Muchos años después, Alexis Zorba
recordaría a su abuelo en un párrafo memorable que resumen bien el espíritu de la
novela: la curiosidad por el otro y el deseo de celebrar cada encuentro son las
cosas que hacen que la vida tenga sentido y horizonte:
“Mi abuelo materno vivía en una aldea de
Creta. Cada anochecer tomaba la linterna y se iba a dar una vuelta por el
pueblo, para ver si acaso algún forastero había llegado; si así era, lo llevaba
consigo a su casa, le servía abundante comida y buena bebida, y, luego, acomodándose
en el diván, encendía el largo chibuquí, y se dirigía a su huésped, diciéndole
imperiosamente: “Cuéntame. Cuéntame de otros lugares de otras personas, de
otras miradas”
Basil, un joven inglés, culto, amante de
los libros, tímido, racional, con la Divina Comedia en su bolsa
de viaje, llega a Grecia para explotar una mina de lignito en la isla de Creta.
Mientras espera en una taberna del puerto del Pireo el barco que le ha de
llevar a Creta, coincide con Alexis
Zorba, en la sesentena, vitalista, un rostro surcado de arrugas que ha conocido
los soles, las lluvias, y también la bebida y los besos. Con todo el desparpajo
del mundo, Zorba se ofrece para acompañarle en su aventura minera, y Basil, sin
pensárselo, le acepta como compañero: "Me
encontré con él por vez primera en El Pireo. Había bajado yo al puerto para
embarcarme con destino a Creta. Era un amanecer lluvioso. Soplaba fuertemente
el viento". El joven serio y reservado, está a punto de leer, en
la vitalidad, en la forma de entender el mundo, en el corazón de Zorba, el
libro más importante de su vida.
Nikos
Kazantzakis escribió esta novela en 1946, apenas acabada la Segunda Guerra
Mundial. La novela de Zorba el griego,
vida y andanzas de Alexis Zorba está inspirada en un personaje de carne y
hueso llamado George que el autor conoció en una isla del Peloponeso.
Kazantzakis quiso compartir con todos sus lectores la personalidad volcánica,
espontánea y auténtica de aquel hombre cuya filosofía de vida marcó su
existencia.
Kazantzakis había nacido en Creta en 1883, cuando Grecia era
un territorio otomano. Estudio Derecho en Atenas y Filosofía en París. Tuvo
simpatías por el movimiento nacionalista griego, por el comunismo y por el
movimiento universalista. Pero siempre fue un hombre libre. Tal vez por eso,
fue duramente criticado por partidos conservadores y progresistas del país
heleno. Unos y otros maniobraron para que Suecia no le concediese el Nobel.
Vivió en muchas ciudades europeas. Asceta durante un breve tiempo entre los
monjes del monte Athos, poeta, traductor, novelista y ensayista, entre sus
obras más conocidas se cuentan El pobre
de Asís y La última tentación.
Pero sin duda, este libro que comento es su obra más universal. A la fama de
esta novela contribuyó también la película, protagonizada por Anthony Quin, y con banda sonora
memorable de Mikis Theodorakis.
¿Quién no recuerda el baile del sirtaki
mano a mano entre Anthony Quinn y Alan Bates? En 1955 la Iglesia Ortodoxa
le excomulgó por sus ataques a los popes ortodoxos: "Me habéis dado una maldición, Santos Padres, yo os doy una bendición:
que vuestras consciencias sean tan claras como la mía y que seáis tan morales y
religiosos como yo". En 1957 murió de leucemia en Friburgo. No se
permitió que sus restos descansasen en un cementerio ortodoxo. Fue enterrado
junto a las murallas de Heraklión (Creta). En su epitafio puede leerse: «No espero nada. No temo nada. Soy libre»
(en griego: Δεν ελπίζω τίποτα. Δε
φοβούμαι τίποτα. Είμαι λέφτερος).
La novela es un canto a la vida, al hoy y al momento presente.
Zorba es un disfrutón que aún a sus más de sesenta años no deja de maravillarse
ante un amanecer, unas flores, la belleza de las mujeres, la dulzura del vino,
los platos de comida compartidos y la música de su santuri, que lo acompaña de principio a
fin de su vida.
La temporada que ambos protagonistas pasan en Creta es un viaje al
pasado de Alexis Zorba. Zorba nos descubre su vida. Ha conocido la guerra y la
paz, ha conocido todos los placeres, ha trabajado como un mulo de carga en muchos
oficios, ha ido de ciudad en ciudad. Es un hombre sin casa, sin propiedades,
sin dinero. Su única riqueza es encontrarse con los demás, conocer sus vidas,
aprender, y a la vez mostrarse totalmente espontáneo y alegre, tal como es.
Zorba ha conocido la guerra:
"¿De dónde surgirá ese impulso que
nos lleva a arrojarnos contra otro hombre, que no nos causó daño alguno, para
morderlo, cortarle la nariz, arrancarle la oreja y destriparlo, al mismo tiempo
que invocamos la ayuda de Dios?". Sabe distinguir lo esencial de lo
accesorio: “Las necesidades fundamentales del
hombre, alimento, bebida, mujer, danza, vivían todavía frescas e inagotables en
su cuerpo ávido y robusto”. No ha perdido su capacidad para el
asombro y la maravilla: “En mi opinión,
todas las cosas dan lo mismo: que tenga mujer, o que no la tenga, que sea
honrado o que no lo sea; que sea bajá o
mozo de cuerda. Sólo hay diferencia entre estar vivo y estar muerto”. Entre
el abismo que precede al nacimiento y el precipicio que sigue a la muerte, está
la vida, dulce como unos labios y fuerte como un vino: “Mar, mujer, vino, trabajo afanoso, sin temor de Dios ni del diablo”
Madame
Hortense es una prostituta arruinada y decrépita, hundida en el recuerdo de un
tiempo en que los hombres se la rifaban y los marineros la buscaban y
agasajaban con perfumes y telas. Pero Zorba, con su caballerosidad y su instinto
seductor, la revive de su mortecina vida y la devuelve a su juventud y a su
belleza. Las palabras también rejuvenecen y la carne tiembla al escucharlas.
Pero a veces los recuerdos de la vida son muy amargos. El sabio extrae de
ellos lecciones importantes para una vida sabia y armoniosa. Zorba había
participado en la guerra contra los búlgaros. Había degollado a un pope búlgaro
que de día iba a celebrar en la iglesia y de noche colgaba la sotana y salía
armado y vestido de pastor y hacía incursiones en las aldeas griegas. Pero al
día siguiente de cargarse al pope, va a una aldea y allí se encuentra a cinco
chiquillos descalzos, vestidos de negro, que iban mendigando un poco de pan.
Les preguntó de quién eran hijos y le contestaron del pope que unos días antes
había aparecido degollado. Zorba les dio todo lo que llevaba en ese momento, y
se alejó de la guerra: “Degollé, robé,
incendié pueblos, violé mujeres, exterminé familias. ¿Por qué motivo? Por la
sencilla razón de que eran búlgaros o turcos. ¡Qué asco! Ahora en cambio sólo
digo: “Este es buena persona; el de más allá, un sinvergüenza, Sea búlgaro o
griego, tanto me da”. Dejó de ser un patriota.
A quien decide vivir la vida con altura de miras y pasaporte universal, no
le faltarán ni afrentas ni ofensas. Uno de los momentos más desoladores del
libro lo constituye un episodio de violencia y venganza. En la isla, culpan a
una viuda, joven, hermosa y libre, del suicido de un hombre de la aldea por
ella despechado. Y los familiares reclaman venganza y sólo esperan el día en
que esta pueda llevarse a término. La isla es la propia cárcel en la que viven
los cretenses, encerrados en sus medievales reglas del honor. Hombres y mujeres
a la vez rezadores y blasfemos, rodeados de iconos y vacíos de compasión. Esa
joven viuda es acorralada a la puerta de iglesia, mientras que los grupos de
mujeres atizan el fuego de la venganza hasta la muerte de la mujer. Zorba y
Basil tratan inútilmente de impedirlo. Es una derrota más de la vida. Nadie
sale indemne de la existencia, ni siquiera aquellos que tratan de transformar
la materia en alegría.
Zorba pregunta a su compañero, al que siempre trata de patrón: “Lo que yo quiero es que me digas de dónde
venimos y adónde vamos. Tantos años consumidos en la lectura de mamotretos.
¿Qué has sacado de ellos?” ¿Qué puede responderle el joven muchacho que
nada sabe de la vida?
Hay personajes que te esperan pacientemente hasta que un día te decides a
abrir un libro y la personalidad de Zorba se aparece con todo su poder
seductor: llamar a las cosas por su nombre, abandonar las ideologías,
clasificar a los hombre únicamente por su bondad, arrojar lejos los grandes
ideales de dios, familia y patria, para bendecir olas del mar, la existencia de
las mulas, los atardeceres, la sonrisa coqueta de una mujer, el trabajo
fatigoso con los obreros de la mina. Saber encajar los fracasos con hombría,
sentir un poco de piedad por los huérfanos, interceder por los que van a ser
degollados, celebrar el vino, saborear una sopa de pescado, vibrar con la danza
y el canto, y el sonido de un santuri.
Vivir la vida a grandes bocados que no caben en las mandíbulas y a grandes tragos
que no caben en la garganta
El libro va de eso: la diferencia entre los que teorizan y hablan en
abstracto y los que sólo hablan de lo que han vivido, bueno y malo, sin
callarse los errores. Zorba es el analfabeto que se convierte en maestro,
mientras que el joven inglés, intelectual y rata de biblioteca se ve obligado,
gustoso, a ejercer de discípulo. Aprender a vivir lo que la vida ofrece cada
día, cuando sol, sol; cuando lluvia, lluvia.
Zorba, pícaro, bondadoso, artero, buscavidas, bon vivant, juguetón, infantil, irascible, dulce, seductor,
misógino, grandilocuente, superviviente, truhán, despilfarrador, histriónico, creyente
y descreído. En Creta Basil y Zorba no consiguen ningún éxito material. La mina
se agota. El sueño de un teleférico para transportar la leña resulta un
fracaso. Pero aquella temporada que los dos amigos han compartido deja una
huella indeleble, esa huella que sólo la muerte borra.
Cuando la mina se troca en negocio inútil, los amigos que han compartido un
tiempo en Creta se separan con mayor tristeza de lo que ellos mismos pueden
confesarse. Zorba sigue su vagabundeo y recala en Serbia, donde se casará y
donde morirá. Pero ni en esos momentos previos a la muerte se olvida del amigo
que conoció en el Pireo y con el compartió amaneceres, horas en la mina, sueños
de un teleférico, comidas, bebidas, y la danza de un sirtaki, y con el que, cansado y agotado, durmió junto al mar,
padre de Grecia, de donde sigue partiendo y regresando por los siglos de los
siglos Ulises.
La novela es un viaje iniciático. Un sendero que recorren durante un tramo
dos hombres tan diferentes, por edad, por formación y por ideales. Como el
amor, también la amistad es complementaria y maravillosa. Una novela de
aprendizaje. Ulises vuelve a Creta y enseña a un joven serio y melancólico lo
que es la vida, el amor, el dolor, las mujeres, el vino o las ideas. Y también
ese baile de la amistad que se llama sirtaki:
los brazos enlazados, los pies en la misma dirección, la mirada hacia el
horizonte y la alegría en el corazón: “Alargó
un pie, rozó ligeramente el suelo, alargó el otro, los pasos se entrelazaron
salvajes, alegres, la tierra retumbó”.
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