A
finales de agosto de 2026, durante el Meeting de Rímini, dos mujeres, Roseline
Hamel y Nassera Kermiche, fueron acogidas con respeto y admiración por todos
los participantes en este conocido Encuentro de los Pueblos. La historia
comienza bastante antes. Exactamente la mañana del 26 de julio de 2016. Esa
fatídica mañana, el padre Jacques Hamel, de 85 años, fue degollado con 48
cuchilladas por dos islamistas radicales, dos soldados del ISIS, mientras
celebraba la eucaristía. A Francia entera se le heló la sangre por la muerte de
un sacerdote anciano en un lugar sagrado, concretamente en la iglesia de Saint
Étienne-du-Rouvray (Ruán, en la región de Normandía), de la que el P. Jacques
era párroco. Doce días antes, los terroristas habían acabado con 86 personas en
las calles de Niza.
El P.
Jacques había vivido toda su vida en Normandía. Sólo una vez había abandonado
Francia, cuando fue reclutado en 1953 como soldado para la guerra de Argelia.
Un día el convoy en el que viajaba sufrió una emboscada. Todos los ocupantes
murieron. Él sobrevivió. Se preguntaba a menudo sobre ello, hasta el punto de
atormentarlo. ¿Por qué sus compañeros soldados habían muerto? Algunos le
decían, para consolarlo, que tal vez Dios tenía para él una misión que cumplir.
Pero a él le molestaba esta visión de su supervivencia en el frente. Tal vez
esa mañana de 2016, la misión especial se hizo clara y dramáticamente cierta.
Roseline
Hamel, la hermana pequeña del P. Jacques, esperó en vano en la casa parroquial
a su hermano a que terminase la misa. Los dos hermanos habían planeado pasar
juntos las vacaciones, con los hijos y nietos de Roseline. Policía y ejército
rodearon toda el área de la parroquia. Poco después comunicaron a Roseline que
Jacques Hamel había muerto en el atentado. Creyó enloquecer de dolor. No podía
creerse que alguien hubiera acabado con la vida de este buen párroco, inocente
y ya anciano, en una iglesia.
La policía
tardó apenas una hora en dar con los terroristas en su huida caótica y
desesperada. Fueron abatidos a tiros. Poco después, la policía entró a
registrar la casa de Adel, uno de los dos terroristas. Fue allí donde Nassera
Kermiche conoció, consternada, que su hijo estaba involucrado en este acto
terrorista. Una hora después, sabría que su hijo había muerto abatido en su
huida. Dos mujeres, cada una en su casa, lloraban a un ser querido. Roseline Hamel
sentía rabia y dolor por esta injusticia. Nassera experimentaba dolor por el
hijo muerto y vergüenza y culpa por el hijo terrorista. Dos mujeres. La hermana
del sacerdote asesinado. La madre del terrorista. Dos sufrimientos imposibles
de sobrellevar en soledad.
Adel era
el quinto hijo de una familia argelina que se había afincado en París. El padre
trabajaba como camionero. Adel había sido un mal estudiante, travieso,
hiperactivo. A los 18 años se largó de Francia camino de Siria para adherirse
al ISIS, pero fue detenido en Turquía y devuelto a Francia. Pasó 10 meses en
prisión. Allí, se terminó de radicalizar. Cuando volvió a casa después de
cumplir esa condena, su hijo era otro. Se dejó crecer la barba, y empezó a
farfullar frases en árabe. El odio había penetrado en su corazón.
Roseline
Hamel sentía pena, rabia, tristeza infinita. Al final de su vida le tocaba
vivir esto: un hermano vilmente asesinado y una Francia de rodillas ante los
terroristas. No se daba paz a sí misma. No encontraba serenidad en nada de lo
que hacía. Rezaba, le hablaba a Dios y suplicaba a María. Quería saber dónde
podría encontrar luz para ver y paz para
vivir.
Y así
pasaron meses y meses. Sólo sufrimiento. Roseline empezó a sentir compasión de
sí misma. Se sentía desgraciada. Un día se preguntó: “¿Puede haber alguien que sufra más que yo en este momento?” Y mirando en su interior encontró la
respuesta: hay otra mujer que sufre más que tú: la madre de Adel, el
terrorista. Ahí estaba la respuesta. Otra mujer no sólo cargaba con el peso de
la muerte de un hijo, también con la vergüenza, la culpa, mil preguntas
bochornosas, el desprecio de la gente. Había otra mujer, más sola que ella: la
madre de Adel. “¿Hay algo más atroz que perder a
un hijo porque él mismo ha sembrado la muerte?”
El camino
del perdón acababa de iniciarse. Un camino duro, difícil, lleno de obstáculos,
algo propio de valientes. Pero también el único camino hacia la luz y hacia la
paz del corazón. Roseline llamó por teléfono a la madre de Adel. Una
primera conversación titubeante, dolorosa. Siguieron otras llamadas. Cada vez
más normales, el interés de una mujer hacia otra mujer, por su mundo, su vida
cotidiana, sus dificultades, los adentros de su alma. Un día Roseline dijo a
Nassera Kermiche: “Me gustaría
encontrarme con usted”. Y Nassera contestó: “Desde hace tiempo es lo único que deseo”. Su abrazo, sin testigos,
fue largo y silencioso. Y esas dos mujeres, tan distintas, tan diferentes por
edad, cultura, religión, forma de ver el mundo, encontraron, ofreciendo y
aceptando el perdón, un camino de sanación personal. Nassera recuerda: “Estaba nerviosa y admiraba el
coraje de esa mujer. Y su fe. Yo quería que nos perdonara, lo tenía clavado.
Pero ella me dijo: “No estoy aquí para perdonarla, porque no es culpa suya”.
Fue como una bocanada de aire fresco. Cuando colgué, el dolor seguía estando
allí pero la perspectiva había cambiado”.
Poco después, Roseline pudo acudir a la
tumba de Adel a ofrecerle su perdón y a dejarle unas palabras de consuelo en
nombre de su hermano. Sentía que faltaba esto y sentía que su hermano desde el
más allá la animaba a llevar su perdón al joven Adel: “Adel, el alma de mi hermano Jacques me conduce hasta ti. Es un
testimonio de su perdón. La fe de los creyentes es esperanza y el perdón es el
camino de la paz”.
Mientras tanto, la Iglesia de
Francia abría el proceso de beatificación de este mártir del siglo XXI. El P.
Jacques, después de una vida de servicio en su parroquia había encontrado el
martirio, ya que su muerte estuvo dictada por el odio a Cristo y todo lo que él
representa.
Esta amistad entre dos mujeres, “hermanas de dolor” (este es precisamente el título del libro que recoge el
testimonio de su amistad), es en verdad algo luminoso en esta época de prejuicios
y rencores. Las protagonistas han recibido muestras de aprobación y cariño, pero también de reproche. Las críticas por esta amistad entre la hermana de una víctima y la
madre de un terrorista llovieron por todos los lados. Pero ellas siguieron
adelante, dando testimonio de que la amistad y el perdón siempre son posibles.
El perdón, máxima expresión del mensaje de Jesús, es la única senda para volver
a encontrar la paz y el sentido de la existencia, cuando todo a nuestro
alrededor podría indicar lo contrario. El perdón sincero sólo es posible allí
donde la gracia se ha suplicado día y noche en circunstancias de sufrimiento
indecible.
2016: Funeral por el P. Jacques Hamel
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