miércoles, 17 de junio de 2026

León XIV: Antoni Gaudi y su arquitectura para Dios.



            Antonio Gaudí  nació en Reus en 1852 y murió el 10 de junio de 1926, tras sufrir un atropello al cruzar una calle tres días antes. Iba vestido tan pobremente que le confundieron con un mendigo y lo llevaron directamente a pabellón de beneficencia del H  ospital de la Santa Creu. Una muchedumbre de admiradores y amigos siguió su funeral desde el Hospital de la Santa Creu hasta la catedral y luego hasta la cripta de la Sagrada Familia, en cuya capilla de la Virgen del Carmen (siempre llevó al cuello el escapulario) le dieron sepultura. Probablemente, Gaudí está a la altura de los grandes arquitectos del Renacimiento italiano. Su estilo personalísimo, le hace inconfundible. Todas sus obras podrían calificarse de geniales. Pero es la basílica de la Sagrada Familia, la que le ha dado una fama universal bien merecida. La basílica de la Sagrada Familia empezó a construirse en 1882. Gaudí sólo llegó a realizar la Fachada del Nacimiento, que resume muy bien, no solo su genialidad como arquitecto, sino también su espiritualidad como creyente.

            Un creyente de altura, pues su proceso de beatificación está en marcha en el Vaticano. A su estatura como artista se une su fama de santidad. En la visita de León XIV a Barcelona no podía faltar una misa en el templo gaudiano, coincidiendo precisamente con el centenario de su muerte. No sólo un homenaje al artista de una basílica cristiana, sino al hombre creyente que gastó su vida al servicio de Dios en lo que él mejor sabía hacer: el dibujo de los planos y la dirección de las obras. Pero los edificios salidos de sus manos no fueron la exhibición de su genialidad, como suelen hacer los actuales arquitectos estrellas, sino la humilde oración de un creyente a su Creador y Señor.

            Dostoievski dijo en una ocasión que “la belleza salvará al mundo”. Dostoievski amaba los iconos y los hermosos templos ortodoxos donde, desde el zar hasta el humilde campesino, se arrodillan para sentirse abrazados y consolados. La belleza ha constituido siempre uno de los caminos para buscar a Dios y permanecer en Él. Matisse, cuando pintaba la capilla dominica de Vence, experimentó un plus de genialidad que no había sentido antes. Fra Angelico pintaba sus cuadros de rodillas. Y el genial pintor ruso de iconos Rublev decía que “él no pintaba, él rezaba con pinceles”.

            Asombro, pasmo, maravilla, silencio, inefabilidad, adoración, anonadamiento son cosas que cualquier ser humano, mínimamente sensible, experimenta frente a una obra de verdadero arte. También una sensación de empequeñecimiento frente a la obra grandiosa del arte y, al mismo tiempo, una participación en la genialidad creada por el artista. El orgullo de pertenecer a una especie que ha creado la Novena Sinfonía, la catedral de Burgos, los frescos de la Capilla Sixtina, el Rey Lear, el Quijote, y la Sagrada Familia.

En mi libro de Historia de la Literatura de segundo de bachillerato vi por primera vez una fotografía en blanco y negro de la fachada del Nacimiento. Me produjo idéntico asombro al que experimenté cuando vi la primera foto de las pirámides de Gizeh, de la Acrópolis, del Panteón o la Plaza de San Pedro. Alguien había desplegado toda su inteligencia y talento y la había compartido con toda la humanidad. Alguien había creado esa obra genial para mí. “Damos gracias en particular por esta extraordinaria basílica”, comentó el Santo Padre.

León XIV recordó en la homilía el significado de la torre que iba a bendecir y a inaugurar: “Esta noche recordemos, pues, que la Creu de Crist, que corona esta basílica, és la Creu dels últims que se vuelven los primeros, de los pecadores que se vuelven santos, de los muertos que resucitarán. Las tres fachadas de la Sagrada Familia lo atestiguan: el Primero se hace el último por nosotros en la Natividad; con su sacrificio nos redime mediante la Pasión; su muerte nos da la vida eterna haciéndonos partícipes de la gloria divina. Al admirar la torre de Jesucristo, alzamos la mirada hacia Él, hacia Aquel que sólo nos revela la verdad de Dios y la verdad de nosotros mismos. Mirando a Cristo podemos ver el mundo con ojos renovados: la torre de la cruz se convierte entonces en estandarte de caridad, porque Dios nos ama así, transformando un instrumento de muerte en signo de esperanza. Esta cruz brilla de día, reflejando la luz del sol, y brilla de noche, iluminando la ciudad como un faro abierto al Mediterráneo”

Un hecho muy significativo de esta basílica en construcción es que se trata de un templo expiatorio. Una obra que no ha admitido nunca subvenciones públicas, sólo la aportación de los particulares que libremente han querido colaborar. La obra aún no está acabada del todo. Numerosos artistas y artesanos, al igual que numerosos bienhechores la están haciendo posible desde hace 144 años. Así lo agradeció el Papa: “Junto con Gaudí, recordamos y damos las gracias esta tarde a todos los promotores y benefactores, a los artistas y a los trabajadores que cooperan en la construcción de una obra maestra arquitectónica, que es también una elocuente catequesis hecha de piedras, colores y luz. En su sabiduría, la Iglesia renueva así la Biblia pauperum de las antiguas catedrales, que son en sí mismas mensajes de evangelización de gran riqueza. En este tiempo de la imagen, resulta aún más evidente cómo el arte y la belleza son eminentes canales de evangelización”.

           Primero la explicación ofrecida al Papa y a los Reyes por una adolescente ciega sobre el significado de la Torre de Jesús, y después la bendición de la torre al final de la misa fueron dos momentos de de una intensa belleza: palabra, tacto, canto, oración, luz y fuego. Dos partes de una ceremonia digna de la inauguración de unos juegos olímpicos. La belleza siempre coopera con la bondad y con la verdad.

 “El arquitecto de Dios”, el más genial de los artistas modernistas, sembró la ciudad condal de unos cuantos edificios que por sí solos justifican una visita a Barcelona. Y dejó notables huellas de su genialidad en otros puntos, como León, Comillas o Astorga. Dotado de una prodigiosa imaginación y de un incomparable dominio de la técnica arquitectónica, estaba convencido de que, lo poco o mucho que sabía, se lo debía a Dios y, por lo tanto, no buscaba elogios ni reconocimientos. Si su obra conseguía dar alabanza a Dios, ya se consideraba pagado. Hombre de oración personal y de asistencia asidua a las celebraciones litúrgicas, en las que admiraba un sentido de la belleza herencia de siglos, hombre caritativo que acogió en su propia casa a dos amigos que se habían quedado en la ruina, dio lo mejor de sí mismo como ofrenda a Dios y como ofrenda al prójimo, para que,  al admirar la belleza de su arquitectura, dieran gloria al Creador.

La Sagrada Familia no es un monumento más de la Barcelona modernista, es un templo católico que invita a la oración y a la alabanza. Mitad luz, mitad piedra, asentada en la tierra, pero tocando el cielo… será una cita obligatoria para todos los turistas que lleguen a Barcelona, y una meta de peregrinación para todos los creyentes que se sientan interpelados por un templo que nos habla de Dios y de la Sagrada Familia de Nazaret. Vivimos tiempos en los que andamos necesitados del silencio y la justicia de José, de la dulzura y compasión de María, y del modelo de vida y redención de Jesús. Piedra y luz entrelazadas con una técnica inconfundible. Pero más que con técnica, Antoni Gaudí levantó la Sagrada Familia con mucho amor. Y así lo dejó dicho y escrito: “Primer l’amor; després la técnica”.














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