lunes, 24 de agosto de 2026

San Juan de Dios: el loco que amó a los 'locos'

 


Un sermón y el encierro con los locos

            Todas las grandes biografías empiezan de verdad y en serio con una conversión. La de San Juan de Dios, Juan Ciudad o Joao Cidade, no podía ser diferente. El 20 de enero de 1539, el maestro Juan de Ávila llega a la ermita de los mártires de Granada para predicar. Con voz fuerte y temblorosa exalta la vida de los mártires que no tuvieron miedo a la muerte ni a los enemigos, porque sabían en quién habían puesto su confianza. Cuando acaba el sermón, Juan de Dios es otro hombre. El sermón le ha trastornado el  alma, pero también la razón. Acude presto a la librería que regenta y comienza a destruir los libros, porque en ellos no reside la verdadera sabiduría. Sale desnudo por la ciudad, grita como quien ha perdido el juicio, se da golpes de pecho, se arroja al suelo, se entrega a todas las penitencias,  ayuna como un desahuciado, y grita por toda la ciudad: “Misericordia, Señor, misericordia, que soy un gran pecador”.  Le insultan los ancianos, se ríen los muchachos y le corren los niños al grito de “al loco, al loco”. Piadosas manos le arrastran hasta el Hospital Real de Granada, donde en la última planta, atienden a los locos y dementes. Y allí conoce, en su propio cuerpo, el trato que sufren las mujeres y los hombres enajenados: atados como perros, baños fríos intempestivos, exorcismos de tortura, golpes hasta doblegarlos. Juan se atreverá a suplicar a los enfermeros: ¿por qué tratáis tan mal y con tanta crueldad a estos pobres miserables y hermanos míos... no sería mejor que os compadeciésedes dellos y de sus trabajos, y los limpiásedes y diésedes de comer con más caridad y amor que lo hacéis...?”.  Y allí, en ese ambiente de enfermedad y locura, de gritos y blasfemias, de sangre y pus, Juan recibe una iluminación y un propósito que ya no abandonará: Iesu‐Cristo me traiga tiempo y me dé gracia para que yo tenga un hospital, donde pueda recoger los pobres desamparados y faltos de juicio, y servirles como yo deseo”.

 Judío, soldado, pastor, peregrino, librero…

            Las biografías tradicionales han mantenido hasta fechas recientes que el lugar de nacimiento de Juan había sido en Montenor-o-Novo, Portugal. Recientemente, se viene afirmando que su cuna está en Casarrubios del Monte, Toledo, en marzo de 1495. El equívoco se debe a su primer biógrafo que, para omitir que era hijo de padre judío y así evitar problemas con la Inquisición, le ‘hizo nacer en Portugal’, aunque sí que es verdad que pasó su infancia en el país vecino, respondiendo al nombre de Joao Cidade. A los 12 años entra como pastor en una finca toledana de Torralba de Oropesa. Como tantos jóvenes aventureros de su época, a la edad de 27 años se alista como soldado al servicio de Carlos I y participa en la defensa de Fuenterrabía. Estuvo a punto de ser condenado a muerte. Su capitán le ordenó que guardara vituallas y dineros de la compañía, y en un descuido de Juan, se las robaron. Lleno de ira, el capitán le mando ahorcar. Los propios compañeros suplicaron clemencia al duque de Alba, máxima autoridad, que le libró de la horca. Asustado y atormentado por su descuido, decidió en su corazón dejar la milicia, pero unos años más tarde le vemos tomando parte de las tropas imperiales que acudieron a la defensa de Viena, en 1532, que logró frenar a las puertas de Viena el que parecía avance imparable de los turcos por Europa. Él fue uno de los soldados presentes cuando el emperador Carlos V pasó revista a las tropas triunfadoras. Regresó por tierra y mar hasta la Coruña y desde esa ciudad se puso en marcha por el Camino de Santiago hasta alcanzar la ciudad de Compostela.

            Abandona la milicia y vuelve a su terruño portugués, pero con desconsuelo conoce que sus padres ya no viven. De nuevo, reinicia su eterno vagabundaje. Lo vemos de nuevo en Sevilla, como pastor. Poco después, decidió embarcarse para África. En el mismo barco hizo amistad con un caballero portugués, Almeida de apellido, que desterrado junto a su mujer y sus hijas se dirigía a Ceuta. Entró a su servicio como criado. Pero la malaventura quiso que todos los miembros de la familia enfermasen y gastasen el dinero que traían consigo. Juan tuvo la oportunidad de demostrar su natural caridad: trabajó en la reconstrucción de las murallas de la ciudad de Ceuta y de su trabajo comía él y toda la familia portuguesa.

            En Gibraltar se hace vendedor de libros y de estampas, y de ahí lo vemos pasar a Granada donde mantiene ese mismo oficio. En este camino hacia Granada, es donde la tradición sitúa la leyenda del Niño de Gaucín. Mientras iba caminando, le salió a su encuentro un niño descalzo y desvalido. Juan le regaló sus sandalias y le cargó sobre sus hombros. Y el Niño, abriendo una granada que traía en sus manos, le dijo: “Mira, Juan, Granada será tu cruz y por ella verás la gloria de Jesús”. Y dicho esto, el Niño desapareció. El escudo de la Orden Hospitalaria lleva pintada una granada.

Llegó a la ciudad de Granada en 1533, por entonces un hervidero de razas, lenguas, creencias, señores que emprenden grandes construcciones y una turba de pilluelos y desheredados. En su tienda de libros de Puerta Elvira, Juan leería libro sobre libro, hoja tras hoja a la luz del sol o de una candela, entrando así en contacto con la renovación de la catequesis y las vidas de los santos, con un lenguaje sencillo para un pueblo analfabeto. A su librería acudían niños a los que Juan narraba la vida de Jesús y de los santos.  Y en esa librería supo, un buen día, que al día siguiente el insigne maestro Juan de Ávila predicaría en la ermita de los mártires.

 Peregrino en busca de un camino

            Juan puede abandonar el pabellón de los locos en el Hospital de Granada gracias a la intervención del maestro Juan de Ávila, que se convierte en confesor y guía espiritual. Y Juan de Dios desahoga sus pecados, sus penas, su desesperación, sus sueños locos de grandeza, su mala suerte, su vida errabunda y sin norte. Bien sabía el insigne predicador Juan de Ávila que Juan de Dios no estaba loco, sino que la fuerza de su conversión le hacía cometer locuras y extravagancias. Sólo los locos, nos ha enseñado mil veces el hidalgo don Quijote de la Mancha, ven la verdad de este mundo que es pura ficción y apariencia. Sólo los locos vislumbran el verdadero carácter de los hombres. Sólo los locos se atreven a decir las verdades incómodas y a defender las causas indefendibles para el resto del mundo. Juan de Ávila fue su confesor, tan paciente como sagaz. Juan de Dios consideraba perdida su existencia de vagabundo y perdida su alma por sus muchos pecados. Se sintió reconfortado y animado. El Hospital de Granada le había mostrado la situación de abandono en la que vivían tantos enfermos, especialmente los que habían -o decían que habían- perdido el juicio. Pero Juan de Dios aún tiene que encontrar su lugar en el mundo. La oración y la penitencia le ayudarán. Y si antes había ido de un sitio a otro para ganarse el pan, la gloria, la honra, ahora tenía que empezar a caminar para descubrir qué es lo que Dios quería de él.  Se echó a andar por los caminos. Paso a paso fue madurando su propósito. Y así llegó al monasterio extremeño de Nuestra Señora de Guadalupe. El monasterio jerónimo tenía por entonces farmacia, hospital de enfermos y albergue de peregrinos. Todo ello fue universidad y academia para Juan de Dios. Allí aprendería a mezclar hierbas y a diagnosticar enfermedades. Y a los pies de la Virgen de Guadalupe, prometió hacer completa donación de su vida a los más pobres y enfermos. En una visión, durante su estancia en Guadalupe, María le entrega el Niño a Juan y le dice: “Viste al Niño, y así aprenderás a vestir a los pobres”

Un primer hospital en Granada

Lleno de ardor y de celo incansable, recogerá a los primeros enfermos olvidados que yacían en los soportales de la Plaza Bibarrambla, olvidados porque, como está escrito en el evangelio, “no tenían a nadie”. Pero su caridad se acerca también a los hambrientos y a las mujeres públicas, consideradas las últimas de las últimas. Sus amigos le ceden sus casas y los bienhechores acuden con sus cestas de pan para socorrer a los hambrientos o se prestan como voluntarios para cambiar los vendajes de los llagados. Pero él va acumulando deuda tras deuda y aunque las tiene bien anotadas en su cuaderno, no alcanza a pagarlas. Le empezaron a llamar Juan de Dios, porque en verdad en él reconocieron a Dios por las calles de Granada: curando a los enfermos, calmando a los locos, y tratando a todos con verdadera humanidad. En la calle Lucena de Granada abre el primer hospital. Luego, un segundo en la Cuesta de Gómerez, y un tercero en la calle de los Gomeles. De él escribió un compañero: “Pedía limosna, descalzo pies y piernas y la cabeza descubierta y rapada a navaja... con una capacha de esparto en las espaldas en que echaba la limosna que le daban y una olla en la mano para la vianda y al anochecer salía a hacer su demanda por las calles de Granada e iba susurrando, hablando, gritando: “Haceos el bien a vosotros mismos”… “Cuando veía algún pobre enfermo, dexaba todo, si no podía andar, y lo cargaba sobre sus hombros hasta el hospital...”.

El rumor de que el hospital acogía personas de dudosa moralidad y de mal ejemplo, que alborotaban el hospital y con las que Juan tenía que ejercitar una paciencia extrema llegó al obispo que aconsejó a Juan de Dios que limpiase el hospital de estas personas para que los demás pudieran vivir en paz. Juan le escuchó con dulzura, pero suplicó al obispo “Padre mío y buen Prelado, yo solo soy malo y el incorregible y sin provecho, que merezco ser rechazado de la casa de Dios, y los pobres que están en el Hospital son buenos y sobre todos tiende el sol cada día, no será razón echar a los desamparados y afligidos de su propia casa”.

            En la ciudad de Granada, aún tendrá que mostrar su heroísmo. En 1549 un pavoroso incendió se declaró en el Hospital Real. Juan, que conocía bien las estancias y bien a los enfermos que allí padecían, se lanzó, desafiando las llamas y el humo, para sacar a los enfermos y salvarlos de una muerte segura. Es este una de los episodios que los artistas han repetido más veces para ilustrar la vida de Juan de Dios.

 Morir de rodillas y en oración       

Una pulmonía lo postró en cama. Unas semanas antes se había lanzado al río Genil para salvar a un hombrecillo que se estaba ahogando. Juan tenía 55 años y las condiciones en las que vivía en el hospital no garantizaban su curación. Los señores de Pisa, amigos y bienhechores, tuvieron que apelar a la debida obediencia de un religioso para llevarlo a su casa y cuidarlo. Pero su cuerpo ya estaba exhausto y muy quebrantado. El arzobispo Pedro Guerrero, lo visitó. Y Juan le suplicó que no abandonara a sus pobres y le entregó la libreta donde estaban apuntadas todas las deudas, que no eran pocas. El arzobispo, que lo quería como a un hermano, prometió que ni se olvidaría de las deudas ni de los pobres.

            Mandó llamó a Antón Martín, al que confirmó como su sucesor y le animó a seguir cuidando de todos los enfermos. Aunque muy enfermo, bajó del lecho para ponerse de rodillas y hacer oración, sujetando fuertemente un crucifijo contra su pecho. Y así murió y así permaneció durante horas ante el asombro de los que le rodeaban, hasta que decidieron amortajarlo. Era el 8 de marzo de 1500. En la casa de los Pisa, aún se puede visitar la habitación en la que Juan de Dios murió. Una escultura tremendamente realista recuerda la última oración de Juan de Dios y su muerte. El visitante aún se siente conmovido al entrar en esa estancia donde un hombre grande entregó su último aliento. Dejó, eso sí, una herencia inconmensurable: el amor a los enfermos y a los locos.

            La ciudad de Granada guarda sus restos en la basílica que lleva el nombre del santo. El exuberante barroquismo de la iglesia llega a marear, por su horror vacui, su recargamiento, su oro reluciente por doquier. A veces los hombres queriendo honrar a los muertos queridos y a los granes santos, les juegan una mala jugada. Una especie de honra deshonrosa. Pero de esta pasta estamos hechos los humanos. En esa misma iglesia, se puede ver la capacha en la que San Juan de Dios, llevaba el pan, las vendas, las hierbas. Y ese capazo medio roto dice más de Juan que todos los querubines, ángeles, arcángeles, tronos y potesdades y dominaciones de las paredes y el techo del templo. San Juan de Dios es el patrono de todos los enfermeros del mundo, copatrono de la ciudad de Granada y santo patrón de los bomberos de España. Su festividad se celebra cada 8 de marzo.

 Detrás de las huellas de Juan de Dios

            Es proverbial la caridad de los hijos de san Juan de Dios hacia los enfermos, especialmente hacia los aquejados de enfermedad mental. Su defensa de los enfermos se convirtió en heroica en España, en el año 1936. Los religiosos hospitalarios no abandonaron a los enfermos ni su puesto en los hospitales, aunque las amenazas crecían y sus amigos les presionaban para que se escondieran o se alejaran a otras ciudades españolas. Perdieron la vida por su hábito de religiosos y por el odio a Cristo en esos primeros meses de la Guerra Civil. En Ciempozuelos-Madrid, en Barcelona y Calafell-Tarragona noventa y  cinco religiosos encontraron el martirio. Todos murieron perdonando a sus asesinos. La inminencia de la muerte era un sufrimiento menor comparado con el desgarro de abandonar a enfermos cuya vida y salud de ellos dependía.

            Hoy la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios está presente en los cinco continentes, concretamente en 52 países, sostiene unos 400 centros sanitarios, con una disponibilidad de treinta mil camas, y atiende cada año a miles y miles de personas en hospitales, ambulatorios, residencias, casas de acogida, consultas y tratamientos. Mil religiosos hospitalarios, sesenta y cinco mil trabajadores sanitarios y alrededor de veintitrés mil voluntarios constituyen una fuerza sanadora única en el mundo. La Orden Hospitalaria se sitúa en la vanguardia en la asistencia a los enfermos de salud mental. A la Orden Hospitalaria masculina de San Juan de Dios, hay que añadir las Hermanas hospitalarias del Sagrado Corazón de Jesús, fundadas por Benito Menni en Ciempozuelos en 1881, así como todos los miembros laicos de la llamada Familia Hospitalaria que se inspiran en la vida y en la obra de San Juan de Dios.

 Haceos bien a vosotros mismos, ¿queda claro?

Cuando Juan de Dios salía a pedir limosna por las calles de Granada, no contestaba a quienes le daban algo ‘gracias’, sino “Hermanos, haceos bien a vosotros mismos, ¿queda claro?” Y esta frase encierra el secreto del cristianismo y el secreto de la felicidad. Cuando haces el bien, cuando eres caritativo, te estás haciendo el bien a ti mismo. Te estás mejorando, te estás ayudando a ser mejor persona y a ser más feliz. Tú eres el principal beneficiario del bien que haces a los demás. Hacer el bien a los otros es el camino más recto y seguro para la propia plenitud y dicha. También para entrar en comunión con Jesús y alcanzar el paraíso. Esta frase fue tan repetida por los seguidores que en Italia a los hijos de San Juan de Dios se les conoce como ‘fatebenefratelli’ (haceos el bien, hermanos).

Juan no fue obispo, ni presbítero, ni siquiera un fraile. Fue un simple enfermero que de día lavaba a los enfermos, los vendaba y los vestía, fregaba los cacharros y los suelos, barría, repartía las escudillas de comida, tiraba los orinales, y, por la noche, salía a pedir por las calles de Granada. Juan era un simple laico, un simple y pobre cristiano. Un día le invitó a comer el presidente de la Real Chancillería de Granada, Ramiro de Fuenleal, obispo de Tuy. Este conocía bien la caridad y la fama de la que gozaba Juan entre los menesterosos. Al acabar la comida, le entregó un hábito y, de esa manera, le “consagró”. Y lo que es más importante, le dio el nombre por el que terminarían llamándole los granadinos y, después, el mundo entero: Juan de Dios. Al santo enfermero y limosnero se le abrieron los corazones y las casas de toda la ciudad. Muy pronto, algunos seguidores lo imitaron en su cuidado maternal a los enfermos y en el trato amoroso, con palabras dulces, a los que habían perdido el juicio. Cabe recordar a dos de sus principales seguidores, Antón Martín y Pedro Velasco. Ya se sabe que el cariño es medicina, especialmente cuando la enfermedad anida en la cabeza o en el corazón. El hospital se convirtió en casa de Dios y antesala del Paraíso. En una carta a un amigo, Juan de Dios escribe que en la casa se recibe a todo el mundo: “…enfermos que aquí se encuentran tullidos, mancos, leprosos, mudos, locos, paralíticos, tiñosos y otros muy viejos, y muchos niños; y esto sin contar otros muchos peregrinos y viandantes, que aquí acuden, a los cuales se les da fuego, agua, sal y vasijas para guisar de comer” y hace saber a su amigo que “Jesucristo lo prevé y lo provee todo”.

San Juan de Dios. Alonso Cano. Museo BBAA Granada





Juan de Dios conduciendo enfermos al hospital. Elías Martín. Museo del Prado


San Juan de Dios, de Murillo. Hospital de la Caridad. Sevilla





Basilica de San Juan de Dios. Granada

Relicario con la capacha de Juan de Dios. Granada

Estancia de la Casa de los Pisa donde murió

La muerte de Juan de Dios. José Gabriel Martín. Granada




Salvando a los enfermos en el incendio. Manuel Gómez-Moreno






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