Apenas casi nada es la huella que un hombre puede dejar o
deja en su vida. Si exceptuamos a los grandes artistas cuyas obras aún nos
causan gozo y deleite. Si exceptuamos a los grandes genios, de cuyos inventemos
aún nos seguimos beneficiando. Si exceptuamos a los grandes mandatarios que
supieron trabajar por la ciudad y la hicieron mejor y más habitable. Si
exceptuamos a los grandes santos, cuya estela de sabiduría y caridad aún es
continuada por sus seguidores, apenas casi nada queda del resto de
los millones y millones de hombres y mujeres que nacieron, vivieron un rato,
desaparecieron en seis palmos de tierra, de los cuales sus hijos guardaron
memoria durante unos años aún, y que luego desaparecieron del todo, como si no
hubieran existido, como paja despreciable, como hierbajo del campo que el
agosto agosta, como el agua dulce condenada a fluir a la mar. Apenas casi nada.
Y sin embargo somos eternos mientras estamos vivos, llenos de vigor y de
ilusión. Así es el hombre, un suspiro, un soplo que se desvanece, copa que se
vacía y pan que se mastica. Caña pensante, sueño que se sueña, pesadilla que se
agita, sombra destinada a la nada cuando el atardecer llegue. Y el atardecer siempre llega. Pero somos eternos mientras el corazón bombea, la
cabeza piensa, el alma cree, los labios besan. Y los oídos oyen risas y penas. Y
las manos ofrecen una caricia o una flor o un trozo de pan o un libro. Apenas
casi nada es el hombre. Pero es eterno mientras se sueña eterno.
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