En un
reciente artículo titulado A cuestas con
la fe, la cineasta Isabel Coixet decía, a propósito de este despertar religioso que se
está dando en Europa: “Me cuesta
admitirlo, pero mi generación, la que se rio de todo eso, no ha conseguido
inventar nada mejor para acompañar a alguien en la madrugada de un duelo y de
un miedo de los que no se nombran… Entiendo que cuando el clima se incendia,
las democracias se desmoronan, los hijos no llegan o llegan a un mundo del que
nadie sabe qué decir, no es extraño que alguien se arrodille o encienda una
vela, que alguien quiera un texto antiguo mil veces repetido… Probablemente
este volver a lo religioso es lo que hace la gente cuando descubre que la
modernidad, esa promesa que nos vendieron como un seguro a todo riesgo, viene
con una letra pequeña ilegible y un teléfono de atención al cliente que no
contesta nunca”.
En estos días papales en los que cantantes y artistas
famosos ya no se avergüenzan de ser católicos, en los que miles de jóvenes se
arrodillan ante el santísimo, en los que chicos y chicas de padres que no les
transmitieron ninguna fe por ser una antigualla, piden el bautismo y descubren
una fe que da sentido a sus vidas, estamos cayendo en la cuenta de que la
vivencia religiosa puede ser un plus de sentido y de alegría, o un apoyo en los
días de desolación, o un plus de paz interior en tiempos de desquiciamiento y corazones
fracturados. En fin, un plus de vida, en una sociedad que sufre por un nihilismo atroz y un vacío mortal.
En este contexto, hay que situar el vibrante discurso
del conocido y premiado actor, Antonio Banderas. Ocurrió durante el encuentro
del Papa en el Movistar Arena, en un acto denominado Tejer Redes. En este foro que escenificaba el encuentro de la Iglesia con la sociedad civil estuvieron presentes Rozalén, Sara Bargas, Carolina Martín, Teresa Perales, además de otros muchos representantes de la sociedad civil. Tal vez sólo
la Iglesia Católica es capaz de reunir y tejer redes entre personas procedentes
de ámbitos tan diferentes como la cultura, el deporte, la empresa o los
sindicatos. Tal vez hace sólo 10 años, la presencia de Antonio Banderas y de
otros muchos artistas, presentadores y cantantes hubiera sido impensable en una
vigilia católica. En estas fechas, la cosa ha parecido natural. También
necesaria.
El anticlericalismo de una parte de la sociedad
española, a veces soez, a veces comprensible por nuestra historia pasada de un catolicismo hosco y carca, la
descalificación de todo hecho religioso, la irrisión que producía la práctica
católica, habían provocado que buena parte de los católicos se retiraran a los
campamentos de invierno e incluso a las catacumbas. Nada más políticamente incorrecto que bendecir la mesa en un restaurante, defender en una conversación
de oficina a los curas, o abandonar al grupo de amiguetes para acercarse a misa
un domingo a la hora del vermut. La presión social y mediática fue -quizás todavía lo es- tan insistente y descarada que muchos católicos no se
atrevían a levantar la cabeza. Y cada uno intentaba vivir la fe sin llamar la
atención y sin exponerse mucho socialmente. Ir a una manifestación para ampliar la interrupción del embarazo era progre y cool, y sin
embargo defender a los no nacidos era cosa de radicales y fanáticos.
Volvamos al discurso de Banderas. Con sus dotes interpretativas, su dominio de las
tablas, su presencia física y su voz escénica, Antonio ha ido
desgranando recuerdos y reflexiones, utilizando el lenguaje del arte en el que
todos pueden entenderse. Ha subrayado: “No
tememos equivocarnos al decir que la Iglesia ha sido el mayor productor de arte
de la historia de la humanidad. En el corazón de ese impulso creativo está quien
atraviesa los siglos, los estilos y las culturas, y que con total seguridad ha
sido la figura más representada en la historia del arte: se trata de
Jesucristo. El gran protagonista de la película de la vida. En todas las artes
Cristo como una presencia constante. No como una imagen repetida, sino como un
icono de paz, de amor y de sacrificio, rodeado de un misterio inagotable”.
En el corazón
humano a veces persiste una chispa, tal vez adormecida o anestesiada, pero que
en cualquier momento puede encender un pequeño fuego. Por ejemplo, el recuerdo
de una lejana semana santa: “Esas
manifestaciones populares que toman las calles desarrollando un ritual
majestuoso de arte y fe, de raíces y devoción. Y fue ahí, Santo Padre, en ese
marco de arte popular anónimo, cuando con tan solo 4 o 5 años de edad, nació en
mí una pregunta que solo contenía una palabra: ¿Dios?”.
¿Pero qué es
la fe cristiana? ¿Un sentimiento privado e individual que sólo busca sentirse
bien en nuestra zona de confort? ¿O tal vez el aguijón y el acicate para
construir junto a otros la civilización del amor? ¿No hay en la religiosidad algo que va conformando y mejorando a los seres humanos? Aquellos costaleros
del barrio que cargan con las imágenes por calles y plazas: “… lo hacen dejando tras ellos el yo, para
agarrarse al nosotros…del nosotros pasan al ellos, del ellos al todos, del
todos al mundo, del mundo al universo, del universo a Dios, para después volver
a tomar tierra intuyendo que Dios puede estar en cada partícula, en cada
molécula de cada gota de agua, de cada mar, de cada pétalo de rosa, de cada palpito,
de cada suspiro”.
El arte provoca
preguntas. Y las preguntas nos llevan al examen de conciencia y a la
autocrítica, a la reflexión y a la búsqueda, a experimentar tensión entre lo
que sabemos y lo que no podemos explicarnos. ¡Es tan importante aceptar el misterio en nuestra existencia! La cultura y el arte están muy
cerca de Dios. Y el arte se parece mucho a la fe. Antonio Banderas afirmó: “El arte ha sido -y debe seguir siendo- el
espejo que refleja vidas que pasan de largo ante el prójimo herido. Es también
la denuncia de credos vacíos que olvidaron el amor. Es la voz de alerta para
sociedades que se acostumbraron a la injusticia. El arte debe ser una
alternativa a la violencia. Todas las violencias. Así como lo hizo el propio
Cristo, el artista debe actuar con valentía y no abandonar el ser instancia
critica a la sociedad, al propio arte, y a la propia religión”
Tal vez los
hombres religiosos son los que se hacen uno y otro día, y con gran seriedad, las
preguntas que verdaderamente cuentan en
la vida: ¿Quiénes somos? ¿Qué sentido tiene la vida y el dolor? ¿Qué significa
amar al prójimo? ¿Qué hay más allá? ¿Qué es la verdad? Sólo estos seres humanos
pueden acercarse a la trascendencia y mirarla cara a cara: “Porque allí donde nos atrevemos a preguntar en profundidad, siempre,
siempre, comienza un camino, un camino que nos puede conducir hacia lo
espiritual, que no es más que la fraternidad que late en el corazón de todo ser
humano y en el misterioso corazón de Dios”.
El creyente no está exento de las dudas. Ni su fe le evita el sufrimiento ni la carcoma del
tiempo. Ni le asegura el pan de cada día y el vestido de cada invierno. Pero
el creyente experimenta una compañía, una cercanía cálida, el aliento de un ser
más grande que sí mismo y más dulce que el mejor amigo. Y por ello está
dispuesto a seguir creyendo con una fe, tal vez tan vacilante como una candela en noche
de tormenta. Y por ello está dispuesto a cargar con su cruz y con la de
cualquiera que pase por la calle de la amargura. Y por ello, cualquier ser
humano, rico o pobre, torpe o inteligente, joven o viejo, puede confesar a Dios
con humildad y con gozo. Así lo hizo también Antonio Banderas: “Santo Padre, yo estoy aquí por Godspell.
Godspell es una obra de teatro musical creada en su país de origen. La
traducción de Godspell al español es “El Hechizo de Dios”. Yo estoy hoy aquí
confesando haber sido víctima del hechizo de Dios”.
Antonio
Banderas terminó con esta confesión en toda regla, ante miles de personas que
llenaban el Movistar Arena y millones que seguían el encuentro en la televisión
o que después lo han escuchado en redes o leído en periódicos. Poco antes de
poner fin a su discurso ante el Papa agustino, el actor malagueño recordó las palabras de San Agustín, el autor de un libro capital que lleva
por título Confesiones. En estos
tiempos de cantinelas, de quejas, de lamentos por los malos y amargos tiempos
que nos ha tocado vivir, bien merece la pena recordar esta exhortación del
converso Agustín de Hipona: “Decís vosotros
que los tiempos son malos. Sed vosotros mejores y los tiempos serán mejores.
Vosotros sois el tiempo”.
León XIV hizo propuesta e invitación a reconciliar la trascendencia con la vida de cada día: "No se trata de una provocación, sino de una invitación a pensar si la eternidad, que irrumpió en el tiempo y el espacio mediante la encarnación de Jesucristo, pueda volver a reconciliarse con lo cotidiano"
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