Byung-Chul Han nace en Seúl (Corea del
Sur) en 1959. Realiza estudios de metalurgia en su propio país, aunque a él le
hubiese gustado estudiar literatura. A los 22 años, sin saber ni una palabra de
alemán, llega a Alemania y se inscribe como alumno de filosofía, materia de la
que desconoce absolutamente todo.
Hoy en día es
uno de los filósofos más conocidos en Europa. Escribe habitualmente en alemán.
Es uno de los pensadores más críticos con la sociedad actual. Para él, una
sociedad cansada y agotada, por culpa de un sentido productivo de la vida. Una
sociedad con un exceso de comunicación, una hipertransparencia o pérdida del
sentido del pudor y el misterio. Una sociedad abocada a un igualitarismo que
descarta lo distinto y lo diferente. Una sociedad donde reina el 'positivismo' que culpabiliza al individuo de su soledad o de su desdicha. El tratamiento de
todos estos temas de actualidad ha convertido a Byung-Chul en un escritor muy
leído y muy reclamado en todos los foros. En 2025, obtuvo el premio Princesa de
Asturias de Comunicación y Humanidades.
El
último libro de Byung-Chuel lleva por título “Sobre Dios: pensar con Simone Weil”. En la introducción se puede
leer: “Hace ya algún tiempo que Simone
Weil se coló en mi interior. Se instaló en mi alma. Y hoy en día sigue viviendo
y hablando dentro de mí. Siento una profunda amistad, una amistad del alma por
Simone Weil”. A mí me pasó algo parecido con esta autora francesa, desde
que empecé a leer sus libros, después de haberme encontrado repetidas veces su nombre en los diarios de José
Jiménez Lozano. Es difícil olvidarla cuando se han leído sus escritos. Para
Albert Camus, Simone Weil fue el espíritu más interesante del siglo XX. El
propósito de este libro es, en palabras del autor coreano, “mostrar que, más allá de la inmanencia de la información y de la
comunicación, existe otra realidad más elevada, existe una trascendencia que
puede sacarnos de una vida completamente desprovista de sentido, de una mera
superviviencia, de la mortificante falta de ser, y brindarnos la gozosa
plenitud del ser”.
Partiendo de la obra y la vida de la escritora y mística francesa, Byung Chul habla de siete virtudes o actitudes principales para hablar de Dios: atención, descreación, vacío, silencio, belleza, dolor e inactividad.
Para el filósofo afincado
en Alemania la crisis actual de la religión tiene mucho que ver con el declive
de la atención. La constante
distracción del hombre contemporáneo ha bastado para que Dios nos haya
abandonado o, mejor dicho, para que le sea imposible revelarse al ser humano.
La descreación es la renuncia al yo y la
búsqueda de la nada. El enorme fortalecimiento del yo en nuestros días hace
imposible la descreación. Solo la renuncia al yo nos hace humanos atentos a
otros humanos. El yo mancha toda la creación.
El
Dios de los cristianos no es un dios natural que ejerce todo el poder de que
dispone. Es un Dios sobrenatural. Cuando un ser humano no ejerce el poder del
que dispone puede soportar el vacío.
Esto va en contra de la naturaleza. Sólo la gracia lo puede conseguir. Quienes
renuncian a expandirse y ocupar el espacio de los demás, alcanzan la santidad.
Cuando logramos vaciarnos estamos aprendiendo a morir.
El mundo
entero se está convirtiendo en un ruidoso mercado. En la sociedad actual, el
torrente de informaciones es invasivo y estruendoso. La sobreinformación nos
impide oír las cosas pudorosas, que son las que deberían contar. Allí donde
reina el silencio, toda voluntad se
retira y el yo muere.
Lo bello ha
perdido la sacralidad para convertirse en objeto de consumo. El arte, todo
verdadero arte, remite a la trascendencia. La belleza debe ser salvada de la obligación consumista. La visión y
el contacto con las cosas bellas nos proporcionan la certeza de que Dios
existe. La naturaleza y el arte constituyen la prueba de la existencia de Dios.
Ante la belleza sólo puede darse la contemplación. Un like, un me gusta, mancha
la belleza.
El dolor ancla el bien en el cuerpo. La
ética de la misericordia se basa en el dolor que experimentamos a ver el
sufrimiento del otro. El dolor encarna la ética del otro. Hoy en día somos
hostiles al dolor (algofobia). Nada debe doler, nos dicen. Todo debe ser light,
banal, ligero, superficial. Es la sociedad paliativa. El consumo y el placer
anestesian a los seres humanos.
Vivimos en una
sociedad del rendimiento y de la producción. La aceleración destruye el
pensamiento. El delirio del rendimiento nos impele a mostrarnos continuamente
en actividad, esclavos de la producción y el consumo, las dos caras de la misma
moneda. En nuestro cercado digital, somos igual que los asnos en un prado. Solo
la inactividad nos empuja al
pensamiento y al saber vacilante. Sólo la inactividad contemplativa, que no
produce ni trabaja, nos permite acceder al mundo de la belleza y de la verdad.
Byung-Chul Han
es sin duda un pensador poco complaciente con el mundo presente, anestesiado por los
tres monstruos que, según el autor, nos devoran: “el capital, la digitalización y la inteligencia artificial. Los tres rebajan al ser humano hasta
transformarlo en esclavo de la cuantía y la eficiencia”. “El espíritu
enmudece y se embota cuando deja de habitar en una trascendencia”. Al inicio
del libro el autor recuerda una frase de Simone
Weil: “Dos compañeros alados, dos
pájaros, están posados en la rama de un árbol. Uno come los frutos, el otro los
mira”. Y la misma autora reflexiona: “Mirar
y comer son dos cosas diferentes. Hay que optar por la una o por la otra. Sólo
hay alguna esperanza de salvación para quienes consigan permanecer un tiempo
mirando en lugar de comiendo”. Y Byung-Chul
Han, por su parte, concluye: “Comer
sirve exclusivamente para saciar una necesidad. Mirar es lo único que nos
redime de la inmanencia del consumo, desprovista de sentido”.

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