lunes, 25 de mayo de 2026

Josef Beran: el inquebrantable arzobispo de Praga


El cardenal Beran junto a Pablo VI

                Cuando el cardenal Josef Beran falleció en Roma el 17 de mayo de 1969, el Papa Pablo VI ordenó algo bastante insólito: enterrarlo en las criptas vaticanas, es decir, en el lugar habitual donde se entierra a los papas.  Allí vi su sepulcro en 1977 cuando entré por primera vez en el Vaticano. Y ciertamente llamaba la atención, al lado de Juan XXIII y otros muchos pontífices.

                Josef Beran había nacido en 1888 en Pilsen, por entonces, parte del Imperio Austrohúngaro. Era el hijo mayor de un maestro de escuela. Muy joven entró en el seminario para cursar sus estudios teológicos. A los 23 años fue ordenado sacerdote. Poco después lo vemos como profesor de teología y rector del seminario de Praga.

                Pero Praga es ocupada por los nazis y en 1942 la Gestapo considera al sacerdote Beran como un elemento subversivo. Es arrestado y enviado, primero, al campo de concentración de Theresienstadt y, posteriormente, a Dachau. Compartió trabajos forzados, hambre ypenalidades como el resto de prisioneros, hasta que las tropas aliadas liberaron el campo en 1945. El superviviente Beran regresó a Praga. Apenas un año después, es nombrado arzobispo de la diócesis praguense, en cierta forma enviado a un peligroso campo de batalla, como se vería muy pronto. En 1947, Praga conmemoraba el noveno centenario de la muerte de San Adalberto de Praga, mártir, guía, modelo de cristiano, protector y patrón de Bohemia, Polonia, Hungría y Prusia. Josef Beran hizo vibrantes llamamientos a los católicos praguenses para que, superados los dramáticos años bajo la bota del nazismo, volviesen sus ojos a sus raíces cristianas y a los valores de sus antepasados en la fe. Los fieles católicos de Praga, después de la persecución nazi, encontraron en su arzobispo un líder seguro y un guía suave.

                Pero en 1948, un golpe de estado en Checoslovaquia, llevó a los comunistas al poder, bajo la atenta mirada y la dirección férrea de la Unión Soviética. Para los católicos el horizonte empezó a nublarse. Al arzobispo Béran le ofrecieron la impunidad si se ponía bajo el paraguas de las autoridades comunistas y abandonaba su fidelidad a un país extranjero. El país extranjero no era otro que la Iglesia de Roma.  Pero Beran se mostró inflexible. La persecución de la Iglesia no se hizo esperar: cierre de las escuelas y de los periódicos católicos, disolución de la bien organizada Acción Católica, trabas burocráticas, cortapisas y obstáculos. La respuesta del arzobispo tampoco se hizo esperar: ordenó que su carta “No calles, obispo”, fuese leída en todas las parroquias. En la festividad del Corpus Christi de 1949, con la catedral repleta de fieles, pero también de oficiales del régimen travestidos de devotos, gritó alto y claro contra la restricción de las libertades de creyentes y no creyentes y contra la imposición de un pensamiento único, el marxismo. Fue arrestado de inmediato, se le interrogó, se le prohibió el ejercicio de su ministerio y se le impuso un arresto domiciliario, sin contacto con el mundo exterior: ni prensa, ni radio ni televisión.

                Pero el arresto incomunicado no doblegó a este arzobispo de hierro. Por ello, las autoridades comunistas subieron el tono de la condena y lo trasladaron a la cárcel de Roslov. En ella permaneció 12 años. En el Tesoro de la Basílica de San Pedro, en medio de cálices maravillosos de todos los siglos, talleres y metales nobles, el visitante puede ver una lata (de sardinas). Esa lata sirvió al arzobispo Beran de cáliz para celebrar la eucaristía en su celda, cuando a escondidas podían pasarle, tal vez con la ayuda de algún carcelero compasivo, un poco de vino. Esa lata es testigo de esa iglesia perseguida, de catacumbas y cárceles, muy abundantes en todos los países comunistas del Este.

                En 1963, las autoridades checoslovacas se manifestaron dispuestas a liberar a este ilustre e insobornable prisionero, pero con una condición: no podría, en manera alguna, permanecer en territorio checoslovaco. El Vaticano lo acogió. Fue una decisión polémica. Para algunos, una claudicación; para otros, la única manera de llegar a pequeños acuerdos con la iglesia silenciada que vivía tras el Telón de Acero. El arzobispo Bera lo vivió con un inmenso sufrimiento, pues creía que era imperdonable alejarse de sus fieles perseguidos. Aceptó, con lágrimas en los ojos, la salida de la cárcel y el viaje a Roma. Por obediencia al Papa y por el bien de la Iglesia.

                Al llegar a Roma, pudo unirse a los obispos de todo el mundo que por aquellos días celebraban el Concilio Vaticano II. Este “testarudo que ni cedió ni traicionó” fue creado cardenal en 1965 por Pablo VI.  En ese mismo año, se discutió en el aula conciliar  la declaración sobre la libertad religiosa. Josef Beran pronunció un discurso memorable que recibió una larga ovación: “Desde el día en que la libertad de conciencia ha sido restringida radicalmente en mi país, se ha podido observar, entre los fieles, graves tentaciones de mentira, de hipocresía y otros grandes vicios. Y estos efectos deplorables son los mismos cuando la opresión pretende ejercerse en favor de la religión. Se puede decir que en Bohemia, la Iglesia expía hoy violaciones de la libertad religiosa en el siglo XV y la conversión forzada de una gran parte del pueblo en el siglo XVIII. La experiencia actual y la historia piden, por lo tanto, que el concilio proclame el principio de la libertad religiosa claramente y sin restricción…”.

                En enero de 1969, el joven universitario Jan Palach se prendió fuego en la plaza de San Wenceslao de Praga, para llamar la atención sobre la situación de opresión que se vivía en su nación. Su sacrificio despertó las conciencias de los checoslovacos y provocó numerosas protestas y enfrentamientos que fueron sofocados por el régimen, poniendo fin a la llamada Primavera de Praga. Y sin embargo, Jan Pallach, inmolándose a lo bonzo, prendió la mecha de la dignidad de un pueblo, que dos décadas más tarde acabaría con el régimen comunista. Justo después de la muerte de Jan Palach, Josef Béran dirigió desde Roma un mensaje de reconciliación a su pueblo, prestando así un último servicio como arzobispo: “No consumamos en el odio nuestras energías espirituales, invirtámoslas en la concordia, en el trabajo, en el servicio a nuestros hermanos, en una nueva prosperidad para Checoslovaquia”.

                Pocos meses después, el cardenal Josef Béran murió en su doloroso exilio romano, después de haber pasado por el campo de concentración nazi y por la cárcel comunista. Pablo VI reconoció su excepcional figura con el privilegio de darle sepultura entre Papas: “por su invicta fortaleza y su incansable fidelidad, acompañados de un carácter siempre manso a pesar de tantas pruebas”.

                Y allí en las grutas vaticanas, lo pudieron ver todos los turistas del mundo, pero también los creyentes que, arrodillados, expresaban la admiración por este cardenal indoblegable. Y esto fue así hasta el año 2018, cuando el Papa Francisco autorizó que los restos mortales abandonasen suelo vaticano camino de su tierra checa, tal era el sentido de su testamento: volver entre los suyos. Fue enterrado en la catedral de San Vito de Praga, donde permanece como memoria y recordatorio de un tiempo de horror y violencia, pero también un tiempo en que algunos hombres de Iglesia defendieron la libertad innegociable y guiaron a su pueblo en esa larga noche oscura que atravesó Europa. 





Tumba del cardenal Beran en las criptas vaticanas

2018: Los restos del cardenal Beran vuelven a Praga

Catedral de San Vito: sepultura del cardenal Beran


Lata de sardinas utilizada por Josef Beran como cáliz (Tesoro de San Pedro)

No hay comentarios:

Publicar un comentario

A destacar

Josef Beran: el inquebrantable arzobispo de Praga

El cardenal Beran junto a Pablo VI                 Cuando el cardenal Josef Beran falleció en Roma el 17 de mayo de 1969, el Papa Pablo V...

Lo más visto: