sábado, 31 de enero de 2026

Pilar Cuesta: el discurso de una Chief Happiness Officer


     En la oficina pasamos muchas horas. Hay un mínimo que es y debería ser exigible: el compañerismo. Esa actitud que está hecha de cortesía, respeto, colaboración, trabajo en equipo, y eso que denominamos "hoy por ti, mañana por mí". Cuando no se llega a ese mínimo, el trabajo se hace cuesta arriba, la penosidad aflora, se corta la espontaneidad y el resultado es un montón de islas flotando a la deriva en el ancho océano de siete y media de la mañana a tres de la tarde.

    Pero a veces sucede que la gente va más allá del mero civismo, y los compañeros de trabajo se esfuerzan en ponerlo fácil, en no chismorrear, en echar una mano antes de que se solicite, en enseñar todo lo que uno sabe, en crear un ambiente de naturalidad donde nadie se sienta juzgado por su forma de ser, de trabajar, de vestir o de hablar. Esa atmósfera es posible porque hay personas que, con su bondad o su sabiduría, mejoran el territorio del trabajo.  

    La despedida de Pilar Cuesta Cosías, el pasado 28 de enero de 2026, se convirtió en un recordatorio de todo esto: la Administración funciona o no funciona dependiendo de la calidad humana de los que en ella trabajan: 

    "He estado en esta oficina casi veintidós años. Y cuando digo que para mí ha sido mi casa, no lo digo por las paredes ni por los pasillos. Lo digo porque aquí he estado a gusto: por el buen ambiente, por ese sentimiento de pertenecer, por haberme sentido valorada y, sobre todo, por la tranquilidad íntima de saber que mi trabajo era útil".

     Algunas empresas, sobre todo en el sector de las tecnológicas, se han dado cuenta de que, en lo que que se refiere a productividad, resolución de conflictos y creatividad laboral, funciona mejor la sonrisa que el látigo, mejor la empatía que la cara avinagrada, mejor la invitación que la orden tajante. Surge así el Jefe de la Felicidad (en inglés CHO, Chief Happyness Officer), una figura laboral que, por su carácter y su competencia profesional, es capaz de disolver tensiones, estimular al equipo, animar y cuidar a las personas.

  "Si me hubieran dejado inventar un cargo —con una sonrisa y sin grandilocuencias— os confieso que a mí me habría gustado ser una buena CHO, la “jefa de la felicidad”. No como título, sino como intención: cuidar el clima, aliviar tensiones, poner un poco de luz en lo cotidiano y recordar que aquí, antes que expedientes y plazos, hay personas".

    A esto hizo referencia en su discurso de agradecimiento nuestra compañera y amiga entrañable Pilar Cuesta Cosías, durante la comida-homenaje por su jubilación, en el restaurante Matamales de la ciudad de Valladolid. El discurso en cuestión vino a subrayar uno de los secretos de ese 'espíritu otetero', al que yo también pertenecí durante varios años.

    "He sido secretaria técnica, sí. Pero, si lo pienso con cariño, mi oficio —como algunos me habéis hecho ver— ha sido el de facilitar: allanar el camino para que el trabajo de los demás saliera adelante y para que, dentro de lo posible, la vida no se quedara fuera de la oficina. Siempre he pensado que lo principal es el personal, que una administración no funciona solo por los procedimientos, sino por las personas. Por eso he cuidado tanto el ambiente, la conciliación, la flexibilidad, el trato: porque cuando la gente está a gusto, todo lo demás funciona mejor.

    En el discurso de Pilar hay palabras que se repiten: personas, corazón, luz, aprendizaje, humanidad, convivencia, compañía, cuidado, amistad, confianza, respaldo, bienestar, amigos, y sobre todo gratitud...

    "Agradezco a todos, sin excepción, porque casi todo el colectivo habéis sido de una entrega ejemplar: siempre dispuestos a colaborar, a cubrir donde hiciera falta, a enseñar a los nuevos y con buena cara. Eso también construye oficina. Eso también construye casa"

    Mientras Pilar leía sus cuartillas se me vino a la cabeza un verso de la canción Viva la gente. Los educadores de mi internado querían que lo aprendiésemos de memoria y lo grabásemos en nuestras molleras infantiles. Cuando cantábamos esa frase de la canción duplicábamos el tono y la energía para subrayar la importancia: "Las cosas son importantes / pero la gente lo es más", mientras balanceábamos cuerpo y brazos, como era habitual en la época.

    Pilar ha pasado media vida laboral en la Oficina Territorial de Trabajo, marcando un estilo ("el estilo es el hombre"), toda una época, especialmente en los durísimos tiempos del Covid, como ella misma nos recordó:

    "Si tuviera que quedarme con un capítulo que nos cambió a todos, hablaría de la pandemia. El Covid supuso muchísimo trabajo: éramos servicios esenciales y todo se volvió enorme y urgente. Pero ocurrió algo que yo no olvido: nos unimos más. Nos organizamos, nos cubrimos, nos cuidamos. Fue duro, sí, pero también enriquecedor, porque me confirmó que cuando un equipo se reconoce, puede con lo imposible".

         Aquella chica rubia, con su melena bardot o su melena escarolada, según días de sol o de lluvia, que llegó a la OTT hace 22 años, acaba de jubilarse. Las celebraciones de despedida son una especie de termómetro que mide el 'calor humano" que el homenajeado ha sabido crear a su alrededor. En la larga mesa de 36 cubiertos nos juntamos compañeros de varias hornadas, de escasos o múltiples trienios, jubilados novatos o experimentados, servidores públicos adscritos en este momento a la OTT, y también muchos 'ex alumnos' de la Calle Santuario, nº 6. Cada uno tenía un motivo y una razón para estar en esa mesa y  sobremesa. Y también tenía un gracias en el bolsillo de su corazón que, verbalizado o no, era el motivo principal para arropar a Pilar, vestida para la ocasión de verde esperanza o verde futuro, yo no los distingo. Pilar supo crear buen ambiente, facilitar muchas gestiones, servirse del cargo de secrearia técnica para prestar un servicio que facilitase un poco esas horas, semanas y años de trabajo.

  "Hoy cierro una etapa con una mezcla de sentimientos. Estoy feliz, porque por fin voy a poder entregarme a otras partes de mi vida. Y estoy triste, porque despedirse no es un trámite: es un duelo". 

    Las palabras acarician como lo hacen las yemas de los dedos. Las palabras abrazan con la misma intensidad que un fuerte abrazo con palmadita final. Las palabras sanan y curan, como lo hacen las medicinas. Gracias, Pilar, por tus palabras de despedida, no sólo porque fueron hermosas, que también, sino porque te fotografíaron y te reflejaron. Nos fotografiaron y nos reflejaron. La celebración del pasado 28 de enero fue, además de un homenaje y una celebración de despedida, también una reivindicación de la bondad, esa bondad que  mejora y nos mejora.   

          Por todo ello, una súplica a todos los que nos hallamos presentes en el homenaje: no echemos en saco rato el último consejo que Pilar nos regaló en su discurso: 

    "Solo me queda pediros una cosa, como despedida: que os cuidéis, que os tratéis bien y que sigáis eligiendo trabajar en equipo. Que no perdáis esa forma de estar que hace que una oficina pueda sentirse como casa: buen ambiente, pertenencia, reconocimiento, utilidad.

    A Pilar le esperan muchas cosas buenas, porque mantiene intacta la ilusión de una universitaria de Hispánicas por cada mañana, por cada día siguiente. Le esperan los cafés con los compañeros, los muchos abrazos aún por repartir a los amigos, las flores y las macetas en Sahagún, las sentadas en el ordenador para seguir aprendiendo con la IA, sus complicidades y 'cameos' en las recetas que elabora su hijo, Alberto, cocinero e influencer (para mí la fotografía más hermosa de Pilar es la que aparece en su perfil al lado de su niño del alma), sus libros y sus audiolibros, sus cuadernos de dibujos de acuarela y apuntes, sus tablas de gimnasia, su afición a los viajes y, de vez en cuando, unos minutos, micrófono en mano, en una velada de karaoke.

    Gracias, Pilar, por tu presencia en la vida cotidiana de la OTT, por tu atención a las personas, que son siempre el expediente más difícil, pero también el más satisfactorio. Después de la celebración de despedida, volvimos a casa con un montón de imágenes: reencuentros, abrazos, brindis, fotos de grupo, ricas viandas, gintonic en la mano, conversaciones, bromas, alguna tomadura de pelo, puestas al día y un montón de buenos deseos de amistad... Y también con un puñadito de caramelos de violeta, con dedicatoria de puño y letra: "Gracias por hacer el día a día más amable y más bonito". Esos caramelos de esencia de violeta de la Plaza Canalejas de Madrid, que han conquistado a reinas y amantes de reyes, a chulapos y forasteros, y también a funcionarios de la OTT rendidos a la amistad.

    "Como aves precursoras de primavera / En Madrid aparecen las violeteras / Que pregonando parecen golondrinas / Que van piando, que van piando".

       Y acabo con las últimas palabras del discurso de nuestra Chief Happiness Officer. Gracias, Pilar, por tanto. Y de parte de tantos, los mejores deseos de salud y felicidad: 

    "Gracias de corazón por estos años, por el cariño y por la compañía. Ha sido un privilegio. Y, aunque hoy me despida de mi vida laboral, no me despido de vosotros. Muchas gracias a todos y hasta siempre".
























lunes, 26 de enero de 2026

El Camino que me hirió para siempre


Una cosa lleva a otra
           Hace unos días, murió un hombre que formaba parte del paisaje humano del Camino de Santiago,  Tomás Martínez de Paz, simplemente Tomás de Manjarín, el último templario -o el primero de una nueva saga- como también se le conocía. Ya era todo un personaje cuando hice mi primer camino en el 2000 y ningún peregrino se resistía a pasar por su cabaña, hablar con él o sacarse una fotografía a su lado. En mi camino de 2018, crucé por Majarín en una mañana de lluvia y nieve. Y me acerqué también a saludarlo. Se mantenía fiel a su estilo y a su vestimenta medieval de templario. Me invitó a acercarme al fuego que ardía en un bidón y me ofreció un café de puchero, fuerte y amargo como la mañana. Pero mis manos entraron en calor y ese fuego vivaz lo he recordado muchas veces. El Camino está -o estuvo- formado por un puñado de hombres hospitaleros que lo sostuvieron con su presencia en los años en que apenas unos cuantos locos se atrevían a cruzarlo. Luego las instituciones públicas y el turismo se adueñaron y se apropiaron del Camino. Y el Camino se lleno de turigrinos, más turistas que peregrinos, en busca de magia, senderismo, exoterismo, snobismo, sibaritismo y otros ismos. No digo que ya no queden peregrinos de camino interior, búsqueda de los adentros, pero se lo ponen difícil verdaderamente.

Un Camino para toda la vida
    Pero quien un día hizo el Camino, lo hizo para toda la vida y para siempre. Yo así lo he sentido. He dicho en más de una ocasión que el Camino ha sido uno de los tres viajes más importantes de mi vida. Me lo he pasado bien en otros destinos. He disfrutado de otros lugares, pero no han modificado en nada mi arquitectura. El Camino de Santiago me hirió. Y la herida, como bien supo Ignacio de Loyola, es siempre una bendición, cuando se la mira con ternura y misericordia.

    Las plantas tienen raíces, pero los hombres tienen piernas, decía Ryszard Kapuscinski, el escritor de viajes más lúcido. Con las piernas los hombres caminan, marchan, corren, deambulan. Con ellas peregrinan. Una de las características esenciales del ser humano es su condición de homo viator, hombre en camino. Hombre en camino por tierras y senderos, por calles y por montes, por puentes y ciudades. Pero también hombre en camino por sus adentros, sus pensares y sus sentires. Caminar en soledad es un empujón para conocerte y descubrirte, normalmente con bastante dolor.

        Los peregrinos con los que fui formando grupo a lo largo del Camino de 2000, Carlos, Javier, Mayte, Silvano, Sumiko, Carmen… andábamos nerviosos aquella mañana del 29 de junio.
        La tarde anterior habíamos llegado al Monte del Gozo, ese lugar del mundo desde, donde hace más de un milenio, los peregrinos cansados divisan por primera vez las torres de la catedral de Compostela, meta de su luenga peregrinación.
        Era una mañana de gozo, por tanto, pero también de balance y de examen, ¿también de vacío? Un mes antes habíamos recibido en la colegiata de Roncesvalles la Bendición de los Peregrinos y nos habíamos echado a andar con nuestras botas nuevas, nuestro bordón, nuestra mochila y un montón de ilusiones y miedos en el corazón.
        Éramos otros. Al menos, yo era otro. Había diferencia entre el que había partido de Roncesvalles y el que llegaba a Compostela. Hay viajes que suceden y que pasan sin pena ni gloria. No dejan en nosotros nada más que cuatro fotografías. Otros viajes te vapulean y te hieren, te iluminan y te ponen en crisis.
        Hace 26 años el Camino no tenía la masificación que luego alcanzaría años después y prácticamente sólo había un albergue por localidad, por lo que, tarde tras tarde, coincidíamos los mismos peregrinos. Bastaba un encuentro, para poner rostro, nombre y nacionalidad a los peregrinos.
            El Camino para mí fue el descubrimiento de la naturaleza y la constatación de que los encuentros, con uno mismo, con Dios, con los demás, constituyen la verdadera peregrinación.

1. La naturaleza: don y casa

      Paso a paso, la naturaleza iba entrando en mí. Robles, encinas, prados, sembrados, riscos, valles, fuentes, ríos, bosques y barbechos, amapolas y trigales, espliego y arbustos, lluvias y soles, fríos y nieblas. La naturaleza me ofrecía continuas dosis de belleza que descansaban no poco los pies que avanzaban por sendas y caminos ycon los hombros aplastados por el peso de la mochila.
        La naturaleza como don y como casa. Y también como una responsabilidad. Desde que la mañana alboreaba hasta que el día llegaba a su ocaso, la naturaleza me ofrecía espléndidos amaneceres o ardientes atardeceres, llanuras y montañas, cultivos de todo tipo, roquedos, la lluvia del cielo, los charcos en el suelo. La naturaleza, en su magnificiencia y diversidad, se ofrecía como un don, como un regalo, sin pedir nada a cambio. Justo era que en compesación, yo le ofreciese mi estupor, pasmo, maravilla, admiración y contemplación. Pero tanta belleza gratuita es una llamada a la responsabilidad. Cuidar, respetar, para que otros peregrinos puedan seguir admirando y disfrutando. La Creación es una responsabilidad para que el día de mañana aún haya futuro y otros pies puedan atestiguarlo y otros ojos dejen constancia de ella. Y la naturaleza es también casa para el peregrino. El paisaje es la cabaña y el palacio del peregrino que recorre legua tras legua hacia una meta más grande que él mismo. El firmamento es techo y las arboledas son paredes. Para el peregrino, saberse a la intemperie puede ser una manera de sentirse en casa.

2. Encuentro con uno mismo
        El cansancio te iba haciendo humilde. La hospitalidad te iba haciendo agradecido. Lejos del bullicio del trabajo y la ciudad, el Camino te proporcionaba un silencio magno y muchas horas diarias que forzosamente te hacían volver la mirada a tu interior. Las primeras preguntas fueron brotando: ¿Quién soy, qué hago aquí, qué busco, a quién amo, qué me da paz y que me provoca miedo? ¿Tiene sentido mi vida? ¿Para quién soy consuelo y reposo? ¿Para quién soy carga y pesar? Las preguntas suelen ser dolorosas. Y con las respuestas, llegó más dolor y más crisis. También más humildad y más gratitud. Más luz y más serenidad.

3. Encuentro con Dios.
    Dios está en esos 800 kilómetros que separan Roncesvalles de Santiago. Está en el corazón de los millones de peregrinos que desde hace un milenio ha palpitado por los mismos motivos y por el mismo Camino: hacer una peregrinación a ese ‘finis terrae’ donde están los restos del Señor Santiago. Dios está en cada una de las bellezas que los hombres construyeron para honrar a Dios: catedrales, ermitas, monasterios. Dios está en los sencillos o monumentales puentes que cruzan ríos y arroyos. Dios está en la pregunta, el encuentro y el abrazo. Dios está en el vaso de agua ofrecido, en el umbral de una casa, en la comida compartida, en la palabra sensata pronunciada, en una iglesita de pueblo. Dios está en cada bendición recibida y en cada bendición dada.

4. Encuentro con los demás
        Son los peregrinos los que hacen el Camino. En aquella holandesa que cantaba una melodía justo en el momento en que entré en Eunate. En el peregrino ateo que caminaba para dar gracias a Dios porque su mujer, creyente, se había salvado de un cáncer. En el vaso de vino ofrecido en un día de lluvia por un lugareño de Muruzábal. En el tapeo compartido de Logroño, en la medicina recibida gratuitamente contra la tendinitis, en el canto gregoriano de unos monjes de Rabanal del Camino. En la hospitalera que cantaba bajo la luna y las estrellas Gracias a la Vida, de Violeta Parra, en Hospital de Órbigo, en la aventura desconcertante del grupo de peregrinos que caminan de noche entre Carrión de los Condes y Sahagún, en la alegría del peregrino Carlos que ahuyenta la pesadumbre en algún día sombrío para mi cuerpo. En el abrazo de la peregrina argentina a la que un esguince retira del Camino. En el cansancio agotador de la subida a O Cebreiro. En las bendiciones de Furelos y de Ponferrada. En las historias contadas por peregrinos de Japón, Argentina, Italia, Brasil, Sudáfrica, Francia, Inglaterra, Nueva Zelanda, España, … En los esfuerzos de los caminantes por chapurrear todos los idiomas del mundo con tal de entenderse. En los abrazos y en las despedidas, en los reencuentros gozosos cuando creías a alguien perdido para siempre, en las lágrimas y en las cuentas de un rosario rezado a dúo. En el pecado de los que creen, en la fe de los agnósticos, en la esperanza de los ateos. En el amor de todos: cada uno con su vida y con su historia, pero todos unidos en esa fraternidad universal que da el saberse peregrino y formar parte de un inmenso tapiz tejido por mil años de historia y por miles de historias de hombres y mujeres.

La campana siempre tañe por ti
     Llegué a Compostela el día de San Pedro. Las campanas de todas las iglesias de Santiago repicaban en aquella mañana. Los abrazos se multiplicaban por plazuelas y calles. El incienso del botafumeiro era bendición olorosa sobre unos cuerpos que habían conocido el sol sofocante, el relente de la mañana, la lluvia en la tarde, la quietud de la noche, el sudor de cada día y el duermevela de cada noche.

        Era un 29 de junio de 2000. Y la felicidad, o mejor dicho la plenitud, estaba ahí: en el asombro de haber alcanzado la meta soñada desde Roncesvalles, y en ese andar titubeante por las losas de la catedral compostelana, al encuentro de la imagen del señor Santiago que espera, paciente y con rostro de imperturbabilidad románica, el abrazo de los peregrinos venidos de los cuatro puntos de la tierra, siguiendo las estrellas, siguiendo las huellas de los millones que lo han recorrido antes que tú, con idéntico estupor y maravilla.


Tomás de Manjarín, el último templario












domingo, 25 de enero de 2026

La península de las casas vacías, de David Uclés

     


    En los últimos años, que yo recuerde, ningún libro español ha suscitado tanto interés y ha sido tan aclamado, comprado y leído como "La península de las casas vacías", del jienense David Uclés, un joven escritor. Una novela sobre la Guerra Civil, un tema espinoso y vidrioso en estos tiempos de frentismo e ideologización a flor de piel. Como el propio autor señala en el prólogo, "he aquí pues la historia de la descomposicición total de una familia, de la deshumanización de un pueblo, de la desintegración de un territorio y de una península de casas vacías". Y ese doble vocablo del título "casas vacías" es una imagen potente e inmisericorde de ese paisaje después de la Guerra Civil: la muerte deja las casas vacías, pero también la cárcel, el exilio, la locura dejan las casas vacías...

   David Uclés ha creado un territorio mítico llamado Jándula, trasunto de su verdadero pueblo Quesada, de donde, sin excepción, procede toda su familia. El niño y joven David escuchó muchas historias orales a bisabuelos, abuelos, tíos y padres. Y en Jándula sitúa una gran parte de la historia de la familia de Doristo Arbolento. Al final de libro, con la muerte del último varón Arbolento, desaparece el apellido, otra metáfora potente del cainismo hispano.

    David Uclés es sin duda un escritor curioso y su biografía, aunque breve, es también singular. Nacido en Úbeda en 1990, hijo de un guardia civil, que invitó a su hijo a seguir sus pasos o a hacerse funcionario para asegurarse una vida tranquila y cómoda. Pero las historias y los relatos habían atrapado al joven David, y él, dotado con mucho talento artístico, prefirió conocer mundo, leer libros y emborronar cuartillas. Así que en lugar de preparar el temario para unas oposiciones, tocaba el acordeón para sobrevivir y acumulaba palabras y más palabras en el ordenador.

    Escribir esta novela le llevó más de una década. Recorrió España y todos los escenarios donde se desarrollaron las grandes batallas entre 1936 y 1939. Leyó todos los libros, frecuentó las bibliotecas, fotocopió los periódicos de la época, hasta reunir un material ingente. Inasequible al desaliento, se presentó a todos los premios y concursos. pero su novela no terminaba de gustar a nadie. Con cada fracaso, regresaba a las cuartillas, corregía, modificaba, suprimía, ampliaba páginas, y volvía a la carga ante una editorial o un premio. Finalmente la editorial Siruela aceptó su novela y lo demás ya es historia de un éxito literario desconocido en este país. 

    La familia de Doristo Arbolento podría ser ejemplo de otras muchas familias en aquellos años '30 del siglo pasado, donde cabían tantos caracteres y posiciones diferentes: el indiferente a la política y que sólo piensa en su campo, el acérrimo defensor de una idea política, el que se ve involucrado en la guerra sin comerlo ni beberlo, las mujeres que quedan en la casa, con el hambre y la desesperación a cuestas. Y en todas las familias: la muerte en el campo de batalla o en el paredón de ajusticiamiento, la cárcel, el odio, la injusticia, la entrega, el amor, el sacrificio extremo, la traición...

        La novela recorre los tres años de la eterna Guerra Civil, y los escenarios que han quedado en la memoria dolorosa de tantos españoles que hoy día ya duermen el sueño de los justos o las pesadilla de los injustos, ¿cómo lo sabremos?: Paracuellos, Jarama, Ebro, Badajoz. Una guerra en la que no sólo se mataron a garrotazos los españoles, sino en la que asomaron las narices tantos extranjeros, unos para curiosear, otros por romanticismo bélico, otros para azuzar y sembrar más discordia, otros para ensayar sus armas, otros para robar recursos...

        Pero esta novela no es una historia al uso. Las páginas de La península de las casas vacías están llenas de realismo mágico, costumbrismo mágico, o como se le quiera nombrar. Este realismo mágico causa -al menos a mí- un gran desconcierto al comenzar la lectura. Si alguien va buscando una novela de historia rigurosa, probablemente salga decepcionado o, por lo menos, confundido. En muchas historias narradas, uno se pregunta si eso sucedió o eso que se cuenta es realismo mágico, surrealismo, hipérbole costumbrita, etc. Creo que el principal 'error' de la La península de las casas vacías es la mezcla de una novela histórica y una novela de realismo mágino. Lo mágico en muchos capítulos se come lo histórico.  La gran novela de la Guerra Civil aún no se ha escrito todavía (el terrorismo etarra encontró su gran novela en Patria, de Fernando Aramburu). 

       La península de las casas vacías no es una novela redonda, a mi parecer, pero reconozco la fantasía desbordante, la imaginación arrolladora, la investigación de fondo sobre escenarios, personajes, tipos de la Guerra Civil, el lenguaje rural tan hermoso de algunos capítulos, el manejo de tantas voces diferentes en un gran coro. Y esto, sólo esto, es muchísimo para un escritor de apenas 35 años. Sin duda, David Uclés tiene aún mucho que decir y que escribir. La pasada noche de Reyes, se alzó con el premio Nadal con una novela titulada "La ciudad de las luces muertas". He leído hace poco que todos los suplementos literarios hablan cada fin de semana de obras maestras que se disuelven cuando aparecen otras obras maestras el fin de semana siguiente. No sé si esto sucederá también con esta novela. En ningún momento de la lectura he compartido ese entusiasmo de tantísimos lectores, aún admitiendo una gran frescura en la escritura. ¿Como envejecerá esta novela? El tiempo lo dirá. Por de pronto, este libro nos ha descubierto a un escritor con una voz singular. ¿Es imparcial David Uclés en la forma de tratar a los dos bandos? Creo que no lo consigue, pero también pienso que no se puede exigir a un novelista la imparcialidad, cosa que se le debería exigir al historiador. Y por otro lado, hay que tener en cuenta que cada lector se acerca al libro con sus ideas y sus prejuicios. Es algo inevitable. 

    David Uclés ha elegido para iniciar los capítulos frases de escritores, intelectuales o políticos. Cuando uno acaba la novela, y vuelve sobre esas sentencias introductorias, comprende mejor la tragedia de la Guerra Civil Española, que destrozó España y asombró al mundo por su crueldad cainita.  De botón de muestra: Pío Baroja: "Triste país en donde en la mirada de un hombre que pasa, vemos la mirada de un enemigo". Max Aub: "En España somos grandes cuando somos cien; más, nos entrematamos". Gregorio Marañón: "La multitud ha sido en todas las épocas arrastrada por gestos más que por ideas. La muchedumbre no razona jamás". Ana M. Matute: "Lo peor en este mundo es sobrevivir". Alejo Carpentier: "Vengo de España. Es decir, del infierno. Es cien veces peor de lo que cuentan los periódicos". Saint-Exupéry: "Aquí se fusila como se talan árboles"

    La Guerra Civil debería ser una enseñanza perdurable para todos los que habitamos este pueblo que aún llamamos España. La manipulación de las masas fue una de las claves para que la gente, sin motivo y sin razón, odiese a su vecino, a su compañero de trabajo y a su propio hermano, con el que había convivido hasta el día antes sin mayores problemas. La llama de la concordia tarda mucho en prender. La llama del odio prende a la primera. Durante la Transición, este país hizo un esfuerzo grande para que los hunos y los hotros hablasen de perdón y magnanimidad. En los últimos años, los esfuerzos van en el sentido contrario: subrayar lo que nos separa, atizar los demonios domésticos, encender ideologías caducas y ensuciar la verdad. El sólo recuerdo de lo vivido en aquellos años treinta, debería echarnos a temblar y servir de freno a nuestra lengua y a nuestra pluma. 

        






martes, 13 de enero de 2026

Grand Hotel Europa, de Ilja Leonard Pfeijffer

 


Grand Hotel Europa es una novela de Ilja Leonard Pfeijffer. Pero es también un ensayo. Tal vez sea mejor denominarla ‘novensayo’, esta palabreja que designa a aquellas novelas cuya trama está al servicio de una tesis. La tesis del escritor está clara: Europa se está convirtiendo en un parque temático, en el patio de vacaciones donde todos los turistas del mundo quieren pasar unos días.

Fue en un café con un amigo, guía turístico por Europa y qué sabe de qué va el tema, el que me aconsejó el libro y me lo prestó. La novela del escritor holandés es una denuncia y al mismo tiempo un canto a Europa. Una denuncia porque un turismo bárbaro está asediando hasta la asfixia al Viejo Continente, y Europa, gustosa y loca, se vende a los bárbaros. Un canto a Europa, porque este pequeño continente, insignificante por su extensión geográfica, ha iluminado al mundo con su filosofía, su arte, su fe, su literatura y su historia.

El novensayo tiene una trama endeble. El protagonista, después de poner fin a una relación amorosa vivida en la ciudad más turística del mundo, Venecia, abandona la isla rumbo al Grand Hotel Europa, sin localización concreta en la novela. Un hotel decadente, que ha conocido días dorados, y donde se dan cita personajes estrambóticos o muy interesantes con los que el protagonista entra en contacto, especialmente con Abdul, el botones emigrante ilegal llegado en patera. La novela es, al mismo tiempo, un homenaje, a la gran literatura europea, desde Homero a Dante, desde Virgilio a Thomas Mann y Joseph Conrad. Y también al arte europeo, que se concreta en la búsqueda detectivesca de un cuadro de Caravaggio a lo largo de toda la novela. La gran cultura europea rebosa por doquier en las páginas de este voluminoso libro.

En las líneas siguientes, voy a recordar y copiar algunas de las ideas o constataciones de  Ilja Leonard Pfeijffer que más me gustaron y, sobre todo, las que me invitaron a la reflexión sobre esta Europa que ya percibimos casi como un problema, aunque también como una esperanza frente a un mundo feo, irracional y desbocado.

En 1422, Venecia tenía 199 000 habitantes y era la segunda ciudad más grande de Europa, sólo por detrás de París. En 2008 sólo quedaban 60 720 personas, menos de la tercera parte que en sus días de gloria del siglo XV. Ahora quedan bastante menos. Se cree que en 2030 ya no quedará ninguno. Sólo los turistas y todo un ejército al servicio del turismo: camareros, limpiadores, policías, guías turísticos, vendedores de souvenirs, etc.

Los turistas no quieren ver el Museo del Louvre. Sólo quieren ver la Gioconda. Llegar, hacerse un selfie, casi siempre haciendo el tonto, y enviar inmediatamente a todos los contactos: el certificado moderno del “yo he estado aquí”. El resto de las salas del Louvre están a medio gas, y algunas de ellas, francamente vacías. Lo comprobé en mi última visita al museo: recorrí prácticamente en solitario las salas de arte medieval, de escultura europea, de arte precolombino o de artes decorativas.

Para Steiner, uno de los rasgos distintivos de Europa son sus cafés. Los cafés, que no son simples abrevaderos de bebida, sino el lugar por antonomasia de los encuentros, el lugar de los intelectuales  y de los escritores que han debatido y dado a luz las mejores ideas y a los grandes artistas, el ambiente donde han nacido todos los ismos.

Hay tantos occidentales que desean hacer una experiencia de autenticidad africana en un orfanato en África, que se sabe de una organización que paga a las familias africanas para que manden a sus hijos a un colegio durante el verano, de manera que los europeos con ganas de salvar el mundo puedan pasar unos días con ellos, sintiéndose buenos y satisfechos e íntegros.

Para abrir la mente lo que hay que hacer es pensar. Y viajar a tontas y a locas, compulsivamente, más que estimular el pensamiento, lo entorpece. Quien va a la India y ve ejecutivos en mercedes, en vez de monjes con túnicas de colores y pintorescos mendigos en cada esquina, no saca la conclusión de que la India ya no es lo que era, sino que no para hasta encontrar en la India lo que él cree que es la India: monjes con túnicas de colores, mendigos en cada calle y hombres en taparrabos purificándose en el Ganges.

¿Estamos ante un libro muy triste sobre el final de un mundo, sobre todo el final de un mundo como es Europa?

El turismo es un fenómeno caracterizado por la superficialidad, el hedonismo y la eterna juventud y de un comportamiento que es mezcla de infantilismo y gamberrismo. El turista lo mismo se atiborra de dulces, cervezas, comida basura que tiene comportamientos macarras y groseros en las playas, los hoteles, los museos y las iglesias.

Lo de la oferta de alojamiento a través de Airbnb constituye un problema muy serio, tanto para los residentes de la propia ciudad como para las autoridades. Es una competencia desleal a los hoteles. Los vecinos tienen que soportar ruidos infernales. Las viviendas se encarecen para los verdaderos habitantes de la ciudad. La mayoría de los pisos no son propiedad de pequeños propietarios sino de empresas que acaparan pisos y más pisos. El dinero por el alquiler va directamente a las empresas, muchas veces extranjeras, como es el caso de Airbnb. Es muy romántica la idea de que un ciudadano común se gane un dinerillo extra alojando a unos turistas en su piso. Es totalmente falso, dos tercios de los pisos turísticos son propiedad de empresas que explotan decenas de inmuebles.

Muchas veces las ciudades no se benefician del turismo. Son las empresas las que se benefician de ello. Las ciudades tienen que contratar más limpiadores, más policías, más médicos, servicios extras para atender a los turistas, cuyos beneficios van a las empresas de alojamiento o a las franquicias que se están apoderando de la hostelería. Algunos pueblos o pequeñas ciudades muy turísticas han empezado a evaluar los costes y han caído en la cuenta de que sale muy caro atender a tanto turista.

Los turistas van en busca de autenticidad de una cultura o de una forma de vivir y no se dan cuenta de que esto ya apenas se da. Los niños que danzan en Sudán no son niños que viven en esas chozas de paja. Son niños que se ponen una determinada ropa tradicional de impoluta blancura, acuden a un escenario ‘tradicional’,  bailan en corro para que los turistas les graben o se hagan fotos con ellos, y, cuando los turistas se van, los niños sacan su móvil y se enfundan sus vaqueros y su camiseta del Real Madrid.

Aunque entre los propios europeos, abundan las tribus que no paran de decir disparates contra Europa, maldiciendo su historia, negando sus raíces, abjurando de su alma y de su pasado, Europa sigue siendo ese lugar adonde todos quieren llegar, y no para pasar unos días de vacaciones, sino también para vivir permanentemente. Esa combinación de fe y de razón, de curiosidad innata y de gusto por la belleza, ha sido capaz de crear una atmósfera donde es posible vivir la existencia como un don y una celebración. No obstante el cansancio presente y el envejecimiento de la población, Europa aún puede encontrar en su pasado y en su pensamiento muchas razones para la esperanza.

Por otro lado, a lo largo de su dilatada y turbulenta historia se han probado tantas soluciones que los europeos hemos encontrado el gusto por los problemas. ¡Tanto arte, tanta historia, tanta diversidad, tantas lenguas, tanta literatura, tantas naciones! Cada calle ha parido un santo, un poeta, un guerrero, un inventor. Todo el mundo desea venir a Europa. Actualmente solo el 5% de los chinos viajan al extranjero. ¿Alguien puede imaginarse lo que sucederá el día en que lo haga el 30%? Todos los continentes poseen cultura, arte e historia, pero nada comparable a ese pequeñísimo territorio que llamamos Europa. Puedes desayunar en España, comer en Francia, y cenar en Italia. Y estarás en tres países diferentes, con su gastronomía, sus edificios, sus lenguas y su historia preñada de gestas y de costumbres, de fiestas y de obras de arte.

Hay un símil entre el Grand Hotel Europa, donde se aloja el escritor a reflexionar  sobre su vida, que ha conocido horas de esplendor, fiestas y recepciones, que ha alojado reyes, diplomáticos y artistas, pero que ahora ya está en franca decadencia. Al final el hotel es comprado por un empresario chino. Los turistas chinos llenan el hotel, y el hotel vuelve a estar lleno, pero ahora son simples turistas en bermudas y chanclas, con sus móviles en la mano, sus euros en el bolsillo, y sus ansias infinitas de posar en el Partenón, en la catedral de Toledo, en la Torre de Londres, comer una pizza napolitana, una tarta vienesa, y tomar una copa de Burdeos. Y todo ello en una semana.

            Si Europa vende su alma, su espíritu, su forma de entender la vida, la fraternidad, los derechos humanos, la belleza de su literatura o de sus monumentos por un puñado de dólares, o por desidia o por pereza o por renegar de sí misma, probablemente, entonces, nos habremos merecido la invasión de los bárbaros.

Composición de González Fernández

Venecia, como símbolo del turismo de masas

El selfie certifica el "yo he estado ahí"

Purificación en el río Ganges

Airbnb, símbolo de los pisos turísticos

El autor de la novela ante el Partenón

Notre Dame de París: un legado europeo

Turismo de masa: atiborrarse de comida, bebida y viajes

Caravaggio, muy presente en la novela

Danzas africanas para turistas con ganas de 'autenticidad'

Playas masificadas y...

...Monumentos masificados


domingo, 11 de enero de 2026

Dos bronces romanos expoliados vuelven a España

 


    La noticia se repetía en las páginas culturales de los periódicos españoles. Un coleccionista norteamericano donaba a España dos pequeños grupos escultóricos que él había adquirido de buena fe en una subasta internacional y por las que había pagado varios millones de euros. La documentación de la subasta era 'perfecta'. Y nada hacía pensar que se trataba de dos piezas expoliadas en unas tierras de labor próximas a una excavación arqueológica del sur de España. Traficantes de tesoros se habían encargado de falsificar la documentación y blanquear así el expolio perpetrado en 2012. Una denuncia en Suiza de uno de los compinches contra sus antiguos socios de botín y una exposición en el Museo Metropolitano de Nueva York pusieron en la pista a la Policía Nacional encargada del Patrimonio. El testimonio de los propios traficantes ha sido concluyente para que el actual propietario se convenciese de que no tenía nada que hacer. Y decidió donarlas a entablar un juicio largo y costoso.

    Se trata dos pequeñas piezas idénticas. En cada una de ellas una niña persigue a una perdiz. Dos obras en bronce del siglo I o II de nuestra era. Probablemente ambas estaban colocadas en el jardín de una villa romana del sur de España. Los expertos hablan de piezas únicas, de una perfección extrema y de una gran belleza clásica. Muy pronto las veremos en el Museo Arqueológico Nacional. 


   




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