sábado, 5 de septiembre de 2026

Cuando hablamos de Ceuta: de muertos y menores

  


Cuando hablamos de Ceuta, deberíamos hablar en primer lugar de las ciento cincuenta personas ahogadas en el mar en ese intento desesperado por alcanzar la costa de Ceuta. Sin duda, serán muchas más. Desgraciadamente. Poco se ha hablado de esta tragedia. Muchas de esas personas no sabían nadar. ¿Quién las empujó? ¿Quién les prometió el paraíso? Murieron. Punto final. Tenían un nombre, una historia, una esperanza, una familia. Pero en la cabeza y en el corazón de quienes orquestaron la invasión (¿O debemos hablar a estas alturas todavía de crisis migratoria?) eran ‘cosas’, eran trastos inservibles, vidas que no cuentan, números que sirven a “la estrategia geopolítica”, como ahora dicen los analistas y los sesudos entendidos. El mar ha devuelto a la playa sus cuerpos muertos. El mar ha descompuesto sus cuerpos o se los ha tragado. Nadie reclama sus cuerpos. A Marruecos poco le importan sus ciudadanos muertos. Tal vez sobre los familiares pesa una ley del silencio, antigua e ignominiosa. Pero en algún lugar del más allá, tal vez hay dedos acusadores apuntando.

A otros muchos, los salvaron de morir ahogados los miembros de la Guardia Civil y de la Policía Nacional y de la Cruz Roja. Y también simples ciudadanos de a pie que no daban crédito a esos gritos de auxilio, y que se sintieron interpelados por la compasión.

Cuando hablamos de Ceuta, deberíamos hablar de todos los menores que han sido arrojados lejos de sus familias, de su tierra, de su lengua y de su infancia simplemente como actores de relleno, extras en el rodaje, para hacer bulto, para que la película programada por quienes manejan los hilos de esta operación salga bien  y quede bonita, y sirva ‘a la causa’. Son bultos, nada más que bultos. Fueron echados al mar y a los caminos, como se arroja un folio inservible a la papelera o una pelota rota a la basura. ¿Quién pensó en ellos? Por muy importante que sea, el primer derecho de un menor no es el de ser acogido en otro país ni en otro territorio sino el derecho a permanecer en su país, con sus padres, aunque sean humildes, aunque sean analfabetos, en su entorno, en su idioma, sus juegos y su paisaje. Todo menor tiene derecho a crecer en el hogar que lo vio nacer, rodeado de sus hermanos y su familia. Y si los recursos son pocos, para eso debería existir el Estado y la Comunidad Internacional y la Compasión Universal. Claro que son importantes las condiciones materiales donde se desarrolla la infancia, pero aún más importante es contar con el amor recibido por los padres y la cercanía de la familia. Crecer en un hogar humilde, tal vez pobre, no es sinónimo de infancia infeliz o desgraciada. Muchos de mi generación procedemos de hogares bastante humildes. Y probablemente no cambiríamos nuestra infancia, ni nuestra familia, ni nuestro pueblo. 

El crimen más espantoso que puede cometer un Estado es vender a sus menores como estrategia geopolítica, utilizar a sus menores como mercancía, privar a sus menores de lo más sagrado: el derecho a una infancia dentro de la familia. ¿A alguien le importa si los menores pasan hambre, pasan frío, sienten miedo en la ciudad inhóspita, sin saber cuál será su destino o dónde están sus padres? ¿Quién les explicará que ellos simplemente fueron moneda de cambio en los salones palaciegos o en los cuarteles donde se preparó esta avalancha?

No entro ni salgo en lo de las devoluciones en caliente. Unos dicen que sí se puede; otros, lo contrario. Pero la primera condición sería que Marruecos quisiera acoger a esos menores, en muchos casos niños y niñas de menos de 13 años. E incluso más pequeños. En mi modesta opinión, un país que utiliza, para sus ‘objetivos políticos’ a menores de edad, sin ningún pudor y con manifiesta crueldad, debería responder ante un tribunal internacional. No parece lógico que Marruecos se esté gastando millones de euros para organizar el Mundial de Fútbol (incluido un nuevo estadio) y se desentienda del pan y los libros de sus niños y niñas.













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