Grand Hotel Europa es una novela de Ilja Leonard Pfeijffer. Tal vez sea
mejor denominarla ‘novensayo’, esta palabreja que designar a aquellas novelas
cuya trama está al servicio de una tesis. La tesis del escritor está clara: Europa
se está convirtiendo en un parque temático, en el patio de vacaciones donde
todos los turistas del mundo quieren pasar unos días.
Fue en un café con un amigo, guía turístico por Europa y qué sabe de qué va el tema, el que me aconsejó el libro y me lo prestó. La novela del escritor holandés es una denuncia y al mismo tiempo un canto
a Europa. Una denuncia porque un turismo bárbaro está asediando hasta la
asfixia al Viejo Continente, y Europa, gustosa y loca, se vende a los bárbaros.
Un canto a Europa, porque este pequeño continente, insignificante por su
extensión geográfica, ha iluminado al mundo con su filosofía, su arte, su
religión, su literatura y su historia.
El novensayo tiene una trama
endeble. El protagonista, después de poner fin a una relación amorosa vivida en
la ciudad más turística del mundo, Venecia, abandona la isla rumbo al Grand
Hotel Europa, sin localización concreta en la novela. Un hotel decadente, que
ha conocido días dorados, y donde se dan cita personajes estrambóticos con los
que el protagonista entra en contacto, especialmente con Abdul, el botones
emigrante ilegal. La novela es, al mismo tiempo, un homenaje, a la gran
literatura europea, desde Homero a Dante, desde Virgilio a Thoman Man y Joseph
Conrad. Y también al arte europeo, que se concreta en la búsqueda detectivesca
de un cuadro de Caravaggio a lo largo de toda la novela. La gran cultura
europea rebosa por doquier en las páginas de este voluminoso libro.
En las líneas siguientes, voy a recordar y copiar algunas de las ideas o constataciones
de Ilja Leonard Pfeijffer que más me
gustaron y, sobre todo, las que me invitaron a la reflexión sobre esta Europa
que ya percibimos casi como un problema, aunque también como una esperanza
frente a un mundo feo, irracional y desbocado.
En 1422, Venecia tenía 199 000 habitantes y era la segunda ciudad más
grande de Europa, sólo por detrás de París. En 2008 sólo quedaban 60 720
personas, menos de la tercera parte que en sus días de gloria del siglo XV.
Ahora quedan bastante menos. Se cree que en 2030 ya no quedará ninguno. Sólo
los turistas y todo un ejército al servicio del turismo: camareros,
limpiadores, guías turísticos, etc.
Los turistas no quieren ver el Museo del Louvre. Sólo quieren ver la Mona
Lisa. Llegar, hacerse un selfie, casi siempre haciendo el tonto, y enviar
inmediatamente a todos los contactos: el certificado moderno del “yo he estado aquí”. El resto de las salas
del Louvre están a medio gas, y algunas de ellas, francamente vacías. Lo
comprobé en mi última visita al Louvre: recorrí prácticamente en solitario las
salas de arte medieval, de escultura europea, de arte precolombino o de artes
decorativas.
Para Steiner, uno de los rasgos distintivos de Europa son sus cafés. Los
cafés, que no son simples abrevaderos de bebida, sino el lugar por antonomasia
de los encuentros, el lugar de los intelectuales y de los escritores que han debatido y dado a
luz a las mejores ideas y a los grandes artistas, el ambiente donde han nacido
todos los ismos.
Hay tantos occidentales que desean hacer una experiencia de autenticidad
africana en un orfanato en África, que se sabe de una organización que paga a
las familias africanas para que manden a sus hijos a un colegio durante el
verano, de manera que los europeos con ganas de salvar el mundo puedan pasar
unos días con ellos, sintiéndose buenos y satisfechos e íntegros.
Para abrir la mente lo que hay que hacer es pensar. Y viajar a tontas y a
locas, compulsivamente, más que estimular el pensamiento, lo entorpece. Quien
va a la India y ve ejecutivos en Mercedes, en vez de monjes con túnicas de
colores y pintorescos mendigos en cada esquina, no saca la conclusión de que la
India ya no es lo que era, sino que no para hasta encontrar en la India lo que
él cree que es la India: monjes con túnicas de colores, mendigos en cada calle
y hombres en taparrabos purificándose en el Ganges.
¿Estamos ante un libro muy triste sobre el final de un mundo, sobre todo el
final de un mundo como es Europa?
El turismo es un fenómeno caracterizado por la superficialidad, el
hedonismo y la eterna juventud y de un comportamiento que es mezcla de
infantilismo y gamberrismo. El turista lo mismo se atiborra de dulces,
cervezas, comida basura que tiene comportamientos macarras y groseros en las
playas, los hoteles, los museos y las iglesias.
Lo de la oferta de alojamiento a través de Airbnb constituye un problema
muy serio, tanto para los residentes de la propia ciudad como para las
autoridades. Es una competencia desleal a los hoteles. Los vecinos tienen que
soportar ruidos infernales. Las viviendas se encarecen para los verdaderos
habitantes de la ciudad. La mayoría de los pisos no son propiedad de pequeños
propietarios sino de empresas que acaparan pisos y más pisos. El dinero por el
alquiler va directamente a las empresas, muchas veces extranjeras, como es el
caso de Airbnb. Es muy romántica la idea de que un ciudadano común se gane un
dinerillo extra alojando a unos turistas en su piso. Es totalmente falso, dos
tercios de los pisos turísticos son propiedad de empresas que explotan decenas
de inmuebles.
Muchas veces las ciudades no se benefician del turismo. Son las empresas
las que se benefician de ello. Las ciudades tienen que contratar más
limpiadores, más policías, más médicos, servicios extras para atender a los
turistas, cuyos beneficios van a las empresas de alojamiento o a las
franquicias que se están apoderando de la hostelería. Algunos pueblos o
pequeñas ciudades muy turísticas han empezado a evaluar los costes y han caído
en la cuenta de que sale muy caro atender a tanto turista.
Los turistas van en busca de autenticidad de una cultura o de una forma de
vivir y no se dan cuenta de que esto ya apenas se da. Los niños que danzan en
Sudán no son niños que viven en esas chozas de paja. Son niños que se ponen una
determinada ropa tradicional de impoluta blancura, acuden a un escenario ‘tradicional’,
bailan en corro para que los turistas
les graben o se hagan fotos con ellos, y, cuando los turistas se van, los niños
sacan su móvil y se visten sus vaqueros y su camiseta del Real Madrid.
Aunque entre los propios europeos, abundan las tribus que no paran de decir
disparates contra Europa, maldiciendo su historia, negando sus raíces,
abjurando de su alma y de su pasado, Europa sigue siendo ese lugar adonde todos quieren llegar, pero no para pasarse
unos días de vacaciones, sino también para vivir. Esa combinación de fe y de
razón, de curiosidad innata y de gusto por la belleza, ha sido capaz de crear
una atmósfera donde es posible vivir la existencia como un don y una
celebración. No obstante el cansancio presente, el envejecimiento de la
población, Europa aún puede encontrar en su pasado y en su pensamiento muchas
razones para la esperanza.
Por otro lado, a lo largo de su dilatada y turbulenta historia se han
probado tantas soluciones que los europeos hemos encontrado el gusto por los
problemas. Tanto arte, tanta historia, tanta diversidad, tantas lenguas, tanta
literatura, tantas naciones. Cada calle ha parido un santo, un poeta, un
guerrero, un inventor. Todo el mundo desea venir a Europa. Actualmente solo el
5% de los chinos viajan al extranjero. ¿Alguien puede imaginarse lo que
sucederá el día en que lo haga el 30%? Todos los continentes poseen cultura,
arte e historia, pero nada comparable a ese pequeñísimo territorio que llamamos
Europa. Puedes desayunar en España, comer en Francia, y cenar en Italia. Y
estarás en tres países diferentes, con su gastronomía, sus edificios, sus
lenguas y su historia preñada de gestas y de costumbres, de fiestas y de obras
de arte.
Hay un símil entre el Grand Hotel Europa, donde se aloja el escritor a
reflexionar sobre su vida, que ha
conocido horas de esplendor, fiestas y recepciones, que ha alojado reyes,
diplomáticos y artistas, pero que ahora ya está en franca decadencia. Al final
el hotel es comprado por un empresario chino. Los chinos llenan el hotel y el
hotel vuelve a estar lleno, pero ahora son simples turistas en bermudas,
chanclas, con sus móviles en la mano, sus euros en el bolsillo, y sus ansias
infinitas de posar en el Partenón, en la catedral de Toledo, en la Torre de
Londres, comer una pizza napolitana, una tarta vienesa, y tomar una copa de Burdeos.
Y todo ello en una semana.
Si Europa
vende su alma, su espíritu, su forma de entender la vida, la fraternidad, los
derechos humanos, la belleza de su literatura o de sus monumentos por un puñado
de dólares, o por desidia o por pereza o por renegar de sí misma,
probablemente, entonces, nos habremos merecido la invasión de los bárbaros.