Los poetas estuvieron muy de moda en la Transición. Muchos de ellos habían sido silenciados o ninguneados durante el Régimen. Y se entiende ese florecimiento en los primeros años de la Democracia. Recuerdo haber comprado con verdadera emoción en los años de bachillerato los primeros libros de antologías poéticas de Machado, Lorca o Miguel Hernández.
Es verdad que son muchos los que opinan que en la juventud se lee poesía, en la edad adulta, novelas, y en la vejez, ensayos. Puede que así sea. Mi fervor poético fue sobre todo cosa de juventud. Cierto es.
Últimamente, bien es verdad, he vuelto a releer poesías. Desde hace unos meses, cada vez que salgo a andar, meto un libro de poesía en la mochila y, al momento del café, leo algunos poemas, normalmente los que había subrayado en anteriores lecturas. Hoy me acompañó don Miguel de Unamuno. Ha sido una presencia bastante asidua en mi vida de lector. Durante mi estancia en Salamanca, me encontré con Unamuno en todos los rincones. El rector eterno de la Universidad seguía hablando a sus alumnos desde su cátedra. También desde el rectorado universitario, convertido en Museo unamuniano, desde la casa en que murió, desde las esculturas, relieves y cuadros diseminados por calles, casas y monumentos y aulas. Tal vez, y sobremanera, desde los sillares dorados de la ciudad castellana:
Del corazón en las honduras guardo
tu alma robusta. Cuando yo me muera
guarda, dorada Salamanca mía,
tú mi recuerdo.

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