Iván Campillo imparte una conferencia sobre el dolor como vía privilegiada para acceder al mundo, partiendo del pensamiento de la escritora y mística francesa Simone Weil y del filósofo surcoreano Byung-Chul Han. Lo mismo que el aprendiz en un taller artesano sabe que, cuando le duele el cuerpo por el trabajo realizado, es el oficio que esta penetrando su cuerpo, así también el sabio sabe que cuando algo le duele, en el cuerpo o en el alma, es el oficio de ser hombre el que está penetrando su carne.
Lo que amamos de veras, nos ocasionará dolor. Si las despedidas no duelen, no hay amistad. Si no duele el fracaso de un hijo, no hay maternidad que valga. Si no duele el cuerpo exhausto o el alma aplastada de la persona a la que decimos amar, es que no hay amor.
Todas las drogas del mundo y la adicciones que esta sociedad nos proporciona para convertir en indolora la vida, constituyen nuestro fracaso como seres humanos. Si empleamos todas las energías en buscar la felicidad, la felicidad huirá de nosotros. Si empleamos todas las energías en alejar el dolor, el dolor nos golpeará sin misericordia.
El dolor es una de las llaves para que el mundo se revele y sea un poco más accesible y comprensible. La vida es dolor. También alegría. También placer. También dicha. Pero el dolor es una presencia que ni se puede evitar ni se debe evitar. Es nuestra oposición, nuestro rechazo al mundo real, tal y como es, sombra y luz, dicha y desdicha, lo que provoca un sufrimiento atroz. Querer que el mundo se ajuste a nuestros deseos es, además de una insensatez, un absoluto desconocimiento de cómo funciona el universo: día y noche, luz y sombra, calma y tormenta.
El dolor que causa vivir es medicinal, porque nos hacer caer en la cuentra de nuestra inefable fragilidad, de nuestra vulnerabilidad radical. Y sólo nuestra fragilidad nos puede conducir a mirar al otro con empatía y misericordia. La desdicha nos enseña de golpe que no somos los artífices del mundo y que nuestra voluntad apenas cuenta en el orden del universo. La desdicha se transforma en conocimiento para el sabio, pero en amargura y resentimiento para el necio.
Cuando el dolor no es ni aceptado ni comprendido, nos corrompe y nos hace inútiles para mirar al otro compasivamente y ser para él motivo de redención. Desoír la llamada del dolor, redobla el sufrimiento y nos convierte en analfabetos del corazón ajeno.
La felicidad más profunda procede de nuestras heridas, de nuestras limitaciones, de nuestras carencias, de nuestros dolores. Quien ha superado un cáncer, quien pasa días a la cabecera de la cama de un enfermo, quien alcanza la cima de una montaña después de un ascenso durísimo, quien es capaz de consolar no obstante sus propias lágrimas, quien permanece al lado de la persona con la que se comprometió, no obstante tensiones y problemas... gustará la felicidad. El dolor y el amor van juntos, inseparables. Dos caras de una única moneda: la vida.
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