Durante la presentación del libro de Jaime Mayor Oreja "Una verdad incómoda" en la ciudad de Alicante, Mons. Munilla ha reflexionado en voz alta sobre la tibieza de la sociedad vasca y de la propia Iglesia vasca frente al terror de ETA. No es nada nuevo ni nada que no se sepa: la anbigüedad en la que se movió buena parte del pueblo vasco y buena parte de la jerarquía eclesiástica de aquellos años de plomo del terrorismo. Pero está bien que un obispo así lo reconozca: "Lo peor del terrorismo no es que mata, es que llevó a la sociedad a la tibieza, a la medianía, a la cobardía, a hacer un pacto con el mal. El terrorismo mata el alma, no sólo el cuerpo".
En el País Vasco, la pseudorreligión de la autodeterminación, unida a la mística de la violencia, dividió a la sociedad en buenos y malos y cosificó a las personas que no comulgaban con la violencia etarra. Y todos sabemos que cuando a las personas se las convierte en cosas, todo es posible. Por ejemplo, apretar el gatillo o colocar una bomba lapa en los fondos del coche, provocar la muerte y no sentir nada, porque los muertos (militares, políticos de partidos nacionales, niños o ciudadanos anónimos, carecen de valor, no son nada, son cosas, objetos a destruir en nombre de unos grandes ideales: la patria vasca, la liberación, la autodeterminación, la ikurriña, el euskera...
Frente a una mayoría ambigua, tibia, indiferente, cuando no abiertamente proetarra, hubo una minoría de vascos verdaderamente valientes, que no tuvieron miedo, que no se dejaron vencer por la ideología del odio y la violencia. Ciudadanos que se manifestaban en silencio después de cada atentado, a pesar de las presiones de los energúmenos que tenían a unos metros y que no paraban de insultarlos. Empresarios que no sucumbieron al chantaje. Miembros de partidos que aceptaron ir en las listas electorales, con el riesgo que eso suponía, jueces que hacían su trabajo, fuerzas de seguridad que mantuvieron el tipo y la dignidad. Cristianos que no se dejaron ganar por el incienso nacionalista de las sacristías.
¿Hay que pasar página? ¿Hay que olvidarlo todo? Sería lo deseable. Pero hay dos condiciones que necesariamente deben cumplirse: Una: los violentos deben pedir perdón a las víctimas y a toda la sociedad que sufrió por esta causa. Dos: Los terroristas deben colaborar en esclarecer los casos terroristas aún no resueltos.
Pero justo se está dando lo contrario. Los pactos entre el Gobierno de Pedro Sánchez y Bildu han servido para el blanqueamiento de los actos terroristas. Los partidos que sostuvieron el entramado de ETA y que la jalearon campan a sus anchas, mientras que las víctimas se están convirtiendo en invisibles. Sin cumplir las penas de cárcel establecidas, los terroristas salen de los centros penitenciarios. Mientras que el relato de que los chico violentos tenían sus razones y de que las víctimas de ETA lo fueron por su falta de entusiasmo nacionalista, va ganando terreno. Es el relato triunfador. No está de más recordar un hecho: cada dos por tres, los antiguos etarras reciben homenajes en el País Vasco, mientras que los restos mortales de Miguel Ángel Blanco (¡Miguel Ángel Blanco!) debieron ser trasladados a la aldea gallega de Faramontaos, porque la tumba de Emua, la localidad donde vivió y donde fue concejal, aparecía un día sí y otro también con pintadas insultantes, y destrozos las flores pisoteadas. Buena parte de la sociedad vasca fue tibia. ¿Lo sigue siendo todavía?
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