sábado, 25 de octubre de 2025

El puente sobre el Drina, de Ivo Andríc

        

Todos los hombres sueñan con puentes, porque nadie se conforma con lo que hay en su orilla, en su aldea, en su huerto o en su casa. Insatisfecho y curioso por naturaleza, el ser humano quiere saber lo que pasa  en el otro lado, y más allá. Siempre me han fascinado los puentes. Cuando hice el Camino, fui anotando los puentes que atravesaba, algunos verdaderamente hermosos, como el de Puente la Reina o el de Hospital de Órbigo.

En el último libro que he leído, el protagonista es un puente.

Ni conocía la novela ni conocía al autor. Me faltaba apenas una semana para empezar la jubilación cuando me cité con un compañero de trabajo en una cafetería de la Plaza San Miguel. Antes de que nos sirviesen el café, me entregó un libro que, para él, era una de las mejores novelas que había leído: El puente sobre el Drina, una novela del escritor serbio, Ivo Andríc. 

            Ivo Andric nació en Bosnia en 1892, cuando entonces era un territorio de Austria-Hungría, y murió en 1975 en Belgrado, en la antigua Yugoslavia, aunque él siempre se consideró un escritor serbio. De hecho, en su juventud participó en los movimientos pro Serbia y fue encarcelado poco después del atentado de los archiduques imperiales en Sarajevo en 1914. Ivo Andríc escribió esta novela en 1945, en lengua serbocroata y con el alfabeto cirílico (Дрини ћуприја), apenas terminada la II Guerra Mundial, y en ella el protagonista es el puente que cruza el río Drina a su paso por Visegrado, en Bosnia.

Esta gran novela abarca cuatro siglos, justamente desde que un niño cristiano de apenas 10 años, arrancado de los brazos de su madre, fue llevado, como tantos otros, ante el sultán otomano para formar parte, desde pequeños, del ejército de jenízaros. Era el adzami oglam, o tributo de sangre. Era el peaje que tenían que pagar las familias cristianas en el imperio otomano. Durante horas, tal vez días, los niños empapados hasta los huesos esperaron hasta que un barquero los fue pasando sobre las aguas crecidas y turbulentas del Drina. En las orillas se juntaban todas las pobrezas y las desdichas del mundo. Esa mañana de 1516, ese niño de 10 años vio todo esto mientras los gritos de las madres le desgarraban el alma y un dolor agudo le golpeaba el pecho. Ese dolor se quedaría ahí por muchos años. El niño creció y llegó a ocupar un puesto muy importante en el imperio otomano. Sería mundialmente conocido como el Gran Visir Mehmed Bajá. Entonces se acordó de aquel penoso viaje. Se acordó de que todos los hombres sueñan con una “buena vía, una compañía segura y una posada caliente” y decidió construir un puente que asombrase al mundo: el puente sobre el Drina, para unir Bosnia con Oriente.

         Durante años, a las órdenes del implacable Abid Agá, un ejército de hombres, muchas veces forzados, construyeron el puente, ante las miradas incrédulas de pequeños y mayores que se acercaban a las orillas para ver día a día los progresos de la milagrosa construcción que arrancaba desde el agua y se elevaba poco a poco. Cuando estuvo acabado, el puente sobre el Drina no solo era útil y seguro, sino también increíblemente hermoso. En el centro del puente, el maestro de obras había construido una terraza con unos bancos de piedra, la kapija. Desde el día de su apertura, este espacio sería el lugar por antonomasia para charlar, fumar, tomar té, discutir, intercambiar ideas, pero también para ahorcar a rebeldes como un escarmiento para toda la población de Visegrado y todos los que cruzaban de una a otra orilla.

Ivo Andric nos cuenta la historia del puente a lo largo de cuatrocientos años, desde su construcción en 1571 hasta la I Guerra Mundial. Pero el autor, que fue galardonado con el Premio Nobel de Literatura en 1951, cuenta asimismo los avatares pacíficos o turbulentos de este pequeño rincón de Centroeuropa. Musulmanes, cristianos y judíos fueron capaces de convivir, mal que bien, durante largos periodos, y compartir los puestos del Bazar. Leyendo el libro se entiende mejor la turbulenta historia de estos territorios: primero bajo el imperio otomano, después bajo el imperio austrohúngaro, luego como parte del Reino de Serbios, Croatas y Eslovenos, más tarde conformarían la Yugoslavia de Tito, para acabar como pequeñas repúblicas independientes, llenas de odios de credo, raza y nacionalidad, tras pasar por una guerra que conmocionó a Europa en los años noventa del pasado siglo. No sabemos que hubiera escrito Ivo Andric si hubiera conocido estos dramáticos años, tras la caída del comunismo.

El puente de Drina fue, desde su apertura, un camino de occidente a oriente, una vía de religiones, lenguas, costumbres y productos agrícolas. Un símbolo hermoso de esperanza y convivencia, no obstante las dificultades de cada momento.

            Los hombres y las mujeres de Visegrado cruzan y descruzan el puente lo mismo que hacen con sus vidas. Ivo Andric no sólo nos cuenta la alta política y las diferentes etapas de dominación sobre el puente, sino también las vidas de personas que habitaron la ciudad y para quienes el puente lo era todo.

Conocemos la violencia atronadora de Abid Agá sobre todos los trabajadores en la construcción del puentes y la tortura y empalamiento de Ridasav que había intentado sabotear los trabajos de construcción “por orden del diablo”, pero asimismo el horror de los visegradenses ante esta ejecución brutal. Y también la respuesta piadosa de los temerosos de Dios que lo enterraron como a un ser humano impidiendo que el cuerpo de Radisav lo devorasen los perros, como había ordenado Abid Agá.

Conocemos los grandes festejos para celebrar el fin de las obras y el tránsito de  personas, animales y mercancías por el puente: Era el año 1571 del calendario cristiano y el 979 de la Héjira. Por fin el pueblo se hartó de comer, de admirar, de andar de arriba abajo y de escuchar los versos de la inscripción: “He aquí a Mehmed Bajá, el mayor entre los sabios y grandes de su tiempo. Cumplió el voto que había hecho en su corazón y con su afán y esfuerzo erigió el puente sobre el río Drina. Que Dios bendiga esta obra, este hermoso y prodigioso puente”.

Conocemos las grandes crecidas e inundaciones que un siglo después asolaron la zona. El rio creció tanto que el puente entero desapareció bajo sus aguas impetuosas. La histórica crecida se llevó por delante casas, graneros, tiendas, ganados  y todo lo que pudo en su inmisericorde avalancha..

A principios del siglo XIX las revueltas en Serbia tuvieron una gran repercusión en el puente sobre el Drina. Se exigía cada vez más a los turcos de Bosnia para que aportaran hombres y recursos para sofocar la rebelión. El puente empezó a ser controlado. En medio del puente se erigió una caseta de madera que sirviera de puesto de vigilancia y controlara el tránsito de personas. Todos podían ser sospechosos de traición. A Mile, un jovenzuelo, mientras desbrozaba un bosque, le oyeron cantar una canción tradicional serbia. Fue suficiente delito para que fuera ahorcado y su cuerpo muerto sirviera de advertencia e infundiera temor. Jelisije, un vagabundo de monasterio en monasterio, un viejecillo, tuvo la desgracia de ser el primero en cruzar el puente después de instalar la caseta de vigilancia. “Así el mozo Mile y el viejo Jelisije, decapitados a la vez en el mismo lugar, fueron los primeros que adornaron con sus cabezas la torre militar, que después, mientras duraron las revueltas, nunca careció de adorno semejante”.

          Los días pasan y el puente vive “una paz aparente, bajo la que no se ocultan temores, voces agitadas y murmullos”. En 1878 el ejército del emperador de Austria entra en Bosnia y muy pronto se extiende el rumor de que el sultán ha entregado Bosnia sin resistencia. Los turcos se plantean oponer resistencia violenta a los austriacos, pero Ali Hoya está en contra porque las repercusiones serían aún más catastróficas para los habitantes de origen turco. Para los radicales turcos, Ali Hoya es un traidor y un infiel, por enfriar los ánimos de los de su propia etnia y religión. Terminará maniatado y humillado con una oreja clavada a un poste en lo alto del puente. Un bando del emperador afirmaba que no venía como adversario sino como amigo para pacificar estas tierras. Pero quien más o quien menos teme las consecuencias, especialmente los turcos que se sentían bajo la bota de los infieles.

Por la novela –y por el puente- transitan un buen número de personajes inolvidables. El rico Milan, esclavo de una pasión: el juego. Azuzado por un forastero que le invita a jugar una y otra vez, va perdiendo dinero, ganado, bosques, tierras y casi casi la propia vida en su última apuesta. O la historia del militar Gregor Fedum, de apenas 23 años, encargado de vigilar el tránsito del puente para detener a los bandidos. Pero Gregor cae en las redes y en las insinuaciones de una bella joven. Y enredado en sueños de amor o de lujuria, deja escapar al más peligroso de los bandidos. Lo pagaría caro. A este joven de honor sólo le quedaba saltar por el puente y ahogarse en el Drina.

El autor nos habla de un hotel junto al puente. Es aquí donde empieza la historia de Lotika, viuda joven, servicial, amable, “Ella les ofrecía todo, prometía mucho y les daba poco, o mejor dicho nada, porque los deseos masculinos eran de tal naturaleza que no podían satisfacerse con nada”. Lotika, mujer fuerte que regentaba el hotel y que ahorraba hasta la última moneda para ayudar a su larga parentela dispersa por Austria y Hungría. O la vida desdichada del Tuerto en la taberna de Zarije. Le invitan a una copa de ron, se ríen de él, le recuerdan a una antigua novia, y así se convierte en entretenimiento y en risa para los parroquianos.

Los austriacos traen novedades. Pasan los años. La vida es mucho más ligera, más alegre, como un vals, como un canto. Pero son muchos los que no adoptan ninguna de las nuevas costumbres ni ligerezas, ni en el vestido, ni en las ideas, ni en la forma de comerciar o de hablar. Cuando el ferrocarril llega, el puente pierde parte de su importancia. En pocas horas se llega a Sarajevo y Ali Hoya reflexiona “lo importante no era cuánto tiempo ganaba el hombre, sino lo que hacía con ese tiempo que había ahorrado; si lo usaba mal, entonces era mejor que no dispusiera de él”.  El camino por el Puente ya no llevaba al mundo y no era lo que otrora había sido: un punto de unión entre Oriente y Occidente.

            A veces los hombres con mucho olfato huelen la pólvora de la guerra, antes de que el primer cañón la haya disparado. Cuando los austriacos abrieron una abertura en el puente y luego colocaron un tapa de hierro encima, algunos imaginaron que vendrían malos tiempos para el puente y para Visegrado. En el puente se habían colocado explosivos por si fuesen necesarios.

            El siglo XX ya está ahí. En Visegrado por todas partes se oyen marchas turcas, canciones patrióticas serbias o arias vienesas, depende de los lugares y los parroquianos. Los jóvenes de Visegrado frecuentan la Universidad de Sarajevo y vuelven con ideas patrióticas y revolucionarias y con un deseo fanático de acción y sacrificio personal. Las palabras grandes y nuevas (libertad, gloria, patria, revolución) cruzan el puente de Drina. Por primera vez, los jóvenes hablan de “política”.

En 1914, los habitantes de Visegrado se han acostumbrado a ver a Zorka y a Glasicanin como dos jóvenes enamorados. Las sombras se ciernen sobre ellos como sobre toda la región. Deciden escaparse de la ciudad y buscar otra patria que garantice su amor y su futuro: América. No lo conseguirán.

El día de San Vito, 28 de junio, las asociaciones serbias organizaron su verbena en la pradera para bailar una danza en cadena, el kolo. La verbena acababa de empezar, cuando dos gendarmes pararon en seco el baile. El archiduque Fernando y su esposa habían sido asesinados en Sarajevo por exaltados serbios. En pocas horas todo cambio. “Empezó la caza a los serbios. Los hombres se dividieron en perseguidores y perseguidos. Una sociedad entera se transformaba en tan sólo un día”.

El puente adquiere una connotación de frontera. El bombardeo incesante llega por todas partes. Ahora sólo los refugiados que intentan alejarse cruzan el puente. “La guerra tuerce las reglas del juego. La gente que ha prosperado horadamente en virtud de su arduo trabajo pierde, mientras que los holgazanes y violentos progresan”. Todos buscan afanosamente su propia vida y la muerte ajena.

Un buen día, los explosivos que yacían sepultados en el corazón del puente estallaron. El puente dejó de ser puente, para ser sólo una ruina, un recuerdo ruinoso de lo que había sido y la razón de su construcción.

La novela acaba ahí, justo cuando el puente minado salta por los aires y se interrumpe el tránsito de personas y de productos. Y todos se convierten en extranjeros y enemigos, los mismos que hasta ayer mismo habían danzado juntos, o se habían amado, o habían charlado en el bazar, y cruzado y descruzado el puente sobre el Drina.

El puente, un símbolo potente de esperanza y fe en la humanidad es también frágil. En pocos momentos todo puede cambiar. Esta advertencia del gran escritor serbio Ivo Andric es una gran enseñanza para el lector. Construir un puente lleva muchos años. Pero destruirlo se puede hacer en unos minutos. Igual que la confianza, la convivencia y el amor.

Pero el autor no da todo por perdido, y así podemos leer en su última página: “Dios ha abandonado a esta infeliz ciudad en el Drina. Todo es posible. Sin embargo hay algo que no lo es: no es posible que desaparezcan para siempre y por completo los grandes hombres, los hombres de buen corazón que por el amor de Dios levantan construcciones duraderas, para que la tierra sea más bella y la vida de los hombres más cómoda y mejor. Si ellos desaparecieran, significaría que también el amor de Dios se apagará y se desvanecerá del mundo. Y eso no es posible”.











domingo, 28 de septiembre de 2025

¿Somos todos aporófobos?


     En un informe del Grupo Banco Mundial, del pasado mes de junio, se decía que "la pobreza extrema aumenta rápidamente en las economías afectadas por conflictos e inestabilidad". A renglón seguido se explicaba que "Durante los últimos tres años, el mundo se ha enfocado en los conflictos de Ucrania y Oriente Medio, y esa atención se ha intensificado ahora, pero no hay que olvidar que más del 70 % de las personas que sufren como consecuencia de los conflictos y la inestabilidad son africanas". Todo parece indicar que los objetivos de Naciones Unidas para eliminar la extrema pobreza en el mundo están lejos de alcanzarse. Al mismo tiempo se constata que, desde la crisis económica de 2008, en los países más desarrollados están surgiendo, aquí y allá, guetos de pobreza, así como una progresiva depauperación de la clase media. "La miseria es inevitablemente contagiosa”.

        Adela Cortina, de la Universidad de Valencia, escribió hace varios años un ensayo con un extraño título: Aporofobia. El término lo usó por primera vez la propia autora en 1995 y, poco a poco, se ha ido abriendo camino, hasta el punto de que el Ministerio del Interior utiliza el término para ciertos delitos de odio. En 2017, fue elegida como palabra del año. Aporofobia es una palabra compuesta de dos palabras griegas: ‘aporós’, pobre, y ‘fobia’, temor. La aporofobia sería el odio, la repugnancia, hostilidad o miedo ante el pobre, el sin recursos, el desamparado.

        El ensayo parte de la idea de que es cierto que hay muchos xenófobos o racistas, pero aporófobos lo somos casi todos. No nos asustan ni sentimos desprecio por los millones de extranjeros que vienen a visitar nuestras playas y monumentos. No sentimos desprecio hacia los futbolistas o atletas olímpicos africanos. No sentimos desprecio hacia los jeques musulmanes que atracan sus imponentes yates en Puerto Banús. Lo que sentimos es aversión hacia los extranjeros pobres, los que saltan la valla de Melilla o llegan en patera, los que venden bolsos falsos de Loewe en sus top-manta, o los que en el semáforo nos venden kleenex. Lo que sentimos es desprecio hacia los negros sin recursos. Lo que sentimos es indiferencia hacia los musulmanes migrantes de nuestros barrios más humildes. Resumiendo: Nos caen mal no porque son negros, musulmanes o extranjeros, sino porque son pobres.
        El libro de Adela Cortina intenta buscar las razones de esta lacra, de esta patología social que conviene nombrar y diagnosticar. Cree que, en el fondo, cuando damos algo, esperamos un retorno, una recompensa, una contrapartida. Do ut des, decían los romanos. Te doy para que me des. Este retorno no puede producirse cuando la otra parte no tiene recursos materiales. Entonces, instintivamente, hay un rechazo, puesto que el otro nada puede proporcionarme. El sistema de favores, que es hábito común en la sociedad, se rompe ante las personas pobres.
        Parece que biológicamente nuestro cerebro está preparado para sentir una empatía hacia el fuerte, el sano, el influyente, es decir, el que puede venir en mi ayuda y proteger a los que son de mi tribu. En cambio, nuestro cerebro rechaza lo que nos molesta y perturba. Así que cuando advertimos que alguien nos puede traer problemas o complicarnos la vida porque necesita de nuestra ayuda, tratamos de apartarlo de nuestras vidas. Todos hemos desviado la mirada cuando un pedigüeño extendía su mano.
            Si somos sinceros, hemos de reconocer que todos somos un poco aporófobos. Todos, en mayor o menor medida, tenemos nuestros prejuicios sociales. El prejuicio hace los más pobres es el más habitual. Reaccionamos de distinta manera cuando un hombre bien trajeado viene hacia nosotros a cuando un hombre andrajoso se acerca para preguntarnos algo. Pero una cosa es tener prejuicios mentales contra los pobres, extranjeros o connacionales, y otra, muy distinta, dar una patada al negro que dormita en un banco, insultar al pobre que vende pañuelos en un semáforo o despreciar al que pide una limosna en la puerta de un supermercado.
        A veces, muchos de los que sienten hostilidad hacia los pobres (los claramente aporófobos) son los que los utilizan o explotan para sacar tajada. Muchos de los temporeros del campo son extranjeros, a los que se pagan salarios de miseria y a los que se aloja en una nave que, probablemente, no cumple siquiera las condiciones para meter ovejas. Muchas de las personas que cuidan a nuestros mayores también son extranjeras, y no falta quien se aprovecha de su situación de precariedad para racanearles el sueldo o no darles de alta en la seguridad social.
    La empatía, ponerse en el lugar del otro, imaginarse a uno mismo en una circunstancia paracida, "calzarse su calzado", es lo que pude devolvernos al territorio del respeto y al territorio de la mera humanidad.
        Para entender este sentimiento de aporofobia que nos invade a todos, en uno u otro momento, vienen muy bien las palabras de Simone Weil, una de las pensadoras más lúcidas del pasado siglo: “La simpatía del débil por el fuerte es natural, pues el débil, proyectándose en el fuerte, adquiere una fuerza imaginaria. La simpatía del fuerte hacia el débil es contraria a la naturaleza”. Y también esto: “Aquel que trata como iguales a quienes la relación de fuerzas coloca por debajo de él, les hace realmente el don de la condición de seres humanos”.



Adela Cortina, inventora de la palabra "aporofobia'


Las nuevas pobrezas de los países 'ricos'

    La pobreza crónica en muchos países africanos

Cada vez una imagen más habitual en las grandes urbes

Frente a la aporofobia: empatía y ponerse en su lugar

domingo, 21 de septiembre de 2025

Arthur Rimbaud: el salvaje en su fragilidad

    


        En 1891, al puerto de Marsella llega un hombre joven, aunque acabado. La infección de su pierna avanza inexorablemente. El cáncer de hueso le roe. En el hospital marsellés, los cirujanos deciden amputarle la pierna. Estamos hablando de Arthur Rimbaud. Niño prodigio de las letras francesas. Enfant terrible de la poesía, cuyos versos dejaron sin palabras a toda la intelectualidad francesa. Bebedor incansable de absenta en los cafés parisinos. Rubio provocador de ojos azules y mirada lánguida de los salones literarios. Joven que se puso el mundo por montera, liándose con el afamado poeta casado, Paul Verlaine. Y con el que huyó a Bruselas, provocando un  escándalo monumental en la mojigata sociedad francesa de la época. Soldado enrolado en el ejército neerlandés. Temerario y aventurero por tierras de Yemen y Etiopía. Comerciante de ébano, márfiles y café. Traficante de armas. Soberbio hijo de una Francia: la que reniega de Dios, Patria y Familia. 

    Arthur Rimbaud que no ha vuelto a escribir un solo verso desde los 19 años, está enfermo, herido de muerte. Un hombre delira por la fiebre y los dolores atroces de la amputación. Y aquí empieza la novela Los días frágiles, del escritor francés Philippe Besson.

        El hijo pródigo de la literatura francesa vuelve a casa, ni arrepentido ni humilde, sino altivo y provocador, fiel a su genio y a su talante. Y en su tierra natal, las Árdenas, oscura de nieblas y aguas, no le espera ningún padre con los brazos abiertos que le prepare una fiesta de bienvenida, como sucede al hijo pródigo del Evangelio de Lucas. Una fría y hermética madre le abre la casa familiar, pero no le abre el corazón. El hijo que ha sumido a la familia en una ignominiosa vergüenza, ¿se merece acaso otra cosa? En su orgullo, madre e hijo son iguales. Pero Rimbaud es ahora un guiñapo, un enfermo digno de compasión, como lo son todos los enfermos desahuciados.

        Y aquí empieza la otra protagonista de la novela: Isabelle Rimbaud, la hermana obediente, sumisa y religiosa. La joven también escribe un diario, tal vez para matar el tiempo, para que la vida de la rigidez conventual a la que le obliga la madre, sea más llevadera, para intentar explicarse a sí misma quién es este desconocido que acaba de regresar, y del que nunca se ha hablado en casa: ¡tan ignominiosa vida ha llevado por esos rincones de París, y por esos mundos de Dios. Bestia negra de la familia!

           Isabelle le cambia los vendajes, llenos de sangre y pus, le peina sus sudados cabellos, le limpia su carne macilenta y apagada que un día hizo exaltar a Paul Verlaine con pasión desconocida en hoteles de postín y en pensiones infames.

        Rimbaud cuenta a Isabelle pedazos de su vida, como poeta, como soldado, como traficante de armas, como aventurero por tierras ignotas de África. Rimbaud le cuenta sus sueños irrefrenables de volver a África para empezar de nuevo, lleno de salud, en busca de aventuras y de libertad.

        Pasan los días. Los silencios de la madre se hacen insoportables. La cama del poeta conoce el sufrimiento en cada centímetro cuadrado. La hermana consuela, protege, reconforta, ayuda, cuida. La hermana que no ha conocido jamás una caricia, acaricia con sus cuidados al poeta brillante, al sodomita degenerado, al hermano carnal, simplemente al hermano. Ella ha sido educada para obedecer y servir. Y esas tareas le son naturales.

        Pero Arthur Rimbaud no soporta la lluvia gris de las Árdenas a cada hora, el silencio feroz de la madre, una casa donde nada sucede y en la que nadie entra. Y suplica a su hermana que le lleve a Marsella, que le lleve al puerto, que le suba a un barco, que le deje en una playa africana.

        Y ella obedece. Pero Marsella es la última estación de estos 'días frágiles de Rimbaud'. Así lo ha decretado el destino. Llega a la ciudad portuaria en un estado calamitoso. Ingresa en el hospital. Unos días después, entre los brazos amorosos de Isabelle, el poeta más célebre de Francia muere. Los dolores atroces han cesado. Rimbaud entra por la puerta grande de la historia de la literatura francesa. Y por la puerta grande de la historia maldita de los poetas malditos, tan indeseables como aclamados. Era el 10 de noviembre de 1891. Arthur Rimbaud tenía apenas 37 años.  











Dalai Lama: compasión y alegría

       

        El Dalai Lama envejece, al mismo tiempo que envejece la causa del Tíbet. Una noche de 1937 el monje tibetano Yamphel Yeshe Gyaltse tuvo un sueño: un monasterio, una carretera, una casa con tejado azul, un perro y un pórtico con un niño sentado bajo él. Algún tiempo después, unos monjes, disfrazados de mercaderes, fueron enviados para localizar este enclave. En el poblado de Taktser encontraron todas las señales. Y el niño reconoció a los monjes disfrazados y dijo sus nombres. A continuación, los monjes le sometieron a una serie de pruebas, entre ellas el reconocimiento de objetos pertenecientes al anterior Dalai Lama: rosarios, libros, tazas de té. El candidato debe elegir las que pertenecieron al anterior Lama, porque, según sus creencias, se trata de una reencarnación (tulku) y, por lo tanto, el niño debía conservar la memoria de su anterior vida.

        Tenzin Gyatso, a la edad de cuatro años, fue ordenado monje budista y entronizado como XIV Dalai Lama. A los 16 años, asumió todo el poder temporal sobre el Tíbet, una teocracia feudal con capital en Lhasa y con sede administrativa en el Palacio de Potala. Era el año 1950 y China ya estaba pensando y soñando en la anexión de este territorio.

        Las conversaciones, que buscaban algún tipo de entendimiento con Mao Tse Tung, fracasaron. En 1959 hubo una insurrección en Tíbet. Fue aplastada sin miramientos por los soldados chinos. Miles de tibetanos murieron y otros tantos miles emprendieron el camino del exilio. Entre ellos el Dalai Lama. Logró abandonar el Palacio de Potala disfrazado de mendigo. Después de una arriesgada travesía a pie por las montañas del Himalaya, llegó a Dharamsala, en el norte de la India. En la amarga ruta del destierro, le fueron siguiendo miles de sus súbditos. Las autoridades indias le permitieron establecer allí su ‘vaticano’. Y esto ocurrió ante la mirada indiferente del mundo entero, que no levantó un dedo para no molestar a los mandamases comunistas chinos. En este caso, los intelectuales occidentales agacharon la cabeza y comulgaron con ruedas de molino. El comunismo chino, por entonces, encandilaba a muchos intelectuales y medios de comunicación. Los monjes tibetanos no tenían amigos.
        La anexión china no solo supuso la muerte de miles de tibetanos sino también la destrucción de cientos de templos y de miles de obras de arte, manuscritos y libros únicos. Un enorme patrimonio cultural perdido para siempre.
        Curiosamente, el exilio del Dalai Lama supuso la internacionalización del budismo tibetano. Y su figura, marcada por la compasión, ganó la admiración de muchos, lo que le hizo valedor del Nobel de la Paz en 1989.
        El Dalai Lama acaba de cumplir 90 el pasado 6 de julio. Envejece, como envejece el sueño de un Tibet independiente. China sabe que tiene la sartén por el mango. Y sabe también que cuando muera Tenzin Gyatso será un duro golpe para el budismo tibetano. Será elegido otro dalai lama, pero ya nada será igual. El Dalai Lama ha mantenido viva la llama tibetana y ha sido el estandarte de un pueblo y de una cultura y la memoria viva del sufrimiento de los tibetanos en Tibet y en el exilio.
        El Dalai Lama ha preferido la vía pacífica a la lucha. Y la compasión ha sido su bandera, por encima incluso de las reivindicaciones tibetanas. Se ha convertido en un maestro universal, en un referente del pacifismo en todo el mundo. Pero este pacifismo del Dalai ha sido utilizado por China para imponer su fuerza de potencia universal sobre este pequeño rincón en las alturas del mundo y sobre sus 6 millones de habitantes. China, de mil formas diferentes, ha intentado presionar y chantajear a los gobiernos de todo el mundo para que el Dalai Lama no fuese recibido por lo mandatarios ni recibiese homenajes o reconocimientos. Que David venza al gigante Goliat es una anomalía. Lo normal es que los gigantes y los guerreros se impongan sobre los pequeños y los pacíficos.
        China segurá ejerciendo obsesivamente sus presiones políticas y económicas sobre cualquier gobierno que apoye la causa del Tibet, aunque sea tímidamente. La inauguración de los Juegos Olímpicos de Beijing (Pekín) en 2028 lo pudimos ver claramente: numerosos Jefes de Estado del mundo entero acudieron a la inauguración, aunque todos ellos sabían perfectamente que China es un país donde no se respetan los derechos humanos, donde no existe la libertad política, ni la libertad de expresión, ni la libertad religiosa, ni el resto de libertades. La pleitesía rendida por los mandatarios extranjeros indicó, a todas las luces, que el dinero siempre será obedecido. Tristemente, los buenos deseos de paz y de armonía son simples danzas poéticas, para románticos empedernidos y trasnochados soñadores.
        Nos lo recordaba hace un tiempo una canción de Mecano, Aidalai:
    "En nombre del progreso y de la revolución, / quemaron tradiciones y pisaron el honor. / El rey de las montañas tuvo que escapar / vestido de mendigo / y con el alma envuelta en el ombligo.
    A falta de petróleo no hubo amigos en el mar, / dejando las naciones tu barquito naufragar. / Novel en la guerra, / nobel de la paz…"

        El Dalai lama ha sido un elemento importante en la unión de las religiones para buscar la paz en un mundo convulsionado por la violencia. Así lo ha demostrado su participación en eventos ecuménicos, como los de Asís. No ha vuelto a poner nunca los pies en el Tibet, y a estas alturas pocas esperanzas le quedan. Ha intentado vivir el presente sin la amargura de un exiliado y sin la violencia de un insurrecto, invitando a sus files a vivir el presente, sin refugiarse en el ayer o en el mañana: “Sólo hay dos días en el año en que nada se puede hacer. Uno se llama Ayer y el otro se llama Mañana. Hoy es el día adecuado para amar, creer, y sobre todo vivir”
        En 2011, el Dalai renunció a todos sus cargos políticos en el Gobierno Tibetano en el exilio, para permanecer únicamente como un líder espiritual y religioso. La causa del Tíbet envejece y languidece. La existencia del Dalai Lama, sin embargo, permanece aún anclada en la compasión y en la alegría. Suya es una frase para no olvidar nunca: “Un buen corazón es la mejor religión”.









El Dalai Lama tras exiliarse en Dharansala

Masivo exilio de tibetanos hacia la India







viernes, 19 de septiembre de 2025

Nigeria: violencia contra cristianos pero no solo...


En 2015, el grupo radical yihadista, Boko Haram, saltó a los titulares de prensa de medio mundo cuando secuestró a 276 niñas en una escuela de Nigeria. Desde entonces, este grupo terrorista -y algunos otros- traen en jaque a los cristianos, pero no sólo a los cristianos, de este inmenso país africano de más de 200 millones de habitantes, recursos naturales impresionantes y realidades de miseria igualmente impresionantes..

Ya desde el periodo colonial, el Norte de Nigeria contaba con una población básicamente musulmana. Sin embargo, muy pronto el cristianismo prosperó en esas regiones. Durante muchas décadas hubo paz y convivencia entre musulmanes y cristianos, como recuerda el obispo Habila Daboh, originario de la región: “Nosotros crecimos junto con las diferentes grupos étnicos. La vida transcurría con normalidad. Compartíamos la comida de Navidad con los musulmanes y durante sus celebraciones ellos compartían su comida con nosotros. Comíamos juntos, jugábamos al fútbol, acudíamos a los mismos mercados y nos bañábamos en los mismos ríos. Entonces, llegaron los extremistas (en los primeros años del siglo XXI) afirmando que si no eres musulmán no deberías estar vivo, y allí es donde la vida se volvió terrible para los cristianos".

            Aunque los cristianos representan el 45% de la población nigeriana (porcentaje muy similar al de musulmanes), sim embargo el poder político y social lo ostentan cada vez más los musulmanes, empezando por el presidente de la República Federal. Un elemento muy preocupante es la introducción de la Sharía, es decir la aplicación del islam más restrictivo a las leyes civiles, lo que se traduce en la discriminación sin ambages de los cristianos, pero también de los fieles de las religiones tradicionales africanas o animistas, y una amenaza continua para sus tierras, sus bienes, la práctica de su fe y sus propias existencias. Ciertamente, Nigeria no es un país cómodo para practicar el cristianismo. Ayuda a la Iglesia Necesitada dice en su Informe Anual que uno de cada tres estados en Nigeria (conformada por 36 estados) ha proclamado la Sharía, y que, de cada ocho asesinados por grupos violentos, siete de ellos son cristianos.

    Aunque ahora está de moda calificar de genocidio cualquier situación de crisis, violencia, guerra o persecución, sin embargo hay que ser prudentes, a la hora de calificar la persecución contra los cristianos, como de genocidio. 

      Es verdad que  un atentado contra una iglesia cristiana difícilmente llega a ser noticia en Occidente. Pero también muchos opinan que, en el último año, las cifras de perseguidos, así como el relato de que se está produciendo una persecución sistemática y programada contra los cristianos (relato difundido por la Administración Trump y varias asociaciones ideológicas) también son igualmente engañosas.  En los últimos años ha habido un continuo goteo de muertos, heridos, mujeres violadas, niños secuestrados, y escuelas y templos arrasados. Las Ongds que operan en el Norte de Nigeria son las que, en medio de una información caótica, dan cuenta del día a día y de las situaciones de violencia. Hablan de miles y miles de desplazados en el Norte de Nigeria por los continuos ataques a la población, a sus casas y cultivos. Pero esta violencia generalizada no es sólo contra los cristianos, también contra otros grupos. En el fondo Nigeria sufre una crisis moral, una corrupción paralizante, una radicalización islamista, una violencia encarnada en la mentalidad de muchos, una miseria que clama al cielo, y una lucha despiadada por las tierras y los cultivos entre tribus ganaderas y tribus agrícolas.

            El número de asesinatos y secuestros se ha cebado en los últimos años en los líderes cristianos de la región, sacerdotes, religiosos, laicos consagrados, catequistas, maestros y seminaristas. Como recordaba el obispo Matthew Kukah en el funeral del seminarista asesinado, Michael Nnamdi: “El Norte de Nigeria es un gran cementerio, un valle de huesos secos, la parte más desagradable y brutal de Nigeria”.

            Y sin embargo, por imposible que parezca, los cristianos del Norte de Nigeria no se rinden. Muchos sacerdotes, religiosos, seminaristas y catequistas han sido masacrados o perseguidos, pero muchos más han decidido defender con sus vidas, si fuese necesario, la voz compasiva y misericordiosa de Jesús en el Norte de Nigeria.

          El sacerdote Patrick Akpabio, nigeriano, en una reciente conferencia en España decía que En Nigeria se mezclan la sangre con el vino de alegría, las balas con el pan, y el dolor con la esperanza. Los seguidores de Cristo pagan un alto precio por su fe, sufriendo torturas físicas y psicológicas, aislamiento, violación, esclavitud, robos, cosechas destrozadas, discriminación en muchos aspectos legales, tráfico de órganos… todo con el fin de desanimar a la gente a vivir en sus poblados y evitar que puedan servir a Dios”.

            Pero en medio de esta persecución, los nigerianos no abandonan su fe. Si renunciasen a ella, renunciarían también a su dignidad de seres humanos, a su alma y a su libertad: “Donde las iglesias han sido quemadas, la gente se reúne bajo los árboles de mango para celebrar la misa”.

                       



















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