martes, 8 de septiembre de 2026

Roseline y Nassera: una amistad nacida del dolor

  


                A finales de agosto de 2026, durante el Meeting de Rímini, dos mujeres, Roseline Hamel y Nassera Kermiche, fueron acogidas con respeto y admiración por todos los participantes en este conocido Encuentro de los Pueblos. La historia comienza bastante antes. Exactamente la mañana del 26 de julio de 2016. Esa fatídica mañana, el padre Jacques Hamel, de 85 años, fue degollado con 48 cuchilladas por dos islamistas radicales, dos soldados del ISIS, mientras celebraba la eucaristía. A Francia entera se le heló la sangre por la muerte de un sacerdote anciano en un lugar sagrado, concretamente en la iglesia de Saint Étienne-du-Rouvray (Ruán, en la región de Normandía), de la que el P. Jacques era párroco. Doce días antes, los terroristas habían acabado con 86 personas en las calles de Niza.

El P. Jacques había vivido toda su vida en Normandía. Sólo una vez había abandonado Francia, cuando fue reclutado en 1953 como soldado para la guerra de Argelia. Un día el convoy en el que viajaba sufrió una emboscada. Todos los ocupantes murieron. Él sobrevivió. Se preguntaba a menudo sobre ello, hasta el punto de atormentarlo. ¿Por qué sus compañeros soldados habían muerto? Algunos le decían, para consolarlo, que tal vez Dios tenía para él una misión que cumplir. Pero a él le molestaba esta visión de su supervivencia en el frente. Tal vez esa mañana de 2016, la misión especial se hizo clara y dramáticamente cierta.

Roseline Hamel, la hermana pequeña del P. Jacques, esperó en vano en la casa parroquial a su hermano a que terminase la misa. Los dos hermanos habían planeado pasar juntos las vacaciones, con los hijos y nietos de Roseline. Policía y ejército rodearon toda el área de la parroquia. Poco después comunicaron a Roseline que Jacques Hamel había muerto en el atentado. Creyó enloquecer de dolor. No podía creerse que alguien hubiera acabado con la vida de este buen párroco, inocente y ya anciano, en una iglesia.

La policía tardó apenas una hora en dar con los terroristas en su huida caótica y desesperada. Fueron abatidos a tiros. Poco después, la policía entró a registrar la casa de Adel, uno de los dos terroristas. Fue allí donde Nassera Kermiche conoció, consternada, que su hijo estaba involucrado en este acto terrorista. Una hora después, sabría que su hijo había muerto abatido en su huida. Dos mujeres, cada una en su casa, lloraban a un ser querido. Roseline Hamel sentía rabia y dolor por esta injusticia. Nassera experimentaba dolor por el hijo muerto y vergüenza y culpa por el hijo terrorista. Dos mujeres. La hermana del sacerdote asesinado. La madre del terrorista. Dos sufrimientos imposibles de sobrellevar en soledad.

Adel era el quinto hijo de una familia argelina que se había afincado en París. El padre trabajaba como camionero. Adel había sido un mal estudiante, travieso, hiperactivo. A los 18 años se largó de Francia camino de Siria para adherirse al ISIS, pero fue detenido en Turquía y devuelto a Francia. Pasó 10 meses en prisión. Allí, se terminó de radicalizar. Cuando volvió a casa después de cumplir esa condena, su hijo era otro. Se dejó crecer la barba, y empezó a farfullar frases en árabe. El odio había penetrado en su corazón.

Roseline Hamel sentía pena, rabia, tristeza infinita. Al final de su vida le tocaba vivir esto: un hermano vilmente asesinado y una Francia de rodillas ante los terroristas. No se daba paz a sí misma. No encontraba serenidad en nada de lo que hacía. Rezaba, le hablaba a Dios y suplicaba a María. Quería saber dónde podría encontrar luz  para ver y paz para vivir.

Y así pasaron meses y meses. Sólo sufrimiento. Roseline empezó a sentir compasión de sí misma. Se sentía desgraciada. Un día se preguntó: “¿Puede haber alguien que sufra más que yo en este momento?”  Y mirando en su interior encontró la respuesta: hay otra mujer que sufre más que tú: la madre de Adel, el terrorista. Ahí estaba la respuesta. Otra mujer no sólo cargaba con el peso de la muerte de un hijo, también con la vergüenza, la culpa, mil preguntas bochornosas, el desprecio de la gente. Había otra mujer, más sola que ella: la madre de Adel. ¿Hay algo más atroz que perder a un hijo porque él mismo ha sembrado la muerte?

El camino del perdón acababa de iniciarse. Un camino duro, difícil, lleno de obstáculos, algo propio de valientes. Pero también el único camino hacia la luz y hacia la paz del corazón. Roseline llamó por teléfono a la madre de Adel. Una primera conversación titubeante, dolorosa. Siguieron otras llamadas. Cada vez más normales, el interés de una mujer hacia otra mujer, por su mundo, su vida cotidiana, sus dificultades, los adentros de su alma. Un día Roseline dijo a Nassera Kermiche: “Me gustaría encontrarme con usted”. Y Nassera contestó: “Desde hace tiempo es lo único que deseo”. Su abrazo, sin testigos, fue largo y silencioso. Y esas dos mujeres, tan distintas, tan diferentes por edad, cultura, religión, forma de ver el mundo, encontraron, ofreciendo y aceptando el perdón, un camino de sanación personal. Nassera recuerda: “Estaba nerviosa y admiraba el coraje de esa mujer. Y su fe. Yo quería que nos perdonara, lo tenía clavado. Pero ella me dijo: “No estoy aquí para perdonarla, porque no es culpa suya”. Fue como una bocanada de aire fresco. Cuando colgué, el dolor seguía estando allí pero la perspectiva había cambiado”. 

Poco después, Roseline pudo acudir a la tumba de Adel a ofrecerle su perdón y a dejarle unas palabras de consuelo en nombre de su hermano. Sentía que faltaba esto y sentía que su hermano desde el más allá la animaba a llevar su perdón al joven Adel: “Adel, el alma de mi hermano Jacques me conduce hasta ti. Es un testimonio de su perdón. La fe de los creyentes es esperanza y el perdón es el camino de la paz”.

                Mientras tanto, la Iglesia de Francia abría el proceso de beatificación de este mártir del siglo XXI. El P. Jacques, después de una vida de servicio en su parroquia había encontrado el martirio, ya que su muerte estuvo dictada por el odio a Cristo y todo lo que él representa.

                Esta amistad entre dos mujeres, “hermanas de dolor” (este es precisamente el título del libro que recoge el testimonio de su amistad), es en verdad algo luminoso en esta época de prejuicios y rencores. Las protagonistas han recibido muestras de aprobación y cariño, pero también de reproche. Las críticas por esta amistad entre la hermana de una víctima y la madre de un terrorista llovieron por todos los lados. Pero ellas siguieron adelante, dando testimonio de que la amistad y el perdón siempre son posibles. El perdón, máxima expresión del mensaje de Jesús, es la única senda para volver a encontrar la paz y el sentido de la existencia, cuando todo a nuestro alrededor podría indicar lo contrario. El perdón sincero sólo es posible allí donde la gracia se ha suplicado día y noche en circunstancias de sufrimiento indecible.  

Iglesia donde fue asesinado el P. Jacques

P. Jacques Hamel

En el Meeting de Rímini

Nassera Kermiche y Roseline Hamel

Donde haya odio que yo ponga amor (Fco. de Asís)


2016: Funeral por el P. Jacques Hamel

El libro: Hemanas de dolor








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