martes, 13 de enero de 2026

Grand Hotel Europa, de Ilja Leonard Pfeijffer

 


Grand Hotel Europa es una novela de Ilja Leonard Pfeijffer. Pero es también un ensayo. Tal vez sea mejor denominarla ‘novensayo’, esta palabreja que designa a aquellas novelas cuya trama está al servicio de una tesis. La tesis del escritor está clara: Europa se está convirtiendo en un parque temático, en el patio de vacaciones donde todos los turistas del mundo quieren pasar unos días.

Fue en un café con un amigo, guía turístico por Europa y qué sabe de qué va el tema, el que me aconsejó el libro y me lo prestó. La novela del escritor holandés es una denuncia y al mismo tiempo un canto a Europa. Una denuncia porque un turismo bárbaro está asediando hasta la asfixia al Viejo Continente, y Europa, gustosa y loca, se vende a los bárbaros. Un canto a Europa, porque este pequeño continente, insignificante por su extensión geográfica, ha iluminado al mundo con su filosofía, su arte, su fe, su literatura y su historia.

El novensayo tiene una trama endeble. El protagonista, después de poner fin a una relación amorosa vivida en la ciudad más turística del mundo, Venecia, abandona la isla rumbo al Grand Hotel Europa, sin localización concreta en la novela. Un hotel decadente, que ha conocido días dorados, y donde se dan cita personajes estrambóticos o muy interesantes con los que el protagonista entra en contacto, especialmente con Abdul, el botones emigrante ilegal llegado en patera. La novela es, al mismo tiempo, un homenaje, a la gran literatura europea, desde Homero a Dante, desde Virgilio a Thomas Mann y Joseph Conrad. Y también al arte europeo, que se concreta en la búsqueda detectivesca de un cuadro de Caravaggio a lo largo de toda la novela. La gran cultura europea rebosa por doquier en las páginas de este voluminoso libro.

En las líneas siguientes, voy a recordar y copiar algunas de las ideas o constataciones de  Ilja Leonard Pfeijffer que más me gustaron y, sobre todo, las que me invitaron a la reflexión sobre esta Europa que ya percibimos casi como un problema, aunque también como una esperanza frente a un mundo feo, irracional y desbocado.

En 1422, Venecia tenía 199 000 habitantes y era la segunda ciudad más grande de Europa, sólo por detrás de París. En 2008 sólo quedaban 60 720 personas, menos de la tercera parte que en sus días de gloria del siglo XV. Ahora quedan bastante menos. Se cree que en 2030 ya no quedará ninguno. Sólo los turistas y todo un ejército al servicio del turismo: camareros, limpiadores, policías, guías turísticos, vendedores de souvenirs, etc.

Los turistas no quieren ver el Museo del Louvre. Sólo quieren ver la Gioconda. Llegar, hacerse un selfie, casi siempre haciendo el tonto, y enviar inmediatamente a todos los contactos: el certificado moderno del “yo he estado aquí”. El resto de las salas del Louvre están a medio gas, y algunas de ellas, francamente vacías. Lo comprobé en mi última visita al museo: recorrí prácticamente en solitario las salas de arte medieval, de escultura europea, de arte precolombino o de artes decorativas.

Para Steiner, uno de los rasgos distintivos de Europa son sus cafés. Los cafés, que no son simples abrevaderos de bebida, sino el lugar por antonomasia de los encuentros, el lugar de los intelectuales  y de los escritores que han debatido y dado a luz las mejores ideas y a los grandes artistas, el ambiente donde han nacido todos los ismos.

Hay tantos occidentales que desean hacer una experiencia de autenticidad africana en un orfanato en África, que se sabe de una organización que paga a las familias africanas para que manden a sus hijos a un colegio durante el verano, de manera que los europeos con ganas de salvar el mundo puedan pasar unos días con ellos, sintiéndose buenos y satisfechos e íntegros.

Para abrir la mente lo que hay que hacer es pensar. Y viajar a tontas y a locas, compulsivamente, más que estimular el pensamiento, lo entorpece. Quien va a la India y ve ejecutivos en mercedes, en vez de monjes con túnicas de colores y pintorescos mendigos en cada esquina, no saca la conclusión de que la India ya no es lo que era, sino que no para hasta encontrar en la India lo que él cree que es la India: monjes con túnicas de colores, mendigos en cada calle y hombres en taparrabos purificándose en el Ganges.

¿Estamos ante un libro muy triste sobre el final de un mundo, sobre todo el final de un mundo como es Europa?

El turismo es un fenómeno caracterizado por la superficialidad, el hedonismo y la eterna juventud y de un comportamiento que es mezcla de infantilismo y gamberrismo. El turista lo mismo se atiborra de dulces, cervezas, comida basura que tiene comportamientos macarras y groseros en las playas, los hoteles, los museos y las iglesias.

Lo de la oferta de alojamiento a través de Airbnb constituye un problema muy serio, tanto para los residentes de la propia ciudad como para las autoridades. Es una competencia desleal a los hoteles. Los vecinos tienen que soportar ruidos infernales. Las viviendas se encarecen para los verdaderos habitantes de la ciudad. La mayoría de los pisos no son propiedad de pequeños propietarios sino de empresas que acaparan pisos y más pisos. El dinero por el alquiler va directamente a las empresas, muchas veces extranjeras, como es el caso de Airbnb. Es muy romántica la idea de que un ciudadano común se gane un dinerillo extra alojando a unos turistas en su piso. Es totalmente falso, dos tercios de los pisos turísticos son propiedad de empresas que explotan decenas de inmuebles.

Muchas veces las ciudades no se benefician del turismo. Son las empresas las que se benefician de ello. Las ciudades tienen que contratar más limpiadores, más policías, más médicos, servicios extras para atender a los turistas, cuyos beneficios van a las empresas de alojamiento o a las franquicias que se están apoderando de la hostelería. Algunos pueblos o pequeñas ciudades muy turísticas han empezado a evaluar los costes y han caído en la cuenta de que sale muy caro atender a tanto turista.

Los turistas van en busca de autenticidad de una cultura o de una forma de vivir y no se dan cuenta de que esto ya apenas se da. Los niños que danzan en Sudán no son niños que viven en esas chozas de paja. Son niños que se ponen una determinada ropa tradicional de impoluta blancura, acuden a un escenario ‘tradicional’,  bailan en corro para que los turistas les graben o se hagan fotos con ellos, y, cuando los turistas se van, los niños sacan su móvil y se enfundan sus vaqueros y su camiseta del Real Madrid.

Aunque entre los propios europeos, abundan las tribus que no paran de decir disparates contra Europa, maldiciendo su historia, negando sus raíces, abjurando de su alma y de su pasado, Europa sigue siendo ese lugar adonde todos quieren llegar, y no para pasar unos días de vacaciones, sino también para vivir permanentemente. Esa combinación de fe y de razón, de curiosidad innata y de gusto por la belleza, ha sido capaz de crear una atmósfera donde es posible vivir la existencia como un don y una celebración. No obstante el cansancio presente y el envejecimiento de la población, Europa aún puede encontrar en su pasado y en su pensamiento muchas razones para la esperanza.

Por otro lado, a lo largo de su dilatada y turbulenta historia se han probado tantas soluciones que los europeos hemos encontrado el gusto por los problemas. ¡Tanto arte, tanta historia, tanta diversidad, tantas lenguas, tanta literatura, tantas naciones! Cada calle ha parido un santo, un poeta, un guerrero, un inventor. Todo el mundo desea venir a Europa. Actualmente solo el 5% de los chinos viajan al extranjero. ¿Alguien puede imaginarse lo que sucederá el día en que lo haga el 30%? Todos los continentes poseen cultura, arte e historia, pero nada comparable a ese pequeñísimo territorio que llamamos Europa. Puedes desayunar en España, comer en Francia, y cenar en Italia. Y estarás en tres países diferentes, con su gastronomía, sus edificios, sus lenguas y su historia preñada de gestas y de costumbres, de fiestas y de obras de arte.

Hay un símil entre el Grand Hotel Europa, donde se aloja el escritor a reflexionar  sobre su vida, que ha conocido horas de esplendor, fiestas y recepciones, que ha alojado reyes, diplomáticos y artistas, pero que ahora ya está en franca decadencia. Al final el hotel es comprado por un empresario chino. Los turistas chinos llenan el hotel, y el hotel vuelve a estar lleno, pero ahora son simples turistas en bermudas y chanclas, con sus móviles en la mano, sus euros en el bolsillo, y sus ansias infinitas de posar en el Partenón, en la catedral de Toledo, en la Torre de Londres, comer una pizza napolitana, una tarta vienesa, y tomar una copa de Burdeos. Y todo ello en una semana.

            Si Europa vende su alma, su espíritu, su forma de entender la vida, la fraternidad, los derechos humanos, la belleza de su literatura o de sus monumentos por un puñado de dólares, o por desidia o por pereza o por renegar de sí misma, probablemente, entonces, nos habremos merecido la invasión de los bárbaros.

Composición de González Fernández

Venecia, como símbolo del turismo de masas

El selfie certifica el "yo he estado ahí"

Purificación en el río Ganges

Airbnb, símbolo de los pisos turísticos

El autor de la novela ante el Partenón

Notre Dame de París: un legado europeo

Turismo de masa: atiborrarse de comida, bebida y viajes

Caravaggio, muy presente en la novela

Danzas africanas para turistas con ganas de 'autenticidad'

Playas masificadas y...

...Monumentos masificados


1 comentario:

  1. Juan, me ha encantado. ¡Qué bien has sabido transmitir el mensaje de este Gran Hotel que es Europa! 💙🤍🩵

    ResponderEliminar

A destacar

Almendros florecidos y basuras en los ríos

            Por un lado va la naturaleza. Por otro, van las acciones de los humanos. Después de dos meses de lluvia, ha salido el sol en los...

Lo más visto: