser pequeñas para poder sujetarlas en cualquier momento bajo el brazo. Y es lo que hacía la gente. Algunos dejaban atrás a su propio hijo, antes que su Biblia. Siempre preparados para tiempos inciertos, siempre listos para huir. En las Biblias familiares la gente hallaba consuelo”. Una Biblia pasaba de padres a hijos, como si les suplicasen: “recordadnos”, porque “este pueblo siempre tuvo miedo de desaparecer”.

La actriz y escritora Katerine Poladjan nació en Moscú en 1971, de orígenes armenios. Creció en Roma y Viena y finalmente se instaló en Alemania. Hic sunt leones tiene mucho de autobiográfico y de su deseo conocer su pasado y los sentimientos y las tensiones entre los armenios que viven en el país y los armenios de una diáspora desperdigada por el mundo, a partir del genocidio.

En la Biblia que Helene Mazaviàn se dispone a restaurar y a coser, encuentra anotado este pensamiento sombrío y a la vez esperanzador: la fe inquebrantable de todo el pueblo armenio:

 "Este libro fue escrito en un tiempo amargo y maligno, pues por todas partes llega amargura, y la aflicción envuelve a nuestro atribulado pueblo, pues cada año caen diferentes castigos sobre él. Hambre, espada, cautiverio, muerte, terremotos, moho, langosta, gusanos, fiebre, ictericia, inundación, plagas que soy incapaz de describir. Todo ello ha caído sobre nosotros porque pecamos, de otro modo, Señor, no cabe comprenderlo, pero te damos las gracias, por esta vida, tenemos a Cristo como refugio de la esperanza y el abrigo”.

         Se dice que un libro no es del todo bueno, si no te lleva a la lectura de otro libro, Hic sunt leones es un aguijón para conocer mucho más sobre la terrible tragedia plaga del genocidio sufrido por los armenios. El lamento más amargo de los que huían, habiéndolo perdido todo era esta escueta expresión: “Ya no hay casa”. Y en este “ya no hay casa”, cabían incluidos los familiares muertos, los campos amados, los cantos cantados, las biblias leídas y releídas, la memoria colectiva y el sonido de la campana de la iglesia de la aldea.














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