Maricarmen (María del Carmen Abascal) alcanzó una gran notoriedad pública en los últimos
20 días de su vida. Acaba de fallecer a los 85 años en un hospital madrileño.
Había vivido de alquiler en una de las
zonas más exclusivas de Madrid, junto al Retiro, pagando un irrisorio alquiler
de unos 400 euros (comunidad y agua incluidas). Sus padres habían disfrutado de
esa misma vivienda, y al morir ellos, Maricarmen tendría que haber abandonado
el piso, pero se negó, dando lugar a un interminable proceso que, en septiembre
de este 2026 acabó en desahucio. Y fue aquí, donde su caso, que refleja
escasamente el drama de los desahucios y el drama de la vivienda en España, fue
tomado como una bandera por diversos colectivos activistas, afines al Gobierno y socios, y en muchos casos receptores de abultadas subvenciones públicas.
A Maricarmen
le convencieron para ser ‘la pobre víctima inocente’ (y en verdad en ese
momento del desahucio lo era) de una campaña de protesta. Y ella se prestó, no
sabemos si de buen grado o arteramente presionada por algún “grupo de la puerta
del Sol” (¿era capaz de discernir a esas alturas de su enfermedad y debilidad?,
a ser estandarte de grupos, más preocupados por sus intereses políticos que por
el bienestar de los desahuciados.
Pero tal vez
a Maricarmen no le contaron que su sobreexposición pública traería daños
colaterales, como los trajo. Cuando aceptó ser la imagen de una campaña, alguien
debió explicarle que inmediatamente no faltarían los que husmeasen en su vida
y milagros. Y así en las últimas semanas,
tristemente, Maricarmen fue traída y llevada por unos y por otros, como un
trapo de fregar, unos para ensalzarla hasta la santidad de heroína, sin serlo;
otros para lanzarla sin piedad a los infiernos. Y así, todos hemos conocido su
oficio, el importe de su pensión, su anticipada jubilación, su vida cotidiana
en la mejor zona de Madrid, la opinión de sus vecinos, el larguísimo proceso de
desahucio, la pequeña empresa propietaria del piso (que no era, en contra de lo
indicado, un “fondo buitre), el dinero que tenía en el banco y lo mucho que
gastaba en sus salidas de ocio.
Maricarmen
ha muerto. Desconozco si sus últimas semanas han sido muy satisfactorias por lo conseguido, o muy amargas por estar en boca de todos, y no siempre para bien. No quisiera, ni en pesadilla, que personas ajenas a mi familia o a mis amigos de toda la vida se apropiasen, para bien o para mal de mis últimas semanas. En torno a su figura de anciana desvalida se montó un
espectáculo, patrocinado por el Gobierno y sus socios, con la televisión
pública en riguroso directo; todo ello, al servicio de la captación de votos.
Después de 8 años en la Moncloa, el Gobierno se dio cuenta de que no había
construido viviendas de protección oficial, de que los impuestos por la compra
de una vivienda son elevadísimos y de que, si a los propietarios no se les dan
unas garantías, los alquileres desaparecen de las agencias inmobiliarias. Y entonces
se montó un circo, una performance en
directo, buscando la emocionalidad máxima y el máximo lloriqueo, con la sola
visión de una mujer anciana en silla de ruedas.
Demasiadas
emociones para Maricarmen en poco tiempo: la ejecución del desahucio, el
convertirse en estandarte de grupos políticos que iban a lo suyo, y el hurgar
sin miramientos y ásperamente en su vida privada. Ella que disfrutó durante
décadas de un alquiler privilegiado, ha sido víctima en sus últimas semanas de
la manipulación por parte de Moncloa y los activistas paniaguados. Y también ha
sido víctima del linchamiento de todos aquellos a los que el caso de Maricarmen
no daba ninguna pena. Todo ello es parte de la manipulación inmoral al servicio
de las ganancias electorales, ese territorio donde muy poco importan las
personas: lo que cuenta es pescar votos en el río revuelto. O quitar votos en
ese mismo río. Nada nuevo. Pero todo deleznable.
En todo este
‘caso Maricarmen’, además del desahucio de un piso, se han producido otros
desahucios: sobre todo el de la razón y el de la verdad. La razón ha sido
suplantada por un emocionalismo del instante. La verdad por el argamasa de
medias verdades y medias mentiras.
¡Descanse en paz! A los muertos sólo
cabe encomendarles a la misericordia de Dios.
El problema de la vivienda en España
sigue igual. Pero eso no importa. ¡Por delante aún quedan muchos años para no
hacer nada o menos de nada! El debate se ha abierto en falso, por varios motivos: ha aparecido
como una operación para tapar el desastre gubernamental de Ceuta, han elegido
un caso aislado que no refleja, ni de lejos, la realidad de los rentistas en
España, y ha tenido una clara finalidad electoralista.
El problema de la vivienda pasa por
un gran pacto del Estado, las Autonomías y los Ayuntamientos. Pasa por la
construcción de miles de viviendas en colaboración con la empresa privada, y pasa
por la bajada de los impuestos (muchísimos) asociados a la compra de una
vivienda. Lo demás son alharacas y ruido de feria, pero cero soluciones.



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