viernes, 13 de febrero de 2026

Vida y destino, de Vasili Grossman

 

Clasificada como una de las grandes novelas de la literatura del siglo XX, Vida y destino asusta un poco por dos motivos: las más de mil cien páginas de extensión y la interminable lista de protagonistas. La novela llevaba bastante tiempo en la ‘sala de espera’, pero no me decidía a dar el salto. Un amigo se decidió por mí y me la puso en mis manos.

Vasili Grossman murió en 1960 sin ver publicada su novela. Cuando la presentó al equipo censor para su publicación, le contestaron que ese manuscrito nunca vería la luz o que, como mínimo, dentro de doscientos años. Su casa fue registrada. La policía se llevó el manuscrito, los escritos preparatorios, y hasta la cinta de la máquina de escribir. Grossman empezó a engrosar la larga lista de autores prohibidos y condenados al ostracismo. Años después, algunos disidentes soviéticos, entre ellos el científico Sajarov, lograron microfilmar una copia escondida en casa de una amiga de Vasili, y así la sacaron de la Unión Soviética. Fue publicada en Suiza en 1980. En 1988, ya en tiempos de Gorbachov y de la Perestroika, los soviéticos pudieron leer esta novela.

Grossman había nacido en Ucrania en 1905, y fue un ferviente periodista y escritor comunista, también un convencido antifascista. Como periodista pasó más de mil días en diferentes frentes durante la Segunda Guerra Mundial, en especial en la batalla de Stalingrado, la más famosa y encarnizada de la Segunda Guerra Mundial, entre las tropas de la Unión Soviética y Alemania. Esta batalla, la más decisiva de toda la guerra, es el marco de la novela Vida y destino. Grossman pudo conocer de cerca los campos de concentración de los alemanes, pero también los campos de concentración soviéticos. Pudo ver con sus propios ojos la crueldad de los dos ejércitos. Y ahí empezó su desencanto comunista. Cuando se narra lo que se ve, las ideologías caen y sólo queda el horror de las víctimas. Y la obligación de guardar su memoria.

Vida y destino habla de todo ello, sin paños calientes, sin exculpaciones, sin acusaciones infundadas. No es una novela bélica. Es una novela sobre el corazón de tantos hombres y mujeres en la guerra, sean del bando que sean. La batalla de la ciudad de Stalingrado (1941-1943), actualmente Volgogrado, pone el marco en el que vive la familia Shásposhnikov. Toda la familia se ve implicada en la guerra, pero cada uno lo hace a su manera y cada cual libra su propia guerra en casa, en la escasez, en el frío, en la cárcel, en el frente, en la tortura, en la delación, en el enamoramiento prohibido, en el idealismo, en la frustración, en la muerte, en la culpa y el remordimiento, en el miedo a caer en desgracia, en la doblez y en la mentira.

Y alrededor de la familia, a la que la guerra desperdiga por varias ciudades, está la realidad del cerco de Stalingrado, los puestos de combate, los colegas científicos e intelectuales, los prisioneros del campo de concentración alemán, o del campo de trabajo ruso, o de los condenados que se encaminan sin saberlo a la cámara de gas, o luchan contra la tortura en Lubianka, o los que trabajan en la central eléctrica de Stalingrado, o los miembros de un escuadrón aéreo de cazas o de un cuerpo de tanques, los oficiales del ejército Soviético con Yeremenko a la cabeza y del Ejército Alemán con Paulus como comandante en jefe, o los soldados de la Casa 6/I que intentan frenar desesperadamente el avance alemán. Novela coral compuesta por decenas de protagonistas, con varios escenarios, con varios puntos de vista. Todos personajes construidos con tanto verismo que sólo una pluma magistral puede conseguir. Grossman da voz y vida y credibilidad a unos y a otros, para que el lector a lo largo de las mil cien páginas pueda tejer el maravilloso tapiz de Vida y destino. Cada uno vive una vida y tiene un destino. Y sin embargo, hay héroes humanos que aceptan su vida, pero esquivan como pueden el destino al que la Historia les predestinaba.

Desde mi punto de vista, no es el cerco de Stalingrado lo importante de la novela, ni siquiera las vidas apasionadas, mínimas, brillantes, sinuosas, llenas de doblez o bondad, de mezquindad o de altruismo de los muchos protagonistas. Lo que cuenta, el mensaje de Vida y destino es la impiedad del poder, la brutalidad de las ideologías, tanto la del nazismo como la del comunismo. El ser humano, aprisionado por la ferocidad de las ideologías es sólo un ser lleno de miedo, aterrorizado por el poder impúdico del Estado, una marioneta en medio de los vientos huracanados de la Historia, cuyas banderas soviética y alemana causaron increíbles sufrimientos pero también, aunque cueste creerlo, incomprensibles adhesiones y aplausos.

Una sensación de frío recorre toda la novela. No es solo el frío siberiano de la nieve y el hielo. Es el frío que sienten los hombres inocentes en los campos de concentración, el que sienten las familias en sus paupérrimas viviendas, el que sienten los caídos en desgracia cuando son llamados a declarar delante del Partido, el frio de la vida sin libertad, sin alegría, con la desconfianza instalada en las entrañas y el miedo agarrotando los músculos. El bien había dejado de ser el bien para los ciudadanos, para los habitantes de un país. Era el bien del Partido, el bien del líder, Hitler o Stalin, el bien del Comité, el  bien de la Patria. En nombre del bien de los proletarios se cometían las mayores atrocidades. En nombre del bien de la raza aria, todo estaba permitido. “En nombre de una idea abstracta de la humanidad, se sacrificó sin piedad al individuo”.

La derrota alemana en Stalingrado significó la derrota del nazismo. Hitler sacrificó a miles y miles de sus hombres en esa batalla. Otros miles y miles se convirtieron en prisioneros en Rusia durante años. Paulus, el comandante del ejército alemán en Rusia, había solicitado el permiso para una retirada, cuando aún había una salida para hacerlo. Pero ‘rendirse’ no entraba en el vocabulario de Tercer Reich. Stalin demostó al mundo que Hitler no era invencible. Pero, cuando Alemania fue derrotada, Stalin convirtió regiones y naciones enteras en campos de concentración. El comunismo fue otro nazismo durante épocas. Mismos métodos. Mismos objetivos. Mismos partidos. “Estos crímenes sin precedentes, nunca antes vistos en la Tierra ni en el Universo, fueron cometidos en nombre del bien”, como se lee en la novela.

En un momento de la novela, Shtrum, un científico, dice a su colega Chepizhin: “Antes todo me parecía sencillo y claro, pero nosotros hemos tenido el año 1937 y la colectivización forzosa con la deportación de millones de pobres campesinos, el hambre, el canibalismo… Antes todo me parecía sencillo y claro. Pero después de aquellas terribles pérdidas y desgracias, todo se ha vuelto complejo y confuso. El hombre mirará de arriba abajo a Dios, pero ¿acaso no mirará de arriba abajo también al Diablo, no lo superará también a él? Dígame, este hombre del futuro ¿superará en su bondad a Cristo? ¡Eso es lo más importante! ¿No transformará este hombre el mundo entero en un campo de concentración?”

En contra de las ordenanzas de los poderosos, hay gente que seguirá obedeciendo la sagrada conciencia personal. A pesar del terror del Estado y de las consecuencias dramáticas de la desobediencia, a pesar de la tortura, siempre habrá personas dispuestas a salvar su conciencia y a reconocer en el enemigo a un ser humanos. Por eso en el capítulo 16, en las inolvidables páginas escritas por un presidiario en el campo de concentración alemán, Ikónnikon, al que sus compañeros llaman yuródivi, loco santo, podemos leer: “Además de ese bien grande y amenazador del Estado, existe la bondad cotidiana de los hombres. Es la bondad de una viejecita que lleva un mendrugo de pan a un prisionero, la bondad del soldado que da a beber de su cantimplora al enemigo herido, la bondad del campesino que oculta en el pajar a un viejo judío, la bondad del guardia de una prisión que, poniendo en peligro su propia libertad, entrega las cartas de los prisioneros a sus madres y mujeres…”

 Vasili Grossman no logró ver publicada su novela. Una de las grandes novelas del siglo XX tuvo que esperar muchos años escondida en un cuartucho. Y algunos disidentes soviéticos arriesgaron mucho para salvarla y darla a conocer. El ‘bien’ del Estado no suele coincidir con la bondad, sino con todo lo contrario. Hoy en día, cualquier lector puede leer tranquilamente esta novela en su cuarto de estar, pero conviene no olvidar que muchas páginas fueron escritas pagando un alto precio por ello. Fue Vasili Grossman en persona el que vio demasiadas cosas en el cerco de Stalingrado. Se atrevió a contar la verdad y a mantener la memoria de las vidas de tantas víctimas de uno y otro lado. Y lo hizo con una belleza que aún sobrecoge. Y también con una profundidad que estremece, porque el lector, cada lector, se ve reflejado en los comportamientos compasivos, serviles, mezquinos, bondadosos, crueles, entregados, resignados, heroicos de tantos de sus personajes.




















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