La
frase latina “Hic sunt leones” (aquí hay leones) se utilizaba en los mapas de
Helene
Mazaviàn, alemana de origen armenio y restauradora de libros, obtiene una beca de
una institución alemana para trabajar durante un año en el Archivo Central de
libros armenios en la ciudad de Ereván, y al mismo tiempo para aprender la
técnica del cosido de libros, diferente a la empleada en los países
occidentales.
En
sus manos depositan una Biblia para ser restaurada, una Biblia familiar y
doméstica. Una de esas biblias que los padres pasaban a los hijos como la
herencia más preciada y más preciosa. Y en las páginas de esa Biblia, sus
lectores iban haciendo anotaciones a lapicero o colocando estampas, esquelas, invitaciones, hojas secas, cuentas, o lo que fuese.
Helene,
con el libro entre sus manos, tiene ante sí, no sólo una pequeña obra de arte sobre
la que debe ejercer una técnica de restauración, sino también la historia de
una familia, la historia de un pueblo y de un acontecimiento que marco a sangre
y a fuego a los armenios: el genocidio de 1915 al que fueron sometidos por los
turcos. Sólo entonces comprende que hay una distancia insalvable entre la
profesional en restauración de libros antiguos y la mujer con raíces
armenias, un eslabón más de ese pueblo antiguos que “Dios dibujó con mano cansada”.
A
la historia de la restauradora en Armenia, a sus relaciones con los otros
restauradores, a su intimidad con Levon, un armenio alistado en el ejército y
músico de jazz, a sus noches de copas en un club de música, se añade la historia
trágica de un pueblo, personificada en los dos
hermanos Hran y Anahid, a los
que su madre entregó esta Biblia, a la vez que les apremiaba a huir lejos, para que ni ellos ni la Biblia cayeran
en manos de los turcos. Los hermanos emprenden una huida desesperada sin más
alforjas y más viático que esta pequeña Biblia.
“Las biblias familiares armenias debían ser
pequeñas para poder sujetarlas en cualquier momento bajo el brazo. Y es lo que
hacía la gente. Algunos dejaban atrás a su propio hijo, antes que su Biblia.
Siempre preparados para tiempos inciertos, siempre listos para huir. En las
Biblias familiares la gente hallaba consuelo”. Una Biblia pasaba de padres
a hijos, como si les suplicasen: “recordadnos”,
porque “este pueblo siempre tuvo miedo de
desaparecer”.
La actriz y escritora Katerine
Poladjan nació en Moscú en 1971, de orígenes armenios. Creció en Roma y Viena
y finalmente se instaló en Alemania. Hic
sunt leones tiene mucho de autobiográfico y de su deseo conocer su pasado y los sentimientos y las
tensiones entre los armenios que viven en el país y los armenios de una
diáspora desperdigada por el mundo, a partir del genocidio.
En la Biblia
que Helene Mazaviàn se dispone a restaurar y a coser, encuentra anotado este
pensamiento sombrío y a la vez esperanzador: la fe inquebrantable de todo el
pueblo armenio:
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