martes, 28 de abril de 2026

Zorba el griego, de Nikos Kazantzakis

 

 

Muchos años después, Alexis Zorba recordaría a su abuelo en un párrafo memorable que resumen bien el espíritu de la novela: la curiosidad por el otro y el deseo de celebrar cada encuentro son las cosas que hacen que la vida tenga sentido y horizonte:

“Mi abuelo materno vivía en una aldea de Creta. Cada anochecer tomaba la linterna y se iba a dar una vuelta por el pueblo, para ver si acaso algún forastero había llegado; si así era, lo llevaba consigo a su casa, le servía abundante comida y buena bebida, y, luego, acomodándose en el diván, encendía el largo chibuquí, y se dirigía a su huésped, diciéndole imperiosamente: “Cuéntame. Cuéntame de otros lugares de otras personas, de otras miradas”

Basil, un joven inglés, culto, amante de los libros, tímido, racional, con la Divina Comedia en su bolsa de viaje, llega a Grecia para explotar una mina de lignito en la isla de Creta. Mientras espera en una taberna del puerto del Pireo el barco que le ha de llevar a Creta, coincide con Alexis Zorba, en la sesentena, vitalista, un rostro surcado de arrugas que ha conocido los soles, las lluvias, y también la bebida y los besos. Con todo el desparpajo del mundo, Zorba se ofrece para acompañarle en su aventura minera, y Basil, sin pensárselo, le acepta como compañero: "Me encontré con él por vez primera en El Pireo. Había bajado yo al puerto para embarcarme con destino a Creta. Era un amanecer lluvioso. Soplaba fuertemente el viento".  El joven serio y reservado, está a punto de leer, en la vitalidad, en la forma de entender el mundo, en el corazón de Zorba, el libro más importante de su vida. 

            Nikos Kazantzakis escribió esta novela en 1946, apenas acabada la Segunda Guerra Mundial. La novela de Zorba el griego, vida y andanzas de Alexis Zorba está inspirada en un personaje de carne y hueso llamado George que el autor conoció en una isla del Peloponeso. Kazantzakis quiso compartir con todos sus lectores la personalidad volcánica, espontánea y auténtica de aquel hombre cuya filosofía de vida marcó su existencia.

            Kazantzakis había nacido en Creta en 1883, cuando Grecia era un territorio otomano. Estudio Derecho en Atenas y Filosofía en París. Tuvo simpatías por el movimiento nacionalista griego, por el comunismo y por el movimiento universalista. Pero siempre fue un hombre libre. Tal vez por eso, fue duramente criticado por partidos conservadores y progresistas del país heleno. Unos y otros maniobraron para que Suecia no le concediese el Nobel. Vivió en muchas ciudades europeas. Asceta durante un breve tiempo entre los monjes del monte Athos, poeta, traductor, novelista y ensayista, entre sus obras más conocidas se cuentan El pobre de Asís y La última tentación. Pero sin duda, este libro que comento es su obra más universal. A la fama de esta novela contribuyó también la película, protagonizada por Anthony Quin, y con banda sonora memorable de Mikis Theodorakis. ¿Quién no recuerda el baile del sirtaki mano a mano entre Anthony Quinn y Alan Bates? En 1955 la Iglesia Ortodoxa le excomulgó por sus ataques a los popes ortodoxos: "Me habéis dado una maldición, Santos Padres, yo os doy una bendición: que vuestras consciencias sean tan claras como la mía y que seáis tan morales y religiosos como yo". En 1957 murió de leucemia en Friburgo. No se permitió que sus restos descansasen en un cementerio ortodoxo. Fue enterrado junto a las murallas de Heraklión (Creta). En su epitafio puede leerse: «No espero nada. No temo nada. Soy libre» (en griego: Δεν ελπίζω τίποτα. Δε φοβούμαι τίποτα. Είμαι λέφτερος).

            La novela es un canto a la vida, al hoy y al momento presente. Zorba es un disfrutón que aún a sus más de sesenta años no deja de maravillarse ante un amanecer, unas flores, la belleza de las mujeres, la dulzura del vino, los platos de comida compartidos y la música de su santuri, que lo acompaña de principio a fin de su vida.

              La temporada que ambos protagonistas pasan en Creta es un viaje al pasado de Alexis Zorba. Zorba nos descubre su vida. Ha conocido la guerra y la paz, ha conocido todos los placeres, ha trabajado como un mulo de carga en muchos oficios, ha ido de ciudad en ciudad. Es un hombre sin casa, sin propiedades, sin dinero. Su única riqueza es encontrarse con los demás, conocer sus vidas, aprender, y a la vez mostrarse totalmente espontáneo y alegre, tal como es.

    Zorba ha conocido la guerra: "¿De dónde surgirá ese impulso que nos lleva a arrojarnos contra otro hombre, que no nos causó daño alguno, para morderlo, cortarle la nariz, arrancarle la oreja y destriparlo, al mismo tiempo que invocamos la ayuda de Dios?". Sabe distinguir lo esencial de lo accesorio: Las necesidades fundamentales del hombre, alimento, bebida, mujer, danza, vivían todavía frescas e inagotables en su cuerpo ávido y robusto”. No ha perdido su capacidad para el asombro y la maravilla: “En mi opinión, todas las cosas dan lo mismo: que tenga mujer, o que no la tenga, que sea honrado  o que no lo sea; que sea bajá o mozo de cuerda. Sólo hay diferencia entre estar vivo y estar muerto”. Entre el abismo que precede al nacimiento y el precipicio que sigue a la muerte, está la vida, dulce como unos labios y fuerte como un vino: “Mar, mujer, vino, trabajo afanoso, sin temor de Dios ni del diablo”

            Madame Hortense es una prostituta arruinada y decrépita, hundida en el recuerdo de un tiempo en que los hombres se la rifaban y los marineros la buscaban y agasajaban con perfumes y telas. Pero Zorba, con su caballerosidad y su instinto seductor, la revive de su mortecina vida y la devuelve a su juventud y a su belleza. Las palabras también rejuvenecen y la carne tiembla al escucharlas.

Pero a veces los recuerdos de la vida son muy amargos. El sabio extrae de ellos lecciones importantes para una vida sabia y armoniosa. Zorba había participado en la guerra contra los búlgaros. Había degollado a un pope búlgaro que de día iba a celebrar en la iglesia y de noche colgaba la sotana y salía armado y vestido de pastor y hacía incursiones en las aldeas griegas. Pero al día siguiente de cargarse al pope, va a una aldea y allí se encuentra a cinco chiquillos descalzos, vestidos de negro, que iban mendigando un poco de pan. Les preguntó de quién eran hijos y le contestaron del pope que unos días antes había aparecido degollado. Zorba les dio todo lo que llevaba en ese momento, y se alejó de la guerra: “Degollé, robé, incendié pueblos, violé mujeres, exterminé familias. ¿Por qué motivo? Por la sencilla razón de que eran búlgaros o turcos. ¡Qué asco! Ahora en cambio sólo digo: “Este es buena persona; el de más allá, un sinvergüenza, Sea búlgaro o griego, tanto me da”. Dejó de ser un patriota.

A quien decide vivir la vida con altura de miras y pasaporte universal, no le faltarán ni afrentas ni ofensas. Uno de los momentos más desoladores del libro lo constituye un episodio de violencia y venganza. En la isla, culpan a una viuda, joven, hermosa y libre, del suicido de un hombre de la aldea por ella despechado. Y los familiares reclaman venganza y sólo esperan el día en que esta pueda llevarse a término. La isla es la propia cárcel en la que viven los cretenses, encerrados en sus medievales reglas del honor. Hombres y mujeres a la vez rezadores y blasfemos, rodeados de iconos y vacíos de compasión. Esa joven viuda es acorralada a la puerta de iglesia, mientras que los grupos de mujeres atizan el fuego de la venganza hasta la muerte de la mujer. Zorba y Basil tratan inútilmente de impedirlo. Es una derrota más de la vida. Nadie sale indemne de la existencia, ni siquiera aquellos que tratan de transformar la materia en alegría.

Zorba pregunta a su compañero, al que siempre trata de patrón: “Lo que yo quiero es que me digas de dónde venimos y adónde vamos. Tantos años consumidos en la lectura de mamotretos. ¿Qué has sacado de ellos?” ¿Qué puede responderle el joven muchacho que nada sabe de la vida?

Hay personajes que te esperan pacientemente hasta que un día te decides a abrir un libro y la personalidad de Zorba se aparece con todo su poder seductor: llamar a las cosas por su nombre, abandonar las ideologías, clasificar a los hombre únicamente por su bondad, arrojar lejos los grandes ideales de dios, familia y patria, para bendecir olas del mar, la existencia de las mulas, los atardeceres, la sonrisa coqueta de una mujer, el trabajo fatigoso con los obreros de la mina. Saber encajar los fracasos con hombría, sentir un poco de piedad por los huérfanos, interceder por los que van a ser degollados, celebrar el vino, saborear una sopa de pescado, vibrar con la danza y el canto, y el sonido de un santuri. Vivir la vida a grandes bocados que no caben en las mandíbulas y a grandes tragos que no caben en la garganta

El libro va de eso: la diferencia entre los que teorizan y hablan en abstracto y los que sólo hablan de lo que han vivido, bueno y malo, sin callarse los errores. Zorba es el analfabeto que se convierte en maestro, mientras que el joven inglés, intelectual y rata de biblioteca se ve obligado, gustoso, a ejercer de discípulo. Aprender a vivir lo que la vida ofrece cada día, cuando sol, sol; cuando lluvia, lluvia.

Zorba, pícaro, bondadoso, artero, buscavidas, bon vivant, juguetón, infantil, irascible, dulce, seductor, misógino, grandilocuente, superviviente, truhán, despilfarrador, histriónico, creyente y descreído. En Creta Basil y Zorba no consiguen ningún éxito material. La mina se agota. El sueño de un teleférico para transportar la leña resulta un fracaso. Pero aquella temporada que los dos amigos han compartido deja una huella indeleble, esa huella que sólo la muerte borra.

Cuando la mina se troca en negocio inútil, los amigos que han compartido un tiempo en Creta se separan con mayor tristeza de lo que ellos mismos pueden confesarse. Zorba sigue su vagabundeo y recala en Serbia, donde se casará y donde morirá. Pero ni en esos momentos previos a la muerte se olvida del amigo que conoció en el Pireo y con el compartió amaneceres, horas en la mina, sueños de un teleférico, comidas, bebidas, y la danza de un sirtaki, y con el que, cansado y agotado, durmió junto al mar, padre de Grecia, de donde sigue partiendo y regresando por los siglos de los siglos Ulises.

La novela es un viaje iniciático. Un sendero que recorren durante un tramo dos hombres tan diferentes, por edad, por formación y por ideales. Como el amor, también la amistad es complementaria y maravillosa. Una novela de aprendizaje. Ulises vuelve a Creta y enseña a un joven serio y melancólico lo que es la vida, el amor, el dolor, las mujeres, el vino o las ideas. Y también ese baile de la amistad que se llama sirtaki: los brazos enlazados, los pies en la misma dirección, la mirada hacia el horizonte y la alegría en el corazón: “Alargó un pie, rozó ligeramente el suelo, alargó el otro, los pasos se entrelazaron salvajes, alegres, la tierra retumbó”.

Nikos Kazantzakis

Anthony Quin y Allan Bates danzan el sirtaki

Tumba junto a las muros de Heraclión


Moneda de 2 euros con imagen de Kazantzakis


Epitafio: No espero nada. No temo nada. Soy libre

Cartel de la película Zorba el Griego





No hay comentarios:

Publicar un comentario

A destacar

Enfermos crónicos; niños normales

            "Aunque sólo soy una niña, hace ya tiempo que lo acepté. Que siempre seré bajita. O zurda... ¡O futbolista! Y lo que siempr...

Lo más visto: