Teresa de Jesús solía aconsejar a sus monjas que no construyesen grandes monasterios, sino 'palomarcicos', para que no hicieran mucho ruido al desplomarse el día de Jucio Final. No parecía mal consejo.
El monasterio de San Bernardino de Siena (foto) de Cuenca de Campos, y de monjas clarisas, en verdad no era un monasterio espectacular o monumental, pero algo era, digo yo. Había sido construido en su mayoría con ladrillo y barro, materiales humildes y pobres, lo mismo que las casas de tantos vecinos durante siglos. Fue fundado en 1455 por doña María Fernández de Velasco. Hace un siglo, su pieza de más valor, el alfarje del sotocoro, fue vendido al millonario norteamericano Hearst.
Las clarisas abandonaron, posteriormente el convento, y los sepulcros de la fundadora y de don Beltrán de Guevara, bienhechor del monasterio, fueron depositados en el convento de las Claras de Palencia, donde aún se las puede admirar en la capilla del Santísimo Cristo.
A partir de ahí, el convento de Cuenca de Campos, como tantas obras de nuestro patrimonio, conoció el abandono, las inclemencias del tiempo, hasta el punto de desmoronarse poco a poco y año a año. Las lluvias del invierno pasado provocaron el derrumbe de una parte de la iglesia conventual.
La Fundación Rehabilitar Tierra de Campos hace lo que puede para salvar de la ruina este monumento, pero a veces la desidia, el abandono y los elementos van por delante de la buena voluntad de un pequeño grupo de personas que aman su pueblo o aman este monasterio concreto.
No son poco los que opinan que en Castilla y León tenemos tanto patrimonio eclesiástico que es imposible llegar a todo. No son pocos los que opinan que para qué rehabilitar algo, si no se le puede dar un uso rentable. No son pocos los que opinan que, al fin y al cabo, se trata de cuatro adobes y cuatro ladrillos. Y son legión lo que sienten indiferencia e incluso desprecio por estas antiguallas del pasado, por estas reliquias del ayer. Y en esas estamos. Así que poco o nada puede hacerse para revertir la situación de tantos monumentos en estado de abandono.
La lluvia y el viento seguirán desmigando los adobes y derrumbando los ladrillos. Y probablemente a nadie le importe mucho. Y sin embargo estos monasterios vertebraron poblaciones y fueron el alma de los pueblos. Constructores, pintores, arquitectos, músicos, escultores trabajaron para dar lo mejor de sí mismos y crear belleza. Muchos pobres se acercaron al torno pidiendo sopa caliente o unos garbanzos. Muchas monjas gastaron su juventud, su madurez y su senectud dando gloria a Dios en laudes y vísperas, vistiendo primorosamente los altares, sacando agua del pozo para regar coles y berzas, y horneando dulces de seculares recetas.
Las ruinas de cualquier monasterio conservan aún algo de quienes lo habitaron, lo hicieron un poco más hermoso o se arrodillaron ante el altar para impetrar la salud de un hijo o encomendar el alma de un ser querido.
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