martes, 13 de enero de 2026

Grand Hotel Europa, de Ilja Leonard Pfeijffer

 


Grand Hotel Europa es una novela de Ilja Leonard Pfeijffer. Tal vez sea mejor denominarla ‘novensayo’, esta palabreja que designar a aquellas novelas cuya trama está al servicio de una tesis. La tesis del escritor está clara: Europa se está convirtiendo en un parque temático, en el patio de vacaciones donde todos los turistas del mundo quieren pasar unos días.

Fue en un café con un amigo, guía turístico por Europa y qué sabe de qué va el tema, el que me aconsejó el libro y me lo prestó. La novela del escritor holandés es una denuncia y al mismo tiempo un canto a Europa. Una denuncia porque un turismo bárbaro está asediando hasta la asfixia al Viejo Continente, y Europa, gustosa y loca, se vende a los bárbaros. Un canto a Europa, porque este pequeño continente, insignificante por su extensión geográfica, ha iluminado al mundo con su filosofía, su arte, su religión, su literatura y su historia.

El novensayo tiene una trama endeble. El protagonista, después de poner fin a una relación amorosa vivida en la ciudad más turística del mundo, Venecia, abandona la isla rumbo al Grand Hotel Europa, sin localización concreta en la novela. Un hotel decadente, que ha conocido días dorados, y donde se dan cita personajes estrambóticos con los que el protagonista entra en contacto, especialmente con Abdul, el botones emigrante ilegal. La novela es, al mismo tiempo, un homenaje, a la gran literatura europea, desde Homero a Dante, desde Virgilio a Thoman Man y Joseph Conrad. Y también al arte europeo, que se concreta en la búsqueda detectivesca de un cuadro de Caravaggio a lo largo de toda la novela. La gran cultura europea rebosa por doquier en las páginas de este voluminoso libro.

En las líneas siguientes, voy a recordar y copiar algunas de las ideas o constataciones de  Ilja Leonard Pfeijffer que más me gustaron y, sobre todo, las que me invitaron a la reflexión sobre esta Europa que ya percibimos casi como un problema, aunque también como una esperanza frente a un mundo feo, irracional y desbocado.

En 1422, Venecia tenía 199 000 habitantes y era la segunda ciudad más grande de Europa, sólo por detrás de París. En 2008 sólo quedaban 60 720 personas, menos de la tercera parte que en sus días de gloria del siglo XV. Ahora quedan bastante menos. Se cree que en 2030 ya no quedará ninguno. Sólo los turistas y todo un ejército al servicio del turismo: camareros, limpiadores, guías turísticos, etc.

Los turistas no quieren ver el Museo del Louvre. Sólo quieren ver la Mona Lisa. Llegar, hacerse un selfie, casi siempre haciendo el tonto, y enviar inmediatamente a todos los contactos: el certificado moderno del “yo he estado aquí”. El resto de las salas del Louvre están a medio gas, y algunas de ellas, francamente vacías. Lo comprobé en mi última visita al Louvre: recorrí prácticamente en solitario las salas de arte medieval, de escultura europea, de arte precolombino o de artes decorativas.

Para Steiner, uno de los rasgos distintivos de Europa son sus cafés. Los cafés, que no son simples abrevaderos de bebida, sino el lugar por antonomasia de los encuentros, el lugar de los intelectuales  y de los escritores que han debatido y dado a luz a las mejores ideas y a los grandes artistas, el ambiente donde han nacido todos los ismos.

Hay tantos occidentales que desean hacer una experiencia de autenticidad africana en un orfanato en África, que se sabe de una organización que paga a las familias africanas para que manden a sus hijos a un colegio durante el verano, de manera que los europeos con ganas de salvar el mundo puedan pasar unos días con ellos, sintiéndose buenos y satisfechos e íntegros.

Para abrir la mente lo que hay que hacer es pensar. Y viajar a tontas y a locas, compulsivamente, más que estimular el pensamiento, lo entorpece. Quien va a la India y ve ejecutivos en Mercedes, en vez de monjes con túnicas de colores y pintorescos mendigos en cada esquina, no saca la conclusión de que la India ya no es lo que era, sino que no para hasta encontrar en la India lo que él cree que es la India: monjes con túnicas de colores, mendigos en cada calle y hombres en taparrabos purificándose en el Ganges.

¿Estamos ante un libro muy triste sobre el final de un mundo, sobre todo el final de un mundo como es Europa?

El turismo es un fenómeno caracterizado por la superficialidad, el hedonismo y la eterna juventud y de un comportamiento que es mezcla de infantilismo y gamberrismo. El turista lo mismo se atiborra de dulces, cervezas, comida basura que tiene comportamientos macarras y groseros en las playas, los hoteles, los museos y las iglesias.

Lo de la oferta de alojamiento a través de Airbnb constituye un problema muy serio, tanto para los residentes de la propia ciudad como para las autoridades. Es una competencia desleal a los hoteles. Los vecinos tienen que soportar ruidos infernales. Las viviendas se encarecen para los verdaderos habitantes de la ciudad. La mayoría de los pisos no son propiedad de pequeños propietarios sino de empresas que acaparan pisos y más pisos. El dinero por el alquiler va directamente a las empresas, muchas veces extranjeras, como es el caso de Airbnb. Es muy romántica la idea de que un ciudadano común se gane un dinerillo extra alojando a unos turistas en su piso. Es totalmente falso, dos tercios de los pisos turísticos son propiedad de empresas que explotan decenas de inmuebles.

Muchas veces las ciudades no se benefician del turismo. Son las empresas las que se benefician de ello. Las ciudades tienen que contratar más limpiadores, más policías, más médicos, servicios extras para atender a los turistas, cuyos beneficios van a las empresas de alojamiento o a las franquicias que se están apoderando de la hostelería. Algunos pueblos o pequeñas ciudades muy turísticas han empezado a evaluar los costes y han caído en la cuenta de que sale muy caro atender a tanto turista.

Los turistas van en busca de autenticidad de una cultura o de una forma de vivir y no se dan cuenta de que esto ya apenas se da. Los niños que danzan en Sudán no son niños que viven en esas chozas de paja. Son niños que se ponen una determinada ropa tradicional de impoluta blancura, acuden a un escenario ‘tradicional’,  bailan en corro para que los turistas les graben o se hagan fotos con ellos, y, cuando los turistas se van, los niños sacan su móvil y se visten sus vaqueros y su camiseta del Real Madrid.

Aunque entre los propios europeos, abundan las tribus que no paran de decir disparates contra Europa, maldiciendo su historia, negando sus raíces, abjurando de su alma y de su pasado, Europa sigue siendo ese lugar adonde  todos quieren llegar, pero no para pasarse unos días de vacaciones, sino también para vivir. Esa combinación de fe y de razón, de curiosidad innata y de gusto por la belleza, ha sido capaz de crear una atmósfera donde es posible vivir la existencia como un don y una celebración. No obstante el cansancio presente, el envejecimiento de la población, Europa aún puede encontrar en su pasado y en su pensamiento muchas razones para la esperanza.

Por otro lado, a lo largo de su dilatada y turbulenta historia se han probado tantas soluciones que los europeos hemos encontrado el gusto por los problemas. Tanto arte, tanta historia, tanta diversidad, tantas lenguas, tanta literatura, tantas naciones. Cada calle ha parido un santo, un poeta, un guerrero, un inventor. Todo el mundo desea venir a Europa. Actualmente solo el 5% de los chinos viajan al extranjero. ¿Alguien puede imaginarse lo que sucederá el día en que lo haga el 30%? Todos los continentes poseen cultura, arte e historia, pero nada comparable a ese pequeñísimo territorio que llamamos Europa. Puedes desayunar en España, comer en Francia, y cenar en Italia. Y estarás en tres países diferentes, con su gastronomía, sus edificios, sus lenguas y su historia preñada de gestas y de costumbres, de fiestas y de obras de arte.

Hay un símil entre el Grand Hotel Europa, donde se aloja el escritor a reflexionar  sobre su vida, que ha conocido horas de esplendor, fiestas y recepciones, que ha alojado reyes, diplomáticos y artistas, pero que ahora ya está en franca decadencia. Al final el hotel es comprado por un empresario chino. Los chinos llenan el hotel y el hotel vuelve a estar lleno, pero ahora son simples turistas en bermudas, chanclas, con sus móviles en la mano, sus euros en el bolsillo, y sus ansias infinitas de posar en el Partenón, en la catedral de Toledo, en la Torre de Londres, comer una pizza napolitana, una tarta vienesa, y tomar una copa de Burdeos. Y todo ello en una semana.

            Si Europa vende su alma, su espíritu, su forma de entender la vida, la fraternidad, los derechos humanos, la belleza de su literatura o de sus monumentos por un puñado de dólares, o por desidia o por pereza o por renegar de sí misma, probablemente, entonces, nos habremos merecido la invasión de los bárbaros.

Composición de González Fernández

Venecia, como símbolo del turismo de masas

El selfie certifica el "yo he estado ahí"

Purificación en el río Ganges

Airbnb, símbolo de los pisos turísticos

El autor de la novela ante el Partenón

Notre Dame de París: un legado europeo

Turismo de masa: atiborrarse de comida, bebida y viajes

Caravaggio, muy presente en la novela

Danzas africanas para turistas con ganas de 'autenticidad'

Playas masificadas y...

...Monumentos masificados


domingo, 11 de enero de 2026

Dos bronces romanos expoliados vuelven a España

 


    La noticia se repetía en las páginas culturales de los periódicos españoles. Un coleccionista norteamericano donaba a España dos pequeños grupos escultóricos que él había adquirido de buena fe en una subasta internacional y por las que había pagado varios millones de euros. La documentación de la subasta era 'perfecta'. Y nada hacía pensar que se trataba de dos piezas expoliadas en unas tierras de labor próximas a una excavación arqueológica del sur de España. Traficantes de tesoros se habían encargado de falsificar la documentación y blanquear así el expolio perpetrado en 2012. Una denuncia en Suiza de uno de los compinches contra sus antiguos socios de botín y una exposición en el Museo Metropolitano de Nueva York pusieron en la pista a la Policía Nacional encargada del Patrimonio. El testimonio de los propios traficantes ha sido concluyente para que el actual propietario se convenciese de que no tenía nada que hacer. Y decidió donarlas a entablar un juicio largo y costoso.

    Se trata dos pequeñas piezas idénticas. En cada una de ellas una niña persigue a una perdiz. Dos obras en bronce del siglo I o II de nuestra era. Probablemente ambas estaban colocadas en el jardín de una villa romana del sur de España. Los expertos hablan de piezas únicas, de una perfección extrema y de una gran belleza clásica. Muy pronto las veremos en el Museo Arqueológico Nacional. 


   




sábado, 10 de enero de 2026

Algo más que ruina en San Bernardino de Siena

 


        Teresa de Jesús solía aconsejar a sus monjas que no construyesen grandes monasterios, sino 'palomarcicos', para que no hicieran mucho ruido al desplomarse el día de Jucio Final. No parecía mal consejo. 

        El monasterio de San Bernardino de Siena (foto) de Cuenca de Campos, y de monjas clarisas, en verdad no era un monasterio espectacular o monumental, pero algo era, digo yo. Había sido construido en su mayoría con ladrillo y barro, materiales humildes y pobres, lo mismo que las casas de tantos vecinos durante siglos. Fue fundado en 1455 por doña María Fernández de Velasco. Hace un siglo, su pieza de más valor, el alfarje del sotocoro, fue vendido al millonario norteamericano Hearst.

    Las clarisas abandonaron, posteriormente el convento, y los sepulcros de la fundadora y de don Beltrán de Guevara, bienhechor del monasterio, fueron depositados en el convento de las Claras de Palencia, donde aún se las puede admirar en la capilla del Santísimo Cristo.

    A partir de ahí, el convento de Cuenca de Campos, como tantas obras de nuestro patrimonio, conoció el abandono, las inclemencias del tiempo, hasta el punto de desmoronarse poco a poco y año a año. Las lluvias del invierno pasado provocaron el derrumbe de una parte de la iglesia conventual. 

    La Fundación Rehabilitar Tierra de Campos hace lo que puede para salvar de la ruina este monumento, pero a veces la desidia, el abandono y los elementos van por delante de la buena voluntad de un pequeño grupo de personas que aman su pueblo o aman este monasterio concreto. 

  No son poco los que opinan que en Castilla y León tenemos tanto patrimonio eclesiástico que es imposible llegar a todo. No son pocos los que opinan que para qué rehabilitar algo, si no se le puede dar un uso rentable. No son pocos los que opinan que, al fin y al cabo, se trata de cuatro adobes y cuatro ladrillos. Y son legión lo que sienten indiferencia e incluso desprecio por estas antiguallas del pasado, por estas reliquias del ayer. Y en esas estamos. Así que poco o nada puede hacerse para revertir la situación de tantos monumentos en estado de abandono. 

      La lluvia y el viento seguirán desmigando los adobes y derrumbando los ladrillos. Y probablemente a nadie le importe mucho. Y sin embargo estos monasterios vertebraron poblaciones y fueron el alma de los pueblos. Constructores, pintores, arquitectos, músicos, escultores trabajaron para dar lo mejor de sí mismos y crear belleza. Muchos pobres se acercaron al torno pidiendo sopa caliente o unos garbanzos. Muchas monjas gastaron su juventud, su madurez y su senectud dando gloria a Dios en laudes y vísperas, vistiendo primorosamente los altares, sacando agua del pozo para regar coles y berzas, y horneando dulces de seculares recetas. 

        Las ruinas de cualquier monasterio conservan aún algo de quienes lo habitaron, lo hicieron un poco más hermoso o se arrodillaron ante el altar para impetrar la salud de un hijo o encomendar el alma de un ser querido.








miércoles, 7 de enero de 2026

Cristianos en Santa Sofía aún susurran avemarías


 

        “Cristianos en Santa Sofía aún susurran avemarías”. Es una tradición arraigada: muchos cristianos, al cruzar el umbral de Santa Sofía en Estambul, susurran un avemaría o hacen la señal de la cruz. Y no es un gesto vacuo o sin sentido. El Museo-Mezquita de Santa Sofía había sido una iglesia cristiana durante casi mil años. Una iglesia espléndida. ¿Cómo pudo ser levantado ese edificio en el siglo VI de nuestra era? Aún hoy se lo pregunta el visitante y se lo pregunta el arquitecto.

    Durante casi un milenio la Iglesia de Santa Sofía fue el mayor templo de la cristiandad, hasta la construcción de la basílica de San Pedro en Roma. Cuando en 1453 Constantinopla cayó en manos de los otomanos, Santa Sofía fue transformada en mezquita, y se le añadieron los cuatro minaretes en el exterior, y algunos medallones con el nombre de Mahoma y versículos del Corán en el interior. Los nuevos ocupantes ordenaron a los albañiles que picaran los magníficos mosaicos del siglo XII que hablaban de Cristo y de María. Cuentan –leyenda o no- que algunos piadosos musulmanes, impresionados por la belleza de esos mosaicos, no los destruyeron, sino que se limitaron a darles encima una capa de mortero. Siglos después aparecieron, bajo una capa de cal, algunos restos, fragmentos de toda esa espléndida belleza musiva. En 1936, con la llegada de Ataturk al poder, y en el marco de su vasto intento de laicidad de la sociedad turca, Santa Sofía se convirtió en un Museo.
       Desde julio de 2020 el Museo Santa Sofía ha vuelto a retomar su antigua categoría de mezquita, dentro del imparable proceso de islamización llevado a cabo por el presidente Erdogan. El presidente que gobierna con mano de hierro a Turquía ha encarcelado a muchos de sus oponentes: jueces, políticos, periodistas, profesores, escritores, militares, artistas… a cualquiera que no agache la cerviz ante su discurso grandilocuente de sultán del siglo XXI. Pero Europa le baila el agua y mira para otro lado. Para recordatorio: Zapatero y Erdogan fueron los más entusiastas dignatarios (España pagaba la factura y Turquía ponía la cháchara) de la iluminada Alianza de Civilizaciones. Europa ha convertido a Erdogan en cancerbero y gendarme de fronteras, es decir, en dique que contenga a migrantes y refugiados. A cambio de un puñado de millones de euros, el señor Erdogan mantuvo -y mantiene- a raya, en condiciones lamentables, a los migrantes, rehenes aparcados en denigrantes campos. Y así chantajea a Europa. Europa le deja hacer. Y no pone obstáculo alguno ni a la conculcación de los derechos humanos más elementales ni a la islamización del país. Así es el mundo y así funciona el carrusel con cuchillas del poder que gira y gira, segando a diestra y siniestra lo que se opone a ese poder.
           Estambul, símbolo de convivencia pacífica, de tolerancia, de alegre síntesis de credos y culturas, ya no lo es tanto. Los amantes de manifestaciones y algaradas en España y en Europa también callan ante la islamización obligada en Turquía. Una cosa es que Polonia o España quieran plantar una cruz en una plaza o en una escuela (en seguida serían acusadas de intolerantes y sectarias por intento de recristianización, pecado imperdonable ) y otra cosa es que Erdogan haya convertido en mezquitas el Museo de Santa Sofía y la basílica de San Salvador de Cora, verdaderas obras maestras del arte bizantino y patrimonio de la Humanidad.
        El 27 de diciembre de 537 tuvo lugar la fabulosa ceremonia de consagración de la megalé ecclesia (la gran iglesia) por parte del emperador Justiniano y de su esposa Teodora. El emperador, situado en el centro de la basílica, pudo exclamar, lleno de orgullo: “Te he superado, Salomón”, en alusión al celebrado templo de Jerusalén, construido por el rey judío.
        Al mismo tiempo que en la mitad del mundo los hombres levantaban pequeñas chozas, un genial arquitecto y un genial matemático, Isidoro de Mileto y Antemio de Tralles, levantaban esta obra que a los contemporáneos causó incredulidad y pasmo, especialmente su cúpula, un prodigio. Procopio de Cesarea escribió: “Quien entra a rezar comprende en seguida que esta obra no puede haber sido realizada por fuerza o habilidad humana, sino por el favor de Dios”.
        Curiosamente, la arquitectura de esta iglesia cristiana dedicada a la Sabiduría Divina (Hagia Sophia, en griego) ha ejercido una notable influencia en mezquitas del mundo entero. Muchas artistas eligieron el modelo del templo estambulí para alzar hermosas mezquitas, como puede comprobar el visitante en la Mezquita Azul, justo enfrente de Santa Sofía, y en otras tantas.
        Es de esperar que, más allá de las fanfarrias y los excesos del señor Erdogan y su programa de islamización de la otrora laica Turquía, los piadosos musulmanes que recen en sus naves se sientan heridos por esta belleza creada para gloria de Dios. Y que esta belleza, propósito de toda belleza, los haga mejores y más sabios.
        “No parece que esté anclada en la tierra, sino suspendida en el cielo por cadenas de oro”, expresó un cronista el día de su consagración. Y sin duda, esta misma impresión seguirá causando a creyentes, cristianos y musulmanes, y a visitantes de todo el mundo. Y siempre hará, ayer, hoy y mañana, cristianos que harán la señal de la cruz al entrar en Santa Sofía o en San Salvador de Cora, y musitarán en silencio un avemaría. "Ad maiorem Dei gloriam et Mariae Matris suae".









lunes, 5 de enero de 2026

2026: Apenas casi nada

 


        Apenas casi nada es la huella que un hombre puede dejar o deja en su vida. Si exceptuamos a los grandes artistas cuyas obras aún nos causan gozo y deleite. Si exceptuamos a los grandes genios, de cuyos inventemos aún nos seguimos beneficiando. Si exceptuamos a los grandes mandatarios que supieron trabajar por la ciudad y la hicieron mejor y más habitable. Si exceptuamos a los grandes santos, cuya estela de sabiduría y caridad aún es continuada por sus seguidores, apenas casi nada queda del resto de los millones y millones de hombres y mujeres que nacieron, vivieron un rato, desaparecieron en seis palmos de tierra, de los cuales sus hijos guardaron memoria durante unos años aún, y que luego desaparecieron del todo, como si no hubieran existido, como paja despreciable, como hierbajo del campo que el agosto agosta, como el agua dulce condenada a fluir a la mar. Apenas casi nada. Y sin embargo somos eternos mientras estamos vivos, llenos de vigor y de ilusión. Así es el hombre, un suspiro, un soplo que se desvanece, copa que se vacía y pan que se mastica. Caña pensante, sueño que se sueña, pesadilla que se agita, sombra destinada a la nada cuando el atardecer llegue. Y el atardecer siempre llega. Pero somos eternos mientras el corazón bombea, la cabeza piensa, el alma cree, los labios besan. Y los oídos oyen risas y penas. Y las manos ofrecen una caricia o una flor o un trozo de pan o un libro. Apenas casi nada es el hombre. Pero es eterno mientras se sueña eterno.

El sueño de los Magos de Oriente

     


    Al menos en nuestra cultura, ninguna noche provoca en los niños tanta ilusión, alegría, asombro y estupor como la Noche de Reyes. Toda la sociedad, a una, se vuelca para que la tradición siga viva y, para que, al menos durante unas horas los mayores pongamos nuestro grano de arena en la construcción de un mito sin igual: los Reyes Magos llegarán a todos las casas y dejarán a los pequeños algún regalo sobre sus limpios zapatos.

    Las cabalgatas espectaculares recorren cada ciudad y cada pueblo. Las televisiones retransmiten en directo este acontecimiento. Los alcaldes ofrecen una bienvenida regia a sus majestades de oriente. Los carteros reales, previamente, han recogido miles de cartas y han hecho llegar a Melchor, Gaspar y Baltasar los deseos infantiles. Las calles iluminadas de miles de bombillas subrayan este evento anual. Los Reyes cumplen con la tradición de adorar al Niño Jesús en las plazas de las ciudades. Toneladas de caramelos vuelan en todas las direcciones, endulzando una noche, ya de por sí dulce. 

        Con asombro, los niños descubren, al despertarse, que los regalos mil veces soñados están en el salón de su casa, lo mismo que descubren que los camellos han bebido el cuenco de agua y los Reyes han probado el dulce de mazapán que les dejaron preparado antes de acostarse nerviosos. Los mayores recuerdan cuando eran niños y recibían con increíble alegría los humildes regalos de la época: tal vez una pelota de plástico, tal vez una bolsita de peladillas o una bufanda. Los hermanos mayores repiten a los hermanos menores lo que ellos ya no creen: la leyenda con pelos y señales de los Magos venidos de lejos. Y los padres, por unos días, encuentran un argumento incontestable para que los hijos se porten como Dios manda: el carbón amenaza a los niños cuyo comportamiento ha sido regulín, regular. Por todo ello, cuando los niños descubren que los padres son los reyes sufren una frustración, una desilución y un golpe de realismo brutal: la vida es así, un poco cruel y un poco mentirosa y decepcionante. Cuando estos niños lleguen a ancianos y echen la vista atrás, desde sus años y sus canas y sus arrugas, llegarán a la conclusión de que sus padres, por entonces durmiendo el sueño eterno de los justos, fueron su mayor suerte, su mayor riqueza, los verdaderos reyes que les dieron todo, no sólo la Noche de Reyes, sino todas las noches de su larga vida.

      Esta tarde de Reyes me he fijado en una escena que el arte cristiano ha repetido admirablemente en capiteles, vidrieras, lienzos y tablas: la visión que los Reyes Magos tienen mientras duermen. ¿Y qué sueñan los Reyes? Sueñan con que cada ser humano deje su confort y salga a la intemperie para buscar la verdad y la verdadera sabiduría, que son, al fin y al cabo, la felicidad. Sueñan con que cada ser humano encuentre su estrella, una estrella que le guíe en la vida, por laberintos y caminos difíciles, hasta encontrar una verdadera razón para vivir y para celebrar. Sueñan con un mundo donde los niños sean tratados como niños, rodeados de amor y cariño, y con un juguete en sus manos. Sueñan con niños a los que el hambre no consuma, la guerra no hiera, y los abusos de cualquier tipo, pudra para siempre su corazón de niño. Sueñan con un mundo donde los poderosos no intenten imponer su punto de vista con violencia a nadie, donde los que gobiernan el mundo luchen por el pan y la cultura de todos y no por mantenerse en el poder, caiga quien caiga.

    Precisamente el ángel del Señor se apareció a los Magos mientras dormían, para que no informaran a Herodes dónde había nacido el Niño, porque quería matarlo. La historia ya sabemos como continúa: los Magos burlaron al rey Herodes y volvieron a su tierra por otro territorio, y este ordenó la matanza de los inocentes. María y José tuvieron que abandonar precipitadamente su tierra y refugiarse en Egipto. Y los gritos de dolor de niños y madres resonaron por todo el mundo.

    Cambiemos los nombres, cambiemos los papeles, troquemos los escenarios y los paisajes, y caeremos en la cuenta de que las pocas páginas que narran la infancia de Jesús, son de un realismo tan bello como sobrecogedor. Se repiten año a año, siglo a siglo. El corazón del ser humano está donde ha estado siempre y gira, como en una interminable noria o carrusel, entre la bondad de unos hombres, Melchor, Gaspar y Baltasar, que recorren el mundo para ofrecer al Niño (a todos los niños) lo mejor de sí mismos, lo mejor del cofre de su corazón, y la maldad del rey herodes que, antes de renunciar a su yo (poder, estatus, influencia, riqueza, fama y honores), es capaz de lo peor que un ser humano puede hacer: manchar sus manos y su corazón con la sangre inocente de unos niños y con la sangre inocente de todas las víctimas que va dejando a su paso.

    Cada uno de nosotros, todos los días, toda la vida, ha de hacer una elección. ¿Queremos renunciar a nuestro yo y entregar el cofre de nuestro corazón para hacer felices a otros, o preferimos seguir encastillados en nuestro yo, incapaces de renunciar a nada de lo que pensamos que es nuestro e ir dejando una estela de sufrimiento, de malestar, de resentimiento en quien se cruza en nuestro camino? ¿Detrás de qué estrella caminamos y que visiones o sueños dejamos que alimente nuestro corazón?

     




 






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