Las plantas tienen raíces, pero los hombres tienen piernas, decía Ryszard Kapuscinski, el escritor de viajes más lúcido. Con las piernas los hombres caminan, marchan, corren, deambulan. Con ellas peregrinan. Una de las características esenciales del ser humano es su condición de homo viator, hombre en camino. Hombre en camino por tierras y senderos, por calles y por montes, por puentes y ciudades. Pero también hombre en camino por sus adentros, sus pensares y sus sentires. Caminar en soledad es un empujón para conocerte y descubrirte, normalmente con bastante dolor.
lunes, 26 de enero de 2026
El Camino que me hirió para siempre
Hace unos días, murió un hombre que formaba parte del paisaje humano del Camino de Santiago, Tomás Martínez de Paz, simplemente Tomás de Manjarín, el último templario -o el primero de una nueva saga- como también se le conocía. Ya era todo un personaje cuando hice mi primer camino en el 2000 y ningún peregrino se resistía a pasar por su cabaña, hablar con él o sacarse una fotografía a su lado. En mi camino de 2018, crucé por Majarín en una mañana de lluvia y nieve. Y me acerqué también a saludarlo. Se mantenía fiel a su estilo y a su vestimenta medieval de templario. Me invitó a acercarme al fuego que ardía en un bidón y me ofreció un café de puchero, fuerte y amargo como la mañana. Pero mis manos entraron en calor y ese fuego vivaz lo he recordado muchas veces. El Camino está -o estuvo- formado por un puñado de hombres hospitaleros que lo sostuvieron con su presencia en los años en que apenas unos cuantos locos se atrevían a cruzarlo. Luego las instituciones públicas y el turismo se adueñaron y se apropiaron del Camino. Y el Camino se lleno de turigrinos, más turistas que peregrinos, en busca de magia, senderismo, exoterismo, snobismo, sibaritismo y otros ismos. No digo que ya no queden peregrinos de camino interior, búsqueda de los adentros, pero se lo ponen difícil verdaderamente.
Un Camino para toda la vida
Pero quien un día hizo el Camino, lo hizo para toda la vida y para siempre. Yo así lo he sentido. He dicho en más de una ocasión que el Camino ha sido uno de los tres viajes más importantes de mi vida. Me lo he pasado bien en otros destinos. He disfrutado de otros lugares, pero no han modificado en nada mi arquitectura. El Camino de Santiago me hirió. Y la herida, como bien supo Ignacio de Loyola, es siempre una bendición, cuando se la mira con ternura y misericordia.
Los peregrinos con los que fui formando grupo a lo largo del Camino de 2000, Carlos, Javier, Mayte, Silvano, Sumiko, Carmen… andábamos nerviosos aquella mañana del 29 de junio.
La tarde anterior habíamos llegado al Monte del Gozo, ese lugar del mundo desde, donde hace más de un milenio, los peregrinos cansados divisan por primera vez las torres de la catedral de Compostela, meta de su luenga peregrinación.
Era una mañana de gozo, por tanto, pero también de balance y de examen, ¿también de vacío? Un mes antes habíamos recibido en la colegiata de Roncesvalles la Bendición de los Peregrinos y nos habíamos echado a andar con nuestras botas nuevas, nuestro bordón, nuestra mochila y un montón de ilusiones y miedos en el corazón.
Éramos otros. Al menos, yo era otro. Había diferencia entre el que había partido de Roncesvalles y el que llegaba a Compostela. Hay viajes que suceden y que pasan sin pena ni gloria. No dejan en nosotros nada más que cuatro fotografías. Otros viajes te vapulean y te hieren, te iluminan y te ponen en crisis.
Hace 26 años el Camino no tenía la masificación que luego alcanzaría años después y prácticamente sólo había un albergue por localidad, por lo que, tarde tras tarde, coincidíamos los mismos peregrinos. Bastaba un encuentro, para poner rostro, nombre y nacionalidad a los peregrinos.
El Camino para mí fue el descubrimiento de la naturaleza y la constatación de que los encuentros, con uno mismo, con Dios, con los demás, constituyen la verdadera peregrinación.
1. La naturaleza: don y casa
Paso a paso, la naturaleza iba entrando en mí. Robles, encinas, prados, sembrados, riscos, valles, fuentes, ríos, bosques y barbechos, amapolas y trigales, espliego y arbustos, lluvias y soles, fríos y nieblas. La naturaleza me ofrecía continuas dosis de belleza que descansaban no poco los pies que avanzaban por sendas y caminos ycon los hombros aplastados por el peso de la mochila.
La naturaleza como don y como casa. Y también como una responsabilidad. Desde que la mañana alboreaba hasta que el día llegaba a su ocaso, la naturaleza me ofrecía espléndidos amaneceres o ardientes atardeceres, llanuras y montañas, cultivos de todo tipo, roquedos, la lluvia del cielo, los charcos en el suelo. La naturaleza, en su magnificiencia y diversidad, se ofrecía como un don, como un regalo, sin pedir nada a cambio. Justo era que en compesación, yo le ofreciese mi estupor, pasmo, maravilla, admiración y contemplación. Pero tanta belleza gratuita es una llamada a la responsabilidad. Cuidar, respetar, para que otros peregrinos puedan seguir admirando y disfrutando. La Creación es una responsabilidad para que el día de mañana aún haya futuro y otros pies puedan atestiguarlo y otros ojos dejen constancia de ella. Y la naturaleza es también casa para el peregrino. El paisaje es la cabaña y el palacio del peregrino que recorre legua tras legua hacia una meta más grande que él mismo. El firmamento es techo y las arboledas son paredes. Para el peregrino, saberse a la intemperie puede ser una manera de sentirse en casa.
2. Encuentro con uno mismo
El cansancio te iba haciendo humilde. La hospitalidad te iba haciendo agradecido. Lejos del bullicio del trabajo y la ciudad, el Camino te proporcionaba un silencio magno y muchas horas diarias que forzosamente te hacían volver la mirada a tu interior. Las primeras preguntas fueron brotando: ¿Quién soy, qué hago aquí, qué busco, a quién amo, qué me da paz y que me provoca miedo? ¿Tiene sentido mi vida? ¿Para quién soy consuelo y reposo? ¿Para quién soy carga y pesar? Las preguntas suelen ser dolorosas. Y con las respuestas, llegó más dolor y más crisis. También más humildad y más gratitud. Más luz y más serenidad.
3. Encuentro con Dios.
Dios está en esos 800 kilómetros que separan Roncesvalles de Santiago. Está en el corazón de los millones de peregrinos que desde hace un milenio ha palpitado por los mismos motivos y por el mismo Camino: hacer una peregrinación a ese ‘finis terrae’ donde están los restos del Señor Santiago. Dios está en cada una de las bellezas que los hombres construyeron para honrar a Dios: catedrales, ermitas, monasterios. Dios está en los sencillos o monumentales puentes que cruzan ríos y arroyos. Dios está en la pregunta, el encuentro y el abrazo. Dios está en el vaso de agua ofrecido, en el umbral de una casa, en la comida compartida, en la palabra sensata pronunciada, en una iglesita de pueblo. Dios está en cada bendición recibida y en cada bendición dada.
4. Encuentro con los demás
Son los peregrinos los que hacen el Camino. En aquella holandesa que cantaba una melodía justo en el momento en que entré en Eunate. En el peregrino ateo que caminaba para dar gracias a Dios porque su mujer, creyente, se había salvado de un cáncer. En el vaso de vino ofrecido en un día de lluvia por un lugareño de Muruzábal. En el tapeo compartido de Logroño, en la medicina recibida gratuitamente contra la tendinitis, en el canto gregoriano de unos monjes de Rabanal del Camino. En la hospitalera que cantaba bajo la luna y las estrellas Gracias a la Vida, de Violeta Parra, en Hospital de Órbigo, en la aventura desconcertante del grupo de peregrinos que caminan de noche entre Carrión de los Condes y Sahagún, en la alegría del peregrino Carlos que ahuyenta la pesadumbre en algún día sombrío para mi cuerpo. En el abrazo de la peregrina argentina a la que un esguince retira del Camino. En el cansancio agotador de la subida a O Cebreiro. En las bendiciones de Furelos y de Ponferrada. En las historias contadas por peregrinos de Japón, Argentina, Italia, Brasil, Sudáfrica, Francia, Inglaterra, Nueva Zelanda, España, … En los esfuerzos de los caminantes por chapurrear todos los idiomas del mundo con tal de entenderse. En los abrazos y en las despedidas, en los reencuentros gozosos cuando creías a alguien perdido para siempre, en las lágrimas y en las cuentas de un rosario rezado a dúo. En el pecado de los que creen, en la fe de los agnósticos, en la esperanza de los ateos. En el amor de todos: cada uno con su vida y con su historia, pero todos unidos en esa fraternidad universal que da el saberse peregrino y formar parte de un inmenso tapiz tejido por mil años de historia y por miles de historias de hombres y mujeres.
La campana siempre tañe por ti
Llegué a Compostela el día de San Pedro. Las campanas de todas las iglesias de Santiago repicaban en aquella mañana. Los abrazos se multiplicaban por plazuelas y calles. El incienso del botafumeiro era bendición olorosa sobre unos cuerpos que habían conocido el sol sofocante, el relente de la mañana, la lluvia en la tarde, la quietud de la noche, el sudor de cada día y el duermevela de cada noche.
Era un 29 de junio de 2000. Y la felicidad, o mejor dicho la plenitud, estaba ahí: en el asombro de haber alcanzado la meta soñada desde Roncesvalles, y en ese andar titubeante por las losas de la catedral compostelana, al encuentro de la imagen del señor Santiago que espera, paciente y con rostro de imperturbabilidad románica, el abrazo de los peregrinos venidos de los cuatro puntos de la tierra, siguiendo las estrellas, siguiendo las huellas de los millones que lo han recorrido antes que tú, con idéntico estupor y maravilla.
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