miércoles, 10 de junio de 2026

León XIV: Antonio Banderas y el despertar religioso


En un reciente artículo titulado A cuestas con la fe, la cineasta Isabel Coixet decía, a propósito de este despertar religioso que se está dando en Europa: “Me cuesta admitirlo, pero mi generación, la que se rio de todo eso, no ha conseguido inventar nada mejor para acompañar a alguien en la madrugada de un duelo y de un miedo de los que no se nombran… Entiendo que cuando el clima se incendia, las democracias se desmoronan, los hijos no llegan o llegan a un mundo del que nadie sabe qué decir, no es extraño que alguien se arrodille o encienda una vela, que alguien quiera un texto antiguo mil veces repetido… Probablemente este volver a lo religioso es lo que hace la gente cuando descubre que la modernidad, esa promesa que nos vendieron como un seguro a todo riesgo, viene con una letra pequeña ilegible y un teléfono de atención al cliente que no contesta nunca”.

                En estos días papales en los que cantantes y artistas famosos ya no se avergüenzan de ser católicos, en los que miles de jóvenes se arrodillan ante el santísimo, en los que chicos y chicas de padres que no les transmitieron ninguna fe por ser una antigualla, piden el bautismo y descubren una fe que da sentido a sus vidas, estamos cayendo en la cuenta de que la vivencia religiosa puede ser un plus de sentido y de alegría, o un apoyo en los días de desolación, o un plus de paz interior en tiempos de desquiciamiento y corazones fracturados. En fin, un plus de vida, en una sociedad que sufre por un nihilismo atroz y un vacío mortal.

              En este contexto, hay que situar el vibrante discurso del conocido y premiado actor, Antonio Banderas. Ocurrió durante el encuentro del Papa en el Movistar Arena, en un acto denominado Tejer Redes. En este foro que escenificaba el encuentro de la Iglesia con la sociedad civil estuvieron presentes Rozalén, Sara Bargas, Carolina Martín, Teresa Perales, además de otros muchos representantes de la sociedad civil. Tal vez sólo la Iglesia Católica es capaz de reunir y tejer redes entre personas procedentes de ámbitos tan diferentes como la cultura, el deporte, la empresa o los sindicatos. Tal vez hace sólo 10 años, la presencia de Antonio Banderas y de otros muchos artistas, presentadores y cantantes hubiera sido impensable en una vigilia católica. En estas fechas, la cosa ha parecido natural. También necesaria.

                El anticlericalismo de una parte de la sociedad española, a veces soez, a veces comprensible por nuestra historia pasada de un catolicismo hosco y carca, la descalificación de todo hecho religioso, la irrisión que producía la práctica católica, habían provocado que buena parte de los católicos se retiraran a los campamentos de invierno e incluso a las catacumbas. Nada más políticamente incorrecto que bendecir la mesa en un restaurante, defender en una conversación de oficina a los curas, o abandonar al grupo de amiguetes para acercarse a misa un domingo a la hora del vermut. La presión social  y mediática fue -quizás todavía lo es- tan insistente y descarada que muchos católicos no se atrevían a levantar la cabeza. Y cada uno intentaba vivir la fe sin llamar la atención y sin exponerse mucho socialmente. Ir a una manifestación para ampliar la interrupción del embarazo era progre y cool, y sin embargo defender a los no nacidos era cosa de radicales y fanáticos.  

                Volvamos al discurso de Banderas. Con sus dotes interpretativas, su dominio de las tablas, su presencia física y su voz escénica, Antonio ha ido desgranando recuerdos y reflexiones, utilizando el lenguaje del arte en el que todos pueden entenderse. Ha subrayado: “No tememos equivocarnos al decir que la Iglesia ha sido el mayor productor de arte de la historia de la humanidad. En el corazón de ese impulso creativo está quien atraviesa los siglos, los estilos y las culturas, y que con total seguridad ha sido la figura más representada en la historia del arte: se trata de Jesucristo. El gran protagonista de la película de la vida. En todas las artes Cristo como una presencia constante. No como una imagen repetida, sino como un icono de paz, de amor y de sacrificio, rodeado de un misterio inagotable”.

                En el corazón humano a veces persiste una chispa, tal vez adormecida o anestesiada, pero que en cualquier momento puede encender un pequeño fuego. Por ejemplo, el recuerdo de una lejana semana santa: “Esas manifestaciones populares que toman las calles desarrollando un ritual majestuoso de arte y fe, de raíces y devoción. Y fue ahí, Santo Padre, en ese marco de arte popular anónimo, cuando con tan solo 4 o 5 años de edad, nació en mí una pregunta que solo contenía una palabra: ¿Dios?”.

                ¿Pero qué es la fe cristiana? ¿Un sentimiento privado e individual que sólo busca sentirse bien en nuestra zona de confort? ¿O tal vez el aguijón y el acicate para construir junto a otros la civilización del amor? ¿No hay en la religiosidad algo que va conformando y mejorando a los seres humanos? Aquellos costaleros del barrio que cargan con las imágenes por calles y plazas: “… lo hacen dejando tras ellos el yo, para agarrarse al nosotros…del nosotros pasan al ellos, del ellos al todos, del todos al mundo, del mundo al universo, del universo a Dios, para después volver a tomar tierra intuyendo que Dios puede estar en cada partícula, en cada molécula de cada gota de agua, de cada mar, de cada pétalo de rosa, de cada palpito, de cada suspiro”.

                El arte provoca preguntas. Y las preguntas nos llevan al examen de conciencia y a la autocrítica, a la reflexión y a la búsqueda, a experimentar tensión entre lo que sabemos y lo que no podemos explicarnos. ¡Es tan importante aceptar el misterio en nuestra existencia!  La cultura y el arte están muy cerca de Dios. Y el arte se parece mucho a la fe. Antonio Banderas afirmó: “El arte ha sido -y debe seguir siendo- el espejo que refleja vidas que pasan de largo ante el prójimo herido. Es también la denuncia de credos vacíos que olvidaron el amor. Es la voz de alerta para sociedades que se acostumbraron a la injusticia. El arte debe ser una alternativa a la violencia. Todas las violencias. Así como lo hizo el propio Cristo, el artista debe actuar con valentía y no abandonar el ser instancia critica a la sociedad, al propio arte, y a la propia religión”

                Tal vez los hombres religiosos son los que se hacen uno y otro día, y con gran seriedad, las preguntas  que verdaderamente cuentan en la vida: ¿Quiénes somos? ¿Qué sentido tiene la vida y el dolor? ¿Qué significa amar al prójimo? ¿Qué hay más allá? ¿Qué es la verdad? Sólo estos seres humanos pueden acercarse a la trascendencia y mirarla cara a cara: “Porque allí donde nos atrevemos a preguntar en profundidad, siempre, siempre, comienza un camino, un camino que nos puede conducir hacia lo espiritual, que no es más que la fraternidad que late en el corazón de todo ser humano y en el misterioso corazón de Dios”.

                El creyente no está exento de las dudas. Ni su fe le evita el sufrimiento ni la carcoma del tiempo. Ni le asegura el pan de cada día y el vestido de cada invierno. Pero el creyente experimenta una compañía, una cercanía cálida, el aliento de un ser más grande que sí mismo y más dulce que el mejor amigo. Y por ello está dispuesto a seguir creyendo con una fe, tal vez tan vacilante como una candela en noche de tormenta. Y por ello está dispuesto a cargar con su cruz y con la de cualquiera que pase por la calle de la amargura. Y por ello, cualquier ser humano, rico o pobre, torpe o inteligente, joven o viejo, puede confesar a Dios con humildad y con gozo. Así lo hizo también Antonio Banderas: “Santo Padre, yo estoy aquí por Godspell. Godspell es una obra de teatro musical creada en su país de origen. La traducción de Godspell al español es “El Hechizo de Dios”. Yo estoy hoy aquí confesando haber sido víctima del hechizo de Dios”.

                Antonio Banderas terminó con esta confesión en toda regla, ante miles de personas que llenaban el Movistar Arena y millones que seguían el encuentro en la televisión o que después lo han escuchado en redes o leído en periódicos. Poco antes de poner fin a su discurso ante el Papa agustino, el actor malagueño recordó las palabras de San Agustín, el autor de un libro capital que lleva por título Confesiones. En estos tiempos de cantinelas, de quejas, de lamentos por los malos y amargos tiempos que nos ha tocado vivir, bien merece la pena recordar esta exhortación del converso Agustín de Hipona: “Decís vosotros que los tiempos son malos. Sed vosotros mejores y los tiempos serán mejores. Vosotros sois el tiempo”.

            León XIV hizo propuesta e invitación a reconciliar la trascendencia con la vida de cada día: "No se trata de una provocación, sino de una invitación a pensar si la eternidad, que irrumpió en el tiempo y el espacio mediante la encarnación de Jesucristo, pueda volver a reconciliarse con lo cotidiano"










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