Un
día sí y otro también escuchamos una frase, tal vez muy manida: “Otro mundo es
posible”. Está claro que ese otro mundo posible que sueñan Donald Trump y León
XIV es bastante diferente, diríamos incluso que opuesto. Los ataques groseros y
mendaces del Presidente de Estados Unidos hacia el Papa no han hecho sino
confirmar a muchos que la Iglesia Católica está en buenas manos y que Estados
Unidos, primera potencia mundial, no sabe hacia dónde va en el proceloso mar que nos ha tocado vivir. La reacción de muchos votantes católicos -y no sólo católicos- de Trump, no se ha hecho esperar, y han mostrado su malestar por los ataques de Trump, y su apoyo sin fisuras a León XIV
Donald
Trump, sin saberlo, sin sospecharlo siquiera, ha hecho un gran favor a la
Iglesia Católica, aupándola un peldaño más, en ese pódium ético en el que está
situado el Papa, y que hoy día constituye la única referencia válida para un
mundo de líderes ególatras y psicópatas, desnortados y corruptos.
El Vaticano, por su propia naturaleza o tal vez porque tiene dos mil años de historia, tiende a la diplomacia y a la prudencia. La Santa Sede suele otorgar poca importancia a las críticas y a las polémicas. Todos los días hay deslenguados en contra de la Iglesia que faltan a
la verdad. Y esto sucede entre los políticos, los periodistas y el propio clero. Otra cosa
bien distinta, son las críticas razonadas y argumentadas que ayudan siempre a
la transparencia y a la verdad. Lo propio del Pontífice romano, como su nombre
indica, es construir puentes, tejer acuerdos, concitar concordancias y suscitar
puntos en común. Pero la Iglesia no va a faltar a la verdad ni a su misión de
buscar la paz en el mundo, porque eso está en el Evangelio, y forma parte de su
misión. El nacimiento de Jesús se anuncia con un mensaje de paz a los hombres
de buena voluntad. Cristo Resucitado se aparece a sus discípulos con un saludo
de paz.
Los
ataques al Papa han retratado a Trump. Esperar que el Papa apoyase sus
desvaríos internos y su dislocada política internacional, no amparada por el
derecho internacional, es pedir cotufas en el golfo, como solía decir nuestro
Sancho Panza. Tachar al Papa de que le gustan las armas nucleares iraníes o el
tráfico de drogas en Venezuela es, aparte de una grosería hacia otro Jefe de
Estado y representante de 1500 millones de católicos, una gran mentira. La respuesta serena del Papa ha retratado al
Papa. Él no es un político ni hace política. Pedir diálogo, cese de las
hostilidades, búsqueda de la paz y del entendimiento, defender las vidas
inocentes que arrastra la guerra… es simplemente traducir el mensaje evangélico
en este momento concreto. Y por supuesto, al Papa no le da ningún miedo la administración Trump. Problablemente Trump y sus numerosos medios informativos intentarán desacreditar al Papa y a la Iglesia. Otros muchos lo han intentado antes que él con escaso éxito. El tiempo pone a cada uno en su sitio.
En estos tiempos recios, el Papa recuerda que existe el camino de la verdad que conduce a la dignidad de cada persona, a la convivencia pacífica entre los pueblos, a la justicia y a la defensa de las personas inocentes. La verdad suele incomodar y molestar. Unas veces, a unos. Otras veces, a otros. Ese es el precio que hay que pagar. En tiempos confusos y revueltos, siempre nos quedará el Papa.
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