domingo, 14 de junio de 2026

León XIV: En Montserrat y en la región más fracturada

 


            No lo sé con certeza, pero creo que los obispos deseaban el viaje papal por varios motivos: avivar el despertar religioso de la sociedad española, invitar a todos a la cultura del encuentro y del respeto, tan contraria a la crispación, y apoyar todos los esfuerzos para la acogida y la integración de los migrantes.

            Que Cataluña es desde hace varios años la región más fracturada y crispada de Europa, lo sabe todo el mundo. La irrupción de un independentismo agresivo, excluyente y radical fracturó la política, la convivencia cívica, la política, incluso las familias y a los propios católicos. Y también quebró la economía.

            Con sus discursos incendiarios y violentos, los independentistas sembraron el caos y violentaron la convivencia en las calles, los colegios, las fábricas y las casas. Convirtieron en enemigos a todos los que no comulgaban con las ideas independentistas, castigándolos de mil formas y denigrándolos de mil maneras.

            A fuerza de prebendas, favores económicos, amnistía a los golpistas condenados, por parte del Gobierno de Pedro Sánchez, pero también como consecuencia del ese lento pero inexorable desinflamiento de la quimera independentista, se ha llegado a una relativa tranquilidad, que probablemente salte por los aires cuando ya no haya nada que repartir ni tampoco competencias que descentralizar.

            En este clima, León XIV ha visitado el monasterio de Montserrat, alma del sentir religioso catalán y corazón de la devoción mariana de esa tierra tan hermosa y tan próspera. El Papa conocía la historia de este monasterio: “Los muros de este recinto podrían narrarnos las innumerables historias de devoción, gratitud y esperanza que han contemplado a lo largo de los siglos en torno a la Mare de Déu de Montserrat y también han sido testigos de la sangre derramada por amor a Jesucristo”.

El Papa era consciente, antes de llegar, de la fractura que la propia iglesia catalana había padecido. Unos obispos tuvieron que hacer malabares para promover una idea de unidad y universalidad entre los católicos, otros se movieron con calculada ambigüedad. Y hubo algún obispo que abiertamente apoyo el referéndum del procés y fue a votar. Este obispo más preocupado por la política que por la Iglesia, colgó los hábitos a la primera de cambio y se casó. Muchos curas avivaron el fuego independentista, las esteladas colgaron de muchos campanarios y los lazos amarillos se repartieron entre los feligreses, como si se tratase de la comunión dominical.

Por eso el Papa diridigéndose a la Mare de Déu de Montserrat: “Pidamos a María, Reina de la paz, que nos enseñe a renunciar a las palabras hirientes, al juicio inmediato, a la murmuración y a las calumnias. Y que aprendamos a custodiar y a cultivar el amor en la familia, entre amigos, en el lugar de trabajo, en las redes sociales, en los debates políticos y en las comunidades cristianas, de modo que el odio ceda paso a la esperanza y la paz”.

Durante las semanas previas al viaje papal, los independentistas se encargaron de atizar el fuego a cuenta de la lengua que el Papa usaría. Y una malencarada diputada de Junts agarró al Papa la mano y no se la soltó hasta echarle una filípica sobre el amor a la lengua catalana. ¿Qué hubieran dicho las feministas si hubiera sido el Papa el que hubiera agarrado por la fuerza la mano a la diputada para recordarle el amor a los no nacidos, por ejemplo? A la diputada en cuestión le parece que hablar en Cataluña en catalán es un acto de amor. Pero hablar el castellano en Madrid es un acto de sumisión. Recordemos que incluso varios miembros de los coros que intervinieron en la misa de la Sagrada Familia habían previsto reventar la bendición de la torre con sus esteladas al viento y su canto de Els segadors. La policía descubrió el complot y apartó a otra zona a los coristas saboteadores. Y no olvidemos que Puigdemont, huido de la justicia, socio de Sánchez y exiliado de oro en Bélgica, pidió abiertamente a sus seguidores que "llevasen banderas independentistas y que silbaran al Papa". Una vez más, causa estupor que algunos partidos consideren enemigos e intolerantes  a todos los que no están de acuerdo con sus ideas, elevadas a dogmas e idolatrías.

El Papa habló de fe, de encuentro, de unidad, de formar una única familia, ya nada más entrar en la catedral de Barcelona: “Con este espíritu también nosotros, en un mundo desgarrado por guerras y divisiones, en una sociedad cada vez más fragmentada e individualista, queremos ser “mártires”, es decir, testigos y profetas de unidad, de acogida, de concordia y de paz, incluso a costa de sacrificios y renuncias”. Y lo hizo con claridad y verdad en catalán y en castellano, para que pudiera ser entendido por todos.

No es de extrañar que en Cataluña la confianza en la Iglesia haya caído tanto. No es de extrañar que el número de seminaristas haya disminuido a cota casi ‘cero’ o que Cataluña sea la región que menos marca la cruz de apoyo a la Iglesia Católica en la declaración de hacienda. Para alguien que desea vivir su fe de forma sencilla, sin politiqueos y banderas, ¿cómo compaginar el mensaje universal del amor de Cristo con un exclusivo apego a los amigos ideológicos y una consideración de enemigos todos los demás?

Probablemente la Iglesia en Cataluña es sostenida en un buen porcentaje por los numerosos emigrantes latinos que hay en la región. Y así lo pudimos ver en el encuentro del estadio olímpico. Aunque cabe recordar que las políticas de la Generalitat durante décadas  favorecieron la emigración de países musulmanes, con lenguas muy diversas, a los emigrantes latinos que hablaban español y que, por lógica, no se iban a esforzar mucho en aprender catalán.    

Los sinceros creyentes de Cataluña han tenido que hacer frente a esta guerra sucia de conmigo o contra mí, y han tenido que esforzarse más que en ningún otro lugar por permanecer fieles a la Iglesia y por dar testimonio de una caridad universal, de una fraternidad que debe abarcar a todos. Por ser testigos de un Dios que es incompatible con todas las idolatrías, también la del partido, la lengua, la bandera.

Desde la iglesia y también desde el balcón del propio monasterio, el Papa afirmó: “Gracias por estar aquí. Gracias por esta hermosa manifestación de fe. Todos unidos en una sola familia, con esa acogida de nuestra Madre María, la Virgen de Montserrat”.

E igualmente: “Gracias a cada uno y a todos vosotros que estáis aquí esta mañana para recordar a todos —en Cataluña, en España, en el mundo— que la fe da vida, y la fe da esperanza”.








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