Las cifras de los participantes de la Misa del Corpus hasta podrían dar un poco igual. Hablan que más de un millón de personas llenó las calles que confluyen en Cibeles. El clima de alegría y de exultante sentido de pertenencia no estaba reñido con el respetuoso silencio, con la devoción, con la música sacra y con la belleza de la procesión del Corpus. Pocas fiestas tan arraigadas en España como "el jueves que relumbra más que el sol". En ninguna otra parte del mundo, la festividad de la solemnidad del Corpus Christi ha dejado una huella tan profunda en el arte y en las tradiciones. Basta recordar las admirables custodias de asiento o de mano que los mejores orfebres nos han legado, así como las tradiciones de danza, teatro, ornamentación y música, asociadas a esta festividad. Desde el pueblo más humilde a la ciudad más importante, las calles se engalanan al paso de la eucaristía con gallardetes, colgaduras, altares y alfombras de flores. Pero el Papa con claridad meridiana recordó que “la religiosidad histórica de España debe ser una escuela de fe y no un museo del pasado”. Y también que “las tradiciones religiosas pierden su alma sino se transforman en amor activo al prójimo”. E igualmente que “la verdadera devoción se mide en la capacidad de mirar a los ojos de quien sufre y tenderle la mano.”
Por todo ello, el día del Corpus coincide con el día de la Caridad. Por las calles de pueblos y ciudades no sólo pasa Jesús en ricas custodias y carros triunfantes en medio de altares y flores. Por las calles y plazas pasa también Jesús en carne herida y rostro descompuesto, en cuerpo marginado y alma apaleada. El perfume de las flores de los altares y el oro de las custodias pueden ser oropel y folclore pagano sino van unidos a la acogida y cuidado de los más necesitados. La visita al centro de Cáritas Cedia, abierto las 24 horas del día, y que acoge a personas sin techo, migrantes, madres y niños abandonados, y las muchas clases de pobres que en el mundo existen fue la otra procesión del Corpus. El Papa sostuvo en sus manos la custodia del Corpus, pero antes y después de esa procesión sostuvo en sus manos las manos de los más vulnerables. También las manos de algunos que, cuando eran unos niños, gentes de sotana les destrozaron la vida. Ya lo dijo el Papa en la misa: “Nadie puede arrodillarse ante Dios y despreciar al prójimo”.
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