Parece ser que a León XIV le ha costado poco decidirse
por España para su primer gran viaje por Europa. Probablemente, si España no
hubiera sido durante siglos el dique de contención ante el avance del Islam, la
suerte de Europa habría sido bien distinta. En su obra La incomparable Isabel
la Católica, Jean Dumont sostiene que, sin el apoyo decidido, la financiación y
la expansión global del Evangelio en América llevado a cabo por la Corona (especialmente desde los Reyes Católicos en adelante), el catolicismo
se habría visto relegado a una posición marginal en el mundo frente a otras
religiones y al protestantismo. El Papa, que pasó 20 años trabajando en Perú, conoce
perfectamente todo esto, así como la resonancia que en toda Latinoamérica tiene
cuanto sucede, para bien y para mal, en el mundo católico español.
El Papa, ha llegado a España en un momento de
descrédito de las instituciones, con una corrupción que alcanza a las altas
esferas, con una polarización ideológica terrible y con un aumento considerable
de la pobreza en las clases más desfavorecidas. También es cierto que León XIV llega
a España en un momento de un despertar religioso y de varios síntomas que
indican que los cristianos ya no sienten vergüenza de manifestarse como tales,
con sencillez y naturalidad.
En este clima, vimos al Papa aterrizar en Madrid. La
primera acogida al Papa fue escenificada por los Reyes, algo marcado por el
protocolo. El Rey ejerció como perfecto anfitrión. Su discurso en el Palacio
Real ofreció altura de miras y visión humanista: “La dignidad de la persona, los derechos humanos,
los valores democráticos y la legalidad internacional deben seguir siendo
nuestros números primos, porque en ellos está la aritmética de la
libertad, la igualdad y la justicia; la que suma y multiplica, no la que
resta y divide”
Y frente a la mediocridad de los políticos que
llevan años sin ofrecer argumentos convincentes y razones entendibles, sino
dedicándose al infame vicio del insulto y al ignominioso oficio de la denigración
del adversario político, el Papa afirmó: “Invito
a todos, por amor a la verdad, a abandonar las narrativas divisivas y
polarizantes de vuestra realidad social y de su historia, para pasar de las
simplificaciones estériles a la apreciación fecunda de la complejidad. Veo aquí
una vocación específica de Europa, de la que España es protagonista original y
fundamental. Es el regalo que el Viejo Continente puede hacer al mundo si
quiere permanecer joven, pues joven es quien siente que tiene un futuro y una
misión que aún interpelan. Apreciar la complejidad y estudiarla, aprender a no
negarla y a vivirla como una bendición, huir de esos enfoques identitarios que
parecen aclararlo todo, pero que pueblan el mundo de fantasmas y enemigos”
Pero en esa primera acogida de Barajas, lo que más me
llamó la atención fue la bienvenida brindada por un pequeño grupo de niños con
discapacidad y sus familias. Toda una metáfora del mensaje del viaje papal. El
cuidado de las personas más frágiles no es que esté en el evangelio, es que es
el evangelio. En ese saludo inicial estaban las claves para interpretar la
presencia de León XIV en tierras de Madrid, Barcelona y Canarias. En los días
siguientes hemos visto más gestos de cercanía a personas vulnerables y hemos
escuchado más discursos en esta misma línea, pero en el abrazo y en el rostro
de esos niños en el aeropuerto estaba ya explicado el qué y el cómo de la
presencia de León XIV en tierras de España.
La palabra "buonifigli" significa literalmente 'buenos hijos'. Así llamaba Luis Guanella a las personas con discapacidad. Eran y son los hijos buenos, los mejores de cada casa. Y también los hijos predilectos de Dios, por inocencia, por sufrimiento, por marginación social, por limitación, por espontaneidad, y por carecer de filtros. No se podía haber elegido una mejor bienvenida para el Papa León XIV.
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