martes, 14 de abril de 2026

Byung-Chul Han y Simone Weil hablan de Dios

 


Byung-Chul Han nace en Seúl (Corea del Sur) en 1959. Realiza estudios de metalurgia en su propio país, aunque a él le hubiese gustado estudiar literatura. A los 22 años, sin saber ni una palabra de alemán, llega a Alemania y se inscribe como alumno de filosofía, materia de la que desconoce absolutamente todo.

Hoy en día es uno de los filósofos más conocidos en Europa. Escribe habitualmente en alemán. Es uno de los pensadores más críticos con la sociedad actual. Para él, una sociedad cansada y agotada, por culpa de un sentido productivo de la vida. Una sociedad con un exceso de comunicación, una hipertransparencia o pérdida del sentido del pudor y el misterio. Una sociedad abocada a un igualitarismo que descarta lo distinto y lo diferente. Una sociedad donde reina el 'positivismo' que culpabiliza al individuo de su soledad o de su desdicha. El tratamiento de todos estos temas de actualidad ha convertido a Byung-Chul en un escritor muy leído y muy reclamado en todos los foros. En 2025, obtuvo el premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades.

                El último libro de Byung-Chuel lleva por título “Sobre Dios: pensar con Simone Weil”. En la introducción se puede leer: “Hace ya algún tiempo que Simone Weil se coló en mi interior. Se instaló en mi alma. Y hoy en día sigue viviendo y hablando dentro de mí. Siento una profunda amistad, una amistad del alma por Simone Weil”. A mí me pasó algo parecido con esta autora francesa, desde que empecé a leer sus libros, después de haberme encontrado repetidas veces su nombre en los diarios de José Jiménez Lozano. Es difícil olvidarla cuando se han leído sus escritos. Para Albert Camus, Simone Weil fue el espíritu más interesante del siglo XX. El propósito de este libro es, en palabras del autor coreano, “mostrar que, más allá de la inmanencia de la información y de la comunicación, existe otra realidad más elevada, existe una trascendencia que puede sacarnos de una vida completamente desprovista de sentido, de una mera superviviencia, de la mortificante falta de ser, y brindarnos la gozosa plenitud del ser”.

                 Partiendo de la obra y la vida de la escritora y mística francesa, Byung Chul habla de siete virtudes o actitudes principales para hablar de Dios: atención, descreación, vacío, silencio, belleza, dolor e inactividad.

                  Para el filósofo afincado en Alemania la crisis actual de la religión tiene mucho que ver con el declive de la atención. La constante distracción del hombre contemporáneo ha bastado para que Dios nos haya abandonado o, mejor dicho, para que le sea imposible revelarse al ser humano.

La descreación es la renuncia al yo y la búsqueda de la nada. El enorme fortalecimiento del yo en nuestros días hace imposible la descreación. Solo la renuncia al yo nos hace humanos atentos a otros humanos. El yo mancha toda la creación.

                El Dios de los cristianos no es un dios natural que ejerce todo el poder de que dispone. Es un Dios sobrenatural. Cuando un ser humano no ejerce el poder del que dispone puede soportar el vacío. Esto va en contra de la naturaleza. Sólo la gracia lo puede conseguir. Quienes renuncian a expandirse y ocupar el espacio de los demás, alcanzan la santidad. Cuando logramos vaciarnos estamos aprendiendo a morir.

El mundo entero se está convirtiendo en un ruidoso mercado. En la sociedad actual, el torrente de informaciones es invasivo y estruendoso. La sobreinformación nos impide oír las cosas pudorosas, que son las que deberían contar. Allí donde reina el silencio, toda voluntad se retira y el yo muere.

Lo bello ha perdido la sacralidad para convertirse en objeto de consumo. El arte, todo verdadero arte, remite a la trascendencia. La belleza debe ser salvada de la obligación consumista. La visión y el contacto con las cosas bellas nos proporcionan la certeza de que Dios existe. La naturaleza y el arte constituyen la prueba de la existencia de Dios. Ante la belleza sólo puede darse la contemplación. Un like, un me gusta, mancha la belleza.

El dolor ancla el bien en el cuerpo. La ética de la misericordia se basa en el dolor que experimentamos a ver el sufrimiento del otro. El dolor encarna la ética del otro. Hoy en día somos hostiles al dolor (algofobia). Nada debe doler, nos dicen. Todo debe ser light, banal, ligero, superficial. Es la sociedad paliativa. El consumo y el placer anestesian a los seres humanos.

Vivimos en una sociedad del rendimiento y de la producción. La aceleración destruye el pensamiento. El delirio del rendimiento nos impele a mostrarnos continuamente en actividad, esclavos de la producción y el consumo, las dos caras de la misma moneda. En nuestro cercado digital, somos igual que los asnos en un prado. Solo la inactividad nos empuja al pensamiento y al saber vacilante. Sólo la inactividad contemplativa, que no produce ni trabaja, nos permite acceder al mundo de la belleza y de la verdad.

Byung-Chul Han es sin duda un pensador poco complaciente con el mundo presente, anestesiado por los tres monstruos que, según el autor, nos devoran: “el capital, la digitalización y la inteligencia artificial. Los tres rebajan al ser humano hasta transformarlo en esclavo de la cuantía y la eficiencia”. “El espíritu enmudece y se embota cuando deja de habitar en una trascendencia”. Al inicio del libro el autor recuerda una frase de Simone Weil: “Dos compañeros alados, dos pájaros, están posados en la rama de un árbol. Uno come los frutos, el otro los mira”. Y la misma autora reflexiona: “Mirar y comer son dos cosas diferentes. Hay que optar por la una o por la otra. Sólo hay alguna esperanza de salvación para quienes consigan permanecer un tiempo mirando en lugar de comiendo”. Y Byung-Chul Han, por su parte, concluye: “Comer sirve exclusivamente para saciar una necesidad. Mirar es lo único que nos redime de la inmanencia del consumo, desprovista de sentido”.





Lectura y café. Monasterio de la Conversión 


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