Cuando el
cardenal Josef Beran falleció en Roma el 17 de mayo de 1969, el Papa Pablo VI
ordenó algo bastante insólito: enterrarlo en las criptas vaticanas, es decir,
en el lugar habitual donde se entierra a los papas. Allí vi su sepulcro en 1977 cuando entré por
primera vez en el Vaticano. Y ciertamente llamaba la atención, al lado de Juan
XXIII y otros muchos pontífices.
Josef
Beran había nacido en 1888 en Pilsen, por entonces, parte del Imperio
Austrohúngaro. Era el hijo mayor de un maestro de escuela. Muy joven entró en
el seminario para cursar sus estudios teológicos. A los 23 años fue ordenado
sacerdote. Poco después lo vemos como profesor de teología y rector del
seminario de Praga.
Pero
Praga es ocupada por los nazis y en 1942 la Gestapo considera al sacerdote Beran
como un elemento subversivo. Es arrestado y enviado, primero, al campo de concentración
de Theresienstadt y, posteriormente, a Dachau. Compartió trabajos forzados, hambre
ypenalidades como el resto de prisioneros, hasta que las tropas aliadas
liberaron el campo en 1945. El superviviente Beran regresó a Praga. Apenas un
año después, es nombrado arzobispo de la diócesis praguense, en cierta forma
enviado a un peligroso campo de batalla, como se vería muy pronto. En 1947, Praga
conmemoraba el noveno centenario de la muerte de San Adalberto de Praga,
mártir, guía, modelo de cristiano, protector y patrón de Bohemia, Polonia, Hungría
y Prusia. Josef Beran hizo vibrantes llamamientos a los católicos praguenses
para que, superados los dramáticos años bajo la bota del nazismo, volviesen sus
ojos a sus raíces cristianas y a los valores de sus antepasados en la fe. Los
fieles católicos de Praga, después de la persecución nazi, encontraron en su
arzobispo un líder seguro y un guía suave.
Pero
en 1948, un golpe de estado en Checoslovaquia, llevó a los comunistas al poder,
bajo la atenta mirada y la dirección férrea de la Unión Soviética. Para los
católicos el horizonte empezó a nublarse. Al arzobispo Béran le ofrecieron la
impunidad si se ponía bajo el paraguas de las autoridades comunistas y
abandonaba su fidelidad a un país extranjero. El país extranjero no era otro
que la Iglesia de Roma. Pero Beran se
mostró inflexible. La persecución de la Iglesia no se hizo esperar: cierre de
las escuelas y de los periódicos católicos, disolución de la bien organizada
Acción Católica, trabas burocráticas, cortapisas y obstáculos. La respuesta del
arzobispo tampoco se hizo esperar: ordenó que su carta “No calles, obispo”, fuese leída en todas las parroquias. En la
festividad del Corpus Christi de 1949, con la catedral repleta de fieles, pero
también de oficiales del régimen travestidos de devotos, gritó alto y claro
contra la restricción de las libertades de creyentes y no creyentes y contra la
imposición de un pensamiento único, el marxismo. Fue arrestado de inmediato, se
le interrogó, se le prohibió el ejercicio de su ministerio y se le impuso un
arresto domiciliario, sin contacto con el mundo exterior: ni prensa, ni radio
ni televisión.
Pero
el arresto incomunicado no doblegó a este arzobispo de hierro. Por ello, las autoridades
comunistas subieron el tono de la condena y lo trasladaron a la cárcel de Roslov.
En ella permaneció 12 años. En el Tesoro de la Basílica de San Pedro, en medio
de cálices maravillosos de todos los siglos, talleres y metales nobles, el
visitante puede ver una lata (de sardinas). Esa lata sirvió al arzobispo Beran
de cáliz para celebrar la eucaristía en su celda, cuando a escondidas podían
pasarle, tal vez con la ayuda de algún carcelero compasivo, un poco de vino. Esa
lata es testigo de esa iglesia perseguida, de catacumbas y cárceles, muy
abundantes en todos los países comunistas del Este.
En
1963, las autoridades checoslovacas se manifestaron dispuestas a liberar a este
ilustre e insobornable prisionero, pero con una condición: no podría, en manera
alguna, permanecer en territorio checoslovaco. El Vaticano lo acogió. Fue una
decisión polémica. Para algunos, una claudicación; para otros, la única manera
de llegar a pequeños acuerdos con la iglesia silenciada que vivía tras el Telón
de Acero. El arzobispo Bera lo vivió con un inmenso sufrimiento, pues creía que era
imperdonable alejarse de sus fieles perseguidos. Aceptó, con lágrimas en los
ojos, la salida de la cárcel y el viaje a Roma. Por obediencia al Papa y por el
bien de la Iglesia.
Al
llegar a Roma, pudo unirse a los obispos de todo el mundo que por aquellos días
celebraban el Concilio Vaticano II. Este “testarudo
que ni cedió ni traicionó” fue creado cardenal en 1965 por Pablo VI. En ese mismo año, se discutió en el aula
conciliar la declaración sobre la
libertad religiosa. Josef Beran pronunció un discurso memorable que recibió una
larga ovación: “Desde el día en que la
libertad de conciencia ha sido restringida radicalmente en mi país, se ha
podido observar, entre los fieles, graves tentaciones de mentira, de hipocresía
y otros grandes vicios. Y estos efectos deplorables son los mismos cuando la
opresión pretende ejercerse en favor de la religión. Se puede decir que en
Bohemia, la Iglesia expía hoy violaciones de la libertad religiosa en el siglo
XV y la conversión forzada de una gran parte del pueblo en el siglo XVIII. La
experiencia actual y la historia piden, por lo tanto, que el concilio proclame
el principio de la libertad religiosa claramente y sin restricción…”.
En
enero de 1969, el joven universitario Jan Palach se prendió fuego en la plaza
de San Wenceslao de Praga, para llamar la atención sobre la situación de
opresión que se vivía en su nación. Su sacrificio despertó las conciencias de
los checoslovacos y provocó numerosas protestas y enfrentamientos que fueron sofocados
por el régimen, poniendo fin a la llamada Primavera de Praga. Y sin embargo,
Jan Pallach, inmolándose a lo bonzo, prendió la mecha de la dignidad de un
pueblo, que dos décadas más tarde acabaría con el régimen comunista. Justo
después de la muerte de Jan Palach, Josef Béran dirigió desde Roma un mensaje de
reconciliación a su pueblo, prestando así un último servicio como arzobispo: “No consumamos en el odio nuestras energías
espirituales, invirtámoslas en la concordia, en el trabajo, en el servicio a
nuestros hermanos, en una nueva prosperidad para Checoslovaquia”.
Pocos meses después, el cardenal Josef Béran murió en
su doloroso exilio romano, después de haber pasado por el campo de
concentración nazi y por la cárcel comunista. Pablo VI reconoció su excepcional
figura con el privilegio de darle sepultura entre Papas: “por su invicta fortaleza y su incansable fidelidad, acompañados
de un carácter siempre manso a pesar de tantas pruebas”.
Y allí en las
grutas vaticanas, lo pudieron ver todos los turistas del mundo, pero también
los creyentes que, arrodillados, expresaban la admiración por este cardenal indoblegable.
Y esto fue así hasta el año 2018, cuando el Papa Francisco autorizó que los
restos mortales abandonasen suelo vaticano camino de su tierra checa, tal era
el sentido de su testamento: volver entre los suyos. Fue enterrado en la
catedral de San Vito de Praga, donde permanece como memoria y recordatorio de
un tiempo de horror y violencia, pero también un tiempo en que algunos hombres
de Iglesia defendieron la libertad innegociable y guiaron a su pueblo en esa
larga noche oscura que atravesó Europa.
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